Partido y clase: sobre la transformación estructural del Partido Republicano estadounidense
La lucha de clases, los procesos de constitución política y la calidad de la práctica política en un periodo histórico determinado depende crucialmente de qué tipo de organizaciones y formas partido las clases son capaces de producir y construir y en la capacidad de estas para interactuar dialécticamente con los regímenes de explotación, acumulación y distribución de la renta y la riqueza, así como de impactar en las formas Estado, el derecho internacional y las opciones geopolíticas de las clases dominantes, siempre orientadas por la maximización irracional del beneficio, la violencia sistémica y la concentración del poder nudo sobre la inmensa mayoría de la fuerza de trabajo global. Naussicaa Renner examina en este artículo cómo estos vectores han impactado en la mutación del Partido Republicano estadounidense al hilo de la crítica de Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos (2025), de Paul Heideman
Para quienes pensaban –o esperaban– que las grandes tecnológicas habían consolidado una coalición empresarial en torno al Partido Demócrata, conciliando la explotación lucrativa con los principios liberales, la segunda toma de posesión de Trump debió de suponer un duro golpe*. Mark Zuckerberg y su esposa Priscilla Chan (Meta) se sentaron junto a Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos (Amazon), Sundar Pichai (Google) y Elon Musk (Tesla/SpaceX). Tras años de llamamientos para frenar el flujo de noticias falsas, los magnates parecían aliviados por el cambio de gobierno. Zuckerberg, que había liderado la campaña de sus empresas para expulsar a Trump de sus plataformas tras el 6 de enero de 2021, apareció en un vídeo confesional de cinco minutos con el pelo acaracolado y una cadena de oro para anunciar que era hora de volver a «nuestras raíces en torno a la libertad de expresión». Y esta vez, todos acudieron a la gala del multimillonario de PayPal y cofundador de Palantir, Peter Thiel, en la víspera del baile inaugural.
Dos patrones de comportamiento, argumenta Heideman, han llevado al Partido Republicano a esta situación: el debilitamiento de los partidos políticos y la desorganización de las empresas estadounidenses. El primero hizo al partido vulnerable a los desafíos internos y a la fractura, mientras que el segundo animó a las corporaciones empresariales y a los grupos de interés especiales a priorizar las ganancias a corto plazo y específicas de cada sector en lugar de abogar por la unidad política. Ambos procesos forman parte de un patrón más amplio de desarrollo estadounidense excepcional
La historia del Partido Republicano de Paul Heideman se propone explicar cómo las altas esferas de las empresas estadounidenses acabaron como suplicantes ante un partido cada vez más fuera de su control. Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos comienza señalando un contraste histórico: en la década de 1950 Joseph McCarthy fue condenado al ostracismo por el Partido Republicano de Eisenhower bajo la presión de las empresas, mientras que setenta años después un intento equivalente de expulsar a Trump tras su impugnación de los resultados electorales de 2020 acabó en nada. Dos patrones de comportamiento, argumenta Heideman, han llevado al Partido Republicano a esta situación: el debilitamiento de los partidos políticos y la desorganización de las empresas estadounidenses. El primero hizo al partido vulnerable a los desafíos internos y a la fractura, mientras que el segundo animó a las corporaciones empresariales y a los grupos de interés especiales a priorizar las ganancias a corto plazo y específicas de cada sector en lugar de abogar por la unidad política. Ambos procesos forman parte de un patrón más amplio de desarrollo estadounidense excepcional. Aunque Estados Unidos fue pionero en lo que Rogue Elephant denomina «los primeros partidos electorales de masas de la historia mundial», estas formaciones se diseñaron menos para articular programas nacionales coherentes que para amortiguar el faccionalismo en una república federal dividida; mientras tanto, a diferencia de otras democracias capitalistas, el país nunca creó una asociación centralizada de empresarios hecho debido en parte a la relativa debilidad de los sindicatos.
Heideman traza la trayectoria del Partido Republicano a través de dos vectores principales, la coherencia ideológica y la fortaleza institucional, aunque añade que muchos de esos mismos patrones fueron adoptados por el Partido Demócrata o se aplican también al mismo. En la Progressive Era (1890-1920), los Republicanos eran dominantes tras haber logrado repeler el auge populista de William Jennings Bryan, pero el partido ofrecía poca diferenciación ideológica respecto a los Demócratas. «En la práctica –escribe Heideman– ambos partidos defendían la exclusión de los intereses de los trabajadores». A Woodrow Wilson, entonces profesor de ciencias políticas, le preocupaba que sus programas indistintos y superpuestos privaran a los votantes de una alternativa nítida, hecho que en su opinión mermaba la propia democracia. Dos reformas, introducidas a principios del siglo XX para combatir la corrupción del «sistema de pillaje», consistente en la asignación de empleos y contratos públicos a cambio de financiación concedida a los políticos y los partidos, cambiaron de forma duradera el funcionamiento de estos. La primera nombró a funcionarios no elegidos, que conservaban sus puestos a lo largo de los periodos de cambio político, para ocupar cargos y desempeñar funciones administrativas, que anteriormente se habían asignado por nombramiento político. La segunda, y más significativa de las dos, introdujo las elecciones primarias directas, que en 1917 ya eran obligatorias en la mayoría de los estados. Aunque su intención era frenar los excesos de los aparatos políticos en lo que eran, en la práctica, feudos de «un solo partido», tales medidas también «hicieron que la política estadounidense fuera mucho menos participativa y redujeron el papel de los partidos en ella», argumenta el libro, al tiempo que intensificaron la «incoherencia» de sus programas. Durante el mismo período, el movimiento obrero y las empresas avanzaron simultáneamente en sus respectivos esfuerzos de autoorganización. La agitación antisindical impulsó el primer aumento de afiliados de la National Association of Manufacturers (NAM), fundada en 1895. La Cámara de Comercio se fundó poco después. Sin embargo, las empresas tuvieron dificultades para lograr la unidad, dadas las realidades de la competencia imperante entre ellas. «Somos un organismo fragmentado», admitieron los responsables de la NAM en el periodo de entreguerras. «Tenemos directivos, pero nos faltan las bases». Un disidente criticó a la Cámara por ser un club en tiempos de bonanza y un «potente centro de reacción» en tiempos de cambio, pero incapaz de proporcionar ayuda real en ninguno de los dos casos.
