Irán bajo el fuego militar: entrevista a Ervand Abrahamian
Ervand Abrahamian, uno de los mayores expertos en la historia del Irán moderno, profesor en las Universidades de Princeton, New York, Columbia y Oxford y en la actualidad Distinguished Professor en el Baruch College y en el CUNY Graduate Center, analiza en esta entrevista realizada por la NLR las características del régimen iraní, su modelo constitucional, los fundamentos de la legitimación actual de su sistema político y la respuesta del mismo a la situación de guerra impuesta por Estados Unidos e Israel durante los últimos meses, entre otras diversas cuestiones, todas ellas situadas en el marco de la longue durée de la revolución de 1979 y de la evolución de la formación social iraní durante el largo siglo XX
Efectuamos esta entrevista en un momento de gran tensión en Irán, ahora durante el mes de febrero, en el que la flota estadounidense amenaza al país desde el sur y el régimen toma medidas drásticas con más detenciones masivas, tras haber matado a siete mil personas o más en el punto álgido de las protestas del 7 y 8 de enero. ¿Podemos empezar preguntándote por los adversarios de Irán? La guerra de junio de 2025 marcó el inicio de una ofensiva militar contra Irán, caracterizada por oleadas de ataques aéreos y asesinatos por parte de Israel y un bombardeo masivo de instalaciones nucleares por parte de Estados Unidos. ¿Hasta qué punto coinciden los objetivos de Estados Unidos e Israel con respecto a Irán?
Estados Unidos externalizó efectivamente su política hacia Irán a Israel desde el periodo posterior a la revolución de 1979. Ya no había presencia del Departamento de Estado en Teherán, ni llegaba información. Washington parece haber decidido que si el gobierno estadounidense necesitaba información o debía diseñar y aplicar determinadas políticas en Irán, ambas cosas las obtendrían de Tel Aviv, situación que se mantuvo durante décadas, con una breve excepción cuando Obama logró el acuerdo de limitación nuclear de 2015, el Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA). Ello, por supuesto, causó pánico en Tel Aviv, porque eliminó la opción de ejercer más presión sobre Irán: Netanyahu voló a Washington para oponerse a este curso de acción. Tras la llegad de Trump a la presidencia, Estados Unidos volvió a externalizar su política a Israel. Trump se retiró del JCPOA en 2018 e impuso sanciones extremadamente duras, al igual que Biden, porque Netanyahu no quería un acuerdo, que simplemente garantizara que Irán no fuera una amenaza nuclear; quería más que eso.
Así pues, su objetivo es muy probablemente hacer lo que se hizo con Iraq, Siria y Libia: desmantelar el Estado, lo cual sería terrible para Irán. También sería terrible para Europa, porque provocaría una avalancha de refugiados, como ocurrió con los países ahora mismo mencionados. Estos escenarios no van a frenar la política estadounidense: a Trump no le importan lo más mínimo, siempre y cuando la desintegración de Irán repercuta en Europa y no en Estados Unidos
Así que la pregunta es: ¿cuáles son los verdaderos objetivos políticos de Israel? Los israelíes conocen lo suficiente la situación como para saber que el «cambio de régimen» no es una opción viable. A menos que haya una ocupación militar estadounidense, el sah no va a volver a Irán. La única opción restante sería un golpe de Estado de la Guardia Revolucionaria Islámica, lo cual sería mucho más peligroso para Israel. Así pues, su objetivo es muy probablemente hacer lo que se hizo con Iraq, Siria y Libia: desmantelar el Estado, lo cual sería terrible para Irán. También sería terrible para Europa, porque provocaría una avalancha de refugiados, como ocurrió con los países ahora mismo mencionados. Estos escenarios no van a frenar la política estadounidense: a Trump no le importan lo más mínimo, siempre y cuando la desintegración de Irán repercuta en Europa y no en Estados Unidos.
Volvamos a los orígenes del régimen: como historiador del Irán moderno, ¿cómo compararías su consolidación tras la Revolución de 1979 con la de Rusia tras 1917 y la de China tras 1949? Una diferencia notable es que Irán no sufrió un período de guerra civil tan prolongado. La Revolución Rusa fue producto del colapso del zarismo en la Primera Guerra Mundial y luego se vio sometida a una combinación de guerra civil e intervención de la Entente durante más de cuatro años. La Revolución China nació de una guerra civil de dos décadas, combinada con ocho años de invasión japonesa, seguidos de tres años de guerra con Estados Unidos en Corea, conflicto que estalló doce meses después de la fundación de la República Popular. En Irán, menos de dos años después del establecimiento de la República Islámica, la Revolución se vio afectada por una guerra iniciada por Iraq, que luego contó con la ayuda de Estados Unidos y se prolongó durante ocho años. Si a esto le sumamos la guerra civil de nueve meses, la proporción de violencia externa con respecto a la interna en su experiencia fue mucho mayor. ¿Cuáles fueron las consecuencias a largo plazo de todo ello?
Dejando de lado las evidentes diferencias políticas, existe una similitud en el sentido de que la intervención extranjera fortaleció la revolución en los tres casos. Los enemigos externos asumieron que el nuevo gobierno era tan frágil que podría ser derrocado fácilmente, pero ocurrió lo contrario: incluso las personas a las que no les gustaba la revolución se unieron para defender el país. Ello ayudó especialmente a los bolcheviques. En Irán ocurrió algo similar. En 1980 el gobierno de Jomeini en Teherán era realmente débil; en realidad, aún no se había consolidado. Algunos de los antiguos asesores del sah, Bakhtiar y determinados generales que habían huido de Irán, le dijeron a Sadam Hussein que lo único que tenía que hacer era invadir y todo el sistema se derrumbaría. Sadam tenía sus propios planes. En 1975 Irán le había obligado a ceder el río Chat el Arab, la entrada al golfo Pérsico, que ambos países se habían disputado durante muchos años. Esperaba aprovechar la debilidad de Irán para recuperar el territorio, pero Jomeini respondió que prefería cortarse un brazo antes que ceder territorio alguno. Irán contraatacó y muchos jóvenes a los que no les gustaba demasiado el régimen se ofrecieron voluntarios para luchar por Jorramchar, lo cual contribuyó a consolidarlo durante sus primeros años. Probablemente, el mayor error de Jomeini fue la decisión de continuar la guerra después de la liberación. Los lemas pasaron a ser «Guerra, guerra hasta la victoria» y «El camino a Jerusalén pasa por Bagdad». Se convirtió en una guerra de ocho años que, en todo caso, minó la credibilidad del régimen, porque las pérdidas fueron muy cuantiosas y la victoria nunca llegó. Al final, Jomeini tuvo que aceptar el cáliz envenenado de un acuerdo de paz, como él mismo dijo. Pero, al principio, la invasión extranjera fue paralela a los otros casos: en realidad, ayudó a la Revolución.
El borrador de la Constitución de la República Islámica, redactado en París, se inspiró en la Quinta República creada por de Gaulle. Se llamaba islámica, pero era básicamente un sistema fuertemente presidencialista dotado de un marco democrático representativo. Pero una vez que Jomeini regresó a Teherán y tuvo en sus manos las riendas del poder, se reveló un tipo diferente de república islámica: una república clerical. La Constitución actual, redactada por una asamblea religiosa, es extremadamente elaborada, pero su principio fundamental es que el poder real debe estar en manos de los clérigos de alto rango
A diferencia de Rusia o China, el sistema político creado por la Revolución Iraní fue institucionalmente pluralista desde el principio, dotado de múltiples pilares de poder –clerical, parlamentario, jurídico, militar– y con elecciones periódicas, aunque nunca celebradas sin restricciones. En tu opinión, ¿este resultado fue fruto de decisiones deliberadas de Jomeini y sus compañeros o el producto de compromisos que les impusieron otras corrientes de la revolución?
Ambas cosas. Jomeini era muy astuto o, podríamos decir, maquiavélico, pragmático o sagaz. Siempre se guardaba muy bien sus cartas, nunca revelaba realmente lo que pensaba. Pero su llamamiento en París, en vísperas de la Revolución, fue muy abierto: todo el mundo tendría un papel. «Todo lo que queremos es una República Islámica, pero no tenemos intención de dirigirla. Solo somos viejos clérigos, volveremos al seminario». El borrador de la Constitución de la República Islámica, redactado en París, se inspiró en la Quinta República creada por de Gaulle. Se llamaba islámica, pero era básicamente un sistema fuertemente presidencialista dotado de un marco democrático representativo. Pero una vez que Jomeini regresó a Teherán y tuvo en sus manos las riendas del poder, se reveló un tipo diferente de república islámica: una república clerical. La Constitución actual, redactada por una asamblea religiosa, es extremadamente elaborada, pero su principio fundamental es que el poder real debe estar en manos de los clérigos de alto rango. El Consejo de Guardianes, compuesto por doce miembros, seis de ellos clérigos nombrados por el Líder Supremo y seis juristas nombrados por el presidente del Tribunal Supremo, que a su vez es otro de los nombramientos del Líder Supremo, supervisa el sistema parlamentario y puede vetar leyes y descalificar a candidatos electorales. También aprueba a los candidatos para las elecciones a la Asamblea de Expertos, compuesta por ochenta y ocho miembros, que elige al Líder Supremo. Así que, sí, hay elecciones pluralistas para alcaldes, diputados y presidente, pero su desarrollo lo determinan en última instancia clérigos de confianza.
