¿Por qué las crisis sistémicas no provocan siempre revoluciones?
En su nuevo texto para nuestra revista Álvaro García Linera sostiene que las crisis económicas y políticas no causan revoluciones de forma directa. La salida habitual frente al colapso del orden es el abatimiento, el extremismo o el escepticismo. El autor propone el concepto de tiempo liminal para explicar esta transición incierta, caracterizada por cinco elementos: 1) crisis estructural del régimen de acumulación capitalista; 2) derrumbe del horizonte predictivo y de las expectativas de futuro; 3) divergencia contenciosa y polarización de las élites; 4) protagonismo de los Estados leviatanes para restaurar el orden; 5) disponibilidad social hacia nuevas creencias (electorales, autoritarias o revolucionarias). Las revoluciones son excepcionalidades históricas que requieren la autoorganización de los sectores populares dentro de este tiempo de incertidumbre.
¿Hay alguna relación causal entre los momentos de crisis económica y política generales con los tiempos de estallidos sociales y rebeliones? La pregunta tiene pertinencia actual porque el mundo está atravesando un periodo histórico de numerosas crisis sobrepuestas -estancamiento económico, baja productividad, inflación elevada, deuda creciente, guerras arancelarias, geofragmentación de la economía, polarización política, retroceso de las democracias liberales, ascenso de las extremas derechas- y sin embargo no vemos estallar revoluciones por ningún lado del planeta.
Desde las ciencias sociales muchos autores han intentado responder esta misma pregunta, aunque de manera bastante limitada. T. Gurr, en su clásico Why Men Rebel, ensayó la propuesta de la frustración relativa resultante de una caída abrupta de las condiciones económicas de una sociedad. Sin embargo, durante la gran crisis financiera del 2008-2009, el ingreso promedio cayó un 5 por cien en EE. UU. y un poco menos en la UE; se perdieron millones de empleos y la pobreza aumentó, sin que se produjera un estallido social. La frustración, que es importante en los procesos de insurgencia, bajo otras condiciones, también puede dar lugar preferentemente a la apatía y el abatimiento social.
Ch. Tilly y S. Tarrow, reconocidos investigadores de la conflictividad social, argumentan que, ante la emergencia de algún problema económico, los sectores sociales descontentos pueden aprovechar oportunidades políticas, como divisiones internas de las élites del poder para hacer oír su voz, o bien, ante el debilitamiento del gobierno, crear una soberanía múltiple que disputa la autoridad ante una parte importante de los ciudadanos (Dinámica de la contienda política, 2005). El problema con estas lecturas es que solo son descriptivas de unos efectos que tienen causas subyacentes que no logran entender. Por ejemplo, qué llevó a la división radical de las élites o por qué los sectores descontentos pueden crear una autoridad paralela, en vez de cobijarse en una decepción paralizante, como suele suceder la mayor parte de los casos. Y es que es más fácil reconstruir desde “arriba” -la explosión social- hacia “abajo” -el previo malestar social- en un recorrido determinista de los acontecimientos; cuando la verdadera comprensión es al revés, es decir, estudiar por qué en medio de múltiples cursos de acción posibles que se presentan en el momento de malestar social, los grupos sociales optan por un camino específico -la rebelión- en lugar de otros igualmente disponibles; y así, paso tras paso, hasta llegar a las revoluciones.