Entre la década de 1930 y la de 1960, sin embargo, esta alineación siguió siendo un proceso inacabado, argumenta Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos, ya que los Demócratas vincularon a los sindicatos y a los liberales del norte con la clase dominante del sur segregacionista, consolidando a los Republicanos como el partido de «las grandes empresas y los trabajadores nativos». Los «polarizadores» de cada bando trataron de resolver estas tensiones y, a mediados de la década de 1960, en medio de la agitación por los derechos civiles, conservadores y liberales se distribuyeron en gran medida en partidos opuestos, dando lugar por primera vez a un «sistema de partidos ideológicamente cohesionado»
Durante el New Deal el movimiento sindical se alió con el Partido Demócrata de Frank Delano Roosevelt, lo cual propició que partidos se cohesionaran más claramente en función de líneas de clase. Por primera vez desde la época anterior a la Guerra civil, se configuró una división reconocible entre reforma y reacción. Roosevelt respaldó la negociación colectiva al promulgar la National Industrial Recovery Act (1933), hecho que contribuyó a impulsar una ola masiva de huelgas. Heideman cita a John Lewis, presidente del United Mine Workers, quien declaró: «Estamos convencidos de que no ha habido ningún instrumento legal comparable a este desde la Proclamación de Emancipación del presidente Lincoln». Entre la década de 1930 y la de 1960, sin embargo, esta alineación siguió siendo un proceso inacabado, argumenta Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos, ya que los Demócratas vincularon a los sindicatos y a los liberales del norte con la clase dominante del sur segregacionista, consolidando a los Republicanos como el partido de «las grandes empresas y los trabajadores nativos». Los «polarizadores» de cada bando trataron de resolver estas tensiones y, a mediados de la década de 1960, en medio de la agitación por los derechos civiles, conservadores y liberales se distribuyeron en gran medida en partidos opuestos, dando lugar por primera vez a un «sistema de partidos ideológicamente cohesionado». En opinión de Heideman, este logro fue un arma de doble filo. Las mismas reformas que completaron la segmentación partidista –la generalización de las primarias y la erosión del principio de antigüedad en la asignación de las presidencias de los comités– debilitaron todavía más las organizaciones constituidas por los partidos, que un modelo emergente de «servicio» redujo a auxiliares profesionales de las campañas electorales, que se limitaban a proporcionar fondos y apoyo técnico. La llegada de la televisión y los costes asociados agravaron la tendencia, al igual que las reformas de la financiación de las campañas, que autorizaron a los comités de acción política (PAC) a canalizar donaciones directamente a los candidatos, al tiempo que se limitaban las contribuciones de los partidos.
A finales de la década de 1970, sostiene Heideman, los intereses empresariales estaban dispuestos a aceptar políticas que afectaran negativamente a sus resultados. Apoyando el «Volcker shock» a pesar de sus graves costes a corto plazo, las principales empresas respaldaron la cura recesiva en una muestra de determinación capitalista colectiva. Heideman cita un informe de la Business Roundtable, que «argumentaba sin rodeos que una recesión era un precio que valía la pena pagar para combatir la inflación». Bajo el mandato de Reagan, la clase empresarial obtuvo su recompensa
Si la década de 1960, durante la cual el movimiento sindical alcanzó el punto máximo de su fuerza al conseguir la promulgación de normativa favorable a la clase trabajadora, fue un período turbulento para las empresas, la década siguiente marcó un cambio decisivo en el equilibrio de fuerzas de clase. En respuesta a las crecientes denuncias de prácticas laborales injustas, los crecientes costes imperantes el sector de la construcción y la elevada inflación registrada en un clima económico generalmente pesimista, el Labor Law Reform Group (LLRG) comenzó a atraer a empresas anteriormente indiferentes hacia una postura antisindical más coordinada. Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos relata el trabajo organizativo realizado por ejecutivos como Roger Blough, de US Steel, que se pusieron manos a la obra, formando primero la Construction Users’ Anti-Inflation Roundtable y luego, junto con el LLRG, la Business Roundtable, cuyo objetivo, de acuerdo con la cita de Heideman de uno de sus miembros, era «universal» y se concentraba en la «supervivencia del sistema de libre empresa». A diferencia de los organismos patronales anteriores, la Business Roundtable pretendía actuar no en favor de sectores concretos, sino de las empresas en su conjunto. La Cámara de Comercio también logró reorganizarse bajo el liderazgo de Richard Lesher, cuadruplicando el número de sus miembros y aumentando su influencia política a través de su comité de acción política (PAC).
