Contener a Irán y sostener las políticas agresivas de Israel ha sido un enorme error político y diplomático occidental

En un artículo de opinión publicado en Le Monde, Badr al-Busaidi, ministro de Asuntos Exteriores de Omán, sostiene que la política de «contención» de Irán practicada por Occidente durante las últimas cuatro décadas siempre ha sido errónea, dado que la verdadera amenaza a la estabilidad regional ha provenido incontestablemente de Tel Aviv, como la actual guerra de agresión lanzada por Estados Unidos e Israel contra la potencia iraní demuestra incontrovertiblemente. Para remediar este desastre Al-Busaidi aboga por un nuevo orden de seguridad regional basado en los Estados de la región y en la retirada paulatina de Estados Unidos de la misma. La obtusidad de la política diplomática occidental ante esta realidad macroscópica y la invisibilidad en los respectivos sistemas políticos nacionales y supranacionales de esta línea de comportamiento irracional, así como del enorme coste acarreado por la misma para los pueblos de la región, pone de manifiesto el carácter debilísimo del contenido democrático de los mismos, cuya insoportabilidad aflora ahora como una cuestión política primordial para la actual composición de clase antagonista

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El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se reúne con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en el complejo turístico Mar-a-Lago, en Palm Beach, Florida, 29 de diciembre de 2025 - Oficina del primer ministro israelí/APA Images).

El ministro de Asuntos Exteriores de Omán, Badr al-Busaidi, ha publicado un artículo de opinión en Le Monde el pasado lunes 13 de julio. El artículo es un llamamiento a una nueva arquitectura política y de seguridad en la región del Golfo y supone una clara denuncia no solo de la desastrosa guerra actual, iniciada por elección propia por Estados Unidos e Israel contra Irán, sino también de los cuarenta y siete años de política occidental en la región. Esta notable declaración se verifica, cuando al-Busaidi señala que el error fundamental de la política internacional en el Golfo durante las últimas décadas ha sido tratar a Irán como una amenaza existencial para la seguridad de la región. De hecho, argumenta al-Busaidi, la verdadera amenaza proviene de «las decisiones que se toman en Tel Aviv». Desafortunadamente, aunque al-Busaidi tiene razón en su afirmación, se limita a exponerla como un hecho sin aportar ningún argumento, que respalde su aseveración. Se trata de una oportunidad realmente mal aprovechada.

Al-Busaidi goza de un prestigio genuino en los círculos diplomáticos. Fue el negociador que logró alcanzar el acuerdo entre Estados Unidos e Irán el pasado mes de febrero, que habría limitado significativamente el programa nuclear iraní y permitido inspecciones exhaustivas del mismo. Donald Trump decidió echar por tierra ese acuerdo al atacar a Irán a instancias del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Si al-Busaidi hubiera decidido aprovechar parte de su credibilidad para explicar por qué Israel, y no Irán, es la amenaza para la estabilidad del Golfo, habría tenido un gran impacto. Al publicar en Le Monde, un medio de comunicación que goza de un respeto considerable en Europa, se ha dirigido a un público que no solo está formado por ciudadanos franceses, sino también por gran parte de la elite europea, incluidos sus líderes políticos. A ese público le habría sido de gran utilidad escuchar un llamamiento a centrarse en Israel como fuente de la inestabilidad en Oriente Próximo. Aun así, la idea clave que Al-Busaidi sí plantea es crucial: que la política estadounidense centrada en «contener» a Irán ha fracasado y que debe trazarse y perseguirse un nuevo marco de seguridad para la región.

Al-Busaidi escribe lo siguiente: «La acumulación de un gasto militar masivo en la región, la expansión de las bases estadounidenses en el Golfo y el mantenimiento de una presencia militar protectora a distancia se ha desarrollado y mantenido al precio de enormes esfuerzos, cuyos costes han sido colosales, pero sin que ello haya sido verdaderamente de ninguna utilidad». Esta es la verdad fundamental que, en opinión de al-Busaidi, ha puesto de manifiesto esta guerra. La política de «contención» beligerante desplegada contra Irán siempre ha sido una política errónea. Aunque al-Busaidi no desea enzarzarse con la historia (al fin y al cabo, se trata de un artículo de opinión, cuyo espacio es limitado), vale la pena tener en cuenta cómo se desarrolló esa política.

Una política nacida del racismo y la mezquindad

La política estadounidense hacia el Irán posrevolucionario se basaba en el aislamiento económico y en la limitación de la capacidad de Irán para desarrollar tecnología armamentística, especialmente misiles. Pero la aplicación de sanciones comerciales y el temor a una posible represalia iraní condujeron al enorme esfuerzo militar al que se refiere al-Busaidi. Después de que la revolución iraní y la crisis de los rehenes rompieran las relaciones entre Estados Unidos e Irán, la potencia estadounidense incumplió el acuerdo a tenor del cual Irán había liberado a los rehenes y todo este episodio sentó las bases de una política de resentimiento, que ha definido la política estadounidense desde entonces.

