“Para equilibrar el universo”: Bolívar, el Congreso de Panamá y la multipolaridad

A 200 años del Congreso de Panamá, un repaso histórico sobre el hito y sobre los diversos fundamentos desde los que Simón Bolívar pensó la unidad regional latinoamericana y caribeña, adelantando nociones pioneras de los enfoques contemporáneos sobre la multipolaridad
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Detalle del Hemiciclo de la Rotonda, Guayaquil, Ecuador. Fuente: Wikimedia Commons

La acelerada transición epocal que vivimos, así como el agravamiento de las disputas inter-hegemónicas a nivel global, podría conducir al error de suponer que los paradigmas en boga de la multipolaridad o el multricentrismo “aterrizaron” de manera reciente en América Latina y el Caribe; que son “recibidos” de manera más o menos pasiva por las izquierdas, los progresismos o los soberanismos locales; o que son producto de la sugestión diplomática y comercial que ejercen potencias extracontinentales como China y Rusia. Muy por el contrario, en este trabajo sostendremos que hace más de dos siglos nuestra región comenzó a elaborar y reelaborar de manera autónoma distintos paradigmas geopolíticos vinculados a las nociones de equilibro, paz, soberanía, interdependencia y descolonización, que se encuentran de hecho en la mismísma raíz de nuestras concepciones multipolaristas actuales, además de estar en el centro de encarnizadas disputas políticas e intelectuales por comprender y redefinir un nuevo orden global.

Desde esta perspectiva, sostendremos que la Doctrina Monroe, y su antagonista histórico inmediato, la Doctrina Anfictiónica (que como veremos antecede y se prolonga más acá y más allá de la existencia física de Simón Bolívar, su principal promotor y estratega), pueden ser interpretadas, a la luz de nuestras renovadas encrucijadas geopolíticas, como estrategias diferenciadas para la construcción de diversos polos de poder global, de diversas formas de regionalización. Por añadidura, creemos que trazar ciertos (y limitados) paralelismos históricos entre las primeras décadas del siglo XIX y el inicio de este siglo XXI podría resultar ilustrativo de la novedad limitada (aunque efectiva) de ciertos debates y encrucijadas, multiplicando el instrumental con el que interpretar un mundo por demás complejo y vertiginoso.

El proyecto anfictiónico: origen y reelaboración

Como es evidente, la anfictionía no es un concepto específico ni nativo de América Latina y el Caribe. Antes bien, es una antigua corriente de pensamiento que reconoce orígenes históricos y míticos en las ligas de ciudades griegas y romanas, se prolonga en un tronco europeo (muy rico en formulaciones conceptuales pero no tan eficaz en sus concreciones institucionales) y se plasma, finalmente, en una tercera y definitiva etapa latinoamericana. La anfictionía, como proyecto regional, fue reelaborada teórica y prácticamente en el contexto específico de la transición hegemónica europea de fines del siglo XVIII y de las guerras hispanoamericanas de independencia de comienzos del siglo XIX, dando lugar a iniciativas geopolíticas de un alcance y una radicalidad sin precedentes.

Para Germán A. De la Reza, quien ha estudiado la genealogía de esta tradición, cinco son sus personajes fundamentales: Filipo II de Macedonia, organizador de las más célebre anfictionía clásica, la Liga Helénica con asiento en el istmo de Corinto; el duque de Sully, formulador de la propuesta de una república de naciones cristianas; el abad de Saint Pierre, quizás el más célebre exponente de la tradición y responsable del famoso proyecto de “paz perpetua”; Jean-Jacques Rousseau, comentarista del anterior y mediación insoslayable en la apropiación latinoamericana de esta corriente; y el propio Simón Bolívar, principal ideólogo y estratega de aquella perspectiva en este hemisferio. Claro que cabría sumar a muchos otros. De la vertiente europea, el autor también va a repasar brevemente a otras figuras como Émeric Cruce, Hugo Grocio, Emmanuel Kant y Saint-Simon, por citar algunos de los más importantes. En la vertiente latinoamericana, encontramos un amplio abanico de figuras como José Cecilio del Valle, Bernardo de Monteagudo, Andrés de Santa Cruz, José de San Martín, Silvestre Pinheiro Ferreira, Pedro Gual, Juan de Egaña, Lucas Alamán, Justo Arosemena, José María Torres, José Martí, Francisco Bilbao, Mariano Moreno, y varios otros.

