De Chernóbil a Tarará, la revolución se cura a sí misma
Los únicos privilegiados serán los chiquillos
Esta es una historia sobre niños, pero no es una historia infantil. Un cubano me refirió el comienzo de la trama en el Municipio de Playa, en el oeste habanero, zona de casas oligárquicas sin oligarquía, embajadas sin conspiradores y anchas avenidas sin carros. Recuerdo las palabras exactas del sujeto mientras su dedo apuntaba hacia el este. Por allí –me indicó–, sobre la Avenida Quinta y cerca de la embajada soviética se encuentra el Acuario Nacional.
No importa que la URSS ya no exista y que desde hace tres décadas ese adefesio que remeda a la espada Excalibur enterrada en la roca sea la sede diplomática de la Federación de Rusia; así la llamó él, la embajada soviética, quizás con un dejo de nostalgia. Durante muchos años –agregó– el museo permaneció abierto en las noches, pero solo para visitantes exclusivos.
Habrá sido el influjo del hotel de lujo que proyectaba su sombra y sus contradicciones sobre nuestro pedazo de costa sin playa, o mis atribuciones excedidas de antropólogo en Cuba, pero la palabra "exclusivo" disparó mis sospechas y me puso a la defensiva. ¿Visitas privadas para turistas acaudalados, tal vez? ¿Espectáculos reservados para los hijos de la burocracia estatal, acaso?
Por suerte no alcancé a formular tan estúpidas preguntas, cuando el cubano atajó mis malos pensamientos: –el Acuario solo recibía de noche a los miles de niños y niñas que Cuba trajo para su tratamiento en la isla, después de la tragedia de Chernóbil. Los venenos de la radiación y los problemas de piel, tiroides y leucemia –rara erudición la del sujeto, aunque por otro lado tan cubana– no permitían que muchos de los niños se expusieron al sol calcinante del Caribe. Por eso es que los empleados del acuario trabajaron durante años de noche, de forma gratuita y fuera de su jornada habitual, para divertirlos y acompañar su tratamiento médico.
Esta bitácora internacionalista tiene por supuesto que ver con Cuba, pero ya no con los hombres barbudos y armados que combatieron durante la Operación Carlota en África y coadyuvaron a la liberación de tres naciones distintas
Fue el mismo Fidel el que tuvo la idea –precisó–, y el primero en recibir a los enfermos. Ni siquiera durante el “período especial” –como se conoce en el país a la profunda crisis económica que siguió a la disolución del bloque soviético– dejamos de atender a los chiquillos.
No fue sino mucho después, cotejando distintos testimonios orales, indagando en textos de la época y en notas de prensa, y sobre todo tras ver el maravilloso documental Tarará de Ernesto Fontán, que pude completar el cuadro de tan maravillosa e infrecuente gesta. Esta bitácora internacionalista tiene por supuesto que ver con Cuba, pero ya no con los hombres barbudos y armados que combatieron durante la Operación Carlota en África y coadyuvaron a la liberación de tres naciones distintas, historia que ya contamos a su tiempo. En esta ocasión los protagonistas son médicos, enfermeras, traductoras, alfabetizadores, y sobre todo niños… muchos niños, veintiseis mil de ellos para ser precisos.
¿Cuándo comenzó el fin de la historia?
La imagen podría ser la de cualquier remanida distopía cinematográfica al uso. El paisaje asemeja la zona cero del impacto de una bomba nuclear. Pero la explosión no provino del cielo. La bomba estaba enterrada bajo tierra, y se manifestó con violencia cuando la explosión del célebre reactor 4 desató toda la energía contenida de un sol enterrado. Cuatro eternos días tardaron las autoridades en aceptar y comunicar la catástrofe al mundo. Para ese entonces la radiación ya había llegado muy lejos, cubriendo la totalidad de las repúblicas soviéticas de Ucrania y Bielorrusia, llegando hasta el Mar Báltico, los países escandinavos, Europa Central y los Balcanes. Poco o nada sabía entonces el mundo de accidentes nucleares, pero debería aprender a la fuerza.
Para muchos historiadores la tragedia nuclear de Chernóbil, sucedida en la madrugada del 26 de abril de 1986 en la localidad de Prípiat, en la actual Ucrania, fue el comienzo del fin de la Unión Soviética. Lo que la Glasnot (“transparencia”, en ruso) fue al régimen político y la Perestroika (“apertura”) significó al régimen económico, Chernóbil lo fue al “régimen moral” soviético. El accidente en la Central Térmica nuclear Vladimir Illich Lenin, inédito por la cantidad de radiación liberada, el dilatado impacto ambiental y sus devastadoras consecuencias en la salud pública (“una muerte que brilla”), fue el resultado de una combinación catastrófica de factores, humanos todos ellos.
