¿Por qué la población palestina de Cisjordania se ha vuelto tan vulnerable al terrorismo de los colonos israelíes?

El plan «decisivo» de Israel para anexionar Cisjordania está llegando a su punto álgido, mientras el gobierno israelí presiona para despoblar los pueblos palestinos en todo el territorio palestino. Los palestinos de Cisjordania, que en su día fueron un bastión de la resistencia, se encuentran ahora indefensos

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Los residentes del pueblo palestino de Salem, al este de Nablus, observan un puesto de colonos israelíes de reciente creación el 27 de julio de 2026 - Mohammed Nasser/APA Images.

La población palestina de Cisjordania se encuentra en el punto más débil de su historia y en estos momentos se enfrentan a una campaña intimidatoria cada vez más intensa y de mayor envergadura concebida y desplegada por Israel para proceder a la limpieza étnica del resto de Palestina, lo cual hace flotar el fantasma de una segunda Nakba sobre las localidades y los pueblos cisjordanos. Los pogromos de los colonos israelíes alcanzaron su punto álgido a finales de la semana pasada, cuando estos aterrorizaron a la población palestina en los pueblos y localidades de toda Cisjordania, incluidas zonas situadas bajo la jurisdicción de la Autoridad Palestina (AP), de las zonas rurales de Nablus a las colinas del sur de Hebrón, pasando a los pueblos y aldeas de Masafer Yatta, incendiando coches y tierras de cultivo, causando daños a la propiedad, ocupando viviendas y abriendo fuego contra la población civil palestina.. Una y otra vez, el ejército israelí, presente en la mayoría de las agresiones terroristas de los colonos, ha dejado claro que intervenir para detener la violencia de estos no forma parte de sus funciones. En todo caso, el ejército israelí sí está dispuesto a infligir un duro castigo colectivo a cualquier comunidad palestina, que se atreva a defenderse de tales ataques terroristas. En estos momentos, el ejército se está preparando para lanzar una operación militar a gran escala en toda Cisjordania, que correría paralelamente a los pogromos en curso efectuados por los colonos, entretanto ha efectuado incursiones en la ciudad de Nablus y en varias localidades y aldeas vecinas del norte de Cisjordania, deteniendo a cientos de palestinos y realizando interrogatorios sobre el terreno. En Jenín, Ramala y Hebrón, el ejército también bloqueó carreteras y demolió propiedades.

Estas escaladas se producen días después de que una incursión de colonos en el pueblo palestino de Til, situado al sur de Nablus, dejara cuatro palestinos y dos israelíes muertos, después de que un residente palestino arrebatara un rifle a uno de los colonos atacantes y le disparara, mientras que soldados israelíes que se encontraban cerca del lugar del incidente también abrían fuego. Sigue sin estar claro, si el segundo colono asesinado en el mismo enfrentamiento murió a manos de palestinos o de israelíes.

Mientras tanto, el ministro de Hacienda, Bezalel Smotrich, que también dirige la Administración Civil que gobierna la vida de la población palestina en Cisjordania, afirmó que los palestinos de los pueblos cercanos a Nablus deberían correr la misma suerte que Jenin y Tulkarem, presentando el vaciamiento de esos campamentos por parte de Israel como un modelo para despoblar las zonas rurales de Cisjordania

Sin embargo, inmediatamente después de los sucesos de Til, el gobierno israelí y varios políticos israelíes movilizaron a la opinión pública en torno a la narrativa de que los colonos habían sido asesinados en un «ataque terrorista» palestino contra «excursionistas» israelíes, exigiendo una acción militar a gran escala para «desmantelar la infraestructura terrorista» en varias localidades palestinas, según un comunicado conjunto del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y del ministro de Defensa, Israel Katz. El lunes 27 de julio, Katz afirmó que había dado instrucciones al ejército para que se preparara para asaltar «otro campo de refugiados» en Cisjordania, cuyo nombre no se ha revelado, de la misma forma en que había asaltado Jenin,Tulkarem y Nur Shams en la Franja de Gaza en los últimos dos años, desplazando a más de 40.000 palestinos, que aún esperan poder regresar a sus hogares. Una operación a mayor escala se ha pospuesto hasta después del regreso de Netanyahu de su reunión con el presidente Trump en Washington celebrada estos días, según informaron los medios israelíes el pasado domingo. Mientras tanto, el ministro de Hacienda, Bezalel Smotrich, que también dirige la Administración Civil que gobierna la vida de la población palestina en Cisjordania, afirmó que los palestinos de los pueblos cercanos a Nablus deberían correr la misma suerte que Jenin y Tulkarem, presentando el vaciamiento de esos campamentos por parte de Israel como un modelo para despoblar las zonas rurales de Cisjordania.