Pese a que el anfictionismo latinoamericano tiene muchas modulaciones, nos centraremos aquí, por motivos de espacio y representatividad, en la perspectiva específicamente bolivariana, la más rica y proactiva. Sin embargo, esto no nos puede llevar a soslayar las otras vertientes de una pulsión que recorrió toda la región por aquellos años. Es el caso de la propuesta del hondureño Del Valle, que desde los territorios de la Capitanía General de Guatemala propuso una entidad confederativa propia en su ensayo “Soñaba el Abad de San Pedro; y yo también sé soñar” (1982), o el de las propuestas que emergen tempranamente en los territorios del antiguo Virreinato del Río de La Plata, plasmadas en textos como las “Miras al Congreso” de Mariano Moreno (1810) o el “Proyecto de Constitución” de Monteagudo (1813) que pretendía regir a los pueblos confederados de la región, así como en algunos de los Tratados de Unión, Liga y Confederación Perpetua que fueron propiciados por San Martín o sus representantes en Chile y el Perú en el período 1816-1821.

"Guinea y más Guinea”: el esquivo fundamento histórico-cultural

Partiendo entonces de la propuesta bolivariana, su mirada subraya y jerarquiza diferentes motivaciones para justificar la unión/integración regionales, la “sociedad de naciones-hermanas” que imagina y en base a la que convoca el 7 de diciembre de 1824 al Congreso Anfictiónico de Panamá, que finalmente sesionará, tras dos años de complejas vicisitudes, en la Sala Capitular del Convento de San Francisco de Panamá entre el 22 de junio y el 15 de julio de 1826. En primer lugar, esta propuesta se funda en la (tensa, ambivalente) unidad histórico-cultural de las nacientes repúblicas hispanoamericanas. De hecho, es el fundamento nacionalista básico que sirve a la primera formulación bolivariana del proyecto anfictiónico: “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un sólo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse”. Aquí es donde cobra sentido la célebre descripción de los americanos como un “pequeño género humano”, interesante muestra de la identidad desgarrada de las élites blanco-criollas independentistas. Vale la pena citar el fragmento completo, ante todo por la sugestiva comparación que hace el caraqueño entre la independencia hispano-americana y la caída del Imperio Romano, lo que deja en evidencia la diferente dialéctica entre lo nacional y lo internacional que se desarrolla en América y Europa:

“Nosotros somos un pequeño género humano: poseemos un mundo aparte; cercado por dilatados mares, nuevo en casi todas las artes y ciencias aunque en cierto modo viejo en los usos de la sociedad civil. Yo considero el estado actual de la América como cuando desplomado el Imperio Romano cada desmembración formó un sistema político, conforme a sus intereses y situación o siguiendo la ambición particular de algunos jefes, familias o corporaciones; con esta notable diferencia, que aquellos miembros dispersos volvían a restablecer sus antiguas naciones con las alteraciones que exigían las cosas o los sucesos; mas nosotros, que apenas conservamos vestigios de lo que en otro tiempo fue, y que por otra parte no somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles: en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los del país y que mantenernos en él contra la invasión de los invasores: así nos hallamos en el caso más extraordinario y complicado”.