Desde el marxismo, los aportes han sido mucho más incisivos. Lenin acuñó una memorable frase que condensaba su experiencia: "no basta que los «de abajo» no quieran seguir viviendo como antes; hace falta que los de «arriba» no puedan seguir administrando y gobernando como antes". Además de la crisis económica y del deterioro de las condiciones de vida, es necesaria, por una parte, una “intensificación” de las acciones colectivas y, por otra, una “crisis gubernamental” que fracture las antiguas coaliciones de gobierno, dando lugar a una “crisis nacional general” y a una “situación revolucionaria” (Lenin, O.C. t. 15, 22). La crisis económica y la divergencia y enfrentamiento entre antiguas élites políticas, son algo recurrente en los últimos años en muchas partes del mundo, pero solo excepcionalmente, han venido acompañadas de una intensificación de la acción colectiva de amplios sectores populares. Y allí donde lo ha hecho -Argentina (2001-2005), Bolivia (2000-2003), España (2011), Chile (2019), Colombia (2021)- han dado lugar a transformaciones políticas y sociales más o menos radicales, dependiendo de la intensidad de la movilización social.
Gramsci retoma esta fórmula bajo el concepto de “crisis de autoridad” que caracteriza al “interregno”. Lo nuevo aquí no es solo que las clases dominantes “pierden el consenso” que habían logrado anteriormente, sino que además se produce la “muerte de las viejas ideologías”, esto es, que amplios sectores sociales “ya no creen en lo que creían antes” y, entonces, las clases dominantes ven diluir la eficacia de las antiguas narrativas ideológicas que permitían la articulación política y la tolerancia moral de las clases dominadas.
El declive de la ideología globalista de libre mercado y la crisis de los sistemas políticos tradicionales que actualmente vemos en muchas partes del mundo, ejemplifican todo ello. Pero Gramsci previno contra la ilusión de que a esta “crisis de autoridad” le sucederá la rebelión. Al contrario, lo más común es que sobrevenga un “escepticismo generalizado” hacia otras ideologías, la emergencia de “fenómenos morbosos” o la restauración del viejo orden (Gramsci, Cuadernos de la Cárcel, t.III, pág. 298).
En un intento de articular la crisis económica general, crisis política, derrumbe del sistema de creencias, escepticismo social generalizado y, eventualmente, acción colectiva expansiva, desde hace seis años atrás, hemos propuesto el concepto de tiempo liminal para, precisamente, hallar las mediaciones entre cada una de estas realidades históricas. Este es la época del crepúsculo del antiguo régimen de acumulación-legitimación, la ausencia temporal de un sustituto, hasta la tormentosa y contingente emergencia de un nuevo régimen de acumulación-legitimación.
El tiempo liminal tiene cinco componentes:
El primero es la crisis estructural de un régimen de acumulación económica, entendido como el ocaso de una manera específica de organización de la producción, de la distribución y del uso del excedente económico entre las distintas clases sociales (productivo, especulativo, en el consumo, etc.), del empleo expansivo de ciertas tecnologías en distintas áreas laborales y de la delimitación territorial de las cadenas de valor. La versatilidad de estos componentes permite integrar, como un elemento más del declive sistémico, la tensión y recomposición de la potencia hegemónica global -G.B./EE. UU. entre 1930 y 1950; EE.UU./China a partir del año 2020.
Vistas así las cosas, ¿la crisis estructural del modelo de acumulación es una crisis sistémica del capitalismo? Claro, pues cada forma histórica que asume el capitalismo en su trayectoria -el régimen de acumulación-, es la manera específica en la que el capitalismo, como organización social total, existe realmente. Toda crisis estructural pone en duda la existencia misma del capitalismo, aunque, lo sabemos, las crisis estructurales son también parte de las propias fuerzas que le permiten mutar de forma y permanecer en la historia. De ahí que lo más probable es que la crisis estructural que atraviesa el mundo solo sea el “doloroso parto” de una nueva fase del capitalismo y, entonces, el tiempo liminal, será la turbulenta antesala, de un nuevo régimen de acumulación capitalista. Pero, también es cierto que sólo en un tiempo liminal es posible que surjan las condiciones sociales para una superación revolucionaria del orden capitalista en cualquiera de sus formas.
