Legados subterráneos. Una historia de explotación y fronteras en México

La violencia del Estado mexicano y de sus clases dominantes, la frontera mexicano-estadounidense como dispositivo brutal de segmentación de clase y la resistencia y las estrategias de supervivencia de las clases trabajadoras y pobres mexicanas, siempre viviendo entre dos mundos de subalternización, analizados con la ayuda del libro de Cristina Rivera Garza Autobiografía del algodón (2020)

Imagen de la frontera mexicano-estadounidense en las proximidades de Nogales (Arizona) tras añadirse a la misma varias capas de concertinas el 4 de febrero de 2019 durante la primera presidencia de Donald Trump - Dominio Público / Robert Bushell.

En marzo de 1934 un joven militante comunista llegó a caballo al pequeño asentamiento de Estación Camarón, en Nuevo León, en el extremo noreste de México. El partido le había enviado para apoyar una huelga de agricultores arrendatarios, que cultivaban algodón, en su mayoría familias migrantes empobrecidas procedentes de regiones más meridionales del país. Aunque solo tenía diecinueve años, ya había cumplido condenas de cárcel por su activismo, incluida una estancia en la colonia penal de las Islas Marías en 1932. Su llegada a Camarón llamó la atención de las autoridades locales y en menos de una semana fue detenido y a continuación trasladado de una prisión a otra antes de ser enviado de nuevo a las Islas Marías.

Aunque a José Revueltas (1914-1976) todavía le quedaban años para convertirse en el célebre novelista e intelectual marxista en el que posteriormente se convirtió, estas experiencias fueron claramente determinantes: su estancia en las Islas Marías inspiraría su primera novela publicada, Los muros de agua (1941), mientras que su fugaz visita al extremo norte le proporcionó el escenario y la materia prima para El luto humano (1943). No obstante, no solo hay escasa documentación sobre la estancia de Revueltas en Camarón consistente en algunas notas dispersas y una breve carta a su madre, sino que también hay pocos rastros de la propia huelga: algunas menciones en la prensa comunista, un folleto perdido en los archivos del gobierno mexicano. No está claro, si los huelguistas consiguieron que se atendiera alguna de sus reivindicaciones. De no ser por la breve aparición de Revueltas, la huelga podría haber sido otro de los grandes silencios anónimos contenido en el acervo de las luchas populares.

Esta laguna es el punto de partida de Autobiografía del algodón (2020), de Cristina Rivera Garza, que combina una rica investigación histórica con la recopilación de memorias familiares todo ello cuajado de vetas novelísticas introducidas en la narración. Los abuelos paternos de Rivera Garza también se encontraban en Estación Camarón en 1934, una coincidencia que le lleva a preguntarse:

¿Se conocieron José Revueltas y José María Rivera Doñez allí, en Estación Camarón, sobre la tierra blancuzca e hiriente de la zona fronteriza, entre el viento, los matorrales y las encinas enanas? […] ¿Era mi abuelo o mi abuela uno de esos rostros «severos y solemnes», que aún permanecían grabados en la memoria de José Revueltas años más tarde, cuando escribió a mano, cuaderno tras cuaderno, hasta llenar nueve, […] su segunda novela? Espero que sí. Pero no hay forma de saberlo.

Nacida en la ciudad fronteriza de Matamoros, Tamaulipas, en 1964, Rivera Garza pasó parte de su infancia a 32 kilómetros al suroeste de esta localidad, en el pueblo de Anáhuac, donde sus abuelos se habían trasladado desde Estación Camarón en 1937. Se formó en sociología en la UNAM de Ciudad de México antes de optar por la historia, obteniendo un doctorado en la Universidad de Houston, donde ahora dirige el programa de escritura creativa en español. Muy conocida a ambos lados de la frontera, ha recibido numerosos galardones en México, pero quizá sea más conocida en el mundo anglófono por su obra El verano invencible de Liliana (2021), ganadora del Premio Pulitzer en 2024. Se trata de unas impactantes memorias sobre su hermana menor, asesinada en 1990 por un exnovio que ha eludido la justicia hasta el día de hoy, y es también, inevitablemente, una reflexión más amplia sobre el feminicidio en México. El éxito de ese libro en el mundo anglófono parece haber impulsado una oleada de traducciones: solo en el último año han aparecido en inglés la novela Death Takes Me (2025, La muerte me da, 2007) y una colección de relatos cortos, Terrestrial (2026, Terrestre, 2025), así como Autobiography of Cotton (2026).

