Estatismo, productivismo y liderazgo fuerte. Claves para la transición global
Sin embargo, ya emerge un conjunto de tendencias que seguramente formará parte del nuevo modelo de acumulación y legitimación globales que predominará en un nuevo ciclo sistémico que, de estabilizarse, podría durar otros 30 a 40 años. Veamos algunas de ellas.
1. Estatismo reforzado. Las principales potencias del mundo están robusteciendo el papel económico del Estado y han arrojado al basurero la retórica del mercado como el gran constructor del crecimiento económico y la estabilidad política. Ahora los Estados son los cogestores de los mercados y, cual leviatanes agresivos, delimitan áreas de influencia, protectorados y mercados cautivos. EE.UU., desde 2017 ha levantado una vigorosa muralla de aranceles proteccionistas contra todo el mundo y viene usando el poder estatal para coaccionar exitosamente a países y multinacionales para que inviertan en el país como condición para poder vender sus productos. Paralelamente, el Estado se ha convertido en accionista de múltiples emprendimientos de extracción de minerales críticos en el mundo y se ha metido de lleno en el apoyo y conducción de la industria privada de IA que compite por el liderazgo mundial con China.
Por su parte, China, que nunca abandonó el estatismo y ha combinado una economía estatal -que representa el 40 por cien del PIB- con inversión extranjera y apoyo gubernamental a la inversión privada nacional, no solo es ya la economía industrial más poderosa del mundo, sino que es el único “rival sistémico” al liderazgo estadounidense.
Europa, la senil defensora del libre mercado, se ha rendido ante la avasalladora maquinaria industrial china, y ya ha construido su armadura de aranceles y subvenciones a la industria europea para garantizar su “soberanía”.
En conjunto, el FMI calcula que las políticas proteccionistas en el mundo han saltado de 74 en 2009 hasta 2845 en 2026, y la mayoría se concentra en los países más “desarrollados” (Global Trade Alert. 2026).
2.- Políticas Industriales. Se trata de un conjunto de acciones estatales dirigidas a fortalecer las industrias nacionales. Para ello se usan subvenciones directas, créditos baratos, inyecciones de capital y reducción de impuestos, a fin de impulsar determinadas industrias -estatales o privadas- consideradas estratégicas o de “seguridad nacional”. El Banco Mundial calcula que cerca del 3,5 por cien del PIB de los países desarrollados y el 4,5 por cien de los países en desarrollo ya se destina a este tipo de subsidios (Industrial Policy for Development, 2026). Son cifras que no se habían alcanzado en los 50 años previos.
3.- Cadenas de valor regionalizadas y globalismo selectivo. Como lo muestra el último informe de la Organización Mundial del Comercio, el mundo comercial comienza a fragmentarse en regiones “amistosas” en las que tienden a concentrarse las mayores y más importantes cadenas de valor de las economías más grandes (Global Value Chain, 2025). El comercio mundial se retrae y el mercado regionalizado, a la cabeza de una gran potencia, toma la iniciativa.
4.- Concentración del poder estatal en el Poder Ejecutivo. Se trata de lo que la Heritage Foundation ha denominado el “ejecutivo unitario”, pero que en realidad no es otra cosa que la disponibilidad social, en tiempos de crisis, de gobiernos fuertes capaces de tomar y ejecutar rápidamente decisiones consideradas necesarias para “salvar” al país. Se trata de un proceso típico de cualquier periodo histórico de transición de un régimen de acumulación a otro.
¿Cómo se ubicará América Latina en estas nuevas coordenadas? Las derechas políticas continentales exhiben una descomunal ignorancia sobre el reordenamiento mundial y conducen a sus países a una anacrónica reedición del globalismo estúpido latinoamericano de los años 90. A diferencia del globalismo asiático, que tuvo al Estado y a la inversión pública como su gran conductor, el que practicó la región desindustrializó los países y los arrojó a escalones menores de la “cadena alimenticia”-reprimarizacion- de la división del trabajo mundial. Algunas regiones periféricas del capitalismo mundial podrán atravesar temporalmente desacoples respecto a estas tendencias estructurales, pero lo harán provincializándose más y padeciendo las peores consecuencias del nuevo reordenamiento.