Históricamente, esta campaña avanzaba de forma gradual, encontrando la resistencia a cada paso de la población palestina. Ahora ocurre lo contrario: las apropiaciones de tierras y las expulsiones se están acelerando rápidamente y a los palestinos apenas les quedan herramientas para defenderse. ¿Qué ha llevado a la población palestina de Cisjordania a esta situación? ¿Y cómo es que sus esfuerzos por resistir la colonización se han debilitado tanto que ahora su propia existencia en su tierra está en peligro?

Mientras la población palestina se prepara para los días todavía más sombríos que se avecinan, sigue soportando el terror diario infligido por los colonos desprovista de toda protección y sin capacidad alguna para hacer frente a la ofensiva que avanza. La sociedad palestina de Cisjordania no siempre ha estado tan indefensa, pero a medida que la vulnerabilidad palestina ha alcanzado un máximo histórico, también lo ha hecho proporcionalmente el estrechamiento del cerco por parte de Israel consistente en el despliegue de un esfuerzo sin precedentes para llevar a cabo una operación de limpieza étnica a gran escala en lo que queda de la patria palestina con el objetivo inmediato de reducir la población rural más allá de las principales ciudades cisjordanas. Históricamente, esta campaña avanzaba de forma gradual, encontrando la resistencia a cada paso de la población palestina. Ahora ocurre lo contrario: las apropiaciones de tierras y las expulsiones se están acelerando rápidamente y a los palestinos apenas les quedan herramientas para defenderse. ¿Qué ha llevado a la población palestina de Cisjordania a esta situación? ¿Y cómo es que sus esfuerzos por resistir la colonización se han debilitado tanto que ahora su propia existencia en su tierra está en peligro?

El desmantelamiento de la infraestructura de la resistencia

Hace cuarenta años Cisjordania tenía un aspecto muy diferente. Cuando estalló la Primera Intifada en el campo de refugiados de Jabalia, en Gaza, en diciembre de 1987, Cisjordania ya se encontraba sumida en protestas y huelgas generales, que movilizaban a miles de personas, organizadas a través de una densa red de partidos políticos y comités locales, que habían dedicado la década anterior a desarrollar su capacidad  y sus recursos, de grupos juveniles espontáneos que realizaban servicios comunitarios, tal y como documenta el investigador Jebril Muhammad en su análisis sobre estos movimientos, a sindicatos de agricultores, asociaciones de mujeres y organizaciones de asistencia jurídica. Muchas de estas entidades funcionaban como sustitutos de los órganos administrativos militares israelíes, que gobernaban a los palestinos, lo que les permitió boicotear durante años a las propias instituciones de la ocupación. Esta infraestructura, respaldada por la dirección de la OLP en el exilio bajo el liderazgo de Yasser Arafat, socavó de manera fundamental el control de Israel sobre la vida palestina.

Luego llegaron los Acuerdos de Oslo de 1993 y la fuerza social que había hecho posible la Intifada comenzó a desmoronarse, al principio de forma gradual y luego mucho más rápidamente a partir de 2005. Oslo creó la Autoridad Palestina como un órgano administrativo, que ofrecía una autonomía limitada en la Zona A, esto es, el 18 por 100 aproximadamente de Cisjordania, que alberga los principales núcleos urbanos palestinos. La Zona B, esto es, el 22 por 100 del área rural donde se encuentran la mayoría de los pueblos y localidades, quedó bajo el control civil (pero no de seguridad) de la Autoridad Palestina, mientras que el 60 por 100 restante, designado como Zona C, quedó bajo pleno control civil y militar israelí. En cierto modo, ello supuso una concesión parcial de Israel al pueblo palestino en la medida en que suponía un reconocimiento de que la autodeterminación palestina no podía reprimirse indefinidamente. Pero esa concesión tuvo un precio: la burocratización de las mismas fuerzas de base, que habían hecho posible dicha concesión en primer lugar.

