En el estrecho de Ormuz Irán está obligando a Trump a afrontar un momento decisivo

Tanto Irán como Israel se están jugando gran parte de su futuro en función de lo que haga Trump para resolver la situación creada en el estrecho de Ormuz y en torno a la guerra estadounidense-israelí librada omnidireccionalmente en Oriente Próximo. De hecho, el destino del mundo, en un sentido muy real, pende del hilo de un presidente errático, carente de criterio y privado de toda imaginación política racional

Foto reciente y poco común de un soldado israelí sacando a los heridos de un tanque alcanzado por un dron FPV (vista en primera persona), mientras busca con la vista otro que se aproxima, sur del Líbano, 21 de junio de 2026 – Lebanese News and Updates.
Foto reciente y poco común de un soldado israelí sacando a los heridos de un tanque alcanzado por un dron FPV (vista en primera persona), mientras busca con la vista otro que se aproxima, sur del Líbano, 21 de junio de 2026 – Lebanese News and Updates.

Nota del editor: Este artículo se publicó originalmente en Cutting Through

La decisión tomada por Irán el sábado 20 de junio de cerrar una vez más el estrecho de Ormuz sitúa a este país, a Estados Unidos y a Israel en un momento decisivo, que en el futuro podría considerarse un punto de inflexión clave en los asuntos internacionales. No se trata simplemente de que Irán se mantenga firme en sus principios y haga cumplir los términos del memorándum de entendimiento, sino de un momento que puede definir la relación existente entre Estados Unidos e Israel y que incluso podría tener importantes repercusiones para el pueblo palestino. Irán está demostrando una vez más el poder que le confiere la geografía del estrecho de Ormuz, mientras pone en evidencia que no confía en Estados Unidos y que va a garantizar el cumplimiento de cualquier acuerdo, utilizando la influencia de la que dispone. Por eso los neoconservadores, los grupos proisraelíes y los partidarios de seguir una línea dura contra Irán reaccionaron con tanta histeria, cuando se dieron a conocer los términos exactos del memorándum de entendimiento el pasado 17 de junio. No se trataba solo de las condiciones favorables para Irán –el compromiso de poner fin a las sanciones, la promesa de desbloquear los fondos iraníes congelados y la ausencia de cualquier mención del programa de misiles de Irán o de su apoyo a los aliados regionales–, sino de las implicaciones para las relaciones futuras con Irán.

Teherán debe utilizar su influencia sobre el estrecho de Ormuz con prudencia en el futuro, pero en estos momentos todavía se encuentra en la fase en la que está haciendo valer la misma, dejando claro al mundo que deben tomarse en serio las preocupaciones iraníes. Teherán siempre tendrá el poder sobre el estrecho, pero su capacidad para hacer valer ese poder nunca será mayor de lo que es ahora mismo.

Irán tiene ahora el poder de disuadir las sanciones estadounidenses y mundiales, un poder del que siempre dispuso debido a su geografía, pero que hasta ahora tan solo había sido teórico. Esa influencia es no obstante limitada y los iraníes saben que no debe utilizarse a la ligera. Si Irán amenaza con cerrar el estrecho cada vez que otro país, ya sea aliado o adversario, aprueba una política o da un paso que Teherán desaprueba, será considerado una amenaza no solo por los países occidentales que ya le odian, sino también, y en gran medida, por países como China e incluso Rusia. Teherán debe utilizar su influencia con prudencia en el futuro, pero en estos momentos todavía se encuentra en la fase en la que está haciendo valer la misma, dejando claro al mundo que deben tomarse en serio las preocupaciones iraníes. Teherán siempre tendrá el poder sobre el estrecho, pero su capacidad para hacer valer ese poder nunca será mayor de lo que es ahora mismo.

