Contar Brzezinski: el cálculo del poder de la potencia estadounidense

Grey Anderson analiza críticamente la biografía escrita sobre Brzezinski por Edward Luce: análisis del individuo y de su época al hilo de las reflexiones y estrategias de envergadura seguidas en el cerco pluridecenal de la Unión Soviética, de Kennan y Foster Dulles a Kissinger y  Brzezinski, recortadas sobre el vacío estratégico y la ausencia de pensamiento, táctica y estrategia geopolíticos de las catastróficas presidencias de Joe Biden y Donald Trump
Zbigniew Brzezinski y otros exasesores de Seguridad Nacional (Brent Scowcroft, Bud McFarlane, Colin Powell, Dennis Ross, Sandy Berger, Frank Carlucci) se reúnen con el presidente Obama en la Sala de Situación, Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington DC, 31 de agosto de 2010 – Wikimedia Commons.
Zbigniew Brzezinski y otros exasesores de Seguridad Nacional (Brent Scowcroft, Bud McFarlane, Colin Powell, Dennis Ross, Sandy Berger, Frank Carlucci) se reúnen con el presidente Obama en la Sala de Situación de la Casa Blanca, Washington DC, 31 de agosto de 2010 – Wikimedia Commons.

Edward Luce, Zbig: The Life of Zbigniew Brzezinski, America’s Great Power Prophet, Londres, Bloomsbury, 2025, 560 pp.

Las verdades sin adornos sobre el lugar que ocupa Washington en el sistema internacional suelen expresarse con acento extranjero. Los diplomáticos estadounidenses, lamentaba Henry Kissinger, no sentían la necesidad de un «diseño geopolítico». «El pueblo estadounidense, bendecido por la geografía, se ha mostrado históricamente reacio a pensar en términos geopolíticos», coincidió Zbigniew Brzezinski, su sucesor en la Casa Blanca y compañero emigrado mitteleuropäischer [centroeuropeo]. «Consideran las crisis internacionales como retos morales aislados en lugar de contemplarlas como piezas de un rompecabezas estratégico».

La biografía de Edward Luce pretende sacar a Brzezinski de su relativo anonimato. Mientras que la carrera de Kissinger está documentada en docenas de libros que llenan estanterías, los trabajos sobre el asesor de seguridad nacional de Carter se pueden contar con los dedos de una mano. Además de las propias memorias de Brzezinski, contamos con la biografía en polaco escrita por el académico estadounidense Patrick Vaughan, con el retrato periodístico de Andrzej Lubowski, con un tomo-homenaje editado por Charles Gati, y con Zbigniew Brzezinski: America’s Grand Strategist (2018), del diplomático francés Justin Vaïsse, que es el primer estudio serio disponible en inglés. Luce insiste en que Zbig: The Life of Zbigniew Brzezinski, America’s Great Power Prophet no es una biografía autorizada, aunque disfrutó de un acceso envidiable a las fuentes. El proyecto surgió a iniciativa del hijo menor de Brzezinski, Mark, quien proporcionó los diarios de su padre durante su etapa en el National Security Council. La financiación para la investigación llegó fortuita y felizmente de una organización vinculada a Rockefeller y de otros benefactores. El embajador polaco se apresuró a compartir los archivos policiales confidenciales y la correspondencia de Brzezinski con el Papa, mientras Luce agradece a más de un centenar de entrevistados (Kissinger, Albright, Balcerowicz, etcétera). El libro recibió una avalancha de elogios en Washington, fue alabado en Foreign Affairs, homenajeado en el Aspen Institute y, con la ayuda publicitaria de la hija de Brzezinski y su marido, presentadores de un programa de entrevistas, se catapultó a la lista de los más vendidos de The New York Times.

Redactor jefe del Financial Times para Estados Unidos en Washington –donde conoció a su protagonista y apreció su «mente penetrante»– Luce nació en Shoreham, en la costa sur de Inglaterra, hijo del diputado conservador local y descendiente de generaciones de gobernadores coloniales y comandantes navales condecorados. Tras estudiar en el Lancing College y obtener una licenciatura en filosofía, política y economía en Oxford, abandonó un puesto de nivel inicial en la Comisión Europea en Bruselas para optar por la vida del periodista independiente, cubriendo las negociaciones sobre el comercio mundial y los acontecimientos en Bosnia durante la década de 1990 para The Guardian, y luego Filipinas, la India y Washington DC para el Financial Times, tras lo que se tomó un año de licencia como redactor de discursos del secretario del Tesoro de Clinton en 1999-2000. En sus primeros libros, el apego de Luce al atlantismo liberal no le impidió realizar una aguda evaluación de sus contradicciones. En Spite of the Gods (2006), desinfló el optimismo occidental sobre la democracia india; Time to Start Thinking (2012) y The Retreat of Western Liberalism (2017) analizaron los males de su país de adopción, erosionado por la desigualdad y desprovisto de una orientación coherente en el exterior a raíz de la crisis financiera. Más recientemente, las críticas de Luce al liberalismo occidental han remitido. Se ha convertido en el principal detractor de Trump y Putin, cuya invasión de Ucrania ha hecho que esta biografía sea «inesperadamente relevante». Repleto de lecciones para el presente, Zbig: Zbigniew Brzezinski: America’s Grand Strategist presenta a su protagonista como ejemplo de la gran estrategia estadounidense y como vara de medir su «pobreza intelectual» en la actualidad.

Nacido en Varsovia en 1928, Brzezinski pasó solo tres años de su infancia en Polonia y el resto entre Lille y Leipzig. Tadeusz Brzeziński, un joven oficial convertido en diplomático, inculcó a su hijo la creencia de que Polonia era un bastión civilizado aplastado por vecinos depredadores, sobre todo por Rusia. De ascendencia szlachta [aristocrática] por ambas partes, Zbigniew se crio en el culto nacionalista al mariscal Piłsudski, venerando el «milagro del Vístula» –la batalla de 1920 que detuvo la marcha hacia el oeste del bolchevismo– y el proyecto prometeico del dictador polaco de reunir a los pueblos no rusos contra Moscú, un marco interpretativo que Luce toma como la semilla del pensamiento estratégico posterior de Brzezinski. «Éramos occidentales en Oriente», solía decir Tadeusz. A partir de estos antecedentes, Luce traza una sensibilidad moldeada por relatos de cargas de caballería, desfiles militares y misas semanales. Montreal, donde Tadeusz asumió el cargo de cónsul general de Polonia en octubre de 1938, proporcionó a Brzezinski fluidez en francés, mientras que el circuito de emigrantes le inculcó el gusto por la intriga política. La derrota de Alemania fue una noticia agridulce para el adolescente, ensombrecida por el avance del Ejército Rojo a través del territorio polaco. En la McGill University, escribió una tesis de máster sobre el «nacionalismo ruso-soviético» en la que argumentaba que las perturbaciones en las «naciones cautivas» constituían el «talón de Aquiles» de la Unión Soviética. Este ensayo ultrapilsudskiano «contenía en embrión», escribe Luce, «la visión del mundo que llevó al gobierno décadas más tarde».