El resultado es, en mi opinión, una obra más cautivadora que gran parte de la ficción de Rivera Garza, que se inclina intencionadamente hacia cierta abstrusidad u opacidad; en sus obras híbridas, por el contrario, el contrapunto entre los diferentes modos narrativos tiene un efecto impulsor, que afianza los elementos ficticios al tiempo que libera el material histórico. Si El verano invencible de Liliana es una obra intensamente íntima, Autobiografía del algodón es personal de una manera muy diferente. Más que un acto de reconstrucción o recuperación, el libro es a la vez un intento de dotar de forma narrativa a las experiencias de sus antepasados y de ajustar cuentas con los ciclos de despojo y migración, que han moldeado el norte de México

Desde su primer libro de relatos, La guerra no importa (1991), Rivera Garza ha publicado obras de diversos géneros, desde poesía y novelas hasta obras de historia, aunque varios de sus libros son híbridos inclasificables, entremezclan la ficción, la crítica y las memorias. Por ejemplo, Había mucha neblina o humo o no sé qué (2016) es una reflexión crítica sobre la obra de Juan Rulfo, pero también contiene elementos de relato de viaje y reconstrucción imaginativa, esto es, extrapolaciones ficticias basadas en los registros históricos, similares a lo que la investigadora en Estudios Afroamericanos Saidiya Hartman ha denominado «fabulación crítica». El objetivo de Hartman era abordar los silencios o las lagunas en los registros históricos: escribir «con y contra el archivo», como ella misma afirmó en 2008. En Autobiografía del algodón, Rivera Garza adopta una estrategia comparable en relación con un pasado muy diferente, utilizando una mezcla de géneros similar a la de su libro sobre Rulfo para recrear las numerosas migraciones de su familia y situarlas en el contexto de la historia moderna de México. El resultado es, en mi opinión, una obra más cautivadora que gran parte de la ficción de Rivera Garza, que se inclina intencionadamente hacia cierta abstrusidad u opacidad; en sus obras híbridas, por el contrario, el contrapunto entre los diferentes modos narrativos tiene un efecto impulsor, que afianza los elementos ficticios al tiempo que libera el material histórico. Si El verano invencible de Liliana es una obra intensamente íntima, Autobiografía del algodón es personal de una manera muy diferente. Más que un acto de reconstrucción o recuperación, el libro es a la vez un intento de dotar de forma narrativa a las experiencias de sus antepasados y de ajustar cuentas con los ciclos de despojo y migración, que han moldeado el norte de México.

Este pasado indígena es uno de los muchos legados ocultos que la autora saca a la luz en el libro: en algún momento, durante el transcurso de sus numerosas migraciones, su abuelo paterno, descrito como indígena en su partida de nacimiento de 1879, se despojó de esta etiqueta, lo que constituye un ejemplo concreto de cómo funcionaba en la práctica la silenciosa conversión de indígenas en mestizos, y una clara demostración de la naturaleza construida y relacional de la identidad indígena en México

