El significado de Milei
En un momento en el que Trump ha puesto de nuevo a América Latina en el punto de mira, un análisis escrito desde Buenos Aires desgrana el bloqueo social, que permitió al agitador de extrema derecha Javier Milei imponer la terapia de choque más dura de la historia de Argentina. Mosquera moviliza el legado conceptual de Gramsci, Trotsky, Otto Bauer y Angelo Tasca para identificar la función de las nuevas derechas, que cosechan éxitos en toda la región, y para trazar el cuadro conceptual para relanzar con la máxima potencia la nueva estrategia de la izquierda antisistémica
«Soy el rey y te destrozaré: todas las castas son de mi apetito», gritó Javier Milei en su mitin de victoria tras las elecciones legislativas argentinas del 26 de octubre de 2025[1]. La victoria de su partido no era algo seguro. Tras casi dos años en el cargo, el autoproclamado anarcocapitalista de extrema derecha había logrado controlar la altísima inflación, pero a medida que el dólar se fortaleció a partir de julio de 2025, trayendo consigo más dificultades económicas para los argentinos, su popularidad comenzó a caer. Sus allegados –su hermana Karina, candidata principal de su partido en las elecciones legislativas– se vieron envueltos en acusaciones de corrupción. En septiembre, antiguos aliados en el Congreso le dieron la espalda para aprobar gastos en sanidad, universidades y prestaciones por diversidad funcional, anulando el veto del presidente. Fuerza Patria, el bloque peronista, triunfó en las elecciones provinciales de Buenos Aires el 7 de septiembre, obteniendo el 47 por 100 de los votos frente al 34 por 100 cosechado por la alianza La Libertad Avanza de Milei. Los mercados de divisas respondieron con la caída del peso, lo cual provocó un nuevo repunte de la inflación y un aumento de los ya elevados costes del servicio de la deuda argentina. Las encuestas para las elecciones de mitad de mandato mostraban una ligera ventaja de los peronistas.
Con gran fanfarria el gobierno de Trump acudió en ayuda de Milei, organizando una visita a la Casa Blanca, implementado un intercambio de divisas por valor de 20 millardos de dólares, estipulado a un tipo de cambio fijo, no al precio de mercado, y comenzando a hablar de otros eventuales 20 millardos de dólares destinados a Argentina bajo la forma de préstamos privados y procedentes de fondos soberanos. Pero Trump era consciente del riesgo de asociarse con un perdedor y al mandato presidencial de Milei aún le quedaban dos años por delante. «Si gana, le ayudaremos mucho», declaró Trump a la prensa, con Milei sudando a su lado. «Y si no gana, no vamos a perder el tiempo»[2]. Los medios de comunicación liberal-conservadores de Argentina se habían mostrado ambivalentes con respecto a Trump sin aceptar de buen grado su amenaza de imponer al país un acuerdo sobre tierras raras a cambio de su ayuda, pero, en ese momento, se le consideró el único salvador del país. Las elecciones de mitad de mandato de 2025 se convirtieron en una prueba de nervios y en un referéndum nacional sobre el rescate de Trump.
Cabe destacar que la participación del 68 por 100 registrada el 26 de octubre fue la más baja de la historia, ya que los votantes de la oposición se quedaron en casa. La lista de Milei obtuvo el 41 por 100 de los votos frente al 34 por 100 del bloque peronista, acaparando el voto centrista, lo cual le permitió aumentar su grupo parlamentario en la Cámara de Diputados, que pasó de 37 a 111 escaños, mientras que los peronistas terminaron con 99 escaños de un total de 257. El resultado político de las elecciones fue que la oposición se quedó sin la mayoría de dos tercios necesaria para anular los vetos presidenciales, lo que ha dejado las manos libres a Milei para seguir adelante con su agenda de recortes del otrora orgulloso Estado del bienestar argentino, para proseguir con la reducción de los derechos de los trabajadores y para intensificar la destrucción de las redes de innumerables políticos peronistas, sindicalistas, líderes sociales y grupos vecinales a los que él llama la casta.
En otras palabras, el fenómeno Milei debe entenderse como la expresión de una crisis más profunda presente en la sociedad argentina. Provisionalmente, esta podría resumirse del siguiente modo. La «normalización» neoliberal del país verificada en la década de 1990 terminó en la catástrofe en 2001, hecho que generó una nueva ola de militancia de la clase trabajadora. Bajo el liderazgo peronista de izquierda de Néstor Kirchner, este estrato estableció un nuevo pacto social que demostró ser capaz de bloquear todos los intentos de la burguesía argentina de revertirlo, incluso cuando la economía entró en una crisis de caída de la rentabilidad e inflación crónica. En una situación de prolongado estancamiento político, Milei pudo proyectarse como el único líder capaz de provocar un cambio decisivo. Así pues, es necesario situarlo en el contexto de este ciclo de resistencia, que a su vez debe enmarcarse en la larga historia del peronismo
¿Cómo explicar la irrupción de esta figura en un escenario político hasta ahora dominado por profesionales elegantemente vestidos? En un contexto socioeconómico más estable, Milei, con su pelo mal teñido, su chaqueta de cuero y sus diatribas mesiánicas ultraliberales, podría haber seguido siendo una celebridad excéntrica desprovista de todo futuro político. En una Argentina azotada por la tensión de una inflación elevada –dos décadas de tasas de dos dígitos tras la crisis de 2001, seguidas de dos años de tasas de tres dígitos en 2023-2024– y en medio del agotamiento mutuo de los bloques políticos existentes, Milei se convirtió en un candidato presidencial plausible. Incluso su estilo agresivo ha generado un sorprendente grado de empatía, ya que se entiende como una respuesta a la violencia y el acoso que sufrió a manos de su padre, un empresario. Una parte significativa de la población lo percibe como una víctima enfadada, en sintonía con una sociedad que se siente victimizada y enfadada con la política, y ve en él a un outsider, subestimado y discriminado, igual que ellos. En otras palabras, el fenómeno Milei debe entenderse como la expresión de una crisis más profunda presente en la sociedad argentina.
Provisionalmente, esta podría resumirse del siguiente modo. La «normalización» neoliberal del país verificada en la década de 1990 terminó en la catástrofe en 2001, hecho que generó una nueva ola de militancia de la clase trabajadora. Bajo el liderazgo peronista de izquierda de Néstor Kirchner, este estrato estableció un nuevo pacto social que demostró ser capaz de bloquear todos los intentos de la burguesía argentina de revertirlo, incluso cuando la economía entró en una crisis de caída de la rentabilidad e inflación crónica. En una situación de prolongado estancamiento político, Milei pudo proyectarse como el único líder capaz de provocar un cambio decisivo. Así pues, es necesario situarlo en el contexto de este ciclo de resistencia, que a su vez debe enmarcarse en la larga historia del peronismo.
Tres generaciones peronistas
El peronismo suele desconcertar a los observadores externos, especialmente a aquellos y aquellas formados en las categorías políticas del mundo europeo. El movimiento nació a principios de la década de 1940 en un momento de gran militancia obrera en un país en plena industrialización y urbanización, a partir de la fusión de organizaciones obreras dispares bajo el liderazgo del carismático Juan Domingo Perón, una figura secundaria del gobierno militar de la época. Perón, un joven coronel, encontró en la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, entonces una institución menor en la jerarquía estatal, una base desde la que implementar un novedoso proyecto de integración social, uniendo una alianza multiclasista bajo la dirección del Estado, garante y árbitro de la unidad nacional. Con este fin, dictó órdenes para la ampliación de los derechos laborales, la negociación colectiva, las prestaciones de jubilación, el salario mínimo, las vacaciones pagadas, la asistencia médica, etcétera, con el fin de atraer a los sindicatos al nuevo orden corporativista, junto con otros sectores sociales y fracciones del capital[3].
