Marx y Weber o la racionalidad política de la comprensión del capitalismo
¿Puede comprenderse la coyuntura histórica actual y la proliferación del fascismo, de las formas políticas reaccionarias, de la multiplicación de las guerras genocidas de exterminio, de la exacerbación de la crisis ecosistémica y de la aceleración por las clases dominantes y dirigentes actuales de todas y cada una de las tendencias, que incrementan la velocidad y la intensidad de las crisis sistémicas que apuntan a la destrucción de las condiciones de reproducción ecopolíticas, constitucionales y productivas sin disponer de un concepto fuerte de capitalismo? ¿Puede construirse este concepto sin fundamentarlo epistémicamente en torno a los conceptos de clase, de composición de clase, de lucha de clases y de constitución del sujeto proletario como sujeto político constituyente respecto al constitucionalismo democrático y las formas de dominación generadas por la forma Estado actualmente capturada por las facciones más reaccionarias y privadas de todo pensamiento complejo de las clases dominantes para comprender la actual coyuntura y las condiciones de construcción de los nuevos sujetos antisistémicos en los respectivos sistemas políticos realmente existentes en la Unión Europea? ¿Puede un concepto fuerte de capitalismo construido desde una perspectiva de clase y desde este sofisticado punto de vista de la composición de clase ayudar heurísticamente a eliminar las patologías, los puntos ciegos y la falta de crecimiento antagonista exponencial tan absolutamente presentes en el campo político de la izquierda tanto a escala de la provincia España como del campo político europeo y eventualmente transnacional?
¿Cuál es la relación existente entre las interpretaciones del capitalismo de Marx y Weber? Se han derramado ríos de tinta en un intento por sintetizar o contraponer a estos dos grandes analistas del capitalismo. El debate gira en torno a una serie de contrastes muy manidos: mercados o producción, clases o estamentos y, por supuesto, el más familiar de todos, la conducta vital determinada por la religión frente a la fuerza impulsora de las relaciones de propiedad. En su gran mayoría, estas diferencias se presentan como sustantivas, esto es, una contienda teórica entre explicaciones causales alternativas. Pero, de alguna manera, esta aproximación al problema no da en el clavo.
El contraste entre ambos estudiosos no radica fundamentalmente en sus afirmaciones sobre los orígenes del capitalismo. A la postre, ninguno de los dos fue capaz de ofrecer una explicación general convincente. Ello no quiere decir que su trabajo sea prescindible, pues ambos poseían una virtud lamentablemente rara: la capacidad de transmitir lo sorprendente y extraño que es el capitalismo como sistema de producción e intercambio y, en consecuencia, de presentar como un problema digno de ser resuelto cuál ha sido el contexto de la existencia humana durante varios siglos. Sus fracasos explicativos deben considerarse, por lo tanto, entre los más fructíferos de la historia de las ciencias humanas.
En cualquier caso, la cuestión principal radica en otra parte, en sus puntos de vista o perspectivas. Quizá Lukács fue quien mejor lo entendió. De acuerdo con su análisis, Weber tipificaba el punto de vista de la burguesía en el sentido de que su análisis del capitalismo mostraba exactamente hasta dónde se podía llegar, que ha sido realmente muy lejos, partiendo de la perspectiva de la empresa. ¿En qué condiciones podían los propietarios calcular sus beneficios esperados con el mayor grado de precisión? El punto de partida de Marx era diferente. Comenzó preguntándose en qué condiciones los valores de uso aparecerían generalmente como mercancías. Sin embargo, ambos llegaron a una conclusión similar. Una condición previa del capitalismo –sería erróneo decir «causa», dada la enorme variedad de formas en que se alcanzó el resultado– es el trabajo asalariado. Para Weber ello se debía a que solo el trabajo asalariado permitía calcular con precisión el coste de la fuerza de trabajo. Para Marx el trabajo asalariado servía como resumen de todo el sistema de relaciones de propiedad en el que una clase ostenta un monopolio social sobre la propiedad de los principales medios de producción, mientras que otra clase no posee nada más que su capacidad para trabajar.
De ello se deduce que la diferencia esencial entre Marx y Weber radica en sus respectivos «ángulos de visión». Marx abordó el capitalismo desde el punto de vista del trabajo asalariado, Weber desde el de los propietarios del capital. En este sentido conceptual-epistemológico, más que en sentido biográfico, puede afirmarse que Weber fue un pensador burgués y Marx un pensador proletario. Aquí se encierra una lección general: los puntos de vista son logros político-epistemológicos, no expresiones no mediadas del ser social. No son actitudes u opiniones, sino perspectivas determinadas conscientemente que revelan al cegar y ciegan al revelar.
La apuesta lukácsiana era que ambas podían sintetizarse en términos marxistas a través de las categorías de inmediatez y mediación. Weber, de acuerdo con Lukács, había captado la experiencia inmediata del capitalismo para la totalidad de sus agentes sociales. Pero la capacidad de elevar esa experiencia a la reflexión consciente dependía de la posición de clase desde la que se desarrollaba el proceso de mediación. La burguesía podía tomar conciencia de su propia posición social sin alcanzar una conciencia del carácter históricamente específico del capitalismo como estructura de clase. De hecho, cuanto más avanzaba la burguesía hacia la clarificación de sus intereses, más se le aparecía el mundo como una estructura dada en la que se desarrolla la acción individual. Para la burguesía, el logro de la conciencia de clase planteaba, pues, obstáculos para la comprensión de la historia. El proletariado, por el contrario, no podía llegar a una comprensión adecuada de sus intereses sin llegar a comprender la historia como una historia de estructuras de clase; así, para la clase obrera, existía una relación íntima entre la comprensión histórica y la conciencia de clase.
Nota bene: muchas de las objeciones formuladas a Lukács, por ejemplo, que el proletariado a menudo carece de conciencia de clase, son en gran medida irrelevantes. La cuestión no es que una posición de clase proletaria vaya a producir, a través de algún proceso biográfico, una comprensión de la historia, sino en realidad que, si el proletariado ha de actuar como clase, debe alcanzar tal comprensión, lo cual es una cuestión totalmente diferente. En lugar de «superar a Hegel» radicalizando hegelianamente a Hegel, esto puede entenderse mejor como un brillante, y aún en gran medida inexplorado, Einkesselung [cerco] de Weber.
Recomendamos leer Georg Lukács, «Lukacs on his Life and Work», NLR I/68. Dylan Riley, «Capitalismo, capitalistas, política», «Culturas políticas, marxismo, política de clase», «Intereses materiales y lucha de clases», «Lenin en Estados Unidos», «Después de la cultura de masas» y «Contra Arendt», todos ellos publicados en Diario Red, y «Sermones para príncipes», NLR 143, «Líneas de fractura: Lógicas políticas del sistema de partidos en Estados Unidos», NLR 126, y Dylan Riley y Robert Brenner, «Siete tesis sobre la política estadounidense», NLR 138, y «La lógica política de los horizontes bloqueados del capitalismo», NLR 155.
Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista bimestral publicada en Madrid por el Instituto República & Democracia de Podemos y por Traficantes de Sueños.