Cómo se desmorona una hegemonía global: la crisis de Estados Unidos y la política reaccionaria imperante en el sistema-mundo capitalista
Donald Trump pretende refundar los fundamentos de la hegemonía estadounidense trasladando el eje de su poder estructural a formas totalmente descarnadas de dominio, que permitan a las clases dominantes estadounidenses y a su forma Estado proceder a la extracción y absorción de valor de todos los procesos y puntos de producción del mismo a escala del sistema-mundo capitalista, de modo que su concentración en el circuito de valor estadounidense permita, de acuerdo con su cálculo estratégico, compensar los límites rígidos generados por la crisis sistémica del capitalismo histórico. La imposibilidad de concebir los puntos sistémicamente ciegos de este se halla detrás de la intensificación de las tendencias de crisis provocadas por el modelo trumpiano, que no hacen sino exacerbar y declinar de modo cualitativamente más complejo e intratable los límites que las clases dominantes estadounidenses y a la postre globales no pueden comprender ni procesar, como el desenvolvimiento de la guerra contra Irán, el comportamiento de Israel, la estrategia de la OTAN y la política seguida hacia China por Occidente han demostrado palmariamente durante los últimos años y como el comportamiento del gobierno de Trump y el actual modelo de Partido Republicano, así como la elite del Partido Demócrata y más en general el extremo centro están condenados a exasperar irremisiblemente
Aunque se publicó el pasado mes de noviembre, la National Security Strategy of the United States of America elaborada por el segundo gobierno de Trump ya parece un informe procedente de un mundo en vías de desaparición. La National Security Strategy, un género un tanto peculiar, es un informe obligatorio exigido por el Congreso a los respectivos nuevos presidentes, que estos deben elaborar poco después de asumir el cargo. La National Security Strategy of the United States of America publicada en diciembre de 2017 no era nada más que un comentario cortado por la horma de Trump de las prioridades republicanas habituales, pero el documento de noviembre de 2025 constituye un intento más ambicioso de sintetizar las corrientes contrapuestas y a menudo incompatibles del pensamiento en materia de política exterior presente en la coalición de gobierno de Trump: cuadrar el círculo de promover la supremacía global de Estados Unidos con la concentración militarizada en el hemisferio americano, que algunos han denominado erróneamente «aislacionismo». Si bien en el preámbulo se declara que «este documento es una hoja de ruta para garantizar que Estados Unidos siga siendo la nación más grande y exitosa de la historia de la humanidad, así como el hogar de la libertad en la Tierra», la introducción aclaraba que «no todos los países, regiones, cuestiones o causas, por muy dignas que sean, pueden estar en el punto de mira de la estrategia estadounidense. El propósito de la política exterior es la protección de los intereses nacionales primordiales».
Entonces, ¿cuáles son los intereses nacionales estadounidense «primordiales»? Con el habitual estilo trumpiano, la última National Security Strategy caracteriza sus objetivos como el rechazo total de la formulación de la política exterior estadounidense efectuada durante los treinta años precedentes («Las estrategias estadounidenses desde el fin de la Guerra Fría se han quedado cortas: han sido meras listas de deseos [...]»). El documento critica duramente la «erosión» de la «soberanía» estadounidense por parte de «organizaciones transnacionales e internacionales», prometiendo que Estados Unidos dejará de tolerar «el parasitismo, los desequilibrios comerciales, las prácticas económicas depredadoras y otras imposiciones a la buena voluntad histórica de nuestra nación, que perjudican nuestros intereses». La nueva National Security Strategy promete que «tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe» y atribuye a Trump el mérito de haber revertido «por sí solo» «más de tres décadas de premisas erróneas sobre China» de la política exterior estadounidense. Afirma también que los problemas de Europa son más profundos que su menguante cuota del PIB mundial («este declive económico se ve eclipsado por la perspectiva real y más cruda de la desaparición civilizacional»). Insiste, por otro lado, en que Estados Unidos debería promover el crecimiento económico en África en lugar de colmar al continente de ayudas. Y argumenta que ya no hay buenas razones para que Estados Unidos otorgue prioridad a Oriente Próximo «por encima de resto de las demás regiones». De cara al futuro, la principal prioridad en esta parte del mundo sería evitar cualquier nueva «guerra eterna».