La cronología del libro muta en el tiempo retrospectiva y prospectivamente con una fluidez onírica. La mayor parte de la narración se mueve entre la década de 1930 y la actualidad, reconstruyendo la llegada de sus abuelos al extremo nororiental de México y la nueva vida que comenzaron allí como cultivadores de algodón de la mano del gran proyecto del gobierno de Lázaro Cárdenas concebido para poblar la zona fronteriza y distribuir la tierra. En el libro también se relatan viajes anteriores que Rivera Garza realizó al norte del país con sus padres en la década de 1970 y ya de adulta en la de 1980, así como pasajes que nos llevan todavía más atrás, a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando sus antepasados emigraron hacia el norte desde las minas de San Luis Potosí hasta Coahuila. En un momento dado, Rivera Garza se remonta incluso al siglo XVII, a la larga resistencia indígena a la colonización española en las tierras altas del centro-norte, conocida como el Gran Chichimeca. Este pasado indígena es uno de los muchos legados ocultos que la autora saca a la luz en el libro: en algún momento, durante el transcurso de sus numerosas migraciones, su abuelo paterno, descrito como indígena en su partida de nacimiento de 1879, se despojó de esta etiqueta, lo que constituye un ejemplo concreto de cómo funcionaba en la práctica la silenciosa conversión de indígenas en mestizos, y una clara demostración de la naturaleza construida y relacional de la identidad indígena en México.

Estilísticamente, Autobiografía del algodón está escrita en diversos modos y con múltiples voces. Rivera Garza se nutre de una rica investigación de archivo –reproduce varios documentos y telegramas– y, al mismo tiempo, se aaventura en interpolaciones ficticias de gran riqueza imaginativa; en otros momentos, el libro adopta un tono más ensayístico o vagamente meditativo. Se produce una transición característica cuando Rivera Garza describe la máquina de escribir Oliver de 1895 –«la carcasa del primer modelo era de color verde oliva y tenía teclas octogonales grandes y blancas»– en la que uno de los protagonistas de El luto humano, de Revueltas, escribe cartas a las autoridades; a continuación, Rivera Garza imagina al líder del sindicato local de trabajadores agrícolas utilizando una máquina similar para escribir una carta en la que denuncia la detención de Revueltas en 1934.

El domingo siguiente, a punto de tirarse de los pelos tras esperar más de una semana, Arnulfo se sentó ante aquella horrible máquina de escribir y, luchando por controlar una rabia que apenas le permitía respirar, escribió una carta al gobernador del estado. Papel de cebolla. Cinta negra de máquina de escribir. Las mayúsculas rebeldes saltando por encima o cayendo por debajo de una línea imaginaria. Y sus dedos índices martilleando las teclas.

Rivera Garza reproduce a continuación la propia carta y la escena imaginaria que la precede se cuela en nuestra percepción del documento real. Este ir y venir entre los registros históricos conservados y las narrativas fragmentarias y ficcionalizadas confiere al libro una cualidad inquietante, a la vez insistentemente material y desligada de las certezas empíricas. No en vano Rivera Garza vuelve repetidamente al título original escogido por Revueltas para El luto humano, con su doble sentido de ausencia corporal y presencia fantasmal: Las huellas habitadas. El propio Revueltas acecha el texto de principio a fin a la vez material de referencia, protagonista, interlocutor y modelo estilístico. Su volumen autobiográfico Las evocaciones requeridas (1987), una recopilación póstuma de memorias, diarios y correspondencia editada por su hija y su yerno, contiene un fragmento que escribió en la década de 1930 sobre Sabinas Hidalgo, donde hizo una parada de camino a Camarón:

El norte es tierra blancuzca e hiriente. Llanuras y desiertos todavía sin domar: ariscos, poblados de matojos y chaparros, de dolorosos cactus que martirizan, torturan la carne, casi símbolo de toda la tierra mexicana, india y dolida. El horizonte reverbera atravesado por los rayos de un sol impune, rojo como una bola de fuego. La tierra se agrieta bajo los cascos de los caballos, reseca y sedienta. El viento es un viento salvaje, implacable. Viento del norte. Viento mexicano feroz, libre, el más libre de todos; aúlla a través de las rendijas de las casas de madera; levanta nubes de polvo gris; grita en medio de la desolación de los campos angustiados.

