El desacople entre la producción y la especulación globales
La crisis general que está atravesando el neoliberalismo globalista viene siendo estudiada desde distintas interpretaciones. La palabra más conocida que se emplea para caracterizar este momento de disfuncionalidad es la de “policrisis”, es decir, la acumulación e interacción de múltiples crisis simultáneas (del libre comercio, de la deuda, de la productividad, del liderazgo global, de la democracia liberal, del clima…).
Pero, como ya lo señaló el que más ayudó a difundir ese concepto, Adam Tooze, más que una explicación de la crisis, es la perplejidad ante la incomprensión de los problemas que se han acumulado. En medio de ello, distintos autores y corrientes interpretativas han hecho el esfuerzo por remontar la parálisis cognitiva que supone el apego a teorías de la estabilidad y proponer algunas miradas sobre la especificidad la crisis contemporánea.
Desde el marxismo han surgido varias lecturas. Michael Roberts, en la línea de la caída tendencial de la tasa de ganancia empresarial, muestra que, desde hace más de 70 años, debido a los constantes procesos de automatización de la producción, la cantidad de plusvalor extraída a los trabajadores -de donde se deriva la ganancia y la renta empresarial-, disminuye en el tiempo en relación al mismo monto de capital que se invierte, dando lugar a una contracción del crecimiento económico, el comercio y la rentabilidad (World in Crisis, 2018).
En la corriente comprensiva de los largos ciclos históricos de la economía -ciclos Kondratiev-, se habla de que estaríamos atravesando un quinto ciclo. Los marxistas plantean que la actual fase descendente se articula en torno a una caída en la rentabilidad, en la inversión en capital y a la lentitud en el cambio tecnológico (Chatzarakis, Tsaliki, Tsoulfidis, 2024); en tanto que los neoschumpeterianos consideran que aún estaríamos en una fase ascendente del ciclo, impulsada por el paradigma tecnoeconómico de la digitalización y valorización de datos (C. Pérez,2002; M. Rivera Ríos, 2023).
Los marxistas plantean que la actual fase descendente se articula en torno a una caída en la rentabilidad, en la inversión en capital y a la lentitud en el cambio tecnológico (Chatzarakis, Tsaliki, Tsoulfidis, 2024)
Si bien todas estas lecturas captan las distintas fases de los procesos de acumulación capitalista en perspectiva histórica y la fuerza subyacente que las empuja -caída de la tasa de ganancia- no logran precisar por qué las crisis toman una forma y una superación -temporal- específicas y diferentes unas de otras.
Desde la economía heterodoxa y neoinstitucionalista se propone que son los propios éxitos del neoliberalismo -el libre mercado y el globalismo- los que han socavado el industrialismo occidental, propiciado el ascenso económico de China y el consiguiente malestar en las sociedades occidentales (Milanovic, 2026). Por su parte, Piketty considera que el neoliberalismo ha exacerbado el capitalismo patrimonial que concentra descomunalmente la riqueza en pocos propietarios, dando lugar a una crisis política, ideológica y medioambiental (Ideología y Capital, 2019). Milanovic, aunque con una mirada más completa sobre las contradicciones internas del globalismo que dan lugar a la crisis, deja de lado el papel de las fuerzas subyacentes -la tasa de ganancia y los cambios tecnológicos- que la intensifican. En cuanto a Piketty, no tiene en cuenta las evidentes fallas económicas estructurales del actual orden global, y señala como culpables de la crisis a anomalías políticas que, de ser subsanadas -mediante una mayor regulación estatal de la propiedad y un aumento de impuestos- pueden reencauzar el crecimiento y la estabilidad.
Del lado de las instituciones económicas mundiales que han acompañado, difundido y pontificado sobre el globalismo neoliberal de las últimas décadas, hay un esfuerzo por dar cuenta de la gravedad de la crisis. Pero se trata de una comprensión superficial centrada en las manifestaciones visibles de una realidad en marcha, más que en una comprensión de las causas de esas expresiones. Así, en los últimos años han ensayado categorías como “fragmentación geopolítica” (FMI), “fragmentación estructural” o “globalización lenta” (BM), las cuales, antes que una comprensión de fondo del problema es una descripción intencionada dirigida a alentar un pronto abandono de estas desagradables “anomalías”.