Sin embargo, la burguesía argentina reaccionó con alarma y descontento ante este curso de acción. La presión de los demás oficiales, recelosos de su popularidad, provocó la destitución de Perón el 8 de octubre de 1945. La histórica movilización del 17 de octubre, inmortalizada en el musical que lleva el nombre de su luchadora y joven esposa, Evita, interrumpió el proceso de neutralización. Las clases trabajadoras salieron a las calles para exigir la liberación de su líder en tal número que Perón fue liberado al día siguiente. Un año más tarde fue elegido presidente en las elecciones celebradas el 24 de febrero de 1946 al frente de una coalición notablemente heterogénea, que abarcaba desde sectores de la izquierda hasta nacionalistas de extrema derecha. La alianza que se le oponía no era menos diversa: conservadores, radicales, socialistas y comunistas, que interpretaban el peronismo como una amenaza fascista, posibilidad que justificaba el establecimiento de una alianza con las elites tradicionales. Desde entonces, la vida política argentina se ha organizado en torno a la división entre peronistas y antiperonistas, una línea divisoria que atraviesa la propia izquierda.
Así se formó una relación sin precedentes: un político militar nacionalista, que había tratado de contener el movimiento obrero para evitar su radicalización, se vio interpelado por una clase trabajadora dinámica, que se convirtió en el pilar de su liderazgo. Este sustento fue la base para la continuidad del peronismo como fuerza política, diferenciándolo de otros fenómenos nacionalistas de la década de 1940, como el getulismo en Brasil. A partir de entonces, la relación entre Perón y la clase obrera argentina adquirió una forma única y ambivalente: aunque integrada bajo una lógica de subordinación al Estado, los sindicatos conservaron una capacidad de presión e influencia tales que esta, a su vez, condicionó el liderazgo de Perón. La persistente desconfianza de la gran burguesía, a la que Perón intentó incorporar sin éxito a su proyecto, junto con una autonomía sindical mayor de la esperada definieron la relación contradictoria trabada entre el peronismo y la clase obrera, que osciló desde entonces entre la integración y la resistencia[4].
Derrocado por un golpe cívico-militar en 1955, perpetrado con el apoyo liberal y antiperonista de las fuerzas armadas, el primer experimento peronista llegó a su fin. Pero durante los diecisiete años de proscripción que siguieron, el peronismo consolidó su estatus como fuerza popular, sostenido por la añoranza de una época perdida. La caída de Perón no condujo a la pasividad, sino a la intensificación de las luchas obreras conocida como la resistencia peronista. A pesar de la severa represión, los sindicatos organizaron huelgas y acciones clandestinas, que mantuvieron vivo el vínculo entre el peronismo y la clase obrera. A partir de la década de 1960, ello se entrelazó con una nueva ola de radicalización influenciada por la Revolución Cubana y los movimientos de liberación nacional en el Tercer Mundo. La nueva militancia del movimiento obrero y el fortalecimiento de la izquierda radical alcanzaron su punto álgido con el levantamiento del Cordobazo de 1969. Por primera vez, una rebelión masiva de trabajadores y estudiantes desbordó al propio peronismo, lo que provocó una crisis de hegemonía que socavó la dictadura de Onganía y aceleró la descomposición del régimen. Esta escalada condujo al regreso de Perón del exilio en 1973. Sin embargo, su tercer gobierno (1946-1952, 1952-1955, 1973-1974) no catalizó la movilización popular, sino que se propuso contenerla; con ese fin, Perón promovió el ala derecha de su movimiento contra la izquierda. Tras su muerte en 1974, esta deriva reaccionaria quedó al descubierto: la derecha peronista pasó a la ofensiva, liderada por su tercera esposa, que procedió al desmantelamiento de las organizaciones revolucionarias y desató una violencia represiva abierta, que allanó el camino para la dictadura militar de 1976-1983, sostenida por el terror estatal más sistemático de la historia argentina.
Aunque la represión transformó profundamente las estructuras sociales y políticas del país, no logró eliminar, sin embargo, a los sindicatos ni erosionar la influencia del peronismo entre las clases populares. Incluso en la clandestinidad, el movimiento sindical conservó sus estructuras fundamentales y resurgió con una fuerza sorprendente en la huelga general de 1982, un momento clave en el declive de la dictadura. Sin embargo, la muerte de Perón dejó al movimiento sin su figura unificadora y la derrota electoral de 1983 –la primera en condiciones plenamente democráticas– marcó el inicio de una crisis de orientación. Al mismo tiempo, el agotamiento del modelo de sustitución de importaciones y el inicio de la ofensiva neoliberal comenzaron a erosionar la base material del proyecto social peronista. Bajo la presión de la crisis de la deuda registrada durante la década de 1980, el FMI y el Banco Mundial presionaron sin cesar para que el capital y el Estado se reestructuraran en Argentina mediante la internacionalización subordinada de la economía[5]. En medio del aumento del desempleo, la hiperinflación y el colapso institucional, la composición de la clase obrera fue consistentemente alterada por estos procesos, fragmentándose en diversos grupos caracterizados por el acceso al empleo formal o informal.
Paradójicamente, fue el mismo partido peronista que había administrado el ajuste neoliberal el que ahora canalizó la resistencia al mismo, bajo el liderazgo de una pareja anteriormente menemista: Néstor Kirchner, presidente de la nación entre 2003 y 2007, y Cristina Fernández de Kirchner, presidenta entre 2007 y 2015. Al igual que el PRI en México, el APRA en Perú o el MNR en Bolivia, el peronismo había pasado del desarrollismo al neoliberalismo en la década de 1980, pero, a diferencia de ellos, logró reinventarse como el canal privilegiado del progresismo argentino en el siglo XXI, formando parte del cambio regional que un reportero de The New York Times denominaría la «marea rosa» y que en la región se conoció más comúnmente como el ciclo de las revoluciones bolivarianas
Cuando el partido peronista volvió al poder de la mano de Carlos Menem en 1989, no tardó en adaptarse a esta nueva situación, al igual que hizo la socialdemocracia europea durante el mismo período. Con el apoyo de los líderes sindicales, Menem impulsó el conjunto de medidas prescritas por el FMI: liberalización financiera y comercial, desregulación del mercado, privatización de empresas públicas estratégicas y aplicación de un régimen monetario, que vinculaba el peso al dólar, imponiendo una disciplina monetaria drástica a medida que el dólar se fortalecía después de 1995. Los peronistas fueron expulsados del poder en las elecciones de 1999, cuando este modelo entró en crisis. Su colapso se produjo durante la breve administración de Fernando de la Rúa (1999-2001), líder de la Unión Cívica Radical (UCR), de tendencia liberal-conservadora, cuya alianza con sectores del centroizquierda salvó al peronismo de soportar la responsabilidad del fracaso del modelo de convertibilidad.
