La Anti-Defamation League y la composición de clase del apoyo reaccionario a Israel en Estados Unidos: entrevista a Emmaia Gelman

En su nuevo libro, The Anti-Defamation League and the Racial State (2026), Emmaia Gelman analiza la historia de la Anti-Defamation League y su proyecto político, que se remonta décadas atrás, de apoyar al imperio estadounidense, su racismo y su clasismo, en nombre de los judíos estadounidenses, de efectuar un nítido perfilado de la represión de los grupos de izquierda en torno a la idea de antisemitismo, sólidamente anclado desde su orígenes en una lectura reaccionaria de la composición de clase de la población judía y en general del conjunto de la estructura de poder de clase de la formación social estadounidense, y de apoyar al Estado de Israel en clave puramente reaccionaria, violenta y genocida

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El director ejecutivo de la Liga Antidifamación, Jonathan Greenblatt, ha calificado a los grupos judíos que piden un alto el fuego en Gaza como «el núcleo más sórdido del antisionismo» - Jeenah Moon/Reuters.

La Anti-Defamation League (ADL) ha sido considerada sistemáticamente como una prestigiosa organización de derechos civiles por los medios de comunicación predominantes, pero durante los últimos años, los activistas han rebatido esta visión y han animado a las organizaciones a romper sus vínculos con el grupo. En 2020 la coalición Drop the ADL publicó un manual en el que se detallaba la historia de la ADL en la represión de los derechos de los palestinos, el espionaje a activistas y la infiltración en movimientos de justicia social. «Aunque la ADL está integrada en el trabajo comunitario en torno a diversas cuestiones, tiene un historial y un patrón constante de ataques contra los movimientos de justicia social liderados por comunidades de color, personas queer, inmigrantes, musulmanes, árabes y otros grupos marginados, al tiempo que se alinea con la policía, los líderes de la derecha y los autores de la violencia de Estado», se lee en la declaración de la coalición. «Lo que resulta todavía más inquietante es que, a menudo, la ADL ha llevado a cabo esos ataques bajo la bandera de los “derechos civiles”».

Esta historia se detalla en el importante nuevo libro de Emmaia Gelman, The Anti-Defamation League and the Racial State, publicado el pasado mes de junio por University  of California Press. Gelman, directora fundadora del Institute for the Critical Study of Zionism, ofrece a los lectores la primera historia jamás escrita sobre la ADL y su conexión con el imperio occidental. Michael Arria, corresponsal de Mondoweiss en Estados Unidos, ha hablado con Gelman sobre los orígenes de la ADL, su historial antizquierdista y su papel actual en la política estadounidense.

Mondoweiss: Me gustaría empezar hablando de los orígenes de la ADL. ¿Podrías hablarnos de su fundación, de su orientación política inicial y de cómo era percibida en esos momentos?

Gelman: Desde su creación y al menos hasta la década de 1970, los judíos de clase trabajadora y de izquierda consideraban a la ADL una organización conservadora y de clase alta. Se fundó específicamente como una organización de clase alta para defender la reputación de los judíos blancos de Europa Central frente a la llegada de nuevos grupos de judíos a quienes percibían como inmigrantes «no tan blancos», rebeldes y anticuados, que en buena parte eran refugiados del Imperio ruso. Para situarnos en el contexto adecuado es preciso recordar que en el siglo XIX, cuando los judíos de habla alemana emigraron de Europa Central, se trató en su mayoría de judíos burgueses o que aspiraban a serlo. Estos judíos se incorporaron al proyecto de colonización de Estados Unidos, creando empresas y negocios en las zonas fronterizas y, en algunos casos, participando en guerras de conquista, lo cual les hizo establecerse como parte de la clase capitalista estatal blanca. A finales del siglo XIX, había en Estados Unidos en torno a 350.000 judíos de este tipo. La siguiente ola de inmigración judía procedente de Rusia, azuzada por los pogromos, persecuciones y restricción impuestas por los zares y del horrible antisemitismo imperante en este país, trajo a Estados Unidos a más de dos millones de judíos rusos. Los judíos alemanes de clase alta, que ya vivían en Estados Unidos y se sentían plenamente integrados en las altas esferas blancas se sintieron abrumados, lo cual propició que sintieran un auténtico desprecio por estos judíos europeos orientales, a quienes llamaban östjuden, los judíos del Este. Los consideraban, y estas son palabras provenientes de los libros de historia, paletos, atrasados e incivilizados. Les preocupaba, con razón, que otros blancos estadounidenses compartieran su antisemitismo hacia estos judíos y metieran a todos los judíos estadounidenses en el mismo saco. También les preocupaba que estos nuevos inmigrantes judíos, que se habían organizado contra el zar y que en muchos casos eran anarquistas, comunistas y socialistas, se organizaran políticamente de formas que desafiaran el Estado que estaban tratando de construir en Estados Unidos. Y, por último, a estos judíos de clase alta les preocupaba que muchos de los nuevos llegados fueran demasiado religiosos y, por lo tanto, pudieran dañar el carácter laico y liberal de la vida estadounidense.