En la cúspide del régimen, ¿también es hegemónica la jerarquía clerical sobre la Guardia Revolucionaria y el ejército o estos tienen un mayor grado de autonomía?
Cuando Jamenei sucedió a Jomeini en 1989, se dedicó sistemáticamente a crear una oficina central en la que los clérigos de alto rango examinarían y nombrarían a todos los comandantes de la Guardia Revolucionaria Islámica. También existen estrechas relaciones sociales y muchos matrimonios entre familias clericales y líderes de la Guardia Revolucionaria, lo que supone un entrelazamiento de las elites religiosas y las de la Guardia Revolucionaria. Existe un estudio de Mehrzad Boroujerdi sobre lo estrechamente vinculadas que están ahora las familias gobernantes. En cierto modo, la situación es paradójicamente similar al régimen de Pahlevi. Entonces había unas cincuenta familias, que controlaban el Estado. Ahora es más o menos lo mismo.
El régimen ha sido muy inteligente al utilizar a la Guardia Revolucionaria Islámica para crear un sistema de comisarios dentro de las instituciones militares con el fin de mantener una estrecha vigilancia y prevenir la posibilidad de un golpe de Estado. La Guardia tiene su propia fuerza aérea revolucionaria dentro de la Fuerza Aérea, por ejemplo, lo cual hace que el ejército sea menos eficiente, pero más seguro frente a un golpe de Estado
¿Alguien como el asesinado comandante de la Guardia Revolucionaria Islámica Qasem Soleimani hacía lo que le decían los clérigos de alto rango?
Sí. Confiaban en él, porque sabían que se sometería a las decisiones tomadas en el centro. Soleimani gozaba de la suficiente confianza como para permitirle que tomara decisiones sobre el terreno, pero las decisiones cruciales se tomaban en el centro.
¿Están también el Ejército y la Fuerza Aérea firmemente bajo el control de los clérigos de alto rango?
El régimen ha sido muy inteligente al utilizar a la Guardia Revolucionaria Islámica para crear un sistema de comisarios dentro de las instituciones militares con el fin de mantener una estrecha vigilancia y prevenir la posibilidad de un golpe de Estado. La Guardia tiene su propia fuerza aérea revolucionaria dentro de la Fuerza Aérea, por ejemplo, lo cual hace que el ejército sea menos eficiente, pero más seguro frente a un golpe de Estado. No sabemos lo que ocurre a puerta cerrada, pero no puedo imaginar que ningún sector del ejército sea capaz de llevar a cabo un derrocamiento exitoso del régimen. Si se produjera un golpe de Estado, sería más probable que se iniciara una guerra civil y no que surgiera un nuevo gobierno.
¿Cuál es el tamaño de la Guardia Revolucionaria Islámica en comparación con el Ejército?
Los últimos números que he leído sobre la Guardia Revolucionaria cifran sus efectivos en alrededor de 150.000 combatientes, los cuales se complementan con los Basij, la milicia islámica voluntaria. Pero los Basij incluyen a adolescentes y a personas mayores como yo mismo, que no representamos precisamente una fuerza militar digna de ser temida. El Ejército se redujo drásticamente en la década de 1990, lo cual permitió ampliar los programas sociales. Desde entonces, ha crecido gradualmente, siendo numéricamente un cuerpo de mayores dimensiones que la Guardia, pero no enorme. La idea de que Irán es una potencia hegemónica a punto de apoderarse de la región es una fantasía. La Guardia Revolucionaria está bien equipada para hacer frente a las manifestaciones, pero no tiene capacidad real para proyectar su poder. Si Irán fuera ocupado, podrían convertirse en una fuerza guerrillera, pero nunca se crearon para invadir otros países. La defensa de Irán se ha centrado mucho más en los misiles que en la expansión territorial.
¿En qué medida ello es una continuación de la estructura militar existente durante el mandato del sah?
Es muy diferente. Bajo el sah, los oficiales procedían de familias aristocráticas; eran arribistas. Estos comandantes se formaron en la guerra combatida contra Iraq. Su idea del sacrificio y la muerte está moldeada por la imagen que el régimen tiene de sí mismo. Paradójicamente, gran parte de los combates en Iraq los llevó a cabo el ejército regular, pero el mérito se lo llevó la Guardia Revolucionaria Islámica. Se les considera los defensores de la Revolución. Por eso están dispuestos a matar a civiles, cuando se les ordena hacerlo. Los oficiales del sah no estaban dispuestos a hacerlo, por lo que no les ordenaba disparar a matar. El sah sabía que era demasiado peligroso. En enero de 1979, al comienzo de la Revolución, Carter y Brzezinski enviaron al general Huyser a Teherán para que presionara a los generales iraníes a actuar. Más tarde Huyser admitió que les había dicho que dispararan a matar, pero que los generales no tuvieron el valor de hacerlo. Los actuales dirigentes no tienen tales escrúpulos. Si la supervivencia está en juego, dispararán a matar. Esta es una diferencia importante.
¿Y la orden proviene de los altos clérigos?
Sí.
En primer lugar, el Estado iraní era un complejo institucional realmente sofisticado, construido en la década de 1930. Era muy burocrático, algunos dirían que pesado, pero el Estado estaba ahí. A diferencia de Lenin, Jomeini no tuvo que construir un nuevo Estado desde cero. Además, debido a lo que se podría llamar el mito de la Revolución constitucional de 1906, no podía ignorar la idea de las elecciones y del parlamento. Su genialidad consistió en aceptarlos, pero asegurándose de que, aunque se pudieran tener características republicanas y democráticas, todo quedara encerrado en una estructura controlada por los clérigos de alto rango
Volviendo a la cuestión del pluralismo institucional: por mucho que todo ello sea una fachada pública, ¿no se diferencia el modelo iraní del patrón general de monolitismo de los regímenes en Oriente Próximo? Es de suponer que Jomeini tenía la opción de crear un orden unitario más típico, una versión clerical del régimen de Assad, por ejemplo, en lugar de estas elaboradas instituciones. Entonces, cabe que nos preguntemos, si las históricamente mucho más antiguas tradiciones iraníes y persas de tener una constitución, un parlamento o majlis, que se remontan muy atrás en el tiempo, han tenido alguna influencia en la creación del actual modelo político iraní.
Sin duda alguna. En primer lugar, el Estado iraní era un complejo institucional realmente sofisticado, construido en la década de 1930. Era muy burocrático, algunos dirían que pesado, pero el Estado estaba ahí. A diferencia de Lenin, Jomeini no tuvo que construir un nuevo Estado desde cero. Además, debido a lo que se podría llamar el mito de la Revolución constitucional de 1906, no podía ignorar la idea de las elecciones y del parlamento. Su genialidad consistió en aceptarlos, pero asegurándose de que, aunque se pudieran tener características republicanas y democráticas, todo quedara encerrado en una estructura controlada por los clérigos de alto rango.
Esto que indicas es muy convincente. Pero, ¿no le otorgas peso a la relativa imprevisibilidad de las elecciones presidenciales? Pezeshkian, el actual presidente, parece que no era necesariamente la primera opción de Jamenei, el líder supremo. Rouhani, un «reformista», ganó en 2013 y 2017 con una participación del 73 por 100 y más del 50 por 100 de los votos. Ha habido zigzags a ese nivel: Ahmadineyad, Jatamí, Musaví, etcétera. ¿O consideras que se trata más bien de un juego de sombras?