Rivera Garza abre Autobiografía del algodón evocando imágenes similares, como si se adueñara del lenguaje de Revueltas al tiempo que lo sitúa en la escena; aunque su versión de Revueltas presta aún más atención a la vida orgánica que se extiende a sus pies:

Primero se oye el sonido de los cascos golpeando el suelo arenoso. Luego, la respiración, entrecortada y jadeante. Un resoplido. El suelo blanco se abre para dejar aflorar acacias retorcidas, con sus copas redondeadas y raíces profundamente arraigadas en la tierra, y las ramas espinosas de los mezquites, de los que cuelgan vainas largas y estrechas y, ahora que ya casi es primavera, estas flores amarillas. El galope no cesa. Las herraduras esquivan los cactus barril esféricos, cuyas puntas espinosas y bruñidas aparecen aquí y allá a lo largo del camino. Las flores blancas de la anacahuita. Los correcaminos. Los lagartos gusano. ¿No le habían dicho que esto era un desierto?

La escritora feminista chicana Gloria Anzaldúa es otra presencia destacada en el libro. Anzaldúa creció entre aparceros y jornaleros en el lado texano de la frontera, «rebelde, testaruda, queer», como la describe Rivera Garza; desarrollaría su famoso lenguaje híbrido, a medio camino entre dos mundos, para lidiar con su herencia plural en Borderlands/La Frontera: The New Mestiza (1987). Muchos de los miembros de la familia de Rivera Garza se establecieron en Estados Unidos –del otro lado– mientras que otros cruzaban la frontera con frecuencia. Ella se cuida de no establecer un paralelismo demasiado directo entre las formas de marginación que sus familiares experimentaron y aquellas a las que se vio sometida Anzaldúa, pero existe claramente un sentimiento de afinidad, arraigado en el paisaje implacable y sus peligros: Anzaldúa reconoció a la serpiente de cascabel como su nahual o animal guardián; una mordedura de ese mismo animal mató a la abuela de Rivera Garza.

El desastre infligido al México rural desencadenó una nueva oleada de migración hacia el norte. La guerra contra las drogas asoló entonces una región ya devastada; como dice Rivera Garza: «Cuando todo esto llegó a su fin, cuando los recursos terrestres y humanos se habían agotado, la región fue testigo de la llegada imperiosa de la violencia: ahora despojada de todo disfraz, violencia pura, simple y sin adornos»

Pero los fantasmas que se ciernen de forma más inquietante sobre el libro proceden de un pasado muy reciente: las innumerables víctimas de la «guerra contra las drogas» de México, que ha asolado este rincón del país con especial ferocidad. Rivera Garza señala la estrecha coincidencia entre los topónimos de su narración y los que aparecen repetidamente en las noticias:

Anáhuac, La Gloria, Las Tortillas, Antiguo Guerrero, Ciudad Mier, Camargo, Reynosa, El Control, Anáhuac. Para los habitantes del México del siglo XXI, esos son los nombres de lugares destruidos por los disparos y luego abandonados rápidamente sin ni siquiera lanzar una última mirada atrás. Allí se han descubierto y se siguen descubriendo fosas comunes en las que convergen tantos huesos, tantas ausencias [...]. Cuesta creer que no hace tantos años los nombres de esos pueblos evocaran esperanza en lugar de terror.

Sin embargo, a pesar de este marcado contraste entre las promesas del pasado y las atrocidades actuales, Rivera Garza percibe, no obstante, una continuidad subyacente entre la década de 1930 y el presente, y sostiene que existe una «relación entre el breve período de plenitud del algodón y la sangrienta guerra que el Estado mexicano ha librado contra sus ciudadanos». El monocultivo de algodón provocó la erosión del suelo y una crisis agrícola, que solo se alivió parcialmente con el cambio al sorgo; luego llegaron las maquiladoras y la liberalización comercial en el marco del TLCAN, lo que, en el mejor de los casos, supuso una explotación precaria para muchos y muchas. El desastre infligido al México rural desencadenó una nueva oleada de migración hacia el norte. La guerra contra las drogas asoló entonces una región ya devastada; como dice Rivera Garza: «Cuando todo esto llegó a su fin, cuando los recursos terrestres y humanos se habían agotado, la región fue testigo de la llegada imperiosa de la violencia: ahora despojada de todo disfraz, violencia pura, simple y sin adornos».

