Conjeturas de inversión a ciegas sobre la IA
El capitalismo nunca ha sido una economía de mercado, como demuestra la concentración y centralización económica intrínseca al mismo evidenciada en estos momentos por los grandes fondos de gestión de activos, ni mucho menos un sistema eficiente en la implementación de la compleja red de procesos de asignación de recursos en un entorno de escasez –como demuestra la imparable crisis ecosistémica actual–, ni, desde luego, un modelo óptimo de planificación privada de los procesos de inversión del capital acumulado a escala global y en la longue durée secular de la reproducción del sistema-mundo capitalista –como demuestra el enésimo ciclo de guerra, rearme y destrucción consustancial a sus ciclos sistémicos de acumulación–, sino, en realidad, una formidable máquina de acumulación de poder de clase, de extracción y destrucción de valor de uso y de valor de cambio, de acaparamiento de poder político y de distorsión absoluta de cualquier modelo de organización democrática e igualitaria de las sociedades realmente existentes, como demuestra el actual ciclo fascista reaccionario en el que estamos inmersos
El auge de la inversión en la IA, sea o no una burbuja, como tiendo a creer, es una demostración clara de lo engañoso que resulta caracterizar el capitalismo como una «economía de mercado». Los ideólogos del sistema no paran de parlotear sobre los mercados. De acuerdo con su narrativa, los mercados transmiten información sobre las necesidades y los deseos de los consumidores a los productores con quienes no tienen relación alguna, los cuales, por su parte, orientan sus acciones en consecuencia. El culto a los mercados, pues, se reduce a una afirmación sobre la relación entre la información y la inversión. Para los entusiastas del mercado ni siquiera el planificador central pertrechado con las mejores intenciones del mundo puede responder adecuadamente a las necesidades de la gente, porque la planificación destruye el sistema de precios, que transmite la información susceptible de implementar una planificación racional.
Consideremos la situación en noviembre de 2022, justo antes del lanzamiento de ChatGPT. La demanda de IA generativa en ese momento era prácticamente inexistente, pero tras el lanzamiento fluyeron enormes cantidades de inversión hacia el desarrollo de esta tecnología. ¿Por qué se canalizó toda esta inversión hacia un negocio, cuyos productos no tenían una demanda evidente? Ocurrió, porque el ritmo de la inversión capitalista viene determinado por las expectativas futuras de rentabilidad, que están en gran medida desconectadas de las necesidades y deseos actuales de la población, por no hablar de cualquier consideración más amplia de las necesidades sociales
Dejando a un lado los complejos debates sobre el cálculo y la planificación, consideremos por un momento, si los mercados desempeñan el papel que se supone que deben desempeñar en el capitalismo. Una breve reflexión revela que, si el capitalismo pudiera describirse efectivamente como una economía de mercado tout court, no tendría ninguna de las características revolucionarias, que evidentemente ha poseído en el pasado. La característica más evidente del sistema es su tendencia a transformar constantemente las técnicas productivas y la organización de la producción con el fin de aumentar los beneficios en un entorno competitivo. No es en absoluto obvio que la IA y la expansión de los centros de datos asociada a ella vayan a conducir a tal Umwälzung [transformación]. Sin embargo, sí es evidente que algunos actores importantes piensan que así será o al menos les gustaría transmitir esa impresión.
Sea cual fuere el resultado final del actual auge inversor, una cosa está clara: este no puede ser en modo alguno una respuesta a la información sobre las preferencias actuales de los consumidores. Dado que la IA generativa es una tecnología radicalmente nueva, cuyo uso todavía se halla en proceso de dilucidación, las inversiones y la expansión que la misma está impulsando en estos momentos son independientes de la demanda o, en el mejor de los casos, se basan en conjeturas, que no pueden fundamentarse en los precios. Esta falta de respuesta a las señales del mercado es precisamente lo que hace que estas inversiones sean potencialmente revolucionarias.