¿Quiénes conforman aquel célebre género humano? ¿Quiénes son los no indios y no europeos? ¿Qué hay de los negros y afrodescendientes? ¿La irreversibilidad del hecho colonial es de veras exclusiva de América? ¿Los viejos usos de la sociedad civil –es decir, las formas societales preamericanas–, no podrían ser acaso un plafón alternativo para la organización política y gubernativa de las nuevas entidades independientes? Este fragmento, que ha sido leído –en parte con razón– como una definición amplia y bastante comprensiva de la identidad latinoamericana, define a la vez las tensiones de la facción independentista de la etno-clase blanco-criolla: tensiones que explican, por ejemplo, muchos de los debates y prejuicios que subyacen a la consideración de qué pueblos y naciones han de ser invitados o no al Congreso Anfictiónico de Panamá. Veamos esta definición posterior, tanto menos elogiosa, sobre el resultado de la “mezcla” americana:

“El origen más impuro es el de nuestro ser: todo lo que nos ha precedido está envuelto con el negro manto del crimen. Nosotros somos el compuesto abominable de esos tigres cazadores que vinieron a la América a derramarle su sangre y a encastar con las víctimas antes de sacrificarlas, para mezclar después los frutos espurios de estos enlaces con los frutos de los esclavos arrancados del África. Con tales mezclas físicas, con tales elementos morales, ¿cómo se pueden fundar leyes sobre los héroes, y principios sobre los hombres? Muy bien: que esos señores ideólogos gobiernen y combatan y entonces veremos el bello ideal de Haití, y los nuevos Robespierres serán los dignos magistrados de esa tremenda libertad. Yo repito: todo está perdido”.

Como se ve en este fragmento de pesimismo atávico, Bolívar relaciona la forma de gobierno con la constitución etno-racial de las naciones, y se manifiesta por lo general desconfiado respecto de las aspiraciones radicalmente democráticas de las castas, fenómeno que definirá, despectivamente, como la “pardocracia”. Así, el 7 de junio de 1826, en carta a Santander, afirma: “si la gente de color se levanta y acaba con todo, porque el gobierno no es fuerte, y la locura de todo los convida a tomar su puesto, yo no tengo la culpa”.

Ya desde 1822, cuando la posición independentista se fortalece en términos políticos y militares y el proyecto anfictiónico empieza a tomar carnadura, el libertador desliza una serie de menciones sobre la ajenidad cultural no sólo de los “sajones” de Estados Unidos sino también de “los africanos” de Haití, a quien también llama, subrayando su extranjería, con la sinécdoque de “ciudadanos de Etiopía” o nativos de “Guinea”. Además, la negritud aparece como sinónimo de caos y violencia: “Guinea y más Guinea tendremos; y esto no lo digo de chanza, el que escape con su cara blanca será también afortunado”. Ante todo, Bolívar subraya el “carácter destructivo” de aquella revolución, la que opera a la vez como ejemplo y contraejemplo para las independencias hispanoamericanas: “La guerra de Rusia y la de Haití, debe servirnos de modelo en algunas cosas; pero no en el género horrible de destrucción que adoptaron, pues aunque allá fue útil, aquí no sirve para nada, porque lo que se destruye es inútil a todos […] En una palabra, lo que se destruye es nuestro y ya nos queda poco que destruir”.

En suma, su posición sobre la relación de Haití con la Confederación es clara. E incluso, en esto, más regresiva que el propio proyecto de los portugueses, que sí incluía a la república negra, y que la posición de varios delegados plenipotenciarios al Congreso, que llevaban la instrucción de sumar a Haití a la confederación o al menos de normalizar las relaciones comerciales y políticas con aquella nación: “Los americanos del Norte y los de Haití, sólo por ser extranjeros tienen el carácter de heterogéneos para nosotros. Por lo mismo, jamás seré de opinión de que los convidemos para nuestros arreglos americanos”.

Así, la primera nación libre e independiente queda desalojada del proyecto confederativo por no cumplir, presuntamente, el criterio de unidad histórico-cultural (según el sesgo blanco-criollo) en que se funda la propuesta anfictiónica. Aunque quizás el dato más determinante no sea la presencia cultural negra (evidente e insoslayale también en la América hispánica), sino el rol de mando y conducción estatal que adquiere en el caso haitiano. No podemos detenernos aquí, pero no queremos dejar de subrayar la importancia de preguntarnos cómo los factores etno-raciales definen los alcances y los límites de los proyectos unionistas/integracionistas de la región.