En segundo lugar, el tiempo liminal supone el derrumbe del horizonte predictivo con el que las personas prefiguran un porvenir, relativamente plausible, y en torno al cual otorgaban sentido a sus acciones, esfuerzos y sacrificios cotidianos. El horizonte predictivo es mucho más que una mera narrativa ideológica; es la necesidad que tienen el cerebro y el lenguaje para diseñar escenarios de futuro colectivos capaces de concatenar acciones y resultados materiales, mínimamente satisfactorios, que vuelven creíble el destino imaginado. El horizonte predictivo es una mediación entre las estructuras materiales, las estructuras mentales y la esperanza social. Su derrumbe, es el colapso de las viejas expectativas y el desasosiego general ante la ausencia de porvenir.
En tercer lugar, el tiempo liminal incorpora la divergencia contenciosa de las élites, tanto políticas y económicas como sociales. Es el cisma que atraviesa todos los consensos que anteriormente cohesionaban las estructuras de dominación y la tolerancia moral de los dominados. Ante el colapso de las antiguas maneras de organizar la regularidad del orden económico, los líderes, los formadores de opinión y competidores políticos con respaldo social, divergen radicalmente sobre las maneras de salir de la crisis y proteger sus antiguas jerarquías. El viejo sistema político se fragmenta, los moderados pierden apoyo y nuevas y extremas posiciones, marginales en momentos de estabilidad, comienzan a ganar interés y apoyo social.
A medida que la incertidumbre sobre el porvenir se apodera de los imaginarios, ya no hay un horizonte compartido de medidas económicas en las cuales depositar las expectativas. Cada bloque empresarial, político o social apuntará a lo más conveniente para ellos sin importar el resguardo de las alianzas y consentimientos anteriormente alcanzados. El viejo porvenir unificado ha colapsado y, por un tiempo, no hay otro porvenir que vuelva a unificar a la sociedad.
El cuarto componente es el de los Estados leviatanes, esto es, el del protagonismo de los Estados para condensar la energía social e intentar resolver la crisis y superar la inestabilidad. Como el Estado es la más poderosa forma de unificación de la sociedad, del monopolio de las riquezas económicas comunes y de la coerción, en tiempos de crisis será el mecanismo privilegiado que reclamarán, tanto las viejas coaliciones dominantes para preservar el orden que se desmorona, como las nuevas coaliciones insurgentes que creen tener un camino alternativo para estabilizarla la economía y la legitimación política.
Y, por último, el tiempo liminal, en su etapa final, contiene el momento de disponibilidad social a revocar creencias y comprometerse prácticamente con otras nuevas que, más pronto o más tarde, empujan a la sociedad a aferrarse a alguna salida, la que sea, con tal de remontar la incertidumbre paralizante que la aplasta. A veces estas “salidas” pueden ser “mágicas” o apocalípticas, lo que lleva a la gente a apoyar a charlatanes y profetas de la catástrofe. En ocasiones, pueden ser salidas brutales, afincadas en el odio y el resentimiento hacia los menos favorecidos -migrantes, indígenas, mujeres, sectores empobrecidos-. En otras ocasiones, podrán inclinarse por amplias reformas de justicia social y contra la excesiva concentración de la propiedad. Todas estas opciones tienden a discurrir por vías electorales que delegan en nuevas élites políticas la ejecución del nuevo sentido común social. Pero también, en una complementación de las salidas electorales, unos sectores sociales podrán inclinarse por salidas revolucionarias que reivindiquen el protagonismo popular directo en la organización, disfrute y gestión práctica de la riqueza nacional.
En todos los casos, ni la audacia extrema, ni la más innovadora narrativa tendrán efecto alguno si no van acompañadas rápidamente de transformaciones económicas que mejoren, visible y sostenidamente, las condiciones de vida de las personas de tal manera que el horizonte predictivo se reconstituya en torno a un modelo de acumulación plausible.
