Tras renunciar al uso de la fuerza militar, ¿el nuevo plan de Trump para derrotar a Irán consiste realmente en aplicar más sanciones económicas?
La ofuscación, la falta de visión estratégica y la nulidad intelectual del actual gobierno de Donald Trump y a fortiori de sus aliados europeos y globales están escribiendo páginas memorables sobre la incompetencia de la derecha estadounidense y europea, así como de la de sus respectivas clases dominantes y dirigentes, al tiempo que han puesto sobre la mesa la tremenda potencia del pensamiento estratégico del sujeto proletario global, que ha analizado la guerra, la crisis del capitalismo y la venalidad de los sistemas políticos democráticos, así como la crueldad e inviabilidad del orden internacional, de un modo políticamente brillante, realista y prospectivo. La «Operation Economic Outcast», lanzada por el presidente estadounidense y destinada a imponer sanciones secundarias a los países que comercien con Irán, es una admisión tácita de la derrota militar de Estados Unidos en esta guerra. Pero las sanciones llevan cuarenta y siete años sin producir los resultados deseados e Irán no va a permitir, que la potencia estadounidense dicte, cuándo termina la guerra
El martes 26 de agosto el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, desveló lo que el presidente Donald Trump había denominado su plan del «Economic D-Day», destinado a estrangular la economía de Irán en lugar de recurrir a la guerra para destruir su Estado. Resulta muy fácil descartar este plan, que curiosamente ha sido bautizado como «Operation Economic Outcast» [Operación Paria Económico], como otra estratagema de relaciones públicas de Trump, como un intento de convencer a su menguante base de seguidores del electorado «MAGA» de que Estados Unidos no está sufriendo una derrota humillante en el Golfo Pérsico. Sin duda el plan es este ejercicio de marketing, pero de su concepción podrían derivarse consecuencias todavía más negativas, dependiendo de hasta dónde quiera llegar el gobierno de Trump en su aplicación. Dicho sucintamente, el nuevo plan de Estados Unidos amenaza a quienquiera que no coopere, sea aliado o enemigo, con los nuevos dictados económicos lanzados contra Irán. El plan no funcionará e Irán no va a permitir que Estados Unidos decida cuándo cesan los enfrentamientos. La República Islámica seguirá buscando formas de presionar a Estados Unidos hasta que se satisfagan sus demandas, desenlace al que finalmente la potencia estadounidense deberá resignarse.
Trump está renunciando a la fuerza militar
La implicación más evidente de esta última maniobra es que Trump se ha visto obligado a reconocer que Irán ha derrotado militarmente a Estados Unidos. Estados Unidos ha agotado sus opciones militares, y el gobierno de Irán no solo sigue en pie, sino que es tan fuerte como lo ha sido en los últimos tiempos. Estados Unidos ha perdido quince de sus bases en la región del Golfo, ha agotado catastróficamente sus reservas de misiles defensivos y se ha visto obligado a desviar importantes recursos hacia la región desde Asia, abandonando en la práctica a aliados clave como Taiwán, Japón y Corea del Sur. Los Estados del Golfo, salvo los Emiratos Árabes Unidos, se han dado cuenta de que el compromiso de Estados Unidos con su seguridad no solo es poco fiable, sino que, incluso si deseara honrarlo, su capacidad para hacerlo no es la que ellos creían que era. Mientras tanto, Israel ha quedado en evidencia como un lastre para la seguridad y una marca política tóxica para Estados Unidos. Más allá de la repulsa que suscitan las acciones de Israel entre la opinión pública estadounidense, ahora también se le culpa, con razón, de haber arrastrado a Estados Unidos a esta guerra contraproducente, e incluso está siendo desenmascarado, por fin, como el verdadero obstáculo para poner fin al genocidio en Gaza, dado que se niega a cooperar incluso con los planes de la Junta de Paz, que le benefician de modo absoluto.
