Inteligencia artificial, tecnofascismo y guerra

Este documento es la versión condensada de un ensayo de Giorgio Griziotti «How to Survive Artificial Intelligence – Intelligenza artificiale, tecnofascismo e guerra».

<p>Un soldado empuja un sistema aéreo no tripulado RQ-7B Shadow, febrero de 2020 (foto de la Guardia Nacional Aérea de EE. UU. del sargento mayor Matt Hecht, https://www.rawpixel.com/image/3578313/free-photo-image-104th-brigade-engineer-battalion-aircraft-airfield; dominio público)</p>
Un soldado empuja un sistema aéreo no tripulado RQ-7B Shadow, febrero de 2020 (foto de la Guardia Nacional Aérea de EE. UU. del sargento mayor Matt Hecht, https://www.rawpixel.com/image/3578313/free-photo-image-104th-brigade-engineer-battalion-aircraft-airfield; dominio público)

A diferencia de la amenaza nuclear del siglo pasado -una posible catástrofe de la que nos engañábamos pensando que podíamos protegernos-, con la inteligencia artificial estamos inmersos en una transformación devastadora que ya está en marcha.

En los discursos dominantes se oscila entre narrativas simplificadas: la IA como dominio de las máquinas, como promesa salvadora o como herramienta transhumanista.

En cambio, se necesita una investigación que aborde el conjunto de fenómenos complejos generados por la entrada de la IA en el paisaje cotidiano, situándola en el contexto histórico y en el régimen de guerra que estamos atravesando.

Al trabajar sobre el concepto de neurocapitalismo desarrollado en la década de 2010, intenté poner de relieve cómo las tecnologías digitales, las redes sociales y las plataformas globales habían transformado las emociones, la cognición y los afectos en materia prima de valorización y en variables de control social. Hoy en día, el proyecto de IA de los tecnooligarcas -Musk, Thiel, Altman y compañía- incluso intenta reconfigurar al ser humano desde sus cimientos.

Ante una crisis sistémica ya manifiesta —social, política, ecológica, económica—, incluso las antiguas democracias representativas se reorganizan en entramados (entanglement) Estado-capital basados en lógicas oligárquicas. Pero las señales de impaciencia se multiplican. Ante esto, el poder busca nuevas formas de sedación a través de la comodidad que ofrece la IA: ¿un nuevo opio del pueblo?

En lugar de contraponer "inteligencia humana" e "inteligencia artificial", conviene analizar cómo surgen diferentes configuraciones cuando se encuentran: por un lado, la metatécnica como forma propia de la actividad humana -la capacidad cognitiva de crear nuevas técnicas reflexionando críticamente sobre ellas-; por otro, la metaautomatización como característica de la IA generativa. El machine learning es "automatización de la automatización": no se limita a mecanizar el trabajo cognitivo, sino que pretende englobar el propio proceso de ideación, automatizando la creación de herramientas. Sin embargo, la IA sigue estando vinculada a conjuntos de datos acotados y estáticos, a regímenes de entrenamiento e infraestructuras con costes ecológicos prohibitivos, concentrados en los oligopolios técnico-financieros. No posee una agentividad real: no puede redefinir sus objetivos ni generar contextos genuinamente nuevos. Un sistema de IA puede analizar miles de películas y producir guiones, pero no la revolución de la Nouvelle Vague. Puede calcular dentro de la física newtoniana, pero nunca habría concebido la relatividad o la mecánica cuántica.

En la IA se habla de alucinación para referirse a producciones lingüísticas sin sentido: afirmaciones incoherentes, semánticamente engañosas o erróneas, aunque sean formalmente coherentes. La distinción fundamental con la alucinación humana radica en la capacidad de reconocer el error. La alucinación de la máquina es una disfunción estadística sin capacidad de autocorrección. El modelo genera texto plausible mediante el cálculo probabilístico: puede funcionar en la mayoría de los casos, pero no siempre. Las "alucinaciones" se encuentran entre los principales obstáculos para la gobernanza algorítmica totalizadora y hacen que la rentabilidad sea incierta, lo que deja entrever el riesgo de una burbuja financiera mucho más imponente que las del pasado reciente.

El tecnofascismo intenta salir de este callejón sin salida confiando en la extensión ilimitada de los datasets y en la inflación de los modelos, una hybris tecnológica que ignora la imposibilidad de salvar la brecha cualitativa entre probabilidad y certeza mediante la acumulación estadística.

En la base de las colosales inversiones está el mito de la Inteligencia Artificial General (AGI). La novedad es que hoy en día el hardware manda: esto requiere enormes cantidades de chips especializados (GPU) alojados en centros de datos inmensos y que consumen mucha energía. Los fabricantes de chips se han convertido en las nuevas potencias económicas. Nvidia, líder mundial, es hoy la primera capitalización mundial (5 billones de dólares), más que el PIB de Alemania.

De estas consideraciones se desprende una perspectiva de extrema centralización del poder en megamáquinas capaces de mecanizar el trabajo cognitivo, sometiendo el general intellect a la racionalidad productivo-destructiva del capital. La IA se erige como una nueva frontera de la expropiación: al igual que las máquinas del siglo XIX expropiaban los conocimientos artesanales, hoy la IA pretende expropiar las facultades cognitivas, lingüísticas y relacionales.