En aquel momento, sostiene Heideman, los intereses empresariales estaban dispuestos a aceptar políticas que afectaran negativamente a sus resultados. Apoyando el «Volcker shock» a pesar de sus graves costes a corto plazo, las principales empresas respaldaron la cura recesiva en una muestra de determinación capitalista colectiva. Heideman cita un informe de la Business Roundtable, que «argumentaba sin rodeos que una recesión era un precio que valía la pena pagar para combatir la inflación». Bajo el mandato de Reagan, la clase empresarial obtuvo su recompensa. El tipo impositivo de las empresas se redujo más de la mitad y se marginó de forma decisiva a los trabajadores. Sin embargo, una vez cumplidas estas tareas, el mundo empresarial no pudo mantenerse unido. Con «sus enemigos inmediatos derrotados», escribe Heideman, «las empresas pronto se dieron cuenta de que no podían mantener la unidad que habían encontrado en el fragor de la batalla». Los conflictos redistributivos resurgieron dentro del bando empresarial, cuando los fanáticos de las políticas de la oferta se enfrentaron a los conservadores fiscales más cautelosos en torno a los tipos impositivos y la reducción del déficit; un asesor comparó a las grandes empresas con «cerdos alimentándose en el comedero», peleándose por obtener ventajas de un gobierno favorable a sus intereses. La disciplina forjada en la década de 1970 decayó, dando paso a formas de defensa cada vez más provincianas.
En la década de 1990 organizaciones como la Business Roundtable y la Cámara de Comercio cambiaron su modelo de negocio. «En lugar de intentar forjar un consenso entre un grupo diverso de empresas, la Cámara ofrecería sus recursos al mejor postor», escribe Heideman. Esta estructura permitiría al sector de los seguros médicos «prometer públicamente su apoyo a los esfuerzos de reforma, al tiempo que financiaba la campaña de tierra quemada de la Cámara de Comercio contra una opción pública o la introducción de cualquier regulación significativa en el sector». Un grupo de presión de las aseguradoras donó a la organización 85 millones de dólares para socavar la regulación. Aunque el blanqueo de decenas de millones de dólares a través de grupos de financiación opaca es ahora una característica habitual de la política estadounidense, se trataba de una cantidad de dinero notable en aquel momento. Los representantes del capital dejaron de presentarse como guardianes de los intereses generales de los empleadores y, en vez de ello, abrazaron causas más específicas –la remuneración de los ejecutivos, el tabaco, los productos farmacéuticos, los seguros– y la lucrativa prestación de servicios de gestión de la reputación, indispensables en una era de directores ejecutivos famosos. La resectorización de las grandes empresas, sostiene Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos, tuvo un efecto determinante en la trayectoria del Partido Republicano. Para Heideman, el congresista por Georgia Newt Gingrich fue la figura clave en la consolidación de esta transformación.
Durante la era de Clinton, de acuerdo con el análisis presentado en Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos, se abrió otra brecha entre el sector empresarial como clase y el Partido Republicano. Mientras Clinton se aseguraba el respaldo de las elites para el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y «tenía a las empresas salivando» ante la privatización de la Seguridad Social, la determinación de la dirección del Partido Republicano de verlo caer se alejó todavía más de las prioridades de las grandes empresas
En respuesta a lo que algunos conservadores consideraban la debilidad de Reagan –sobre todo su firma de una ley fiscal demócrata en 1982–, Gingrich había puesto en marcha un esfuerzo concertado para desplazar al Partido Republicano a la derecha. Tal y como le aconsejó un consultor, su recién constituido grupo, la Conservative Opportunity Society, tendría que funcionar como el Vietcong, esto es, como un «movimiento guerrillero revolucionario». El discurso político dio un giro apocalíptico. El compromiso fiscal, declaró Gingrich, era el «primer asalto de una lucha por el alma y el futuro del Partido Republicano». La innovación de Gingrich, que en última instancia le permitió montar una «guerra total contra el liberalismo», fue su uso de la recaudación de fondos para eludir la infraestructura del partido, desplegando un sistema de comités de acción política (PAC) centrado en los estados para sortear los límites federales de contribución a las organizaciones y actores políticos y construir una red alternativa de donantes. Como presidente de la Cámara de Representantes, cambió el funcionamiento del sistema de clientelismo, otorgando puestos destacados en las comisiones en función de la capacidad de recaudación de fondos y no de la antigüedad en el cargo. Los mecanismos que impulsaron su ascenso al cargo en 1994 inspirarían a su vez a los aspirantes rivales. A medida que proliferaban los PAC impulsados por los representantes políticos y las redes de financiación, la dependencia de los miembros hacia él se fue erosionando. «Cuando Gingrich dejó de ser su única fuente de dinero, tuvieron libertad para volverse contra él», observa Heideman sobre un ciclo, que acabó consumiendo a sucesivos líderes republicanos. «No había nada que estuviera fuera de los límites, amigo», recordaba el representante de Carolina del Sur Lindsey Graham, de la promoción de 1992. «Puede que nos hayas dado de comer, que nos hayas lavado y nos hayas peinado, pero aun así te íbamos a morder».