Aunque Trump y sus secuaces nunca lo admitirán, saben que han perdido. La prolongación de los combates significa un mayor deterioro de la capacidad de Estados Unidos para intimidar al resto del mundo mediante su desmesurada y extremadamente costosa potencia militar
Irán ciertamente ha sufrido en la guerra por los golpes estadounidenses, habiendo experimentado su economía, ya tambaleante, una devastación mucho mayor, y habiendo soportado la mayor parte del coste humano de los combates librados en el Golfo, tanto en vidas como en heridos. Pero la República Islámica no solo se ha mantenido firme frente al poderío militar estadounidense, sino que la posición del gobierno dentro del país también se ha fortalecido al haber resistido a dos potencias militares, que además disponen de armas nucleares. Al menos por ahora, la oposición en Irán se ha visto silenciada por una combinación de ira ante el ataque estadounidense-israelí y una fuerte represión de las protestas. Aunque Trump y sus secuaces nunca lo admitirán, saben que han perdido. La prolongación de los combates significa un mayor deterioro de la capacidad de Estados Unidos para intimidar al resto del mundo mediante su desmesurada y extremadamente costosa potencia militar.
Lo que no logrará esta nueva edición de guerra económica es forzar el cambio, al menos que este se circunscriba a un objetivo político muy concreto. La excepción que suele aducirse es el uso que hizo Barack Obama de las sanciones para incitar a Irán a entablar las negociaciones, que condujeron al acuerdo nuclear de 2015 y a la firma del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA). En este caso, sin embargo, ya existía un apoyo considerable tanto en el seno del gobierno como entre la población iraní a las negociaciones y las sanciones tenían por objetivo provocar un cambio muy concreto en el comportamiento de Irán, que había sido claramente comunicado a sus dirigentes. Fundamentalmente, el objetivo era lograr un acuerdo sobre las armas nucleares, que Irán no poseía ni pretendía desarrollar
Así que la potencia estadounidense está probando otras sendas de acción. Al traspasar el mando de la guerra contra Irán del secretario de Defensa Pete Hegseth al secretario del Tesoro Scott Bessent, Trump está intentando presentar su «Economic D-Day» como una iniciativa nueva, pero en realidad esta sigue una senda muy trillada. Se trata simplemente de imponer más sanciones económicas, táctica que no ha funcionado durante cuarenta y siete años y que no va a funcionar ahora. Y lo que es peor para Trump, Irán no va a permitir que Estados Unidos decida unilateralmente que la guerra ha terminado.
Las sanciones matan, pero no traen el cambio deseado por Estados Unidos
Bessent ha ofrecido muy pocos detalles en su presentación, pero parece evidente que Estados Unidos quiere intentar aislar económicamente a Irán, amenazando a sus principales socios comerciales con sanciones secundarias, si continúan haciendo negocios con el país. Entre los objetivos se incluirían tanto Estados como instituciones financieras, pero Bessent se negó a especificar cuáles, cuál sería el alcance de las sanciones y cuándo entrarían en vigor. No obstante, señaló que la puesta en marcha del plan de Estados Unidos amenazaba con «hacer estallar» el sistema financiero mundial. Las sanciones a Irán han provocado que la inflación se dispare hasta alrededor del 88 por 100, mientras que las tasas de inflación de algunos productos alimenticios y medicamentos han alcanzado niveles de entre el 400 y el 600 por 100. El valor del rial se ha desplomado hasta superar los dos millones por dólar. Con demasiada frecuencia, las noticias sobre este tipo de guerra económica van acompañadas de imágenes de gente deambulando tranquilamente por el centro de las ciudades o por los mercados, pero la realidad es que este tipo de guerra económica mata y destruye vidas.
