La provisoria situación política del Líbano
La situación del Líbano depende irremediablemente del equilibrio de poder regional y en el mejor de los casos de un acuerdo de paz duradero producto de la última guerra de agresión estadounidense-israelí, porque Israel prosigue su lógica de negociar mediante la destrucción irracional de los sujetos más vulnerables, más indefensos y más próximos al radio letal de su máquina militar. El proyecto colonial isreaelí-occidental en Oriente Próximo está mostrando de forma apabullante su capacidad de destrucción y el carácter sistémico del racismo y la colonialidad en el modelo de reproducción del capitalismo histórico
Durante la guerra librada por Estados Unidos e Israel contra Irán, el Líbano ha resultado ser el obstáculo más difícil de superar para alcanzar un acuerdo duradero. Durante todo este tiempo, ha sido el frente principal en el que Israel e Irán han competido para determinar su posición en el orden regional. Tras la entrada de Hezbolá en la guerra el pasado 2 de marzo, Israel inició una brutal incursión aérea y terrestre en el sur del Líbano, que ha causado la muerte de más de cuatro mil personas y ha desplazado a más de un millón, lo cual representa casi una quinta parte de la población libanesa. La campaña israelí se ha centrado en la destrucción de infraestructuras civiles y en la expansión de su ocupación, la denominada «zona de seguridad», que actualmente se estima en una superficie de aproximadamente 608 kilómetros cuadrados.
Netanyahu considera que la victoria en el Líbano es necesaria para impedir que Irán pueda reconstruir Hezbolá y, con ello, uno de los pilares fundamentales de su capacidad de disuasión. Teherán, por su parte, ha insistido en que el cese del ataque contra el Líbano sea una de las condiciones para poner fin a la guerra regional, lo cual pareció ratificarse con la firma del memorándum de entendimiento el pasado 14 de junio entre Estados Unidos e Irán, que puso fin oficialmente a los combates en todos los frentes. No obstante, los ataques israelíes continuaron hasta que el 19 de junio se acordó un alto el fuego entre Israel y Hezbolá, supervisado por Teherán, Washington y Doha, que sigue vigente en el momento de redactar este artículo.
Netanyahu, que lleva décadas presionando a los diversos gobiernos estadounidenses para que se unan a Israel en un ataque contra Irán, debería haber sabido que solo disponía de una estrecha ventana de oportunidad para asestar un golpe decisivo antes de que surgieran conflictos de intereses. Trump se ha visto sometido a una presión interna cada vez mayor para poner fin a una guerra, que ha sacudido los mercados mundiales, ha disparado los precios del combustible y ha mermado sus índices de popularidad. Las tensiones dentro del propio Líbano complicaron aún más la situación. La coalición reformista de Nawaf Salam, que asumió el poder en febrero de 2025, ha convertido el desarme de Hezbolá en el eje central de su programa. Siguiendo las instrucciones del presidente libanés Josep Aoun, Salam entabló conversaciones directas con Israel en un intento de eludir la influencia iraní y asegurarse el respaldo de Estados Unidos. Hezbolá, por su parte, se sumó a la guerra con el objetivo de lograr la retirada israelí del sur del país y recuperar su prestigio nacional y regional; el desarme no era una concesión que estuviera dispuesto a considerar.
El memorando de entendimiento acordado en Islamabad entre Estados Unidos e Irán ha sido considerado casi unánimemente en Israel como un fracaso histórico, lo cual se debe no solo a las importantes restricciones impuestas a sus operaciones militares en el Líbano y a la explicitación de la creciente distancia abierta entre Washington y Tel Aviv, sino también a que simboliza el fracaso de Israel a la hora de consolidar los logros de los últimos tres años y de traducir su dominio militar en ventaja política. Antes de febrero, Israel había estado avanzando en la reconfiguración de Oriente Próximo como su propia esfera de influencia –el núcleo estratégico del concepto del «Gran Israel»– y proyectando su poder sin que nada lo detuviera, extendiendo su alcance mucho más allá del Levante al atacar a Ansarullah en Yemen, bombardear Catar e iniciar hostilidades contra Irán en junio de 2025, intervención que culminó con el ataque estadounidense contra las instalaciones nucleares iraníes durante ese mismo mes. La República Islámica golpeó severamente a Israel y le obligó a recurrir a los sistemas de defensa antimisiles estadounidenses y europeos durante la Guerra de los Doce Días, pero salió del conflicto aparentemente más frágil que nunca. La región parecía estar entrando en una era de hegemonía israelí, que le concedería libertad de acción en la totalidad de la misma, garantizaría la normalización de las relaciones con los Estados árabes y, en última instancia, le aseguraría una menor dependencia financiera y militar de Estados Unidos.