Con esto no queremos decir que la posición de Bolívar sea retrógrada: de hecho es sumamente avanzada, incluso en estos aspectos, para un hombre de su etno-clase y de su época. Así, no debemos olvidar que las instrucciones bolivarianas al Congreso insistían en la necesidad de abolir la esclavitud en las antiguas colonias, propuesta (y resolución) que las propias actas de Panamá recogen, y que por supuesto buena parte de las élites blanco-criollas resistían. Incluso la propia exclusión del Brasil se fundaba tanto en su sistema político monárquico como en su carácter irrenunciablemente esclavista.

De hecho, otros fundamentos “histórico-culturales” arribaban a conclusiones tanto más conservadoras que los que llevaron a la exclusión de Haití. Así, uno de los fundamentos del argentino Juan Bautista Alberdi para rechazar la unión continental se basaba en el más fervoroso europeísmo y en la propuesta de una migración que reemplazara a las propias poblaciones autóctonas: “Para honor de Rivadavia y de Buenos Aires, se debe recordar que él se opuso al Congreso de Panamá y a sus principios, porque comprendió que favoreciéndolo, aniquilaba desde el origen sus miras de inmigración europea y de estrechamiento de este continente con el antiguo, que había sido y debía ser el manantial de nuestra civilización y progreso”. La reflexión alberdiana no sólo resuma etnocentrismo, sino que comprende mal la geopolítica bolivariana, que ni es anti-moderna ni es anti-europea.

"Equilibrar el universo”: el dinámico fundamento geopolítico

Abordado el fundamento histórico-cultural que justifica la unión, veamos ahora el fundamento geopolítico, que parte de una concreta situación colonial y de la mirada bolivariana que propende al “equilibrio del universo”. Muy tempranamente, el caraqueño sugiere que del equilibrio de Europa (ante todo entre Francia, España e Inglaterra, ésta última en función de contrapeso) depende la independencia de América, y de ella el equilibro del mundo. Desde ésta óptica el libertador define el rol de las “potencias neutrales” (Brasil, Estados Unidos e Inglaterra) y intuye la creación de futuros “polos” de poder: “Gran Bretaña, confundida y abrumada con el peso enorme de sus riquezas, y […] América formando el imperio más poderoso de la tierra”. Esta última tendría derecho a una existencia propia y autónoma en virtud de la independencia conquistada por los ejércitos continentales, pero también por características como su extensión, su riqueza y su población (rasgos ahora más geopolitológicos que histórico-culturales), que le colocan, al menos potencialmente, a la altura de los grandes imperios de su tiempo. Además, Bolívar imagina a estos dos polos no solo como coincidentes en su orientación geopolítica, sino como complementarios en términos de su economía futura: “La América se halla además por fortuna en circunstancias de no poder inspirar recelos a los que viven del comercio y la industria. Nosotros por mucho tiempo no podemos ser otra cosa que un pueblo agricultor […] capaz de suministrar las materias primas más preciosas a los mercados de Europa”.

Claro que, como se desprende de cartas como la enviada al conservador británico Sir Robert John Maxwell-Hyslop o de la famosa “Carta de Jamaica” dirigida a Henry Cullen, en ocasiones Bolívar exagera la confluencia y armonía de intereses entre americanos y británicos, relación que aparece bajo el signo de un mayor realismo en algunas de las epístolas enviadas a sus colaboradores de mayor confianza. En otras ocasiones, Bolívar apela a la moralidad y “civilización” de Europa para que interceda ante los crímenes coloniales españoles. Es interesante, tomando en consideración el enfoque del marxista afro-trinitense Oliver Cox, que define al comercio exterior como la “fuerza primordial” de lo que hoy llamaríamos el “sistema-mundo”, que en todo momento Bolívar vea en el comercio con América la llave que permitiría que “Inglaterra, aumentando su peso en la balanza política, disminuya rápidamente el de sus enemigos”.