Bloqueo popular
El punto de inflexión se produjo con la explosión de diciembre de 2001, en pleno verano argentino, cuando se produjo un levantamiento popular masivo, que obligó a De la Rúa a dimitir, mientras se producía el colapso de la convertibilidad y un impago récord de la deuda del país, que ascendía a 130 millardos de dólares. El PIB de Argentina se contrajo más del 16 por 100 y la economía entró en recesión. Alrededor del 52 por 100 de la población cayó por debajo del umbral de la pobreza, mientras innumerables familias tenían dificultades para comprar alimentos. El tipo de cambio fijo, que inicialmente había ayudado a contener la hiperinflación, acabó devastando el orden socioeconómico. Los servicios públicos colapsaron, los salarios y las pensiones dejaron de pagarse. Las movilizaciones espontáneas de diciembre de 2001 cristalizaron en redes populares de autoayuda, que organizaron cooperativas de alimentos y se ocuparon de la distribución de los cupones de emergencia del nuevo gobierno. El papel protagonista no recayó esta vez en los sindicatos, aunque estos recuperarían gradualmente su capacidad de acción, sino en los movimientos de los trabajadores desempleados, los llamados piqueteros, que salieron muy fortalecidos de la crisis. Junto con la radicalización de las clases medias y la reactivación de los sindicatos, este bloque puso fin al ciclo de hegemonía neoliberal y allanó el camino para que se creara una nueva situación política.
Paradójicamente, fue el mismo partido peronista que había administrado el ajuste neoliberal el que ahora canalizó la resistencia al mismo, bajo el liderazgo de una pareja anteriormente menemista: Néstor Kirchner, presidente de la nación entre 2003 y 2007, y Cristina Fernández de Kirchner, presidenta entre 2007 y 2015. Al igual que el PRI en México, el APRA en Perú o el MNR en Bolivia, el peronismo había pasado del desarrollismo al neoliberalismo en la década de 1980, pero, a diferencia de ellos, logró reinventarse como el canal privilegiado del progresismo argentino en el siglo XXI, formando parte del cambio regional que un reportero de The New York Times denominaría la «marea rosa» y que en la región se conoció más comúnmente como el ciclo de las revoluciones bolivarianas[6]. Esta nueva marca de peronismo de izquierda –el kirchnerismo, como se le llegó a llamar– surgió como un intento de reconstrucción populista del orden político mediante la canalización parcial de las demandas sociales, que no se atrevió a revertir, sin embargo, las transformaciones estructurales implementadas durante la década de 1990. El kirchnerismo, tenía, por lo tanto, un carácter conservador en el sentido gramsciano de transformismo. Reavivó la lógica del peronismo clásico, respondiendo a la nueva militancia mediante la integración de los sectores movilizados, reconociendo su capacidad de presión, pero canalizando el conflicto dentro del aparato estatal como instrumento de regulación.
Impulsado por la creciente demanda china de materias primas, el gobierno de Kirchner estableció un nuevo modelo de redistribución, más modesto que el del peronismo clásico, pero adaptado a las condiciones contemporáneas. Atrajo a los movimientos de resistencia popular como intermediarios locales para implementar los programas de bienestar social y volvió a empoderar a los sindicatos mediante la creación de un nuevo marco de negociación colectiva. Bajo el kirchnerismo, el Estado retomó un papel activo de la mano de determinadas renacionalizaciones estratégicas –especialmente de los fondos de pensiones y de la compañía petrolera YPF– y de la aprobación de subsidios para mantener las tasas de utilización en sectores clave de la producción industrial. Se amplió la red de bienestar social redistributiva mediante la expansión de un subsidio universal por hijo, la ampliación de la cobertura de las pensiones y el aumento del salario mínimo. El equipo de Kirchner rechazó las exigencias punitivas del FMI y las reclamaciones de diversos hedge funds de que la población argentina se empobreciera aún más para saldar las malas apuestas de los inversores ricos. Para ello contaron con el respaldo de la fuerza organizada de los piqueteros y de otros grupos de la clase trabajadora, que constituyeron lo que Adrián Piva ha denominado un «bloqueo popular» contra el ajuste estructural impuesto por el FMI[7].
Inicialmente, el programa de recuperación redistributiva del kirchnerismo generó un período de relativa estabilidad e incluso contó con el respaldo de sectores de la clase capitalista. Sin embargo, a medida que el largo ciclo mundial de las materias primas llegaba a su fin y las movilizaciones sociales perdían impulso, la estrategia comenzó a tensar las relaciones con algunos sectores empresariales[8]. En 2008 el intento de Fernández de Kirchner de aumentar los impuestos progresivos sobre las exportaciones agrícolas desencadenó un enfrentamiento directo con la agroindustria argentina, que rápidamente se convirtió en una batalla política en la que se involucraron primero las clases medias agrarias, luego la mayor parte de la gran empresa y la pequeña burguesía urbana, que redescubrió su tradicional antiperonismo. Aunque políticamente costosa, la confrontación proporcionó al equipo de Fernández de Kirchner una narrativa épica de la que hasta entonces carecía, enfrentando al kirchnerismo a un enemigo arquetípico, la «oligarquía rural», históricamente asociada al elitismo y a la hostilidad hacia las clases populares. Pero el éxito del kirchnerismo dependía casi por completo de un contexto externo favorable, esto es, dependía de que los términos de intercambio permitieran la redistribución sin afectar gravemente a la acumulación. Con la desaceleración china registrada a partir de 2012, ese margen comenzó a reducirse, iniciándose un largo ciclo de estancamiento, que persiste hasta el día de hoy. Debilitado por la muerte de Néstor Kirchner en 2010, el proyecto peronista de izquierda mostró crecientes signos de agotamiento, que en ámbito económico se tradujo en crecimiento lento, inflación y desequilibrio macroeconómico.
Pero cuando los peronistas volvieron al poder en 2019, quedó claro que no tenían ninguna solución para intervenir en la coyuntura. En un intento por lograr una reconciliación con los mercados, Cristina Fernández de Kirchner desplazó al partido hacia la derecha, impulsando a Alberto Fernández, un tecnócrata mediocre, como presidente del país, con ella misma como vicepresidenta del gobierno. El resultado fue un gobierno débil y contradictorio, que gestionó la crisis con una combinación disonante de discurso estatista y subordinación al FMI, que a la postre implicó una racionalización de la regresión en nombre del «mal menor». A medida que los salarios reales caían y la pobreza aumentaba, el discurso oficial sobre los derechos y la justicia social perdió toda correlación material
En 2015 el candidato presidencial peronista Daniel Scioli fue derrotado por un estrecho margen por el conservador Mauricio Macri, hijo de un magnate de la construcción, y su partido Propuesta Republicana (PRO). En un principio Macri actuó con cautela en la implementación de su agenda proempresarial, temeroso de provocar la resistencia de la clase obrera argentina. Envalentonado por el éxito cosechado en las elecciones legislativas de 2017, en las que venció en la estratégica provincia de Buenos Aires, su gobierno presentó ante el Congreso un proyecto de ley de reforma de la seguridad social, todavía moderado en su alcance, pero simbólicamente significativo. La reacción social no se hizo esperar. La violenta represión policial de las protestas masivas de diciembre de 2017 no supuso más que una victoria pírrica para el bloque conservador. Aunque debilitado, el «bloqueo popular» conservó su capacidad de veto social. A partir de entonces, el gobierno de Macri se encontró en una posición defensiva, castigado por los mercados financieros mundiales por el estancamiento de las reformas estructurales y por su caída en las encuestas.