Por supuesto, la National Security Strategy de 2025 exagera su originalidad. Impedir que China alcance la hegemonía regional en el Pacífico suroccidental ha sido un objetivo de Estados Unidos durante los últimos quince años, al menos desde el «giro» hacia Asia inaugurado por Obama y ampliado y potenciado por Trump y Biden. El gobierno de Biden también estaba desesperado por restar prioridad a Oriente Próximo, como pudimos constatar en su intento de añadir a Arabia Saudí a los Acuerdos de Abraham. Antes de que se produjera el ataque del 7 de octubre de 2023, las autoridades estadounidenses habían afirmado repetidamente ante los periodistas que deseaban evitar «empantanarse» en el conflicto palestino-israelí. Incluso la extraña pretensión de Trump de proceder a la restauración de la identidad civilizatoria de Europa concuerda con el planteamiento de Biden hacia el continente, que presentaba la relación de europeo-estadounidense como debilitada y necesitada de reafirmación, basándose en la tesis de que el patrimonio político común, esto es, la democracia liberal, se hallaba amenazado. Para el gobierno de Trump, el meollo de la cuestión radica en un tipo diferente de patrimonio basado esta vez en una amalgama nunca del todo especificada de cristianismo y blanquitud.
A pesar de su postura revisionista, este prospecto de política exterior se ajusta en gran medida, por lo tanto, a muchos objetivos de larga data. Sin embargo, presenta dos objetivos novedosos: la aspiración de recentrar el atlantismo en torno a la creación de alianzas forjadas con los gobiernos reaccionarios del sur y del este de Europa, por un lado, y el planteamiento nuevo y explícitamente belicoso hacia América Latina, por otro. La primera de las características mencionadas ha dado pocos frutos hasta ahora. Hungría ha frustrado las esperanzas de la extrema derecha estadounidense al apear a Orbán del gobierno húngaro, mientras que la relación de Trump con Meloni se ha deteriorado después de que el presidente estadounidense afirmará que el Papa se mostraba «tibio ante la delincuencia». El segundo objetivo ha tenido consecuencias mucho más trascendentales. La Operación Southern Spear, lanzada en septiembre de 2025, ha llevado a su conclusión lógica la insistente caracterización por parte del gobierno estadounidense de los traficantes de drogas como «narcoterroristas», que ha acarreado el disparo de misiles contra pequeñas embarcaciones que atravesaban el mar Caribe y el Pacífico oriental sin importar en absoluto, si estas eran pilotadas por miembros de cárteles o por pescadores pobres. Al igual que con el uso de la categoría «hombre en edad militar» empleada dpara justificar los ataques con drones durante la guerra contra el terrorismo, la designación de «narcoterrorista» amplía la capacidad del presidente estadounidense para asesinar a su antojo.
Las fases iniciales de esta campaña prepararon el terreno para el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores, recluidos desde enero en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn bajo ridículas acusaciones de tráfico de drogas y de armas. Si bien la captura de Maduro constituye una violación aún más descarada del derecho internacional que la captura de Noriega por parte de Bush padre (al menos la Asamblea Nacional de Panamá había declarado el «estado de guerra» con Estados Unidos), Trump tenía buenas razones para esperar que la operación se desarrollara sin contratiempos. Solo pretendía apartar a Maduro del poder en lugar de sustituir al gobierno o transformar el sistema político venezolano («Todos han conservado su puesto, excepto dos personas», se jactó Trump). El propio Maduro carecía de una base sólida de apoyo institucional o popular y su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, que ahora ejerce como presidenta interina de Venezuela, aseguró a Estados Unidos antes de la operación que ella y el resto del gobierno cooperarían. A pesar de la descripción unánime de la prensa estadounidense de Maduro como un dictador brutal, este era políticamente débil tanto dentro de Venezuela como en el resto de América Latina, habiendo sufrido su apoyo regional un duro golpe tras las fraudulentas elecciones de 2024.