No, creo que es una forma de liberar la presión de la oposición, de abrir las cosas. Por lo general, el candidato es alguien de dentro, que es algo más liberal o abierto. Rouhani no era un disidente; era un producto del régimen, pero atraía a los reformistas. Esa ligera apertura hizo que mucha gente saliera a votar, aunque ello podría convertirse en una amenaza, si demasiados siguieran esa línea. Pero lo que a menudo se malinterpreta es que tanto los moderados como los extremistas tienen la ilusión de que ellos hacen la política exterior. Reformistas como Jatami, Rouhani o Pezeshkian piensan que pueden negociar con Estados Unidos y resolver todos los asuntos pendientes, además de reincorporarse a la comunidad internacional. En parte se trata de chovinismo iraní, la idea de que son tan importantes que llevan las riendas. Ahmadinejad llegó a decir en una ocasión: «Yo llevo las riendas. Puedo ir rápido, reducir la velocidad e incluso ir hacia atrás». Como si controlase el destino de Irán. En realidad, es Washington quien lleva las riendas, con una hoja de ruta proporcionada por Tel Aviv. Muchos iraníes, incluso reformistas, caen en esta trampa. Cuando las cosas van mal, culpan a sus propios políticos sin darse cuenta de que las decisiones se toman en otra parte. Una vez en el poder, los presidentes liberales descubren que no pueden cambiar gran cosa.
¿Cómo describirías el carácter del Líder Supremo precedente, que ha ocupado el poder durante casi cuarenta años, antes de ser asesinado por Israel?
Jomeini era lo suficientemente inteligente como para saber que gran parte de su fuerza provenía del carisma de liderar la Revolución. Una vez que muriera, esa fuerza tendría que institucionalizarse. Al leer la vida del Profeta, sabía que las cosas se desmoronaban, cuando no había una sucesión fija. Los líderes de la Revolución consiguieron convertir el carisma en algo rutinario en unas estructuras que parecían realmente impresionantes, incluso modernas. Pero el problema ha sido que la coherencia intelectual de la teoría se desmoronó cuando murió. Según la teología del velayat-e faqih, los más competentes para guiar al país son los clérigos de alto rango expertos en derecho, no solo en teología o en la historia del islam, sino en fiqh. Pero solo Jomeini y un puñado de clérigos muy veteranos como él encajarían en ese papel. Prepararon a Montazeri para que se convirtiera en el sucesor, un gran ayatolá con suficiente experiencia en fiqh para guiar al Estado. Pero Montazeri rompió con el régimen por la ejecución de presos políticos y se pasó a la oposición.
Así que cuando Jomeini murió en 1989, realmente no había nadie con sus cualificaciones para ocupar el cargo de Líder Supremo. Tuvieron que buscar entre los clérigos de menor rango. Jamenei era leal y políticamente fiable, pero todos los clérigos de alto rango sabían que no tenía las cualificaciones teológicas necesarias para ocupar el puesto de Jomeini. El gobierno de Jamenei no se basa en el carisma, sino en crear a su alrededor una burocracia de personas en las que puede confiar, ya sea su hijo, sus familiares o alguien elegido como subordinado. Hay similitudes con Stalin, que era considerado un personaje gris, pero sabía cómo dirigir la oficina del Secretariado del partido.
A continuación, el régimen se enfrentó al Partido Tudeh, los comunistas, que habían apoyado plenamente al régimen, aunque no les gustaran sus políticas, pero se opusieron a la decisión de Jomeini de invadir Iraq, tras la liberación de Jorramchar. Era la primera vez que cruzaban una línea roja, criticando al régimen en una cuestión importante. De inmediato, fueron detenidos y ejecutados, incluido un almirante que había salvado el Golfo en la primera parte de la guerra. A lo largo de los años, el régimen excluyó sistemáticamente a un grupo tras otro
¿Ha sido elegido su hijo como su sucesor?
No lo sabemos. Probablemente tenga más sentido dejar la sucesión en manos de la Asamblea de Expertos, que es más legítima. Pero sea quien fuere, no tendrá la talla de Jomeini. En última instancia, la consolidación del poder en manos de los clérigos ha sido tanto la fuerza como la debilidad de la República Islámica; dio solidez al régimen, pero también erosionó su alcance. Cualquiera que no estuviera de acuerdo con la noción de lealtad a los clérigos de alto rango quedaba descalificado de la vida política: primero los muyahidines, luego los musulmanes liberales, después los musulmanes reformistas y los laicos. A veces se olvida que el uso actual de la violencia en las calles tiene un precedente. Los muyahidines, la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán, se han convertido desde entonces en una especie de secta extraña, que obtiene dinero de quién sabe dónde. Pero tras la Revolución fue un auténtico movimiento social, que ha contado con una base de masas y un gran apoyo entre la juventud. Supuso un serio desafío para Jomeini, porque no solo eran islámicos, sino radicales, y además conseguían que muchos liberales, reformistas e incluso destacados opositores laicos del sah colaboraran con ellos. Si en alguna ocasión podría haberse producido un «cambio de régimen», habría ocurrido entonces. En mi opinión, los muyahidines habrían estado dispuestos a trabajar dentro del sistema, si se les hubiera dado la oportunidad, porque consideraban a Jomeini el gran imán. Cuando Jomeini les inhabilitó para presentarse a las elecciones, salieron a las calles de Teherán y otras grandes ciudades: el levantamiento de los muyahidines de 1981. El régimen actuó entonces como lo hizo este pasado mes de enero, aplastando el levantamiento con gran violencia, matando a manifestantes desarmados, incluidas alumnas de catorce años que repartían folletos en la calle. Los muyahidines respondieron asesinando a dos mil funcionarios aproximadamente, entre ellos muchos altos dirigentes.
A continuación, el régimen se enfrentó al Partido Tudeh, los comunistas, que habían apoyado plenamente al régimen, aunque no les gustaran sus políticas, pero se opusieron a la decisión de Jomeini de invadir Iraq, tras la liberación de Jorramchar. Era la primera vez que cruzaban una línea roja, criticando al régimen en una cuestión importante. De inmediato, fueron detenidos y ejecutados, incluido un almirante que había salvado el Golfo en la primera parte de la guerra. A lo largo de los años, el régimen excluyó sistemáticamente a un grupo tras otro. Muchas decisiones en la cúpula seguían la siguiente lógica: si no estás con nosotros absolutamente estás contra nosotros. Estas tácticas de ataque gradual a la oposición redujeron el régimen a una base muy estrecha. En el primer referéndum, alrededor del 90 por 100 votó a favor. Hoy en día, el apoyo popular al régimen ronda entre el 15 y el 20 por 100.
En lugar de una gran revolución mundial, la Revolución Iraní se limitó a una exportación de su versión de revolución, que dependía de los enclaves chiitas, lo cual constituye una opción mucho más débil que la primera. Como no disponían de un ejército grande, estas extensiones se convirtieron en una especie de seguro que la Revolución Islámica podría utilizar como primera línea de respuesta en caso de un ataque israelí contra Irán. Esta situación se exageró desmesuradamente, afirmando que a través de estos «delegados» la Revolución islámica estaba tratando de imponer una hegemonía iraní, que pretendía reconstruir el imperio aqueménida, desde el Mediterráneo hasta Afganistán. En realidad, se trataba de una versión pobre del poder real. Los israelíes eran lo suficientemente inteligentes como para saberlo
¿Qué puedes decirnos de la ideología islámica del régimen? Su proclamación como una república islámica revolucionaria le otorgó un poder de movilización popular no solo en el propio Irán, sino también en gran parte de Oriente Próximo, propiciando movimientos de masas en Iraq, el Líbano y Yemen caracterizados por una dedicación y una militancia comparables mutatis mutandis con las secciones de la Tercera Internacional en sus primeros momentos. Pero la naturaleza intrínsecamente sectaria de las creencias chiitas, fundadas en la animadversión contra las versiones sunitas del islam, mucho más extendidas, limitó inevitablemente el atractivo magnético de la Revolución Iraní en la región. ¿Hubo algún intento dentro de las filas de sus ideólogos de trascender las divisiones sectarias de la Casa del Islam en dirección a un antiimperialismo panmusulmán?
No, no lo hubo. En todas las fuentes escritas que he consultado, no he visto a nadie defender un planteamiento coherente para superar la división entre suníes y chiitas. Estoy seguro de que personas como Bazargan, el primer ministro de entonces, habrán pensado en ello, pero nadie articuló esa concepción adecuada y públicamente. Había una idea expansionista y utópica de que la Revolución, como la de 1917, iba a ser global. Esperaban que provocara revoluciones islámicas en otros lugares, que se extendiera por todo el mundo musulmán. Jomeini hablaba del islam como una misión revolucionaria global. Pero, instintivamente, cuando hablaban del islam, se referían al chiismo. Incluso el lenguaje de la Revolución no era tanto islámico como chiita. Su eslogan más potente era «Que cada día sea Ashura, que cada mes sea Muharram, que cada lugar sea Karbala», un llamamiento que no se podía exportar a tierras suníes. La única forma de explicarlo es la pura arrogancia chiita. El sectarismo era tan inherente que la gente ni siquiera era consciente de ello.
