La farsa del acuerdo nuclear de Trump con Arabia Saudí

La Casa Blanca ha anunciado un acuerdo para suministrar material nuclear a Arabia Saudí y, a continuación, ha echado por tierra su propio acuerdo al vincularlo a la normalización de las relaciones saudíes con Israel bajo la presión de este último. Pero, aunque el acuerdo fracase, tendrá un impacto significativo en la política del Golfo

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El presidente Donald Trump da la bienvenida al príncipe heredero y primer ministro de Arabia Saudí, Mohammed bin Salman Al Saud en el marco de la reunión bilateral entre los dos países celebradas el 18 de diciembre de 2025 - Official White House / Demetrius Freeman.

El 22 de julio los gobiernos estadounidense y saudí firmaron un acuerdo a tenor del cual Estados Unidos suministrará a Arabia Saudí material y equipamiento nuclear para el correspondiente programa nuclear destinado a usos civiles. Al anunciar la firma, el secretario de Energía estadounidense Chris Wright, afirmó: «Tengan ustedes la seguridad de que estos acuerdos cumplen con los más altos estándares de seguridad nuclear y no proliferación, al tiempo que se basan en la mejor tecnología nuclear y en los mejores científicos del mundo, todo ello diseñado aquí mismo, en Estados Unidos». Esta declaración es una mentira descarada. El acuerdo, tal y como se ha firmado, es peligrosamente laxo en materia de supervisión, no incluye las restricciones aplicadas a aliados similares en el pasado reciente y otorga a Estados Unidos, en lugar de al Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), la responsabilidad última de garantizar que el programa nuclear saudí no se desvíe hacia la fabricación de armas nucleares. Se trata de un acuerdo temerario e irresponsable que, incluso desde un punto de vista burdo e imperialista, contribuía muy poco a los intereses de Estados Unidos y causaba un daño significativo a este país, a Oriente Próximo y a la estabilidad mundial.

Pero entonces, el jueves 23 de julio, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, respondió a la reacción negativa mostrada contra el acuerdo por parte de la extrema derecha proisraelí, afirmando que el mismo depende de que Arabia Saudí normalice sus relaciones con Israel. Cuando se le preguntó a la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, si Trump había discutido la nueva condición de la normalización de las relaciones con Israel con el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman, esta respondió: «Como saben, el presidente acaba de hacer pública esta declaración hace unas horas. No creo que haya mantenido ninguna conversación telefónica con Mohammed bin Salman en las horas transcurridas desde entonces». Para cualquier otro presidente, tal comportamiento sería impensable. A juzgar por las declaraciones tanto de Trump como de Leavitt, queda claro que, tal y como se ha informado, Israel no ha formado parte de esta negociación y que Trump ha intentadoplitnick_27.06.2026 añadirlo unilateralmente tras las críticas efectuadas al acuerdo por parte de los sectores proisraelíes.

En la práctica, si Trump insiste en la mencionada condición de la normalización de las relaciones con Israel por parte de Arabia Saudí, el acuerdo fracasará. Los saudíes han dejado muy claro que el precio de la normalización es una vía verificable hacia un Estado palestino. Israel no va a aceptar este curso de acción y está claro que Estados Unidos no va a insistir en ella

Incluso de acuerdo con los estándares de Trump, resulta absolutamente sorprendente que el presidente estadounidense no pensara en las reacciones de sus partidarios radicalmente pro israelíes ni en la opinión de sus aliados en Tel Aviv a tal acuerdo. En la práctica, si Trump insiste en la mencionada condición de la normalización de las relaciones con Israel por parte de Arabia Saudí, el acuerdo fracasará. Los saudíes han dejado muy claro que el precio de la normalización es una vía verificable hacia un Estado palestino. Israel no va a aceptar este curso de acción y está claro que Estados Unidos no va a insistir en ella. Pero incluso si el acuerdo fracasa, el asunto habrá tenido un impacto significativo en la geopolítica del Golfo y más allá de la región.