Bolívar lee y busca incidir activamente en la transición hegemónica de su tiempo; y busca hacerlo, ante todo, inclinándose por el elemento menos lesivo –al menos en el corto plazo– para los intereses de la región. En diversas cartas y documentos explica su política exterior a través de un axioma: “Yo creo que la primer cualidad de las cosas es la existencia y las demás son secundarias. Existamos, pues, aunque sea con nuestros defectos y dificultades, porque, al fin siempre es mejor ser que no ser”. Con matices y variaciones, repetirá a sus interlocutores este principio de realgeopolitik. Incluso, pese a que según De la Reza la influencia anfictiónica de Bolívar proviene de la lectura, mediada por Rousseau, del Duque de Sully, su mirada no deja de tener puntos de contacto con el cosmopolitismo de Crucé y Kant: “En la marcha de los siglos, podría encontrarse, quizá, una sola nación cubriendo al universo —la federal”.

Si la motivación histórico-cultural que funda la unión es un hecho permanente y estable, la fundamentación geopolítica es desde ya un hecho circunstancial y variable. Por eso en 1824, el año de la convocatoria al Congreso de Panamá, Bolívar afirma que “ingleses y norteamericanos son unos aliados eventuales, y muy egoístas”. Parece que hechos como la revolución liberal española (1820-1823) y sus secuelas, la declaración de la Doctrina Monroe (1823) o el escenario militar favorable que prepara el terreno de lo que será la Batalla de Ayacucho, aparecen como indicios de una transición hegemónica que empieza a cerrarse. La diástole geopolítica cede su paso a la sístole y las ventanas de oportunidad comienzan a esfumarse. Inglaterra aparece cada vez más claramente como el único e indiscutible hegemón, mientras que las aspiraciones expansionistas estadounidenses en México, Centroamérica y las Antillas se hacen más y más evidentes. España prepara sus últimas y fracasadas incursiones militares, pero ya no resulta tan amenazante a los ojos de los independentistas.

En los documentos del año siguiente esto queda de relieve. En carta dirigida a Santander el 20 de mayo de 1825, Bolívar afirma que “Los españoles, para nosotros, ya no son peligrosos, en tanto que los ingleses lo son mucho, porque son omnipotentes; y, por lo mismo, terribles”. Sin embargo, diez días después vuelve a insistir con la alianza británica y su incorporación al Congreso, pero ya bajo otros considerandos y estrategias, e insistiendo ante todo en su repetido axioma:

“… nuestra federación americana no puede subsistir si no la toma bajo su protección la Inglaterra; por lo mismo, no sé si sería muy conveniente si la convidásemos a una alianza defensiva y ofensiva. Esta alianza no tiene más que un inconveniente, y es el de los compromisos en que nos puede meter la política inglesa; pero este inconveniente es eventual y quizás remoto. Yo le opongo a este inconveniente esta reflexión: la existencia es el primer bien; y el segundo es el modo de existir; si nos ligamos a la Inglaterra existiremos, y si no nos ligamos nos perderemos infaliblemente. Luego es preferible el primer caso”.

Lo interesante es que esta alianza, que antes parecía expresar la perfecta coincidencia de intereses económicos y geopolíticos, aparece ahora como algo temporal y circunstancial. Agrega Bolívar que mientras la alianza dure, “creceremos, nos fortificaremos y seremos verdaderamente naciones para cuando podamos tener compromisos nocivos con nuestra aliada. Entonces, nuestra propia fortaleza y las relaciones que podamos formar con otras naciones europeas, nos pondrán fuera del alcance de nuestros tutores y aliados”. La geopolítica bolivariana, como se ve, implica la construcción de lo que hoy llamaríamos una serie de equilibrios dinámicos: hoy con Inglaterra contra la Santa Alianza, mañana con quien sea preciso contra las aspiraciones neocoloniales de los propios ingleses.