«En la era de Oslo, la tendencia general pasó de la lógica del levantamiento a la lógica de la construcción del Estado», explicó Jebril Muhammad a Mondoweiss. «La Autoridad Palestina sustituyó a los organismos sociales, que habían liderado la Intifada. La idea de que estábamos construyendo un Estado significaba que los movimientos de base tenían que transformarse gradualmente en instituciones profesionales y esto no se limitaba a los organismos que fueron absorbidos por la Autoridad Palestina, sino que también se extendió a la sociedad civil». A lo que se refiere Muhammad es al proceso mediante el cual las organizaciones de la sociedad civil se transformaron de instituciones de base en ONG dependientes de donantes extranjeros. «Yo formaba parte de uno de esos movimientos que ayudaba a los agricultores durante la Intifada», afirmó Jamal Jumaa, coordinador de la campaña palestina de base «Stop The Wall». «Funcionabamos mediante un liderazgo colectivo basado en el consenso […] y estaba dirigido por miembros que eran ellos mismos agricultores». Esos grupos comenzaron a cambiar gradualmente tras los Acuerdos de Oslo, explica Jumaa, a medida que las delegaciones de «expertos» europeos presionaban a los grupos locales para que se profesionalizaran y adoptaran estructuras jerárquicas, dejando de lado a los agricultores y trabajadores que antes los dirigían.

Jumaa explica que esto formaba parte del procedimiento necesario para optar a la recepción de financiación extranjera. Se convirtió en la nueva forma en que los grupos sociales palestinos, ahora ONG, financiaban sus actividades. En el proceso, los voluntarios se convirtieron en empleados profesionales y las donaciones locales y la puesta en común de recursos fueron sustituidas por la ayuda extranjera, mientras que el voluntariado comunitario fue desplazado por programas sociales orientados a los servicios, respaldados por la Autoridad Palestina o por ONG. Muhammad afirma que esta trayectoria se acentuó todavía más tras la Segunda Intifada, que se prolongó de 2000 a 2005 y concluyó con el debilitamiento de la autoridad de la Autoridad Palestina tras el desarme de los grupos palestinos armados, que habían combatido a Israel durante los cinco años anteriores. «Durante la Segunda Intifada, la acción militar israelí se centró en las instituciones de la Autoridad Palestina, mermando su capacidad para cumplir con su responsabilidad de reconstrucción y asistencia social», explicó Muhammad. «Esto hizo que la Autoridad Palestina cediera el terreno a las ONG locales e internacionales».

El resultado es que la población palestina de Cisjordania se ve asediada en múltiples frentes, dado que sufre simultáneamente una crisis económica sin precedentes provocada por el estrangulamiento directo de sus actividades económicas y de sus ingresos salariales, una despiadada represión israelí dirigida contra cualquier forma de organización comunitaria o liderazgo social independiente, un liderazgo político fragmentado incapaz de ofrecer un horizonte político creíble y viable, una sociedad civil incapacitada y desempoderada por tres décadas de burocratización e inercia institucional de la mano de la Autoridad Palestina, y un ofensiva israelí cada vez más intensa desplegada en dos frentes, primero mediante la continua perpetración de pogromos por parte de los colonos y segundo mediante la realización de incursiones militares por parte del ejército israelí

En 2019 la UE añadió una condición más, exigiendo a las ONG palestinas que investigaran a su personal y a los beneficiarios para descartar que figuraran en una lista de grupos considerados como organizaciones terroristas, lo cual suponía de facto la criminalización en la práctica de amplios sectores de la vida política palestina como condición previa para recibir ayuda. A esta dependencia de la financiación extranjera se sumaba la dependencia de la población palestina de la propia economía israelí, ya que cientos de miles de palestinos dependían del trabajo que efectuaban dentro de Israel, pero cuyo acceso a la economía israelí fue revocado por completo tras el 7 de octubre, dejando sin trabajo a unos 200.000 trabajadores de la noche a la mañana. Al mismo tiempo, Israel ha lanzado una guerra económica contra la propia Autoridad Palestina, reteniendo sus ingresos aduaneros, que constituyen más del 60 por 100  del presupuesto de la Autoridad Palestina y que el Estado israelí recauda en nombre de esta en virtud de los protocolos económicos de la era de Oslo, lo cual ha provocado una crisis salarial que está implicando el colapso de la educación pública y los servicios sanitarios.