La clase trabajadora y los judíos inmigrantes de izquierda, a quien este estrato judío rico intentaba controlar, los consideraban una especie de policía, mientras que las clases de la elite estadounidense, lo que yo denomino la «clase del Estado-capital», contemplaba a estos judíos burgueses como aliados.Y en el período previo al Holocausto nazi, ese conservadurismo se puso de manifiesto. La ADL, en lugar de defender a los judíos de Europa frente a las acusaciones de los nazis de que formaban parte de la conspiración comunista, optó por denunciar la idea de que pudiera haber judíos comunistas y por condenar el comunismo, dejando básicamente que los judíos europeos fueran atacados y vilipendiados por los nazis

Así pues, los judíos llegados a Estados Unidos a mediados del siglo XIX y bien integrados a principios del siglo XX veían a estos judíos inmigrantes como una amenaza en parte porque les preocupaba que incitaran a los nacionalistas blancos, que también estaban atacando a la comunidad judía en esos momentos. Su defensa contra el antisemitismo era conservadora. La clase trabajadora y los judíos inmigrantes de izquierda, a quien este estrato judío rico intentaba controlar, consideraban a sus miembros una especie de policía, mientras que las clases de la elite estadounidense, lo que yo denomino la «clase del Estado-capital», contemplaba a estos judíos burgueses como aliados. Así que, sin duda alguna, los judíos estadounidenses consideraban a la ADL como una organización conservadora. Y en el período previo al Holocausto nazi, ese conservadurismo se puso de manifiesto. La ADL, en lugar de defender a los judíos de Europa frente a las acusaciones de los nazis de que formaban parte de la conspiración comunista, optó por denunciar la idea de que pudiera haber judíos comunistas y por condenar el comunismo, dejando básicamente que los judíos europeos fueran atacados y vilipendiados por los nazis.

La ADL, al igual que otros grupos judíos similares, también se mostró preocupada por la nueva oleada de judíos pobres y desesperados, que podrían llegar a las costas de Estados Unidos como refugiados procedentes de la Europa nazi. Y, una vez más, su preocupación era que ello exacerbaría el antisemitismo: la desesperación, la falta de asimilación y el carácter extranjero de otro grupo de judíos volverían a ser perjudiciales para los judíos de Estados Unidos. Por ello, en un principio no abogaron por que Estados Unidos suavizara sus restricciones migratorias y, en algunos casos, propusieron que se admitiera a las clases altas y a los profesionales cualificados de entre los refugiados huidos de la Alemania nazi. Por el contrario, propusieron que los judíos refugiados, esto es, pobres y vulnerables, fueran reasentados en Palestina.

