La Pax Silica, el genocidio de Gaza y la crisis del capitalismo global
El genocidio perpetrado en Gaza por Israel y las potencias occidentales guiadas por Estados Unidos pretende ser una de las piezas del nuevo modelo de explotación y dominación de clase en proceso de diseño e implementación por las clases dominantes y dirigentes liberales y posneoliberales en esta coyuntura de crisis sistémica del capitalismo histórico. En este modelo confluyen la organización de la violencia de clase por las nuevas formas Estado posdemocráticas y fascistas mediante las modalidades más descarnada del genocidio, el exterminio y la limpieza étnica, el capital en busca de inversión gracias al funcionamiento de un sistema financiero global desregulado, comprendido como la forma abstracta de control más eficaz desde un punto de vista de clase impuesta sobre la fuerza de trabajo colectiva, y el capital tecnológico fascista, que se postula como la punta de lanza de la reorganización de los modos de destrucción, guerra, vigilancia y represión mediante el despliegue de la IA en tanto que instrumento sobredeterminado de sobresaturación de la violencia. La incapacidad del sistema capitalista de reproducirse en condiciones de estabilidad, paz y crecimiento sostenible bloquea epistémicamente a las actuales clases dominantes como sujetos racionales y convierte todas sus hipótesis sin excepción en datos contrafácticos para pensar lo político y la política en el campo político de la izquierda.
La guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán ha desviado por el momento la atención internacional de Gaza, mientras Israel pasa de un genocidio de alta intensidad a otro de baja intensidad. El genocidio es sin duda la terrorífica culminación de más de setenta y cinco años de colonialismo, ocupación y apartheid sionistas, pero para comprenderlo cabalmente debemos analizar las transformaciones radicales, que han tenido lugar en la economía política de Oriente Próximo y del mundo durante las últimas décadas. El impulso hacia el genocidio siempre ha estado integrado en el proyecto sionista, pero este impulso se ha visto activado por la crisis histórica del capitalismo global. El ataque lanzado por la resistencia palestina el 7 de octubre de 2023, denominado «Inundación de al-Aqsa», proporcionó a Israel la oportunidad histórica que llevaba décadas esperando. Si los sionistas siguen persiguiendo su esquivo Eretz Israel, Estados Unidos ha estado liderando un proyecto mucho más ambicioso, que sitúa a Gaza en el centro mismo del capitalismo global y de su crisis histórica. En el plan de juego del eje Washington-Tel Aviv, Gaza se convertirá ahora en un campo de pruebas para una nueva y más letal fase del capitalismo global. Este panorama de mayor envergadura es el que queremos exponer en este artículo.
La crisis contemporánea del capitalismo global es multidimensional. Estructuralmente se trata de una crisis de sobreacumulación, esto es, una situación en la que se acumulan enormes cantidades de capital (beneficios), que no encuentra salidas productivas para su reinversión. Esta crisis de sobreacumulación genera una intensa presión en pro de la expansión económica, ya que los capitalistas transnacionales emprenden una búsqueda depredadora de oportunidades para invertir las enormes cantidades de capital excedente y abrir así nuevos espacios para la obtención de beneficios. Esta expansión violenta implica la apropiación de mercados y recursos en todo el mundo mediante la guerra, el desplazamiento y la represión. El Estado estadounidense y, más allá de él, lo que llamaremos el «trumpismo global», es su instrumento fuera de control activo de esta ola expansionista. En el núcleo del trumpismo global se encuentra el eje Washington-Tel Aviv.