Como se ve, el tiempo liminal incorpora la “crisis de autoridad” gramsciana, pero siempre vinculada, en su punto de origen, y de salida, a modificaciones de orden económico que, como lo vemos con claridad ahora, son una condición imprescindible para superar la crisis económica y de legitimidad que atraviesa el mundo. Igualmente, la leninista “situación revolucionaria” queda integrada, pero solo como una de otras varias opciones que emergen de la disponibilidad social, al lado y en pugna, con el abatimiento social, el catastrofismo individualista, el autoritarismo restaurador o el malestar impotente.
Por todo ello, se puede afirmar que no existe una determinación lógica, ni histórica, que conduzca a que toda crisis sistémica de la sociedad capitalista, como la actual, desemboque en una revolución social. Lo único verdaderamente inevitable de una crisis de esta envergadura es la incertidumbre cognitiva en la que se sumerge la población, fruto del colapso del viejo sistema de creencias.
Lo más común de los tiempos de crisis estructural es la parálisis del tiempo histórico que guiaba las esperanzas colectivas. A partir de ese momento, los acontecimientos de la vida diaria ya no tienen con qué “medirse”, ni un destino imaginado al cual encadenarse. El futuro se extingue, el presente se desquicia. La única experiencia común que agobia a la sociedad es la de un porvenir que ni se anuncia ni promete nada que no sea un abismo sin límite.
La desmoralización social y la rabia son las emociones más duraderas de los tiempos de crisis, y ellas pueden ser atravesadas, de rato en rato, por adhesiones y entusiasmos efímeros hacia una y otra alternativa emergente. Hallar un enemigo “interno” sobre el cual descargar los odios contenidos, es muy fácil; esto es lo que hace las derechas autoritarias, especialmente cuando algún proyecto progresista o de izquierdas ha llegado al gobierno bajo la promesa de renovación, pero ha sido incapaz de resolver la crisis.
Las revueltas sociales, las rebeliones populares, los estallidos de alcance nacional y las revoluciones, son, por lo tanto, excepcionalidades históricas. Pero, si en algún momento llegan a suceder, invariablemente lo harán al interior de un tiempo liminal. No hay revoluciones en momentos de estabilidad económica y política. Y serán más probables, si los sectores plebeyos de la sociedad han sedimentado experiencias históricas previas de acción colectiva, las cuales permiten encausar el malestar social hacia la autoorganización y el protagonismo activo de los sectores populares en la resolución de sus necesidades comunes. Ahí, las múltiples corrientes de la izquierda militante forjadas años o décadas atrás en su ramificación molecular en los sectores plebeyos más organizados, podrán ayudar a articular de mejor manera estas múltiples iniciativas colectivas que emergen por decisión propia; podrán formular con mayor precisión el horizonte emergente sumando a sectores menos organizados; podrán aportar con cuadros políticos, de creencias puras, en las labores de gestión de lo que la misma sociedad en movimiento va creando a su paso, etc. Pero la historia no les reserva el honor de inventar ni el impulso a la acción colectiva ni la experiencia del protagonismo social. La excepcionalidad de la revolución y de la superación del capitalismo, más que un tema de vanguardias políticas, es un hecho de excepcional protagonismo social en la conducción de sus destinos.
En 1917, el 22 de enero, Lenin -quien se hallaba en el exilio en Suiza y en medio del tiempo liminal abierto por el fin del liberalismo decimonónico y la Primera Guerra Mundial-, en un discurso ante militantes socialistas, recapitulaba las lecciones de la Revolución de 1905 y consideraba que la crisis mundial llevaría nuevamente a otras revoluciones. Pero, viendo el panorama de desmoralización social que se había apoderado de Europa y Rusia, escribió, no sin cierto aire de lamento: “Nosotros, los de la vieja generación, quizá no vivamos para ver las batallas decisivas de esta revolución futura". Un mes después, esa “revolución futura” estalló en Rusia, y él no dudó un solo segundo para sumergirse y gastar toda la vida que le quedaba en ella.
Así de paradójicos son los tiempos liminales.