En el caso de Argentina, sin embargo, la prolongada situación de bloqueo social ha tenido efectos asimétricos. El bloque popular contra la austeridad ha sufrido una lenta, larga y silenciosa derrota, resultado de una década de estancamiento económico y de proliferación del empleo informal, que han traído aparejados los consabidos efectos debilitantes sobre la acción colectiva, de una inflación elevada y persistente, que ha agotado a la población, y de la profunda sensación de frustración y desorientación generada por el fracaso del gobierno de Fernández
Pero cuando los peronistas volvieron al poder en 2019, quedó claro que no tenían ninguna solución para intervenir en la coyuntura. En un intento por lograr una reconciliación con los mercados, Cristina Fernández de Kirchner desplazó al partido hacia la derecha, impulsando a Alberto Fernández, un tecnócrata mediocre, como presidente del país, con ella misma como vicepresidenta del gobierno. El resultado fue un gobierno débil y contradictorio, que gestionó la crisis con una combinación disonante de discurso estatista y subordinación al FMI, que a la postre implicó una racionalización de la regresión en nombre del «mal menor». A medida que los salarios reales caían y la pobreza aumentaba, el discurso oficial sobre los derechos y la justicia social perdió toda correlación material. Esto era peor que la hipocresía, porque la narrativa autocomplaciente de un «gobierno progresista, estatista y redistributivo» contrastaba cada vez más con la experiencia cotidiana de millones de argentinos, que se enfrentaban a una estanflación persistente, al deterioro de los servicios públicos, a la disminución de los ingresos y al empeoramiento de las condiciones laborales. La mala gestión de la pandemia por parte del gobierno de Fernández, caracterizada por confinamientos prolongados, una alta tasa de mortalidad y una fuerte contracción económica, convirtió el descontento en ira.
La ruptura de la situación de bloqueo
El fracaso sucesivo de las dos principales coaliciones políticas, la peronista y la conservadora, alimentó una crisis de representación. La situación sugiere una variante de la noción de Gramsci de una situación de bloqueo catastrófico: un equilibrio de fuerzas en el que ninguna de las partes, ni A ni B, es capaz de imponer su proyecto de manera efectiva, aunque cada una conserva la capacidad de vetar la imposición del proyecto de la otra. En la descripción que hace Gramsci del cesarismo, ello abre la puerta a una irrupción inesperada: un liderazgo alternativo, C, que se impone como salida de esta situación de bloqueo, desplazando a los contendientes tradicionales[9]. Sin embargo, como subrayaba Gramsci, la situación de bloqueo no era una cuestión de parálisis estática, sino de degradación mutua de ambos bandos, provocada por el desgaste estructural de una lucha prolongada. En el caso de Argentina, sin embargo, la prolongada situación de bloqueo social ha tenido efectos asimétricos. El bloque popular contra la austeridad ha sufrido una lenta, larga y silenciosa derrota, resultado de una década de estancamiento económico y de proliferación del empleo informal, que han traído aparejados los consabidos efectos debilitantes sobre la acción colectiva, de una inflación elevada y persistente, que ha agotado a la población, y de la profunda sensación de frustración y desorientación generada por el fracaso del gobierno de Fernández[10].
Al mismo tiempo, el bloqueo ha provocado la radicalización de los pequeños y medianos empresarios, lo que ha permitido el ascenso meteórico de una nueva extrema derecha. Privada de contenido redistributivo, la intervención estatal se convirtió en objeto del desprecio popular. El rechazo a la casta o al «Estado parásito» no fue solo el resultado de una ofensiva cultural reaccionaria, sino una expresión del desencanto popular con una forma de gobierno que, aunque se proclamaba Estado social –el Estado presente, en términos kirchneristas–, administraba el empobrecimiento. Las diatribas libertarianas de Javier Milei, con sus extravagantes florituras anarcocapitalistas, aparecieron como el polo opuesto a veinte años de estatismo agotado. En la derecha política, mientras tanto, el naufragio del experimento de Macri consolidó la idea de que Argentina sería ingobernable, si no se rompía el poder de veto del peronismo. La protesta social, más autónoma de lo que se suponía, se identificaba con el peronismo –más colaboracionista de lo que admitía el estereotipo– y el piquete se interpretaba como un símbolo de coacción callejera, con los sindicatos y los movimientos sociales como el brazo fuerte de un establishment informal. Se asumió que Macri había fracasado por apostar por un gradualismo excesivo. Lógicamente, la nueva estrategia requería una «terapia de choque» neoliberal, respaldada, cuando fuera necesario, por el uso de la fuerza. La expectativa era que Macri –o un futuro candidato suyo– la pusiera en práctica. Pero la aparición de Milei, sin vínculos orgánicos con los partidos tradicionales, ofrecería una encarnación más pura y agresiva de ese mandato.
Nacido en 1970, Milei es hijo de un empresario hecho a sí mismo que, durante los años de Menem, amplió su flota de autobuses operativa en Buenos Aires hasta convertirla en una empresa de inversión y de coches usados mediante una estrategia de fuerte endeudamiento, que contaba también con diversos intereses inmobiliarios, mientras maltrataba y golpeaba a su hijo, cuya hermana pequeña, Karina, se convirtió en su única protectora y amiga. Tras obtener diversos títulos en economía matemática en distintas instituciones académicas periféricas, Milei encontró trabajo como asistente del magnate de las líneas aéreas Eduardo Eurnekian, un hombre hecho a sí mismo realmente exitoso. El encuentro con el ensayo «Monopoly and Competition» de Murray Rothbard lo convirtió al ultralibertarianismo. A mediados de la década de 2010 alcanzó notoriedad como ruidoso tertuliano televisivo, propugnando el dogma del libre mercado en su forma más extrema. Su estilo beligerante y sus insultos desenfrenados, que arremetían contra la clase política, lo convirtieron en una celebridad mediática fácilmente identificable, al tiempo que proyectaba la imagen de un outsider radical. Al igual que sucedía con la nueva derecha en otros lugares, el escándalo se convirtió en un signo de sinceridad, en una prueba de que no era un político convencional, que mide cada palabra según la «tiranía de lo políticamente correcto». Incendiario y provocador, Milei se convirtió así en el catalizador del descontento acumulado, que se tradujo en el entusiasmo popular por un proyecto que prometía la demolición del Estado y la venganza contra los privilegios de la casta.
La decisión de Milei de presentarse a la presidencia fue tratada como una broma por los medios de comunicación, pero este llevó a cabo una campaña eficaz, respaldada por la experiencia político-tecnológica de la extrema derecha estadounidense y los bolsonaristas brasileños. Más potente que los tropos manidos sobre el sufrimiento masculino sometido a la «tiranía woke» fue la articulación de Milei del cansancio de los argentinos con la inflación y la crisis económica como un discurso específicamente antiestatal y, por lo tanto, antiperonista
Aprovechando su imagen de personaje de la televisión basura, Milei entró en la política nacional como diputado por la ciudad de Buenos Aires en las elecciones legislativas de 2021 tras hacerse con el 14 por 100 de los votos su recién constituida formación La Libertad Avanza. A medida que la crisis se agravaba en lo más profundo de la pandemia, Milei causó sensación al sortear cada mes su sueldo parlamentario. Mientras tanto, con una inflación superior al 100 por 100 y con el 40 por 100 de la población viviendo por debajo del umbral de la pobreza, la camarilla peronista en el poder confirmó su desconexión de la realidad al elegir al ministro de Economía, Sergio Massa, como candidato presidencial para 2023. La decisión de Milei de presentarse a la presidencia fue tratada como una broma por los medios de comunicación, pero este llevó a cabo una campaña eficaz, respaldada por la experiencia político-tecnológica de la extrema derecha estadounidense y los bolsonaristas brasileños. Más potente que los tropos manidos sobre el sufrimiento masculino sometido a la «tiranía woke» fue la articulación de Milei del cansancio de los argentinos con la inflación y la crisis económica como un discurso específicamente antiestatal y, por lo tanto, antiperonista. En noviembre de 2023 ganó la segunda vuelta por una mayoría aplastante, obteniendo el 56 por 100 de los votos frente al 44 por 100 logrado por su contrincante peronista.
