Erdoğan y la identidad política turca

Turquía, potencia de rango media, asediada por las turbulencias del mercado mundial y la convulsa situación geopolítica regional, intenta construir de la mano de Erdoğan una identidad política, que satisfaga sus deseos de supervivencia regional, derivada de su integración en la órbita de poder estadounidense, con la resistencia a las relaciones que la subalternizan y someten provenientes precisamente de los designios imperiales y las exigencias de la potencia hegemónica estadounidense. La rebelión sorda e impotente contra estos designios imperiales ha lanzado, de la mano de Erdoğan, una tentativa espuria de emancipación antiimperialista y decolonial, que disfraza la rebelión imposible del Estado turco de un nacionalismo resistente, que es, en realidad, la forma de subordinación a los designios de la potencia estadounidense, lo cual arroja juegos de poder pseudoimperiales en el exterior y represivos y neoliberales en el interior

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Manifestantes sostienen una pancarta en la que se lee «Turquía debería salir de la OTAN, las bases de la OTAN deberían cerrarse» durante una manifestación celebrada en Ankara el pasado 27 de junio en protesta por la celebración de la cumbre de la OTAN en Ankara durante los días 7-8 de julio de 2026 - Adem Altan / AFP.

Incluso para los elevados estándares de su historia reciente, Turquía ha sido testigo este verano de un espectacular doble giro hacia el espectáculo y la securitización. Los ciudadanos y ciudadanas turcos se han acostumbrado a la militarización del espacio público de Estambul, dado que la policía aprovecha cualquier ocasión, sea el Primero de Mayo o la celebración del día del Orgullo Gay, para instalar barreras y agruparse de forma amenazante alrededor de sus vehículos blindados. En la cumbre de la OTAN celebrada en Ankara durante los días 7-8 de julio, la pompa diplomática se vio acompañada del lanzamiento de gases lacrimógenos y del uso de las porras, mientras las hordas de las fuerzas de seguridad sofocaban las valientes protestas de la izquierda del país. Tras la conferencia, el presidente Erdoğan obsequió a cada jefe de Estado visitante con dos de revólveres grabados y seis cartuchos de munición real; varios de los destinatarios expresaron su perplejidad y malestar ante este excéntrico regalo de despedida, que ponía de manifiesto de forma incómodamente literal la economía política sobresaturada de violencia, que une entre sí a los mandatarios de la Alianza.

La semana pasada se celebró en Turquía otro aniversario similar mutatis mutandis a la cumbre de la OTAN: el décimo aniversario del fallido intento de golpe de Estado del 15 de julio de 2016. Los acontecimientos de aquella noche, descritos habitualmente como una «saga» por los medios de comunicación turcos, han alcanzado el estatus de mito nacional en la década transcurrida desde entonces. Durante la noche del 15 de julio de 2016 un grupo de oficiales amotinados intentó hacerse con el control de los órganos del Estado turco. Los insurrectos se apoderaron de aviones de combate y bombardearon el Parlamento turco en Ankara, desplegaron tanques para ocupar el primer puente sobre el Bósforo en Estambul e intentaron sin éxito asesinar a Erdoğan, que en ese momento se encontraba de vacaciones en la localidad costera de Marmaris, en el mar Egeo. Tras la confusión inicial, una oleada de resistencia por parte de la policía, de soldados no golpistas y de civiles frustró el golpe. Los doscientos cincuenta y tres resistentes, que murieron aquella noche fueron proclamados sumariamente mártires de la patria. Se atribuyó la culpa del golpe al teólogo musulmán exiliado en Estados Unidos Fethullah Gülen y a su red global de seguidores, aunque la relación exacta entre los potenciales golpistas y lo que el gobierno denomina «FETÖ» (Organización Terrorista Fethullahista) sigue siendo confusa a día de hoy.

Desde entonces, la FETÖ se ha convertido en el ogro nacional. En opinión de Cumhuriyet, uno de los pocos periódicos de oposición que quedan en Turquía, en torno a 720.580 personas han sido detenidas en diversas operaciones lanzadas contra ella. Cualquier indicio de afiliación a instituciones o iniciativas gülenistas es motivo suficiente para ser despido del trabajo o para que al interesado le suceda algo peor. El número de personas afectadas por la caza de brujas lanzada por el Estado es difícil de estimar. El propio Gülen falleció en octubre de 2024 en Pensilvania, donde residía en el exilio desde 1999, pero su red, si bien fragmentada, persiste y el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Erdoğan sigue señalando a la FETÖ como la principal organización antagonista del Estado turco. En su discurso pronunciado con ocasión de la celebración del aniversario del fracaso del golpe, Erdoğan reflexionó, cargado de pesimismo, sobre la neutralización de «la amenaza procedente de la FETÖ, pero reafirmo la persistencia del peligro».