Quienes recordamos la crisis de los rehenes de 1979 y los primeros años de la presidencia de Ronald Reagan podemos describir fácilmente no solo la hostilidad política, sino también la hostilidad cultural hacia Irán, que se desarrolló en aquella época. El odio hacia el islam y los musulmanes era evidente y se expresaba contraponiendo la teocracia emergente de la República Islámica con la falsa imagen del reinado más libre y laico del derrocado sah Mohammad Reza Pahlavi. En aquellos años, la opinión pública estadounidense y a fortiori occidental apenas era consciente ni de la brutalidad del régimen del sah ni del papel desempeñado por Estados Unidos en el derrocamiento en 1953de Mohammad Mossadegh, presidente iraní elegido democráticamente, y en la instauración del sah en ese mismo año. En Estados Unidos imperaba sobre todo el miedo a una república teocrática islámica y la rabia por haber sido humillados por lo que se consideraba una pandilla desorganizada de revolucionarios, que habían conquistado el poder en un país atrasado.

Estos fueron los fundamentos de lo que al-Busaidi denomina la política de «contención» de Irán. Esta política tuvo sus altibajos a lo largo de los años. En ocasiones se modificaba, si Estados Unidos quería algo de Irán, como la liberación de rehenes retenidos en el Líbano (lo que condujo al escándalo Irán-Contras) o ayuda en la lucha contra Al Qaeda tras los atentados del 11 de septiembre. Pero la beligerancia siempre se imponía rápidamente y era más que suficiente para frustrar cualquier intento de acercamiento iraní a Estados Unidos, algo que Irán intentó en varias ocasiones a lo largo de los años.  La política se mantuvo hasta que Barack Obama la endureció para presionar a Irán a sentarse a la mesa de negociaciones, lo que finalmente condujo al Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA), el acuerdo sobre la política nuclear iraní, acuerdo que Obama esperaba que con el tiempo conduciría al deshielo de las relaciones entre Estados Unidos e Irán y a la reintegración gradual de este país en la esfera diplomática del Golfo.

Aun así, la idea clave que Al-Busaidi sí plantea es crucial: que la política estadounidense centrada en «contener» a Irán ha fracasado y que debe trazarse y perseguirse un nuevo marco de seguridad para la región

Todo esto, por supuesto, quedó desbaratado por Donald Trump, quien instauró una política de «máxima presión», que agravó considerablemente las dificultades económicas infligidas a Irán, y que Joe Biden no mitigó de forma significativa durante sus cuatro infructuosos años como presidente de Estados Unidos. Al-Busaidi elude diplomáticamente esta historia, porque intenta avanzar hacia una política más pragmática en lugar de enzarzarse en una retórica recriminatoria con Estados Unidos. Sin embargo, su única declaración contundente sobre Israel demuestra que está dispuesto a lanzarse a las recriminaciones en este frente.

Israel, fuente de inestabilidad

Al-Busaidi afirma: «Será necesario cuestionar ciertas premisas heredadas del pasado para identificar alianzas, que puedan fortalecer genuinamente la seguridad de los Estados del Golfo y a fortiori la seguridad de la comunidad internacional, al tiempo que se identifican aquellas que, por el contrario, crean vulnerabilidades adicionales». Aunque Al-Busaidi evita nombrar países, resultan evidentes en sus palabras las conclusiones incontrovertibles derivadas ineludiblemente de esta guerra. La guerra en sí misma fue impulsada íntegramente por factores ajenos al Golfo. Se desencadenó a causa del ego, la arrogancia y la credulidad del presidente de Estados Unidos, que fueron hábilmente manipuladas por el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, para conseguir únicamente sus objetivos regionales, nacionales y militares. Al-Busaidi propone una nueva arquitectura de seguridad que, aunque no excluye a Estados Unidos, se halla protegida frente a Israel o frente a cualquier otro Estado ajeno al Golfo que pueda provocar este tipo de devastación regional.

Únicamente hay una forma de lograr esta arquitectura y es mediante la creación de una coalición de seguridad, que incluya a Irán, Iraq y los seis Estados del Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán y Qatar) CCG). Esto implica reducir significativamente la presencia estadounidense en la región del Golfo, tanto en sobre tierra como en el mar; reparar los daños causados a Irán y a la infraestructura energética del Golfo, así como alcanzar un amplio acuerdo sobre Palestina. Nada de esto sería fácil de lograr, aunque gran parte de ello ya está en marcha. Ya existe un fuerte sentimiento en el Golfo de que la presencia militar estadounidense hace mucho más daño que bien en la región. Por otro lado, el enorme gasto que supone para Estados Unidos su presencia en la misma podría coadyuvar a que Estados Unidos optase por la retirada.