En los últimos años han ensayado categorías como “fragmentación geopolítica” (FMI), “fragmentación estructural” o “globalización lenta” (BM), las cuales, antes que una comprensión de fondo del problema es una descripción intencionada dirigida a alentar un pronto abandono de estas desagradables “anomalías”
Pero hay una notable excepción en el interior de estas instituciones que merece ser tomada en cuenta. Es el McKinsey Global Institute, un centro de investigación que asesora a la mayoría de las más grandes corporaciones empresariales del mundo, al Departamento de Defensa, al Consejo Económico Nacional de Estados Unidos y a organismos internacionales como el FMI y el BM. En un arrebato de sinceridad sobre el curso de la economía mundial, en 2023 publicó una investigación crítica sobre el tema que debe ser tomada en cuenta para cualquier balance serio sobre la crisis actual.
The future of wealth and growth hangs in the balance es la publicación donde se despliega una lectura cruda de los problemas que enfrenta el actual modelo de acumulación empresarial. Para ellos, desde hace más de 20 años, se ha generado un peligroso desacople entre el lento crecimiento de la riqueza real (PIB) y el aumento acelerado del patrimonio neto (valor de los activos y la deuda). Para analizarlo, define el Balance Global (BG) como la suma de todos los activos reales de la economía más los activos y pasivos financieros que están en manos de personas, gobiernos, empresas y corporaciones financieras y no financieras. En este BG se pueden diferenciar tres sectores. El primero, el sector financiero: activos y pasivos financieros en poder de las instituciones financieras, que sirven de intermediación para los activos en poder de otros sectores. Segundo, el sistema financiero: activos y pasivos financieros en poder de los hogares, los gobiernos y las corporaciones no financieras, que a menudo se utilizan para financiar activos reales con capital o patrimonio neto en poder de otras personas o instituciones, Tercero, la economía real: activos reales y el patrimonio neto resultante de la creación de dichos activos.
Tomando como referencia a las siete economías más grandes, excepto China e India- Estados Unidos, Francia, Alemania, Japón, Gran Bretaña, Canadá e Italia- se muestra que entre 1970 y 1995 el balance global (BG) crecía de manera paralela al índice de crecimiento del PIB. Pero, a partir del 2000 hasta el 2021, el BG creció 1,3 veces más que el PIB. Y, a partir del 2020 aún más, superando cualquier índice anterior en los últimos 50 años. De esta manera, en el balance global los activos reales crecieron 610 billones de dólares, en tanto que los activos financieros, tanto dentro como fuera del sector financiero, crecieron 1020 billones. A decir de Mckinsey Global, hubo un aumento de 160 billones de dólares en mera “riqueza de papel”.
A decir de Mckinsey Global, hubo un aumento de 160 billones de dólares en mera “riqueza de papel”
Esto significa que el dinero está prefiriendo dirigirse al ahorro o a la especulación que a la inversión productiva. Si entre el año 1990 -2008 la inversión en capital fijo se movía entre el 5 y el 8 por cien respecto al PIB en Estados Unidos, a partir del 2010 hasta hoy, la inversión fluctúa entre el 2 - 4,2 por cien; es decir, a la mitad. En Europa, la caída es similar: del 6-7 por cien respecto al PIB, al 2-4 por cien. Por su parte a nivel global, los activos en bienes raíces han crecido un 33 por cien más que el PIB; las inversiones, un 100 por cien, y los depósitos, un 124 por cien. En Estados Unidos los datos son más dramáticos: los bienes raíces crecieron un 50 por cien más que el PIB y las acciones, un 200 por cien más.