A pesar del espectro gülenista que todavía acecha a la nación, las celebraciones del «Día de la Democracia y la Unidad Nacional» fueron festivas y colosales. Doscientas cincuenta y tres embarcaciones, en representación de cada uno de los «mártires» de aquella noche, navegaron en formación de flotilla por el Bósforo. Un desfile masivo atravesó el puente entre Ortaköy y Beylerbeyi, rebautizado oficialmente en 2016 como «Puente de los Mártires del 15 de julio». Los participantes lucían camisetas a juego con los colores nacionales en las que figuraba el lema del aniversario: «La fuerza de voluntad es nuestra, la victoria es nuestra». Simultáneamente se celebraron actos conmemorativos en cada una de las ochenta y una provincias del país, lo que garantizó que la conmemoración tuviera alcance nacional.

Al igual que en la década de 1910, la misma voluntad de resistencia se había manifestado un siglo después: «El 15 de julio de 2016 era un proyecto imperialista puesto al día e implementado por centros de poder nacionales en colaboración con aliados extranjeros, cuyo objetivo era revivir el Tratado de Sèvres y transformar Turquía en un país colonial»

Las declaraciones de Erdoğan resumieron la febril paranoia que impregna hoy en día el nacionalismo turco. El presidente turno insistió en que el intento de golpe de Estado no fue meramente un conflicto interno entre facciones del Estado y la sociedad turcos. Por el contrario, estableció una comparación con el turbulento período posterior a la Primera Guerra Mundial, cuando el triunfo de Atatürk sobre el ejército griego en Anatolia occidental revirtió parcialmente la capitulación y el desmembramiento del Imperio Otomano y sentó las bases de la República Turca moderna: «Al igual que hace un siglo la Asamblea Nacional se resistió y derrotó a los ocupantes, en esta ocasión, durante la traición del 15 de julio, la Asamblea impidió el avance de las tenazas del imperialismo». La analogía se remitía al derogado Tratado de Sèvres de 1920, que preveía un Estado otomano reducido en Anatolia central, con territorios sustanciales cedidos a Grecia, Armenia y una entidad política kurda, así como la internacionalización de Estambul y de los estrechos del Bósforo y los Dardanelos. Al igual que en la década de 1910, la misma voluntad de resistencia se había manifestado un siglo después: «El 15 de julio de 2016 era un proyecto imperialista puesto al día e implementado por centros de poder nacionales en colaboración con aliados extranjeros, cuyo objetivo era revivir el Tratado de Sèvres y transformar Turquía en un país colonial».

Al igual que en la Rusia de Putin, la angustia de una potencia posimperial asediada encuentra su expresión en un vocabulario de resistencia contrahegemónica a la opresión y a «Occidente». Esta retórica es más que una mera fachada ideológica

El nacionalismo paranoico no es en absoluto nuevo en Turquía, pero ahora se presenta revestido de un atuendo discursivo a la moda. El discurso de Erdoğan estuvo repleto de referencias al imperialismo y al colonialismo, entendidos simplemente como complots externos contra la soberanía de Turquía. Al igual que en la Rusia de Putin, la angustia de una potencia posimperial asediada encuentra su expresión en un vocabulario de resistencia contrahegemónica a la opresión y a «Occidente». Esta retórica es más que una mera fachada ideológica. Las organizaciones de la sociedad civil alineadas con el gobierno han promovido recientemente a figuras destacadas de los estudios decoloniales. En mayo, el Atatürk Cultural Centre de Estambul acogió la conferencia de gala anual del World Decolonization Forum. Entre los ponentes principales se encontraban Walter Mignolo, decano de la decolonialidad, y Mireille Fanon Mendès-France, hija de Frantz Fanon, mientras la presencia de Yusuf Islam (también conocido como Cat Stevens) añadía un toque de glamour mediático. El principal organizador del foro fue un think tank con sede en Estambul denominado Institute Social, que mantiene una estrecha relación con el AKP; su coordinadora general, İpek Coşkun Armağan, fue asesora del ministro de Educación Nacional entre 2017 y 2021 y actualmente es miembro del Consejo Presidencial de Políticas Sociales y de Juventud.

