Debatir Brzezinski: réplica a Grey Anderson
Edward Luce, editor jefe del Financial Times para Estados Unidos y autor de Zbig: The Life of Zbigniew Brzezinski, America’s Great Power Prophet (2025) réplica a la reseña de su libro por Grey Anderson, publicada en la New Left Review y en Ant/agón, acusándole de presentar una imagen monolítica de Brzezinski como un partidario intransigente de la línea dura y de desconocer sus posiciones cambiantes respecto a la existencia y evolución de la Unión Soviética siempre cortadas en su opinión por el patrón de la interacción pacífica
A lo largo de los años se han publicado muchas reseñas de mis libros. El artículo de Grey Anderson publicado en la New Left Review y en Ant/agón sobre Zbig: The Life of Zbigniew Brzezinski, America’s Great Power Prophet (2025), mi reciente biografía sobre él, es solo la segunda recensión de uno mis libros a la que he respondido públicamente (en 2012 ya discrepé de la reseña de The Economist sobre mi libro Time to Start Thinking: America and the Spectre of Decline). Aunque es obvio que los autores prefieren los elogios, ser criticado forma parte del juego. Ser tergiversado por completo, como hace Anderson con mi libro, es algo totalmente diferente. La descripción inexacta que hace Anderson del contenido de la biografía que he escrito sobre Zbigniew Brzezinski se extiende también a sus resúmenes de mi trabajo en el Financial Times, donde soy columnista y editor nacional para Estados Unidos. De acuerdo con su análisis, al parecer he pasado de ser un crítico del liberalismo occidental a convertirme en «el principal detractor de Trump y Putin en el Financial Times». La implicación binaria de Anderson es que si se ataca a Trump (rara vez escribo sobre Putin), se dejan de lado las críticas al sistema que el presidente estadounidense está asaltando. Los Demócratas en general, así como los funcionarios del gobierno de Biden sobre cuyas políticas respecto a China, Oriente Próximo y Rusia he escrito a menudo, se sorprenderían al oír esto.
Anderson continúa insinuando que soy un belicista. «Tras haber declarado repetidamente la derrota de Moscú, Luce desprecia las «líneas rojas nucleares de Putin», elogia la contribución de Kiev a la «neutralización de Rusia como adversario» y mantiene la esperanza de que la autodenominada Coalición de los Dispuestos pueda mantener vivo el conflicto durante los próximos años, escribe Anderson. No tengo ni idea de dónde ha sacado Anderson la idea de que quiero perpetuar la guerra. Me gustaría que la ofensiva de Rusia llegara a su fin. Solo una vez, en 2022, escribí una columna sobre el umbral nuclear de Putin en la que advertí de que «el mundo está entrando en su período más peligroso desde la crisis de los misiles de Cuba de 1962» y de que ninguno de nosotros podía entonces estar seguro de dónde se situaba ese umbral.
Tras tergiversar mi periodismo, Anderson dedica gran parte de su ensayo a hacer lo mismo con Zbig: The Life of Zbigniew Brzezinski, America’s Great Power Prophet. Su principal queja es que no hago justicia a las ideas de Brzezinski al no profundizar lo suficiente en sus libros. En cambio, «Luce dedica una atención interminable a los chismes de Washington, a los rankings globales de poder elaborados por la revista US News & World Report y a qué botellas de vino se abrieron en las cenas con Nixon». Permítanme abordar cada uno de estos puntos por separado: comencemos por la afirmación de que concedo poca importancia a las ideas de Brzezinski y que muestro debilidad por los «chismes». En mi libro dedico mucho espacio a explicar las obras fundamentales de Brzezinski, partiendo de su tesis de posgrado de 1950 en la McGill University de Montreal sobre el nacionalismo ruso-soviético e incluyendo exposiciones detalladas de su obra y su producción académica en general, como sucede, por ejemplo, con su voluminoso libro de 1960, The Soviet Bloc, Unity and Conflict. Las obras que analizo con mayor detalle son aquellas que dieron fama a Brzezinski como académico y constituyeron el núcleo intelectual de la estrategia de la Guerra Fría, que él llevó a la práctica durante las presidencias de Johnson y Carter.