Al documento no le alcanza la profundidad para comprender por qué el dinero fluye con abundancia a la parte “ficticia” de la economía (acciones, activos financieros, ahorro), ni por qué en la fase descendente de las hegemonías globales las economías dejan de ser productivas para abrazar la especulación financiera. Eso lo estudian los marxistas que trabajan la tendencia decreciente de la tasa de ganancia y los “ciclos sistémicos de acumulación” (Arrighi). Pero, con todo, el Instituto brida datos relevantes de estas tendencias estructurales de la economía capitalista.
A este incremento acelerado de la “riqueza ficticia” que en algún momento tendrá que sincerarse con la realidad, le acompañan dos procesos interconectados: el incremento de la deuda global y la concentración de la riqueza. Por supuesto, en el primer caso, mientras que a inicios del presente milenio por cada dólar de inversión neta se generaba una deuda neta de 1,9 dólares, a partir del 2021 por cada dólar de inversión neta se ha generado una deuda de 3,4 dólares. Y es seguro que esto haya crecido aún más en el último par de años con la inflación de las acciones de las empresas tecnológicas vinculadas a la inteligencia artificial (IA) -OpenAI, Anthropic, Google, Microsoft, Meta, TSMC, Nvidia-.
A este incremento acelerado de la “riqueza ficticia” que en algún momento tendrá que sincerarse con la realidad, le acompañan dos procesos interconectados: el incremento de la deuda global y la concentración de la riqueza
En relación a la concentración de la riqueza, el documento del Mckinsey Global Institute es lapidario. En Estados Unidos la participación laboral en el acceso al valor añadido bruto, que en los años 1990 alcanzaba el 63 por cien, para el 2022 ha caído al 56 por cien. Las causas son brutales: la disminución del poder de negociación de los trabajadores y la deslocalización de la producción a países con menor fuerza sindical. A su vez, esto empuja a una ralentización del crecimiento del consumo, pues los ricos, en relación a sus ingresos, gastan un porcentaje mucho menor que las clases laboriosas.
El conjunto de todos estos problemas estructurales de la economía viene acompañado de uno de mayor gravedad: una caída en la tasa de crecimiento de la productividad. En los países del G7, la productividad creció en promedio un 1,8 por cien anual entre 1980 y 2000. Desde entonces hasta el 2020 la productividad apenas ha crecido un 0,8 por cien anual; es decir, menos de la mitad.
Hay esperanza de que las inversiones en IA puedan impulsar nuevamente la productividad. Sin embargo, a diferencia de muchos otros intelectuales que se aferran a la IA como el gran fetiche mágico que salvará a “Occidente” de la decadencia económica, los miembros del Instituto Mckinsey son realistas y muy parcos. Como ya lo demostró D. Acemoglu respecto a los límites que tuvo la digitalización de principios de siglo para producir el “gran salto productivo” esperado (The simple macroeconomics of IA, 2024), para que las inversiones en IA permitan un notable incremento de la productividad se requiere una amplia masa de profesionales y trabajadores capacitados para implementar esos activos intangibles de manera rápida y generalizada en todos los ámbitos de las actividades laborales. Algo que aún no sucede ni se prevé que suceda rápidamente. Según E. Peng, economista de Goldman Sachs, el impacto de las nuevas tecnologías, como la IA, tienen una “curva en J”, alcanzando su mejor momento recién a los 13 años y podría llegar a aumentar la productividad en un modesto 0,6 por cien anual (Peng, julio de 2026). Y, en segundo lugar, los activos intangibles “tienen dificultades para generar ahorros a largo plazo”; debido a sus ciclos de vida más cortos, solo pueden absorber ahorros durante un período limitado “antes de quedar obsoletos o transferir valor a los consumidores a medida que aumenta la competencia”.
En conjunto, los investigadores del Global Institute nos muestran que el capitalismo contemporáneo atraviesa un lento crecimiento económico, una débil inversión en la economía real, un incremento desproporcionado en los sectores financieros y del endeudamiento, una caída dramática de la productividad, una concentración agresiva de la riqueza, un bajo crecimiento del consumo y dificultades para lanzar un nuevo soporte tecnológico que impulse de manera generalizada la productividad. No son superficialidades susceptibles de ser remontadas con meras decisiones políticas circunstanciales. No es un tema de exceso de “populismo” en tal o cual gobierno, ni de un desvío circunstancial de las reglas del mercado. Son problemas estructurales de una economía global (exceptuando a China y la India) en crisis sistémica.