La verdadera diferencia de esta propuesta respecto a las décadas de sanciones y a la política de «máxima presión» que Trump aplicó durante su primer mandato (y que, siempre conviene recordarlo, Joe Biden no hizo nada por revertir) es la relevancia otorgada a las sanciones secundarias. La idea es que si Estados Unidos amenaza a terceros países con sanciones, que podrían expulsarlos completamente del sistema financiero estadounidense, estos se sumarán a la campaña de aislamiento de la economía iraní. El problema es que los socios de Irán tienen pocos incentivos para ceder a la presión estadounidense
Lo que no logrará esta nueva edición de guerra económica es forzar el cambio, al menos que este se circunscriba a un objetivo político muy concreto. Estados Unidos lleva mucho tiempo utilizando las sanciones como medida punitiva, siendo cierto que causan mucho sufrimiento, pero fracasan la mayoría de las veces como medida coercitiva, fundamentalmente porque el sufrimiento que provocan recae sobre la ciudadanía y no sobre los gobernantes y aquella responde uniendo filas en torno a la bandera. La excepción que suele aducirse es el uso que hizo Barack Obama de las sanciones para incitar a Irán a entablar las negociaciones, que condujeron al acuerdo nuclear de 2015 y a la firma del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA). En este caso, sin embargo, ya existía un apoyo considerable tanto en el seno del gobierno como entre la población iraní a las negociaciones y las sanciones tenían por objetivo provocar un cambio muy concreto en el comportamiento de Irán, que había sido claramente comunicado a sus dirigentes. Fundamentalmente, el objetivo era lograr un acuerdo sobre las armas nucleares, que Irán no poseía ni pretendía desarrollar. En la mayoría de los casos, sin embargo, las sanciones se han utilizado para intentar forzar un cambio fundamental en el gobierno de un determinado país o incluso para derrocar a los gobiernos objeto de las mismas. En Cuba, Iraq, Rusia e Irán, entre muchos otros lugares, las sanciones se han empleado durante las últimas cuatro décadas sobre todo como instrumentos para intentar conseguir que estos países aceptaran su propia desaparición o, al menos, que asumieran condiciones, que nunca aceptarían que redundaban en su interés. De acuerdo con estos parámetros, no hay ningún ejemplo de que las sanciones hayan sido efectivas.
Reacción mundial
Es muy posible que Estados Unidos, una vez más, se limite a hacer alarde de su poder y en realidad no lleve muy lejos este plan. La verdadera diferencia de esta propuesta respecto a las décadas de sanciones y a la política de «máxima presión» que Trump aplicó durante su primer mandato (y que, siempre conviene recordarlo, Joe Biden no hizo nada por revertir) es la relevancia otorgada a las sanciones secundarias. La idea es que si Estados Unidos amenaza a terceros países con sanciones, que podrían expulsarlos completamente del sistema financiero estadounidense, estos se sumarán a la campaña de aislamiento de la economía iraní. El problema es que los socios de Irán tienen pocos incentivos para ceder a la presión estadounidense. El mayor socio comercial de Irán es China y Pekín ya ha dejado claro, que no cederá ante la intimidación estadounidense. De hecho, la legislación china prohíbe a las entidades chinas cooperar con ese tipo de regímenes sancionatorios. Ninguna empresa china está más preocupada por enfadar a Estados Unidos que por enfadar a su propio gobierno.
El mayor socio comercial de Irán es China y Pekín ya ha dejado claro, que no cederá ante la intimidación estadounidense. De hecho, la legislación china prohíbe a las entidades chinas cooperar con ese tipo de regímenes sancionatorios. Ninguna empresa china está más preocupada por enfadar a Estados Unidos que por enfadar a su propio gobierno
Otros socios importantes para implementar este nuevo régimen sancionador son Iraq, Turquía, los Emiratos Árabes Unidos, Afganistán y Pakistán, mientras que el comercio con la UE se concentra principalmente en las importaciones iraníes de productos y servicios europeos. Estados Unidos podría imponer sanciones a estos países, pero la mayoría de ellos son aliados estadounidenses. Y el papel de China no se limita a proteger su comercio con Irán. China cuenta con su propio sistema financiero, centrado en el Cross-Border Interbank Payment System (CIPS) [Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos], que aunque no es totalmente independiente del dólar estadounidense, ha crecido desde su creación en 2015. El sistema se creó específicamente como respuesta a la amenaza de las sanciones estadounidenses y, si bien no brindaría una situación ideal, ayudaría a amortiguar el golpe sufrido por cualquier país, que se enfrentara a las sanciones estadounidenses. Ello también aceleraría el estatus global del renminbi y del CIPS y el fin de la primacía del dólar como moneda mundial. Y sin duda espolearía a China a acelerar la expansión de su sistema financiero para desafiar el dominio estadounidense sobre las transacciones globales, contando para ello con el apoyo de muchos países, incluidos numerosos aliados de Estados Unidos, que no desean que siga ostentando este poder monopolístico.
Es muy dudoso que Bessent quiera arriesgarse a entrar en este escenario, incluso si su jefe no llega a comprender los peligros que todo ello acarrearía para el imperio estadounidense. Por eso es poco probable que Estados Unidos cumpla la amenaza de imponer las sanciones globales, que sugería el secretario del Tesoro estadounidense.