A principios de la década de 1950, Brzezinski se formó como sovietólogo en Harvard y fue invitado por Carl Friedrich a coescribir Totalitarian Dictatorship and Autocracy (1956), un tratado sobre el nazismo y el estalinismo, que pronto quedó superado por el deshielo de Jruschov. The Soviet Bloc (1960) lo consagró como pionero del «comunismo comparado». Ya implicado como agente de los servicios secretos –trabajaba adicionalmente para la CIA y recaudaba fondos para organizaciones tapadera–, a principios de la década de 1960 comenzó sólidamente el ascenso de Brzezinski. Tras negársele la titularidad en Harvard, se trasladó a Columbia y al Council on Foreign Relations. A lo largo de su carrera, Brzezinski se enfrentaría a acusaciones de parcialidad émigré por parte de eminencias WASP como Averell Harriman, que pensaba que estaba dispuesto a arrastrar a Estados Unidos a la guerra con Rusia «por el bien de Polonia». Luce descarta cualquier sugerencia de «doble lealtad», aunque cita una carta de 1958, un mes antes de que Brzezinski obtuviera la ciudadanía, en la que confiesa su sensación de no sentirse plenamente integrado en Estados Unidos y la atracción de la obligación de la diáspora. Recuperar una nación, le dijo a su padre, requería persistencia, «como se desprende del movimiento sionista».

Dos convicciones sustentaron la visión estratégica de Brzezinski durante las décadas siguientes, tanto dentro como fuera del poder. Consideraba que el sistema soviético era intrínsecamente incapaz de reformarse, una opinión a la que se aferró incluso cuando el vocabulario del totalitarismo pasó de moda; el cambio solo podía producirse con su derrocamiento. Al mismo tiempo, consideraba que el orden internacional era permanentemente susceptible de colapsar, una condición que exigía un liderazgo activo de Estados Unidos y la cooperación entre los Estados capitalistas avanzados

El estudio de Luce de la década de 1960 traza los lazos cada vez más estrechos de Brzezinski en Washington. Asesor menor de Kennedy –«su primer héroe estadounidense real»–, más tarde se unió al equipo de planificación política de Johnson, instando a un «compromiso pacífico» para hacer cuña entre los satélites de Moscú y respaldando la escalada en Vietnam. Su ascenso, como registra Luce, se debió en gran medida a las redes de patrocinio de la costa este. Su matrimonio con Emilie Beneš, sobrina nieta del estadista checo, le afianzó socialmente; sus vínculos con McGeorge Bundy y Arthur Schlesinger Jr. le abrieron las puertas del círculo de Kennedy. Durante los veranos en Northeast Harbor, cultivó la amistad de David Rockefeller, quien patrocinó la creación de la Comisión Trilateral en 1973, un foro de coordinación de elites fundado para abordar las tensiones presentes en el sistema de alianzas de Estados Unidos y remediar la exclusión de Japón de los sínodos atlantistas como Bilderberg. Sus fundadores propusieron la «interdependencia» como antídoto contra el unilateralismo del sistema del dólar fiduciario defendido por Nixon-Connally y pidieron que se hiciera mayor hincapié en las relaciones Norte-Sur, hasta entonces subordinadas al rígido marco de la Guerra Fría.

Dos convicciones sustentaron la visión estratégica de Brzezinski durante las décadas siguientes, tanto dentro como fuera del poder. Consideraba que el sistema soviético era intrínsecamente incapaz de reformarse, una opinión a la que se aferró incluso cuando el vocabulario del totalitarismo pasó de moda; el cambio solo podía producirse con su derrocamiento. Al mismo tiempo, consideraba que el orden internacional era permanentemente susceptible de colapsar, una condición que exigía un liderazgo activo de Estados Unidos y la cooperación entre los Estados capitalistas avanzados. La confrontación entre Oriente y Occidente conservaba su primacía, pero no agotaba el deber de Washington de regular la inestabilidad y el continuo proceso de cambios sistémicos verificados en otros lugares. Sin verse afectado por el «síndrome de Vietnam», Brzezinski mantuvo su confianza en el uso de la coacción, culpando a la guerra de Indochina principalmente de erosionar el consenso interno y de ceder el impulso estratégico a Moscú. Luce señala su desdén por la izquierda de George McGovern y su búsqueda de un demócrata sureño receptivo a la agenda trilateral. Carter, impresionado por sus escritos, respondió a la llamada. En 1975 Brzezinski estaba preparando ataques contra la política «amoral» de distensión de Nixon y Kissinger, tomando prestada la retórica de la extrema derecha. «Brzezinski es una puta total», se enfureció Kissinger. «Ha estado en todos los bandos de todas las discusiones». El embajador soviético Dobrynin adoptó una visión más amplia: entre el patrocinio de Nelson Rockefeller a Kissinger y el de David Rockefeller a Brzezinski, la familia estaba «jugando un juego político prácticamente carente de riesgo».

El gobierno de Carter contaba con dieciocho miembros de la Comisión Trilateral en puestos de alto nivel, siendo Brzezinski el primer asesor de seguridad nacional al que se le concedió rango ministerial. Esta fue la oportunidad de Brzezinski para poner en práctica sus políticas antisoviéticas, aunque ello significaba primero dejar de lado al Departamento de Estado, dirigido por Cyrus Vance, partidario de la distensión. Brzezinski actuó rápidamente para afianzar su autoridad, reorganizando el National Security Council en dos órganos: uno específico para cada área, presidido por el jefe del departamento correspondiente, y otro encargado de la gestión de las crisis y de las cuestiones «transversales», dirigido por él mismo. Gracias a su presidencia del Comité Especial de Coordinación y su proximidad física al Despacho Oval, mantuvo a Vance a la defensiva. En poco tiempo se hizo cargo de la sesión informativa matutina sobre inteligencia para el presidente, pasando por alto a la CIA. «No hubo ningún subterfugio kissingeriano en la maniobra de Brzezinski», escribe Luce, «fue un robo a mano armada a plena luz del día».