Como ha afirmado recientemente John Mearsheimer: «Si tuviéramos los correspondientes juicios de Nuremberg, que no los vamos a tener, pero si tuviéramos juicios similares a estos, Joe Biden y sus principales lugartenientes, así como Donald Trump y los suyos, serían ahorcados»
La falta de coraje de la mayoría de los jefes de Estado del mundo ante las continuas atrocidades cometidas por Israel también ha dado a Trump motivos de sobra para creer que se enfrentaría a una oposición insignificante y en absoluto consistente. Aunque la decisión del Tribunal Penal Internacional de imputar a Benjamin Netanyahu y Yoav Gallant por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad en noviembre de 2024 fue un avance positivo, no ha frenado la matanza genocida cometida en Gaza. Tampoco la declaración del alto el fuego decretada en octubre de 2025 ha tenido gran efecto, salvo el de sacar a Gaza de las portadas de los medios de comunicación y permitir a Israel redirigir parte de su potencia de fuego hacia su campaña de expansionismo lanzada contra el Líbano y hacia la degradación del Estado iraní. Israel ha violado este alto el fuego en más de dos mil cuatrocientas ocasiones sin mayores consecuencias. Sin embargo, menos de diez de los ciento veinticinco países signatarios del Estatuto de Roma del Tribunal Penal Internacional han retirado a sus embajadores o roto relaciones diplomáticas con Israel desde el 7 de octubre de 2023.
En Estados Unidos, las perspectivas de que Israel y quienes han apoyado o encubierto su sangrienta campaña rindan cuentas no son mejores. Como ha afirmado recientemente John Mearsheimer: «Si tuviéramos los correspondientes juicios de Nuremberg, que no los vamos a tener, pero si tuviéramos juicios similares a estos, Joe Biden y sus principales lugartenientes, así como Donald Trump y los suyos, serían ahorcados». La cultura de la impunidad, que comenzó a arraigarse durante los primeros años de la guerra contra el terrorismo y se extendió todavía más durante el mandato de Obama a la maquinaria institucional de Washington (véase la gestión burocrática de sus «listas de personas que debían ser eliminadas»), impregna ahora el sistema estadounidense por completo. Trump explota y ejemplifica esta situación en todo momento. Aunque el presidente tiene un largo historial de ceder ante una oposición competente, ya sea en los negocios o en la política, de ahí la popularidad del acrónimo taco («Trump always chickens out», esto es, «Trump siempre se acobarda») difundido en el sector financiero, también tiene un agudo sentido para detectar las debilidades que puede explotar.
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Aunque todavía está por determinar el impacto a largo plazo de la beligerancia de Estados Unidos hacia América Latina, una consecuencia del secuestro de Maduro ya ha comenzado a manifestarse al otro lado del mundo. El ataque estadounidense-israelí lanzado contra Irán violó flagrantemente casi todos los objetivos declarados de la National Security Strategy vigente. El resultado de esta guerra, más que la retórica sobre la concentración estadounidense en el hemisferio americano, es el factor que dictará el veredicto definitivo sobre la política exterior del segundo mandato de Trump. Sus explicaciones para iniciar la guerra han cambiado casi a diario. Los comentaristas críticos han destacado el papel desempeñado por la presión israelí, pero también está claro que Trump contempló la intervención inicialmente como un caso similar al de Venezuela, pero a mayor escala y dotado de beneficios infinitamente mayores, como cuando un estudio de Hollywood triplica el presupuesto para la secuela de un éxito de taquilla. «Lo que hicimos en Venezuela, creo, es el escenario perfecto, el escenario perfecto», declaró Trump a The New York Times menos de cuarenta y ocho horas después de que la primera ronda de ataques hubiera acabado con la vida del líder supremo Jamenei. El principio organizador de esta franquicia de acción sería el cambio de régimen sin ninguna de las partes difíciles habitualmente asociadas a este tipo de intervenciones, como la instalación del nuevo régimen sustituto del precedente. La operación de Venezuela convenció da Trump de que «ganar» en Irán no sería más complicado que cambiar a un jefe de Estado por otro, que los expertos y los líderes mundiales admitirían a regañadientes que en realidad aprobaban los fines de la intervención, aunque se quejaran un poco sobre los medios empleados, y que la impunidad global de los criminales de guerra le aislaría de cualquier consecuencia personal negativa, si se cometían errores en el desenvolvimiento de la misma, como de hecho sucedió, por ejemplo, con el asesinato registrado el pasado 28 de febrero de más de ciento cincuenta niñas por un ataque aéreo contra una escuela primaria ubicada en Minab. Trump aseguró a The New York Times, que tenía varias «opciones muy buenas» sobre quién podría liderar ahora Irán, tras lo cual añadió: «No las revelaré ahora». Tampoco las reveló más tarde, salvo para decir que «la mayoría de las personas que teníamos en mente están muertas», ya que fueron asesinadas en los ataques iniciales. Informes recientes han revelado que una de las figuras que Trump tenía en mente era, precisamente, Mahmud Ahmadineyad.