El contexto más amplio del genocidio israelí es la integración transnacional del capital durante el último medio siglo y la reestructuración radical de las relaciones de clase y de los bloques de poder a escala mundial, que ha traído consigo la globalización capitalista. La globalización en la región de Asia Occidental comenzó en la década de 1980 y se aceleró con la invasión y ocupación estadounidense de Iraq en 2003, que siguió a la creación en 1997 de la Zona de Libre Comercio de Oriente Próximo (Middle East Free Trade Area, MEFTA) y a una serie de acuerdos de libre comercio bilaterales y multilaterales, regionales y extrarregionales, de programas de ajuste estructural y de medidas de austeridad supervisadas por el FMI. Esta integración desencadenó una cascada de inversiones empresariales y financieras transnacionales en los sectores financiero, energético, de alta tecnología, de la construcción, de las infraestructuras, del consumo de lujo, del turismo y otros servicios. Reunió el capital del Golfo, incluidos billones de dólares procedentes de fondos soberanos, con capital procedente de todo el mundo, incluyendo la UE, América del Norte, América Latina y Asia, entrelazándolos inextricablemente en su totalidad en los circuitos globales emergentes de acumulación. De este modo, las burguesías árabes de orientación nacional se transformaron en burguesías de orientación transnacional a medida que toda la región se incorporaba al sistema de producción, financiero y de servicios integrado a escala mundial, que ha surgido durante el último medio siglo.
Israel, lejos de quedarse excluido, se integró en estas redes capitalistas regionales y transnacionales en expansión tras la firma de los Acuerdos de «Paz» de Oslo en 1993, a medida que las burguesías israelí y árabe comenzaban a desarrollar intereses de clase comunes. En 2020 los Emiratos Árabes Unidos y Baréin, junto con Marruecos y Sudán, firmaron los Acuerdos de Abraham, sumándose a Egipto y Jordania en la normalización de las relaciones con Israel, apertura que permitió a los grupos de inversión del Golfo invertir miles de millones de dólares en la economía israelí. El ataque Inundación de Al Aqsa de octubre de 2023 y el posterior asedio israelí dejaron en suspenso una mayor normalización. La nueva estrategia estadounidense-israelí, que gira en torno a la «Junta de Paz» (en adelante denominada Junta del Genocidio), pretende reincorporar a los Estados árabes y a otros países de la región a la arquitectura de los Acuerdos de Abraham.
Los palestinos se convierten en «humanidad excedente»
Hasta que la globalización despegó a finales del siglo XX, la relación de Israel con el pueblo palestino reflejaba el patrón del colonialismo clásico en el que la potencia colonial había usurpado la tierra y los recursos de los colonizados y luego explotaba su fuerza de trabajo. Pero la integración de Oriente Próximo en la economía global contribuyó a desencadenar la propagación de movimientos sociales y obreros masivos y presiones democratizadoras de base, reflejadas en las intifadas palestinas, en el movimiento obrero registrado en todo el norte de África, en el creciente malestar social y en los levantamientos de la Primavera Árabe de 2011. Las intifadas palestinas agravaron la tensión histórica a la que se enfrentaba Israel entre el impulso de llevar a cabo la limpieza étnica del Estado judío y la necesidad que tenía de disponer de mano de obra barata y étnicamente delimitada. Pero la globalización iniciada en la década de 1990 ofreció a Israel una salida capaz de resolver la tensión existente entre el modelo desposesión/superexplotación y el modelo desposesión/expulsión a favor de esta última. La globalización capitalista ha implicado oleadas continuas de desplazamientos en el Sur global, que han generado un vasto ejército de migrantes internos y transnacionales, lo cual ha dado lugar a un nuevo sistema de movilidad y contratación laboral transnacional y permitido a los grupos dominantes de todo el mundo reorganizar los mercados laborales con la intención de debilitar al movimiento obrero y maximizar la extracción de plusvalor.