Rodeando a la Unión Soviética por el este, Brzezinski presionó para «jugar la carta china», completando la normalización con la República Popular China donde Nixon y Kissinger se habían estancado. En marzo de 1978 consiguió una invitación para visitar Pekín, a pesar del temor de Vance de que un giro hacia China pusiera en peligro las negociaciones sobre el control de armas SALT II con la URSS

En África, Moscú había tenido oportunidades gracias al derrocamiento de Haile Selassie en Etiopía en 1974 por parte de jóvenes oficiales y a las revueltas anticolonialistas en Angola y Mozambique. Brzezinski aprovechó la ocasión para organizar el ataque del déspota somalí Siad Barre contra Etiopía en julio de 1977. Insistió en que el apoyo de Moscú y La Habana a Addis Abeba se contrarrestara con una demostración de fuerza: un grupo de portaaviones en el golfo de Adén y tropas regulares saudíes e iraníes sobre el terreno. El Pentágono y el Departamento de Estado rechazaron el plan, lo que le llevó a enfadarse con sus colegas «contagiados por el virus de Vietnam». «Había dos formas de ver los acontecimientos en el Cuerno de África», observa Luce con imparcialidad, o bien como un «atolladero local sin importancia global» –la opinión del Departamento de Estado– o bien como un escenario de agresión comunista por delegación. De hecho, Washington había empezado a suministrar armas a Somalia mucho antes de la invasión; para Brzezinski el objetivo era «hacer sangrar a los soviéticos y a los cubanos». Frustrado en las llanuras etíope-sudanesas de Ogadén, dirigió la ayuda encubierta prestada a la UNITA en la guerra civil angoleña, se opuso a las sanciones impuestas a Sudáfrica y respaldó el «acuerdo interno» de Ian Smith en Rodesia para fortalecer la resistencia blanca a la subversión.

Rodeando a la Unión Soviética por el este, Brzezinski presionó para «jugar la carta china», completando la normalización con la República Popular China donde Nixon y Kissinger se habían estancado. En marzo de 1978 consiguió una invitación para visitar Pekín, a pesar del temor de Vance de que un giro hacia China pusiera en peligro las negociaciones sobre el control de armas SALT II con la URSS. La coreografía de Luce es ágil: Brzezinski mantuvo una agenda apretada y se aseguró de que Deng recibiera el mensaje correcto. La visita de vuelta del líder chino a Washington selló el acuerdo. Su determinación de atacar Vietnam en nombre de Pol Pot amenazaba con poner en aprietos la retórica sobre los derechos humanos del presidente baptista, observa Luce, pero «la realpolitik gobernó la respuesta de Carter». Brzezinski alentó la ayuda china a los Jemeres Rojos y ayudó a organizar canales tailandeses para armar a la guerrilla, maquinaciones que disgustaron incluso a Richard Holbrooke, aunque este supervisó diligentemente la votación de la ONU, que concedía al régimen residual de Pol Pot el puesto de Camboya en la Asamblea General.

En Oriente Próximo, Irán fue aclamado por Carter en la víspera de año nuevo de 1977 como «una isla de estabilidad». Días después, las fuerzas de seguridad mataron a decenas de manifestantes en Qom. A medida que la crisis se agravaba en 1978, Brzezinski instó al sah a no ceder y desestimó las peticiones de elecciones. Tras la caída del régimen, fue el único aliado de Rockefeller y McCloy dentro del gobierno partidario de conceder al monarca Pahlavi el exilio en Estados Unidos. «Probablemente jugó un motivo financiero», señala Luce; de hecho, JP Morgan Chase Bank tenía en su contabilidad más de 1700 millones de dólares en préstamos iraníes. La toma de la embajada estadounidense en Teherán por parte de estudiantes radicales profundizó la brecha entre Brzezinski y Vance, quien dimitió tras el fracaso de la misión de rescate de los rehenes en abril de 1980. Luce se hace eco de Brzezinski al atribuir la mayor parte de la culpa de este fiasco al Estado Mayor Conjunto, pero reprocha el obstinado apoyo al sah por parte de Carter, que considera «una mancha gigante» en su presidencia.

Luce descarta la idea de que Brzezinski «engañara» a Moscú para que invadiera Afganistán, aunque admite un «toque» de «picaresca» en el proceso. Las pruebas disponibles no son tan misteriosas. Las armas chinas comenzaron a entrar en Afganistán a través de Pakistán poco después del levantamiento de abril y Brzezinski puso en marcha la cooperación entre la CIA y el ISI, el servicio de inteligencia paquistaní, unos meses después. Su propia valoración suena veraz: «No empujamos a los rusos a intervenir, pero aumentamos a sabiendas la probabilidad de que lo hicieran»

El trabajo sucio antisoviético en Afganistán fue más satisfactorio. El levantamiento de abril de 1978, liderado por el partido de izquierda PDPA, confirmó, en opinión de Brzezinski, las ambiciones soviéticas de explotar la inestabilidad en el flanco sur de Eurasia. La resistencia tribal proporcionó a Washington un contrapeso y una resolución presidencial de julio de 1979 autorizó la ayuda encubierta a los muyahidines, que más tarde se amplió. Cuando los blindados soviéticos entraron en Mazar-e-Sharif en diciembre, Brzezinski exultó: «¡Han mordido el anzuelo!», seguro de que la URSS se enfrentaba ahora a «su Vietnam». Posó con un kalashnikov ante los refugiados afganos en el paso de Khyber, proclamando que Dios estaba de su lado; de vuelta en Washington, saboreó la subida de Carter en las encuestas. Luce descarta la idea de que Brzezinski «engañara» a Moscú para que invadiera Afganistán, aunque admite un «toque» de «picaresca» en el proceso. Las pruebas disponibles no son tan misteriosas. Las armas chinas comenzaron a entrar en Afganistán a través de Pakistán poco después del levantamiento de abril y Brzezinski puso en marcha la cooperación entre la CIA y el ISI, el servicio de inteligencia paquistaní, unos meses después. Su propia valoración suena veraz: «No empujamos a los rusos a intervenir, pero aumentamos a sabiendas la probabilidad de que lo hicieran».

Carter utilizó su discurso sobre el estado de la Unión de 1980 para dar a conocer la doctrina que lleva su nombre, declarando que «cualquier intento por parte de una fuerza externa de obtener el control de la región del Golfo Pérsico se considerará un ataque a los intereses vitales de los Estados Unidos de América». Aparentemente como respuesta a la invasión soviética, las premisas del discurso se basaban en el PRM-10, la amplia «evaluación neta» del poder estadounidense-soviético, que Samuel Huntington elaboró para Brzezinski en 1977, siguiendo el modelo de la NSC-68. En ella se concluía que la URSS estaba a punto de obtener la superioridad nuclear y de avanzar hacia el Golfo, siendo Irán el punto más conflictivo. Luce acepta ambas afirmaciones acríticamente, citando las afirmaciones del Pentágono sobre la existencia de una «brecha de vulnerabilidad» y «los planes soviéticos sobre los recursos petrolíferos del Golfo Pérsico». Ambas hipótesis son fantasiosas. Los colaboradores de Huntington confesaron en ese momento que el objetivo era «asustar al gobierno de Carter para que prestara mayor atención a la amenaza soviética». Como observa Luce, este documento «estableció el modelo para casi todas las decisiones estratégicas en el resto de la presidencia de Carter».