Por ello, las posibilidades de salir de la crisis no serán rápidas; ni fáciles, ni carentes de grandes costos económicos y sociales. El documento menciona cuatro opciones. La primera, volver al neoliberalismo con bajas en las tasas de interés, aumento de los balances y un mayor crecimiento de la economía ficticia (acciones, bienes raíces), lo que mantendrá débil el crecimiento, baja la demanda e incrementará las desigualdades y la conflictividad social radicalizada, provocando, finalmente, la prolongación del estancamiento secular. No pocos anacrónicos libertarios propugnan ello sin entender que ese tiempo ya pasó y que persistir en su regreso solo convocará nuevas tragedias en las sociedades que los cobijan.
La segunda opción asume una inflación elevada -en torno al 4 por cien-, una disminución del valor de acciones y bienes raíces, un aumento de los salarios para subir el consumo, un lento crecimiento de las ganancias empresariales, inversión en defensa, una leve mejora del PIB y una subida de la deuda para financiar inversiones productivas. Pero, a pesar de todo ello, la riqueza de los hogares se contraerá al menos un 8 por cien.
La tercera vía es la de la recesión prolongada debido a la contracción brusca de los valores de las acciones, austeridad en el rescate estatal de los grandes inversionistas, ajuste fiscal para frenar la inflación, altas tasas de interés, cierre de bancos, crisis de liquidez, reestructuración mundial de la deuda, contracción del gasto, zombificación de más empresas y escasez de inversiones, con lo que tal vez el PIB crezca levemente o, al menos, un punto menos que la década anterior.
Y la cuarta opción, a la que el documento convoca a sus patrocinadores, es la de apostar al aumento de la productividad mediante la apropiación exitosa de los nuevos soportes tecnológicos, apuntalar una nueva ola de países emergentes que proporcione más mano de obra global barata, el impulso de políticas industriales en los países centrales, el control de la inflación y la ralentización del aumento del valor de las acciones. Con todo ello, quizá se logre el aumento del PIB en al menos un 1 por cienmás respecto al promedio anterior y el crecimiento de la riqueza de los hogares en un 11 por cien.
En tres de las cuatro opciones que el Instituto menciona, hay un esfuerzo deliberado por acortar la distancia entre el crecimiento de la “riqueza ficticia” y el de la “producción real”. El capitalismo de casino, exultante y espumoso, es ya un peligro estructural, para la estabilidad del sistema mundial
En tres de las cuatro opciones que el Instituto menciona, hay un esfuerzo deliberado por acortar la distancia entre el crecimiento de la “riqueza ficticia” y el de la “producción real”. El capitalismo de casino, exultante y espumoso, es ya un peligro estructural, para la estabilidad del sistema mundial. Y creen que, más pronto que tarde, esto provocará mayores catástrofes económicas que las que ya estamos presenciando. Solo un aumento sustancial de la productividad y una reforma radical del sistema financiero que promueva nuevo capital y no el reciclaje de los mismos activos pueden reflotar el capitalismo contemporáneo.
Ellos, en los límites de su comprensión histórica, no tienen más opciones en su horizonte de posibilidades que no sean otras formas de capitalismo; pero tienen la lucidez de, al menos, saber que la crisis actual es profunda y sistémica. Es seguro que la realidad irá generando otros cursos de acción con combinaciones aún más abigarradas que las hasta aquí pensadas. Sin embargo, está claro que se requieren nuevos parámetros de entendimiento para captar la gravedad del momento -caracterizado por la incertidumbre- y que, cualquier rumbo para superar este shock global dentro de cualquier otro régimen capitalista, requerirá tiempo y elevados sacrificios sociales en la década por venir.