Emergencia económica
Instalado en la Casa Rosada, Milei declaró el estado de emergencia económica como fundamento para derogar los poderes ejecutivos extraordinarios. Ordenó una devaluación del 100 por 100 del peso y promulgó una serie de decretos y proyectos de ley para recortar el gasto público, desregular el mercado laboral, abolir los controles de alquileres y reducir los impuestos a los inversores extranjeros en los nuevos yacimientos de petróleo y gas de la Patagonia. Gran parte del aparato estatal fue desmantelado cuando el gobierno de Milei redimensionó ministerios, despidió a decenas de miles de trabajadores del sector público, cerró agencias y convirtió las empresas públicas en sociedades anónimas antes de proceder a su privatización. Dos importantes instrumentos jurídicos estructuraron esta ofensiva: el decreto ejecutivo DNU 70, un paquete de decretos neoliberales impuestos sin respaldo del poder legislativo, y la Ley de Bases, un proyecto de ley ómnibus presentado al Parlamento. Los decretos incluían una ofensiva autoritaria contra los manifestantes, calificados de «terroristas» por Milei. Se aprobó un «protocolo antipiquetero», que restringía severamente las manifestaciones legales, introduciendo un nuevo nivel de violencia policial, que contemplaba la utilización de cañones de agua y las cargas policiales pertrechadas con porras, gases lacrimógenos y espray pimienta. Se negó el derecho a la huelga a una amplia categoría de trabajadores «esenciales». Por primera vez desde la dictadura, estas medidas provocaron un miedo real y las protestas contra el gobierno se redujeron a un escaso número de irreductibles.
En sus primeros meses en el cargo, Milei a menudo parecía desorientado; con solo unas pocas docenas de diputados en la Asamblea Nacional, carecía del poder necesario para que muchos de sus decretos alcanzaran el rango de ley. En el verano de 2024, se había asegurado el apoyo de fuerzas más tradicionales. El partido PRO de Macri, que representaba a la derecha «seria», ayudó a impulsar la Ley de Bases en el Congreso y le dio la capacidad de gobernar. A medida que su mandato se estabilizaba, la base electoral de la derecha tradicional migró a La Libertad Avanza, lo que permitió a Milei absorber a esos partidos en una alianza más amplia. También obtuvo el apoyo parlamentario de muchos diputados radicales e incluso de algunos peronistas vinculados a determinados gobernadores provinciales, que dependían de los fondos del gobierno central. Este pragmatismo representaba un respaldo tácito a las duras reformas favorables a las empresas introducidas para relanzar el proceso de acumulación. Aunque la burguesía argentina consideró inicialmente a Milei una apuesta arriesgada, pronto se unió a él como la mejor oportunidad para impulsar su programa de reformas, largamente pospuesto, sin que se viera frustrado por las protestas sociales. En abril de 2025 el FMI aprobó un nuevo préstamo de 20 millardos de dólares para amortiguar la relajación de los controles de capital y la flotación controlada del peso decidas por Milei.
El apoyo a Milei se mantuvo sorprendentemente robusto durante los primeros dieciocho meses de su mandato, a pesar de las dificultades causadas por su terapia de choque, «el ajuste fiscal más drástico jamás visto en una economía en tiempos de paz», según un funcionario del FMI[11]. La inflación comenzó a descender a partir del verano de 2024, cayendo por debajo del 40 por 100 en la primavera siguiente. El gobierno restó importancia al escándalo de la criptomoneda libra, que Milei había respaldado pero que resultó ser una estafa piramidal. Sin embargo, en el verano de 2025 el cansancio social por los altos costes de la política deflacionista sobre los ingresos y la actividad económica comenzó a hacerse notar. Las encuestas mostraban un descenso gradual de la confianza en el gobierno, mientras el malestar social iba en aumento, no a gran escala, pero sí de modo cada vez más persistente[12]. A finales de agosto de 2025, la filtración de unas grabaciones de audio, que detallaban la comisión del 3 por 100 que Karina Milei se embolsaba de los pagos públicos efectuados para adquirir medicamentos destinados a personas con diversidad funcional, amenazaba con causar un daño aún más grave.
El objetivo de Milei, una vez que se ha frenado la inflación, es fortalecer el peso y generar un «efecto riqueza» mediante la entrada de dólares, atraídos por la desregulación, la privatización y otras ofertas lanzadas a los inversores extranjeros, imponiendo una dura disciplina a los sectores industriales no competitivos y al trabajo. El programa es, por supuesto, el del «Consenso de Washington» del FMI, más que el anarcocapitalismo ultralibertariano, sea lo que fuere este último
En Argentina, como en otros lugares, las actitudes hacia la corrupción pueden ser ambivalentes; puede tolerarse si la economía es relativamente boyante, pero cuando los tiempos son difíciles se percibe como una doble afrenta. El sacrificio que los argentinos habían aceptado para superar la inflación y el estancamiento parecía ahora menospreciado por aquellos que se embolsaban dinero público mientras exigían cinturones cada vez más apretados. El impacto fue inmediato: el revés sufrido por La Libertad Avanza en las elecciones provinciales de Buenos Aires del 7 de septiembre reveló la fragilidad de la situación económica. El plan de Milei, sostenido hasta entonces por el apoyo empresarial y la pasividad social, comenzó a desmoronarse. El Banco Central agotó las reservas de divisas argentinas para frenar la fuga de capitales y evitar una devaluación inflacionaria en vísperas de las elecciones de mitad de mandato. Junto con el rechazo del peronismo por parte de una parte sustancial del electorado, el rescate altamente publicitado de la economía argentina por Trump y Bessent apenas doce días antes de las elecciones, le dio al anarcocapitalista otros dos años más de permanencia en el poder.
Precedentes
Milei ahora puede avanzar con medidas más severas, comenzando por la legislación laboral, las pensiones y los impuestos. Su discurso tras la victoria indicó una apertura a trabajar con otros partidos, evocando la imagen de una nación unida contra el odiado «populismo» peronista[13]. Con el apoyo de sus aliados parlamentarios liberal-conservadores, La Libertad Avanza podrá convertir en ley toda nueva disposición político-económica. El objetivo de Milei, una vez que se ha frenado la inflación, es fortalecer el peso y generar un «efecto riqueza» mediante la entrada de dólares, atraídos por la desregulación, la privatización y otras ofertas lanzadas a los inversores extranjeros, imponiendo una dura disciplina a los sectores industriales no competitivos y al trabajo. El programa es, por supuesto, el del «Consenso de Washington» del FMI, más que el anarcocapitalismo ultralibertariano, sea lo que fuere este último. La concepción de Gramsci sobre la situación de bloqueo debe modificarse en el caso argentino: aquí, la tercera fuerza cesarista, C, resulta ser en realidad una máscara de B, o la forma más eficaz de aplicar el programa de B[14]. Aunque mantiene la retórica del outsider y amenaza con devorar a las elites, su agenda es estrictamente la de un insider, alabada por ese portavoz de la «elite global» que es The Economist, que se muestra frío con Trump, pero se emociona con «el poder de los mensajes económicos duros pero coherentes, que proclama con claridad y convicción» el presidente de Argentina. Del mismo modo, el FMI, cuartel general mundial de la casta, se ha apresurado a elogiar la «sólida trayectoria» de Milei[15].