En este fragmento, en donde el caraqueño parece hablar y orientar a sus propios partidarios, queda todavía más claro:

“La alianza de la Gran Bretaña nos dará una grande importancia y respetabilidad. A su sombra creceremos, y nos presentaremos después entre las naciones civilizadas y fuertes. Los temores de que esa nación poderosa sea el árbitro de los consejos y decisiones de la asamblea; que su voz, su voluntad y sus intereses sean el alma de ella, son temores remotos y que, aun cuando se realicen algún día, no pueden balancear las ventajas positivas, próximas y sensibles que nos da ahora. Nacer y robustecerse es lo primero; lo demás viene después. En la infancia necesitamos apoyo, que en la virilidad sabremos defendernos. Ahora nos es muy útil, y en lo futuro ya seremos otra cosa”.

Por otro lado, son las propias debilidades del proyecto anfictiónico y las cada vez más evidentes disensiones internas (ante todo por motivos de límites) las que vuelven más imperiosa la cobertura británica, hasta el punto de que Bolívar llegué a proponer su inclusión formal en la confederación. La misma política de equilibrios dinámicos rige para las relaciones con los Estados Unidos. Bolívar a veces parece considerar que la complementariedad comercial alcanza para compatibilizar los intereses americanos del norte y del sur: “siguiendo su conducta aritmética de negocios, [Estados Unidos] aprovechará la ocasión de hacerse de las Floridas, de nuestra amistad y de un gran dominio de comercio”.

En otras ocasiones, como en una carta del 23 de diciembre de 1822, su mirada es más descarnadamente realista, al ver “a la cabeza de su gran continente una poderosísima nación, muy rica, muy belicosa, y capaz de todo; enemiga de la Europa y en oposición con los fuertes ingleses”. En esa línea, en 1825, año en que estaba previsto que comenzara el Congreso, va a proponer limitar estas relaciones, dado que podrían destemplar los vínculos sostenidos con Inglaterra, considerados prioritarios. Además, en su balance de las sesiones que formula en carta a Briceño Méndez del 14 de septiembre de 1826, el libertador se manifiesta enérgicamente contra el traslado de la asamblea a Tacubaya, México, dado que quedaría así bajo el cercano influjo de los Estados Unidos.

Pero la propuesta del equilibrio no se refiere solo a la relación de las flamantes repúblicas con las potencias globales, sino también a la relación con los propios vecinos. Así, al evocar antecedentes remotos del Congreso Anfictiónico, Bolívar afirma que “Los grandes soberanos de Europa se han visto obligados a ocurrir [sic] a estos congresos para establecer relaciones cordiales y familiares entre sus respectivos estados; mientras que estuvieron con simples relaciones diplomáticas, la maldita división los tenía separados; así que reunieron un congreso y sus intereses, son invencibles”. En un texto sin fechar, pero claramente conclusivo sobre los desarrollos de la primera ronda de sesiones del Congreso de Panamá, Bolívar asegura que con la confederación “ninguno sería débil con respecto a otro; ninguno sería más fuerte” y que “el orden interno se conservaría intacto entre los diferentes Estados, y dentro de cada uno de ellos”.

"Salvarse del abismo": el imperativo fundamento político-militar

Si el primer motivo de la unión es la unidad histórico-cultural, y si el segundo es la necesidad geopolítica de equilibrar el universo, el tercero motivo se funda, en el cortísimo plazo, en un imperativo político-diplomático-militar vinculado a impedir la reconquista, garantizar la defensa y obtener el reconocimiento de los nuevos Estados. Por eso, no se puede entender la propuesta bolivariana como una desapasionada solución intelectual, ni como un abstracto debate identitario.

La unión es ante todo una urgencia político-militar en un tiempo de hazañas y calamidades. En parte es por eso que el anfictionismo latinoamericano es tan distinto, más precoz y tanto más radical que el europeo en sus iniciativas de regionalización multipolar. No es la propuesta de filósofos, burócratas o “consejeros del príncipe”, sino que es la obra vertiginosa de militares, políticos y estadistas. Así, asegura el caraqueño: “¿No es la unión todo lo que se necesita para ponerlos [a los hispanoamericanos] en estado de expulsar a los españoles, sus tropas y los partidarios de la corrompida España?”. Estos imperativos parten de su propia experiencia, ante todo en relación a la caída de la Segunda República de Venezuela, de la que Bolívar deduce la necesidad de contar con gobiernos fuertes, evitar el faccionalismo y organizar un contingente militar unificado.