Para muchos historiadores la tragedia nuclear de Chernóbil, sucedida en la madrugada del 26 de abril de 1986 en la localidad de Prípiat, en la actual Ucrania, fue el comienzo del fin de la Unión Soviética
La catástrofe y su manejo deterioraron gravemente la imagen local e internacional del sistema, evidenciaron de manera dramática la ineficacia de sus kafkianos laberintos burocráticos, pusieron de manifiesto la letalidad potencial de los aparatos de propaganda, desarmaron la proyectada idea de invulnerabilidad del bloque soviético y expusieron las costuras de su cada vez más rezagada industria, derrotada por la costosísima carrera armamentística propuesta con el lanzamiento de la “Guerra de las galaxias”, como se conoció a la Iniciativa de Defensa Estratégica impulsada por Ronald Reagan en 1983. La tragedia fue un torpedo en la línea de flotación de una antiquísima revolución que desde antes de la caída del Muro de Berlín ya trastabillaba con sus pesadas patas de elefante.
Todavía faltaban tres años para que el nieto de un japonés fugitivo de la guerra ruso-japonesa de 1905 que trabajaba en la corporación Rand como especialista en política exterior soviética escribiera un articulito que alcanzaría cierta notoriedad, y que decidió titular, algo dubitativo, como “¿El fin de la historia?”.
Tres años más tarde, en 1992, ya no habría margen de duda razonable, y su autor Francis Fukuyama cambiaría la pregunta retórica por la afirmación categórica. El ensayo se convertiría en un libro que paradójicamente “haría historia” y alimentaría durante años la narrativas de éxito de los satisfechos vencedores de la batalla civilizatoria. Al fin y al cabo, no todos los años se celebra la caída de un veterano y formidable adversario casi septuagenario como lo fue la Unión Soviética, el mayor desafío sistémico que el capitalismo haya afrontado en toda su historia.
Pero contra lo que ya esculpían en piedra los escribas eufóricos del occidente capitalista, no todo eran malas noticias. El accidente también reveló muchas de las bondades de la sociedad soviética, asentada en una matriz indudablemente colectivista, igualitaria, solidaria, heroica –e incluso sacrificial–, capaz de anteponer el interés colectivo –llámese socialismo, patria o partido– por sobre las veleidades individuales, el egoísmo congénito y el “sálvese quien pueda”.
Incluso un libro de propaganda antisoviética como Voces de Chernóbil de la escritora ucraniana Alexandra Aleksiévich –libro testimonial y coral de indudable calidad narrativa– y su adaptación en la no menos extraordinaria serie Chernobyl de HBO, no dejan de revelar estas características.
El accidente también reveló muchas de las bondades de la sociedad soviética, asentada en una matriz indudablemente colectivista, igualitaria, solidaria, heroica –e incluso sacrificial–
Una pregunta insidiosa sobrevuela la historia: ¿qué consecuencias hubiera tenido el accidente si se hubiera producido en el seno de una sociedad capitalista e individualista? ¿Cuántas vidas salvó del holocausto el heroísmo colectivo y anónimo de quiénes trabajaron en la contención de la catástrofe, incluso recogiendo con sus propias manos los envenenados trozos de grafito del reactor nuclear destrozado, exponiendo sus vidas a unos niveles de radiación que equivalían a una sentencia de muerte segura, aunque diferida?
“Colectivismo y mentalidad de asedio” fueron dos de las características que Aleksiévich, ganadora del Premio Nobel en 2015, asoció a lo que ella llamó el “homus sovieticus”. Y aunque sumamente crítica, algo de razón tenía la escritora bielorrusa.
El período especial
Tras la caída de la URSS, también Cuba parecía condenada a ingresar en la fase autofágica de su propio “fin de la historia”. Al fin y al cabo, la Revolución Cubana siempre fue leída desde Occidente como un accidentado apéndice de una revolución matriz, como un anómalo producto de exportación, como un artificial injerto euroasiático en una isla caribeña ubicada a 150 kilómetros de la Florida, como un proceso fundamentalmente heterónomo y dependiente del bloque soviético, naturalmente condenado a seguir su triste derrotero final.
También a Cuba, se suponía, le llegaría su 25 de diciembre de 1991, cuando la bandera roja de la hoz y el martillo, brillante y solitaria en la fría noche moscovita, bajo la mirada atónita de un puñado de curiosos, fue arriada sin gloria de las alturas del Kremlin, tal como puede verse en un cortometraje de apenas 40 segundos, acaso el más triste que se haya filmado en toda la historia.