Consideremos la situación en noviembre de 2022, justo antes del lanzamiento de ChatGPT. La demanda de IA generativa en ese momento era prácticamente inexistente, pero tras el lanzamiento fluyeron enormes cantidades de inversión hacia el desarrollo de esta tecnología. ¿Por qué se canalizó toda esta inversión hacia un negocio, cuyos productos no tenían una demanda evidente? Ocurrió, porque el ritmo de la inversión capitalista viene determinado por las expectativas futuras de rentabilidad, que están en gran medida desconectadas de las necesidades y deseos actuales de la población, por no hablar de cualquier consideración más amplia de las necesidades sociales.
De hecho, el sistema de oferta y demanda desempeña un papel secundario en el capitalismo. La característica más destacada del capitalismo es lo independiente que es la inversión de la demanda, esto es, hasta qué punto la primera está orientada hacia un futuro especulativo y lo poco que se basa en la información. Por el contrario, una sociedad de mercado pura sería totalmente diferente de lo que hemos llegado a considerar como capitalismo en su sentido clásico y dinámico. En una sociedad así, los productores obtendrían información precisa sobre la demanda existente, lo cual conduciría a una división del trabajo muy desarrollada, cuya consecuencia última sería una disminución de la competencia, ya que cada productor encontraría exactamente el nicho al que se adaptara a la perfección. La sociedad sería muy conservadora desde el punto de vista tecnológico, precisamente porque todos los factores de producción (en particular, el trabajo y el capital) se remunerarían en función de su contribución productiva. En consecuencia, la acumulación sería escasa y habría pocos incentivos u oportunidades para realizar apuestas a gran escala sobre el futuro. Es fundamental señalar que, para funcionar correctamente, una sociedad de mercado requeriría un bajo nivel de desigualdad de ingresos, ya que solo así la utilidad marginal del dinero sería equivalente, de modo que los precios reflejarían la demanda real. El gran teórico de este tipo de sociedad es Durkheim, cuyo utopismo se ha confundido con mucha frecuencia como si se tratara de mero positivismo.
Los mercados desempeñan cierto papel en la asignación de los recursos existentes en el capitalismo, pero lo que realmente distingue al sistema no puede describirse en términos de mercados. Si el sistema de precios funcionara como sugieren sus defensores más acérrimos, ¿por qué se produciría en realidad crecimiento económico y, en particular, por qué debería adoptar la forma marcadamente discontinua, que ha tenido a lo largo de la historia del capitalismo? Es concebible un sistema de asignación a través de los precios perfectamente funcional sin que se verifique ningún tipo de crecimiento; de hecho, el crecimiento parecería que exige el uso de recursos para producir bienes y servicios para los que no existe demanda actual y, por lo tanto, depende de la ruptura del vínculo existente entre la oferta y la demanda, que se supone que el sistema de mercado debe preservar y regular.
Históricamente los mercados han tenido, en el mejor de los casos, solo una conexión contingente con el crecimiento. Existen numerosos ejemplos de expansión del mercado, que han conducido a una situación de involución económica, siendo el comercio de esclavos africanos quizá el más terrible y evidente. Ese continente pagó su participación en los mercados globales con una pérdida demográfica masiva de la que realmente todavía no se ha recuperado. También cabría mencionar el impacto del comercio de cereales en Alemania al este del Elba a partir del siglo XVI, que condujo a la consolidación del control represivo de la fuerza de trabajo en las grandes fincas de los terratenientes prusianos, o la penetración de los comerciantes florentinos en la campiña toscana, que socavó los florecientes mercados locales de tierras en el siglo XV.