Durante la era de Clinton, de acuerdo con el análisis presentado en Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos, se abrió otra brecha entre el sector empresarial como clase y el Partido Republicano. Mientras Clinton se aseguraba el respaldo de las elites para el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y «tenía a las empresas salivando» ante la privatización de la Seguridad Social, la determinación de la dirección del Partido Republicano de verlo caer se alejó todavía más de las prioridades de las grandes empresas. La ruptura se produjo con el impeachment. Aquí los Republicanos se apartaron de las preferencias de la mayoría de los empresarios estadounidenses para atender la llamada de poderosos grupos de interés minoritarios, en particular la derecha cristiana y las grandes tabacaleras, para quienes la Food and Drug Administration de Clinton era una némesis. El portavoz de la Cámara de Representantes, Tom DeLay, se erigió como el principal aliado de Philip Morris en el Congreso, y la empresa se situó como su mayor donante individual a lo largo de múltiples ciclos electorales. «El impeachment fue el momento en que la política impulsada por los donantes y una elite empresarial más fracturada chocaron», argumenta Heideman, dando lugar a un Partido Republicano cada vez más susceptible de ser capturado por los «emprendedores políticos» de línea dura, cuya influencia ya no podía ser contenida por la elite de poder tradicional. Todo volvió a encajar, aunque solo fuera brevemente, bajo el mandato de George W. Bush. Tras distanciarse de la agresividad de la era de Gingrich mediante el lenguaje del «conservadurismo compasivo», Bush reunió a los Republicanos del establishment y a la derecha del partido en torno a los recortes fiscales, la desregulación y el keynesianismo militar. Se instituyeron reuniones semanales entre los líderes del Congreso y los lobbies en las que la Casa Blanca establecía las prioridades y esperaba que las empresas se alinearan, una expectativa que quedó clara cuando Bush informó a los principales ejecutivos de que solo una fracción de su paquete fiscal iría a parar directamente a las empresas. Lo mismo ocurrió con la marcha hacia la guerra en Iraq, que Heideman identifica como la culminación de un consenso bipartidista sobre el cambio de régimen forjado a finales de la era Clinton. Aunque se ha hablado mucho de los vínculos del gobierno de Bush con las empresas petroleras, Heideman encuentra «muy pocas pruebas» de que la invasión se llevara a cabo a instancias de estas. En cambio, al igual que con la política fiscal, «el gobierno marcó el rumbo y aseguró a las empresas que se velaría por sus intereses, si la apoyaban».
En los años de Obama, los intereses económicos se alinearon detrás de los candidatos del Tea Party, mientras la sentencia del Tribunal Supremo en el caso Citizens United v. Federal Election Commission abría las compuertas de la financiación política opaca. Organizaciones en la sombra como FreedomWorks y Americans for Prosperity, ambos financiados por Charles y David Koch, surgieron como una «ecología alternativa de las elites», que no temía desafiar a la dirección del partido ni a los lobbies empresariales tradicionales. «El Tea Party ayudó a reinventar la oposición al gobierno de Obama, pasando de ser un proyecto del destartalado Partido Republicano a convertirse en un proyecto del resurgente movimiento conservador», escribe Heideman
Durante un tiempo, el 11-S y las cruzadas imperiales en Oriente Próximo generaron un respaldo relativamente unificado del partido y las empresas en pro de las mismas. Cuando la opinión pública se volvió en contra de la guerra de Iraq, resurgieron las fracturas. La reforma de la Seguridad Social de Bush no encontró un apoyo duradero: ni entre la ciudadanía, ni en el Senado, ni siquiera entre las empresas, a pesar de los incentivos materiales. La reforma migratoria, respaldada por los empresarios, pero denunciada por el ala nativista del partido, amplió la distancia existente entre la Casa Blanca y el Congreso. Luego llegó la crisis financiera. Bush se valió de los votos demócratas para sacar adelante el rescate de Wall Street apoyado por las empresas, con una mayoría de Republicanos de la Cámara de Representantes votando en contra del Troubled Asset Relief Program (TARP). Al final de la presidencia de Bush, el partido estaba más dividido que en ningún otro momento desde el Watergate.
En los años de Obama, los intereses económicos se alinearon detrás de los candidatos del Tea Party, mientras la sentencia del Tribunal Supremo en el caso Citizens United v. Federal Election Commission abría las compuertas de la financiación política opaca. Organizaciones en la sombra como FreedomWorks y Americans for Prosperity, ambos financiados por Charles y David Koch, surgieron como una «ecología alternativa de las elites», que no temía desafiar a la dirección del partido ni a los lobbies empresariales tradicionales. «El Tea Party ayudó a reinventar la oposición al gobierno de Obama, pasando de ser un proyecto del destartalado Partido Republicano a convertirse en un proyecto del resurgente movimiento conservador», escribe Heideman. Y de cambio de imagen se trató: Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos cita con ironía el informe de Theda Skocpol y Vanessa Williamson tras entrevistar a activistas del Tea Party, según el cual «un número sorprendente de las personas con las que hablamos situaban su primera experiencia política en la campaña de Goldwater de 1964». Estos esfuerzos no hicieron más que marginar aún más al propio Partido Republicano, aunque contribuyeron a devolverle el control de la Cámara de Representantes en las elecciones de mitad de mandato de 2010, cuando las políticas pro austeridad de Obama entraron en vigor. Los enfrentamientos en el Congreso por la Affordable Care Act, el cierre del gobierno de 2011 y las posteriores batallas presupuestarias exacerbaron las tensiones existentes entre una derecha envalentonada y un establishment que rehuía las tácticas maximalistas. Sin embargo, los intentos del asesor de Bush, Karl Rove, y de la Cámara de Comercio por frenar a los rivales en las primarias se topaban con una proliferación de grupos externos y comités de acción política (PAC) impulsados por determinados representantes, que hacían difícil la centralización. Los super PAC pronto superaron en gasto a los propios partidos y la coordinación entre los grupos alineados con los Republicanos resultó más laxa que entre los Demócratas. Sin embargo, para encontrar un candidato presidencial plausible se necesita algo más que dinero; dado que nadie satisfizo realmente al ala derecha del partido en 2012, el Partido Republicano se consolidó en torno a candidatura del apocado Mitt Romney. En 2016 las figuras del establishment y los insurgentes se enzarzaron en un desgaste mutuo; ninguno de los dos bandos comprendió el peligro que representaba la candidatura de Trump y ambos asumieron que su presencia perjudicaba al otro. El colapso de la coordinación de la elite, arraigado en el debilitamiento del aparato del partido y en una clase empresarial dividida, dejó abierto un boquete que Trump explotó con un instinto despiadado.
