Medios y fines: en torno a Brzezinski visto por Edward Luce
Grey Anderson responde a las objeciones planteadas por Edward Luce a la reseña de su libro Zbig: The Life of Zbigniew Brzezinski, America’s Great Power Prophet (2025), publicada en la New Left Review y en Ant/agón, reafirmando el carácter intransigente de Brzezinski respecto a la coexistencia y convivencia pacífica con el régimen soviético y la remisión de su concepción respecto al mismo en el horizonte de su desestabilización y eventual hundimiento como de facto el asesor de Johnson y consejero de Seguridad Nacional de Carter intentó hacer desde la Casa Blanca
«Odio reseñar libros», le dijo el joven Zbigniew Brzezinski al editor de una revista en 1960, explicando que le resultaba «agotador intelectualmente, desmoralizador personalmente y destructivo en el ámbito académico». ¿Podría Edward Luce sentir lo mismo? Mi reseña de su libro publicada en la New Left Review y en Ant/agón, se queja Luce, ofrece una «descripción inexacta» del mismo, que revela un «malentendido básico de lo que debe hacer una biografía». Luce sostiene (1) que no capto los «medios pacíficos» inherentes a la estrategia antisoviética de Brzezinski; (2) que, contrariamente a mi sugerencia de que en su biografía edulcora las formulaciones más incisivas de su protagonista sobre el poder estadounidense, Brzezinski nunca habló del «imperio estadounidense»; y (3) que malinterpreto sus comentarios políticos publicados en el Financial Times. Permítaseme intentar aclarar las cosas.
Sin embargo, Brzezinski criticó a Eisenhower y a Dulles no por preferir la presión militar para provocar el retroceso de la URSS al acuerdo con la misma, sino por su renuencia a traducir las palabras en acciones
La tarea del biógrafo es presentar una vida en su totalidad, observa Luce. Esto es lo que Zbig: The Life of Zbigniew Brzezinski, America’s Great Power Prophet (2025) hace mejor, dado que transmite una vívida sensación de la personalidad de su protagonista, marcada por una «polonidad herida». Luce también es perspicaz al abordar sus años de formación como hijo de un diplomático en el Montreal de los exiliados. Esta es una verdadera aportación. Menos satisfactorio resulta el tratamiento de la visión política y el pensamiento estratégico maduro de Brzezinski.
Rechazando esa retórica hueca, así como la «pasividad» de la contención, Brzezinski abogaba por una «estrategia ofensiva» consistente en la intensificación de la lucha ideológica contra el bloque comunista y en la explotación de las fisuras etnonacionalistas presentes en su seno con el objetivo de provocar la disolución definitiva del sistema
Luce se opone a mi comentario sobre la defensa que hace Brzezinski del «interacción pacífica», que él interpreta como una «alternativa no bélica» y pacifista a las estrategias de reversión contrarrevolucionaria en Europa del Este. Sin embargo, Brzezinski criticó a Eisenhower y a Dulles no por preferir la presión militar para provocar el retroceso de la URSS al acuerdo con la misma, sino por su renuencia a traducir las palabras en acciones. En 1956, escribió Brzezinski en aquel momento, la aquiescencia ante las acciones soviéticas en Polonia y Hungría representaba una falta de determinación, que dejaba al descubierto la doctrina de la «liberación» como una máscara verbal para el «neoaislacionismo pasivo». Rechazando esa retórica hueca, así como la «pasividad» de la contención, Brzezinski abogaba por una «estrategia ofensiva» consistente en la intensificación de la lucha ideológica contra el bloque comunista y en la explotación de las fisuras etnonacionalistas presentes en su seno con el objetivo de provocar la disolución definitiva del sistema. «Es cierto», señaló en su artículo de 1957 en el que presentaba el concepto, que tal planteamiento «podría aumentar las tensiones mundiales» y «siempre se suscita el argumento de que esto conducirá inevitablemente a una Tercera Guerra Mundial», pero los riesgos de una desescalada desigual eran aún peores. Como asesor de Seguridad Nacional de Carter, Brzezinski llevó esta concepción a la Casa Blanca, intensificando la guerra psicológica y las acciones encubiertas destinadas a desestabilizar la URSS para propiciar el malestar en sus repúblicas no rusas; entre las prioridades se incluían Ucrania, donde su equipo operaba a través de la ZP UHVR (Representación Externa del Consejo Supremo de Liberación de Ucrania) del pogromista Mykola Lebed, así como la Asia Central musulmana y el Cáucaso.