El peligro de una Arabia Saudí nuclear

El objetivo del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) es permitir el uso civil de la energía nuclear sin aumentar el número, ya de por sí demasiado elevado, de países que poseen armas nucleares. Un país en posesión de tal armamento ya supone un número excesivo, como lo demuestra el hecho de que el primer país que obtuvo el arma nuclear sigue siendo el único que ha sido lo suficientemente bárbaro como para utilizarla. Pero Arabia Saudí es especialmente peligrosa en este sentido. Se trata de un país, que ha intentado imponer su dominio de forma violenta mucho más allá de sus propias fronteras y que es además una dictadura brutal. Peor aún, ha expresado en repetidas ocasiones su deseo de adquirir un arma nuclear, si Irán se hacía con la suya. Durante décadas, Riad, al igual que Israel, ha avivado la histeria antiiraní, que ha sido una fuerza motriz en la formulación de las políticas en Washington. Como consecuencia de la guerra actual, Irán cuenta con un poderoso elemento disuasorio gracias a su control sobre el estrecho de Ormuz. En muchos aspectos, ese elemento disuasorio es superior a la disuasión nuclear. Es más barato, no se le puede arrebatar y constituye una amenaza a escala mundial, al tiempo que resulta mucho más fácil de revertir que lanzar una bomba nuclear, si se descubre que la medida disuasoria no se pretendía llevar hasta el final.

Mientras que Irán no ha reaccionado con gran alarma ante la idea de un programa nuclear civil saudí, Israel sí lo ha hecho. Y sin duda Irán reaccionaría con mucha más contundencia, si sospechara que los saudíes están dispuestos a iniciar un programa de armamento nuclear bajo los auspicios estadounidenses. Incluso la mera sospecha de un programa de este tipo podría desencadenar otra guerra. Israel, sin duda, no se va a limitar a observar cómo un país árabe, por muy amistoso que parezca, emprende siquiera el camino hacia un programa nuclear

Esto supone una grave desventaja estratégica para Arabia Saudí, independientemente de si restablece o no sus relaciones con Irán. Nada de lo que pueda hacer Arabia Saudí puede contrarrestar directamente el poder disuasorio derivado del estrecho de Ormuz, pero un arma nuclear saudí crearía una contramedida disuasoria de igual potencia. Cabe señalar también que los Emiratos Árabes Unidos, que en 2009 tenían menos ambiciones territoriales que en la actualidad, estaban dispuestos a aceptar el Protocolo Adicional del OIEA, lo que permitía inspecciones más intrusivas de lo habitual en las instalaciones nucleares, una medida de seguridad que hace extremadamente difícil ocultar actividades nucleares clandestinas. Irán, asimismo, firmó el Protocolo Adicional y, aunque nunca lo ratificó, sí cumplió voluntariamente con los términos del mismo entre 2003 y 2006 y, de nuevo, en el marco del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) firmado en 2015 sobre su programa nuclear. Arabia Saudí, sin embargo, se ha negado rotundamente a aceptar el Protocolo Adicional, lo cual intensifica la preocupación de que quiera, como mínimo, mantener abierta la opción de un programa de armas nucleares.

Israel e Irán

Mientras que Irán no ha reaccionado con gran alarma ante la idea de un programa nuclear civil saudí, Israel sí lo ha hecho. Y sin duda Irán reaccionaría con mucha más contundencia, si sospechara que los saudíes están dispuestos a iniciar un programa de armamento nuclear bajo los auspicios estadounidenses. Incluso la mera sospecha de un programa de este tipo podría desencadenar otra guerra. Israel, sin duda, no se va a limitar a observar cómo un país árabe, por muy amistoso que parezca, emprende siquiera el camino hacia un programa nuclear. Se arriesgaría a perder la baza definitiva de la que dispone como única potencia nuclear de la región. Cualquier acción israelí contra un programa nuclear saudí conlleva el riesgo de que los israelíes se vean obligados a reconocer su propio arsenal nuclear, lo cual, a pesar de ser quizá el secreto peor guardado del planeta, probablemente aumentaría enormemente la presión sobre ellos para que renunciaran a esas armas.