En 1979 existía la paranoia de que una ola revolucionaria islámica iba a barrer todo Oriente Próximo, pero con solo ver los eslóganes podía constatarse que ello no iba a ocurrir. La Revolución Iraní resonó entre las pequeñas comunidades chiitas asediadas por poblaciones sunitas, como los chiitas del Líbano e Iraq, después de que Estados Unidos destruyera el Estado iraquí, o Herat en Afganistán, que buscaban la protección de Irán. En lugar de una gran revolución mundial, la Revolución Iraní se limitó a una exportación de su versión de revolución, que dependía de los enclaves chiitas, lo cual constituye una opción mucho más débil que la primera. Como no disponían de un ejército grande, estas extensiones se convirtieron en una especie de seguro que la Revolución Islámica podría utilizar como primera línea de respuesta en caso de un ataque israelí contra Irán. Esta situación se exageró desmesuradamente, afirmando que a través de estos «delegados» la Revolución islámica estaba tratando de imponer una hegemonía iraní, que pretendía reconstruir el imperio aqueménida, desde el Mediterráneo hasta Afganistán. En realidad, se trataba de una versión pobre del poder real. Los israelíes eran lo suficientemente inteligentes como para saberlo. Tener milicias en Iraq tras la caída de Sadam no suponía realmente una amenaza para Israel. Otro aliado de Irán era, por supuesto, Assad. Assad no era musulmán, sino un nacionalista socialista árabe. Sin embargo, Irán confiaba en él, porque al menos podía ofrecer cierta protección a los chiitas del Líbano. Así que, en muchos sentidos, la política que desarrolló Irán fue pragmática o, si quieres, podríamos decir que fue oportunista. No fue una gran estrategia. No creo que pueda afirmarse, que esa política se pensara como un modo de dominar la región.
¿Irán constituyó una alianza suní con Hamás?
No sé si fue una alianza. Era una relación muy provisoria. Había grandes diferencias con respecto a Siria, donde Hamás se oponía a Assad, un aliado iraní. Probablemente Irán dio algo de dinero a Hamás, pero muchos qataríes también lo hicieron. Las relaciones de Irán con los palestinos son en realidad bastante complicadas. Irán concedió apoyo retórico a Hamás, como también lo hizo a Hezbolá. Pero la línea de Soleimani, siguiendo el consejo de Jamenei, era que Irán debía evitar a toda costa entrar en conflicto con los israelíes y los estadounidenses. Lo paradójico del asunto es que Soleimani estaba presente en Iraq tratando de evitar cualquier confrontación con Estados Unidos y en el Líbano tratando de enfriar también la intensidad del conflicto con los israelíes. Su asesinato eliminó ese obstáculo. Pero hasta hace poco, Irán era muy cauteloso con respecto a cualquier conflicto real con Israel. Obviamente, esto ha cambiado ahora.
En mi opinión, la política del gobierno iraní al respecto a la cuestión nuclear ha sido muy realista. Israel ya tenía la bomba. Esto era un hecho. Pero la cuestión aquí era que el desarrollo de una bomba por parte de Irán se consideraba en Israel como una gran amenaza, dada cierta retórica que postulaba que este país no debería existir. El gobierno iraní declaró desde el principio que estaba interesado en la tecnología nuclear, pero no en la bomba y ha sido realmente coherente al respecto
¿Hubo alguna duda o signo de remordimiento en las filas del Estado islámico por su colaboración con el imperialismo estadounidense, oficialmente su principal enemigo, en las invasiones de Afganistán e Iraq? ¿O la hostilidad hacia el sunismo facilitó que el clero y sus seguidores hicieran causa común con los marines y la CIA?
Ambos eran regímenes hostiles en lo que respecta a la República islámica. Esta casi había entrado en guerra con los talibanes –su ejército estaba movilizado–, por lo que, cuando Estados Unidos atacó Afganistán, desde el punto de vista iraní estaba eliminando a un enemigo. Hubo pocos reparos en ayudar a la invasión estadounidense; el grupo dirigente iraní pensaba que los talibanes estaban locos. Lo mismo ocurrió con Iraq: Sadam Husein era un viejo enemigo por lo que la ocupación estadounidense les pareció bien. La colaboración de Irán con Estados Unidos se convirtió en un problema en la década de 1980, con el caso Irán-Contra: Reagan vendió armas a Irán durante la guerra irano-iraquí con el objetivo de recaudar fondos para efectuar operaciones ilegales de contrainsurgencia en Nicaragua, todo ello organizado por los israelíes. En ese momento, alguien de la oficina de Montazeri filtró la información a un periódico libanés. Así es como se convirtió en un escándalo internacional. La persona fue arrestada y ejecutada, a pesar de que trabajaba para el heredero designado por Jomeini. Fue un gran juicio y una confesión pública. Naturalmente, no dijeron cuál era su verdadero delito, esto es, oponerse a tratar con Estados Unidos, el «Gran Satán», y a obtener armas de Israel. No hubo señales de oposición por parte de la Guardia Revolucionaria en este tema. Una vez más, fue una señal clara: si cruzabas una de las líneas rojas de Jomeini, te ejecutaban.
Has argumentado de manera convincente que la longevidad de la República islámica se explica mejor por su populismo social y económico. ¿Qué explica su Estado del bienestar relativamente extenso en comparación con los legados por las revoluciones rusa o china: un mayor nivel de desarrollo económico financiado por el petróleo, la existencia de una clase obrera no quebrantada por la guerra civil o la decisión de no someter al campesinado iraní a la acumulación primitiva?
Por supuesto, Irán tuvo suerte con su petróleo y no tuvo que imponer una acumulación originaria a partir del campesinado. En las tres primeras décadas de la Revolución, la República islámica hizo un trabajo realmente bueno en la creación de un Estado del bienestar y un Estado social en términos de educación y de su expansión a las zonas rurales, lo cual claramente ayudó a estabilizar el régimen. Mientras el régimen dispuso de ingresos procedentes del petróleo fue relativamente fácil financiar los programas sociales, pero con el endurecimiento de las sanciones durante la década de 2010, esos ingresos casi se han agotado. Ahora se ha impuesto la austeridad y muchos de estos programas se están desmoronando.
En la década de 1990 Rafsanjani comenzó a negociar con las compañías petroleras estadounidenses, ofreciéndoles contratos tentadores. Este fue otro ejemplo del pragmatismo del régimen. Rafsanjani era un miembro acérrimo de la jerarquía, pero pensaba que podía mejorar las relaciones con Estados Unidos ofreciendo concesiones a las grandes petroleras. Esos acuerdos fueron rechazados por el gobierno de Clinton, presumiblemente bajo la presión de Israel, ya que claramente beneficiaban a las empresas estadounidenses
¿Han funcionado las dinámicas sociales de los últimos veinte años a favor del régimen o en su contra?
A este respecto la situación es paradójica. El régimen ha invertido mucho en la expansión de la educación superior. Pero si el sistema forma muchos médicos, muchos ingenieros, muchos técnicos y no puedes darles trabajo, porque la economía se ha contraído debido a las sanciones, acabas teniendo un ejército de desempleados. En su día fueron beneficiarios de la Revolución, pero ahora están muy descontentos con ella, porque sus perspectivas económicas son muy sombrías. Y esa es una de las razones de la increíble emigración –la diáspora– registrada durante las últimas décadas. El régimen ha perdido gran parte de su apoyo popular, porque ya no tiene beneficios que ofrecer. El único modo en que el Estado puede pagar es imprimiendo dinero, lo cual conduce luego a la inflación. Y las sanciones, por supuesto, crean un Estado mafioso. Las personas vinculadas al régimen obtienen determinados beneficios, que extienden a sus familiares y colegas.
¿Cómo periodizarías la historia de las sanciones impuestas a Irán, contempladas em toda su complejidad técnica: primarias, secundarias, estadounidenses, europeas, de la ONU?