Durante la Guerra Fría, la ADL se convirtió en una organización anticomunista. Esta fue su siguiente etapa y hasta la actualidad la ADL ha sido una organización profundamente anticomunista. Colaboró con la cacería de brujas de McCarthy y con los periódicos de derecha

Es importante comprender de qué modos el conservadurismo de la ADL la enfrentó a la mayoría de los judíos durante la mayor parte del tiempo de formas que tuvieron efectos realmente tangibles. Durante la Guerra Fría, la ADL se convirtió en una organización anticomunista. Esta fue su siguiente etapa y hasta la actualidad la ADL ha sido una organización profundamente anticomunista. Colaboró con la cacería de brujas de McCarthy y con los periódicos de derecha. Su abogado jefe era colega del asesor jurídico principal de McCarthy, Roy Cohn, y del columnista anticomunista, experto en cuestiones personales y privadas, Walter Winchell. Lo que resulta confuso de todo este cuadro es que, aunque los judíos de izquierda comprendían perfectamente que la ADL era una organización conservadora que además los vigilaba, este tipo de represión anticomunista se presentaba ante la opinión pública como una forma de «protección de la democracia». Y ello no solo por parte de la ADL, sino de la totalidad del gobierno estadounidense y de gran parte de la sociedad civil. El Estado también denunciaba a los comunistas y los perseguía, mientras declaraba que ello era una forma de proteger los derechos y la democracia. Así que creo que ahí es donde empezamos a percibir de dónde surge la confusión: la ADL ha estado tan estrechamente alineada con el Estado estadounidense en su conservadurismo que a veces se la ha confundido con una fuerza liberadora del mismo modo que se ha confundido a los propios Estados Unidos con una fuerza liberadora de este tipo, cuando en realidad es una institución inapelablemente racista e imperialista.

Escribes sobre la oposición inicial del grupo a los movimientos anticolonialistas en Oriente Próximo. ¿Cuándo comenzó la conexión de la ADL con el proyecto sionista?

La ADL no fue sionista hasta mediados de la década de 1950, pero sin duda ya era antiárabe antes de esa fecha. En 1946 los representantes de la Liga Árabe comenzaron a intentar influir en la política estadounidense para denunciar cómo el apoyo de Estados Unidos estaba impulsando la colonización de Palestina y alimentando el conflicto colonial en la región. La ADL atacó a esos representantes árabes tildándolos de constituir una especie de insurgencia extranjera. Los describió en sus libros y materiales como una influencia nefasta, que intentaba subvertir la política exterior estadounidense, lo cual no dejar de resultar un tanto hilarante, ya que defendían sus intereses exactamente del mismo modo que lo hacía la ADL. La ADL era profundamente americanista: su compromiso era con Estados Unidos y con el proyecto estadounidense. Así pues, inicialmente no estaba interesada en la colonización de Palestina, ni en un proyecto de liberación judía. Desde luego, tampoco estaba interesada en un proyecto agrario. Pero empezó a interesarse por el sionismo a mediados de la década de 1950, cuando, durante la crisis de Suez, los grupos que consideramos organizaciones judías tradicionales se dieron cuenta de que Israel era un actor geopolítico estratégico del imperialismo occidental, que podía funcionar como un actor delegado en la región y que podía convertirse, pues, en un puesto avanzado del mismo. Podría transformarse, en suma, en una herramienta para controlar al mundo árabe.

En 1967, en el momento en que la comunidad judía estadounidense se movilizó ampliamente para mostrar su interés y su apoyo a Israel a raíz de la Guerra de los Seis Días, la ADL, junto con otras organizaciones judías tradicionales, se dio cuenta de que la cuestión de Israel era una herramienta de movilización realmente eficaz para los judíos estadounidenses. En aquel momento estaban sufriendo una hemorragia de afiliados. Los judíos estadounidenses estaban asimilados, gozaban de una buena situación económica y tenían, en general, lo que deseaban. No necesitaban pertenecer a organizaciones judías para forjar su identidad. Se identificaban como miembros blancos de la sociedad estadounidense y no eran especialmente religiosos. Así pues, las organizaciones judías buscaban a toda costa formas de retener a su gente. La idea de que los judíos estaban en peligro, la idea de que Israel podía constituirse como una causa por la que luchar y la necesidad de recaudar fondos para sostenerlo resultaron ser una forma de volver a movilizar a gran parte de la comunidad judía estadounidense. Y en consecuencia estas organizaciones se reestructuraron en torno a este nuevo modelo.