Para Brzezinski, el peligro que representaba la influencia soviética sobre el petróleo de Oriente Próximo residía menos en el impacto económico que en los posibles efectos políticos, susceptibles de incidir en la dependencia energética de Europa y en consecuencia de tensar la OTAN desde dentro. Carter comenzó su presidencia con la intención de reparar las relaciones deterioradas por Nixon y Kissinger, abandonando el discurso de los recortes y aumentando el gasto en defensa para paliar las preocupaciones suscitadas por la garantía de seguridad estadounidense, pero la diplomacia nuclear complicó las cosas. A instancias de Brzezinski, Helmut Schmidt aceptó la bomba de neutrones con un riesgo político considerable, solo para que Carter congelara el programa. El canciller alemán se vio nuevamente acorralado por el despliegue de misiles de crucero y Pershing II, mientras que la negativa de Bonn a renunciar a su gasoducto siberiano molestó a Washington. Cuando los aliados vacilaron, Luce muestra a Brzezinski presionando para especificar las consecuencias y resistirse a las comodidades del consenso retórico. A principios de la década de 1980 la cohesión de la OTAN se fortaleció cada vez más a través de la confrontación, preparando el escenario para la Segunda Guerra Fría.

Polonia sacó a relucir una faceta diferente. Desde su llegada a la Casa Blanca, Brzezinski presionó a la CIA para que ampliara sus operaciones dentro del bloque soviético, dando prioridad a los disidentes polacos. La elección del cardenal Wojtyła como Papa en 1978 fue, según Luce, «un golpe de suerte histórico» y Brzezinski se esforzó por aprovecharlo. Con el nuevo Papa, instó a Solidaridad a evitar provocaciones que pudieran desencadenar una respuesta soviética, al tiempo que señalaba a Moscú que el país sería indigesto. «A diferencia de la invasión soviética de Afganistán», señala Luce, Brzezinski «pensaba que Estados Unidos debía hacer todo lo posible para impedir que el Ejército Rojo volviera a ocupar Polonia». Para Luce, la «no invasión» de 1980 fue «el éxito más ignorado de la política exterior de Carter». Los historiadores no estarían de acuerdo. Sergey Radchenko, citado por Luce, rechaza la idea de una inminente intervención soviética: ya empantanado en Afganistán, el Politburó nunca contempló seriamente pacificar una nación católica rebelde de 35 millones de habitantes.

«Centroamérica», confesó Brzezinski en sus memorias, era «una región que nunca hemos entendido demasiado bien y que ocasionalmente dominamos de la misma manera que los soviéticos han dominado Europa del Este». La cobertura de Luce es más eufemística: pasa por alto el hecho de que Brzezinski y Carter armaron a los Contras nicaragüenses para aplastar la revolución sandinista, dada la preocupación suscitada por la «creciente polarización» registrada en el istmo. Luce recoge la «sorpresa» de Brzezinski ante las dudas del Papa sobre el arzobispo salvadoreño Oscar Romero, asesinado en 1980 por un escuadrón de la muerte entrenado por Estados Unidos en represalia por sus críticas a la dictadura militar del país, cuando resulta que el propio Brzezinski había instado a Juan Pablo II a que sometiera a obediencia al prelado pocos meses antes de su asesinato. Entre las últimas medidas de Carter se encuentra la aprobación de otros 5 millones de dólares en armas para la junta de El Salvador. En el segundo mandato de Reagan, Brzezinski abogó por el envío de tropas estadounidenses contra los sandinistas y habló de un «cuarto frente estratégico» en el Río Grande.

En opinión de Luce, durante su último año en el cargo, Carter había «sufrido una conversión saúlica en sus creencias», en gran parte atribuible a Brzezinski. Elegido como crítico de los dogmas de la Guerra Fría, Carter abandonó su presidencia tras haber iniciado una importante expansión de la presencia militar estadounidense en todo el mundo y haber aprobado una inversión masiva en su capacidad para librar la guerra nuclear, «una mejora estratégica trascendental», en palabras de Luce, «que se atribuye habitualmente, de modo erróneo, a Ronald Reagan». A Brzezinski le gustaba recordarle a Carter que «no había habido bajas en combate durante su presidencia» –bajas estadounidenses, claro está–, un «historial sin derramamiento de sangre» que sería su «mayor orgullo». Los votantes, poco agradecidos ante la «dura medicina de Volcker», se mostraron menos comprensivos. «Una moraleja de la presidencia de Carter es que la virtud debe ser su propia recompensa», concluye Luce.

La derrota electoral no hizo que Brzezinski se arrepintiera de su estrategia. Se jactó ante The New York Times de que el acuerdo SALT para la no proliferación nuclear «yace enterrado en las arenas de Ogaden» y reprendió a los Demócratas por ceder a una «agenda buenista en asuntos internacionales». La promesa de Reagan de una «competencia asertiva» fue bien recibida; utilizó a Brzezinski como enviado a la Santa Sede y como defensor no oficial del programa de defensa antimisiles conocido como «Star Wars», e incluso lo consideró brevemente para el cargo de asesor de Seguridad Nacional. De vuelta al mundo académico, Brzezinski escribió una serie de libros innovadores sobre la Guerra Fría, entendida como el choque entre dos sistemas imperiales: el marítimo estadounidense, heredero del británico, y el terrestre soviético, arraigado en la expansión zarista. Game Plan: A Geostrategic Framework for the Conduct of the US-Soviet Contest (1986) enmarcó esto como un largo duelo por Eurasia, librado a través de sus Estados «clave», sobre todo Polonia. El ascenso de Gorbachov le permitió ampliar el pronóstico en The Grand Failure: The Birth and Death of Communism in the Twentieth Century (1989), argumentando que la liberalización desbancaría el monopolio del Partido en medio de las crecientes tensiones entre la sociedad y el régimen. Los trastornos de 1989 lo confirmaron, cuando las revueltas nacionalistas se extendieron por la URSS. Luce cita el elogio de Fukuyama: «Es difícil imaginar a una persona más avalada por el curso real de los acontecimientos históricos».

Por alguna razón, Luce afirma que «Brzezinski nunca utilizó la analogía de Múnich para defender uno u otro argumento que estuviera defendiendo». El paralelismo se repite en todos sus escritos, sobre todo durante las guerras de los Balcanes

A principios de la década de 1990, Brzezinski se dedicó a promover la expansión de la OTAN. Se reunía semanalmente con el embajador de Polonia, Jerzy Koźmiński –el «tercer hijo» de Brzezinski– y Jan Nowak, el antiguo mensajero de la resistencia, para coordinar los esfuerzos de esta presión, los cuales combinaban la política étnica del cinturón desindustrializado estadounidense, la presión de los think tanks en Washington, el asesoramiento directo a los líderes polacos y la organización de audiencias para rehabilitar al espía exiliado Kukliński como «primer oficial de Polonia en la OTAN». Luce señala que Brzezinski se negó a disputar la presidencia a Lech Wałęsa por temor a las acusaciones de lealtades divididas, pero en Washington fue incansable. «La adhesión de Polonia» a la OTAN, dijo más tarde su protegida Madeleine Albright, «era impensable sin él». Brzezinski reconoció con franqueza que ni la necesidad militar ni el idealismo motivaban la expansión de la OTAN hacia el este. El objetivo, según declaró ante el Senado en 1997, era salvaguardar la «vitalidad de la conexión entre Estados Unidos y Europa». En otra ocasión señaló, algo que rara vez se menciona en los foros oficiales, que también servía para contener el «poder desproporcionado» de una Alemania reunificada y garantizar que se comportara como un «buen ciudadano» con su vecina Polonia.