Hoy sucederá lo mismo, con la agravante de que, mientras que hace 40 años atrás -además de los recursos naturales- los servicios, las industrias y la banca también eran atractivos para el capital internacional, hoy, la inversión extranjera solo fluye para el petróleo, los minerales y los alimentos o, en el mejor de los casos, para acceder a agua y electricidad barata para sus bloques de centros de datos. El resultado es una economía dual y de enclave: por un lado, una economía primaria extractivista de alta tecnología vinculada a mercado internacionales con el excedente externalizado en propiedades extranjeras y paraísos fiscales, por otro, una economía de servicios de pequeña escala, con baja productividad, carente de derechos sociales y una soberanía prostituida a los halagos conmiserativos de las grandes potencias.
Por su parte, el progresismo y la izquierda continentales, si en algún momento han de remontar el estupor que los embarga y que los ha sumergido en la crítica sin alternativa convincente, lo tendrán que hacer con un nuevo proyecto esperanzador que responda a los agravios más urgentes que sufre la gente, pero en torno a esos cuatro componentes estructurales:
Un Estado protector, soberano, productivista, con salario digno ampliación de derechos. En un mundo de estados voraces donde la soberanía de las grandes potencias es instrumentalizada para solventar su nacionalismo económico y redes regionales de vasallaje para la provisión de materias primas, un Estado fuerte es la única garantía que tienen los latinoamericanos para promover decisiones soberanas, protegerse de las guerras comerciales y promover intercambios mercantiles equilibrados con otras regiones del mundo.
No se trata de imponer aranceles de manera indiscriminada, sino de regular modos inteligentes de inserción con el comercio global en aquellos productos en los que se tienen “ventajas comparativas”, y de proteger las actividades productivas en las que el país puede abastecer el mercado interno y el mercado regional. Libre comercio con el exterior para lo que se puede exportar y proteccionismo en las actividades en las que el país necesita reforzar su soberanía estratégica.
Un fuerte Estado protector es, sobre todo, un Estado densamente integrado en su territorialidad geográfica – capacidad infraestructural- y óptimamente cohesionado en su composición demográfica a través de una red de derechos sustentables en el tiempo. Solo ello podrá poner freno a la tenebrosa sentencia trumpista respecto a que “al ganador le pertenecen las riquezas” y que, más que un exabrupto pasajero, retrata a cabalidad el nuevo espíritu del tiempo que se asoma, lleno de Estados depredadores que se abalanzan unos sobre otros (La Jornada, 5, VIII, 2026).
Políticas industriales. Se trata de asumir que, para distribuir la riqueza de manera sostenible en el tiempo, no basta con redistribuirla de manera más equitativa, sino que hay que producir nueva riqueza. Por ello, además de seguir impulsando las áreas de producción de materias primas de exportación, el progresismo tiene que imaginar un país industrioso en áreas específicas del consumo nacional, en la que es capaz de concentrar esfuerzos para autoabastecerse de manera competitiva y, gradualmente, medioambientalmente sustentable. No se trata de una “sustitución de importaciones” generalizada sino de una localizada en aquellos productos estratégicos que desempeñan una articulación virtuosa de cadenas de valor locales, en los mercados regionales o que generen elevados excedentes.
Aquel conjunto de países como México o Brasil, que ya tienen una planta industrial consolidada, podrá escalar en los eslabones de la cadena productiva para incorporar nacionalmente un mayor valor agregado en los productos considerados estratégicos, ya sea para la exportación o para el mercado interno.
Esta iniciativa de envergadura requerirá un esfuerzo compartido entre la inversión estatal e inversión privada. Saltar de una inversión anual cercana al 20 por cien respecto al PIB -promedio latinoamericano- a mas del 35 por cien, que es el promedio de los países asiáticos en el despegue de su fase industriosa, es una meta que no puede alcanzar el Estado solo. Dependiendo del tipo de coaliciones sociales que se puedan articular para la movilización de inversiones, habrá más gasto gubernamental o más inversión privada. Las políticas impositivas variaran dependiendo de los acuerdos, o desacuerdos, que se logren con los grandes empresarios para la financiación de esta necesaria expansión económica. Pero está claro que el horizonte deberá estar guiado por un gran programa de planificación industriosa de 20 a 30 años.