Todo esto se ha verificado sin que exista un liderazgo palestino unificado. La Autoridad Palestina, bajo el mandato de Mahmud Abás, que se ha mantenido comprometida con las negociaciones y la cooperación en materia de seguridad, ha perdido gran parte de su relevancia política, mientras que Hamás sigue marginado por los actores internacionales en la estela del genocidio en curso en Gaza. Antes de octubre de 2023, la mayor parte de la violencia de los colonos se limitaba a la Zona C. Hoy en día, los ataques en la Zona B se han convertido en algo habitual, culminando recientemente en los sucesos de Til. Israel, por otro lado, estableció el mes pasado la primera base militar dentro de la Zona A, lo cual no había sucedido durante las últimas dos décadas. El resultado es que la población palestina de Cisjordania se ve asediada en múltiples frentes, dado que sufre simultáneamente una crisis económica sin precedentes provocada por el estrangulamiento directo de sus actividades económicas y de sus ingresos salariales, una despiadada represión israelí dirigida contra cualquier forma de organización comunitaria o liderazgo social independiente, un liderazgo político fragmentado incapaz de ofrecer un horizonte político creíble y viable, una sociedad civil incapacitada y desempoderada por tres décadas de burocratización e inercia institucional de la mano de la Autoridad Palestina, y un ofensiva israelí cada vez más intensa desplegada en dos frentes, primero mediante la continua perpetración de pogromos por parte de los colonos y segundo mediante la realización de incursiones militares por parte del ejército israelí.

Una nueva doctrina de seguridad israelí

En el centro de la escalada se encuentran los colonos israelíes, que encabezan el enfrentamiento con la población palestina y constituyen el grupo de interés clave que respalda la candidatura de Netanyahu. Smotrich, uno de los artífices de la actual ola de pogromos, ha situado a los colonos en primera línea de la seguridad de Israel. Junto con Ben-Gvir, considera a estos como una herramienta para reprimir a la población palestina y mantener vivo el conflicto con las ciudades y pueblos palestinos. De este modo, la represión militar israelí contra la población palestina se convierte en algo perpetuamente necesario, lo que aleja el peligro del «terrorismo» palestino del propio territorio israelí.

La lógica de este establishment la ha expresado el general de división israelí Avi Bluth, jefe del mando central del ejército israelí, quien afirmó el pasado mes de mayo que era «casi un milagro» que los palestinos no hubieran iniciado una Tercera Intifada en respuesta a la violencia de los colonos

Este planteamiento contrasta radicalmente con la corriente más tradicional del establishment de la seguridad israelí, dominada por el centroizquierda israelí, que lideró la política israelí durante los primeros años tras la fundación del Estado, y que recientemente ha perdido gran parte de su poder. Este establishment tradicional considera que la violencia de los colonos, aunque no la expansión de los asentamientos en sí misma, supone un peligro para la seguridad de Israel debido a la inestabilidad que provocan dichos ataques. La lógica de este establishment la ha expresado el general de división israelí Avi Bluth, jefe del mando central del ejército israelí, quien afirmó el pasado mes de mayo que era «casi un milagro» que los palestinos no hubieran iniciado una Tercera Intifada en respuesta a la violencia de los colonos. Del mismo modo, el diario liberal israelí Haaretz informó la semana pasada de que algunos responsables de seguridad del ejército, cuyos nombres no se han revelado, temen que la moderación palestina ante la violencia y los incendios provocados por los colonos no pueda prolongarse indefinidamente. El lunes, el político de la oposición israelí Yair Golan, conocido por apoyar el bloqueo de Gaza tras los acontecimientos del 7 de octubre, se hizo eco de este sentimiento y afirmó en un discurso público que la violencia de los colonos en Cisjordania pone en peligro la seguridad del Estado, comprometiéndose a frenarla, si resulta elegido. Las encuestas no otorgan a Golan más de 10 de los 120 escaños de la Knésset en las próximas elecciones israelíes.