Sin embargo, Trump no parece haber reflexionado en absoluto sobre los riesgos asociados a esta nueva aventura. Aunque su resultado sigue siendo incierto, la guerra es claramente un error estratégico. Ya ha tenido al menos tres consecuencias importantes, todas ellas perjudiciales para la posición global de Estados Unidos. En primer lugar, la guerra ha permitido que Irán se haga con el control del estrecho de Ormuz y previsiblemente que empiece a cobrar, de acuerdo con la información disponible, 2 millones de dólares por barco por su tránsito a través del mismo. Además de la posibilidad de que esta fuente de ingresos ayude a mitigar el impacto del severo régimen de sanciones impuestas por Estados Unidos en caso de que se convirtiera en permanente, aceptar pagos por el paso en yuanes o en monedas estables vinculadas al dólar representa un desafío directo al petrodólar. En segundo lugar, la guerra ha provocado la mayor interrupción del suministro energético de la historia. La inflación se está disparando en los mercados emergentes, el racionamiento energético y los cierres de plantas productivas han afectado al sudeste asiático y las aerolíneas han comenzado a dejar aviones en tierra y a recortar sus planes de vuelo para este verano en Europa. Al comienzo de la guerra, algunos analistas sugirieron que Estados Unidos quedaría al margen de los efectos de la crisis energética, como si desearlo fuera la condición para que ello sucediese, pero la realidad se está imponiendo paulatinamente de modo inexorable. La inflación se encuentra en su nivel más elevado de los últimos tres años y los precios de la gasolina han subido más del 50 por 100. «La guerra en Irán es real», ha dicho recientemente un economista de KPMG, afirmación solo enunciable, si el interlocutor se dirige a una audiencia estadounidense. Es solo cuestión de tiempo que esta crisis estanflacionaria global, totalmente innecesaria, comience a arrasar la vida política y económica de Estados Unidos. Su pretensión de ser un supervisor responsable de los flujos energéticos globales, uno de los pilares de su estatus de superpotencia, está hecha trizas. En tercer lugar, el desvío de equipo y personal militar de Asia Oriental hacia Oriente Próximo provocado por esta guerra ha aumentado la probabilidad de que China alcance la hegemonía regional.
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¿Cómo ha podido Estados Unidos cometer un error tan enorme, garrafal e innecesario? Ni siquiera quienes planearon la invasión de Iraq en 2003 ignoraban de modo tan flagrante las posibles consecuencias de sus acciones. La pregunta nos lleva a otra consecuencia de la guerra lanzada contra Irán: la explicitación con una claridad sin precedentes tanto de la incompetencia de los dirigentes de la política exterior estadounidense como del vaciamiento de las instituciones, que supuestamente deben compensar las deficiencias de los líderes individuales. Ambos factores son síntomas de una crisis de gobernanza de mayores dimensiones, variable habitualmente subestimada del declive actual del poder estadounidense.
En cuanto al primer punto, resulta extraño, dada la atención que con toda razón se prestó en su momento al declive cognitivo-existencial de Biden, que se haya prestado relativamente poca al deterioro de Trump desde su regreso al poder. Sin aventurarme a hacer ningún tipo de diagnóstico, Trump se asemeja cada vez más a un hombre errático y senil, cuya resistencia, inhibiciones y capacidad de concentración, que nunca fueron sus puntos fuertes, le están abandonando. Su post en Truth Social, amenazando con la inminente aniquilación nuclear de Irán –«toda una civilización morirá esta noche para no volver jamás»– ha sido la declaración pública más repulsiva jamás realizada por un presidente en el ejercicio de sus funciones, lo cual ha suscitado dudas sobre sus competencias cognitivas básicas y sobre su salud mental, más que sobre su perspicacia estratégica o táctica. A finales de abril resultó realmente difícil saber, si Trump sabía algo sobre los planes de su administración de que Estados Unidos fuera a participar en las negociaciones de alto el fuego previstas en Pakistán. En una reunión de su gabinete pronunció un monólogo de cinco minutos sobre su preferencia por los rotuladores Sharpie en lugar de los bolígrafos. También ha exhibido la costumbre de escuchar mal o malinterpretar algo que le dice un asesor y luego vomitarlo como un hecho imaginario: véanse sus afirmaciones de que los oleoductos de Irán «explotarían» por sí solos en un plazo de tres días a menos que Estados Unidos les permitiera reanudar las exportaciones («Es algo muy poderoso que ocurre y que tiene que ver, en cierto modo, con la naturaleza»). Sea cual fuere la mezcla de senilidad, negligencia e ineptitud, que subyace a este cúmulo de comportamientos y a pesar de que hemos tenido más de una década para acostumbrarnos a tal conducta, sigue siendo impactante que alguien así pueda ser el líder electo de cualquier Estado y mucho menos del más poderoso de la historia mundial.
