La guerra que Estados Unidos ha elegido librar contra Irán se ha convertido ahora en la «Guerra de Ormuz»
Los objetivos estadounidenses en la guerra contra Irán nunca han estado claros, impulsados por las ambiciones personales de Donald Trump, las fantasías autistas de los neoconservadores estadounidenses proisraelíes y la teología negativa del etnonacionalismo fascista israelí. Ahora, sin embargo, hay una agenda clara: impedir que Irán controle el estrecho de Ormuz. Por otro lado, el desenvolvimiento de la guerra y la aquiescencia lerda de la Unión Europea y de sus elites (Rutte y Tajani por todos) ante los razonamientos torpes y criminales de Trump y Netanyahu demuestran la enorme vitalidad de los paradigmas del sujeto proletario antisistémico y el potencial endógeno del campo de la izquierda, que han visto en tiempo real la senda de catástrofe y de intensificación del caos sistémico provocada por la misma
En el Golfo Pérsico se ha roto otro alto el fuego, que nunca llegó a afianzarse realmente, habiendo puesto de manifiesto este último giro cómo ha cambiado la guerra lanzada unilateralmente por Estados Unidos e Israel contra Irán. Cuando Estados Unidos e Israel atacaron por primera vez a Irán, sus objetivos bélicos no estaban claramente definidos ni eran fáciles de discernir, pero podía afirmarse que ambos Estados agresores actuaban como un equipo. Ambas circunstancias se han invertido. Para Washington, la guerra ha pasado de ser quizá una guerra para imponer un cambio de régimen o para establecer el imaginario programa concerniente a las armas nucleares de Irán a convertirse ahora en la Guerra por el estrecho de Ormuz. Sin embargo, aunque el gobierno de Trump intensifique la hostilidad bélica, no cuenta con una estrategia clara para abordar el simple hecho de que el estrecho de Ormuz está bajo el control de Irán debido a la realidad inalterable de su ubicación.
La guerra por Ormuz
Los objetivos estadounidenses en esta guerra fueron vagos desde el principio, girando principalmente en torno a las ambiciones personales del presidente estadounidense Donald Trump y a las fantasías estratégicas de los neoconservadores. Ahora hay una agenda más clara. Cuando se afianzó el acuerdo de alto el fuego, tal y como este se materializó, y se redactó el malogrado memorándum de entendimiento, los términos de ambos documentos reflejaban el reconocimiento tácito de Washington de que Irán había tomado efectivamente el control del estrecho de Ormuz. Pero está claro que ni Estados Unidos ni sus aliados en la región del Golfo se conformaron con ese acuerdo. Aunque el conflicto actual se presenta como si tuviera su origen en interpretaciones divergentes de la redacción del memorándum de entendimiento, la realidad es que Estados Unidos y, en menor medida, Catar y Arabia Saudí, pronto se sintieron incómodos con la idea de que el estrecho fuera controlado por Irán de forma perpetua. La pausa en las negociaciones previa a la última ronda de combates agravó esa inquietud en Washington.
El párrafo 5 del mencionado memorando de entendimiento afirma lo siguiente: «Tras la firma del presente memorando de entendimiento, la República Islámica de Irán tomará las medidas necesarias, haciendo todo lo posible para garantizar el paso seguro de los buques comerciales sin coste alguno durante sesenta días únicamente, desde el Golfo Pérsico hasta el mar de Omán, y viceversa […]». El punto de discordia radica en qué significa que Irán «tomará las medidas necesarias» y qué se entiende por «tránsito seguro». Estados Unidos interpreta este párrafo en el sentido de que Irán retirará cualquier mina u otro obstáculo a la navegación, pero que, por lo demás, todo el tráfico podrá circular libremente por el estrecho sin limitaciones. Irán interpreta «tomar las medidas necesarias» en el sentido de que autorizará el paso de buques por el estrecho, razón por la cual la totalidad del tráfico deberá coordinarse con Teherán. Para eludir esta controversia varios buques han intentado transitar por el estrecho cerca de la costa de Omán. Aunque Omán no se ha opuesto directamente a esta idea, lo cual parece haberse debido a la presión estadounidense, ello socava los esfuerzos de este país por mantener la correspondiente ambigüedad estratégica entre Estados Unidos e Irán. Además, hace casi imposible que Omán colabore con Irán en la propuesta de un sistema permanente de tránsito por el estrecho.