Por alguna razón, Luce afirma que «Brzezinski nunca utilizó la analogía de Múnich para defender uno u otro argumento que estuviera defendiendo». El paralelismo se repite en todos sus escritos, sobre todo durante las guerras de los Balcanes. En 1993 denunció el plan Vance-Owen para Bosnia como una política de apaciguamiento similar a la de Chamberlain e instó a la OTAN a lanzar ataques aéreos, levantar el embargo de armas y reabastecer en secreto a los bosnios, un esfuerzo que recuerda el modelo de la yihad afgana, con rutas turcas, financiación saudí y miles de muyahidines extranjeros. Presentaría Kosovo en términos similares: la credibilidad de la Alianza Atlántica estaba en juego, las reglas de ataque debían flexibilizarse y había que preparar las fuerzas terrestres. En todo momento insistió en que se le negara a Moscú cualquier oportunidad de reivindicar un éxito diplomático. La victoria en la Guerra Fría le inspiró poco triunfalismo. Al observar la escena mundial, contemplaba a Washington «encaramado en la cima del mundo», custodio de un frágil equilibrio –amarrado a Alemania en Occidente, frenando el revanchismo ruso, arbitrando los conflictos étnicos– y advirtió que, sin una renovación interna y una paciente tutela de sus aliados, su primacía sería efímera. En Out of Control: Global Turmoil on the Eve of the 21st Century (1993), denunció el vacío cultural generado por el materialismo y una «cornucopia» permisiva de deseos. Brzezinski temía que los valores estadounidenses pudieran erosionar el poder de Estados Unidos. El colapso soviético puso fin al «imperio basado en el corazón de Eurasia», pero un «rectángulo de máximo peligro» se extendía desde el Adriático hasta Xinjiang. Pensamientos similares impregnaban The Grand Chessboard: American Primacy and Its Geostrategic Imperatives (1997), un contundente alegato a favor del mantenimiento de la hegemonía estadounidense en el momento de su apogeo. Luce solo menciona el libro de pasada, como ejemplo del modo de proceder despiadado de Brzezinski a la hora de tratar con sus editores.

El nuevo siglo ofreció a Brzezinski un último acto. Había apoyado el despliegue de Bush senior en el Golfo como aplicación de la Doctrina Carter, al tiempo que advertía contra las «cruzadas» unilaterales. Molesto por la retórica maniquea de Bush junior, una década más tarde argumentó que la guerra contra Iraq solo estaba justificada, si «se llevaba a cabo de una manera que legitimara nuestra hegemonía global». A medida que la ocupación se hundía en el consabido atolladero, Brzezinski se convirtió en un crítico abierto de la misma, aunque defendió la decisión de Polonia de unirse a la Coalición de los Dispuestos como recompensa por su pertenencia a la OTAN. «Zbig y yo coincidimos en que la guerra de Iraq fue un desastre, pero que la participación de Polonia era esencial», recordó su protegido Radosław Sikorski. Las polémicas contra Bush y Cheney le valieron al veterano estadista elogios de círculos inusuales. Luce se explaya en su apoyo a Obama en 2008, que llegaría a su culmen durante la «batalla épica» con Hillary Clinton por la nominación demócrata. Repudiado por el presidente electo bajo la presión del lobby israelí, Brzezinski, no obstante, se mantuvo en contacto con Obama, animándole a despedir a Robert Malley para apaciguar a ese mismo grupo de referencia.

Luce dedica cierta atención a la cuestión de Israel-Palestina, una constante en el pensamiento de Brzezinski desde la década de 1970, cuando fue coautor del plan Brookings para lograr el acuerdo para proceder a la creación de dos Estados a partir de las fronteras de 1967. Sus intervenciones posteriores se hicieron más duras, condenando la indulgencia «unilateral y moralmente hipócrita» de Washington hacia Israel y su descuido de los palestinos. Luce, que se esfuerza por limpiar la imagen de antisemitismo de Brzezinski, se siente incómodo por la defensa protagonizada por este de John Mearsheimer y Stephen Walt frente a esas mismas acusaciones. «Muchos pensaron que Brzezinski se pasó de la raya en 2006», cuando participó en un foro de Foreign Policy sobre el artículo de estos autores, «The Israel Lobby», critica Luce, añadiendo que esta «flagrante muestra de imprudencia basada en principios» reflejaba un resentimiento duradero hacia el American Israel Public Affairs Committee (AIPAC), que «podría presentarse como intolerante». Crítico con los «excesos» de la relación existente entre Estados Unidos e Israel, Brzezinski seguía considerándola en todo caso parte integral de la estrategia estadounidense, aunque contemplaba con ambivalencia la creciente influencia de los grupos de interés basados en la identidad. En Out of Control: Global Turmoil on the Eve of the 21st Century Brzezinski había argumentado que la apertura de Estados Unidos a la defensa de las diásporas garantizaba su alcance global, pero le preocupaba que el eclipse de la cultura WASP por un mosaico multiétnico supusiera un riesgo de fragmentación cívica, si no de «guerra de guerrillas urbana».

Israel no fue la única ruptura de Brzezinski con la opinión dominante. Crítico con la postura de Washington hacia Teherán, condenó la «inmoralidad» de la retórica del cambio de régimen y se mostró tranquilo ante la disuasión nuclear iraní. Su estima por la China posmaoísta nunca vaciló. En algunas de las páginas más perspicaces de The Grand Failure: The Birth and Death of Communism in the Twentieth Century, predijo que las reformas de Deng prosperarían donde la perestroika se había estancado y calculó correctamente hasta dónde llegaría el Politburó en su aceptación del mercado. La hipótesis de Brzezinski de que se produciría una liberalización política no se cumplió de modo tan exacto; Luce acepta como «fácticamente correcta» su afirmación de que la represión de 1989 fue más suave que episodios que Washington ignoró en su momento, pero señala que es «imposible imaginar a Brzezinski reaccionando con ecuanimidad, si una fracción de las víctimas hubiera sido polaca. Mantuvo una línea conciliadora, debatiendo con Mearsheimer sobre el tema en 2005 y oponiéndose al «giro hacia China» de Obama y Clinton, que suponía incrementar la presión sobre este país. En una de sus últimas apariciones públicas –un acto conjunto con Kissinger en Oslo–, advirtió del peligro imperante de una alianza entre China y Rusia e instó a Washington a cortejar a Pekín, rechazar a la India y renunciar a despliegues provocativos en el Pacífico occidental.