La Revolución Cubana siempre fue leída desde Occidente como un accidentado apéndice de una revolución matriz, como un anómalo producto de exportación, como un artificial injerto euroasiático en una isla caribeña ubicada a 150 kilómetros de la Florida
Fidel Castro lo tuvo claro desde un principio: “Ahora que el enemigo ya no es la URSS, el enemigo del imperio somos nosotros”, sentenció el histórico líder revolucionario cubano. Años estuvo el veterano comandante anticipando el posible colapso del régimen soviético y preparando a su pueblo para afrontar la más honda de las soledades geopolíticas, aunque no dejó de advertir a los enemigos que ya se frotaban las manos: “aún en esas [hipotéticas] circunstancias Cuba y la Revolución Cubana seguirían luchando y seguirían resistiendo”.
Pero se dice más fácil de lo que se vive. De la noche a la mañana, Cuba vio esfumarse sus mercados, perdió el 85 por ciento de su comercio exterior y vio contraerse su PBI en un 36 por ciento. Los productos más elementales comenzaron a escasear, se formaron miles de colas y el transporte motor colapsó. Las fábricas cerraron, se expandió el trabajo informal y el mercado negro, y parte de la población presionó por una salida migratoria. Hasta los cuerpos cambiaron: el peso promedio disminuyó, fruto del retroceso de la agricultura, la dificultad para importar alimentos y el consecuente déficit nutricional.
Por si fuera poco, Estados Unidos decidió ajustar los torniquetes del bloqueo económico, y azuzar más y más acciones terroristas en contra de la isla y su población para terminar de liquidar al proceso que durante tantas décadas le desafió en sus propias narices. Como consecuencia de todos estos factores, el 5 de agosto de 1994 estalló con violencia el “Maleconazo”, la protesta opositora más importante desde el triunfo de la revolución en 1959.
Pese a esto, y contra todos los pronósticos, la Revolución logró sobrevivir a lo indecible con una singular mezcla de tenacidad y creatividad, cualidades que le permitieron sortear la coyuntura más dramática, al menos desde los tiempos de la invasión de Playa Girón y la Crisis de los Misiles. En su aislamiento insular, el proceso logró soportar su penosa soledad hasta que en las postrimerías del siglo, el triunfo de un desconocido Hugo Chávez irrumpió como un rayo en cielo sereno, preanunciando el inicio de un virtuoso ciclo integracionista y de izquierda que por fin devolvió a Cuba el lugar que siempre le correspondió por derecho propio, sentada otra vez a la mesa de la gran unión latinoamericana y caribeña. “Un pueblo blandengue, un pueblo débil, un pueblo cobarde, se rinde y vuelve a la esclavitud”, supo decir Fidel en los momentos más aciagos. Pero no fue el caso de las cubanas y los cubanos.
La revolución se cura a sí misma
“Expropiación” debe ser la palabra más invocada y a la vez más temida de un siglo de narrativas anticomunistas. Una palabra que escucharemos cada vez más, ahora que McCarthy fue revivido y colocado en los pedestales del mismo procerato que ocupan Monroe, Adams, Wilson, Roosevelt, Reagan, Bush, Trump, Rubio y tantos otros notables intervencionistas estadounidenses. Pero más allá de los fantasmas y la histeria anticomunista de ayer y de siempre, vale recordar que toda expropiación es en realidad una reapropiación. El problema nunca fue la propiedad privada, sino la privación de la propiedad de los más, de “los mayoritarios, [...] los que acumulan con su trabajo las riquezas, crean los valores, [...] y hacen andar las ruedas de la historia”, como les describiera Fidel Castro en la Segunda Declaración de La Habana.
Y si hablamos de una revolución socialista como la cubana, de lo que se trata es de que los desposeídos recuperen un fragmento del mundo que construyó su trabajo. Esta historia se remonta por supuesto al mismísimo inicio de la Revolución Cubana y parte, precisamente, de una expropiación.