El hecho de que personas de este perfil lleguen a iniciar guerras basándose en sus ilusiones y agravios responde en buena medida al hecho de que el aparato institucional encargado de formular la política exterior estadounidense está en ruinas. Más de tres mil ochocientos empleados del Departamento de Estado han abandonado sus puestos desde que Trump asumió el cargo, incluidos muchos diplomáticos de carrera y funcionarios con conocimientos especializados difíciles de reemplazar en la subsecretaría de Asuntos de Oriente Próximo [Assistant Secretary of Near Eastern Affairs]. El gobierno de Trump también ha reducido el tamaño del Consejo de Seguridad Nacional, la organización anteriormente responsable de sintetizar la información y el asesoramiento en materia de política exterior procedentes del conjunto del gobierno federal para que puedan ser transmitidas de modo pertinente al presidente. Por otro lado, el Congreso sigue mostrando en estos momentos una extrema reticencia a involucrarse en el diseño de la política exterior estadounidense. Los Demócratas montaron un espectáculo patético al amenazar con frenar la guerra de Trump contra Irán presentando una resolución sobre los poderes bélicos que, como era de esperar, se hundió por un solo voto gracias a que cuatro legisladores demócratas se alinearon con los Republicanos. Esta farsa era totalmente transparente: la dirección del partido aprueba instintivamente la guerra de Trump, pero no quiere apoyarla demasiado abiertamente en público, dada su tóxica impopularidad y la inminencia de las próximas elecciones de mitad de mandato. Como resultado, otra posible restricción a Trump queda inoperante.
Desde 2016 ninguno de los partidos políticos estadounidenses ha sido capaz de afrontar el reto de dotar a la Oficina Oval de un ejecutivo competente. Los partidos políticos estadounidenses tampoco han estado a la altura de la tarea de cohesionarse en torno a una agenda de gobierno susceptible de obtener una mayoría de votos para propiciar mandatos presidenciales consecutivos. La reciente tendencia a rechazar en la sucesiva consulta electoral a los gobernantes en el poder en el momento de la misma, que suscita uno u otro tipo de convulsión política cada pocos años, parece destinada a continuar en el futuro previsible, lo cual deteriora en cada nueva ronda las perspectivas del sistema de gobernanza estadounidense. Los estados solo pueden soportar la presión de un liderazgo tan incompetente y destructivo durante un tiempo limitado. Las personas y las instituciones operativas en el seno y en torno al gobierno de Estados Unidos pueden seguir exponiendo objetivos de política exterior en discursos o documentos como la National Security Strategy, pero en estos momentos es una incógnita, si Estados Unidos tiene la capacidad implementar una estrategia coherente a medio o largo plazo.
Dada la contraproducente guerra librada por Trump contra Irán, esta crisis de gobernanza ha alcanzado un punto de inflexión. Al considerar cualquier concesión sustancial a los intereses iraníes como una humillación inaceptable, el gobierno de Trump ha sido incapaz de presentar nada que se parezca a una propuesta razonable para lograr una paz negociada. Lo mejor que probablemente pueda esperarse es que la combinación del empeoramiento de las noticias económicas y la presión política interna obligue a Trump a ceder ante algunas de las demandas de Irán. Entre las opciones más probables, que empeorarían las cosas realmente, se dibuja la posibilidad de que Trump intente desviar la atención de la debacle iraní lanzando otra nueva guerra, esta vez contra Cuba. Precisamente esta semana, el Departamento de Justicia ha acusado a Raúl Castro, de 94 años, de asesinato y conspiración, el mismo día en que el portaaviones USS Nimitz entró en el sur del mar Caribe. Por el momento Trump ha optado por un bloqueo del transporte marítimo iraní como su mecanismo preferido para coaccionar a Teherán a que abandone su programa nuclear. Aunque sin duda ello será doloroso para Irán, tal curso de acción continuará obviamente agravando la crisis energética mundial, cuyas ramificaciones apenas han comenzado a manifestarse. No es solo el precio de la gasolina lo que aumentará durante el resto de 2026 en Estados Unidos, porque el incremento registrado de los costes de los fertilizantes desde el pasado mes de febrero augura, que indefectiblemente los precios de los alimentos también van a subir.