El pánico proisraelí

Por todo ello Israel y sus partidarios en Estados Unidos y en Europa están sumidos en un pánico absoluto ante el memorándum de entendimiento, mientras el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu está redoblando la apuesta en lo que hasta ahora ha sido una apuesta perdedora tanto en el Golfo Pérsico como en el Líbano. Netanyahu está, en cierto sentido, recogiendo el guante que Irán le lanza. La decisión de Irán de posponer primero el inicio de las negociaciones sobre el establecimiento de un acuerdo permanente con Estados Unidos y, a continuación, cerrar el estrecho de Ormuz tiene por objeto obligar a Donald Trump a tomar una decisión difícil. ¿Está dispuesto a salvar el fin de la guerra con Irán obligando a Israel a retirarse del Líbano, o cederá, una vez más, a la presión política y permitirá que Israel mantenga su ocupación del sur del Líbano con las inevitables violaciones del alto el fuego que ello implica? Netanyahu y, en menor medida, Hezbolá, han dejado claro que un mero alto el fuego en el sur del Líbano es inviable. La presencia de tropas israelíes en territorio soberano libanés, una violación flagrante del derecho internacional, conducirá a un conflicto continuo. De hecho, Israel ha demostrado que quiere precisamente ese resultado.

Aunque el memorándum de entendimiento no exige específicamente que Israel se retire del Líbano, la realidad de la ocupación implica inevitablemente que el alto el fuego estipulado por el memorando en su primera cláusula –«Los Estados Unidos de América y la República Islámica de Irán y sus aliados en la guerra actual, al firmar este Memorándum de Entendimiento, declaran el cese inmediato y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluido el Líbano […]»– acarree la retirada de Israel. Pero Israel ya había afirmado que no haría tal cosa incluso antes de que se hiciera público el memorándum de entendimiento. Aunque ni Israel ni Hezbolá han formado parte de las negociaciones entre Irán y Estados Unidos, Israel también ha afirmado, antes del último cierre del estrecho por parte de Irán, que respetaría el alto el fuego siempre y cuando Hezbolá lo hiciera. Pero esa es, obviamente, una declaración poco fiable. Incluso antes de esta guerra, existía un alto el fuego acordado entre Israel y Hezbolá, que suspendió los combates iniciados entre ambos estallados al comienzo del genocidio perpetrado por Israel en Gaza. Israel violó ese alto el fuego más de diez mil veces durante el año posterior a su entrada en vigor en diciembre de 2024, según el recuento efectuado por la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano (FPNUL). El propio Israel afirma que Hezbolá lo ha violado mil novecientas veces durante ese periodo, pero la inmensa mayoría de esas «violaciones» no fueron más que casos de desplazamiento de personal y equipamiento de la organización de un lugar a otro.

Este tipo de amenazas insignificantes ejercidas por Estados Unidos no funcionarán esta vez. Netanyahu sabe lo que está en juego. Si se puede presionar a Trump mediante el cierre del estrecho para forzar una retirada israelí del Líbano, ¿no podría Irán utilizar también esa misma amenaza para forzar una retirada israelí de la Franja de Gaza? Aquí hay una pendiente resbaladiza que no puede sino aterrorizar no solo a la extrema derecha israelí, sino a los israelíes de todo el espectro sionista

Irán ha insistido desde el principio en que el alto el fuego debe aplicarse también al Líbano. La razón obvia es la protección de su aliado, Hezbolá. Pero hay más. Israel es incapaz de mantener una guerra contra Irán sin la participación directa de Estados Unidos, pero sí es perfectamente capaz de mantener una invasión del Líbano de forma indefinida. El mero hecho de que Estados Unidos se mantenga al margen no basta para detener a Israel. Estados Unidos debe ejercerse una presión activa, intensa y sostenida sobre el gobierno de Netanyahu. Y, dada la actual situación de riesgo electoral y las críticas internas a las que se enfrenta Netanyahu, tendría que ser una presión sin precedentes. En 1956 Dwight D. Eisenhower amenazó con suspender toda la ayuda estadounidense a Israel, imponerle sanciones de la mano de la ONU e incluso bloquear los envíos de petróleo al Estado, si no se retiraba de la región de Suez. Ello sentó un precedente y así los presidentes estadounidenses posteriores pudieron imponer su criterio efectuando amenazas más circunspectas, debido al temor introyectado por Israel de que el desafío condujera eventualmente a una presión mucho mayor.