Hezbolá, por su parte, ha dedicado el último año a reconstruir sus capacidades militares, reorganizar su estructura de mando y reorientar su estrategia de combate hacia tácticas de guerrilla. Su objetivo ya no sería mantener posiciones frente a un adversario técnicamente superior, sino dificultar que Israel estableciera bases sobre el terreno
En el Líbano, entretanto, Hezbolá se había visto obligada a retirarse tras sufrir una derrota devastadora a manos de Israel a finales de 2024, que acabó con la mayoría de los altos mandos militares del partido, incluidos Hassan Nasrallah y su segundo al mando, Hashem Safieddine. Debilitada, aceptó un alto el fuego en noviembre, que permitía a Israel mantener una presencia militar al norte de la Línea Azul, a la espera de una retirada gradual; durante los quince meses siguientes, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) llevaron a cabo una serie de ataques, que se saldaron con al menos quinientos ciudadanos y ciudadanas libaneses asesinados. El gobierno de Salam, por su parte, ordenó al ejército libanés, que desmantelara la infraestructura de Hezbolá al sur del río Litani. Partiendo de la premisa de que la caída de Assad en Siria representaba el fin de la influencia regional de Irán, el gobierno se alineó con Estados Unidos; los enviados estadounidenses se convirtieron en habituales en Beirut. El gabinete de Salam (con la excepción de los ministros chiitas), junto con la mayoría de la clase política libanesa, procedió a aislar políticamente a Hezbolá, organización a la que se consideraba totalmente responsable de la destrucción y ocupación del sur del Líbano por parte de Israel.
Hezbolá, por su parte, ha dedicado el último año a reconstruir sus capacidades militares, reorganizar su estructura de mando y reorientar su estrategia de combate hacia tácticas de guerrilla. Su objetivo ya no sería mantener posiciones frente a un adversario técnicamente superior, sino dificultar que Israel estableciera bases sobre el terreno. Los drones guiados por cable de fibra óptica, inspirados en los avances registrados en Ucrania, han ofrecido un medio para eludir la guerra electrónica y los dispositivos de interferencia de las fuerzas israelíes, valorados en miles de millones de dólares.
Las aspiraciones regionales de Israel se han visto efectivamente frenadas por el momento. Su apuesta de que el régimen iraní y Hezbolá cederían ante la presión del conflicto y la creciente oposición interna no ha dado sus frutos. Por el contrario, Irán ha salido fortalecido en su posición estratégica
Israel ha intensificado su ofensiva a medida que avanzaban las conversaciones entre Estados Unidos e Irán. Consternado por la noticia del alto el fuego decretado el 8 de abril y consciente de que se le acababa el tiempo, Israel ejecutó una brutal ofensiva que tuvo como objetivo ciento cincuenta localidades de todo el Líbano y que causó la muerte a trescientas tres personas y heridas a otras mil ciento cinco. El 14 de abril Washington acogió las primeras conversaciones directas entre Israel y el Líbano con el objetivo de desvincular los frentes iraní y libanés. Un alto el fuego entró en vigor pocos días después, pero en la práctica se limitó a excluir a Beirut de los ataques, lo que Israel aprovechó para imponer una nueva ecuación en el campo de batalla: cualquier ataque contra sus asentamientos del norte provocaría un ataque contra la capital del Líbano; Irán prometió atacar el norte de Israel en respuesta. A pesar del alto el fuego nominal, a finales de mayo Israel bombardeó infraestructuras en todo el sur del Líbano y llevó a cabo asaltos terrestres al norte de la «zona de seguridad». Frustrado por los ataques con drones de Hezbolá, que habían causado la muerte de al menos once soldados israelíes, el 7 de junio Israel intentó poner en evidencia a Teherán atacando un edificio en los suburbios del sur de Beirut, lo que provocó la muerte de dos personas. Irán respondió de inmediato, socavando las ya frágiles conversaciones entre el Líbano e Israel y fortaleciendo la unidad de los frentes.
Las aspiraciones regionales de Israel se han visto efectivamente frenadas por el momento. Su apuesta de que el régimen iraní y Hezbolá cederían ante la presión del conflicto y la creciente oposición interna no ha dado sus frutos. Por el contrario, Irán ha salido fortalecido en su posición estratégica, algo que ahora intenta aprovechar en las negociaciones celebradas en Suiza. La inclusión del Líbano en el memorando de entendimiento, en virtud del cual los signatarios deben «garantizar» la soberanía y la integridad territorial del país, es un indicador de la influencia de Teherán. Sin embargo, la redacción no llega a exigir explícitamente la retirada israelí. Netanyahu ha dejado claro que Israel no tiene intención de retirarse de su «zona de seguridad» antes de haber «garantizado la seguridad» de sus asentamientos del norte. Las Fuerzas de Defensa de Israel continuaron perpetrando ataques tras el acuerdo alcanzado en Islamabad, lo cual acarreó el desplazamiento de los habitantes del sur del Líbano, que habían comenzado a regresar a sus pueblos, y la muerte de decenas de civiles. Irán, muy consciente de la capacidad de Israel para socavar la diplomacia, respondió primero posponiendo las conversaciones con Estados Unidos previstas para el 19 de junio y, a continuación, cerrando el estrecho de Ormuz, cuando Israel violó otro alto el fuego acordado el 20 de junio. Unas horas más tarde, Tel Aviv accedió finalmente a otro alto el fuego.