El problema nunca fue la propiedad privada, sino la privación de la propiedad de los más, de “los mayoritarios, [...] los que acumulan con su trabajo las riquezas, crean los valores, [...] y hacen andar las ruedas de la historia”, como les describiera Fidel Castro en la Segunda Declaración de La Habana
Tarará era el nombre que recibía una urbanización exclusiva y lujosa ubicada a apenas 27 kilómetros al este La Habana, con casas amplias y modernas y acceso privado a la playa, en donde veraneaban los adinerados miembros de la burguesía y la pequeña burguesía capitalinas. Muchas de estas propiedades, abandonadas por sus dueños tras el triunfo de la Revolución y la fuga del país de muchas familias privilegiadas, fueron confiscadas por el Estado. De casas de veraneo y descanso se convierten entonces en residencias para estudiantes becados, hasta que en 1976 se creó la Ciudad de los Pioneros José Martí para niños de entre 6 y 15 años. El acceso a la playa, ridículamente vedado a tantas y tantos en la capital costera de un país insular, se democratizó por fin.
Este fue el sitio en donde se desarrolló el programa que entre el año 1990 y el año 2011 atendió a los célebres niños de Chernóbil. Muchos de ellos fueron abandonados por la sanidad de su propio país, que ya sentía los rigores de la apertura económica y el régimen de transición, mientras muchas familias intentaban sin éxito recibir tratamiento en Europa o los Estados Unidos. En este contexto Cuba decidió asumir, sola, toda la responsabilidad, sin contar siquiera con financiamiento de los organismos internacionales.
En primer lugar el gobierno revolucionario envió una comisión de expertos a Kiev, que estudiaron caso por caso para determinar cuáles de los niños podían ser tratados en Cuba, mientras en Tarará legiones de voluntarios acondicionaban las casas y las instalaciones que debían recibir a los infantes ucranianos, que llegaban con diagnósticos de leucemia, cáncer de tiroides o con tumores, huérfanos muchos de ellos.
Pero como además de salud los niños necesitaban amor, médicos, enfermeras y traductoras se convirtieron en sus madres y en sus padres durante meses o años, según la gravedad del caso y el tipo de tratamiento requerido. Y como su salud no podía ir en desmedro de su educación, el gobierno habilitó un sistema educativo especial para evitar su retraso escolar, con clases en ruso y profesores especialmente llegados desde los territorios de la Unión Soviética. Y como para el régimen cubano el primer derecho de las infancias es su derecho a la felicidad, también se organizaron todo tipo de actividades recreativas; excursiones, visitas a la playa, salidas al acuario, deportes y teatro. Los niños, hoy convertidos en adultos, y residentes cubanos muchos de ellos, todavía recuerdan conmovidos la primera vez que vieron un delfín o comieron una fruta del trópico.
El programa se mantuvo, sin interrupciones, durante todo el largo y penoso período especial: “nunca le faltó nada a los niños de Chernóbil”, asegura en el documental Tarará el doctor Julio Medina, director del programa entre 1998 y 2011. ¿A cuántos niños bajó Cuba de la cruz que parecían tener destinada? Nunca lo sabremos con exactitud.
Es algo realmente extraordinario, providencial incluso, que la revolución cubana fuera la encargada de sanar a las infancias de la ya anciana revolución soviética, que la utopía caribeña tendiera la cama de hospital en donde se atendieron las víctimas inocentísimas de la distopía nuclear. Todo un síntoma de trasvasamiento generacional, una evidencia más de que la historia nunca termina, sino que apenas se agazapa para volver a saltar.
La esperanza del mundo
En la ciudad de Nueva York, en la mismísima “entraña del monstruo”, un joven independentista antillano ultima los preparativos de la guerra que debería liberar a Cuba del dominio colonial español, rezagada, junto con Puerto Rico, en el proceso de descolonización continental. Entre las intensas labores de reclutamiento, entrenamiento militar, recolección de fondos y pertrechamiento, entre giras antillanas, cónclaves clandestinos y el ejercicio diario y casi metabólico del periodismo, el joven mambí le roba sueño a sus noches, dedicándose a una tarea aparentemente secundaria, postergable, inocua.
Es algo realmente extraordinario [...] que la revolución cubana fuera la encargada de sanar a las infancias de la ya anciana revolución soviética, que la utopía caribeña tendiera la cama de hospital en donde se atendieron las víctimas inocentísimas de la distopía nuclear
Producto de sus desvelos publica en julio del año 1889 el primero de los seis números de La Edad de Oro, una revista mensual para niñas y niños con 32 esmeradas páginas de “palabras claras y láminas finas”, según su propia descripción. En sus textos, grabados e ilustraciones palpita el profundo humanismo de su autor, José Martí, y la estatura moral del más tierno de nuestros patriotas.