Brzezinski apoyó la distensión, aunque con crecientes críticas tácticas, hasta mediados de la década de 1970. Como expuse, se le consideró un partidario de la línea dura o de la línea blanda en diferentes etapas de su vida, aunque él rechazaba ambas etiquetas. Para Anderson, Brzezinski fue siempre un partidario de la línea dura
Anderson desestima mi afirmación de que la estrategia de «interacción pacífica» con Europa del Este mantenida por Brzezinski lo situaba en la misma línea que los partidarios de mantener una política conciliadora, extremo que él califica de «malentendido fundamental». Este error es de Anderson. La búsqueda de Brzezinski de la «interacción pacífica» se formuló como una alternativa no bélica a la doctrina maximalista de «hacer retroceder» al comunismo seguida durante la presidencia de Eisenhower. Brzezinski apoyó la distensión, aunque con crecientes críticas tácticas, hasta mediados de la década de 1970. Como expuse, se le consideró un partidario de la línea dura o de la línea blanda en diferentes etapas de su vida, aunque él rechazaba ambas etiquetas. Para Anderson, Brzezinski fue siempre un partidario de la línea dura. Su definición de este concepto parece aplicarse a cualquiera que se resistiera a la acción soviética, aunque fuera por medios pacíficos. Su planteamiento trituraría cualquier esfuerzo serio por comprender la odisea de Brzezinski. La captura de los matices de otras mentes no parece ser lo suyo.
The Grand Chessboard, que ha adquirido un estatus cuasi fetichista en ciertos círculos, posiblemente debido a la constante cita de una frase sobre la importancia de Ucrania para la reconstitución imperial de Rusia, no es tan apasionante como Anderson cree. En el libro, Brzezinski expone cómo Estados Unidos debería desempeñar el papel de contrapeso desde el exterior para impedir que surja un nuevo imperio euroasiático dominante a escala global (aquí sí utiliza la palabra «imperio»)
Su mayor queja es que no hago justicia a The Grand Chessboard: American Primacy and Its Geostrategic Imperatives, el libro que Brzezinski publicó en 1997. Quizá debería haber dedicado más espacio a resumir su contenido, aunque en la narración que hago de la vida de Brzezinski y de su producción pública a lo largo de esa década doy amplio espacio a las ideas contenidas en este libro. A diferencia de Anderson, sin embargo, y de algunos otros, no interpreto The Grand Chessboard como una defensa del imperio estadounidense y mucho menos como el argumento tajante que Anderson presenta. Anderson escribe: «En lo que respecta a Estados Unidos, [Brzezinski] hablaba sin ambigüedades de imperio, un término completamente ausente en el relato de Luce». Tiene razón; no cito a Brzezinski sobre el imperio estadounidense. Esto se debe a que Brzezinski no utilizó ese lenguaje. Las expresiones «imperio estadounidense», «imperialismo estadounidense» o cualquier variante de las mismas no aparecen en ningún lugar de los escritos de Brzezinski y no lo hacen ni una sola vez en The Grand Chessboard. A menudo utiliza la palabra «primacía» y, ocasionalmente, «hegemonía», pero estas no significan lo mismo. The Grand Chessboard, que ha adquirido un estatus cuasi fetichista en ciertos círculos, posiblemente debido a la constante cita de una frase sobre la importancia de Ucrania para la reconstitución imperial de Rusia, no es tan apasionante como Anderson cree. En el libro, Brzezinski expone cómo Estados Unidos debería desempeñar el papel de contrapeso desde el exterior para impedir que surja un nuevo imperio euroasiático dominante a escala global (aquí sí utiliza la palabra «imperio»). Brzezinski sostiene que Estados Unidos debería aspirar a ser «regente» antes de que su primacía llegue a su fin, algo que él prevé como inevitable. Esta es su conclusión: «Ante una estructura global en evolución, Estados Unidos debe trabajar para atraer a Rusia hacia un Occidente ampliado y, al mismo tiempo, perseguir una visión geopolítica a largo plazo, que incluya la cooperación entre Estados Unidos, China y Rusia». Cabe subrayar que Brzezinski no habló de un imperio estadounidense. Fue un término impuesto por sus críticos más perezosos.