Que Milei resulte ser un Martínez de Hoz, un Macri o un Menem depende en gran medida de si los dólares siguen fluyendo y de si Washington continúa desempeñando el papel de financiador en última instancia. El gobierno espera que la subasta de los yacimientos de petróleo de esquisto de Vaca Muerta, en el nordeste de la Patagonia, en proceso de explotación desde 2010, genere una inyección suficiente de inversión extranjera para mantener la reestructuración en marcha. El tiempo es un factor clave. La apuesta es que un contexto relativamente favorable –efecto riqueza, disciplina monetaria, estabilización macroeconómica– proporcione una ventana de oportunidad para remodelar de forma duradera el equilibrio social y político de fuerzas antes del próximo colapso
Pero el programa ya se ha probado muchas veces antes en Argentina. En el pasado, ha terminado en devaluación, recesión aguda y aumento del malestar social. Cuando se intentó por primera vez bajo la dictadura a finales de la década de 1970, orquestada por el ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz, duró apenas tres años antes de terminar en un colapso monetario y protestas obreras. Por el contrario, Menem mantuvo una estrategia similar durante una década, reformulando de manera decisiva el pacto social a favor del capital antes de la catastrófica crisis de 2001 y el auge del «bloqueo popular». El gobierno de Macri también intentó un breve periodo de apreciación de la moneda, que terminó en una retirada masiva de depósitos bancarios y una fuerte devaluación.
Que Milei resulte ser un Martínez de Hoz, un Macri o un Menem depende en gran medida de si los dólares siguen fluyendo y de si Washington continúa desempeñando el papel de financiador en última instancia. El gobierno espera que la subasta de los yacimientos de petróleo de esquisto de Vaca Muerta, en el nordeste de la Patagonia, en proceso de explotación desde 2010, genere una inyección suficiente de inversión extranjera para mantener la reestructuración en marcha. El tiempo es un factor clave. La apuesta es que un contexto relativamente favorable –efecto riqueza, disciplina monetaria, estabilización macroeconómica– proporcione una ventana de oportunidad para remodelar de forma duradera el equilibrio social y político de fuerzas antes del próximo colapso. Incluso una leve recuperación económica podría contribuir a consolidar diversos elementos de la heterogénea coalición de Milei como un nuevo bloque popular constituido bajo la hegemonía de la derecha.
¿Seguirán fluyendo los dólares? El gobierno apostará por que la enorme cantidad de liquidez inyectada por los principales bancos centrales con cada nueva crisis vaya a parar a algún sitio. Pero Argentina no tiene mucho margen de maniobra. Para reparar su solvencia crediticia, Argentina debe pagar para refinanciar las enormes deudas que vencen el año que viene. En unas condiciones en las que los puntos geopolíticos conflictivos coinciden con los cuellos de botella geoeconómicos y la creciente ira popular está adoptando formas políticas impredecibles, cualquier crisis local podría provocar otro repunte de la inflación, una subida de los tipos de interés, el colapso de las empresas endeudadas o de los prestamistas apalancados, o la destrucción de los fondos de inversión, si estalla la burbuja de la inteligencia artificial. Con el levantamiento de los controles monetarios y el peso vinculado al dólar, por muy elástica que sea esta vinculación, Argentina no estará mejor protegida de las turbulencias económicas mundiales que en 1999
En la actualidad, sus seguidores más comprometidos representan alrededor del 30 por 100 del electorado. Entre ellos se encuentra el grupo de los pequeños y medianos empresarios, tradicionalmente antiperonistas, que antes votaban al PRO o a la UCR, pero que se han radicalizado debido a la situación de bloqueo; jóvenes en situación precaria, que no recuerdan el crecimiento experimentado durante el primer gobierno de Kirchner y para quienes la iconoclastia de Milei ofrece una expresión de sus propias frustraciones dados los horizontes bloqueados del país; y sectores de la clase media baja y la clase trabajadora informal, muy afectados por la inflación y la pérdida de estatus, que ya no ven al Estado como garante de los derechos, sino como fuente de corrupción e ineficiencia. Por último, Milei contó con el respaldo de un voto de protesta interclasista, que expresaba el desencanto popular con el sistema político en su conjunto. La suerte económica de estos estratos sociales será un factor clave en la configuración del próximo ciclo político, pero ya puede afirmarse, que los efectos corrosivos del bloqueo peronista y la alta inflación han dado lugar a una sedimentación social en la derecha, que será difícil de disipar en un futuro próximo, incluso si el proyecto de Milei termina en crisis y descalabro. ¿Seguirán fluyendo los dólares? El gobierno apostará por que la enorme cantidad de liquidez inyectada por los principales bancos centrales con cada nueva crisis vaya a parar a algún sitio. Pero Argentina no tiene mucho margen de maniobra. Para reparar su solvencia crediticia, Argentina debe pagar para refinanciar las enormes deudas que vencen el año que viene. En unas condiciones en las que los puntos geopolíticos conflictivos coinciden con los cuellos de botella geoeconómicos y la creciente ira popular está adoptando formas políticas impredecibles, cualquier crisis local podría provocar otro repunte de la inflación, una subida de los tipos de interés, el colapso de las empresas endeudadas o de los prestamistas apalancados, o la destrucción de los fondos de inversión, si estalla la burbuja de la inteligencia artificial. Con el levantamiento de los controles monetarios y el peso vinculado al dólar, por muy elástica que sea esta vinculación, Argentina no estará mejor protegida de las turbulencias económicas mundiales que en 1999.
Además, Washington tendrá asuntos más importantes que atender. El rescate financiero de octubre de 2025 ya fue desproporcionado, una medida de la irracionalidad generada por los compromisos políticos del gobierno de Trump. Con un valor de 20 millardos de dólares, el intercambio de divisas y las compras de bonos que lo acompañan representan uno de los mayores paquetes de ayuda directa jamás concedidos por Estados Unidos a América Latina. Habría que remontarse a la crisis económica de México de 1994- 1995 para encontrar un rescate de una magnitud comparable. Pero esa operación involucró al principal socio comercial de Estados Unidos, que era además la tercera pata del recién creado Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), y respondió a una sacudida financiera mundial, que amenazaba con desestabilizar toda la región. Análogamente, la descarada intervención de Trump en las elecciones argentinas de medio mandato de 2025 podría compararse con el respaldo algo más discreto prestado por Clinton a la segunda candidatura presidencial de Yeltsin en 1996, cuando Washington hizo la vista gorda mientras se desviaban grandes cantidades de un préstamo del FMI de 10 millardos de dólares para asegurar su reelección. Pero, una vez más, Rusia era un socio estratégico clave al que había que mantener contento mientras se llevaba a cabo la expansión de la OTAN.
