Cuál es realmente el significado del último intercambio de ataques entre Irán e Israel y qué significa para la región

El recrudecimiento de la violencia entre Irán e Israel el 8 de junio ha tenido menos que ver con los objetivos inmediatos de ambos países y más con los esfuerzos a largo plazo de Irán por reafirmar un eje de resistencia unido frente a la hegemonía estadounidense-israelí en la región

Ataques aéreos israelíes sobre Beirut tras el anuncio de un alto el fuego de dos semanas en la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, 8 de abril de 2026 - Marwan Naamani/DPA vía ZUMA Press/APA Images.
Ataques aéreos israelíes sobre Beirut tras el anuncio de un alto el fuego de dos semanas en la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, 8 de abril de 2026 - Marwan Naamani/DPA vía ZUMA Press/APA Images.

Cuando los misiles balísticos iraníes surcaron el cielo hacia Galilea en la madrugada del 8 de junio para ser seguidos unas horas más tarde por los ataques de los aviones de combate israelíes dirigidos contra Teherán, Isfahán, Tabriz y el complejo petroquímico de Mahshahr, no se trató de un simple intercambio de misiles y ataques, sino de una disputa sobre los términos del orden regional. Y como todas las disputas que se libran utilizando fuego real, su significado no residía en la pirotecnia ligada a los mismas, sino en la lógica estratégica que grababan, línea a línea, en ese orden. En el centro de esa disputa se encuentra una única cuestión estratégica: ¿pueden Israel y Estados Unidos combatir a sus enemigos en un frente independiente en cada ocasión o se hallan obligados a luchar en todos los frentes simultáneamente? El ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Araghchi, lo expresó claramente: «Un alto el fuego entre Irán y Estados Unidos constituye, sin ambigüedad alguna, un alto el fuego global en todos los frentes, incluido el Líbano. Cualquier violación de este alto el fuego específico en un frente se considerará una violación del mismo en todos los demás frentes».

Washington y Tel Aviv insisten en lo contrario, sosteniendo que el alto el fuego acordado el pasado mes de abril se aplica únicamente al intercambio directo de fuego entre Estados Unidos e Irán, mientras que el Líbano seguiría siendo un frente separado en el que se podría luchar de forma aislada. Las semanas transcurridas desde que comenzó el alto el fuego han sido una contienda sostenida y cada vez más intensa sobre cuál de estas lógicas prevalece. La pregunta que queda por responder es cómo interpretamos esta contienda. Interpretarla con precisión significa que primero debemos aclarar el significado de un concepto central, que el análisis de la operación Tufan al-Aqsa (Operación Inundación de Al-Aqsa) exigió en su momento y que la situación actual confirma hoy: la doctrina de la wihdat al-sahat, o «la unidad de los campos de lucha». La doctrina planteaba una afirmación sencilla: que todos los frentes del eje de la resistencia –Gaza, Líbano, Yemen, Iraq y el propio Irán– no son teatros de operaciones separados, sino un único campo de lucha interconectado. La unidad de los campos significaba que la presión ejercida sobre un campo podía y debía provocar una respuesta en todos los demás. Y lo que nos dice el ataque de Irán contra Israel en respuesta al bombardeo israelí del distrito de Dahiya, al sur de Beirut, es que la unidad de los frentes no ha muerto. Pero ha cambiado.

No es lo que esta unidad de los frentes era antes del 7 de octubre, cuando funcionaba como un horizonte aspiracional y como un imaginario compartido que el eje de la resistencia había ensayado, pero nunca materializado plenamente. Ahora, estamos presenciando algo mucho más interesante: una doctrina que está siendo puesta a prueba, paradójicamente, debido a su propio fracaso parcial. El concepto de wihdat al-sahat se ha reconstruido a partir de las ruinas provocadas por los reveses sufridos y ahora se está ejerciendo con una tolerancia al riesgo que los estrategas de la doctrina anteriores a la operación Tufan al -Aqsa probablemente se habrían mostrado reacios a asumir. La estrategia que se ha desarrollado a lo largo de las últimas semanas y que ha culminado estos días con la andanada de misiles lanzada por Irán contra Israel se articula en torno a tres ejes interrelacionados, cuya articulación pretende frustrar los objetivos estratégicos de Israel. Cada eje fortalece al resto y en su conjunto niegan la capacidad de Israel para crear las condiciones necesarias para el éxito estratégico, a saber, un Líbano pacificado, un Irán disuadido y una resistencia desarticulada.