Uno de los objetivos básicos de cualquier biografía es captar la vida del protagonista en su totalidad: sus años de formación, su familia, su vida social, sus disputas profesionales y cualquier contexto que explique cómo evolucionó la vida de esa persona. Para Anderson todo esto son chismes superfluos. Entre sus ejemplos se encuentran mi relato de la amistad de Brzezinski con Nixon durante sus últimos años (y sí, eso incluía una anécdota inolvidable sobre el vino), un par de frases sobre el cambio de posición de Brzezinski en la revista US News and World Reports frente a la de su principal rival, el secretario de Estado Cyrus Vance, y los «chismes de Washington» en general. Esto último, supongo, se refiere a los relatos de los ampliamente difundidos choques por razones de personalidad y de línea política en los que Brzezinski se veía frecuentemente envuelto. Como señala Anderson, también menciono un supuesto escándalo sexual de Brzezinski que ocupó la portada de The Washington Post. El hecho de que Anderson considere ese material como trivial y que, además, lo considere como algo que resta importancia a la exploración de la mente de Brzezinski, revela su incomprensión de lo que debe hacer una biografía. Zbig: The Life of Zbigniew Brzezinski, America’s Great Power Prophet es una biografía impregnada de las ideas de Brzezinski, pero en el contexto en el que este las desarrolló.
En aras de la brevedad, presento a continuación dos (de las varias) afirmaciones erróneas que Anderson hace sobre inexactitudes o juicios equivocados contenidos en mi libro. En la primera, descarta como una «presunción» falsa mi descripción de que Brzezinski hubiera conquistado la cabeza de Jimmy Carter y Vance su corazón. Al parecer, «estudios recientes» han concluido que «Carter tomaba las decisiones». Por definición, el presidente es siempre quien decide. Anderson tergiversa mi análisis de la relación de Carter con sus dos principales asesores de política exterior para presentarme como si hubiera dicho algo que no dije. Los años de Carter fueron una batalla por la mente del presidente y Anderson debe saber que eso era lo que yo estaba narrando. Con un estilo igualmente omnisciente, Anderson descarta mi diferenciación entre los modelos de relación con los medios de comunicación seguidos por Brzezinski y por Henry Kissinger, siendo este último un adulador empedernido y el primero alguien notoriamente combativo. Anderson dice que esto es «difícil de creer», porque Brzezinski me invitó una vez a cenar. De hecho, es muy fácil de creer. Le reto a que encuentre un solo periodista de aquella época o de décadas más recientes que discrepe de mi caracterización. Anderson también cuestiona mi uso del término «gran potencia» en el subtítulo del libro, alegando que los polacos son alérgicos a ese lenguaje. Aun suponiendo erróneamente que Brzezinski represente solo la tradición polaca y no la estadounidense, este es un libro sobre Brzezinski, no escrito por Brzezinski.
El papel de un buen crítico es ofrecer un resumen preciso del libro para respaldar su valoración, ya sea negativa o positiva. El ensayo de Anderson fracasa en el primer escollo.
Puedes leer la respuesta de Grey Anderson aquí.
Recomendamos leer Grey Anderson, «Contar Brzezinski: el cálculo del poder de la potencia estadounidense», Ant/agón/New Left Review 156. Richard Beck, « Cómo se desmorona una hegemonía global: la crisis de Estados Unidos y la política reaccionaria imperante en el sistema-mundo capitalista» y William I. Robinson y M. Gürsan Şenalp, «La Pax Silica, el genocidio de Gaza y la crisis del capitalismo global», ambos publicados en Ant/agón. Alexander Zevin, «Trump’s Gulf War», NLR 158. Giovanni Arrighi, Terence K. Hopkins e Immanuel Wallerstein, Movimientos antisistémicos (1999), Giovanni Arrighi, El largo siglo XX: Dinero y poder en los orígenes de nuestra época (1999) y Adam Smith en Pekín: Orígenes y fundamentos del siglo XXI (2007), Giovanni Arrgihi y Beverly J. Silver, Caos y orden en el sistema-mundo moderno (2001). The White House, National Security Strategy of the United States of America 2017 y National Security Strategy of the Unites States of America 2025.
Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista publicada en Madrid por Traficantes de Sueños.