Desde el momento en que anunció su candidatura, Trump se enfrentó a una oposición arraigada por parte de las grandes empresas y las redes empresariales conservadoras; en las elecciones generales, el dinero de las empresas fluyó de forma decisiva hacia Hillary Clinton, que le superó en gasto electoral en una proporción de dos a uno. Dentro del Partido Republicano, se esperaba que la carrera se convirtiera en un enfrentamiento entre un candidato del establishment (Jeb Bush), un aspirante de extrema derecha (Ted Cruz) y un extremista de mirada avizora (Marco Rubio). En cambio, las luchas entre facciones y los fallos de coordinación de la elite permitieron a Trump hacerse con la nominación con aproximadamente el 40 por 100 de los votos en las primarias
La victoria de Trump, como dice Heideman, «fue como un cuadro puntillista: presentaba una imagen clara desde lejos, pero se disolvía en el caos al examinarla de cerca». A simple vista, el resultado parecía rutinario: tras dos mandatos demócratas, un candidato republicano logra una ajustada victoria en el Colegio Electoral al dar la vuelta a un puñado de estados del Medio Oeste. De cerca, sin embargo, Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos muestra que el camino fue muy irregular. Desde el momento en que anunció su candidatura, Trump se enfrentó a una oposición arraigada por parte de las grandes empresas y las redes empresariales conservadoras; en las elecciones generales, el dinero de las empresas fluyó de forma decisiva hacia Hillary Clinton, que le superó en gasto electoral en una proporción de dos a uno. Dentro del Partido Republicano, se esperaba que la carrera se convirtiera en un enfrentamiento entre un candidato del establishment (Jeb Bush), un aspirante de extrema derecha (Ted Cruz) y un extremista de mirada avizora (Marco Rubio). En cambio, las luchas entre facciones y los fallos de coordinación de la elite permitieron a Trump hacerse con la nominación con aproximadamente el 40 por 100 de los votos en las primarias. La clase donante del partido estaba dividida, su liderazgo vacilaba y los votantes de las primarias, hostiles a la inmigración y cada vez más escépticos respecto a la ortodoxia del libre mercado, encontraron en Trump a un candidato, que prometía levantar un muro en la frontera sur, retirarse del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y «salvar Medicare, Medicaid y la Seguridad Social sin recortes». El punto de inflexión se produjo en mayo de 2016, cuando el magnate inmobiliario Steve Wynn organizó una reunión entre Trump y Rove, quien le convenció para que nombrara a Mike Pence como vicepresidente, un gesto conciliador hacia los evangélicos y los ultraliberales pro libre mercado. La familia Mercer aportó una oportuna inyección de dinero y un enérgico consigliere en la figura de Steve Bannon, artífice de una estrategia antisistema dirigida a los votantes económicamente frustrados de los estados indecisos. Las elecciones generales se decidieron por un margen mínimo; la campaña de Trump se benefició paradójicamente de la ansiedad de los donantes ante su desorganización, señala Heideman, ya que el dinero que se destinó a las elecciones secundarias impulsó indirectamente sus perspectivas en los estados disputados.
Las elecciones de 2020 reafirmaron los patrones visibles cuatro años antes, dando lugar esta vez a una victoria por los pelos del Partido Demócrata, que superó al Partido Republicano en gasto en la mayoría de las rúbricas en más del 200 por 100. Cuando Trump puso en duda el resultado, se vio condenado por la Cámara de Comercio y la Business Roundtable; esta última instó a recurrir a la Vigesimoquinta Enmienda para destituirlo
Una vez en el cargo, Trump logró un notable grado de control personal sobre su partido. Pero el Estado estadounidense, constitucionalmente fragmentado y con una densa burocracia, se mostró resistente al gobierno por decreto y sus esfuerzos por gobernar a través de la lealtad personal y la improvisación ejecutiva dieron resultados desiguales: la derogación de la legislación agrupada bajo la denominación del Obamacare no prosperó; las iniciativas sobre las políticas de inmigración se vieron frustradas por los tribunales; las investigaciones y el impeachment consumieron su capital político. Su principal logro legislativo fue la aprobación de una ley fiscal de corte republicano convencional. «Un intento fallido de recortar las prestaciones sociales, una gran rebaja fiscal dirigida a los estadounidenses más ricos y una política exterior agresiva contra Irán –comenta Heideman– habrían sido resultados probables también de una presidencia de Mitt Romney». Las elecciones de 2020 reafirmaron los patrones visibles cuatro años antes, dando lugar esta vez a una victoria por los pelos del Partido Demócrata, que superó al Partido Republicano en gasto en la mayoría de las rúbricas en más del 200 por 100. Cuando Trump puso en duda el resultado, se vio condenado por la Cámara de Comercio y la Business Roundtable; esta última instó a recurrir a la Vigesimoquinta Enmienda para destituirlo. Pero esta deserción resultó efímera, como muestra Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos. Los canales alternativos de recaudación de fondos amortiguaron las pérdidas republicanas y, con los «negacionistas electorales» al mando del partido en los estados y los grupos parlamentarios, las empresas se vieron incapaces o poco dispuestas a disciplinar al Partido Republicano. A pesar de la indignación recogida en la prensa y de un historial desigual de apoyos, que le costó al partido elecciones que podía haber ganado, el dominio de Trump sobre el Partido Republicano se afianzó, culminando en su arrolladora y cómoda victoria en las primarias de 2024. El personalismo suprimió las antiguas luchas entre facciones sin resolverlas, impidiendo el surgimiento de cualquier consenso estable posterior a Trump.