1. Negación geográfica

El primer eje es la negación geográfica, que defino como el esfuerzo sistemático por limitar la libertad de acción militar de Israel en todo el territorio libanés, negándole los requisitos espaciales de los que precisa para poner en práctica sus doctrinas militares más destructivas. Pero para comprender las implicaciones de esa negación, debemos empezar por lo que se está negando: la implementación de lo que se ha dado en llamar la doctrina Dahiya de Israel, una teoría de coacción estratégica implementada mediante el castigo masivo de la población civil. La doctrina Dahiya, que toma su nombre del suburbio del sur de Beirut arrasado por la fuerza aérea israelí en 2006, tiene una lógica sencilla: destrúyase un volumen de suficiente infraestructura civil a una escala conveniente y la población o sus líderes frenarán a la resistencia libanesa en nombre de Israel. Pero para lograr este resultado, Israel debe hallarse en condiciones de escalar libremente su actividad destructiva y debe omarser capaz de amenazar con la destrucción de barrios, ciudades y economías civiles en su totalidad. Necesita poder amenazar con efectuar masacres a gran escala dirigidas contra la población civil libanesa con el objetivo de volver a la ciudanía en contra de la resistencia.

En el Líbano esa libertad está siendo revocada. El propio Trump suspendió el ataque contra los barrios del sur de Beirut el 1 de junio, anunciando que Israel y Hezbolá cesarían el fuego entre sí, solo para que Netanyahu anunciara minutos después que las operaciones en el sur del Líbano continuarían. Este momento intempestivo en el que el patrón refrena al cliente en tiempo real y este desafía inmediatamente parcialmente esas restricciones, demuestra que la libertad de acción estratégica israelí ya no depende únicamente de su propia decisión. Requiere el permiso estadounidense y el permiso estadounidense ya no es incondicional. Hay otro discurso y práctica de la seguridad israelí, que se ve frustrado por la negación geográfica: la creación de «zonas de amortiguación», que requiere la expansión de las fronteras de Israel para establecer «cinturones de seguridad» permanentes. Israel lo ha estado haciendo en Gaza desde el alto el fuego de octubre de 2025, ampliando progresivamente la llamada «Línea Amarilla» para hacerse con más territorio en la Franja, cuyo trazado, según declaró el jefe del ejército israelí Eyal Zamir en diciembre de 2025, se convertiría en la nueva frontera de Israel. En los últimos meses Israel también ha articulado esta estrategia en el Líbano, anunciando su ambición de establecer un cinturón de seguridad libre de Hezbolá, que se extienda hacia el norte hasta el río Litani.

Esta doctrina requiere mantener el control del territorio y mantenerlo en el sur del Líbano es una tarea, que ha consumido a generaciones de militares israelíes sin llegar coronarse con éxito. En estos momentos las fuerzas terrestres israelíes se adentran cada vez más en el sur, sufriendo bajas en intensos combates librados con los combatientes de Hezbolá, mientras continúan los bombardeos de cohetes hacia los asentamientos del norte de Israel lanzados por la organización. Esta es la otra cara de la negación geográfica: Israel se ve arrastrado a un terreno implacable, que le obliga a luchar pueblo a pueblo, valle a valle, consumiendo sus energías militares como lo ha hecho durante décadas, todo ello sin que a situación se zanje netamente como exige su doctrina. La razón de ello es que el sur no es un espacio que se pueda someterse a operaciones de limpieza. Es, por el contrario, un espacio que las absorbe y las degrada, convirtiendo su fuerza en desgaste y su ambición en agotamiento.

Soldados israelíes a lo largo de la frontera libanesa cerca de Misgav Am, 12 de junio de 2023 -  Ayal Margolin/JINI vía Xinhua vía ZUMA Press/APA Images.
Soldados israelíes a lo largo de la frontera libanesa cerca de Misgav Am, 12 de junio de 2023 - Ayal Margolin/JINI vía Xinhua vía ZUMA Press/APA Images.

