Ha llegado el momento de que Trump elija entre los intereses de Estados Unidos y los de Israel en la guerra contra Irán
Estados Unidos puede poner fin a la guerra contra Irán, pero solo si frena los planes genocidas y geopolíticamente maximalistas de Israel y permite que el acuerdo alcanzado logre fructificar en un proyecto estable de pacificación de la región. ¿Reunirá Donald Trump la voluntad política necesaria para acabar con esta desastrosa guerra para Estados Unidos librada únicamente para satisfacer los inviables intereses israelíes?
El jueves 11 de junio el presidente de Estados Unidos Donald Trump afirmó, no por primera vez, que se había alcanzado un acuerdo con Irán para reabrir el estrecho de Ormuz, poner fin a los combates e iniciar conversaciones sobre un acuerdo permanente entre los dos enemigos históricos. De acuerdo con la agencia de noticias semioficial iraní Fars era probable que los dirigentes iraníes firmaran el acuerdo, porque Estados Unidos había aceptado su contenido. Parece que finalmente esto se ha materializado o comenzado a materializarse. Las esperanzas de que termine esta calamitosa guerra elegida por Estados Unidos e Israel a menudo se habían desvanecido. Como de costumbre, Trump hizo muchas afirmaciones antes de la firma del acuerdo, entre ellas que había «hablado» con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Incluso llegó a incluir a Israel entre los muchos países, que habían aceptado los términos del acuerdo.
Pero la Oficina del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, adoptó el pasado jueves un tono diferente. Su comunicado afirmaba entre otras cosas lo siguiente: «Aunque Israel no forma parte del memorándum de entendimiento, el primer ministro ha expresado su agradecimiento por el compromiso asumido por el presidente Trump de que el acuerdo final estipulado al término de las negociaciones incluya la retirada del material enriquecido, el desmantelamiento de la infraestructura de enriquecimiento, la imposición de límites a la producción de misiles y el cese del apoyo de Irán a sus grupos terroristas aliados en la región». Era muy improbable que el memorándum de entendimiento (MOU) contuviese las condiciones descritas por Israel. Es posible que Trump le hubiera dicho a Netanyahu que ese era su contenido, pero lo más probable es que el mencionado comunicado de la Oficina del primer ministro israelí pretendiera reafirmar las propias posiciones de Israel para hacérselas saber a Trump a modo de señal de que no aceptaría ningún acuerdo que no cumpliese con estos términos.
Lo que Irán está intentando es obligar finalmente a Estados Unidos a elegir entre sus propios intereses y la defensa de los intereses de Israel. Hasta ahora Estados Unidos ha asumido el coste de sacrificar sus propios intereses para proteger a Israel de las consecuencias de sus propias acciones. Pero ahora la opinión pública estadounidense se ha vuelto en contra de esta política con mucha más fuerza y esta corriente va en aumento. Irán está tratando de sacar partido de ello, aprovechando la temeraria guerra de Trump y Netanyahu para abrir una brecha entre los dos aliados
Irán ha dejado claro repetidamente, que no consideraba negociar sobre su programa de misiles ni sobre su apoyo a los aliados regionales. Tampoco ha cambiado su postura oficial de que, aunque no tiene interés en desarrollar un arma nuclear, no va a discutir su programa nuclear hasta que se firmase el MOU y la guerra hubiera terminado. No hay motivos para pensar que estas posiciones, que Irán ha mantenido desde el inicio de la guerra, vayan a cambiar. Netanyahu se ha distanciado de modo estentóreo de la afirmación de Trump de la posibilidad de alcanzar un acuerdo, una maniobra claramente destinada a conceder a Israel libertad para actuar en el Líbano y potencialmente contra Irán directamente, si Israel así lo decide. Resulta igualmente obvio que tal acción israelí ponía en peligro el memorando de entendimiento tanto antes como después de su firma. Se trata de una indicación más de que, especialmente en lo que respecta a esta guerra de elección, los objetivos, las necesidades y las políticas estadounidenses e israelíes están divergiendo ampliamente. También es un recordatorio de que tal y como ha sucedido desde el inicio de esta guerra, Israel hará todo lo posible para impedir que el conflicto termine en términos que no sean los suyos. Si Trump quiere salir de esta guerra, tendrá que reunir la voluntad política que aún no ha encontrado para utilizar la considerable influencia que él, al igual que la totalidad de los presidentes estadounidenses, tiene para obligar a Israel a abandonar el Líbano y poner fin a sus ataques contra Irán.