En paralelo, este industrialismo, bajo la forma de productivismo, debe ramificarse capilarmente hacia todas las demás actividades laborales de pequeña escala -como los servicios, comercio, artesanía y agricultura familiar-. Este mundo laboral, llamado informal y que abarca más del 50 por cien del empleo, no va a desaparecer ni en 100 años. Por ello, no requiere políticas de asistencia social, sino de políticas productivas -como crédito barato y sencillo, asistencia tecnológica subvencionada, encadenamientos comerciales, digitalización expansiva y apertura de mercados, etc.- que reconozcan a sus trabajadores como sujetos económicos plenos y mejoren sustancialmente sus ingresos.
Con respecto a las cadenas de valor regionalizadas, a América Latina le conviene diversificar sus aliados y su cercanía con las grandes potencias, haciéndolas entrar en competencia para obtener mayores réditos en favor del país. México, Brasil y Argentina podrían regionalizar sus compradores y la provisión de insumos de ciertos productos, por ejemplo, en la industria automotriz, las baterías eléctricas, y los electrodomésticos.
En cuanto a la centralización extraordinaria del poder estatal en el Ejecutivo, está claro que es una necesidad en tiempos de crisis, desesperación y temor por el porvenir. No se puede confrontar a las derechas con moderación y una actitud atemperada. Se necesita un programa extraordinario para un tiempo igualmente extraordinario. Se demanda audacia en las propuestas, emoción en el discurso y dureza en la designación de los adversarios que están destruyendo los países. En estos momentos recios los lideres deben encarnar seguridad y protección de la nación agraviada. Luego, cuando la situación económica de las mayorías mejore, vendrán los tiempos de la moderación y la condescendencia que brinda una sólida victoria.
Las derechas autoritarias del continente que hoy gobiernan y aplican “ajustes estructurales de mercado”, no han creado un nuevo modelo económico expansivo y sostenible en el tiempo, solo han reciclado, de manera envilecida y marginal, el de hace cuatro décadas. Es hora de que el progresismo y las izquierdas muestren con ímpetu que son capaz de construir un nuevo orden socioeconómico adecuado al nuevo mundo y que garantice soberanía y bienestar a toda la sociedad.
¿Y que pasa con las medidas postcapitalistas por las que apuesta la izquierda revolucionaria? Estas no dependen de decretos gubernamentales ni de la pedagogía de tesis radicales. Ningún Estado puede generar por decisión administrativa, algún tipo de socialismo. Aun sumando todas las nacionalizaciones posibles esto es, en cualquier lugar del mundo, capitalismo de Estado. En casos, más igualitario, menos mercantilizado, con más derechos y más bienes comunes, lo que ya es muy importante para la vida de la gente, pero variantes de capitalismo, al fin y al cabo. Ir más allá del capitalismo es un proceso de emancipación colectiva de las clases menesterosas que crean, en los hechos, modos de democratización radical de la propiedad y de la gestión de las decisiones sociales; es decir, la antípoda de cualquier Estado cuya función, es por cualidad histórica, centralizar y monopolizar la riqueza en común que posee la sociedad.
Esas acciones autodeterminativas de la sociedad no se planifican. Emergen en los tiempos de crisis como estallidos excepcionales y, cuando se dan, las izquierdas, desde el Estado y, principalmente, fuera de él, lo que pueden hacer es ayudar a que se expandan a otros territorios y a otras actividades de la vida cotidiana de las personas. Y aun en caso de darse este acontecimiento extraordinario, la economía de transición que pueda emerger combinará, de manera inédita, la acción colectiva con el intervencionismo estatal, las cadenas de valor regionales y los liderazgos políticos fuertes.