El Acuerdo de La Meca es la última señal del declive de la influencia de Estados Unidos en Oriente Próximo

El nuevo acuerdo de defensa firmado entre Arabia Saudí, Turquía y Pakistán pone de manifiesto cómo la agresión israelí está obligando al conjunto de la región a reconfigurar sus alianzas y constituye la última prueba del declive de la influencia de Estados Unidos como potencia hegemónica global

El presidente Donald Trump charla durante su visita oficial a Arabia Saudí charla con el príncipe heredero Mohammed bin Salman en el Palacio Real de Riad, 13 de mayo de 2025 – Saudi Press Agency / Zuma Press.

El pasado 7 de agosto Arabia Saudí, Turquía y Pakistán firmaron un pacto de defensa, que causó sorpresa en todo el mundo. Aunque el Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca se había debatido públicamente desde hacía algún tiempo, su firma efectiva plantea interrogantes sobre sus implicaciones para la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y el escenario de seguridad a largo plazo en la región. Israel y sus aliados reaccionaron con consternación ante el acuerdo, mientras que tanto Irán como Estados Unidos le restaron importancia. Lo que significará exactamente el acuerdo en la práctica sigue siendo una incógnita, a pesar de algunas declaraciones grandilocuentes que lo describen como un acuerdo similar a la OTAN. Probablemente el acuerdo no cambiará demasiado las cosas a corto plazo. No hay demasiada información sobre qué supondría la activación del pacto de defensa mutua y qué exigiría a los países socios si realmente se activara, pero su firma refleja la creciente sensación de que no se puede confiar en Estados Unidos como garante de la seguridad y constata que las potencias pequeñas y medianas tendrán que tomar directamente las riendas de la arquitectura de su propia seguridad. Aunque las preocupaciones e intereses de Estados Unidos no serán ignoradas en un futuro previsible, el papel estadounidense se está desplazando más hacia el de proveedor de armamento que hacia el de socio estratégico.

Trump ha puesto directamente en peligro a sus aliados en Arabia Saudí, Catar, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Baréin por mor de sus ataques imprudentes contra Irán. Sus acciones han hecho surgir el espectro de un auténtico desastre en estos países. Su vulnerabilidad ante las represalias iraníes es grave. En el peor de los casos, los ataques iraníes podrían destruir la industria petrolera de la región y sus sistemas de desalinización, lo que haría que estos Estados resultaran, en la práctica, inhabitables. Para empeorar las cosas, Trump no ha hecho todo esto por su cuenta, sino que se ha basado tanto en su primer mandato como en las políticas imprudentes e inmorales seguidas por el propio Joe Biden, todo lo cual ha agravado la desconfianza respecto al comportamiento estadounidense en la región

Estados Unidos únicamente puede imputarse a sí mismo este declive de su fiabilidad, porque la potencia estadounidense no solo ha tomado decisiones notablemente erróneas de modo autónomo, sino que ha contribuido igualmente a que Israel se convierta en una amenaza para la seguridad regional todavía mayor de lo que lo ha sido históricamente, al tiempo que ha descuidado al resto de sus aliados para proteger la política de agresión y las diversas ocupaciones protagonizadas por Israel.

Falta de confianza en Estados Unidos

Como era de esperar, el segundo mandato de Donald Trump ha sido mucho más desastroso que el primero. Su política exterior, en particular, se ha caracterizado por decisiones insensatas, corrupción a gran escala y la comisión de errores garrafales, que tendrán repercusiones durante muchos años después de que abandone el poder. Trump ha puesto directamente en peligro a sus aliados en Arabia Saudí, Catar, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Baréin por mor de sus ataques imprudentes contra Irán. Sus acciones han hecho surgir el espectro de un auténtico desastre en estos países. Su vulnerabilidad ante las represalias iraníes es grave. En el peor de los casos, los ataques iraníes podrían destruir la industria petrolera de la región y sus sistemas de desalinización, lo que haría que estos Estados resultaran, en la práctica, inhabitables. Los Emiratos Árabes Unidos han reaccionado a esta situación fortaleciendo sus alianzas con Estados Unidos e Israel, pero los demás países se han ido alejando, poco a poco, de la órbita estadounidense.