Las sanciones estadounidenses comenzaron en 1980 a raíz de la crisis de los rehenes y han continuado en vigor desde entonces. A veces se ejercen con presión máxima, a veces esta se reduce. En la década de 1990 Rafsanjani comenzó a negociar con las compañías petroleras estadounidenses, ofreciéndoles contratos tentadores. Este fue otro ejemplo del pragmatismo del régimen. Rafsanjani era un miembro acérrimo de la jerarquía, pero pensaba que podía mejorar las relaciones con Estados Unidos ofreciendo concesiones a las grandes petroleras. Esos acuerdos fueron rechazados por el gobierno de Clinton, presumiblemente bajo la presión de Israel, ya que claramente beneficiaban a las empresas estadounidenses. No recuerdo, si entonces se utilizó el término «sanciones», pero ese fue el efecto: los acuerdos fueron bloqueados. Luego se verificó un gran salto bajo el mandato de Bush junior, alrededor de 2006, cuando el Departamento del Tesoro estadounidense comenzó a aplicar su nueva infraestructura financiera, desarrollada después del 11 de septiembre, y Bush presionó al Consejo de Seguridad de la ONU para que impusiera sanciones a Irán –congelación de activos, embargos tecnológicos– a menos que suspendiera totalmente el enriquecimiento de su uranio. Las sanciones de la ONU se ampliaron entonces para incluir también la supervisión de los bancos iraníes. Washington podía contar con los votos de China y Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU en ese momento.
En 2011-2012 se produjo una conmoción todavía mayor cuando Obama, mediante una importante iniciativa de presión, consiguió que la ONU respaldase un conjunto de medidas mucho más duras, logrando que el sistema de pagos internacionales SWIFT dejara de realizar pagos a los bancos iraníes, como presión para la firma del Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA), con la promesa de que se levantarían, cuando Irán hubiera aplicado de forma verificable el acuerdo, lo que hizo a principios de 2016. Pero una vez que los bancos han recibido el mensaje de que es arriesgado comerciar con un determinado país, dudan en volver a empezar, y la campaña de desprestigio contra Irán en el mundo financiero continuó. En 2012 los indicadores económicos de Irán se desplomaron en medio de las consabidas crisis monetarias. Solo se produjo una frágil recuperación, cuando se relajaron las sanciones impuestas sobre la venta de petróleo tras la entrada en vigor del JCPOA.
Pero la peor crisis se produjo en 2018, cuando Trump se retiró del JCPOA y aumentó las sanciones. El E3, formado por Gran Bretaña, Francia y Alemania, se opuso inicialmente a Trump; se habló de prescindir del dólar y tal vez crear un nuevo sistema, lo cual se bloqueó rápidamente, porque las empresas europeas no querían perder el acceso al mercado estadounidense a través de sanciones secundarias. El E3 impuso entonces sus propias sanciones, castigando a Irán por dejar de cumplir sus compromisos del JCPOA con los inspectores del OIEA, cuando Estados Unidos había roto el acuerdo. Ahora nos encontramos en una situación extremadamente arriesgada debido a la retirada de Trump. Curiosamente, gran parte del debate actual en la prensa sobre el programa nuclear de Irán pasa por alto el hecho de que el JCPOA era un acuerdo perfectamente válido. Quienes afirman que el JCPOA no fue lo suficientemente lejos a menudo no han leído el documento. Era muy preciso e imponía límites estrictos y rigurosos a la cantidad de uranio que Irán podía producir. No había forma de que Irán pudiera fabricar una bomba nuclear y esto se supervisaba muy de cerca. Eliminaba el peligro de que Irán tuviera un arma nuclear.
¿No estaría Irán hoy en una situación menos peligrosa, si hubiera alcanzado la capacidad nuclear? ¿No es el verdadero problema el monopolio nuclear en la región de una sola potencia, que ha demostrado ser la más agresiva de todas en Oriente Próximo, a saber, Israel? Eso es algo que el propio Obama nunca abordó en absoluto. Declaró públicamente ante la AIPAC que estaba comprometido con la idea de atacar a Irán, si no cumplía con las exigencias estadounidenses sobre sus armas nucleares, sin mencionar en ningún momento el origen del conflicto original sobre la cuestión nuclear.
En mi opinión, la política del gobierno iraní al respecto ha sido muy realista. Israel ya tenía la bomba. Esto era un hecho. Pero la cuestión aquí era que el desarrollo de una bomba por parte de Irán se consideraba en Israel como una gran amenaza, dada cierta retórica que postulaba que este país no debería existir. El gobierno iraní declaró desde el principio que estaba interesado en la tecnología nuclear, pero no en la bomba y ha sido realmente coherente al respecto. La única vez que Irán realmente comenzó a investigar sobre la fabricación de armas nucleares fue cuando en Washington se gritaba a los cuatro vientos que Sadam Husein podría estar fabricando la correspondiente bomba nuclear. Iraq había atacado a Irán utilizando armas químicas, pero tan pronto como Sadam cayó y quedó claro que no habría ningún programa nuclear en Iraq, Irán detuvo su investigación sobre sus posibles armas nucleares.
El régimen sigue teniendo raíces reales en la sociedad iraní, aunque su base es ahora más pequeña. Se trata esencialmente de un régimen pequeñoburgués o de clase media-baja, y ese elemento de clase sigue siendo fuerte, incluso en el sector rural. Por muy impopular que sea el régimen en general, sigue contando con el apoyo de ese importante sector, fuertemente representado en la Guardia Revolucionaria. Muchos de los ideólogos religiosos, aquellos dispuestos a matar, provienen de familias de clase media-baja. Mientras exista esa base social, creo que el régimen está bastante seguro
¿Por qué debería Irán querer un programa de investigación nuclear, si no es para construir bombas atómicas? No necesita energía atómica para obtener energía, ya que tiene petróleo.
Su forma de pensar siempre ha sido que, para ser una gran potencia, es necesario disponer de tecnología nuclear. Por supuesto, Irán tiene mucho petróleo, gas, sol y viento, que son fuentes de energía más eficientes. Creo que es una idea errónea, pero desde su punto de vista, una nación que se precie en el mundo moderno necesita tener conocimientos nucleares. El sah, que inició el programa nuclear iraní, también pensaba así. Es una cuestión de prestigio nacional y, por supuesto, el derecho al enriquecimiento está inscrito en el Tratado de No Proliferación Nuclear. La estrategia de Irán era convencer a los estadounidenses de que no estaba interesado en ser una amenaza para Israel, permitiendo el acceso completo a los inspectores de la OIEA. Por eso era importante la iniciativa de Obama y por eso recibió tantas críticas de Tel Aviv. Antes de Obama, la política estadounidense era que Irán no debía tener ningún programa nuclear, ni siquiera para la investigación médica. Obama cambió esa posición, muy discretamente, ya que no quería que se supiera públicamente. Dijo: sí, Irán puede tener un programa nuclear, siempre que podamos verificar que no es para construir armas nucleares, y así se hizo. Los israelíes hubieran mostrado más inteligencia, si le hubieran dicho a Trump que mantuviera el acuerdo de Obama. Ahora la situación es mucho más ambigua. Afirman que devastaron las centrales nucleares con la guerra de junio de 2025, pero nadie sabe realmente cuánto uranio enriquecido hay ni dónde ha ido a parar. Puede que no tengan sistemas de lanzamiento, pero las bombas sucias pueden transportarse de otras maneras.
Volviendo a la cuestión de las sanciones: ¿qué efecto ha tenido esta coerción económica externa sobre la base de apoyo de la República Islámica?
Las sanciones han devastado a la clase media asalariada, especialmente durante los últimos cinco años. Las personas que trabajan en la Administración pública, que normalmente apoyarían ampliamente al régimen, se han visto diezmadas económicamente. Las clases más pobres se han visto reducidas casi a la pobreza extrema. Probablemente, las sanciones agravaron el impacto de la pandemia, lo que contribuyó a poner de manifiesto múltiples problemas; impidieron que Irán recibiera ayuda médica de Europa y es probable que algunas de sus vacunas no fueran tan buenas como las occidentales. Pero hasta ahora, a diferencia de lo que ocurrió en 1978-1979, no ha habido huelgas de funcionarios públicos en protesta contra el régimen. No sé si eso llegará a ocurrir, pero debe de haber mucho resentimiento económico.
El régimen sigue teniendo raíces reales en la sociedad iraní, aunque su base es ahora más pequeña. Se trata esencialmente de un régimen pequeñoburgués o de clase media-baja, y ese elemento de clase sigue siendo fuerte, incluso en el sector rural. Por muy impopular que sea el régimen en general, sigue contando con el apoyo de ese importante sector, fuertemente representado en la Guardia Revolucionaria. Muchos de los ideólogos religiosos, aquellos dispuestos a matar, provienen de familias de clase media-baja. Mientras exista esa base social, creo que el régimen está bastante seguro. No se echará atrás ante el derramamiento de sangre. Luchará con uñas y dientes para sobrevivir. La devastadora situación económica y las crecientes tensiones geopolíticas se han entrelazado con el endurecimiento de la perspectiva del régimen, su exclusión de cualquier opción de reforma parlamentaria y su mentalidad de Estado-cuartel, de formas que son muy difíciles de desentrañar. Hay un término persa: eres de los nuestros o no eres de los nuestros. Ese «nuestros» se ha ido reduciendo cada vez más, como resultado de treinta años de sucesivos recortes; las únicas personas en las que se puede confiar son los miembros del régimen. Es un clásico callejón sin salida.