La gota que colmó el vaso se ha producido a principios de la pasada semana, cuando tres buques, que navegaban bajo pabellón de Catar, Arabia Saudí y Liberia respectivamente, fueron objeto de disparos al intentar transitar por el estrecho, lo cual provocó una respuesta estadounidense mucho más contundente que en incidentes anteriores y volvió a agravar la escalada de acuerdo con el consabido modelo de acción reacción. Lo que hace que esta escalada resulte especialmente preocupante es que Estados Unidos, además de bombardear Irán, ha revocado la exención que permitía a Irán volver a vender su petróleo a precios de mercado, algo que no había podido hacer debido a las sanciones estadounidenses. Esa licencia suponía miles de millones de dólares para Irán y era uno de los principales motivos de crítica por parte de muchos actores en Washington respecto al memorando de entendimiento. Esa decisión, incluso más que los nuevos ataques lanzados contra Irán, pone en grave peligro la frágil diplomacia tejida entre los dos adversarios. Al revocar tan rápidamente la capacidad de Irán para vender petróleo libremente en el mercado abierto, Estados Unidos ha vuelto a confirmar a los dirigentes iraníes que no respetará sus acuerdos y que cada vez que surja una disputa, actuará de forma unilateral para paralizar de nuevo la economía iraní.
Por parte de Estados Unidos era evidente que crecía la sensación de que habían cometido un error al reconocer tácitamente el control de Irán sobre el estrecho, pero el simple hecho geográfico que permite a Irán interrumpir el tráfico a través de esa estrecha vía navegable, incluso con la capacidad militar más limitada, no tienen solución para Estados Unidos. Este dato objetivo constituye ahora el objeto de la guerra, ya que la última fase se inició cuando Estados Unidos intentó encontrar formas de eludir, o al menos mitigar, la capacidad de Irán para amenazar el tráfico a través del estrecho. Para Irán esto se ha convertido ahora en una cuestión existencial; el poder que ejerce sobre el estrecho es un elemento disuasorio mucho más eficaz que cualquier armamento. Debe mantenerlo.
Mientras Estados Unidos habla de la amenaza de los peajes y esa es una preocupación que comparten muchos países, incluso algunos de los aliados de Irán, es precisamente ese aislamiento lo que más teme Trump. Irán ha consolidado la capacidad de garantizar que no volverá a ser atacado. Su decisión de cerrar el estrecho en lugar de limitarse a amenazar con hacerlo fortalece significativamente la capacidad disuasoria de Irán. La posibilidad de que esto ocurriera fue suficiente para que Washington, a pesar de su odio hacia la República Islámica, se abstuviera de atacarla hasta que Benjamin Netanyahu logró convencer a Trump de hacerlo. Ahora, Trump o cualquier futuro presidente se mostrará todavía más reacio a romper cualquier paz o tregua que surja al final de este asunto temerario y sangriento.
El reloj no se detiene y su flecha apunta al día de las elecciones
Lo que estamos viendo ahora mismo es un intento desesperado por parte de Estados Unidos y sus aliados del Golfo de encontrar una forma de limitar el control de Irán mediante la utilización de las rutas marítimas a través del estrecho, que se desvían hacia el lado de Omán de la vía navegable. Es evidente que Irán no va a tolerar esta opción, lo cual probablemente no haya sido una sorpresa para los qataríes y los saudíes. Pero ni Estados Unidos ni Irán quieren volver a la guerra, al menos no de inmediato. Irán preferiría encontrar una vía para obtener la compensación y los acuerdos de seguridad continuados que desea, los cuales se esbozaron en el memorando de entendimiento, que, a pesar de la declaración de Trump de que estaba muerto, siempre puede reactivarse.
El gobierno estadounidense se encuentra en una posición diferente. La mayor parte de la presión que siente Trump ahora proviene de las inminentes elecciones de mitad de mandato. Seguirá teniendo preocupaciones después de las mismas, ya que muchos de sus compatriotas multimillonarios y de extrema derecha no quieren ver la recesión mundial que sin duda provocaría un retorno total a la guerra. Pero esas preocupaciones serán menos inmediatas para un Trump en el tramo final de su presidencia, que probablemente tendrá que trabajar con un Congreso dividido. Dada la falta de unidad en el seno del Partido Demócrata, ya que los centristas y los progresistas se muestran cada vez más beligerantes entre sí, y dado el hecho de que no sean pocos los Demócratas que están igual de dispuestos que los Republicanos a apoyar la guerra de Trump contra Irán, aunque sea de forma más sutil, es posible que el Congreso dividido surgido de las elecciones de medio mandato no suponga un obstáculo mucho mayor para la guerra de Trump que el que ha supuesto hasta ahora el Congreso republicano.