Más allá de la pesadilla que representaría tal carrera armamentística nuclear en Oriente Próximo, hay una consecuencia más inmediata, que no se mitigará si este acuerdo entre Estados Unidos y Arabia Saudí se viene abajo: la guerra actual en el estrecho de Ormuz

Si Estados Unidos simplemente hubiera ignorado las preocupaciones israelíes al respecto, es seguro que Israel habría emprendido acciones clandestinas contra el programa nuclear saudí, quizá incluyendo sabotajes y asesinatos, como ha hecho en Irán, lo que habría aumentado enormemente las tensiones entre los aliados de Estados Unidos que Washington se esfuerza por aplacar. Probablemente alguien explicó a Trump estos entresijos estratégicos tras la firma del acuerdo, lo cual explicaría por qué añadió de repente a la implementación del mismo la condición de la «píldora venenosa» de la normalización de las relaciones entre Arabia Saudí e Israel. Pero Israel no sería el único país que albergaría serias preocupaciones ante las mencionadas circunstancias. Prácticamente todos los países de la región, independientemente de su relación con Riad, que cuenta con suficientes recursos técnicos y humanos, probablemente desarrollarían su propio programa nuclear en lugar de quedarse de brazos cruzados viendo cómo Arabia Saudí podría avanzar hasta convertirse en una potencia nuclear. Más allá de la pesadilla que representaría tal carrera armamentística nuclear en Oriente Próximo, hay una consecuencia más inmediata, que no se mitigará si este acuerdo entre Estados Unidos y Arabia Saudí se viene abajo: la guerra actual en el estrecho de Ormuz.

Por muy difícil que resulte imaginar un final para esta guerra en estos momentos, el acuerdo de Trump con Arabia Saudí lo hace aún más difícil. Para poner fin de una vez por todas al estado de guerra, habría que resolver de alguna manera el propio programa nuclear de Irán. Irán ya ha dejado claro que no aceptará renunciar a la capacidad de enriquecer uranio en su propio territorio, pero, hasta ahora, no ha cambiado públicamente su postura de que no tiene intención de adquirir el arma nuclear. Es evidente que a raíz de este acuerdo estadounidense con Arabia Saudí, con independencia de que este se mantenga o no, la opción de un enriquecimiento cero queda todavía más fuera de discusión. Pero ahora la predisposición de Trump a abandonar tanto el hipotético acuerdo nuclear con Arabia Saudí como cualquier supervisión de este pasís por parte del OIEA, salvo la más básica, hará que el Protocolo Adicional también quede descartado como asunto de negociación.

Tras la oferta de Estados Unidos a Riad, es más probable que Teherán considere esta cuestión en términos de justicia y de sus derechos soberanos inalienables en lugar de evaluarla como un gesto para resolver un asunto controvertido. Es posible que Irán siga estando dispuesto a alcanzar algún tipo de acuerdo sobre sus capacidades nucleares, pero Trump acaba de hacer que ello sea mucho menos probable y mucho más difícil de conseguir, lo cual significa que poner fin a esta guerra también se vuelve menos probable y más difícil

Hasta ahora, era razonable esperar que Irán, cuya opinión no se había modificado tras los dos ataques por sorpresa lanzados en su contra por Estados Unidos e Israel, siguiera estando dispuesto a abrir sus instalaciones nucleares a la OIEA para garantizar al mundo que su uso de la energía nuclear era totalmente pacífico. Ya no es así. Tras la oferta de Estados Unidos a Riad, es más probable que Teherán considere esta cuestión en términos de justicia y de sus derechos soberanos inalienables en lugar de evaluarla como un gesto para resolver un asunto controvertido. Es posible que Irán siga estando dispuesto a alcanzar algún tipo de acuerdo sobre sus capacidades nucleares, pero Trump acaba de hacer que ello sea mucho menos probable y mucho más difícil de conseguir, lo cual significa que poner fin a esta guerra también se vuelve menos probable y más difícil.

¿Qué ha motivado este acuerdo nuclear con Arabia Saudí?