La situación y la relación con Argentina es muy diferente. Desde el punto de vista económico y geopolítico, el país ocupa un lugar secundario en la mente de Washington. La economía estadounidense se encuentra hoy en día bajo una mayor presión y la radicalización del «America First» se contrapone a la generosidad imperial. Quizá para calmar la presión de las redes sociales, Bessent dio a entender que, una vez estabilizada la posición de Milei tras los resultados de las elecciones de medio mandato, el apoyo estadounidense sería más circunspecto a partir de ahora[16]. Argentina es ya, con diferencia, el mayor prestatario del FMI, acumulando una deuda de casi 42 millardos de dólares del total de 120 millardos gestionados a estos efectos por el Fondo, frente a los 11 millardos debidos por Egipto y los 9 millardos adeudados por Ucrania, ambos países mucho más importantes desde el punto de vista geopolítico que Argentina. Además, las condiciones locales son menos propicias ahora que en la época de Menem y Martínez de Hoz. A finales de la década de 1970 y a principios de la de 1990, los salarios medios en Argentina se situaban en un nivel relativamente alto para los estándares latinoamericanos, lo que amortiguó en parte el impacto de la crisis deflacionaria, mientras que el peso era relativamente débil. El programa inicial de Milei ha distorsionado estas relaciones: los salarios reales se han mantenido bajos, mientras que el peso se ha mantenido insosteniblemente fuerte para combatir la inflación, beneficiándose durante un tiempo del ancla de un dólar inusualmente débil. En este contexto, una devaluación forzada ya no se vería suavizada por el colchón de ingresos de ciclos anteriores y podría desencadenar una grave crisis social sin ofrecer margen de tolerancia alguno. Las repercusiones políticas podrían entonces utilizarse para justificar soluciones más abiertamente autoritarias, ya presagiadas por la represión dsencadenada por Milei contra los piqueteros, aunque ello no podría proporcionar por sí mismo alivio económico alguno.
Terminar el trabajo
Una comparación con la extrema derecha de Jair Bolsonaro en Brasil puede ayudar a definir la especificidad del fenómeno Milei. En cuanto al estilo, son polos opuestos. El pelo largo y las patillas al estilo heavy metal de Milei se complementan con la excentricidad bohemia de su vida personal, sus intensas relaciones con su hermana y éminence grise, la primera dama de facto de Argentina, y su perro, Conan, del que Milei afirmaba que en realidad era su hijo. Bolsonaro promovió una imagen de ranchero patriarcal de aspecto impecable y se rodeó de pastores evangélicos y figuras militares. Pero ambos surgieron como una respuesta radicalizada al fracaso de la derecha tradicional, Macri en Argentina y Temer en Brasil, para mantener el apoyo electoral mientras revertían la legislación social del kirchnerismo y del PT de Lula-Dilma.
Retóricamente, la gran fortaleza de Milei como político ha sido transmitir su estrategia real en términos vívidos que pueden repetirse una y otra vez. El mensaje, que consta de dos partes, es muy simple: impulsar una revolución neoliberal antiestatista y convertir la derrota del veto social y de los piqueteros en una aniquilación definitiva. Ello no significa necesariamente la destrucción del proteico movimiento peronista –el busto de Menem ocupa un lugar de honor en la Casa Rosada de Milei– pero sí implica la eliminación y el descrédito del kirchnerismo y la extirpación de su incorporación al aparato público-administrativo de los organismos autoorganizados de la clase obrera. Bolsonaro, menos inteligente, se concentró en diatribas anticomunistas y «anti woke», mientras que su ministro de Finanzas, una figura de la elite mucho más suave que el presidente, pero no menos impulsado por el odio hacia la izquierda electoralmente exitosa, se dedicó a aplicar una agenda procapitalista más o menos en silencio.
Bolsonaro se enfrentó a una oposición más débil, cuando asumió el cargo en 2019, pero su catastrófica gestión de la pandemia provocó enormes protestas y, como prácticamente todos los mandatarios de América Latina, fue castigado en las urnas por las altas tasas de mortalidad provocadas y el sufrimiento económico acarreado. Inhabilitado para ejercer cargos políticos hasta 2030 por su torpe intento de revertir el resultado de las elecciones generales brasileñas de octubre de 2022, sigue liderando un fuerte movimiento de extrema derecha con base en las iglesias, sobre todo pentecostales, y los aparatos de seguridad, que ha absorbido a las fuerzas conservadoras tradicionales. Es muy capaz de volver al poder, ya sea con su hijo Eduardo, su esposa Michelle, el gobernador de São Paulo o algún otro candidato. La base de Milei es más bien una «masa flotante» y su legado aún está todavía por construir.
Los intentos por conceptualizar los exitosos experimentos de derecha que han proliferado durante los últimos años –Brasil, Argentina, India, Turquía, Hungría, Polonia, Rusia y, por supuesto, Estados Unidos– no pueden limitarse a la contraposición entre el fascismo clásico y la democracia liberal, cuyo resultado es una polarización estéril del debate entre quienes gritan «¡Fascismo!» ante cualquier avance de la derecha y quienes minimizan la novedad y la agresividad de las nuevas derechas con el argumento de que las instituciones representativas permanecen intactas. Este fue un error que los teóricos clásicos del fascismo no cometieron. Los escritos extraordinariamente proféticos de Trotsky sobre el auge del nazismo se enmarcaban sobre todo como análisis coyunturales[17]. Sobre esa base, advirtió de la amenaza física e institucional de la extrema derecha para las organizaciones del movimiento obrero y de la necesidad de una política unitaria para defenderlas, pero no subordinada a la burguesía liberal, que había contribuido a crear la crisis de la que se alimentaba esta extrema derecha. Trotsky, por supuesto, escribiendo desde Prinkipo, veía el fascismo como una manifestación de la crisis terminal del capitalismo; al igual que Lenin durante la Primera Guerra Mundial, pidió que la lucha contra el síntoma se convirtiera en una lucha contra su causa. Otto Bauer, escribiendo desde la Austria de entreguerras, consideraba que la revolución socialista ya había sido derrotada; el objetivo del fascismo era eliminar el socialismo reformista. Angelo Tasca, escribiendo desde la Francia ocupada por los nazis, llevó la idea un paso más allá y la definió como una «contrarrevolución póstuma y preventiva», que se proponía completar la obra una vez que la resistencia obrera se hubiera debilitado de forma decisiva[18]. En otras palabras, la derecha agresiva se convierte en una fuerza funcional tanto cuando la clase dominante es relativamente débil y recurre a medidas extremas para derrotar una amenaza revolucionaria –la situación descrita por Trotsky– como cuando la clase dominante es fuerte y decide terminar el trabajo.
Si observamos la estrategia del gobierno de Trump para América Latina –el envío de la flota de la Marina estadounidense al Caribe con el objetivo de acabar con los desaliñados restos de la revolución bolivariana, con Cuba como premio final; la inyección de 20 millardos de dólares (y subiendo) para que Milei se ocupe de esa «cultura perversa de la izquierda radical»; la imposición de aranceles del 50 por 100 al Brasil de Lula, aparentemente a instancias de Eduardo Bolsonaro–, la intención parece clara: terminar el trabajo de aniquilar a la izquierda, lo cual no significa que Trump –o Milei– vayan a tener éxito en esta tarea. En Argentina, el veto social resurgió tras el terror de la dictadura de 1976-1983 y de nuevo tras la ingeniería social integral de los años de Menem
En América Latina las fuerzas populares de numerosos países lucharon de diferentes maneras, a menudo confusas, para encontrar salidas de izquierda a las crisis neoliberales en las que se vieron sumidas en las décadas de 1980 y 1990. En el proceso redujeron en uno o dos puntos el índice de desigualdad de Gini del continente, ampliaron la alfabetización y crearon programas básicos de lucha contra la pobreza, sin romper, salvo en el honorable caso de Cuba, con las relaciones de propiedad capitalistas. El auge de China ofreció cierto margen para implementar iniciativas alternativas: proyectos infraestructurales asequibles, destinos para las exportaciones, suministro de productos baratos. Al igual que en Argentina, muchos de esos esfuerzos llegaron a un punto muerto o se erosionaron desde dentro. Sin embargo, desde el presupuesto público de Porto Alegre hasta las misiones de Caracas, el constitucionalismo indígena de Bolivia, la música de Cuba y la teoría crítica de Brasil, los países latinoamericanos ofrecieron una especie de faro al mundo durante una década más o menos en la década de 2000, cuando Estados Unidos bombardeaba Afganistán, Iraq, Libia y Siria, estallaban las burbujas especulativas y se ampliaba la vigilancia.