Conscientes de la magnitud de esta crisis, algunos comentaristas han interpretado la guerra con Irán como el fin de la hegemonía estadounidense. Ese fin se ha anunciado muchas veces en el pasado, pero tal afirmación podría estar restando importancia a lo que está sucediendo hoy. La hegemonía es una forma de dominio que es, al menos en parte, consensuada y de la que una mayoría de los dominados entiende que se beneficia en una medida que hace tolerable su dominación. Definida así, resulta más difícil argumentar que la hegemonía de Estados Unidos permaneciera intacta incluso antes de la guerra lanzada por Trump contra Irán. Giovanni Arrighi dijo que la hegemonía estadounidense pasó a la historia con la invasión de Iraq, lo que poco a poco he llegado a creer que es la simple verdad. Lo que persistía, escribió, era la «mera dominación».
Así pues, sería más preciso decir que lo que está ahora en juego es el estatus de Estados Unidos como única superpotencia mundial y su capacidad incuestionable para dominar. Esto no niega las considerables ventajas de las que Estados Unidos sigue disfrutando frente a sus rivales. Su ejército seguirá siendo el más poderoso y temible del mundo durante los próximos años y sus empresas serán también las más rentables del planeta en un futuro previsible. Pero las armas y el dinero no bastan por sí solos. El poderío económico debe generar al menos una experiencia mínima compartida de bienestar social y seguridad para ser sostenible, mientras que las elites estadounidenses acaparan riqueza a una escala nunca vista ni siquiera en la Antigua Roma. Y un ejército gigantesco necesita una orientación estratégica competente para que su poder coercitivo se traduzca en prestigio global.
Quizá el bloqueo resulte finalmente demasiado oneroso como para que la sociedad iraní pueda soportarlo. Quizá el pueblo iraní desafíe todas las expectativas y finalmente organice el levantamiento popular con el que los halcones estadounidenses llevan soñando décadas. Quizá Israel consiga expandirse hacia el norte a costa del Líbano y aseste el golpe decisivo a Hezbolá. Quizá Europa persista en su cobarde sumisión y decida que ni siquiera una recesión mundial y la doble crisis alimentaria y energética hoy en ciernes son motivos para reconsiderar su sometimiento ante el gigantesco y estúpido coloso situado al otro lado del Atlántico.
Pero si estas cosas no llegaran a suceder y si Irán sale de este conflicto debilitado en términos absolutos pero fortalecido en términos relativos, entonces podríamos estar ante el fin no de la hegemonía de Estados Unidos, sino de su supremacía. El sello distintivo de un estatus seguro de superpotencia es que otros Estados ni siquiera intentan desafiarlo directamente, anticipando una derrota aplastante. Si Irán evia este destino, la idea de que Estados más pequeños se resistan abierta y eficazmente a los intereses estadounidenses en todo el mundo podría dejar de parecer descabellada.
Recomendamos leer Mitchell Plitnick, «Trump sabe que ha perdido la guerra contra Irán y ahora busca desesperadamente una salida», «Qué cabe esperar del frágil alto el fuego vigente en Irán y en el Líbano», «Trump tal vez desea abandonar la guerra con Irán, pero la primera ronda de negociaciones ha puesto de manifiesto retos inminentes», Diario Red. Alexander Zevin, «Trump’s Gulf War», NLR 158. Giovanni Arrighi, Terence K. Hopkins e Immanuel Wallerstein, Movimientos antisistémicos (1999), Giovanni Arrighi, El largo siglo XX: Dinero y poder en los orígenes de nuestra época (1999) y Adam Smith en Pekín: Orígenes y fundamentos del siglo XXI (2007); Giovanni Arrgihi y Beverly J. Silver, Caos y orden en el sistema-mundo moderno (2001). The White House, National Security Strategy of the United States of America 2017 y National Security Strategy of the Unites States of America 2025.
Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista publicada en Madrid por el Instituto República & Democracia de Podemos y por Traficantes de Sueños.