Trump concibió este acuerdo como una asociación público-privada en la que las empresas estadounidenses obtendrían enormes ingresos gracias a la construcción por parte de Arabia Saudí de numerosas centrales nucleares. Aparte de los detalles que hubiera incluido en el acuerdo para beneficiarse personalmente o para beneficiar a su familia, este no difiere mucho del que Joe Biden intentaba cerrar con los saudíes antes de que los atentados del 7 de octubre echaran por tierra esos planes. Con independencia de la motivación lucrativa, hay un cierto razonamiento geoestratégico detrás de este acuerdo, que refleja la visión miope de los expertos en política exterior de ambos partidos estadounidenses. Arabia Saudí lleva años perdiendo la confianza en su alianza de seguridad con Estados Unidos. Como he señalado a menudo, esto ha llevado a los saudíes a buscar una red de seguridad regional que pudiera reducir su dependencia militar de Estados Unidos.

De hecho, Rusia y, sobre todo, China estarían tan preocupadas como Estados Unidos ante la posibilidad de que los saudíes obtuvieran un arma nuclear. Vale la pena recordar que ambos países colaboraron con Estados Unidos para garantizar el JCPOA y han expresado sistemáticamente su oposición a un arma nuclear iraní. Lo que ganan los responsables de la política estadounidense no es la no proliferación, sino impedir que los saudíes se acerquen todavía más a China de lo que ya lo están

Más allá de los aspectos de defensa directa, los saudíes tienen todas las razones para diversificar los beneficios que obtienen de las alianzas con las grandes potencias. Desde hace tiempo existe en Washington el temor de que, si Estados Unidos no se asocia con Arabia Saudí en un programa nuclear civil, lo harán China o Rusia. Arabia Saudí mantiene buenas relaciones con China y Estados Unidos contempla estas en términos de suma cero; en su opinión, cualquier intensificación del acercamiento entre Arabia Saudí –o cualquier aliado estadounidense– y China supone una pérdida para Estados Unidos. Para algunos observadores estadounidenses, es más seguro ofrecer a Arabia Saudí el tipo de acuerdo nuclear que desea que arriesgarse a que llegue a ese acuerdo con China o Rusia. Jennifer T. Gordon, directora de la Nuclear Energy Policy Initiative de The Atlantic Council, think tank de ascendencia demócrata, ha afirmado al respecto, que «un acuerdo enmarcado en la Sección 123 de la United States Atomic Energy Act firmado entre Estados Unidos y Arabia Saudí es […] una victoria para el régimen mundial de no proliferación liderado por Washington. Arabia Saudí ha dejado claro que adquirirá tecnologías de energía nuclear y pondrá en marcha un programa nuclear civil; la única incógnita era si el reino optaría por colaborar con Estados Unidos y sus aliados, o si recurriría a Rusia o a China».

Convertir este acuerdo en una victoria para la no proliferación es una hazaña notable de malabarismo mental. Y aunque es cierto que, si Estados Unidos no hubiera colaborado con los saudíes, probablemente lo habría hecho China, no hay motivos para creer que Washington sería un garante más eficaz que Pekín de que un programa nuclear saudí no se utilizaría con fines militares. De hecho, Rusia y, sobre todo, China estarían tan preocupadas como Estados Unidos ante la posibilidad de que los saudíes obtuvieran un arma nuclear. Vale la pena recordar que ambos países colaboraron con Estados Unidos para garantizar el JCPOA y han expresado sistemáticamente su oposición a un arma nuclear iraní. Lo que ganan los responsables de la política estadounidense no es la no proliferación, sino impedir que los saudíes se acerquen todavía más a China de lo que ya lo están.

Pero Trump, debido a su deseo de actuar como si el presidente de Estados Unidos tuviera el poder de un dictador y a su monumental ignorancia sobre los asuntos internacionales, ha incentivado ahora a Arabia Saudí a recurrir a China de todos modos. Al demostrar una vez más lo poco fiable y caprichoso que es Estados Unidos, Trump ha creado una situación en la que o bien Riad se volcará hacia China, o bien exigirá todavía más concesiones para no hacerlo, todo ello mientras sigue privando al presidente estadounidense del acuerdo de normalización que tanto él como su predecesor deseaban.


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Este artículo se ha publicado originalmente en Mondoweiss y se publica aquí con consentimiento expreso de su editor.