El suministro de armamento a Israel por parte de Trump y su apoyo a los nacionalistas israelíes más radicales han propiciado una vez más la ampliación de la zona de ocupación israelí en el Líbano y con una profundidad no vista hasta la fecha en Siria, al tiempo que ha permitido una escalada de las atrocidades perpetradas contra el pueblo palestino, que recuerdan los peores episodios de la historia de la humanidad. Para empeorar las cosas, Trump no ha hecho todo esto por su cuenta, sino que se ha basado tanto en su primer mandato como en las políticas imprudentes e inmorales seguidas por el propio Joe Biden, todo lo cual ha agravado la desconfianza respecto al comportamiento estadounidense en la región. Como he señalado en otras ocasiones, gran parte de la pérdida de confianza de Arabia Saudí en Estados Unidos se remonta a la negativa de Trump a actuar tras los ataques de Ansar Allah contra los yacimientos petrolíferos saudíes (2019, 2021, 2022, 2026). Para Riad esta fue la primera señal importante de que no podía contar con que Estados Unidos cumpliera su parte del pacto de «petróleo por seguridad», vigente desde hacía mucho tiempo y sobre el que se habían construido históricamente las relaciones estratégicas saudí-estadounidenses.

Esta pérdida de confianza en Washington es grave. No se trata únicamente de Trump o de Biden, sino que se deriva de la naturaleza caprichosa de la política interna estadounidense y de la demostrada incapacidad de sus presidentes para garantizar que el siguiente respetará los acuerdos alcanzados por su predecesor. Esta pérdida de confianza no será fácil de revertir por parte de futuras administraciones estadounidenses

El apoyo concedido por Biden al actual genocidio perpetrado por Israel en Gaza, a los ataques israelíes contra el Líbano y a su invasión de Siria han hecho crecer la inquietud entre los socios regionales ante la falta de determinación estadounidense para restablecer el acuerdo nuclear con Irán, iniciativa que, en aquel momento, podría haberse sumado a los esfuerzos iraquíes y chinos, que lograron exitosamente rebajar las tensiones existentes entre Riad y Teherán. Todo ello demostró que Estados Unidos, y no solo Donald Trump, estaba dispuesto a sacrificar la estabilidad del Golfo por su apoyo a la política de agresión israelí. El ataque contra Irán minó aún más la confianza árabe en Estados Unidos. Los aliados estadounidenses habían presionado para lograr una resolución diplomática de las tensiones con Irán, a pesar de algunos informes que indicaban lo contrario. A Riad y a otras capitales árabes les preocupaba que el ataque contra Irán se hubiera concebido y ejecutado sin tener en cuenta sus necesidades de seguridad y habiendo prescindido de toda consulta con sus gobiernos. Esta pérdida de confianza en Washington es grave. No se trata únicamente de Trump o de Biden, sino que se deriva de la naturaleza caprichosa de la política interna estadounidense y de la demostrada incapacidad de sus presidentes para garantizar que el siguiente respetará los acuerdos alcanzados por su predecesor. Esta pérdida de confianza no será fácil de revertir por parte de futuras administraciones estadounidenses.

Irán e Israel

Turquía, Pakistán y Arabia Saudí insisten en que este nuevo pacto no está dirigido contra ningún otro Estado en particular. Aunque sin duda ello es cierto desde un punto de vista técnico, el acuerdo tiene por objeto disuadir los ataques de posibles Estados enemigos y los dos Estados que más probablemente suscitan preocupación en la región son obviamente Irán e Israel. Públicamente, Irán no ha dado muestras de preocupación. El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Esmaeil Baghaei, afirmó: «Cualquier plan que se base en las realidades geopolíticas e históricas de la región, que sea integral e inclusivo y que identifique correctamente al enemigo y la amenaza, tiene posibilidades de contribuir a fortalecer la seguridad y prevenir la inestabilidad y los abusos por parte del enemigo sionista y sus aliados». Sin duda, Irán ha sopesado lo que el pacto podría suponer para su estrategia de represalia contra sus vecinos del Golfo en caso de un ataque por parte de Estados Unidos. Sin embargo, es probable que la calma que expresó Baghaei sea genuina.

Pero el objetivo principal del acuerdo no radica tanto en las preocupaciones sobre Irán como en el establecimiento de un régimen de seguridad regional. Los tres de países signatarios han sido muy explícitos a la hora de dejar la puerta abierta a que otros Estados puedan unirse al pacto de defensa, dado que confían en cambiar la propia naturaleza de la estrategia de seguridad en el conjunto de la región. Es Israel, y no Irán, el que obliga a la región a replantearse la totalidad de su estructura de seguridad