La sección final de Autobiografía del algodón se titula «Terricidio», lo que subraya la idea de un largo asalto a la tierra. Pero, ¿quién o qué ha estado librando esta guerra? En ocasiones, Rivera Garza señala al propio algodón como culpable: el «algodón atroz», que «no conoce la compasión» y que de diversas formas también devastó el sur de Estados Unidos. En otros pasajes, apunta a agentes humanos, incluida su familia, envueltos sin saberlo en una batalla más amplia en la que el algodón no era más que un instrumento: «Estábamos en guerra […]. El nombre de esa guerra era modernización». Ella misma, como señala, es producto de ese proceso de modernización: gracias a la relativa estabilidad que lograron sus abuelos, sus padres pudieron recibir una educación en un contexto –el México de mediados del siglo XX– en el que todavía era posible cierto grado de movilidad social.

El carácter recurrentemente represivo del Estado mexicano, de la época porfirista, pasando por Tlatelolco, a la guerra contra las drogas, es difícilmente cuestionable. Pero, ¿puede la cadena histórica de acontecimientos registrados en el norte de México, del cultivo del algodón a la narcoviolencia, subsumirse realmente en una única campaña llevada a cabo por un Estado inmutable? ¿O nos encontramos, por el contrario, ante una concatenación implacable de sucesos que se desarrollan en el mismo espacio geográfico, pero bajo condiciones estructurales fundamentalmente diferentes, impulsados por factores materiales distintos y por actores sociales y políticos dispares?

Pero el perpetrador implícito del «terricidio» parece ser el Estado mexicano, responsable tanto del proyecto prometeico de colonización algodonera de la década de 1930 como de la violencia militarizada desatada contra sus propios ciudadanos en la actualidad. Hay matices, sin duda: por ejemplo, Rivera Garza incluye un retrato magistral de Eduardo Chávez, el ingeniero que supervisó el proyecto de regadío y la asignación de parcelas de las que se beneficiaron sus abuelos. De hecho, el Estado cardenista aparece bajo una luz positiva, tal y como se refleja a través de las historias orales y los recuerdos de los campesinos, cuyas reivindicaciones escuchó y atendió. Pero, por lo demás, Rivera Garza tiende a enmarcar la relación entre el Estado y el pueblo como fundamentalmente antagónica; ya sea en la actualidad o en el pasado histórico, el Estado aparece como un agente de «desposesión y saqueo», cuyas atenciones la gente corriente tiene que eludir o soportar. En un momento dado, sostiene incluso, en un aforismo algo desconcertante, que «la arquitectura es una invención del Estado» y a continuación describe la construcción por parte de sus antepasados de refugios improvisados y móviles como una búsqueda de autonomía constantemente interrumpida.

El carácter recurrentemente represivo del Estado mexicano, de la época porfirista, pasando por Tlatelolco, a la guerra contra las drogas, es difícilmente cuestionable. Pero, ¿puede la cadena histórica de acontecimientos registrados en el norte de México, del cultivo del algodón a la narcoviolencia, subsumirse realmente en una única campaña llevada a cabo por un Estado inmutable? ¿O nos encontramos, por el contrario, ante una concatenación implacable de sucesos que se desarrollan en el mismo espacio geográfico, pero bajo condiciones estructurales fundamentalmente diferentes, impulsados por factores materiales distintos y por actores sociales y políticos dispares? La propia Rivera Garza evoca con gran claridad el contraste existente entre el Estado cardenista y sus sucesores posteriores del PRI, ya sea en su faceta desarrollista o como ejecutor tecnocrático del neoliberalismo. Un análisis materialista del proceso de desarrollo capitalista en la región tendría que tener en cuenta, sin duda, estos y otros momentos de ruptura, de fisuras en la continuidad que identifica Rivera Garza.