Así, en 1991 George H. W. Bush consiguió que el primer ministro israelí Yitzhak Shamir cediera simplemente amenazando con suspender las garantías de endeudamiento estadounidenses. En un incidente menos conocido, George W. Bush logró que Israel modificara el trazado de la barrera de separación (a la que hoy se suele denominar «muro del apartheid») también amenazando con suspender las garantías de endeudamiento. Este tipo de amenazas insignificantes no funcionarán esta vez. Netanyahu sabe lo que está en juego. Si se puede presionar a Trump mediante el cierre del estrecho para forzar una retirada israelí del Líbano, ¿no podría Irán utilizar también esa misma amenaza para forzar una retirada israelí de la Franja de Gaza? Aquí hay una pendiente resbaladiza que no puede sino aterrorizar no solo a la extrema derecha israelí, sino a los israelíes de todo el espectro sionista. Incluso podría acabar conduciendo a presiones para establecer un Estado palestino o para conceder a los palestinos de toda Cisjordania y Gaza tanto derechos humanos como derechos civiles (lo que incluiría el derecho al voto). Por ello, una retirada del Líbano requerirá hoy una presión mucho más cercana a la de Eisenhower que a la de los Bush.

La estrategia iraní

Irán entiende esto tan bien como Netanyahu. Ambos están apostando fuerte a que pueden obligar a Trump a hacer lo que cada uno de ellos espera de él. Para Irán existe una necesidad inmediata de aprovechar el momento. Los partidarios de la línea dura en Irán se han opuesto al memorando de entendimiento, porque creen que Teherán puede conseguir algo mejor, que no se puede confiar en los estadounidenses y que solo la lucha continuada hasta que Occidente esté completamente agotado puede hacer que Irán consiga todo lo que se le debe. El líder supremo de Irán, Mojtaba Jamenei, adoptó una postura intermedia, distanciándose del memorando de entendimiento, sobre el que expresó su escepticismo, pero autorizando al presidente iraní Masoud Pezeshkian a proseguir las negociaciones basadas en el mismo. Pezeshkian sabe que, para mantener a Irán en el acuerdo, tendrá que garantizar que se cumplan tanto la letra como el espíritu del memorando de entendimiento, lo cual va a resultar extremadamente difícil, incluso sin la interferencia israelí.

Los partidarios de la línea dura en Irán se han opuesto al memorando de entendimiento, porque creen que Teherán puede conseguir algo mejor, que no se puede confiar en los estadounidenses y que solo la lucha continuada hasta que Occidente esté completamente agotado puede hacer que Irán consiga todo lo que se le debe. El líder supremo de Irán, Mojtaba Jamenei, adoptó una postura intermedia

Las objeciones bipartidistas en Estados Unidos no se basan exclusivamente en la preocupación por los intereses de Israel. De hecho, son muy pocos los estadounidenses, tanto entre quienes ocupan cargos públicos como entre quienes no lo hacen, que perciben ventaja alguna en permitir que Irán reconstruya su economía, tal y como promete el memorando de entendimiento. Y, aunque muchas de las disposiciones de este entran dentro de las competencias de Trump, el Congreso, con una mayoría lo suficientemente sólida, puede impedir que levante las sanciones.

El momento de la verdad de Trump

Tanto Irán como Israel han obligado a Trump a tomar una decisión drástica y cualquiera de las dos opciones tendrá enormes repercusiones. Si Trump decide que no quiere ganarse todavía más la ira de su base republicana y de algunos de los grandes donantes (especialmente Miriam Adelson) que apoyan a Israel, se abstendrá de presionar demasiado a Netanyahu en lo relativo al Líbano, lo cual significa que pedirá a Netanyahu que cese de disparar, pero no le presionará para que se retire del sur del país. El resultado será, inevitablemente, la continuación de la ocupación de la zona por parte de Israel, que tal vez tomará determinadas medidas preliminares para establecer una presencia permanente en la misma y sentar las bases de una futura anexión. En este caso, asistiremos a un conflicto continuo con Hezbolá, de intensidad media o alta, que se extenderá, al menos ocasionalmente, más allá de las zonas actualmente ocupadas por Israel y llegará al área de Beirut. Irán considerará todo esto como la prueba de la falta de fiabilidad de Estados Unidos y probablemente mantendrá el cierre del estrecho de Ormuz, lo cual significará el camino de vuelta a la guerra.