Ello se debe a que Irán puede evaluar las implicaciones del acuerdo. En primer lugar, el mero hecho de que el acuerdo incluya una garantía similar a la establecida por la OTAN no significa necesariamente que vaya a producirse una respuesta inmediata y colectiva ante cualquier ataque iraní. Ansar Allah ha atacado los yacimientos petrolíferos saudíes el pasado 9 de agosto tras la firma del acuerdo, pero Islamabad y Ankara no han respondido. Reviste mayor importancia que el pacto aumente lo que está en juego en caso de un ataque estadounidense contra Irán. Si Washington atacara las infraestructuras iraníes en una escalada del conflicto actual, debería tener en cuenta el factor preocupante de que Turquía y Pakistán pudieran responder eventualmente a las represalias iraníes, aunque fuera por medios no militares, lo cual supondría el riesgo de una expansión sustancia de la guerra, lo cual no permite aclarar quién asumiría la culpa, especialmente si China considerara que dicha expansión justifica su intervención. Pero el objetivo principal del acuerdo no radica tanto en las preocupaciones sobre Irán como en el establecimiento de un régimen de seguridad regional. Los tres de países signatarios han sido muy explícitos a la hora de dejar la puerta abierta a que otros Estados puedan unirse al pacto de defensa, dado que confían en cambiar la propia naturaleza de la estrategia de seguridad en el conjunto de la región. Es Israel, y no Irán, el que obliga a la región a replantearse la totalidad de su estructura de seguridad.

Turquía se había mostrado reacia a firmar un pacto de defensa formal con los saudíes y los pakistaníes por temor a complicaciones internacionales a medida que crecían sus propias ambiciones regionales, pero la inconstancia estadounidense y la creciente beligerancia israelí hacia Ankara le ha hecho cambiar de opinión. Al identificar correctamente que la fuente de la inestabilidad regional proviene de Israel y no de Irán los tres Estados signatarios se ha unido para crear una estrategia de defensa centrada en el primero de estos países, que es el único contra el que Estados Unidos no puede siquiera plantearse defenderlos. Para Arabia Saudí, la firma de este acuerdo envía un mensaje muy claro: Israel puede olvidarse de cualquier idea de normalizar las relaciones con Riad sin no pone fin a la negación de los derechos de los palestinos. Tanto Turquía, debido a sus ambiciones regionales, como Pakistán, debido a su rivalidad con la India, cada vez más próxima a Israel, tienen interés en respaldar a Arabia Saudí en este sentido. El acuerdo reúne a tres potencias dotadas de recursos únicos: los medios militares y la vasta producción armamentística de Turquía, el paraguas nuclear de Pakistán y la considerable riqueza económico-financiera de Arabia Saudí, lo cual convierte a la alianza en una potencia regional significativa capaz incluso de hacer frente militarmente a Israel. El objetivo evidente es disuadir a este país de su creciente beligerancia hacia Turquía a la que los responsables israelíes han calificado de forma ominosa como «el próximo Irán».

Pero, más allá de ello, la alianza, especialmente si se amplía, crea una estructura de defensa que no solo es independiente de Estados Unidos, sino también de cualquier preocupación por los intereses de Israel, ya sean nacionales o internacionales. No es una consideración menor. Ha sido suficiente para disuadir a Egipto de unirse al pacto a pesar de que ha sido el cuarto invitado en muchas reuniones de los otros tres socios en diversos encuentros estratégicos y cumbres a lo largo del último año. Egipto ha desarrollado una profunda dependencia de Estados Unidos e Israel, recibiendo la segunda mayor ayuda militar anual de Washington, solo por detrás del aliando israelí, y dependiendo de Tel Aviv para asegurar una buena parte de su suministro energético en forma de gas natural. Dado que la economía egipcia se encuentra en crisis perpetua, le llevaría una cantidad considerable de recursos y de tiempo encontrarse en una situación que le permitiera abandonar a Israel y enfadar a Washington, si decidiera adherirse al Acuerdo de la Meca junto a Arabia Saudí, Turquía y Paquistán. Puede que llegue el día en que lo haga, pero no será hasta dentro de algún tiempo.

El régimen de seguridad pivotado en torno a Estados Unidos ha concedido a Israel una impunidad total, lo cual resultaba tolerable para determinados países de la región, cuando se creía que Estados Unidos ejercía al menos una leve moderación sobre los excesos israelíes y protegía a sus aliados musulmanes y árabes de eventuales ataques. Estas certidumbres ya no se sostienenTodos estos esfuerzos por crear «socios para la paz» no hicieron más que fortalecer la convicción de Israel de que podía alcanzar esta, así como la integración regional sin ceder un ápice en lo referido a los derechos del pueblo palestino