Al caracterizar el papel de Brzezinski en la Casa Blanca, Luce retrata a un Carter «atormentado por la conciencia», dividido entre asesores rivales: el conciliador secretario de Estado Cyrus Vance y el maquiavélico Brzezinski. La noción de «una batalla por la mente del presidente» es pintoresca, pero engañosa. Carter llegó a la presidencia de Estados Unidos como un partidario acérrimo de la Guerra Fría, haciendo campaña contra la distensión y la supervisión del Congreso que, en su opinión, «paralizaban» a la CIA. Su religiosidad moralizante tampoco descartaba la aplicación despiadada del poder duro cuando era necesario. En cuanto a sus asesores, aunque Carter aceptaba consejos, decidía en soledad, con poco del regateo y la intermediación burocrática de un Johnson o un Clinton. «El aspecto más llamativo del liderazgo de Jimmy Carter», concluye Nancy Mitchell en su monumental historia basada en una exhaustiva investigación en los archivos, «es que rara vez escuchaba a nadie».
La afirmación más sorprendente de Luce es que «Brzezinski no hablaba del imperio estadounidense». Por el contrario, se manifestó repetidamente sobre el tema: ya en 1964 él y Huntington hablaron de Estados Unidos como un «imperio continental», y en la década de 1980 Brzezinski reflexionó sobre «el sistema imperial estadounidense», que «surgió en toda su plenitud solo después de la Segunda Guerra Mundial»
Luce, por su parte, exagera el contraste existente entre la adulación de Kissinger a los medios de comunicación y la obstinada indiferencia de Brzezinski. «Si yo quería que Cy [Vance] se sentara con cuatro o cinco de los principales columnistas», recordaba Carter, «él no lo hacía [...] Brzezinski, por el contrario, siempre estaba deseoso de ser el portavoz y le gustaba aparecer en Meet the Press, o informar a la prensa de la Casa Blanca de forma anónima». Al igual que Kissinger, recordaba el portavoz del Departamento del Tesoro, Joseph Laitin, «Brzezinski era uno de los mayores filtradores del gobierno». Con la ayuda de su secretario de prensa, el antiguo corresponsal de Time Jerrold Schecter, Brzezinski cortejaba incansablemente a la prensa. Los perfiles de revistas de la época (Elisabeth Drew en The New Yorker, James Wooten en Esquire) y los artículos de Sally Quinn en The Washington Post documentan estos esfuerzos y dejan claro por qué no tuvieron más éxito. El propio Luce se muestra evidentemente indeciso al respecto, al escribir que «Brzezinski era muy consciente de su imagen mediática» y, cien páginas más adelante, que «más que nunca, a Brzezinski parecía importarle un comino lo que la gente pensara de él».
La afirmación más sorprendente de Luce es que «Brzezinski no hablaba del imperio estadounidense». Por el contrario, se manifestó repetidamente sobre el tema: ya en 1964 él y Huntington hablaron de Estados Unidos como un «imperio continental», y en la década de 1980 Brzezinski reflexionó sobre «el sistema imperial estadounidense», que «surgió en toda su plenitud solo después de la Segunda Guerra Mundial». «Los lazos políticos y militares que pueden considerarse como la codificación del imperio estadounidense», resumió Brzezinski en su libro Game Plan: A Geostrategic Framework for the Conduct of the US-Soviet Contest (1986), «surgieron de la incipiente Guerra Fría»:
La contienda entre Estados Unidos y la Unión Soviética no es solo entre dos naciones. Es entre dos imperios. Ambas naciones habían adquirido atributos imperiales incluso antes de su colisión tras la Segunda Guerra Mundial, pero esa colisión ha acentuado la importancia estratégica de sus respectivos activos imperiales y ha intensificado su crecimiento imperial. Hay quien podría decir que esta visión equivale a afirmar que existe una especie de «equivalencia moral» entre la Unión Soviética y Estados Unidos. No sugiero eso. Utilizo el término «imperio» como un concepto moralmente neutro para describir un sistema jerárquico de relaciones políticas, que irradia desde un centro. La moralidad de tal imperio viene definida por los modos en que ejerce su poder imperial, con qué grado de consentimiento por parte de quienes se encuentran dentro de su ámbito de influencia y con qué fines.