Las diferencias existentes entre Estados Unidos e Israel son cada vez más evidentes
En declaraciones efectuadas a la cadena CBS News, partidaria de Trump, el vicepresidente estadounidense JD Vance afirmó hace el pasado 11 de junio lo siguiente sobre el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu: «A veces tenemos intereses que coinciden perfectamente y otras veces tenemos intereses que no lo hacen. Y lo que he observado en el primer ministro es que defiende agresivamente los intereses de su país: a veces eso significa que estamos de acuerdo y otras veces significa que no lo estamos». Son palabras inusuales viniendo de un vicepresidente estadounidense. El discurso habitual de la Casa Blanca a lo largo de los distintos gobiernos de los dos principales partidos siempre ha puesto de relieve la estrecha alineación y los intereses compartidos de ambos países. Las palabras de Vance reflejan la distancia cada vez más visible existente entre las políticas estadounidenses y las israelíes, pero, crucialmente, lo hace situando esa distancia en un marco personal en vez de político. Las fricciones personales entre los líderes israelíes y estadounidenses no son en absoluto inusuales. Lo que sí es inusual es que esas fricciones provoquen algo más que una pequeña fisura en la alineación política entre los dos aliados. Eso no quiere decir que no pueda haber una ruptura entre ambas partes. George H. W. Bush decidió obligar al entonces primer ministro israelí Yitzhak Shamir a participar en la conferencia de paz de Madrid, mientras que Barack Obama fue capaz de pasar por alto la feroz oposición de Netanyahu para asegurar el acuerdo nuclear con Irán.
Nunca se insistirá lo suficiente en que Estados Unidos ostenta el poder definitivo en esta relación. Independientemente de la influencia que tenga Israel, por mucho que agite su lobby en Estados Unidos, no puede sobrevivir sin el apoyo estadounidense. Estados Unidos, por su parte, no depende de Israel en absoluto
Pero tales rupturas políticas han sido extremadamente raras en las relaciones entre Estados Unidos e Israel, mientras que las fricciones entre Benjamin Netanyahu y los presidentes estadounidenses han sido mucho más comunes. Esas confrontaciones personales dan lugar a titulares llamativos, pero tienen poca importancia en las políticas seguidas. Así pues, cuando salió a la luz información de que Donald Trump se había enfurecido con Netanyahu por teléfono, diciéndole: «Estás jodidamente loco. Estarías en la cárcel si no fuera por mí. Te estoy salvando el culo. Ahora todo el mundo te odia. Todo el mundo odia a Israel por esto», fue escandaloso, pero no digno de mención realmente. Trump también sintió la necesidad de declarar sobre Netanyahu, como había hecho en ocasiones anteriores, lo siguiente: «Si le digo que haga algo, él lo hace». Trump tuvo que hacer estas declaraciones, porque Netanyahu había atacado la zona de Beirut, una línea roja sobre la que Irán había advertido explícitamente que provocaría su propia represalia y que Trump le había prohibido sobrepasar. Finalmente, Netanyahu desistió de continuar los ataques contra Irán tras una ronda de intercambios de misiles entre ambos países, pero el hecho de que se hubiera comportado contraviniendo el deseo expresado públicamente por Trump fue notable.
El resultado más probable, incluso con este memorando de entendimiento firmado, es que Israel será capaz de hacer lo suficiente para que un acuerdo permanente resulte imposible. Sin duda, Trump se conformará con que se reabra el estrecho de Ormuz, pero ese alivio será efímero. Este acuerdo temporal conducirá a una situación inestable no muy diferente a la que hemos presenciado durante los últimos dos meses en este frágil alto el fuego
Netanyahu fue presionado duramente tanto por sus partidarios como por sus oponentes en Israel para que respondiera con dureza al ataque de Hezbolá contra el norte de Israel y posteriormente al fuego de misiles de represalia de Irán. Probablemente Trump comprendía la presión a la que estaba sometido Netanyahu, pero ya se había metido él solo en un callejón sin salida al pedirle públicamente que actuara con moderación en lugar de esperar hasta después de que Israel hubiera lanzado sus ataques contra el Líbano e Irán, como probablemente habrían hecho otros presidentes estadounidenses anteriores más inteligentes que él. El desafío abierto de Netanyahu sembró dudas sobre el grado de control que Trump podía ejercer sobre su socio israelí, lo cual resultaba problemático para el presidente estadounidense desde dos puntos de vista. En primer lugar, a Trump le encanta ser el hombre al mando. Debe, siempre, aparecer ante sus seguidores fanáticos no solo como el hombre más poderoso de la sala, sino como el hombre que ejerce ese poder de tal manera que nadie se atreve a desafiarle. Pocas personas creen ya en esa fachada, pero todavía constituye la clave para los admiradores que Trump todavía conserva. En segundo lugar, y ello tiene más importancia, tal desafío intensificó las importantes dudas albergadas por los líderes iraníes sobre la capacidad de Trump de imponer un alto el fuego, que incluya el Líbano. Dado que la confianza iraní en la «buena fe» de Estados Unidos era prácticamente nula, el comportamiento de Netanyahu fue de lo más contraproducente, ya que daba a entender que, incluso si Trump estaba siendo sincero al comprometerse a detener la ofensiva israelí en el Líbano, podría simplemente ser incapaz de cumplir tal promesa.
Se tratará de una atmósfera combustible susceptible de reavivarse fácilmente en una nueva guerra y es imposible creer que Israel no encontrará la manera de hacerlo, ya sea atacando de nuevo a Irán o permaneciendo en el Líbano y reanudando allí su agresión, al tiempo que sigue matando de hambre a Gaza y estrangulando a los palestinos en Cisjordania
Estados Unidos puede detener a Israel, pero, ¿lo hará?