La discusión sobre la posible inclusión de Egipto fue controvertida. Turquía deseaba fervientemente la su incorporación, debido a su alineamiento con El Cairo en varios escenarios del norte de África. Arabia Saudí se opuso, debido a las crecientes tensiones entre Riad y El Cairo, especialmente en torno a la relación de Egipto con los Emiratos Árabes Unidos, que se están convirtiendo rápidamente en un acérrimo rival regional de Riad. Al final, Egipto dejó la cuestión en el aire al optar por no elegir entre Washington, Tel Aviv y Abu Dabi, por un lado, y Ankara y Riad, por otro. El Acuerdo de La Meca también pretende dificultar que Israel mantenga su dominio sobre los palestinos y sus invasiones de sus vecinos libaneses y sirios. El régimen de seguridad pivotado en torno a Estados Unidos ha concedido a Israel una impunidad total, lo cual resultaba tolerable para determinados países de la región, cuando se creía que Estados Unidos ejercía al menos una leve moderación sobre los excesos israelíes y protegía a sus aliados musulmanes y árabes de eventuales ataques. Estas certidumbres ya no se sostienen.

La guerra contra Irán, la invasión del Líbano, el cierre del estrecho de Ormuz, la ocupación en curso de Siria y la amenaza a los lugares sagrados de Jerusalén tienen su origen en el dominio de Israel sobre el pueblo palestino. Aunque no todos los problemas de Oriente Próximo, ni mucho menos, se deben al apartheid y la agresión de Israel, muchos de ellos sí derivan de ambos, mientras que otros no pueden resolverse precisamente a causa de la situación imperante en Palestina

Estados Unidos ni siquiera consigue que Israel acepte el actual plan para desarmar a los grupos de la resistencia palestina, que dejaría a Gaza pacificad bajo control estadounidense efectivo, un acuerdo que era claramente favorable a Israel. Igualmente, Estados Unidos ha demostrado ser incapaz de imponer a Israel el abandono de su mortífera ocupación del sur del Líbano y ni siquiera ha intentado sacarlo de Siria, a pesar de que Washington ha estado apoyando los esfuerzos del presidente sirio Ahmed al-Sharaa para reunificar el país. Durante los últimos cincuenta años, el régimen de seguridad de la región, basado en Estados Unidos, ha fomentado la colaboración con Israel, iniciada por Egipto y Jordania en la década de 1980, como la vía hacia la estabilidad regional. A ello le siguieron los desastrosos Acuerdos de Oslo, el aumento del comercio clandestino y la cooperación entre Israel y otros países árabes y finalmente los Acuerdos de Abraham. Todos estos esfuerzos por crear «socios para la paz» no hicieron más que fortalecer la convicción de Israel de que podía alcanzar esta, así como la integración regional sin ceder un ápice en lo referido a los derechos del pueblo palestino.

Dada la decisión del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu de negarse a cooperar con la Junta de Paz de Trump y su negativa a suscribir el acuerdo para desarmar a la resistencia palestina y lograr así la retirada de Israel de la Franja de Gaza antes de su reconstrucción, la relación entre Washington y Tel Aviv se encuentra en un momento bajo, a pesar de que muchos líderes estadounidenses sigan insistiendo en respaldar a Israel independientemente de cuántas veces este escupa en la cara a Estados Unidos. El Acuerdo de La Meca puede servir como vehículo para aumentar la presión sobre Israel, incluso mientras su popularidad en Estados Unidos sigue decayendo, sobre todo si se suman más países.

La guerra contra Irán, la invasión del Líbano, el cierre del estrecho de Ormuz, la ocupación en curso de Siria y la amenaza a los lugares sagrados de Jerusalén tienen su origen en el dominio de Israel sobre el pueblo palestino. Aunque no todos los problemas de Oriente Próximo, ni mucho menos, se deben al apartheid y la agresión de Israel, muchos de ellos sí derivan de ambos, mientras que otros no pueden resolverse precisamente a causa de la situación imperante en Palestina. El Acuerdo de La Meca es un primer paso hacia la conformación de una fuerza regional capaz de hacer frente a este escenario, aunque no obedece a la preocupación sentida por el pueblo palestino, que, lamentablemente, pocos Estados, si es que hay alguno, parecen albergar, sino a su propio interés en la estabilidad regional. Si el pacto se amplía, la presión aumentará y por fin se incrementarán las posibilidades de actuar. Y si ello coincide con el tan soñado cambio en la política estadounidense, existe una posibilidad real de que se produzca un cambio significativo y surja una fuerza a la que ni siquiera el obstinado nacionalismo de Israel podría resistirse.


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Este artículo se ha publicado originalmente en Mondoweiss y se publica aquí con consentimiento expreso de su editor.