2. Desgaste sin fin

El segundo eje es el desgaste sin fin, una estrategia que Hezbolá ha estado elaborando en el sur del Líbano durante varias semanas. Para comprender qué es lo que otorga fuerza a este desgaste, debemos pasar de lo estratégico a lo táctico, profundizando en el tipo específico de degradación que Hezbolá ha pretendido provocar. La maquinaria militar de Israel, en su máxima letalidad, es una máquina en el sentido preciso de la palabra: opera a través de la automatización de la destrucción, sustituyendo el cuerpo expuesto del soldado por potencia de fuego e ingeniería. El buldócer blindado D9 es el emblema de esta sustitución: un instrumento de cincuenta toneladas de peso diseñado para borrar el paisaje, capaz de destruir hogares, túneles, huertos y toda la infraestructura física de la resistencia sin que un solo ser humano tenga que salir de un recinto blindado. La campaña aérea algorítmica, la columna de tanques, el batallón de ingeniería: todo ello se organiza en torno al mismo principio, esto es, maximizar la capacidad destructiva y minimizar las bajas israelíes, porque la tolerancia del frente interno israelí ante las bolsas para cadáveres es la restricción vinculante en todas y cada una de las campañas militares, que sus gobiernos han organizado.

Lo que Hezbolá ha estado haciendo en el sur del Líbano es un ataque sistemático a los fundamentos mecánicos de esta lógica. Los drones FPV, cuadricópteros baratos con visión en primera persona que cuestan unos pocos cientos de dólares y pueden fabricarse en un sótano, se han desplegado contra los vehículos blindados israelíes, contra los buldóceres D9, que intentan despejar el terreno, contra las concentraciones de tropas tanto de día como de noche, cazando las máquinas que Israel despliega precisamente para evitar la exposición de sus soldados. Fundamentalmente, un dron FPV no necesita destruir un tanque Merkava para tener importancia estratégica. Solo tiene que obligar a los soldados que hay en su interior a reducir la velocidad, a moverse con precaución y a abandonar el ritmo de avance mecanizado que exige la doctrina israelí. Cuando un buldócer D9 es destruido o inutilizado, la operación de limpieza que debía llevar a cabo se detiene o requiere que un ser humano ocupe su lugar, esto es, dicho en otras palabras, que un ser humano se coloque al alcance del siguiente dron, del siguiente misil antitanque, de la siguiente posición de francotirador, que el terreno del sur del Líbano siempre ha proporcionado en abundancia.

Esto es desgaste a escala molecular. No es un choque dramático de ejércitos, sino el desmantelamiento lento y paciente de las condiciones que hacen posible la guerra mecanizada. Combinado con la denegación geográfica de la libertad de acción en todo el Líbano –la imposibilidad de atacar Beirut a voluntad, la mano estadounidense en el cuello de Netanyahu–, el tipo de guerra que surge es una guerra en la que Israel se ve obligado a luchar en condiciones que hacen imposible su victoria completa de tal modo que logre implementar totalmente su doctrina: una guerra de cuerpos, de soldados en el sur que se mueven en un terreno que ha sido preparado en su contra y que se enfrenta a un enemigo que se regenera, porque no se verifican las condiciones políticas para su eliminación.

Las bolsas para cadáveres están llegando. Llevan llegando en realidad desde que se reanudaron los combates el pasado mes de marzo. Y conviene no olvidar, que en la cultura política israelí la llegada de bolsas para cadáveres sin un final a la vista, sin la promesa de un resultado decisivo que justifique su peso, es el material político más corrosivo que existe. No hay manera de «cortar la hierba», cuando la hierba contraataca con drones que cuestan menos que el combustible del vehículo blindado que destruyen. No hay restauración de la disuasión, cuando la disuasión nunca se estabiliza el tiempo suficiente para ser restaurada.