Si observamos la estrategia del gobierno de Trump para América Latina –el envío de la flota de la Marina estadounidense al Caribe con el objetivo de acabar con los desaliñados restos de la revolución bolivariana, con Cuba como premio final; la inyección de 20 millardos de dólares (y subiendo) para que Milei se ocupe de esa «cultura perversa de la izquierda radical»; la imposición de aranceles del 50 por 100 al Brasil de Lula, aparentemente a instancias de Eduardo Bolsonaro–, la intención parece clara: terminar el trabajo de aniquilar a la izquierda, lo cual no significa que Trump –o Milei– vayan a tener éxito en esta tarea. En Argentina, el veto social resurgió tras el terror de la dictadura de 1976-1983 y de nuevo tras la ingeniería social integral de los años de Menem. En el conjunto de América Latina, las dificultades experimentadas por el capitalismo periférico en un continente con fuertes tradiciones de resistencia popular y formas relativamente débiles de absorción hegemónica han catalizado toda una sucesión de revueltas generación tras generación. No obstante, este cuadro nos ofrece una idea de a qué se enfrenta la izquierda en el momento presente.
Recomendamos leer Tony Wood, «Perú, lucha de clases, violencia y fragmentación política», Ant/agón, «México en estado de cambio», Diario Red/ New Left Review 147, y «¿América Latina domesticada?», NLR 58, Ernesto Teuma, «Una nueva izquierda en Cuba», Diario Red/NLR 150, Rob Lucas, «¿Cuba a punto de ser estrangulada?», Diario Red, André Singer, «Lulismo 3.0: un diagnóstico a mitad de mandato», Diario Red/New Left Review 150, «Rebelión en Brasil», NLR 85, y «El regreso de Lula», NLR 139, Jeremy Adelman y Pablo Pryluka «América Latina: la siguiente transición», Diario Red/ New Left Review 149; Gabriel Hetland, «Trump comete múltiples asesinatos en el Caribe y el Pacífico», Diario Red, Juan Carlos Monedero, «Francotiradores en la cocina», NLR 120, Julia Buxton, «Venezuela después de Chávez», NLR 99, Forrest Hylton y Aaron Tauss, «Colombia en la encrucijada», NLR 99, Mauricio Velásquez, «La batalla de Bogotá», NLR 91, Camila Vergara, «La batalla por la Constitución de Chile», NLR 135, Rafael Correa, «La vía del Ecuador», NLR 77, y Maria Stella Svampa, «El fin del kirchnerismo», NLR 55. Forrest Hylton, «Avalancha en Bolivia», NLR 37, Forrest Hylton y Sinclair Thomson, «El arcoíris a cuadros», NLR 35, Forrest Hylton y Aaron Tauss, «Colombia en la encrucijada», NLR 99, y Forrest Hylton, «La hora crítica: Perspectiva histórica de la Colombia de Uribe», NLR 23, así como el conjunto de artículos de Álvaro García Linera publicados en la revista.
Este texto se ha publicado en la New Left Review 155, revista bimestral de política y teoría publicada en Madrid por Traficantes de Sueños.
[1] La canción «Panic Show», del grupo de rock argentino La Renga, se ha convertido en una especie de himno personal para Milei, un tipo sin oído musical y vestido de cuero, cuya letra ha sido modificada para referirse a sus adversarios retóricos, las «castas» políticas peronistas; la original se refiere a los cómplices, en lugar de a las castas.
[2] Trump aclaró sus motivos a los periodistas: «Todo el mundo sabe que está haciendo lo correcto. Pero hay una cultura perversa de radicalismo de izquierda, que son un grupo de personas muy peligroso, y están tratando de hacerle quedar mal», Allison Griner, «“Not going to waste our time”: Trump hinges us aid to Argentina on election», Al-Jazeera, 14 de octubre de 2025.
[3] Véase la obra de Juan Carlos Torre, en particular: La formación del sindicalismo peronista, Buenos Aires, 1987; El gigante invertebrado: Los sindicatos en el gobierno 1973-1976, Buenos Aires, 1995; Clase obrera y peronismo, Buenos Aires, 2005.
[4] Véase el análisis clásico de Daniel James, Resistance and Integration: Peronism and the Argentine Working Class, 1946-1976, Cambridge, 1988; ed. cast.: Resistencia e integración: el peronismo y la clase trabajadora argentina, Buenos Aires, 2019.
[5] Adrián Piva, Acumulación y hegemonía en la Argentina menemista, Buenos Aires, 2012.
[6] Larry Rohter, «With New Chief, Uruguay Veers Left, in a Latin Pattern», The New York Times, 1 de marzo de 2005.
[7] Véase Adrián Piva, Economía y política en la Argentina kirchnerista, Buenos Aires, 2015.
[8] Los primeros indicios de conflicto surgieron ya en 2005, cuando las discrepancias sobre la política salarial provocaron la salida del ministro de Economía, Roberto Lavagna, partidario de la moderación salarial frente a la determinación de los Kirchner de apostar por el crecimiento.
[9] «Cuando una fuerza progresista A lucha contra una fuerza reaccionaria B, no solo puede ocurrir que A derrote a B o que B derrote a A, sino que puede suceder que ni A ni B se derroten mutuamente, que se debiliten mutuamente y que entonces intervenga una tercera fuerza C desde fuera, sometiendo lo que queda tanto de A como de B», Antonio Gramsci, Selections from the Prison Notebooks, Londres, 1971, p. 219; ed. orig.: Quaderni del carcere, Turín, 2014; ed. cast.: Cuadernos de la cárcel, Madrid, 2023.
[10] Este es el argumento esgrimido por Adrián Piva, «Milei, desmovilización popular y avance autoritario», Jacobin América Latina, 10 de diciembre de 2024.
[11] Citado en Michael Stott y Ciara Nugent, «How is Javier Milei performing after nearly 11 months in office?», Financial Times, 23 de octubre de 2024.
[12] «Milei, lejos de captar a la oposición», D’Alessio/ irol, 7 de agosto de 2025.
[13] «El discurso completo de Javier Milei tras la victoria en las elecciones legislativas nacionales», Clarín, 27 de octubre de 2025.
[14] Gramsci, por supuesto, pretendía que la categoría fuera heurística, señalando que puede haber muchas formas diferentes de cesarismo, progresistas y reaccionarias: «El significado exacto de cada forma solo puede reconstruirse, en última instancia, a través de la historia concreta, y no mediante ninguna regla sociológica general», A. Gramsci, Selections from the Prison Notebooks, cit., p. 219.
[15] Editorial, «Choosing the chainsaw», The Economist, 1 de noviembre de 2025; «IMF Executive Board Approves 8-Month $20 billion Extended Arrangement for Argentina», comunicado de prensa del Fondo Monetario Internacional, n.º 25/101, 11 de abril de 2025.
[16] «Javier’s chance», The Economist, 1 de noviembre de 2025.
[17] Leon Trotsky, The Struggle against Fascism in Germany, Nueva York, 1971; ed. cast.: La lucha contra el fascismo, Madrid, 2007.
[18] Otto Bauer, «Fascism» [1936], en Tom Bottomore y Patrick Goode (eds.), Austro-Marxism, Oxford, 1978; Angelo Tasca, La naissance du fascisme: l’Italie de 1918 à 1922, París, 1938; ed. cast.: El nacimiento del fascismo, Barcelona, 2000.