Si bien este sistema de mano de obra migrante móvil es un fenómeno mundial, se convirtió en una opción particularmente atractiva para Israel, porque elimina la necesidad de disponer de la fuerza de trabajo palestina, que es políticamente conflictiva. En la década de 2010 cientos de miles de trabajadores migrantes, según algunas estimaciones hasta 600.000, procedentes de Tailandia, China, Nepal, Sri Lanka, India, Europa del Este, Filipinas, Kenia y otros lugares llegaron a constituir la fuerza de trabajo predominante en la agroindustria israelí y cada vez más en otros sectores de la economía, empleados bajo las mismas condiciones precarias de superexplotación y discriminación a las que se enfrentan los trabajadores migrantes en todo el mundo. A raíz del ataque de Hamás de 2023, Israel deportó a los 10.000 trabajadores palestinos gazatíes presentes en Israel de vuelta a Gaza. A principios de 2024, incluso en plena guerra, miles de trabajadores indios y de otros países afluían a Israel para sustituirlos. El proletariado palestino se ha convertido así en una población excedente cada vez más marginada. En 1993, el mismo año en que se firmaron los Acuerdos de Oslo, Israel impuso su política de «cierre», esto es, el aislamiento de los palestinos en los territorios ocupados, la limpieza étnica y una fuerte escalada del colonialismo de asentamiento.
A medida que el proletariado palestino pasaba de ser fuerza de trabajo barata y se convertía en humanidad excedente, esta se interponía no solo en el camino de la apropiación de sus tierras y de los recursos que yacen bajo su suelo, sino también de una nueva ronda de expansión capitalista global registras en la totalidad de Oriente Próximo. De este modo, las presiones genocidas comenzaron a acumularse. El genocidio se convirtió cada vez más en una opción atractiva para el Estado sionista y también para los sectores más violentos y depredadores de la clase capitalista transnacional para quienes el asedio de Gaza y Cisjordania constituye una forma de acumulación primitiva.
La Pax Silica y la Junta del Genocidio
El significado más amplio de la Junta del Genocidio cobra ahora relevancia, poniendo de relieve el complejo hegemónico emergente del capital transnacional, que se encuentra en el centro de la actual vorágine mundial. El bloque triangulado reúne a las gigantescas empresas tecnológicas, al capital financiero transnacional y al complejo militar-industrial-represivo. Las grandes tecnológicas controlan la totalidad del ecosistema del capitalismo digitalizado, convirtiendo su enorme poder estructural en control político directo a través del Estado fascista. Para impulsar su agenda, el bloque ha recurrido al «trumpismo global», uno de los diversos síntomas políticos patológicos, que surgen a medida que se desmorona el orden internacional de posguerra. Las nuevas tecnologías digitales y los multimillonarios que las controlan están impulsando una nueva ronda radical de reestructuración y transformación de la economía política global. Las principales corporaciones tecnológicas, la mayoría de ellas con sede en Estados Unidos y China, atraen a inversores de todo el mundo al absorber inmensas cantidades de capital excedente. Las veinte empresas tecnológicas más importantes del mundo tenían una capitalización bursátil combinada superior a los 20 billones de dólares en 2025, aproximadamente la quinta parte de la valoración total del mercado bursátil mundial.
Las grandes tecnológicas y los capitales industriales y comerciales transnacionales que estas agrupan están, a su vez, entrelazados con los gigantescos conglomerados financieros globales, que poseen más de la mitad de las principales empresas tecnológicas. En 2022 había en el mundo treinta y tres empresas de gestión de inversiones de capital, que administraban un billón o varios billones de dólares frente a solo diecisiete existentes en 2017. Estos titanes del capital controlaban más de 83 billones de dólares en activos combinados, lo cual representaba más de cuatro quintas partes del valor del PIB total mundial de ese año. Silicon Valley y sus patrocinadores financieros están girando hacia las tecnologías digitales para la guerra y la represión a medida que se fusionan con el complejo militar-industrial-represivo, completando el eje del poder del capital, que a su vez se está alineando con Estados autoritarios, dictatoriales y fascistas, alineación declarada de la forma más escalofriante en el manifiesto de 22 puntos de Palantir publicado en X el pasado mes de abril.