En su conclusión, Heideman amplía el marco de análisis para considerar la polarización asimétrica de los dos partidos. La transformación del Partido Republicano ha sido dramática, pero Heideman se pregunta por qué el Partido Demócrata no ha experimentado nada comparable. La respuesta, argumenta, radica en la falta estructural de grandes financiadores para los programas de izquierda, pero también en la forma del partido. El Partido Demócrata sigue orientado hacia un mosaico de grupos de interés –sindicatos, organizaciones raciales y de género, grupos de votantes centrados en temas concretos– que estructuran la competencia en las primarias en torno a la gestión de coaliciones más que en la lucha ideológica, lo cual ha evitado, que se produjera el mismo grado de polarización, incluso cuando la estructura se doblega bajo la presión de campañas ajenas al partido. De cara al futuro, Heideman prevé una mayor volatilidad. La reconstrucción de los partidos requeriría una reforma de la financiación de las campañas a una escala que parece políticamente lejana; una disciplina capitalista renovada requeriría de conmociones, que actualmente no se vislumbran en el horizonte.
Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos ofrece un impresionante panorama general de la evolución de la derecha estadounidense durante el último medio siglo y Heideman es muy agudo al descubrir paradojas. Uno de los puntos fuertes del libro es su sensibilidad hacia las consecuencias no deseadas. Heideman demuestra que las reformas procedimentales de la década de 1960, impulsadas por los New Politics Democrats para democratizar el partido, debilitaron la coherencia institucional y, una vez combinadas con la escalada de la financiación de las campañas de la década de 1970, aumentaron drásticamente la influencia de los principales donantes. El pacto de Reagan, en lugar de estabilizar un consenso empresarial duradero, generó nuevos conflictos entre las empresas. El grupo de Gingrich estableció un modelo de revuelta interna, que pronto se volvió contra sus autores. Y los mismos métodos que permitieron a Trump establecer un «control personalista» sin precedentes sobre el Partido Republicano resultaron singularmente inadecuados para las tareas de gobernanza. Al conceder a la clase donante el reconocimiento que le corresponde y rastrear las bases materiales de la lucha entre las distintas facciones, Heideman trasciende la superficie periodística y devuelve los determinantes estructurales al centro del análisis.
Profesor de historia en Nueva York, Heideman es doctor en Estudios Americanos por la Universidad de Rutgers-Newark, donde completó su tesis doctoral bajo la supervisión de Barbara Foley en 2014. Su libro tiene su origen en un artículo de 2021 publicado en Catalyst, escrito a instancias del editor de la revista, Vivek Chibber. La influencia de Chibber se cita en los agradecimientos del libro, al igual que la de Corey Robin, cuyo llamamiento a «analizar lo que Trump hizo en lugar de lo que dijo» se considera la inspiración del planteamiento adoptado en el libro de Heideman. La «teoría de la inversión en la competencia entre partidos» de Thomas Ferguson, que sostiene que los partidos políticos en Estados Unidos funcionan como coaliciones de grandes inversores, cuyas preferencias políticas determinan las agendas electorales y limitan el abanico de resultados viables, es otra guía fundamental.
A pesar de todas sus virtudes, el análisis material de Rogue Elephant no siempre parece alinearse con la realidad de que las empresas estadounidenses se encuentran en una excelente posición bajo el mandato de Trump, obteniendo beneficios sin tener que enfrentarse al reto de la gobernanza real, el control o incluso la responsabilidad. La victoria de las empresas no tiene por qué parecer organizada. El capitalismo es fundamentalmente reactivo: las empresas se ajustan sin cesar a las señales de los precios, los cambios tecnológicos y las estrategias de sus rivales para sobrevivir. El cambio, no el equilibrio, es su condición óptima. Heideman muestra cómo la desunión de la clase empresarial contribuyó a empujar al Partido Republicano hacia la turbulencia del trumpismo, pero no es evidente que esa fractura haya disminuido el poder empresarial, ni que la capacidad del partido de las empresas para defender sin tapujos las demandas específicas de cada sector no sea también una muestra de fortaleza. En su apogeo, la Cámara de Comercio rara vez abogaba por políticas que abarcaran a la totalidad del espectro empresarial –de hecho, a menudo se pedía a las empresas que cedieran en grandes proyectos de ley fiscales y similares–, pero logró toda una panoplia de victorias en los sectores del automóvil, los seguros médicos y la industria farmacéutica. Aunque el capital muestre signos de entropía cuando las cosas van bien, ha sido capaz de unirse con mucha rapidez, cuando ha sido necesario para frenar una legislación desfavorable. Durante la presidencia de Clinton, la AFL-CIO realizó un esfuerzo concertado para aprobar una ley federal, la Workplace Fairness Act, concebida para proteger a los trabajadores en huelga de ser sustituidos por esquiroles. Como muestra Timothy Minchin en su historia de la AFL-CIO, Labor Under Fire: A History of the AFL-CIO since 1979 (2017), el hecho de que las empresas pudieran simplemente contratar esquiroles rompió muchas huelgas e hizo que miles de trabajadores estadounidenses perdieran sus empleos. Clinton, aunque no se pronunció abiertamente sobre el proyecto de ley, dijo que lo firmaría. Pero los Demócratas solo contaban con cincuenta y siete escaños en el Senado, tres menos que el umbral necesario para aprobar la ley. En ese momento, escribe Minchin, «por parte de las empresas, la lucha fue liderada por la Alliance to Keep Americans Working, una coalición de más de noventa corporaciones y grupos empresariales, entre los que se incluían la National Association of Manufacturers y la Cámara de Comercio de Estados Unidos. La batalla puso de manifiesto el creciente poder –y la unidad– del lobby empresarial, lo cual es una causa clave del descenso de la densidad sindical». Los representantes del sur, en particular, fueron bombardeados con cartas y peticiones, mientras los grupos empresariales se movilizaban contra la ley. Esta fracasó en el Senado y Clinton acabó promulgando un decreto, que contenía importantes limitaciones.