En ningún lugar se ilustra este giro discursivo de forma más gráfica que en el Memory 15 July Museum/Vogezya, situado en el extremo asiático del rebautizado Puente del Bósforo. La planta baja del museo presenta los antecedentes del intento de golpe de Estado y la cronología de los actos violentos de aquella noche, haciendo hincapié en la duplicidad y la malicia de Gülen y la FETÖ. Aunque sensacionalista, esta exposición resulta previsible, a pesar de que ciertos elementos, como la colección de zapatos de los mártires, un claro guiño a la iconografía de los memoriales del Holocausto, llaman realmente la atención. La planta inferior es, por el contrario, una anomalía. Los detalles del golpe de Estado dan paso a una historia seleccionada de «hegemonía y colonialismo». Los paneles muestran una selección de acontecimientos históricos clave: las Cruzadas, las conquistas coloniales de los imperios británico y francés, el comercio de esclavos en el Atlántico Norte, el exterminio de los nativos americanos o el Acuerdo Sykes-Picot y la división de Oriente Próximo tras la Primera Guerra Mundial, con especial énfasis en Palestina. La pared opuesta presenta una galería de héroes que se han «mantenidos firmes contra la explotación y la injusticia», ofreciendo una mezcla heterogénea de líderes políticos y militares: Simón Bolívar, el sultán Abdülhamid II, Atatürk, Omar al-Mukhtar (el «León del Desierto»), Mahatma Gandhi, el Che Guevara, Malcolm X, Martin Luther King Jr., Alija Izetbegović y Nelson Mandela. Otra serie de paneles establece la conexión con el 15 de julio, proclamando el período actual como «la era de los golpes de Estado» para proceder a continuación a enumerar todos y cada uno de los golpes militares registrados desde la Segunda Guerra Mundial (quinientos treinta y uno según el recuento de los comisarios).

Por el contrario, el Memory 15 July Museum desea que sus visitantes «recuerden» que las amenazas a la soberanía del Estado turco equivalen a los peores crímenes y atrocidades del imperialismo y el colonialismo. Para esta delirante imaginación decolonial, la estatua de un esclavo africano es un avatar adecuado para un Estado represivo y militarista, los revólveres son regalos diplomáticos apropiados y la memoria es un arma contra quienes se atreven a discrepar de la saga nacional

Este collage histórico se pone al servicio de una visión política maniquea: el insidioso Occidente oprime al resto virtuoso. Esto sustenta la pieza más impactante del museo: la pieza central de la exposición sobre «hegemonía y colonialismo» es una estatua a tamaño real de un esclavo africano encadenado. Está arrodillado de cara al espectador. Dos grandes cadenas descienden de sus manos esposadas, inmovilizadas a la espalda, mientras que una tercera se une a un brutal collar de hierro que le rodea el cuello. Al fondo, se reproduce en bucle un vídeo que detalla los orígenes de la trata de esclavos del Atlántico Norte, comenzando por el viaje de Colón en 1492 y la rivalidad interimperial entre españoles, portugueses, británicos y franceses.

Justo antes de salir por la tienda del museo, una exhortación de despedida junto a un enorme collage de fotografías de la noche del 15 de julio de 2016 recuerda al visitante que no debe olvidar: «Estas imágenes, que no podemos olvidar, han quedado grabadas en nuestra memoria, porque las vieron nuestros propios ojos». Pero, ¿qué es exactamente lo que se nos insta a recordar? Es poco probable que a corto plazo el intento de golpe de Estado caiga en el olvido colectivo en Turquía, porque se ha convertido en un catecismo político para Erdoğan, su gobierno y sus partidarios. Por el contrario, el Memory 15 July Museum desea que sus visitantes «recuerden» que las amenazas a la soberanía del Estado turco equivalen a los peores crímenes y atrocidades del imperialismo y el colonialismo. Para esta delirante imaginación decolonial, la estatua de un esclavo africano es un avatar adecuado para un Estado represivo y militarista, los revólveres son regalos diplomáticos apropiados y la memoria es un arma contra quienes se atreven a discrepar de la saga nacional.


Recomendamos leer Jeremy F. Walton, «El legado enmarañado de Fethullah Gülen (1941-2024)», Diario Red. Cihan Tuğal, «¿Turquía en sus encrucijadas?», NLR 127, «¿Jenízaros demócratas? El papel de Turquía en la Primavera Árabe», NLR 76, «La revitalización de Estambul», NLR 51 e «Islamistas de la OTAN», NLR 44, «¿Siria en manos de Erdoğan?», Diario Red, «La resiliencia de Erdoğan» y «¿Resurgimiento turco?», ambos publicados en El Salto. Daniel Finn, «Las cloacas de Erdoğan», NLR 107; Cengiz Gunes, «La nueva izquierda de Turquía», NLR 107, y  Erdem Törük y Murat Yüksel, «Clase y política en las protestas turcas de Gezi», NLR 89. Tariq Ali, «Los caminos a Damasco», Diario Red. Alp Kayserilioglu, «El terremoto del Estado en Turquía» y «¿Resurgimiento republicano en Turquía?», El Salto, y «Píldora amarga para las fuerzas kurdas», Diario Red.

Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista bimestral de política y teoría publicada en Madrid por Traficantes de Sueños.