Sin embargo, aunque hay buenas razones para pensar que la situación se deteriorará gravemente tras las elecciones de mitad de mandato, no hay garantía de que tal deterioro no vaya a ocurrir antes. Estados Unidos ha lanzado estos días importantes bombardeos contra Irán, pero los daños a la infraestructura iraní, especialmente a su infraestructura energética, parecen ser leves. Del mismo modo, Irán ha atacado instalaciones vinculadas a Estados Unidos en los Estados del Golfo, pero los ataques parecen haber sido calibrados para evitar una escalada de daños. Esto demuestra que ambas partes están tratando de evitar el retorno a la guerra a gran escala, siendo muy posible que la decisión tomada por Estados Unidos de revocar la licencia iraní de venta de su petróleo, iniciativa que supone una mayor escalada, haya sido simplemente otro ejemplo de la ignorancia y la impulsividad típicas de Trump y no un intento de volver a la guerra total. Pero si continúan los ataques recíprocos, el riesgo de escalada es extremadamente alto y un retorno a la guerra total tendrá consecuencias mucho más graves que en la ronda anterior.
Más allá del cierre del estrecho de Ormuz es muy probable que la reanudación de las hostilidades impulse a Irán a presionar a su aliado yemení, Ansar Allah (los hutíes), para que interrumpa el tráfico marítimo en el estrecho de Bab al-Mandab, que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y, de ahí, con el océano Índico. Ya hemos visto lo perjudicial que puede ser la interrupción del tráfico en esa zona y, si se suma al cierre del estrecho de Ormuz, devastaría el transporte marítimo mundial, lo cual podría bastar para que Estados Unidos atacara la infraestructura energética de Irán, lo que sin duda provocaría represalias contra la producción energética de los países árabes del Golfo. La recuperación de los eventuales daños causados a la producción exigiría mucho más tiempo que la absorción de la interrupción del tráfico marítimo. Las implicaciones económicas para el mundo entero y la amenaza para el tránsito de alimentos y otros productos básicos para la vida son abrumadoras y ni que decir tiene que sus efectos los sufrirían sobre todo los grupos más vulnerables de la economía-mundo capitalista.
Existe una alternativa y ya está documentada en el memorando de entendimiento. Poner en práctica el enorme alivio económico que promete para Irán y llegar a un acuerdo equitativo para la gestión del estrecho de Ormuz, administrado por Irán y al menos un Estado árabe del Golfo, evitaría este futuro catastrófico. Se trata de un sistema que fomenta la cooperación entre Irán y sus vecinos, reduciendo las tensiones en toda la región y que, con el tiempo, podría incluso ayudar a mitigar conflictos en otras zonas. Como mínimo, garantizaría que el flujo de bienes y servicios a través de las principales vías navegables mundiales fuera más estable de lo que lo es ahora. Irán seguramente aceptaría de buen grado un acuerdo así, ya que responde a todas sus preocupaciones. El problema, por supuesto, es que Trump lo vería como una derrota. Se le podría convencer de lo contrario: si se le pudo convencer para que hiciera algo tan evidentemente estúpido como iniciar esta guerra, se le puede convencer de cualquier cosa.
Alguien tendría que convencer a Trump de que este planteamiento podría conducir a un acuerdo sobre el programa nuclear de Irán, lo cual es una posibilidad real, ya que el control sobre el estrecho es el elemento disuasorio que Irán necesita, y es muy posible que los iraníes estén dispuestos a aceptar la limitación de su programa de enriquecimiento nuclear a los niveles mínimos para el uso civil, si consigue garantizar ese poder disuasorio sobre Ormuz. No está claro quién podría convencer al presidente estadounidense de ello, pero en estos momentos Trump se está precipitando en la dirección contraria, volviendo a su belicosidad habitual e intentando salir del lío que él mismo ha creado a base de bombardeos. Si no se le hace cambiar de rumbo antes de noviembre, puede que sea demasiado tarde.
Recomendamos leer Mitchell Plitnick, «En el estrecho de Ormuz Irán está obligando a Trump a afrontar un momento decisivo», «Estados Unidos e Irán han llegado a un acuerdo para reabrir el estrecho de Ormuz, pero Israel podría impedir el fin de la guerra» y «Ha llegado el momento de que Trump elija entre los intereses de Estados Unidos y los de Israel en la guerra contra Irán»; Jeremy Scahill, «Irán ha advertido a Trump: “Si no pones fin a la guerra en el Líbano, nos reservamos el derecho de atacar a Israel sin previo aviso”» y «El arte de la capitulación: entrevista al analista iraní Hassan Ahmadian»; Murtaza Hussain y Reza Sayah, «Se recrudece el debate interno en Teherán sobre el acuerdo alcanzado con Trump»; Abdaljawad Omar, «Cuál es realmente el significado del último intercambio de ataques entre Irán e Israel y qué significa para la región»; Richard Beck, «Cómo se desmorona una hegemonía global: la crisis de Estados Unidos y la política reaccionaria imperante en el sistema-mundo capitalista»; William I. Robinson y M. Gürsan Şenalp, «La Pax Silica, el genocidio de Gaza y la crisis del capitalismo global», todos ellos publicados en Ant/agón.
Este artículo se ha publicado originalmente en Mondoweiss y se publica aquí con consentimiento expreso de su editor.