La narrativa de Heideman, atenta a las fuerzas estructurales, a veces pasa por alto la centralidad de los acontecimientos históricos reales, incluidos los profundos cambios registrados en la naturaleza del capitalismo estadounidense. A las convulsiones económicas de la década de 1970 –la competencia entre capitalistas que condujo a una contracción de los beneficios, los shocks de Nixon y el inicio de la estanflación– se les dedica una fracción del espacio concedido a las disputas en torno a la regulación acaecidas en el Congreso, mientras que el desplazamiento del sector industrial por el financiero en la década de 1990, cuando la liberalización comercial y un dólar fuerte aceleraron la deslocalización de la producción, se pasa por alto rápidamente
Al examinar las principales leyes económicas y decretos aprobados o firmados por Trump, se observan signos de tensión entre las ventajas de las facciones y las prioridades del conjunto de la clase. Rogue Elephan: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos ofrece un interesante análisis de la ley presupuestaria de Trump para 2017, que recortó de un solo golpe el impuesto de sociedades y el impuesto sobre la renta de los ricos. George W. Bush, escribe Heideman, «había reunido a los líderes empresariales en una sala y les había dicho que no añadiría sus recortes preferidos a su plan fiscal, pero que, si apoyaban su estrategia, serían ricamente recompensados». Trump, por el contrario, financió su regalo a los ricos con un impuesto aduanero, que imponía un fuerte recargo a los importadores. Los aranceles del segundo mandato de Trump, introducidos como instrumentos de una política exterior arriesgada, no pueden describirse como algo que sirva a los intereses de las grandes empresas ni a corto ni a largo plazo. Al menos en este aspecto, la oposición se ha mostrado sorprendentemente cohesionada. Ford, por ejemplo, con su cuota relativamente alta de producción nacional, podría considerar que los aranceles confieren una ventaja a los fabricantes de automóviles extranjeros, pero hasta ahora la empresa se ha inclinado, sin embargo, por los beneficios de poder importar piezas y productos acabados.
Los magnates de las plataformas que competían por ganarse el favor de Trump no acudieron en masa a Washington el pasado enero para impulsar un programa común, sino para buscar un trato preferencial. Acudieron a la toma de posesión no porque a las empresas les fuera mal en este entorno caótico y necesitaran ganar influencia, sino porque las empresas están buscando la desregulación. El mercado bursátil, el PIB y los beneficios empresariales repuntaron tras el difícil primer trimestre de 2025. La destrucción del marco regulador estadounidense sin duda ayudó. De acuerdo con la información disponible, el «Kochtopus» gastó 548 millones de dólares durante el ciclo electoral de 2024, presionando a las grandes corporaciones para que empujaran al Partido Republicano más hacia la derecha en muchos temas, a pesar de que Trump nunca ha sido su candidato preferido. Y, por supuesto, está la burbuja de la IA. «Si aprovechamos siquiera una fracción de las oportunidades que se nos presentan», anunció Zuckerberg en el informe de resultados del tercer trimestre de Meta, «los próximos años serán el periodo más emocionante de nuestra historia».
La narrativa de Heideman, atenta a las fuerzas estructurales, a veces pasa por alto la centralidad de los acontecimientos históricos reales, incluidos los profundos cambios registrados en la naturaleza del capitalismo estadounidense. A las convulsiones económicas de la década de 1970 –la competencia entre capitalistas que condujo a una contracción de los beneficios, los shocks de Nixon y el inicio de la estanflación– se les dedica una fracción del espacio concedido a las disputas en torno a la regulación acaecidas en el Congreso, mientras que el desplazamiento del sector industrial por el financiero en la década de 1990, cuando la liberalización comercial y un dólar fuerte aceleraron la deslocalización de la producción, se pasa por alto rápidamente. Aunque Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos ofrece una corrección admirablemente pragmática a las explicaciones psicologizantes del ascenso de Trump, también hay algo que falta: sobre el propio Trump, o sobre el electorado, o sobre las dinámicas no racionales en juego. A veces ello se manifiesta en forma de eufemismo, como cuando Heideman describe a Christine O’Donnell, una antigua candidata del Tea Party al Senado por Delaware, como «solo vagamente anclada a la realidad». La recuerdo como la candidata que se vio obligada a emitir un anuncio en el que declaraba: «No soy una bruja». En otras ocasiones, la falta de atención a los actores individuales se percibe como una omisión más significativa. John Lewis, el líder sindical que elogió la legislación de Roosevelt de 1933, se volvió contra el Partido Demócrata unos años más tarde. Heideman no menciona esto, aunque es un buen ejemplo de cómo una base unificada puede, de hecho, provocar una fractura. Por el contrario, desde que el libro de Heideman se envió a imprenta, Marjorie Taylor Greene –la incendiaria congresista republicana por el distrito 14 de Georgia, cuyas payasadas cita como prueba del control vacilante de la dirección del partido– se ha visto abocada a la jubilación, a pesar de su poderío financiero.