Muestra de esto es su crítica al proyecto, elaborado en Lisboa y girado a sus vecinos por el gobierno rivadaviano de las Provincias Unidas, que propone conformar una confederación armada contra la Santa Alianza; confederación que estaría integrada por España, Grecia, Estados Unidos, México, Colombia, Haití, Buenos Aires, Chile y Perú. Aunque esta propuesta satisface, en lo inmediato, el imperativo de la defensa y el reconocimiento de las nuevas repúblicas, no cumple con los otros dos fundamentos: ni se verifica la más mínima unidad histórico-cultural de los eventuales confederados, ni tampoco se cumple con la búsqueda del equilibrio geopolítico global. Además, la búsqueda de una regionalización progresiva queda clara aquí: “he estado meditando con mucha atención sobre la liga federal y la liga militar que proponen algunos de los estados de América. Pienso que la primera no será más que nominal, pues un pacto con un mundo entero viene a ser nulo en la realidad”.

Bolívar no suscribe cualquier tipo de unidad, sino la unidad regional hispano-americana: el proyecto antagónico que impulsa Buenos Aires no garantiza para él la independencia sino la tutela, ni tampoco “equilibra al universo”, ya que pone a la América como apéndice de una poderosa entente militar europea. Así, asegura, “tendremos tutores en la juventud, amos en la madurez y en la vejez seremos libertos”. Incluso cuando el Congreso se muestra incapaz de construir una estructura confederativa real (“su poder será una sombra, y sus decretos meros consejos”, según su famoso vaticinio), al menos sigue cumpliendo un rol disuasorio y meramente defensivo para las partes que no logran constituirse: por eso Bolívar recomienda a Santander “que se conserve a todo trance la reunión federal, y la apariencia de este cuerpo político. Su mera sombra nos salva del abismo, o nos prolonga la existencia, por lo menos”.

Coda

En síntesis, Bolívar habla de una unidad cultural e histórica (asaz discutible en nuestro siglo), de las dificultades políticas para la federación, del imperativo de la unión como garantía de la independencia, de la búsqueda de un equilibro internacional, de una regionalización multipolar no colonial ni imperialista (a diferencia de la antagónica Doctrina Monroe), de la transición hegemónica de su tiempo, y de como incidir estratégicamente en la competencia de las potencias rivales.

Pero también habla de las dificultades internas vinculadas al hecho faccioso de la guerra civil, de la diversidad de las “formaciones nacionales” y de la imposibilidad de restaurar unidades pre-coloniales irremisiblemente perdidas. Además, su praxis, así como la del conjunto de exponentes del integracionismo/unionismo latinoamericano y caribeño, da pistas tempranas de cómo podría desplegarse lo que en 1977 Enrique Dussel supo llamar una “geopolítica de la liberación”. Pero ante todo nos permite no sólo comprender la permanente sugestión que la perspectiva multipolar ejerce en nuestro contexto regional, sino trazar las coordenadas del dos veces secular multipolarismo latinoamericano y caribeño.


Bibliografía

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Dussel, Enrique. “Geopolítica y filosofía”. En Filosofía de la liberación. Bogotá: Editorial Nueva América, 1996.
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Rivara, Lautaro. “La paradoja de Chapultepec: más allá del integracionismo débil”. Memoria. Revista de crítica militante, 279-280 (2021): 38-42.
Rivara, Lautaro. “¿Es la multipolaridad autoritaria? Una polémica sur-sur (I)”. Agencia Latinoamericana de Información, 21 de abril, 2023. 


Este artículo es una síntesis y adaptación del texto "El anfictionismo latinoamericano y caaribeño: dos siglos de praxis multipolar autónoma", publicado en Antagón con el consentimiento de su autor. El artículo apareció como capítulo en el libro "De Monroe a Trump: del expansionismo estadounidense tardío al imperialismo tardío", coordinado por José Guadalupe Gandarilla Salgado y editado por Huella del Sur y Ediciones Herramienta en 2025.