Este nuevo complejo del capital está profundamente involucrado en sistemas transnacionales de guerra, control social, represión y vigilancia, los cuales se están digitalizando, automatizando e integrando en la economía y la sociedad globales. Estos sistemas proporcionan una vía importante para asignar el capital excedente acumulado, al tiempo que abren el acceso a mercados y recursos. Este bloque del capital tiene una fuerte inversión en Israel: en su industria tecnológica, en su maquinaria bélica y en su genocidio. El informe de julio de 2025 presentado por la Relatora Especial de la ONU sobre los Derechos Humanos en los Territorios Palestinos Ocupados desde 1967, Francesca Albanese, De la economía de la ocupación a la economía del genocidio, hacía referencia a mil seiscientas cincuenta empresas transnacionales, que colaboran con la maquinaria bélica y de ocupación de Israel. La lista de las sesenta empresas señaladas en el informe constituye de hecho el núcleo del bloque hegemónico del capital.
Aquí radica el papel clave que desempeña Israel en el nuevo eje de poder del capital. Israel es el tercer mayor centro tecnológico del mundo, cuya globalización se verificó a partir de un complejo de alta tecnología militar, de seguridad y vigilancia, integrado a su vez en las redes del capital financiero transnacional. Al igual que la economía global más amplia de la que forma parte, Israel y su capital tecnológico se alimenta de la violencia, los conflictos y las desigualdades locales, regionales y globales permanentes. Las interminables rondas de destrucción seguidas de las correspondientes de reconstrucción alimentan la generación de beneficios no solo para la industria armamentística, sino también para la ingeniería, la construcción y las empresas de suministros relacionadas, la alta tecnología, la energía y muchos otros sectores. El genocidio israelí, al que ahora seguirá la Junta del Genocidio, son espeluznantes laboratorios para la nueva modalidad de acumulación de capital transnacional. El Departamento de Estado estadounidense se ha referido al nuevo orden mundial impulsado por el bloque del capital hegemónico como Pax Silica. Oriente Próximo ha surgido como un corredor regional para la Pax Silica basado en la alianza entre Israel y los Estados del Golfo, la cual se consolidaría a través de la Junta del Genocidio inaugurada por Trump en el cónclave del Foro Económico Mundial de enero de 2026.
Israel es una potencia tanto en tecnologías digitales como militares, habiendo combinado ambas en su represión de los palestinos. El plan de «paz» de 20 puntos para Gaza presentado en octubre de 2025 implicaba la «reurbanización» de Gaza, incluyendo una «gobernanza moderna y eficiente propicia para atraer inversiones» y el establecimiento de una «zona económica especial», lenguaje estereotipado para abrir la Franja al saqueo y control capitalista transnacional. Esta prevista nueva cascada de inversiones, no solo en Gaza sino en todo Oriente Próximo, dependía en primer lugar y como condición previa de la «resolución» del conflicto de Gaza mediante el alto el fuego y luego de la ampliación de los Acuerdos de Abraham que, en palabras del vicepresidente estadounidense J. D. Vance, allanarían el camino «para alianzas de mayor envergadura para Israel en Oriente Próximo, incluso si ello deja en segundo plano la cuestión palestina». A medida que Israel pasa de un genocidio de alta intensidad a uno de baja intensidad en Gaza, la Junta pretende abrir la Franja a su gas y petróleo, a sus propiedades inmobiliarias frente al mar y a su potencial turístico. Pero su misión principal es convertir Gaza en un centro neurálgico del eje de poder público-privado en torno al cual la tecnología y las finanzas tendrán vía libre para desarrollar un feudo corporativo soberano. Arrasar la Franja ha sido tremendamente rentable. A dos años de destrucción les seguirá ahora la bonanza: la «reconstrucción» liderada por el complejo del capital hegemónico.