«No había una respuesta obvia a la pregunta de cómo manejar la Rusia postsoviética», afirma Luce. Brzezinski fue más directo, afirmando rotundamente a principios de la década de 1990, que la inclusión de Rusia en la UE o la OTAN «diluiría el carácter occidental de la comunidad europea y la preponderancia estadounidense dentro de la alianza». Desde el principio, instruyó a los funcionarios de Clinton para que siempre mencionaran a Ucrania por su nombre cuando hablaran de su vecino oriental; en 1998 advirtió que la alineación con Moscú provocaría un cambio de régimen liderado por Estados Unidos en Kiev. Como copresidente del American Committee for Peace in Chechnya, defendió la independencia circasiana y predijo que la agitación separatista en el este de Ucrania «podría resultar contagiosa en las regiones no rusas de la propia Rusia». La anexión de Crimea no suavizó su opinión, pero provocó un cambio táctico a favor de la neutralidad ucraniana respaldada por el poderío militar occidental. Anticipó que cualquier futuro enfrentamiento con Rusia se parecería a la Guerra Civil española.

Cuando Brzezinski tuvo problemas de salud en 2014, retrasó la colocación de un marcapasos por temor a que los hackers rusos pudieran acceder a sus datos. La descripción de los últimos años de la vida de Brzezinski se sumergen aún más en lo trivial y así Luce narra sus incursiones en las redes sociales («en total, tuiteó 337 veces») y sus apariciones en el programa matutino de noticias de su hija Mika. La carta de condolencia de Kissinger a la familia tras la muerte de Brzezinski en 2017, reproducida íntegramente, concluye de forma bastante ambigua que «el mundo es un lugar más vacío sin Zbig, que siempre llevaba al límite sus ideas».

El retrato que Luce hace del hombre –tacaño, antipático, sin sentido del humor, vanidoso– no es en absoluto uniformemente halagador. Pero Zbig: The Life of Zbigniew Brzezinski, America’s Great Power Prophet se lee a menudo como un escrito de defensa. Luce se esfuerza por disipar los rumores que rodean las supuestas infidelidades de Brzezinski, mientras que el habitual contrapunto con Kissinger sirve para ennoblecer a su protagonista. La afirmación de que Brzezinski «tenía poca paciencia con los medios de comunicación» es difícil de creer: fue el primer asesor de Seguridad Nacional en nombrar un secretario de prensa y cortejaba asiduamente a los periodistas. El propio Luce recuerda una cena en 2012 en el norte de Virginia en la que, invitado para hablar de su libro Time to Start Thinking, se encontró con Brzezinski presidiendo una mesa en la que estaban Albright, Kerry y Stephen Hadley, un simposio «intimidante», escribe Luce: «Kerry estaba en un estado de ánimo especialmente spengleriano»; «Albright se mantuvo en silencio», etcétera. Si los esfuerzos de Brzezinski por ganarse el favor de los medios de comunicación no tuvieron más éxito, no fue porque no lo intentará. El dinero constituye otro punto de contraste. A diferencia de Kissinger, Brzezinski era «poco sofisticado en los negocios», comportándose como un consultor, cuyos «contratos llegaban como ganancias inesperadas». Esta supuesta indiferencia hacia lo material no le impidió servir durante una década en la junta directiva de Conrad Black junto a Kissinger y Richard Perle, o asesorar a Amoco y ejercer presión a favor de Azerbaiyán y el consorcio del oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan. Designado por Clinton como intermediario con Heydar Aliyev en la década de 1990, fue un enérgico impulsor de la república caucásica y de su cleptocrático gobernante, a quien describió como un «tipo realmente genial». Millonario en la década de 2000, Brzezinski, escribe Luce, «alcanzó el desahogo financiero casi a pesar suyo».

Aún más lejos de la realidad está la afirmación de Luce, que replica la tranquilizante afirmación de Brzezinski sobre Carter de que «su paso por el gobierno no manchó de sangre sus manos». Como asesor de Seguridad Nacional, Brzezinski contribuyó a organizar la reconstitución de los Jemeres Rojos, dio luz verde a la represión del levantamiento de Kwangju en Corea del Sur –el propio enviado y mando militar de Washington liberó a las tropas para aplastar a los estudiantes, matando al menos a mil de ellos–, facilitó la venta de armas a Yakarta inmediatamente después de su invasión de Timor Oriental, intensificó la guerra por delegación en Afganistán con un coste humano incalculable y ayudó a la junta de El Salvador a asesinar en torno a diez mil campesinos solo en 1980.

Fueran cuales fueren los defectos de Brzezinski, la ambigüedad no era uno de ellos. Sus escritos están notablemente libres del yanquismo y de la hipocresía que impregnan la literatura sobre la gran estrategia estadounidense. No se puede decir lo mismo de su biógrafo. El subtítulo de ZbigThe Life of Zbigniew Brzezinski, America’s Great Power Prophet– es inapropiado, pero revelador: el propio Brzezinski rara vez utilizaba esa expresión, peyorativa en el vocabulario de la acción política estatal polaca. En lo que respecta a Estados Unidos, hablaba sin ambigüedades de imperio, un término completamente ausente en el relato de Luce. En otros aspectos, también, una nube de eufemismos se cierne sobre la biografía a contrapelo absoluto de la mentalidad de su protagonista. En opinión de Luce, Brzezinski se resiste a ser clasificado. Alineado con los partidarios de la línea dura en Vietnam, sus «teorías de compromiso pacífico y de búsqueda de la distensión lo sitúan en compañía de los moderados». Se trata de un malentendido fundamental. El concepto de «compromiso pacífico» de Brzezinski era una alternativa intervencionista a la distensión, no una versión más suave de la misma. Brzezinski criticaba la contención de Kennan por su pasividad y el equilibrio metternichiano de Kissinger por congelar el mapa. Su propia fórmula era más radical: una disuasión fortalecida por una intromisión deliberada en los asuntos internos del bloque soviético. «Es decir», como él mismo afirmó, «sí, contención, pero con un refuerzo para que los rusos no se vean tentados a usar el poder contra nosotros. Al mismo tiempo, sin embargo, no aceptar la idea de una línea clara, de que no nos entrometemos».

Las historias convencionales de la presidencia de Carter lo describen como un ejecutivo bienintencionado, pero en última instancia ineficaz, lastrado por impulsos contradictorios y asesores en disputa. Brzezinski es la bestia negra en esta literatura, que desvía las nobles aspiraciones hacia la estrecha vía del belicismo de la Guerra Fría. Luce ajusta el marco, pero no se aleja significativamente de él. «Vance se ganó el corazón de Carter», aduce, mientras que «Brzezinski se ganó su cerebro». Estudios recientes desmienten esta presunción. Carter, un ingeniero moralista y altivo, al igual que su mentor Hyman Rickover, otro polaco de mente tenaz, era quien tomaba las decisiones. Como presidente, se identificó con la pretensión de Truman de extirpar el «aventurerismo soviético» y con su desprecio por el ala progresista del Partido Demócrata. Luce no da muestras de haber consultado la ahora considerable historiografía sobre las políticas del gobierno de Carter en el Tercer Mundo producida por Piero Gleijeses, Nancy Mitchell, Odd Arne Westad y otros autores y autoras; ni siquiera menciona la hagiografía de Carter de Kai Bird publicada en 2022.