Pero la ADL empezó a interesarse por el sionismo a mediados de la década de 1950, cuando, durante la crisis de Suez, los grupos que consideramos organizaciones judías tradicionales se dieron cuenta de que Israel era un actor geopolítico estratégico del imperialismo occidental, que podía funcionar como un actor delegado en la región y que podía convertirse, pues, en un puesto avanzado del mismo. Podría transformarse, en suma, en una herramienta para controlar al mundo árabe

Mencionas que la ADL estaba comprometida con el anticomunismo y que tenía las conexiones, que has mencionado con el Estado estadounidense. ¿Son estos rasgos lo que les permitió empezar a ser percibida como una autoridad en materia de derechos civiles entre la mayoría de la sociedad estadounidense?

Hay dos pequeños episodios históricos que a menudo pasamos por alto y que provocan esta confusión. En un principio, el movimiento por los derechos civiles, en la medida en que se convirtió en un proyecto nacional a mediados de la década de 1950 en Estados Unidos, era realmente limitado. En aquel momento, ya era lo suficientemente radical como para reclamar la igualdad de derechos ante la ley, la igualdad formal y la indiferencia hacia el color de la piel. Pero ya no concebimos el antirracismo de esa manera. Entendemos que el antirracismo exige que nos enfrentemos al capitalismo, que redistribuyamos los recursos y el poder que se ha acaparado y que desmantelemos las formas en que la «blanquitud» ha servido para mantener la propiedad y los privilegios. Sabemos que muchas premisas sobre lo que es «normal» son, en realidad, premisas supremacistas blancas centradas en los blancos, y que tenemos que romper ese orden para acabar con el racismo.

En el momento en que la ADL se incorporó al movimiento por los derechos civiles, ello no significaba acabar con el racismo de esta manera. Se trataba, por el contrario, de reclamar una igualdad de un carácter más simple y formal. Además, la ADL se incorporó al movimiento por los derechos civiles como una organización anticomunista. Una vez más, trabajaba codo con codo con el Estado estadounidense. Estados Unidos intentaba que las naciones de todo el mundo se alinearan con su liderazgo contra el comunismo soviético. El gobierno estadounidense defendía que su país constituía el ideal democrático y el modelo acabado del mundo libre, pero lo hacía cuando dentro de sus fronteras se hallaba vigente el sistema legal de Jim Crow y la segregación racial era la norma, lo cual resultaba obviamente muy contradictorio. Así pues, tanto para Estados Unidos como para la ADL, su firme defensora, abordar la discriminación y el racismo manifiesto era, en realidad, una estrategia de la Guerra Fría. Esto se aprecia en los materiales didácticos de la ADL, que combinan el anticomunismo con un antirracismo aparente. Así, afirman cosas como: «La clave de la democracia y la libertad es que cada individuo tiene derecho a obtener beneficios y a progresar. La igualdad racial significa que tanto a las personas negras como a las blancas se les permite hacerlo. ¡El comunismo no te deja progresar, te obliga a compartir! ¡Estarás igualmente oprimido!». La postura de la ADL era que el comunismo, que constituyó el fundamento de gran parte de la organización en favor de la justicia racial y económica en el seno de Estados Unidos, era intrínsecamente «totalitario».

El segundo aspecto histórico que es importante comprender es que quienes se involucraron en esa concepción temprana y simplista de los derechos civiles, así como quienes se mantuvieron en ella, se convirtieron en neoconservadores. El neoconservadurismo reivindica los derechos civiles, pero también afirma que redistribuir el poder, o exigir a la gente que renuncie a sus privilegios, es extremismo. Y comunista. Muchos neoconservadores participaron inicialmente en el movimiento por los derechos civiles, pero a finales de la década de 1960 ya se situaban muy a la derecha de los grupos antirracistas, oponiéndose a políticas básicas como la acción afirmativa. Sus nombres siguen asociándose a los derechos civiles, aunque solo sea porque simplificamos en exceso nuestra historia. La ADL ha estado dirigida precisamente por este tipo de neoconservadores desde finales de la década de 1960 y sigue siendo, en realidad, una organización neoconservadora.