La contradicción entre estas concepciones de la seguridad sitúa a los colonos en el centro del debate y en primera línea del proceso de configuración de la nueva doctrina de seguridad israelí, que considera la fricción constante con las comunidades palestinas como un hecho dado y no como una aberración de un statu quo por lo demás «tranquilo». El surgimiento de esta concepción de la seguridad está íntimamente entrelazado con la identidad ideológica y religiosa de los colonos, que constituyen la mitad de la dualidad histórica de laicismo y religión presentes en la sociedad israelí. En opinión de Khaled Odetallah, fundador de la Universidad Popular de Palestina, los laicos representan a la clase media-alta, predominantemente askenazí, de la sociedad israelí, y son herederos de la izquierda sionista que fundó el Estado. Este grupo, afirma Odetallah, «se identifica con el modelo de un Estado basado en las instituciones y el Estado de derecho». En el marco de este modelo, explica Odetallah, es el Estado quien decide la política, no los colonos religiosos. Al otro lado del espectro político se encuentran «los religiosos, principalmente judíos no askenazíes, para quienes Israel es, ante todo, una entidad religiosa judía en la que la fe y la religión tienen prioridad sobre la ley y el Estado», explicó.

«El sionismo religioso es hoy el principal motor del proyecto sionista y se ha ido apoderando y remodelando las instituciones israelíes». «En el centro de este movimiento se encuentran los colonos que integran a grupos violentos en sus filas», añadió, refiriéndose a la cohorte de jóvenes judíos descontentos que han formado parte de grupos violentos como los Jóvenes de las Colinas (Hilltop Youth), que han aterrorizado a la población palestina en las zonas rurales de Cisjordania

Odetallah señala que la corriente religiosa, parte de la cual está formada por los jaredíes ultraortodoxos, se ha centrado históricamente en la vida religiosa y no ha participado en el proyecto sionista de construcción del Estado y la colonización. Con el paso del tiempo, sin embargo, ha surgido una nueva corriente: el sionismo religioso. «El sionismo religioso es un intento de fusionar el impulso expansionista sionista con la identidad religiosa, basado en una variante mística de la religiosidad judía, que ofrece una forma de ser religioso de manera libre, esto es, sin tener que subordinarse a una autoridad religiosa», afirmó Odetallah, señalando que esta corriente de la política israelí ha proporcionado a los judíos no askenazíes, que se sentían marginados, un proyecto político y la oportunidad de asumir el liderazgo en la política israelí. «El sionismo religioso es hoy el principal motor del proyecto sionista y se ha ido apoderando y remodelando las instituciones israelíes». «En el centro de este movimiento se encuentran los colonos que integran a grupos violentos en sus filas», añadió, refiriéndose a la cohorte de jóvenes judíos descontentos que han formado parte de grupos violentos como los Jóvenes de las Colinas (Hilltop Youth), que han aterrorizado a la población palestina en las zonas rurales de Cisjordania.

«Sionismo religioso» es el nombre del partido político liderado por Smotrich, pero la corriente política que representa también incluye al partido «Poder Judío» de Ben-Gvir. Para ambos grupos, dos son los objetivos principales, que han impulsado su proyecto político: la expansión de los asentamientos y la expulsión de los palestinos de Cisjordania de las zonas destinadas a la colonización. De cara a las elecciones del próximo otoño, estos dos objetivos están llegando a un punto crítico para su coalición de derecha, formada en colaboración con el Likud de Netanyahu. Pero la actual ofensiva de los colonos israelíes en Cisjordania trasciende con creces el contexto electoral y los cálculos políticos que este impone a los actores israelíes. Las fuerzas mucho más profundas que impulsan hoy el militarismo israelí son consecuencia directa de la división imperante en las doctrinas de seguridad en pugna en Israel, las cuales se caracterizan tanto por polarizaciones ideológicas como sociales. Estas divisiones están profundamente ligadas a la lucha por la identidad de Israel y a su capacidad para mantener su impulso expansionista en una región donde, tras un siglo de colonización, todavía no ha sido capaz de naturalizar su presencia.