Más atenta a la carrera académica de Brzezinski que Luce, la biografía de Justin Vaïsse es también una mejor guía de su trayectoria política, aunque llega a un veredicto similar al considerarlo «en última instancia, inclasificable, ferozmente independiente e irreductible a ninguna escuela de pensamiento en particular». Sin embargo, como señala Vaïsse, la trayectoria de Brzezinski en la década de 1970 siguió de cerca el emergente movimiento neoconservador. Participante desde el principio en la Coalition for a Democratic Majority, hostil a McGovern y a la Nueva Izquierda, alineado con «Scoop» Jackson en materia de defensa, acogió en privado los esfuerzos del Committee on the Present Danger y del Team B para socavar la distensión. Cuando el secretario de Estado George Shultz sugirió que su perspectiva se adaptaba mejor al gabinete de Reagan que al de Carter, Brzezinski respondió: «Sí, pero ellos me necesitaban más». Israel era el escollo, como lo sería para los neoconservadores posteriores.

Al igual que Vaïsse, Luce ancla su biografía en un contraste sostenido con Kissinger. Tras seguir a su predecesor francés en descartar la imagen recibida de la pareja como rivales acérrimos, parece no encontrar una caracterización más adecuada y opta, lamentablemente, por la de «amigos-enemigos». Pero la oposición que exige la convención narrativa se ve desmentida por las pruebas reunidas para respaldarla. Ambos hombres explotaron el aparato del National Security Council (NSC), objeto de un estricto control, para marginar a sus rivales burocráticos y ambos despreciaron la intromisión del Congreso en la política exterior tras la guerra de Vietnam. Y cada uno de ellos tenía interés en exagerar sus desacuerdos filosóficos, transcritos diligentemente por Luce: el «pesimismo spengleriano» de Kissinger y el «globalismo» típico de la Comisión Trilateral de Brzezinski. Sin duda, el hijo de una Polonia borrada por Viena discrepaba sobre la  altura histórica de Metternich; sin duda, las críticas de Brzezinski contra la distensión molestaban a Kissinger. Pero Kissinger dejó de utilizar esa palabra después de que Castro enviara tropas a Luanda y a finales de 1978 hablaba en términos indistinguibles de los de Brzezinski sobre la posibilidad de un avance soviético desde el Mekong hasta Kandahar, que convirtiera la coexistencia en una peligrosa ilusión.

A pesar de todo ello, Luce tiene razón al señalar el sabor edulcorado de los escritos de Kissinger, subproducto de la necesidad de mantener la proximidad al poder y mantener su consultoría en marcha. El estilo más cáustico de Brzezinski es evidente en su obra posterior, media docena de libros, desprovistos de tacto hacia Europa y Estados Unidos o de adulación hacia Israel, que se defienden bien frente a las insípidas elucubraciones de Kissinger. Ni Luce ni Vaïsse examinan estos textos en profundidad, lo cual supone una grave omisión. Resulta especialmente llamativo el contraste entre el tratamiento admirativo que Luce otorga a The Grand Failure: The Birth and Death of Communism in the Twentieth Century, con su diagnóstico «profético» de la debilidad constitutiva de la URSS, y el escaso párrafo dedicado al análisis de la estrategia imperial estadounidense en The Grand Chessboard: American Primacy And Its Geostrategic Imperatives. La explicación puede radicar en la incomodidad sentida por Luce ante la franqueza de Brzezinski a la hora de hablar de los requisitos necesarios para imponer la primacía estadounidense, un término que rara vez se encuentra en las páginas del Financial Times, y quizá también en la exclusión del país natal de Luce como actor geoestratégico, ya que el declive de Gran Bretaña y su apego a una «relación especial con Estados Unidos en declive» la han convertido en «irrelevante para el futuro de Europa».

Prescindiendo de los tópicos liberales de la época, The Grand Chessboard calificaba con serenidad a Estados Unidos de potencia imperial, cuyo dominio se sostenía mediante una dependencia estructurada, respecto a la cual la OTAN operaba como un instrumento central, flanqueada por regímenes económicos como el FMI y la OMC. El imperativo estratégico era gestionar a los principales actores de Eurasia (Europa, Rusia, China) y, sobre todo, a sus pivotes: Turquía, Irán, Azerbaiyán, Corea del Sur y, lo que es más decisivo, Ucrania, cuyo destino determinaría si Moscú podría reconstituirse como un rival imperial. En un registro poco sentimental, Brzezinski hablaba en el libro de Estados vasallos, Estados tributarios y de la necesidad de adelantarse a las coaliciones hostiles. La UE seguía siendo «en gran medida un protectorado estadounidense», mientras que la eventual inclusión de Ucrania en la Alianza Atlántica –«en algún momento entre 2005 y 2010»– provocaría inevitablemente una reacción rusa. Brzezinski previó una Rusia «genuinamente no imperial», que adoptaría la forma de una «confederación laxa» de repúblicas europeas, siberianas y del extremo-orientales, rodeada por alianzas de Estados Unidos con China y Japón.

Resulta extraordinario que Luce pueda prácticamente prescindir de The Grand Chessboard con el comentario despectivo de que «cada tres o cuatro años, Brzezinski sacaba otro libro. La concisión era su leitmotiv». Tal filisteísmo contribuye al declive de los estándares que Luce deplora: una completa falta de interés por las ideas. Del mismo modo, Luce puede citar el juicio de Walter Russell Mead de que «en lo que se refiere a lo que podría llamarse la “filosofía” de la política exterior», ningún otro Demócrata podía igualar la comprensión de Brzezinski de la relación «a veces difícil» existente entre el interés nacional y los valores liberales, sin considerar el impacto de la importación de esos términos para su propio proyecto. Por el contrario, Luce dedica una atención interminable a los chismes de Washington, a los rankings globales de poder elaborados por US News & World Report y a qué botellas de vino se abrieron en las cenas con Nixon.

«La dificultad para la introspección –escribe Luce sobre Brzezinski– sería un defecto recurrente». Intenta trazar un perfil psicológico de su autor, identificando su «rasgo fundamental» como «una profunda confianza en sí mismo, que a menudo desbordaba en arrogancia», pero las pruebas biográficas son poco concluyentes. Brzezinski parece haber tenido pocos amigos íntimos. Su relación con Huntington era sin duda compleja; ambos mantuvieron una estrecha colaboración personal y profesional durante gran parte de sus vidas, pero Luce apenas menciona su camaradería, salvo que Brzezinski se enamoró de una de sus amantes mientras estaban en Harvard y más tarde se casó con ella. Carter, a quien agradaba que le halagaran su intelecto, estaba embelesado. «Yo era consciente de algunos de los prejuicios de Zbig [...], pero siempre me hacía pensar», le dijo a un entrevistador. «Brzezinski –el presidente hizo una pausa y se inclinó hacia adelante– era mi tesoro».