El mismo que siete años antes había escrito en tierras venezolanas Ismaelillo, un hito de la poesía latinocaribeña dedicado a su pequeño hijo José, en cuyo prólogo afirma tener “fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en tí”. En Ismaelillo y en La Edad de Oro el Apóstol supo conciliar la contradicción, sólo aparente, entre las urgencias revolucionarias y la formación y el cuidado de las infancias: “Para los niños trabajamos, porque los niños son los que saben querer, porque los niños son la esperanza del mundo. Los niños saben más de lo que parece, y si les dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas que escribirían.”
La segunda revolución cubana, desde las revoltosas tierras del Oriente, sería derrotada como su antecesora, la acaudillada por Carlos Manuel de Céspedes. Pero sentaría las bases ideológicas y espirituales de la tercera y definitiva, y la concepción martiana marcaría a fuego la política, ejemplar y prioritaria, que el Estado y la sociedad cubanas dirigirían a las niñeces desde el triunfo de enero de 1959.
Otro poeta y cantor resumiría el sentir nacional por aquel entonces: “Ya los hijos de mi amor no tienen pena ni mal / pues ya tienen hospital, medicinas y doctor. / Por virtud de aquella ley que de la sierra bajó / tenemos ellos y yo una escuela en el batey.” Esta historia permite explicar aquella frase que todavía uno puede encontrar en las calles de La Habana y de toda Cuba: “esta noche millones de niños dormirán en las calles. Ninguno de ellos es cubano”.
La concepción martiana marcaría a fuego la política, ejemplar y prioritaria, que el Estado y la sociedad cubanas dirigirían a las niñeces desde el triunfo de enero de 1959
De la utopía a la topía
La Revolución Cubana ya no es joven ni lozana. Los “pioneritos” de 1959 son hoy ancianos. Y ya son madres y madres aquellos niños que fueron providencialmente salvados por sus programas sanitarios. Pero ninguna revolución sucumbe bajo el peso de su edad biológica, ni los ciclos históricos son forzosamente los ciclos de los seres humanos.
De hecho, lo que mata a las revoluciones ni siquiera son las derrotas, siempre parciales y provisorias, expresión, al fin y al cabo, de la aplastante superioridad militar y económica del enemigo. Lo que aniquila a las revoluciones es el colapso, siempre buscado y siempre inducido, colapso que vendría a significar, según sus promotores, el fracaso de las propias ideas y premisas revolucionarias.
A diferencia de lo que sucede en Occidente, en América Latina y el Caribe no sólo teorizamos las revoluciones; fundamentalmente nos dedicamos a hacerlas. Y sin embargo, teniendo tantas y tantas en nuestro haber, aún no hemos aprendido cómo administrar el áspero y a veces desencantador tránsito que lleva, en palabras de Orlando Fals Borda, de la utopía a la “topía”, de lo soñado a lo administrado, de las esperanzas infinitas a la parquedad de las realizaciones materiales.
¿Cómo relanzar un proceso revolucionario? ¿Cómo se revoluciona una revolución? Cuba lo intentó, con cierto éxito, poniendo recursos, tiempo y vidas para asistir –de manera decisiva incluso– a otros procesos revolucionarios a lo largo y ancho de tres continentes, aunque como el mismo Fidel Castro aseguró siempre, “las revoluciones no se exportan”.
Aún no hemos aprendido cómo administrar el áspero y a veces desencantador tránsito que lleva, en palabras de Orlando Fals Borda, de la utopía a la “topía”, de lo soñado a lo administrado, de las esperanzas infinitas a la parquedad de las realizaciones materiales
Cuba, a diferencia de la conducción soviética, nunca se propuso hacer “el socialismo en un sólo país”. Lo que se demostró imposible en la extensísima y rica Unión Soviética, mal podría realizarse en una pequeña isla caribeña fatalmente enclavada en las proximidades de la principal potencia capitalista e imperialista del mundo. Cuba se sabe y se asume humildemente dependiente de las vicisitudes de la geopolítica mundial, y sobre todo del curso que sigan las luchas de liberación en los territorios de sus vecinos latinoamericanos y caribeños.
Cuba supo ayudar a los más desvalidos y a los más necesitados, a niñas y niños enfermos, sin propaganda estridente, y sin pedir nada a cambio. La suerte de su Revolución, amenazada y cercada, depende hoy tanto de su propia fuerza y astucia, como de la solidaridad de sus hermanas y hermanos. Ojalá que la región sepa tender al país la misma aterciopelada mano que el internacionalismo cubano dio de forma desinteresada a los chiquillos de Chernóbil. Ojalá que, aún con todas las reformas y rectificaciones del caso, el espíritu de la revolución no se trastoque, y que los niños sigan siendo en Cuba los únicos privilegiados.