En el programa de noticias Democracy Now, el vicepresidente ejecutivo del Quincy Institute, Trita Parsi, señaló acertadamente el pasado 8 de junio: «Sin duda, una simple llamada telefónica o unas declaraciones airadas a los medios de comunicación no van a ser suficientes para que Netanyahu e Israel den marcha atrás. Si Trump se toma en serio la idea de frenar a los israelíes, ello debe ir acompañado de la restricción de la venta de armas y del intercambio de inteligencia, además de otras actividades, que permiten a los israelíes en todo caso perpetrar estos ataques». A estas alturas, incluso Trump sabe que lo que dijo Parsi es cierto. Lo sabemos porque, en determinadas ocasiones, Trump ha obligado a Netanyahu a dar marcha atrás, como hizo el año pasado, cuando este intentó reavivar la Guerra de los Doce Días con Irán y Trump le ordenó que «diera media vuelta a los aviones». Trump lo volvió a hacer durante la primera semana de junio, cuando le dijo a Israel que detuviera su represalia contra Irán. Nunca se insistirá lo suficiente en que Estados Unidos ostenta el poder definitivo en esta relación. Independientemente de la influencia que tenga Israel, por mucho que agite su lobby en Estados Unidos, no puede sobrevivir sin el apoyo estadounidense. Estados Unidos, por su parte, no depende de Israel en absoluto. La única cuestión es la voluntad política y, como ha sido el caso durante tanto tiempo, esta ha brillado por su ausencia. Pero Trump va a tener que reunir esa voluntad, si quiere salir de esta guerra. Solo para conseguir que se firmara este memorando de entendimiento, Trump ha presionado a Netanyahu para que se retire del Líbano, al menos hasta el punto de detener sus ataques contra Hezbolá y la población civil libanesa, cosa que este no ha hecho hasta la fecha incluso después de la firma del mismo. Lo más probable es que Irán insista en que Israel se retire completamente del país y permita a los residentes del sur del Líbano regresar a sus hogares o, más exactamente, a lo que ha dejado de ellos. Trump deberá hacer que esto suceda o, al menos, deberá hacer lo suficiente para apaciguar a Irán temporalmente.
El resultado más probable, incluso con este memorando de entendimiento firmado, es que Israel será capaz de hacer lo suficiente para que un acuerdo permanente resulte imposible. Sin duda, Trump se conformará con que se reabra el estrecho de Ormuz, pero ese alivio será efímero. Este acuerdo temporal conducirá a una situación inestable no muy diferente a la que hemos presenciado durante los últimos dos meses en este frágil alto el fuego. Se tratará de una atmósfera combustible susceptible de reavivarse fácilmente en una nueva guerra y es imposible creer que Israel no encontrará la manera de hacerlo, ya sea atacando de nuevo a Irán o permaneciendo en el Líbano y reanudando allí su agresión, al tiempo que sigue matando de hambre a Gaza y estrangulando a los palestinos en Cisjordania. Lo que Irán está intentando es obligar finalmente a Estados Unidos a elegir entre sus propios intereses y la defensa de los intereses de Israel. Hasta ahora Estados Unidos ha asumido el coste de sacrificar sus propios intereses para proteger a Israel de las consecuencias de sus propias acciones. Pero ahora la opinión pública estadounidense se ha vuelto en contra de esta política con mucha más fuerza y esta corriente va en aumento. Irán está tratando de sacar partido de ello, aprovechando la temeraria guerra de Trump y Netanyahu para abrir una brecha entre los dos aliados.
Recomendamos leer Jeremy Scahill, «El arte de la capitulación: entrevista al analista iraní Hassan Ahmadian»; Abdaljawad Omar, «Cuál es realmente el significado del último intercambio de ataques entre Irán e Israel y qué significa para la región»; Richard Beck, «Cómo se desmorona una hegemonía global: la crisis de Estados Unidos y la política reaccionaria imperante en el sistema-mundo capitalista»; y William I. Robinson y M. Gürsan Şenalp, «La Pax Silica, el genocidio de Gaza y la crisis del capitalismo global», todos ellos publicados en Ant/agón. Mitchell Plitnick, «¿Prescindirá Trump de Israel para llegar a un acuerdo con Irán?», Ant/agón, «A medida que el apoyo a Israel disminuye en Estados Unidos, la nueva «relación especial 2.0» empieza a tomar forma», «Trump sabe que ha perdido la guerra contra Irán y ahora busca desesperadamente una salida», «Qué cabe esperar del frágil alto el fuego vigente en Irán y en el Líbano», y «Trump tal vez desea abandonar la guerra con Irán, pero la primera ronda de negociaciones ha puesto de manifiesto retos inminentes», todos ellos publicados en Diario Red.
Este artículo se ha publicado originalmente en Mondoweiss y se publica aquí con consentimiento expreso de su editor.