El émigré polaco y el propietario de una plantación de cacahuetes de Georgia se unieron, como señaló Brzezinski en sus memorias, por «una sorprendente afinidad entre Polonia y el Sur estadounidense, dos pueblos crecidos en una historia que superó la derrota, en un código de caballerosidad y honor que compensaba con orgullo el atraso». Las partes más valiosas de Zbig: The Life of Zbigniew Brzezinski, America’s Great Power Prophet tratan sobre la polonidad de Brzezinski; sin embargo, Luce no profundiza en ello tanto como podría. Lo que atrajo a Brzezinski a Estados Unidos, recordaba, fue la creencia «de que Estados Unidos tenía una mayor capacidad para influir positivamente en los asuntos mundiales y, por lo tanto, para ayudar a crear un sistema internacional más justo, que también ayudaría a Polonia». Admitió que su ascendencia influía en su visión de Rusia, pero eso es solo una parte de la historia. El prometeísmo, la corriente geopolítica defendida por el autoritario y nacionalista Piłsudski en el periodo de entreguerras y transmitida a Brzezinski por su padre, pretendía salvaguardar Polonia fomentando movimientos de independencia nacional entre los pueblos no rusos de la URSS para precipitar su desintegración interna. Después de 1939, la lógica geopolítica y moral del proyecto sobrevivió en el exilio a través de la revista Kultura, de Jerzy Giedroyć, que la reformuló como una política oriental de reconciliación: la independencia de Polonia requería que Ucrania, Bielorrusia y Lituania fueran igualmente libres, y que se renunciara a las reivindicaciones territoriales polacas. A partir de la década de 1950, Brzezinski mantuvo una correspondencia transatlántica con Giedroyć, colaborando regularmente con Kultura y sosteniéndola financieramente. Giedroyć cuestionó el resurgimiento de los diseños del intermarium polaco-lituano de Piłsudski, que Brzezinski consideró en ocasiones, pero ambos concebían un cinturón pluralista de naciones liberadas entre el Báltico y la cuenca póntica como condición previa para la seguridad polaca.

Si una vertiente del pensamiento de Brzezinski se centraba en la desestabilización de la periferia imperial desde dentro, un punto de referencia igualmente duradero era Halford Mackinder. Recordado por teorizar el «corazón» de Eurasia como el fulcro del poder mundial, el geógrafo y congresista fue enviado al sur de Ucrania por Lord Curzon en el invierno de 1919-1920 para evaluar el destino de los ejércitos de Denikin en desintegración y esbozar un último baluarte defendible en el Mar Negro contra el avance bolchevique. En su informe confidencial de enero de 1920 a Lloyd George, Mackinder imaginó una zona de repliegue centrada en tres posiciones costeras: Novorossiysk y el interior cerealista de Kubán, que aseguraban los suministros del Cáucaso; Crimea, al sur del istmo de Perekop, protegida por una estrecha puerta terrestre y abierta al refuerzo marítimo; y Odesa, contemplada como un punto de apoyo mínimo a través del cual pudiera fluir la ayuda occidental y donde algún día podría montarse una contraofensiva, comenzando por la cuenca del Donets. Este planteamiento se combinaba con un plan más amplio para crear un cordón sanitario de repúblicas fronterizas bajo el liderazgo polaco desde el litoral báltico hasta el corredor de tránsito del Cáucaso, concebido con el objetivo de aislar a la Rusia soviética. Aunque nunca se llevó a cabo, esta lógica –de acceso marítimo, supervivencia industrial y una cadena de Estados tapón orientales– guarda cierta semejanza con la perspectiva estratégica de la OTAN un siglo después.

Con la derrota de Ucrania en el horizonte y sin promesas de una dirección coherente por parte de Washington, es probable que los atlantistas se inclinen por un lenguaje geopolítico más duro –puntos de estrangulamiento, reductos, cabezas de puente– mientras navegan entre los escollos de la cruzada liberal y la rebaja de expectativas dictada por el realismo. Si tal giro puede implementarse como una estrategia cabal es otra cuestión

Alexander Zevin, en su reseña de The Retreat of Western Liberalism publicada en la NLR 111, calificó a Luce de «conformista crítico»: atento a los fallos del liberalismo, pero reacio a indagar en sus fundamentos. Desde entonces, el liberalismo de Luce ha adquirido un carácter más belicoso. Escéptico ante la nostalgia por el «orden internacional liberal», también rechaza los análisis realistas de la guerra en Ucrania, indignándose ante el «autoengaño intelectual» de Mearsheimer y el «repugnante» concepto de una esfera de influencia rusa. Más bienvenida le resulta la idea de que «nuestro mundo otanizado solo va a crecer». Tras haber declarado repetidamente la derrota de Moscú, Luce desprecia las «líneas rojas nucleares de Putin», elogia la contribución de Kiev a la «neutralización de Rusia como adversario» y mantiene la esperanza de que la autodenominada Coalición de los Dispuestos pueda mantener vivo el conflicto durante los próximos años. En ese sentido, el atractivo de Brzezinski es doble: la reprimenda dirigida a una era poshistórica y carente de estrategia, así como una vía de escape del punto muerto de la desacreditada promoción de la democracia y de un realismo, que no concede ningún privilegio moral a Occidente.

Con la derrota de Ucrania en el horizonte y sin promesas de una dirección coherente por parte de Washington, es probable que los atlantistas se inclinen por un lenguaje geopolítico más duro –puntos de estrangulamiento, reductos, cabezas de puente– mientras navegan entre los escollos de la cruzada liberal y la rebaja de expectativas dictada por el realismo. Si tal giro puede implementarse como una estrategia cabal es otra cuestión. Requeriría, como mínimo, un análisis más riguroso de las premisas de la tradición que cualquiera de los que se ofrecen actualmente. Los publicistas póstumos de Brzezinski aún tienen que aprender un par de cosas del viejo polaco.


Recomendamos leer Richard Beck, « Cómo se desmorona una hegemonía global: la crisis de Estados Unidos y la política reaccionaria imperante en el sistema-mundo capitalista» y William I. Robinson y M. Gürsan Şenalp, « La Pax Silica, el genocidio de Gaza y la crisis del capitalismo global», ambos publicados en Ant/agón. Alexander Zevin, «Trump’s Gulf War», NLR 158. Giovanni Arrighi, Terence K. Hopkins e Immanuel Wallerstein, Movimientos antisistémicos (1999), Giovanni Arrighi, El largo siglo XX: Dinero y poder en los orígenes de nuestra época (1999) y Adam Smith en Pekín: Orígenes y fundamentos del siglo XXI (2007), Giovanni Arrgihi y Beverly J. Silver, Caos y orden en el sistema-mundo moderno (2001). The White House, National Security Strategy of the United States of America 2017 y National Security Strategy of the Unites States of America 2025.

Este artículo se ha publicado en la New Left Review , revista bimestral publicada en Madrid por Traficantes de Sueños.