En este panorama militar se ha insertado el Estado libanés y vale la pena detenerse en la naturaleza precisa de esta inserción, porque se está malinterpretando sistemáticamente. El Estado libanés está inmerso en negociaciones con Israel, mediadas por Washington, en las que se presenta como un interlocutor soberano capaz de aportar una resolución política a lo que es, en esencia, una guerra de resistencia que el mismo no inició y a la que no puede poner fin. El presidente libanés, Joseph Aoun, anunció un acuerdo de alto el fuego, afirmando que entraría en vigor en el plazo de veinticuatro horas tras su aprobación por todas las partes implicadas, pero Hezbolá lo rechazó. Esta secuencia es la situación política del Estado libanés condensada en un solo episodio: un gobierno que negocia, anuncia y luego es desautorizado públicamente por el partido que controla las armas y la lógica estratégica. Lo que se está presenciando aquí es el «momento Oslo» del Líbano: una autoridad política, que se presenta como interlocutor legítimo de una lucha que no representa, ofreciendo un patrón de inteligibilidad, que el ocupante y su patrocinador pueden utilizar mientras la resistencia continúa actuando según sus propios criterios.

Pero el «momento Oslo» del Líbano es estructuralmente más débil que el de la OLP, porque el Estado libanés ya ha agotado la mayor parte de su capacidad de influencia sin recibir nada a cambio. La legitimación simbólica y jurídica que podría ofrecer –el reconocimiento formal de Hezbolá como movimiento de resistencia integrado en el orden político del Estado, la doctrina de la al-muqawama (resistencia) como política de Estado, la arquitectura jurídica y política que dio a las armas de Hezbolá una justificación nacional– ya ha sido retirada, o está en proceso de serlo. ¿Qué queda? Un Estado que está negociando, pero cuyos compromisos, aunque se hayan asumido de buena fe, no pueden traducirse en nada concreto sobre el terreno. El Estado libanés no puede desarmar a Hezbolá. El Estado libanés no puede garantizar la seguridad del sur del país. El Estado libanés no puede ofrecer los acuerdos de seguridad, que Israel exige como precio para alcanzar todo tipo de acuerdo, porque la parte que controla las variables relevantes no está en la mesa de negociaciones. Lo que queda son dos partes negociando sobre un terreno que controla una tercera parte, las cuales elaboran documentos que esta tercera parte cumplirá o ignorará según sus propios cálculos estratégicos. En esta configuración, el Estado libanés no es un mediador, sino una superficie legitimadora de un proceso, cuya dinámica real no puede moldear.

3. Los enfrentamientos con Israel como prueba de la constricción estadounidense

El tercer eje es el más delicado y, para nuestro análisis, el más revelador: los enfrentamientos directos con Israel como prueba de la constricción estadounidense. La postura de Irán es que Israel no actúa independientemente de Washington, que Estados Unidos tiene responsabilidad directa en las violaciones del alto el fuego y que el último intercambio «solo empeorará un proceso diplomático caótico», como reza la frase habitual. No se trata solo de una maniobra retórica, sino de una apuesta estratégica: que Estados Unidos, desesperado por alcanzar un acuerdo que cierre el expediente iraní antes de que este devore lo que queda del mandato de Trump que postulaba «no a nuevas guerras», es en sí mismo un punto de presión sobre la actuación israelí. Trump le dijo a Netanyahu que el presidente de Estados Unidos «toma las decisiones» y que Israel «no tendrá más remedio» que aceptar un acuerdo entre Estados Unidos e Irán. Esa formulación, a pesar de su crudeza, confirma la interpretación iraní. Si se consigue que Washington frene a Tel Aviv, entonces la acción directa iraní cumple una doble función: muestra a la resistencia que Irán es más asertivo, pero también pone a prueba, si la voluntad estadounidense de contener a Israel es más fuerte que la voluntad israelí de escalar el conflicto.

La declaración mediante la cual Irán ha puesto fin de forma unilateral a sus operaciones militares tras el intercambio de misiles, antes de que Israel hubiera respondido formalmente, ha sido una demostración deliberada de escalada controlada: suficiente para restablecer la disuasión, pero no lo suficientemente provocativa como para justificar una reanudación total de la guerra para la que el ejército israelí dice estar preparado.