Redefiniendo la sumud

Estas condiciones ya eran evidentes, cuando Bezalel Smotrich presentó por primera vez su «plan decisivo» para anexionar toda Cisjordania en 2015, algo que esperaba lograr «extendiendo la soberanía israelí» sobre el territorio, acabando así con cualquier posibilidad de un Estado palestino. El plan incluía la expansión de los asentamientos israelíes en territorio palestino y el acorralamiento de la población palestina en el menor territorio posible en centros urbanos aislados, esto es, en la Zona A, al tiempo que esta es expulsada gradualmente de las Zonas C y B como consecuencia del deterioro de las condiciones de vida, lo cual empujaría a sus habitantes a marcharse «voluntariamente». El eje central de este plan ha sido el movimiento de colonos, cuya campaña en pro de nuevos asentamientos, lanzada desde al menos 2020, ha sido financiada y facilitada por el gobierno israelí y solo ha recibido condenas sin consecuencias por parte de actores palestinos, árabes e internacionales. Como consecuencia de todo ello, los ataques de los colonos se han hecho más frecuentes y violentos, circunstancia que ha provocado la desaparición de comunidades rurales palestinas enteras desde octubre de 2023.

El «plan decisivo» ya no es una posibilidad remota. «Estamos en pleno proceso», afirma Khaled Odetallah, fundador de la Universidad Popular de Palestina y uno de los coeditores de Al-Janub: The Palestinian Journal for Liberation Studies. Para Odetallah, el principal asunto que deben plantearse los palestinos es cómo permanecer en sus tierras y resistir las implacables presiones, que Israel ejerce sobre las comunidades palestinas para que hagan las maletas y se marchen. La población palestina ha denominado a esta estrategia sumud, o «resistencia, resiliencia, tenacidad». Pero Odetallah no la considera una postura pasiva. «Es un esfuerzo por mantener la capacidad de la gente para quedarse y vivir como colectivo», explicó. «Esta tenacidad requiere mucho trabajo, tanto social como económico, y también mucho apoyo, sobre todo porque la actual ofensiva “decisiva” no da señales de detenerse». Una forma de reavivar la resistencia, que las facciones palestinas han reclamado continuamente, es la activación de los «comités de protección popular». Se trata de grupos de base formados por civiles locales, similares a las patrullas vecinales voluntarias, que protegen contra los ataques de los colonos y sirven como sistemas de alerta temprana para los pueblos que son blanco de pogromos. Mondoweiss ha informado recientemente sobre algunos de estos comités, que se enfrentan no obstante a una ardua batalla debido a la represión militar israelí y a las detenciones de sus organizadores, además de una falta generalizada de apoyo institucional, incluso por parte de las mismas facciones palestinas que los mencionan en cada uno de sus comunicados.

Esta situación contrasta radicalmente con la forma en que las fuerzas de seguridad israelíes describen estos comités a los que consideran una red formada por aproximadamente setenta organizaciones de la Autoridad Palestina, las cuales suponen la amenaza de una creciente fricción con los colonos, según funcionarios de seguridad anónimos que hablaron con Haaretz. Pero estos comités están mucho menos influenciados por la Autoridad Palestina y se asemejan más a iniciativas populares orgánicas, compuestas por residentes civiles ordinarios, carentes de recursos y desprovistos de apoyo, que intentan revivir el sumud de la década de la década de 1980. Sin embargo, la razón por la que no han logrado una mayor relevancia es precisamente la falta de apoyo institucional del que, según fuentes israelíes, disfrutan. La estrategia no tiene por qué reconstruirse desde cero, afirma Jamal Jumaa. «Ya existe una base de resiliencia y resistencia en Palestina a escala local en cada pueblo y en cada localidad», subrayó. «El pueblo palestino siempre ha demostrado su capacidad para mantenerse firme y la población palestina se mantiene firme actualmente en Cisjordania frente al asalto israelí». Pero estos esfuerzos locales, subraya Jumaa, requieren un liderazgo nacional en torno al cual la gente pueda unirse. «Eso es lo que falta», señaló, añadiendo que «también necesitamos reconstruir formas populares de solidaridad social a escala nacional y proporcionarles todo el apoyo posible». Solo el sumud palestino, afirma, puede dar resultados, pero solo cuando esté unificado y cuente con apoyo.


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Este artículo se ha publicado originalmente en Mondoweiss y se publica aquí con consentimiento expreso de su editor.El texto incorpora contenido parcial de otro artículo de Qassam Muaddi publicado también en Mondoweiss.