El dominio de Washington no solo ha durado más que el de Moscú, sino que su magnitud ha superado todos los precedentes. Esa novedad es uno de los temas centrales de The Grand Chessboard: American Primacy and Its Geostrategic Imperatives (1997). El libro solo merece una breve mención en Zbig: The Life of Zbigniew Brzezinski, America’s Great Power Prophet, y Luce reconoce ahora que quizá debería haberle prestado más atención. Lejos de ser una modesta carta de principios para Estados Unidos como «equilibrador desde la distancia», Brzezinski ofreció un panorama audaz de la Eurasia posterior a la Guerra Fría, dominada por primera vez en la historia por una potencia externa, y una estrategia a largo plazo para su gestión. Sincero respecto al alcance de la supremacía estadounidense, Brzezinski fue sobrio en su pronóstico sobre su longevidad. «La democracia es enemiga de la movilización imperial», reflexionó, y sin la amenaza soviética no cabía esperar que Estados Unidos, cuya sociedad era cada vez más multicultural y hedonista soportara indefinidamente los costes de la hegemonía supracontinental. Los estadistas con visión de futuro tendrían que preparar la transición de «un compromiso imperial duradero y a veces costoso» a una estructura más colaborativa de «responsabilidad compartida», probablemente en una o dos generaciones.
¿Qué relación guarda el proyecto político e intelectual de Zbig: The Life of Zbigniew Brzezinski, America’s Great Power Prophet con la fluida labor de formación de opinión llevada a cabo por Luce en el Financial Times? Al promocionar su libro en el periódico, destacó la relevancia de Brzezinski para el momento geopolítico actual, argumentando que seguramente habría adoptado una línea más dura con Putin que la de Trump. (El llamamiento del ya anciano Brzezinski en 2014 a favor de una Ucrania neutral como zona de amortiguación no alineada entre la OTAN y Rusia se descarta como «una dosis de ablandamiento otoñal»). El propio Brzezinski adoptó una visión estoica del declive de la primacía estadounidense. En 2016, el año antes de su muerte, concluyó que, a pesar de sus formidables capacidades, Estados Unidos «ya no era la potencia imperial mundial». Seis años más tarde, Luce ofrecía una lectura diferente, celebrando al día siguiente de la invasión rusa de Ucrania, que «la extralimitación de Putin ha dado a Estados Unidos una inesperada oportunidad de seguir siendo el líder mundial». Luce aseguraba a los lectores del Financial Times en el verano de 2022, que «Rusia ha perdido esta guerra» y les dijo a finales de 2023, que «cada pieza de artillería que Estados Unidos envía a Ucrania es otra razón para que China se lo piense dos veces con respecto a Taiwán». Luce elogiaba también la presión ejercida por Trump sobre los aliados europeos de la OTAN el verano pasado para que aumentasen el gasto militar hasta el 5 por 100 de su PIB («algo que deberían haber hecho hace años»). En octubre esperaba que el expolio de los activos del banco central ruso «ayudara a Ucrania a salir adelante durante los próximos dos años». Luce se muestra perplejo, cuando yo sugiero que quiere que la guerra continúe. Simplemente quiere «ver el fin de la ofensiva rusa». Omitir los medios mientras se abraza el fin: en la retórica clásica el paso entre ambos se efectúa mediante el entimema, cuyo arte consiste en la omisión. Mientras los comentaristas de política exterior atlantistas luchan por aceptar las realidades militares en el Dniéper, podemos esperar que esto se repita muchas más veces.
Recomendamos leer Edward Luce, «Debatir Brzezinski», Ant/agón. Grey Anderson, «Contar Brzezinski: el cálculo del poder de la potencia estadounidense», Ant/agón/New Left Review 156. Richard Beck, «Cómo se desmorona una hegemonía global: la crisis de Estados Unidos y la política reaccionaria imperante en el sistema-mundo capitalista» y William I. Robinson y M. Gürsan Şenalp, « La Pax Silica, el genocidio de Gaza y la crisis del capitalismo global», ambos publicados en Ant/agón. Alexander Zevin, «Trump’s Gulf War», NLR 158. Giovanni Arrighi, Terence K. Hopkins e Immanuel Wallerstein, Movimientos antisistémicos (1999), Giovanni Arrighi, El largo siglo XX: Dinero y poder en los orígenes de nuestra época (1999) y Adam Smith en Pekín: Orígenes y fundamentos del siglo XXI (2007), Giovanni Arrgihi y Beverly J. Silver, Caos y orden en el sistema-mundo moderno (2001). The White House, National Security Strategy of the United States of America 2017 y National Security Strategy of the Unites States of America 2025.
Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista publicada en Madrid por Traficantes de Sueños.