El horizonte cada vez más estrecho de Israel y la marea creciente

Si lo consideramos en su conjunto, ¿a qué conduce todo esto? Los asentamientos israelíes localizados cerca de la frontera del sur del Líbano se encuentran sumidos en una crisis existencial. El proyecto de colonización que representan está siendo estrangulado lentamente por la imposibilidad de las condiciones que requiere su realización: un Líbano libre de Hezbolá, un norte libre de cohetes y drones, y una amenaza iraní neutralizada a un coste que el patrocinador estadounidense esté dispuesto a asumir.

Ninguna de estas condiciones está al alcance de Israel, a pesar de su destrucción total de los pueblos y núcleos de población del sur del Líbano. Lo que se mantiene, en cambio, es un sur del Líbano sumido en un desgaste agotador, un alto el fuego demasiado frágil y preñado de demasiadas consecuencias como para abandonarlo, un gobierno de Trump que tira en dos direcciones distintas a la vez, y un Irán capaz de lanzar casi treinta misiles balísticos contra Israel desde más de mil kilómetros de distancia y de abandonar el teatro de operaciones habiendo dejado claro su mensaje.

Quizá esta no sea la unidad de frentes que Muhammad Deif, jefe del ala armada de Hamás, invocó la mañana del 7 de octubre, cuando pidió a las fuerzas de la región, que convergieran en una avalancha sincronizada. Esa invocación se puso a prueba y resultó insuficiente en aspectos importantes: Hezbolá no cruzó ni irrumpió en el norte con fuerza, las campañas de misiles yemeníes fueron más simbólicas que estratégicas y la movilización regional más amplia que prometía la doctrina no se materializó a la escala que sus artífices habían imaginado.

Los críticos de la wihdat al-sahat no se equivocaron al señalar sus límites. Entre ellos se encuentran analistas de la izquierda árabe que llevaban tiempo argumentando, que la unidad de frentes funcionaba más como un consuelo ideológico que como un plan operativo y que las asimetrías entre las capacidades reales de Irán y sus compromisos retóricos se habían ocultado sistemáticamente. El fracaso de la doctrina a la hora de producir una escalada sincronizada, junto con la prolongada vacilación de Irán y su evasión de la participación directa en la guerra, puso de manifiesto contradicciones reales entre la solidaridad política del eje y su coherencia operativa. Pero una doctrina no tiene por qué alcanzar su máxima aspiración para ser históricamente significativa. Lo que la «unidad de frentes» está logrando en su forma actual es algo más modesto y quizá más duradero: negar a Israel el éxito estratégico que tanto necesita. Está logrando este fin no a través de una victoria rotunda, sino mediante la reproducción paciente, de bajo coste e indefinida de la inseguridad en el frente interno israelí.

El horizonte se está estrechando. No para la resistencia, que no tiene ningún horizonte que se estreche, y solo un presente en el que sobrevivir y un futuro sobre el que insistir, sino para Israel. Lo que ello supone es la reducción del teatro geográfico en el que Israel puede operar libremente, el prolongamiento de una guerra que no puede terminar, el descubrimiento de que su patrocinador estadounidense tiene límites, y la lenta e irreversible erosión de las fantasías que se cuenta a sí mismo sobre su victoria total.

Lo que Irán está afirmando, a costa de los intercambios de misiles que llueven sobre sus propias ciudades, es el rechazo de la derrota y la creciente capacidad de afirmar su propio poder —un rechazo llevado a cabo en múltiples frentes simultáneamente, en umbrales de escalada deliberadamente calibrados y basado en la apuesta de que la sobreextensión israelí y el agotamiento estadounidense lograrán, con el tiempo, lo que la confrontación directa no puede conseguir: ofrecerle oportunidades para que Irán resurja como una fuerza política y militar pertrechada con más influencia en sus arcas. Esto es wihdat al-sahat comprendida más como una forma de paciencia estratégica, pero proactiva, que como un ataque sincronizado. Menos inundación, más marea.


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Este artículo se ha publicado originalmente en Mondoweiss y se publica aquí con consentimiento expreso de su editor.