Si el régimen sigue dependiendo para su legitimidad de la inspiración divina de los altos clérigos, mediada a través de la Constitución, ¿dirías que, considerando a la población en su conjunto, especialmente a los estratos urbanos, la profundidad de la creencia en el chiismo como cosmovisión es ahora mucho menor que en la década de 1980?
Sin duda, sí. Lo que ha ocurrido en Irán es similar a lo que ocurrió en la Europa del siglo XVII tras la Guerra de los Treinta Años. Cuando la religión se entrelaza tanto con la política, la guerra civil y los asesinatos en masa, la gente se rebela contra toda idea religiosa. En el discurso público de 1977-1979, el léxico era islámico: el islam era la solución. Los partidarios del régimen siguen hablando en términos religiosos, pero hay una gran distancia entre su lenguaje y el discurso público popular. El léxico de la protesta ahora se centra predominantemente en los derechos individuales: libertad, igualdad, emancipación de las mujeres; el discurso de la Ilustración. Lo más preocupante es que, en las últimas protestas de diciembre-enero, ha habido un resurgimiento de los tropos monárquicos, que es algo completamente distinto. Eso es inquietante, pero sigo pensando que la aspiración predominante es que el Estado respete los derechos individuales de las personas.
Los monárquicos tienen ahora una importante presencia en Internet, que llega al interior de Irán, con una panoplia de programas persas de noticias y análisis bien financiados. Y como la gente en Irán sabe que los medios de comunicación locales están controlados y son selectivos, muchos confían en las emisiones internacionales en línea, las cuales desempeñan un papel importante –centrándose en ciertos temas, exagerando ciertas cosas– que tiene una gran influencia en la percepción de la política iraní. Tienen mucho dinero, dinero sospechoso. Originalmente, creo, era dinero saudí, quizá también israelí. Hoy en día el contenido sugiere que está financiado por el gobierno de Trump, lo cual puede constatarse analizando cómo se presenta la crisis actual
Eso sugeriría que el régimen no tiene prácticamente ninguna legitimidad, aparte del 20 por 100 aproximadamente que has mencionado. Pero hay otra cuestión que también plantea el resurgimiento del monarquismo en el discurso de la oposición: ¿no tiene el régimen, o algunos de sus elementos, otro as en la manga, además de la religión, es decir, la resistencia a la injerencia y la intervención extranjeras? No necesariamente de forma burda, sino como un sentimiento más general de que Irán debería ser un país independiente y que lleva mucho tiempo siendo pisoteado, de formas que no benefician los intereses de la población.
Sí, hay un vector en ese sentido y el gobierno intenta utilizarlo. Tras la Guerra de los Doce Días de junio de 2025 ha habido mucha oposición nacionalista al ataque israelí-estadounidense. Mataron a más de mil civiles, porque no solo atacaron a la Guardia Revolucionaria, lo cual ha provocado la repulsa contra los atacantes durante un tiempo. Pero para un número cada vez mayor de personas, la ira ante lo que tienen delante –el régimen– se ha vuelto tan fuerte que lo culpan, a veces injustamente, de la crisis económica. Algunos sectores de la población incluso están dispuestos a hablar de liberación extranjera, al igual que los iraquíes cultos, que estaban tan enfadados con Sadam Husein que consideraban a Estados Unidos como un instruidos, creyendo que traería la democracia. Intento explicar a los iraníes que esto puede acabar igual que en Iraq: no con una liberación democrática, sino con la desintegración de la sociedad.
Actualmente hay una gran diáspora iraní en Estados Unidos, que quizá alcance el millón de personas, que cuenta con más de 300.000 solo en California. ¿Cuál es su composición social y política? ¿Qué importancia tiene, de forma latente o potencial, en el propio Irán?
La diáspora es ahora más grande y está más extendida que lo indicado por esas cifras; podría llegar a los cinco millones en el extranjero, en Turquía, Australia, partes de África, realmente en todas partes. Es la primera vez que Irán tiene una diáspora de esta magnitud. Su composición es muy heterogénea, es difícil conseguir algún tipo de frente unido entre los diversos grupos de la oposición. Algunos grupos proceden de la antigua aristocracia, otros se hallan constituidos por los estratos profesionales e intelectuales; el término «fuga de cerebros» se acuñó en realidad para Irán, debido al enorme éxodo de personas con estudios, médicos y técnicos. Y, por supuesto, existen divisiones étnicas; gran parte de la comunidad de Los Ángeles es bahá'í. No se puede hablar de la diáspora como un grupo único.
Políticamente, la primera generación que huyó de la Revolución se parecía mucho a los emigrés blancos que abandonaron Rusia después de 1917. Algunos de sus familiares habían sido ejecutados, otros expropiados; solían tener rencores personales contra el régimen. Muchos de ellos eran monárquicos o recordaban con nostalgia el régimen del sah. Sus hijos tienen una visión especialmente optimista de lo bien que se vivía bajo el sah. En parte ello es el resultado de una campaña mediática internacional muy bien financiada, que ha producido documentales de alta calidad, que muestran a Irán como una especie de tierra prometida bajo el mandato del sah: un país moderno, pacífico, próspero, un modelo de ley y orden; incluso la SAVAK, la famosa policía política del sah, era una buena institución. Si ves estos programas, a menos que sepas algo sobre el Irán de aquella época, es fácil que pienses que este paraíso fue destruido por siniestras potencias extranjeras, lo cual permitió a los clérigos tomar el poder.
Lo que claramente ha cambiado durante los últimos años es la relevancia política de los monárquicos en la diáspora activa, especialmente en Estados Unidos. Antes era la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán (MEK), los liberadores, los partidarios de la modernidad secular, que salvarían a Irán de los clérigos. Esta perspectiva se ha abandonado. El llamado cambio de régimen beneficia a la familia del sah, los Pahlevi. Los monárquicos tienen ahora una importante presencia en Internet, que llega al interior de Irán, con una panoplia de programas persas de noticias y análisis bien financiados. Y como la gente en Irán sabe que los medios de comunicación locales están controlados y son selectivos, muchos confían en las emisiones internacionales en línea, las cuales desempeñan un papel importante –centrándose en ciertos temas, exagerando ciertas cosas– que tiene una gran influencia en la percepción de la política iraní. Tienen mucho dinero, dinero sospechoso. Originalmente, creo, era dinero saudí, quizá también israelí. Hoy en día el contenido sugiere que está financiado por el gobierno de Trump, lo cual puede constatarse analizando cómo se presenta la crisis actual. Se muestra como una expresión del descontento popular, lo cual es cierto, pero se omite la razón principal: la devastación de la economía por el vigente régimen de sanciones draconianas. O hablarán de la escasez de agua como consecuencia de la corrupción o la mala gestión, que sin duda es un factor, pero no mencionarán el cambio climático.
¿Qué alcance tiene el atractivo de los Pahlevi dentro de Irán? ¿Se ha producido al respecto un cambio significativo?
No sé si se trata de un cambio. Los medios de comunicación internacionales se centran en consignas sobre los pahlevistas como si estos tuvieran una amplia aceptación dentro de Irán. Yo no diría que esta sea la situación: se trata de una presencia nueva, pero no general. Lo que está mucho más extendido, desde hace aproximadamente un año, es la idea de que cualquier apertura del régimen es imposible. Antes siempre existía la esperanza de que, si se protestaba, se podía conseguir que el régimen retrocediera un poco, que se produjeran reformas, etcétera. Eso se ha bloqueado ahora. Para la nueva generación, que ha crecido en los últimos quince años bajo un régimen cada vez más duro y en una situación económica cada vez peor, parece que la única salida es derrocar el sistema con la esperanza de que ello les dé el poder. En esa situación, la gente se aferra a cualquier esperanza política. Conozco a un par de personas que eran de izquierda durante y después de la Revolución y que de repente se han convertido en monárquicas. No son muchos, pero es una indicación de que incluso personas que deberían estar mejor informadas pueden acabar mitificando el gobierno del sah, porque están realmente desesperadas y frustradas con la situación actual. Como he dicho, lo más probable no es un cambio de régimen suave, sino la desintegración del país.
¿Cuál es la estrategia política de los monárquicos? Si consideramos determinadas expresiones de la cultura popular en Irán –por ejemplo, los temas pro sah en la música rap– parece que cuentan con seguidores pequeñoburgueses dentro del país. Pero en lugar de cortejar a una base populista, las redes establecidas en torno al antiguo príncipe heredero parecen empeñadas en seguir siendo uña y carne con Israel y Estados Unidos, albergando simplemente la esperanza de instauradas directamente por estos países. ¿Cómo interpretas esto?