Volvamos de nuevo a finales de 2022. ¿Cuáles eran las necesidades existentes que podrían haberse abordado, al menos parcialmente, con una inversión de un billón de dólares? Se presentan numerosas opciones: la transición hacia la tecnología verde, la ampliación de las oportunidades educativas, la mejora del acceso a la asistencia sanitaria… El hecho de que, en cambio, se invirtiera esta suma inimaginable en una tecnología para la que, por muy atractiva que fuera, no existía una demanda evidente, y mucho menos una necesidad apremiante, debe considerarse un claro fracaso del capitalismo y un argumento de peso para organizar la economía siguiendo líneas fundamentalmente diferentes
Ha habido muchas sociedades de mercado en el pasado, que no eran capitalistas y es probable que haya más en el futuro. El rasgo decisivo del capitalismo es que se trata en realidad de una sociedad en la que los principales medios de producción son de propiedad privada y en la que, como consecuencia, las decisiones de inversión se toman de forma descoordinada y anárquica, basándose en conjeturas más o menos hechas a ciegas sobre lo que el futuro pueda deparar en lo relativo a los beneficios potenciales. Los propios mercados de futuros son notoriamente especulativos. No proporcionan información real sobre el futuro, sino, en el mejor de los casos, una pátina de racionalidad a una actividad económica, que no puede ser más que una apuesta. La cuestión, en todo caso, es que la producción orientada a la demanda existente desempeña, a lo sumo, un papel limitado en el capitalismo
Todo esto apunta a un problema crucial: la llamativa falta de correspondencia entre las necesidades humanas y la inversión capitalista. Volvamos de nuevo a finales de 2022. ¿Cuáles eran las necesidades existentes que podrían haberse abordado, al menos parcialmente, con una inversión de un billón de dólares? Se presentan numerosas opciones: la transición hacia la tecnología verde, la ampliación de las oportunidades educativas, la mejora del acceso a la asistencia sanitaria… El hecho de que, en cambio, se invirtiera esta suma inimaginable en una tecnología para la que, por muy atractiva que fuera, no existía una demanda evidente, y mucho menos una necesidad apremiante, debe considerarse un claro fracaso del capitalismo y un argumento de peso para organizar la economía siguiendo líneas fundamentalmente diferentes.
Quizá lo más importante que hay que tener en cuenta es que la historia es un árbol ramificado infinitamente complejo, no una línea ascendente, y que es la política la que articula su estructura
Se podría responder indicando, que es precisamente esta disposición a lanzarse hacia un futuro desconocido lo que confiere al capitalismo su dinamismo específico. Pero, ¿realmente necesitamos una ceguera especulativa para descubrir el mejor camino a seguir? Existen muchas otras fuentes de información, aparte de las oportunidades de obtener enormes beneficios en el futuro, que proporcionarían una guía más racional para la aplicación de la riqueza acumulada de nuestras sociedades enormemente ricas. Nunca se plantea la siguiente pregunta: «¿Qué es lo que todavía no hemos descubierto? ¿Qué caminos aún no hemos tomado?», porque se nos ha impuesto una enorme apuesta por algo que nadie dijo que quisiera y que ninguna ciencia afirmó que fuera necesario. El falso determinismo del progreso tecnológico impide plantearse tales preguntas. Quizá lo más importante que hay que tener en cuenta es que la historia es un árbol ramificado infinitamente complejo, no una línea ascendente, y que es la política la que articula su estructura.
Recomendamos leer Dylan Riley, «Marx y Weber o la racionalidad política del capitalismo», «Capitalismo, capitalistas, política», «Culturas políticas, marxismo, política de clase», «Intereses materiales y lucha de clases», «Lenin en Estados Unidos», «Después de la cultura de masas» y «Contra Arendt», todos ellos publicados en Diario Red, y «Sermones para príncipes», NLR 143, «Líneas de fractura: Lógicas políticas del sistema de partidos en Estados Unidos», NLR 126, y Dylan Riley y Robert Brenner, «Siete tesis sobre la política estadounidense», NLR 138, y «La lógica política de los horizontes bloqueados del capitalismo», NLR 155. Aaron Benanav, «Más allá del capitalismo –1: Fundamentos para una economía multicriterio», NLR 153. Giovanni Arrighi, El largo siglo XX: Dinero y poder en los orígenes de nuestra época (1999) y Adam Smith en Pekín: Orígenes y fundamentos del siglo XXI (2007), Giovanni Arrgihi y Beverly J. Silver, Caos y orden en el sistema-mundo moderno (2001).
Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista bimestral de política y teoría publicada en Londres y en Madrid por Traficantes de Sueños.