La verdadera magnitud del plan capitalista global para Gaza se reveló no en el plan de 20 puntos, sino en la Gaza Reconstruction, Economic Acceleration and Transformation (GREAT), una propuesta del gobierno estadounidense, que se filtró a la prensa antes del acuerdo de alto el fuego. En este documento se expone la macabra visión de un centro de alta tecnología de la Pax Silica. El plan GREAT preveía la salida «voluntaria» de los palestinos a otro país, una cadena de megaciudades de alta tecnología impulsadas por la IA y una autoridad palestina residual y sin especificar que se sumaría al Acuerdo de Abraham. Los palestinos y palestinas a los que se les permitiera quedarse servirían como funcionarios, profesionales y trabajadores manuales estrictamente controlados mediante la vigilancia biométrica israelí, los puestos de control, el seguimiento de las compras y los programas educativos sionistas, que promueven la normalización con Israel, oficializando así la ocupación israelí y su administración del campo de concentración. En la concepción de GREAT, la Franja se convertirá en el punto de partida y en la puerta de entrada de lo que denominó una «Nueva Arquitectura Abrahámica».
Gaza ha sido la primera guerra cortada por el patrón de la inteligencia artificial del siglo XXI, esto es, un genocidio algorítmico. Si el «trumpismo global» se sale con la suya, Gaza se convertirá ahora en el campo de pruebas para que las clases dominantes gobiernen mediante el autoritarismo, la sangre y el capital tecnocráticos. De los sesenta países que Trump invitó al cónclave de Davos de enero de 2026, veinticinco se adhirieron inicialmente a la Junta, entre ellos Indonesia, Arabia Saudí, Egipto, Jordania, Turquía, Pakistán, Catar y los Emiratos Árabes Unidos. Ni Rusia ni China vetaron la resolución en el Consejo de Seguridad de la ONU que aprobaba la creación de la Junta. La inclusión de Israel y Netanyahu en la misma no podría ser una revelación más cínica de la farsa. En este momento, el frágil alto el fuego entre Washington y Teherán sigue siendo inestable, sin que se estén produciendo avances en las negociaciones. Mientras tanto, solo en 2025, con el pretexto de la «seguridad», Israel ha atacado a seis países entre los que se cuentan Palestina, Irán, Líbano, Catar, Siria y Yemen. También ha lanzado ataques contra flotas de ayuda humanitaria, que se dirigían a Gaza en las aguas territoriales de Túnez, Malta y Grecia. Ahora que entra en el tercer mes de su guerra contra Irán, librada junto con Estados Unidos, Israel está convirtiendo el sur del Líbano en una segunda Gaza.
Tampoco ha habido tregua en el genocidio de baja intensidad; al contrario, Israel amenaza con volver a la alta intensidad. De hecho, los ataques contra Gaza han aumentado el 35 por 100 desde el alto el fuego con Irán. No hay forma de predecir el resultado del actual conflicto regional, pero sin duda alguna todo el panorama regional y global ya se está reconfigurando radicalmente a medida que el sistema capitalista mundial sigue resquebrajándose bajo el peso de sus explosivas contradicciones. La guerra contra Irán y el asalto israelí al Líbano amplían los objetivos políticos y la dinámica del genocidio de Gaza a toda la región. Mientras tanto, los palestinos seguirán resistiendo como lo han hecho durante más de un siglo.
Recomendamos leer Alexander Zevin, «Trump’s Gulf War», NLR 158. Mitchell Plitnick, «Trump sabe que ha perdido la guerra contra Irán y ahora busca desesperadamente una salida», «Qué cabe esperar del frágil alto el fuego vigente en Irán y en el Líbano», «Trump tal vez desea abandonar la guerra con Irán, pero la primera ronda de negociaciones ha puesto de manifiesto retos inminentes», Diario Red. Giovanni Arrighi, Terence K. Hopkins e Immanuel Wallerstein, Movimientos antisistémicos (1999), Giovanni Arrighi, El largo siglo XX: Dinero y poder en los orígenes de nuestra época (1999) y Adam Smith en Pekín: Orígenes y fundamentos del siglo XXI (2007), Giovanni Arrgihi y Beverly J. Silver, Caos y orden en el sistema-mundo moderno (2001). The White House, National Security Strategy of the United States of America 2017 y National Security Strategy of the Unites States of America 2025.
Este artículo se ha publicado originalmente en Mondoweiss y se publica aquí con consentimiento expreso de su editor.