Los chatbots se convierten en infraestructuras de la vida cotidiana. Cada vez más personas recurren a ellos para orientar aspectos íntimos de la existencia: desde la gestión familiar hasta la salud, desde la vida sentimental hasta la búsqueda de apoyo emocional. El asistente conversacional sustituye a las figuras tradicionales de mediación, desplazando el centro de gravedad de la experiencia hacia una interfaz algorítmica percibida como no crítica y omnisciente.

Donde el capitalismo industrial disciplinaba los cuerpos y los tiempos colectivos, hoy la IA actúa sobre la singularidad humana. Con la IA, este control se ejerce a través de una relación directa entre el individuo y la máquina: una especie de Gran Hermano predictivo que no se limita a observar, sino que participa en la formación de lo que observa. Las personas más frágiles consideran a la IA como un interlocutor emocional, un amigo o una pareja. Este vínculo afectivo radicaliza un ecosistema en el que las redes sociales y el comercio electrónico construyen un dispositivo de confort tecnológico personalizado.

Sin embargo, el coste político de esta arquitectura ya está resultando insostenible. Ante la precariedad generalizada y la pérdida de perspectivas dignas, la pasivización y la atomización comienzan a resquebrajarse. La historia muestra que las personas están dispuestas a arriesgar la vida cuando tienen algo por lo que luchar.

En otro plano, la IA muestra capacidades de rendimiento innegables en múltiples sectores de la actividad humana, donde investigadores especializados logran coproducir con la IA resultados que de otro modo serían difíciles de obtener. Dos ejemplos: en las humanidades, moviliza instantáneamente un patrimonio conceptual y terminológico que ninguna enciclopedia podría proporcionar de forma tan dinámica. En la investigación biomédica, ha permitido determinar la estructura tridimensional de cientos de millones de proteínas en pocos años, un salto con implicaciones decisivas para el desarrollo farmacéutico.

La situación es diferente en los usos generalistas destinados a la mayoría de la población, que producen una dependencia individual y colectiva aún más profunda y generalizada. Pero la cuestión no acaba aquí. Cuando los sistemas algorítmicos adquieren el poder de automatizar decisiones a gran escala —sobre a quién vigilar, a quién excluir, a quién designar como objetivo—, entramos en la necropolítica computacional.

La IA se convierte en una infraestructura letal de la violencia política y militar: drones autónomos, minas vagabundas, perros robot a los que se delega el derecho a la vida y a la muerte. Lo que vemos avanzar no son progresos para la atención, sino para la guerra y la muerte. Hitler había llevado a cabo el genocidio a través de los medios pesados del capitalismo industrial. Hoy en día, el régimen israelí, gracias a la complicidad del imperialismo estadounidense y de la UE, recurre sistemáticamente a la IA para llevar a cabo el genocidio del pueblo palestino. Sistemas como Lavender y Where's Daddy? han registrado a decenas de miles de palestinos como presuntos militantes, convirtiendo sus hogares en objetivos. El personal humano solo servía como «sello de aprobación», a menudo dedicando solo 20 segundos a cada objetivo antes de autorizar un bombardeo.

En manos de los regímenes cibernazis, estas megamáquinas allanan el camino para los genocidios algorítmicos y la aceleración del caos ecológico. Una violencia basada en infraestructuras de vigilancia y decisiones automatizadas que se vuelve más «eficiente», replicable y difícilmente imputable. Estas gobernanzas preparan un régimen de guerra en el que la IA se convierte en el eje de una capacidad de disuasión y destrucción desproporcionada.

Sin embargo, la centralización extrema choca con profundas limitaciones. «El excedente humano» escapa a cualquier captura algorítmica. Hoy en día, este concepto debe reconsiderarse: el excedente no es solo humano, sino de Gaia, un entramado vital que incluye lo más-que-humano. Solo una subjetividad distribuida puede generar colectivamente lo nuevo a través de la inteligencia relacional: no la suma de las interacciones individuales con la IA, sino el poder emergente de la cooperación arraigada en el tejido vivo. Este potencial nunca se puede reducir por completo a los datos de entrenamiento. La IA puede intervenir conjuntamente, pero la capacidad de construir nuevos horizontes surge de redes de relaciones que van más allá del cálculo algorítmico.

Cuando la lucha por satisfacer las necesidades primarias se vuelve ineludible, todo el dispositivo de captura afectiva se atasca. Las revueltas de la generación Z que parten del Sur Global operan con pragmatismo radical, centrándose en resultados concretos que, sin embargo, resultan capaces de derribar gobiernos, reapropiándose tácticamente de las mismas tecnologías digitales para coordinar las luchas.

La cuestión no es reformar los oligopolios. Tres direcciones emergen como campos de batalla: arrebatar las infraestructuras al monopolio; frenar la devastación ecológica; incorporar los conocimientos subalternos. Estas prácticas son fragmentarias, precarias y a menudo marginales, pero dan una indicación. Al igual que en los entanglements cuánticos, donde los estados distantes se influyen instantáneamente, surge una conectividad que escapa a las lógicas deterministas del control centralizado. La inteligencia artificial es uno de los campos de batalla en los que se juega la posibilidad de reorientar el tiempo histórico.


Este artículo se ha publicado originalmente en Effimera. Para quienes estén interesados, el ensayo está disponible en su totalidad aquí en lengua italiana.