Tampoco se han explorado lo suficiente en el libro los efectos de los cambios indicados por Heideman en el Partido Demócrata, ni el «reajuste» que ha llevado al partido a ganar terreno entre los grupos más acomodados, mientras parte de su base de clase trabajadora ha cambiado su lealtad entregándosela a Partido Republicano. «Se podría afirmar solventemente», escribe Heideman,
que los Demócratas se han alejado de la redistribución, siguiendo las preferencias de sus nuevos votantes de clase alta. Sin embargo, esto no es lo que ha ocurrido. De hecho, durante el mandato de Joe Biden, los Demócratas intentaron aprobar la medida de política redistributiva más ambiciosa desde la Gran Sociedad. El hecho de que fuera bloqueada por los dos senadores más conservadores del grupo parlamentario demócrata no resta importancia al hecho de que el resto del partido la apoyara.
Hay dos cosas que no se mencionan: en primer lugar, que este fue el premio de consolación otorgado al ala del partido liderada por Sander, que estaba tirando de Biden hacia la izquierda; y, en segundo lugar, que el verdadero impulso de «Build Back Better» no radicaba en benévolos impulsos redistributivos, sino en la necesidad de corregir la desestabilización causada por la pandemia de la COVID-19. La medida iba acompañada de la continuación del Paycheck Protection Program [Programa de Protección de Nóminas], una ayuda que fue plenamente aprovechada por las grandes corporaciones.
Es poco probable que los llamamientos populistas oportunistas de Trump y Vance se fusionen en una alternativa estable en la derecha o provoquen una reacción unificada entre los Demócratas, pronostica Heideman. «El atractivo del “conservadurismo nacional” tiene menos que ver con su programa económico –señala Heideman– y más con su disposición a abrazar el antiliberalismo». El propio Gingrich observó que Trump «no era esencialmente un conservador», sino un «antiliberal». De hecho, añadió el expresidente de la Cámara de Representantes, «puede que sea el destructor más eficaz del liberalismo que he visto en mi vida»
Heideman solo aborda de pasada la fortuna de los desafíos de la izquierda a la dirección del Partido Demócrata, que presenta un neto contraste con la rendición de los republicanos ante su rebelde ala derecha. Adam Hilton, en un artículo publicado en el Socialist Register, aborda la cuestión desde una perspectiva que complementa la de Heideman. «¿Por qué esta estructura» –un partido relativamente poroso– «debería inclinarse tan sistemáticamente hacia los intereses capitalistas?», pregunta Hilton. Su respuesta es que el Partido Demócrata carece de «deliberación interna tanto sobre las principales cuestiones políticas de actualidad como sobre las visiones políticas alternativas para la sociedad», un déficit que «funciona como un importante desincentivo para la participación generalizada de las bases». Las consecuencias quedaron claras en el efímero auge de Sanders, limitado por la estructura de superdelegados del partido. Un Partido Republicano más fuerte, como sostiene Heideman, podría haber impedido el ascenso de Trump, pero, ¿en qué situación habría dejado ello al país? La izquierda tiene pocos motivos para depositar sus esperanzas en revertir la atrofia de los Demócratas.
Es poco probable que los llamamientos populistas oportunistas de Trump y Vance se fusionen en una alternativa estable en la derecha o provoquen una reacción unificada entre los Demócratas, pronostica Heideman. «El atractivo del “conservadurismo nacional” tiene menos que ver con su programa económico –señala Heideman– y más con su disposición a abrazar el antiliberalismo». El propio Gingrich observó que Trump «no era esencialmente un conservador», sino un «antiliberal». De hecho, añadió el expresidente de la Cámara de Representantes, «puede que sea el destructor más eficaz del liberalismo que he visto en mi vida». La orientación del Partido Republicano, alejada de un programa conservador positivo, tiene su reflejo más que evidente en los Demócratas, cuyo posicionamiento como única alternativa al fascismo –el partido de la democracia en sí mismo– huele a desesperación.
Recomendamos leer Dylan Riley y Robert Brenner, «Siete tesis sobre la política estadounidense», NLR 138, y «La lógica política de los horizontes bloqueados del capitalismo», NLR 155&Ant/agón. Dylan Riley, «Capitalismo, capitalistas, política», «Culturas políticas, marxismo, política de clase», «Intereses materiales y lucha de clases», «Lenin en Estados Unidos», todos ellos publicados en Diario Red, «Marx y Weber o la racionalidad política de la comprensión del capitalismo», Ant/agón, y «Líneas de fractura: Lógicas políticas del sistema de partidos en Estados Unidos», NLR 126.
Este texto se ha publicado en la New Left Review 157, revista bimestral de política y teoría publicada en Madrid por Traficantes de Sueños.
* Paul Heideman, Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos, Londres y Nueva York, Verso, 2025, 320 pp.