En cuanto a Palestina, la cuestión será más delicada. Es extremadamente improbable que los Estados árabes del Golfo quieran acercarse a la posición de Irán de confrontación con Israel en defensa de los palestinos. E Irán no va a abrirse de repente a la normalización como lo ha hecho Arabia Saudí. Del mismo modo, Baréin y los Emiratos Árabes Unidos no han mostrado ninguna intención de romper sus relaciones normalizadas con Israel, aunque el movimiento inicial de estos en pro de un compromiso todavía más firme con los Acuerdos de Abraham parece haber dado paso últimamente a un planteamiento más cauteloso

Iraq ya ha conseguido que Trump se comprometa a una retirada militar total para finales de septiembre, aunque es probable que otros Estados esperen hasta que termine la guerra actual para ejercer presión con el fin de obtener algo similar. El memorando de entendimiento, ahora sin vigencia, incluía acuerdos sustanciales para acometer los correspondientes esfuerzos de reconstrucción. Y estos formarán sin duda parte de cualquier acuerdo de fin de las hostilidades en el futuro. Irán ciertamente ha dejado claro que no aceptará nuevos alto el fuego, si no se establecen dichos acuerdos. En cuanto a Palestina, la cuestión será más delicada. Es extremadamente improbable que los Estados árabes del Golfo quieran acercarse a la posición de Irán de confrontación con Israel en defensa de los palestinos. E Irán no va a abrirse de repente a la normalización como lo ha hecho Arabia Saudí. Del mismo modo, Baréin y los Emiratos Árabes Unidos no han mostrado ninguna intención de romper sus relaciones normalizadas con Israel, aunque el movimiento inicial de estos en pro de un compromiso todavía más firme con los Acuerdos de Abraham parece haber dado paso últimamente a un planteamiento más cauteloso.

A pesar de esta situación diversificada, todavía es posible alcanzar un acuerdo más amplio entre la totalidad de estos Estados, que podría incluir el ejercicio de presión conjunta sobre Israel para que respete un acuerdo de alto el fuego que incluya al Líbano y que se amplíe a Siria y Gaza. Esperar a corto plazo una presión inmediata para que Israel se retire por completo de todos los territorios más allá de la frontera reconocida internacionalmente (la línea anterior a 1967) es demasiado ambicioso, al igual que lo es el reconocimiento pleno de los derechos palestinos susceptible de conducir a una solución real. Pero cabe al menos esperar razonablemente que las fuerzas combinadas del CCG, Iraq e Irán, en colaboración con la Liga Árabe, sean capaces de hacer retroceder a Israel hasta las líneas de ocupación del 6 de octubre de 2023.

Una visión de estabilidad

Ese parece ser el tipo de acuerdo que al-Busaidi espera. Dicha agrupación de Estados podría entonces pasar a lo que él denomina acertadamente como el siguiente paso crucial: la formulación de un acuerdo permanente para el estrecho de Ormuz y Bab al-Mandab. Este acuerdo, escribe, reequilibraría las alianzas regionales «para que reflejen mejor las realidades estratégicas reveladas por la reciente guerra».

Se trata de un llamamiento a aceptar la realidad: que Irán siempre podrá interrumpir el tráfico en el estrecho de Ormuz, al igual que Ansar Allah (los hutíes) siempre podrá hacer lo mismo con Bab al-Mandab. En lugar de luchar contra molinos de viento, al-Busaidi sugiere que Estados Unidos y el resto del mundo reconozcan esta realidad y negocien partiendo de ella.

Al invocar el derecho internacional, que prohíbe establecer peajes o tasas en las vías navegables naturales, al-Busaidi intenta desviar la atención internacional de los peajes, al tiempo que reconoce el asunto que es realmente importante para Irán: la posibilidad de blandir la amenaza de cerrar el estrecho como garantía de la fidelidad estadounidense a cualquier acuerdo de alto el fuego. Si a Irán se le ofrece un acuerdo, como se daba a entender en el ahora difunto memorando de entendimiento, que contemple la reparación del daño que se le ha causado y la reanudación de la exportación de petróleo y otros productos, es altísimamente probable que renuncie a los peajes a cambio de algún otro tipo de acuerdo.

Esta es una vía pragmática y realista para avanzar. El principal obstáculo es la negativa de Donald Trump a seguirla por temor a que su base electoral la perciba como una derrota, lo cual destrozaría su imagen de «ganador». La visión que esboza al-Busaidi conduciría, por el contrario, a una región del Golfo y a un mercado energético mucho más estables. La vía actual conduce a la depresión mundial, incluso al posible colapso económico, y ya ha abocado al mundo a una crisis alimentaria, que se materializará dentro de unos meses, además de estar a punto de provocar también una crisis energética sin precedentes. La elección parece clara.


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Este artículo se ha publicado originalmente en Mondoweiss y se publica aquí con consentimiento expreso de su editor.