La forma de pensar monárquica es en gran medida la concepción tradicional de que las decisiones políticas las toman quienes tienen el poder. Es una visión subalterna: el poder decide. Desde su perspectiva, si Estados Unidos e Israel deciden que el sah debe volver, entonces el sah volverá. Y, por supuesto, si se sigue esa lógica, la única forma en que el sah puede regresar es en el equipaje de un enorme ejército de ocupación. Los Borbones regresaron a Francia, pero solo porque les ayudaron a hacerlo los ejércitos británico, zarista, prusiano y austriaco. Sin una coalición de este tipo para ocupar Irán, soñar con el regreso del sah es una quimera. Y obviamente la idea de que de un modo u otro la democracia surgirá de la monarquía es una fantasía. Los Pahlevi son muy autoritarios en su forma de tratar a los grupos de la oposición. Tienen dificultades para trabajar con terceras partes. Son tan dogmáticos como los clérigos religiosos de Qom.
¿Qué ha sido del MEK, el partido muyahidín?
Ellos también estaban muy bien financiados, primero por Sadam Husein, cuando buscaron refugio en Iraq en la década de 1980, luego por los saudíes y probablemente en cierta medida por Israel. Se convirtieron en una secta, como los seguidores de la secta Moon, obedeciendo a su líder como autómatas. Seguramente siguen recibiendo financiación hasta cierto punto, ya que siguen teniendo presencia en Internet y probablemente desempeñan algún papel ayudando al Mossad a localizar a las personas que deben ser asesinadas. Pero no son muy visibles en la arena política. Hace unos meses celebraron una reunión en Bélgica a la que asistió Mike Pence, el antiguo vicepresidente de Trump; así que todavía tienen suficiente dinero para pagar a un político estadounidense. Pero está claro que alguien en Washington decidió que el hijo del sah era la mejor apuesta.
Trump ha hablado abiertamente de un cambio de régimen, un eufemismo para referirse a un coup d’état, aunque ese término ya no está de moda. Pero sigue significando que alguna fuerza armada, normalmente una sección del ejército, toma el poder. El problema con la situación iraní es que el ejército está completamente infiltrado por la Guardia Revolucionaria Islámica, que es más extremista que los clérigos. Los estadounidenses y los israelíes pueden pensar que, de alguna manera, alguien de dentro tomará el poder, pero esa persona será casi con toda seguridad un miembro de la Guardia Revolucionaria. También deben saber que los Pahlevi no van a volver a menos que haya tropas estadounidenses sobre el terreno
La crisis actual –Trump amenazando a Irán con ataques militares desde el mar Arábigo si no ceden a sus exigencias siempre cambiantes– se intensificó a partir de las protestas de los comerciantes a finales del pasado mes de diciembre por la grave crisis monetaria. ¿Cómo interpretas el repentino cambio del régimen, que pasó de declaraciones sobre la negociación con los manifestantes a dispararles con munición real?
Parece que pensaron que podían acallar las primeras protestas diciendo: os escuchamos, os comprendemos, intentaremos solucionar esto, admitiendo errores o reconociendo agravios. Pero una vez que las protestas se extendieron por todo el país a principios de enero, percibieron que la situación constituía una amenaza para el régimen. Y cuando se sienten amenazados, recurren, como en 1981, a la fuerza. Cualquier nivel de violencia estaría justificado, si el régimen se encontrara en peligro mortal.
¿Qué puedes decirnos del papel de los provocadores, o «agitadores externos», y de los llamamientos para que regrese el sah?
No creo que fueran agitadores externos. Obviamente, hubo algunos, pero las quejas que motivaron las protestas son auténticas. Lo crucial fue su magnitud y su alcance, porque se produjeron no solo en unas pocas ciudades, sino en todo el país. Creo que las autoridades subestimaron el resentimiento económico existente entre la población. Afecta a tantos niveles sociales diferentes que amenaza con desbordarse. Incluso podría haber derribado al régimen. Si no hubiera sido por la Guardia Revolucionaria y su disposición a usar la fuerza, podría haberlo hecho. La razón por la que murieron tantos miles de personas es porque la Guardia utilizó armamento de combate real en las calles. Creo que el hecho de que algunos manifestantes vinieran armados también incitó a la Guardia a responder con una fuerza desmesurada. Incluso después de esa represión asesina, han estado organizando grandes manifestaciones en apoyo al régimen, contra la amenaza estadounidense, de nuevo, utilizando símbolos nacionalistas en lugar de puramente religiosos. Son cada vez más flexibles a la hora de recurrir al nacionalismo, que antes consideraban una especie de ideología pagana; parece que tiene eco y puede atraer a estratos no religiosos, lo cual no hace sino incrementar la ira de quienes se sienten desafectos al régimen.
¿Cómo debe entenderse la actual ronda de negociaciones con los estadounidenses?
Una vez más, la posición estadounidense no tiene sentido. Como dice Jamenei, les concedes una exigencia y ellos piden otra. Entonces, ¿cuál es el resultado final? Dijeron que los misiles eran una gran amenaza. Pero durante la Guerra de los Doce Días, solo el 5 por 100 de los misiles lograron atravesar las defensas israelíes y ahora Israel estará mejor preparado. Entonces, ¿qué importancia tienen los misiles? ¿Son solo una forma de obligar a Irán a someterse? Una vez más, se suponía que los llamados «las milicias delegadas» representaban una amenaza para todo Oriente Próximo. Pero Hezbolá ha quedado prácticamente desmantelada. Las milicias mucho más pequeñas de Iraq han permanecido en silencio. Entonces, ¿por qué centrarse en ellas? Por eso, cuando se plantean estas exigencias, uno se pregunta qué más quiere Israel.
Trump ha hablado abiertamente de un cambio de régimen, un eufemismo para referirse a un coup d’état, aunque ese término ya no está de moda. Pero sigue significando que alguna fuerza armada, normalmente una sección del ejército, toma el poder. El problema con la situación iraní es que el ejército está completamente infiltrado por la Guardia Revolucionaria Islámica, que es más extremista que los clérigos. Los estadounidenses y los israelíes pueden pensar que, de alguna manera, alguien de dentro tomará el poder, pero esa persona será casi con toda seguridad un miembro de la Guardia Revolucionaria. También deben saber que los Pahlevi no van a volver a menos que haya tropas estadounidenses sobre el terreno. Por eso sigo pensando que, si te pones en el lugar de Netanyahu o Trump, que saben que realmente no puede haber un cambio de régimen en Irán, lógicamente deben estar pensando en hacer lo que hicieron en Iraq, Siria y Libia: desintegrar el Estado.
Existe, pues, una identidad azerí incipiente. Cuando se ve una sociedad que funciona con diferencias étnicas, se tiende a pensar que no son tan importantes. En la Yugoslavia de la década de 1960 la gente me aseguraba que realmente no había ninguna diferencia entre serbios y croatas, que todos trabajaban juntos, etcétera. Pero en cierto momento, especialmente si se producen presiones externas, las divisiones étnicas pueden agrandarse. Pueden ser utilizadas por la propaganda y la incitación. En los últimos veinte años, los israelíes han mostrado un interés malsano por la cuestión azerí. Ha habido una implicación sistemática de Israel en Azerbaiyán
¿Qué gravedad presenta la perspectiva de una secesión regional de las diversas minorías existentes en Irán? ¿Cuál es la más importante de todas ellas, la de los azeríes, la de los kurdos, la de los baluchíes o la de los árabes?
Las minorías más visibles son por supuesto la baluchi, la kurda y la árabe. Pero el verdadero problema, a largo plazo, es la cuestión azerí. Los azeríes se han integrado históricamente realmente bien en la elite, hasta el día de hoy. Jamenei procede de una familia azerí. El presidente es azerí. No se puede decir que haya una discriminación sistemática. Pero sí existe, en la cultura, en la vida cotidiana, una distinción entre persas y azeríes, y los azeríes son muy sensibles a cualquier tipo de insinuación étnica. Las bromas étnicas no son muy bien recibidas en Irán, especialmente las que se refieren a los azeríes. Existe, pues, una identidad azerí incipiente. Cuando se ve una sociedad que funciona con diferencias étnicas, se tiende a pensar que no son tan importantes. En la Yugoslavia de la década de 1960 la gente me aseguraba que realmente no había ninguna diferencia entre serbios y croatas, que todos trabajaban juntos, etcétera. Pero en cierto momento, especialmente si se producen presiones externas, las divisiones étnicas pueden agrandarse. Pueden ser utilizadas por la propaganda y la incitación. En los últimos veinte años, los israelíes han mostrado un interés malsano por la cuestión azerí. Ha habido una implicación sistemática de Israel en Azerbaiyán. Han publicado libros sobre cómo los azeríes del sur, los iraníes, anhelan unirse a sus parientes de Azerbaiyán. Esto, por supuesto, tiene muy buena acogida en Bakú, que aspira a expandirse hacia el norte de Irán. Así que eso es algo a lo que hay que estar atento.