Pero lo que resulta menos evidente es el papel de la frontera como línea divisoria que marca un desequilibrio de poder enorme entre dos Estados-nación. Cada uno de ellos cuenta con estructuras socioeconómicas y regímenes políticos muy diferentes, pero es imposible pensar en cualquier aspecto de la historia moderna de México, de su composición territorial a sus patrones migratorios, de la evolución de su suerte económica a su papel como corredor de tránsito de drogas, sin tener en cuenta la enorme y decisiva asimetría que existe entre él y su vecino del norte. El otro lado no es, en ese sentido, un lugar separado, sino una fuerza siempre presente, como una fuerza de la gravedad, que siempre desvía la trayectoria de México

Esto nos lleva a la gran fractura que, curiosamente, se minimiza en la narrativa de Rivera Garza, que es precisamente la propia frontera entre Estados Unidos y México. Por supuesto, la mayor parte del libro trata sobre las zonas fronterizas y la autora reflexiona con frecuencia sobre cómo tanto la permeabilidad como la dura solidez de esa frontera han moldeado su vida y la de su familia. Pero lo que resulta menos evidente es el papel de la frontera como línea divisoria que marca un desequilibrio de poder enorme entre dos Estados-nación. Cada uno de ellos cuenta con estructuras socioeconómicas y regímenes políticos muy diferentes, pero es imposible pensar en cualquier aspecto de la historia moderna de México, de su composición territorial a sus patrones migratorios, de la evolución de su suerte económica a su papel como corredor de tránsito de drogas, sin tener en cuenta la enorme y decisiva asimetría que existe entre él y su vecino del norte. El otro lado no es, en ese sentido, un lugar separado, sino una fuerza siempre presente, como una fuerza de la gravedad, que siempre desvía la trayectoria de México.

Rivera Garza conoce estos efectos estructurales mejor que la mayoría, ya que los ha vivido muy de cerca; en Autobiografía del algodón ha preferido centrarse en la lucha humana por la supervivencia que tiene lugar bajo su peso. Sin embargo, la línea del mapa ha configurado inexorablemente las condiciones en las que se desarrolla esa lucha no solo al delimitar zonas de riqueza y poder enormemente desiguales, sino al contribuir a crear esas disparidades en primer lugar y, posteriormente, a afianzarlas. Esas diferencias han remodelado repetidamente el Estado y la sociedad mexicanos, ya sea estableciendo las condiciones de la integración del país en el mercado mundial, reconfigurando su economía a través de las oscilaciones de la inversión, abasteciendo tanto la demanda de drogas como de las armas que sustentan ese comercio o bien imponiendo límites claros a la capacidad del Estado para proteger o atender a sus ciudadanos.

A través de las diferencias creadas y mantenidas por la frontera se ha desarrollado el largo proceso de despojo que describe Rivera Garza no como el proyecto continuo de un único Estado, sino como sucesivas iteraciones de desarrollo capitalista y despojo, cada una de las cuales lleva la huella de un sistema totalizado de desigualdades que trasciende la frontera. Estos patrones también acechan en Autobiografía del algodón de formas más sutiles. Antes de que una combinación de plagas y vulnerabilidades del mercado acabara con el auge del algodón en el noreste de México, señala Rivera Garza, la variedad de Gossypium hirsutum (nombre del algodón mexicano) que más se cultivaba en Tamaulipas se llamaba, muy acertadamente, «Empire».


Recomendamos leer Tony Wood, «México en estado de cambio», Diario Red/New Left Review 147, y «¿América Latina domesticada?», NLR 58, y Jeremy Adelman y Pablo Pryluka «América Latina: la siguiente transición», Diario Red/ New Left Review 149.

Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista bimestral de teoría y política publicada en Madrid por Traficantes de Sueños.