¿Podrías hablar del escándalo de espionaje que salpicó a la ADL en 1993? ¿Qué reveló sobre la organización y sobre sus objetivos?

En 1993 el FBI registró las oficinas de la ADL, porque creía que esta organización tenía información clasificada de la propia agencia federal. De hecho, la ADL la había publicado en un informe sobre la Nación del Islam. Lo que el FBI descubrió fue que la ADL también disponía de expedientes policiales procedentes de una unidad encubierta de vigilancia política de la contracultura del área de San Francisco elaborada por del propio Departamento de Policía de la ciudad. Esa unidad había sido disuelta, porque se consideró inconstitucional y se suponía que los expedientes debían haber sido destruidos. Además, el FBI descubrió que la ADL llevaba treinta años espiando e infiltrándose en una amplia gama de organizaciones de derechos civiles y de defensa de causas sociales. La ADL tenía expedientes sobre grupos como la American Civil Liberties Union (ACLU), así como sobre grupos sudafricanos contra el apartheid y grupos relacionados con Palestina. También vigilaba a grupos que trabajaban en Centroamérica en solidaridad con los movimientos de izquierda de la región contra los catastróficos abusos de los derechos humanos cometidos allí por los regímenes de derecha. Esto conmocionó a la gente y le hizo darse cuenta de que la ADL no era una organización progresista. Como dice la campaña «Drop the ADL», la ADL no es un aliado.

Las revelaciones sobre el espionaje de la ADL a grupos progresistas refrescaron la memoria, de hecho, a algunos de los principales investigadores sobre el nacionalismo blanco, que habían estado trabajando con la organización. Uno de esos investigadores era Chip Berlet. Las revelaciones le trajeron a la memoria conversaciones que había mantenido con directivos de la ADL en décadas anteriores en las que le explicaron que su organización consideraba a la izquierda y no a la derecha como la principal amenaza para los judíos y para Estados Unidos, a pesar de que la ADL solo era conocida por vigilar a los nacionalistas blancos. La ADL creía que los intereses de Estados Unidos, es decir, los intereses imperiales de Estados Unidos, estaban estrechamente entrelazados con los intereses de los judíos, y que de facto eran los mismos. Es toda una afirmación, ¿verdad? Por lo tanto, toda la izquierda, incluida la izquierda judía y la izquierda que apoyaba a quienes se oponían a los escuadrones de la muerte en Centroamérica y defendía el anticolonialismo, constituía una amenaza para los judíos.

Lo interesante de esos expedientes es que recogen treinta años de vigilancia, infiltración y acciones por parte de la ADL. La afirmación de la ADL sobre su hostilidad hacia la izquierda se remonta a 1967. En este año la ADL profesionalizó su unidad de vigilancia contratando a Irwin Suall, a quien se le conocía como el «cerebro de los espías» de la ADL. Suall procedía de la izquierda. Fue una de las muchas figuras del movimiento neoconservador, que comenzaron en la izquierda. Era anticomunista, partidario de la supremacía occidental y acabó convirtiéndose en neoconservador. Consideraba que la izquierda suponía un desafío demasiado grande para el capitalismo y para la idea de que Estados Unidos era la autoridad moral en el mundo. De hecho, la gota que colmó el vaso en el caso de Suall y le encaminó al movimiento neoconservador, y para otros que también se convirtieron en neoconservadores en aquella época, fue que optaron por apoyar la guerra de Vietnam como una guerra necesaria contra el comunismo. En 1967 Suall se convirtió en el «jefe de espías» de la ADL. Sus compañeros del Partido Socialista de Estados Unidos, que compartían su trayectoria, se incorporaron a otras organizaciones dentro del firmamento neoconservador.