La respuesta iraní está al caer
Este plan manido no solo es un intento de ganar la guerra de elección lanzada contra Irán por medios no militares; también es un intento por parte del gobierno de Trump de dar la impresión de que Washington controla el curso de la misma. Resulta poco probable que este curso de acción tenga éxito. Tal vez Estados Unidos no quiere en realidad continuar la guerra abierta, pero Irán tiene poco interés en soportar estoicamente la presión económica estadounidense. El pensamiento táctico de Trump es mucho más cortoplacista que el de Irán y se centra en gran medida en las próximas elecciones de mitad de mandato. Mientras los Estados del Golfo buscan formas de exportar más petróleo por rutas distintas al estrecho de Ormuz, Trump cree que, si las sanciones funcionaran, los votantes estadounidenses verían menos combates en sus pantallas y disfrutarían de precios más bajos al llenar sus depósitos de gasolina, los cuales tal vez no descenderían a los niveles previos a la guerra, pero al menos podrían situarse cómodamente por debajo de los 4 dólares el galón.
Dado que es poco probable que la «Operation Economic Outcast» obtenga un gran éxito, lo que Irán probablemente querrá hacer es golpear las fuerzas y los intereses estadounidenses con la suficiente contundencia como para causar a Trump un daño político más importante. Los iraníes no quieren que Washington piense que puede estrangular la economía de su país impunemente
Irán también comprende la importancia de las elecciones estadounidenses de medio mandato. Teherán observa la creciente oposición a la guerra entre el electorado del Partido Demócrata y la posibilidad de que este recupere la Cámara de Representantes y posiblemente también el Senado. Todo ello forma parte de los cálculos de Irán para decidir sus represalias. No es una cuestión de si estas se producirán, sino de cuándo y cómo llegarán a implementarse. Irán ha demostrado en repetidas ocasiones que no va a permitir que Estados Unidos dicte el curso de esta guerra. También ha dejado claro que las exigencias que articuló en el Memorándum de Entendimiento a principios de este año siguen siendo sus parámetros de referencia para poner fin a la misma. Los Demócratas tendrán todavía más incentivos para impulsar cualquier resolución del conflicto que puedan vislumbrar, ya que podrán presentar las supuestas concesiones efectuada a Irán como fracasos imputables a los Republicanos en las elecciones presidenciales de 2028, al tiempo que cosechan el apoyo concedido por una amplia franja de la población estadounidense a la finalización la guerra.
Si los Republicanos conservan el control de ambas cámaras, o si se produce una división, Irán ajustará su respuesta en consecuencia. El tono y la intensidad de esa respuesta serán, en cualquier caso, cada vez más intensos y su graduación dependerá de las necesidades tácticas de Irán. Dado que es poco probable que la «Operation Economic Outcast» obtenga un gran éxito, lo que Irán probablemente querrá hacer es golpear las fuerzas y los intereses estadounidenses con la suficiente contundencia como para causar a Trump un daño político más importante. Los iraníes no quieren que Washington piense que puede estrangular la economía de su país impunemente. Tal vez Estados Unidos piense que la guerra abierta ha terminado, pero Irán no percibe así la situación y no va a permitir que Washington imponga un giro hacia la guerra económica, aunque esta también parezca que es un camino sin salida para la potencia estadounidense.
Recomendamos leer Mitchell Plitnick, «Contener a Irán y sostener las políticas agresivas de Israel ha sido un enorme error político y diplomático occidental» y «Por qué la izquierda debería apoyar el acuerdo de Trump con Irán», Richard Beck, «Cómo se desmorona una hegemonía global: la crisis de Estados Unidos y la política reaccionaria imperante en el sistema-mundo capitalista»; William I. Robinson y M. Gürsan Şenalp, «La Pax Silica, el genocidio de Gaza y la crisis del capitalismo global», todos ellos publicados en Ant/agón. New Left Review, «Irán bajo el fuego militar: entrevista a Ervand Abrahamian», Ant/agón&NLR 157, Tariq Ali, «Tierras conquistadas», NLR 151.
Este artículo se ha publicado originalmente en Mondoweiss y se publica aquí con consentimiento expreso de su editor.