Esto sería malo para Armenia.
Sí, sería una pesadilla para Armenia, pero un desastre para Irán. Hay comunidades azeríes dispersas por todo el país, no solo a lo largo de la frontera noroeste. La etnicidad no es algo con lo que se deba jugar en política. Es algo contraproducente y muy violento.
¿Cuál es el tamaño de la población azerí de Irán?
Alrededor del 20 por 100 o más. Los más interesados en estas poblaciones étnicas son los israelíes. Publican mapas de la región que se basan en gran medida en la primera etnografía soviética, que se interesaba mucho por la etnicidad y el idioma y elaboró mapas detallados de los grupos lingüísticos de Irán. Estos mapas no están actualizados. El persa se ha convertido en la lengua nacional a través de la educación. Pero todavía se encuentran identidades étnicas –bakhtiari, qashqai, luri– en las que permanecen los lazos familiares y locales.
Si la estrategia israelí es la destrucción del Estado iraní, esa es la ruta que seguirían. Así que estoy observando con atención ese posible desenvolvimiento, si realmente hay indicios de ello. Las personas que se oponen al régimen tienden a descartar este riesgo. Argumentan que Irán es diferente de los países vecinos, que lo que ocurrió en Iraq, Libia o Siria no podría ocurrir en Irán porque los iraníes son más sofisticados y no caerían en una guerra civil. Hay cierta arrogancia en cuanto a los peligros de la desintegración. Una señal a la que hay que estar atento es que se produzca una gran afluencia de armamento al país. Esto es lo que ocurrió en Siria donde la desintegración comenzó con las protestas y la narrativa convencional afirmó que Assad empezó a utilizar la violencia. Pero antes de que todo esto ocurriera se verificó una gran afluencia de armas estadounidenses a Siria
¿Qué puedes decirnos de los kurdos iraníes? Las protestas de 2022 por la mujer, la vida y la libertad parecían concentrarse en la región kurda.
Las zonas kurdas han sido la cuestión étnica más delicada desde la Revolución. En 1981 se produjo una gran revuelta kurda, cuando el Estado se definió explícitamente como chiita en la Constitución, suprimiendo todo margen real para la autonomía provincial. Muchos disidentes –los muyahidines y algunos grupos de izquierda– se trasladaron al Kurdistán para apoyarla. Tras su represión, los partidos kurdos se trasladaron a Iraq, pero el legado permanece. Todavía hay mucho resentimiento, especialmente por las ejecuciones posteriores a 1981. La región kurda también se extiende hacia el sur, hasta Kermanshah; no se localiza únicamente en la zona fronteriza.
Es difícil averiguar cuáles son los intereses estatales estadounidenses hoy en día. Trump toma decisiones de forma impulsiva. No hay Consejo de Seguridad Nacional, ni Departamento de Estado, ni burocracia que elabore memorandos diciendo «esta es una buena decisión», mientras el Pentágono interviene para perfeccionar los detalles. Lo que ocurre ahora en Washington es caótico, lo cual podría ser la receta para un desastre de grandes proporciones. Ni siquiera en las guerras existe un plan. No hay estrategia. ¿Alguien ha definido realmente cuáles son los intereses de Estados Unidos en Irán? No sé si queda algún experto en Irán en el Departamento de Estado. No es solo Trump. Durante la presidencia de Biden, a la única persona que sabía algo sobre Irán y sobre las negociaciones, Robert Malley, le retiraron la habilitación de seguridad y fue sometido a una investigación federal. ¿Por qué? Claramente porque no estaba de acuerdo con la política de máxima presión de Biden. No creo que haya una política estatal estadounidense. Hay una política israelí
¿Crees que esos problemas se agravarán o estallarán ahora, dada la implicación de Israel y demás factores concurrentes?
Eso me preocupa. Si la estrategia israelí es la destrucción del Estado iraní, esa es la ruta que seguirían. Así que estoy observando con atención ese posible desenvolvimiento, si realmente hay indicios de ello. Las personas que se oponen al régimen tienden a descartar este riesgo. Argumentan que Irán es diferente de los países vecinos, que lo que ocurrió en Iraq, Libia o Siria no podría ocurrir en Irán porque los iraníes son más sofisticados y no caerían en una guerra civil. Hay cierta arrogancia en cuanto a los peligros de la desintegración. Una señal a la que hay que estar atento es que se produzca una gran afluencia de armamento al país. Esto es lo que ocurrió en Siria donde la desintegración comenzó con las protestas y la narrativa convencional afirmó que Assad empezó a utilizar la violencia. Pero antes de que todo esto ocurriera se verificó una gran afluencia de armas estadounidenses a Siria. No sabemos exactamente de dónde procedían, pero llegaron. Si de repente viéramos una entrada masiva de armas en Irán, ello indicaría el comienzo de una guerra civil. Ya hay armas en las zonas kurdas, en Baluchistán, y en algunas zonas rurales la gente tiene armas de caza. Pero si de repente se vieran muchas armas en las ciudades, eso no sería normal en Irán. La gente de las ciudades no tiene armas. Esto no es Estados Unidos. Pero si empiezan a aparecer armas, la situación podría americanizarse muy rápidamente.
Tu razonamiento sobre el interés de Israel en la desintegración étnica de Irán es muy plausible. Pero sin duda eso sería un gran quebradero de cabeza para Estados Unidos, ¿no? La potencia estadounidense prefiere sin duda tratar con Estados estables y previsibles, incluso si no les agrada particularmente el régimen.
Estás hablando de la vieja política de los intereses estatales. Es difícil averiguar cuáles son los intereses estatales estadounidenses hoy en día. Trump toma decisiones de forma impulsiva. No hay Consejo de Seguridad Nacional, ni Departamento de Estado, ni burocracia que elabore memorandos diciendo «esta es una buena decisión», mientras el Pentágono interviene para perfeccionar los detalles. Lo que ocurre ahora en Washington es caótico, lo cual podría ser la receta para un desastre de grandes proporciones. Ni siquiera en las guerras existe un plan. No hay estrategia. ¿Alguien ha definido realmente cuáles son los intereses de Estados Unidos en Irán? No sé si queda algún experto en Irán en el Departamento de Estado. No es solo Trump. Durante la presidencia de Biden, a la única persona que sabía algo sobre Irán y sobre las negociaciones, Robert Malley, le retiraron la habilitación de seguridad y fue sometido a una investigación federal. ¿Por qué? Claramente porque no estaba de acuerdo con la política de máxima presión de Biden. No creo que haya una política estatal estadounidense. Hay una política israelí.
La purga de los expertos sobre Irán dentro del Departamento de Estado se parece a las antiguas acusaciones contra los expertos en asuntos árabes.
Efectivamente. Si no cuentas con nadie que conozca el país, es fácil decir: «Los israelíes saben lo que está pasando, obtendremos nuestra información de ellos». Es una forma de externalizar la política exterior en manos de otro país. Una de las grandes lecciones históricas de la Primera Guerra Mundial fue que las grandes potencias no deben externalizar su política exterior a aliados más pequeños, porque pueden verse arrastradas a guerras que pueden ser útiles para estos, pero que ellas mismas no quieren librar. Los actuales ocupantes de la Casa Blanca parecen ignorar este hecho.
27 de febrero de 2026
La NLR desea agradecer a Kevan Harris su contribución a esta entrevista.
Recomendamos leer Mitchell Plitnick, «Contener a Irán y sostener las políticas agresivas de Israel ha sido un enorme error político y diplomático occidental» y «La guerra que Estados Unidos ha elegido librar contra Irán se ha convertido ahora en la “Guerra de Ormuz»; Richard Beck, «Cómo se desmorona una hegemonía global: la crisis de Estados Unidos y la política reaccionaria imperante en el sistema-mundo capitalista»; William I. Robinson y M. Gürsan Şenalp, «La Pax Silica, el genocidio de Gaza y la crisis del capitalismo global», todos ellos publicados en Ant/agón. Tariq Ali, «Tierras conquistadas», NLR 151.
Este artículo ha aparecido en la New Left Review 156, revista bimestral de política y teoría publicada en Madrid por Traficantes de Sueños, y se publica con permiso expreso de su editor.