Durante décadas, la ADL aparentemente adoptó una apariencia liberal y defendió de boquilla las políticas domésticas liberales en Estados Unidos, al tiempo que mantenía su línea respecto a Israel. Bajo la dirección del actual director ejecutivo de la ADL, Jonathan Greenblatt, parece que se ha abandonado por completo esta doble senda y ahora lo único de lo que parecen hablar es del antisionismo. Tu libro detalla cómo la ADL siempre ha sido así políticamente, pero ¿crees que ha habido un cambio retórico y si es así a qué lo atribuyes?

En el libro defiendo que la ADL siempre ha sido una organización de derecha, pero estoy de acuerdo contigo en que la forma de expresarlo ha cambiado. Lo que quiero decir cuando afirmo que la ADL siempre ha sido una organización de derecha es que, en esencia, es una agencia que defiende el supremacismo de los colonos, el supremacismo blanco y el supremacismo occidental. Ha sido un socio cercano del Estado estadounidense, porque ese es un objetivo compartido. La forma de entender los cambios de la ADL es comprender que, aunque sus objetivos han sido realmente coherentes, recurre a cualquier discurso social y cultural, que esté de moda en un momento dado. Por ejemplo, cuando se fundó la ADL, desde luego no establecía comparaciones entre la identidad judía y la negra. Al contrario, rechazaba cualquier comparación de ese tipo. Pero en la década de 1970, cuando cobró importancia reivindicar una especie de racialización y afirmar que el Estado debía velar por los intereses judíos, la ADL comenzó a comparar la identidad judía con la identidad negra. No fue porque la ADL creyera que la identidad judía y la identidad negra fueran lo mismo, ni porque defendiera la liberación negra, sino que ello se debía en realidad a que la identidad negra se había convertido en la política estadounidense en un símbolo de los derechos, de la idea de derechos y de protección. De manera similar, la ADL adoptó la defensa de los derechos queer en la década de la década de 1990 en el contexto de las leyes contra los delitos de odio, que estaba proponiendo. Pero la ADL no era pro queer. Las organizaciones queer llevaban toda una década presionando para que la ADL se manifestara como tal. La ADL se había negado una y otra vez, alegando que los derechos queer no formaban parte del sistema de valores estadounidense.

Al final, los dirigentes de la ADL se dieron cuenta de que las personas queer habían acumulado poder político y que defender sus derechos, de hecho, les reportaba una ventaja política. Curiosamente, se convirtió en una organización neoconservadora dirigida por un homófobo, que ni siquiera creía que las mujeres debieran tener necesariamente los mismos derechos que los hombres, y fue malinterpretada como una aliada progresista de la comunidad queer. Ahora la ADL ya no necesita esa fachada progresista. El Estado estadounidense ya no utiliza el liberalismo como justificación para sus guerras ni para galvanizar la represión interna, y la ADL tampoco necesita hacerlo. La ADL nunca ha estado fuera del poder, ni ha perdido el favor de ningún gobierno estadounidense. No ha sucedió nunca que la ADL haya dicho, cuando un presidente republicano ha asumido el cargo: «Oh, mejor esperemos a los Demócratas, porque somos una organización liberal». En este momento, lo que está en auge es el nacionalismo blanco, el antiwokeismo y el rechazo de la teoría crítica de la raza, y por eso hemos visto cómo la ADL ha adoptado todo este paquete de posiciones y posturas.

Creo que lo que veremos en un futuro próximo es que, a medida que el poder y la gobernanza se desplacen hacia la tecnocracia, hacia las empresas tecnológicas, las empresas armamentísticas y la vigilancia mediante IA, ese será el ámbito en el que la ADL buscará sus alianzas. Cada vez más, dejará de estar interesada en desempeñar el papel de organización de defensa de los derechos. Buscará otras vías de poder.


Recomendamos leer, Arielle Angel, «Abandonándo Sión», Diario Red/New Left Review 148, Alexander Zevin, «Gaza y Nueva York», NLR 144, y Perry Anderson, «La casa de Sión», NLR 96.

Este artículo se ha publicado originalmente en Mondoweiss y se publica aquí con consentimiento expreso de su editor.