El cierre del estrecho provocará una crisis mundial sin precedentes, mucho peor que lo que hemos visto hasta la fecha. Trump no podrá quedarse de brazos cruzados y volverá a atacar a Irán. Ese es el curso de los acontecimientos que Israel espera, pero es obviamente un callejón sin salida, porque si Estados Unidos reanuda la guerra, el cierre acabará extendiéndose más allá del estrecho de Ormuz hasta el estrecho de Bab el-Mandeb, lo que interrumpirá todavía más las líneas de suministro. Peor aún, volver a atacar a Irán provocará ataques aún más devastadores contra las infraestructuras árabes del Golfo. Todo ello supondrá una crisis tan extrema, que el resto del mundo no podrá mantenerse al margen y esperar a que se resuelva por sí sola, como ha hecho hasta ahora.

Pero si el presidente estadounidense toma la decisión correcta en este asunto, ello significará anteponer lo que es mejor para Estados Unidos y para el mundo entero a lo que quiere Israel (y yo diría que lo que quiere Israel no es de ningún modo lo mejor para el pueblo de Israel). Si Trump elige el camino correcto, se abrirá la puerta a un cambio radical en la forma en que Estados Unidos y el mundo entero se relacionan con Israel. Ese cambio se ha hecho esperar mucho tiempo y no podría ser más bienvenido en estos momentos

La otra opción de Trump es poner a Netanyahu en su sitio. El presidente estadounidense puede amenazar con un corte total del suministro de armas y con la privación de diversos tipos de apoyo político. Aunque sería demasiado esperar que un presidente estadounidense pidiera sanciones internacionales contra Israel, como amenazó con hacer Eisenhower, un aumento de las críticas estadounidenses abriría la posibilidad de que Estados Unidos y otros Estados comenzaran a rescindir sus respectivos acuerdos comerciales con Israel, a decretar embargos de armas e incluso a poner fin a las relaciones normales con el autoproclamado «Estado judío». Suena descabellado, pero estamos hablando de un escenario en el que la obstinación de Israel y su insistencia en su derecho exclusivo a invadir a sus vecinos, siempre que considere que están en juego sus «necesidades de seguridad», conducirían a una depresión mundial sin precedentes desde hace al menos un siglo. Tanto Irán como Israel se están jugando gran parte de su futuro a lo que Trump haga a continuación. De hecho, el destino del mundo, en un sentido muy real, pende de un hilo. Esta situación no es en la que nadie esperaría encontrarse, si la Casa Blanca contara con un inquilino competente, pero el hecho es que Trump está allí. Pero si el presidente estadounidense toma la decisión correcta en este asunto, ello significará anteponer lo que es mejor para Estados Unidos y para el mundo entero a lo que quiere Israel (y yo diría que lo que quiere Israel no es de ningún modo lo mejor para el pueblo de Israel). Si Trump elige el camino correcto, se abrirá la puerta a un cambio radical en la forma en que Estados Unidos y el mundo entero se relacionan con Israel. Ese cambio se ha hecho esperar mucho tiempo y no podría ser más bienvenido en estos momentos.


Recomendamos leer Mitchell Plitnick,  «Estados Unidos e Irán han llegado a un acuerdo para reabrir el estrecho de Ormuz, pero Israel podría impedir el fin de la guerra» y «Ha llegado el momento de que Trump elija entre los intereses de Estados Unidos y los de Israel en la guerra contra Irán», Jeremy Scahill, «Irán ha advertido a Trump: “Si no pones fin a la guerra en el Líbano, nos reservamos el derecho de atacar a Israel sin previo aviso”» y «El arte de la capitulación: entrevista al analista iraní Hassan Ahmadian»; Murtaza Hussain y Reza Sayah, «Se recrudece el debate interno en Teherán sobre el acuerdo alcanzado con Trump», Abdaljawad Omar, «Cuál es realmente el significado del último intercambio de ataques entre Irán e Israel y qué significa para la región»; Richard Beck, «Cómo se desmorona una hegemonía global: la crisis de Estados Unidos y la política reaccionaria imperante en el sistema-mundo capitalista»; William I. Robinson y M. Gürsan Şenalp, «La Pax Silica, el genocidio de Gaza y la crisis del capitalismo global», todos ellos publicados en Ant/agón.

Este artículo se ha publicado originalmente en Mondoweiss y se publica aquí con consentimiento expreso de su editor.