Israel planea ahora aprovechar sus conversaciones en curso con el gobierno libanés para legitimar su presencia en el sur. Ambos actores han acordado establecer «zonas piloto» en las que el ejército libanés, bajo supervisión estadounidense, se encargará de desmantelar la infraestructura militar de Hezbolá, aunque el ejército libanés, mal armado y mal preparado, no podrá hacerlo sin al menos un acuerdo implícito por parte de este grupo. Sin embargo, los planes de Israel podrían verse complicados por un mecanismo de prevención de conflictos acordado entre Irán y Estados Unidos el pasado fin de semana, que, de acuerdo con la información disponible, incluiría la participación de Catar y Pakistán, pero no la de Israel. Aún no se han revelado los detalles de cómo funcionaría dicho mecanismo sobre el terreno, pero se espera que Israel tenga que informar al grupo de supervisión de cualquier posible actividad militar, que pretenda realizar. Es probable que Israel rechace este marco y presione a Estados Unidos para que no siga adelante con él, al tiempo que podría buscar acuerdos alternativos con el gobierno libanés.
Hezbolá, por su parte, entiende que un fin duradero de la guerra depende de que Estados Unidos perciba que el partido sigue invicto militarmente y de que Irán mantenga la máxima influencia a lo largo de las negociaciones. Por eso ha respondido a todas y cada una de las violaciones del alto el fuego por parte de Israel, al tiempo que se muestra abierto a un acuerdo de seguridad mutuo, que demuestre la disposición a retirarse al norte del río Litani
Durante los próximos meses Israel aprovechará cualquier oportunidad para socavar el proceso de negociaciones entablado entre Estados Unidos e Irán y reanudar las operaciones. Netanyahu está perdiendo popularidad a pasos agigantados entre los votantes israelíes, la mayoría de los cuales, de acuerdo con la información disponible, cree que no debería presentarse a las próximas elecciones generales. La sociedad israelí considera cualquier retirada del Líbano como una derrota; el 92 por 100 cree que Irán ha ganado la guerra, mientras que el 72 por 100 no cree en las afirmaciones del primer ministro de que Israel ha logrado avances significativos y eliminado una amenaza existencial. Tal y como indica un informe de los servicios de inteligencia estadounidenses, dicha presión bien podría llevar a Netanyahu a reactivar el frente libanés.
Si esto ocurre, es probable que el próximo objetivo de Israel sea Ali al-Taher, una cresta que se adentra en las estribaciones occidentales de Jabal Amel, en el sur del Líbano, donde tuvieron lugar violentos enfrentamientos en los días previos al alto el fuego. Las Fuerzas de Defensa de Israel han publicado recientemente un mapa en el que se sitúa la zona justo dentro de su zona de seguridad. El control de estas colinas estratégicas daría al ejército israelí una posición ventajosa sobre la ciudad de Nabatieh y las tierras altas de Iqlim al-Tuffah, donde Israel afirma que Hezbolá mantiene una importante base operativa y una importante infraestructura militar. Su destrucción, según fuentes israelíes, privaría al partido de la capacidad de resistir a las fuerzas terrestres israelíes. Netanyahu y otros miembros de su gabinete podrían calcular que hacerse con Ali al-Taher les permitiría presentar a Trump un plan lo suficientemente convincente como para derrotar de forma decisiva a Hezbolá. Tal resultado debilitaría sustancialmente la posición negociadora de Irán y, posiblemente, le obligaría a hacer concesiones dolorosas, que Trump podría entonces presentar como una victoria absoluta.
Hezbolá, por su parte, entiende que un fin duradero de la guerra depende de que Estados Unidos perciba que el partido sigue invicto militarmente y de que Irán mantenga la máxima influencia a lo largo de las negociaciones. Por eso ha respondido a todas y cada una de las violaciones del alto el fuego por parte de Israel, al tiempo que se muestra abierto a un acuerdo de seguridad mutuo, que demuestre la disposición a retirarse al norte del río Litani. El gobierno libanés, por su parte, ha adoptado un tono más conciliador hacia Hezbolá. Probablemente ha aceptado el hecho, quizá bajo la influencia árabe, de que el destino del frente libanés se decidirá en las negociaciones entre Irán y Estados Unidos celebradas en Suiza y no en sus conversaciones paralelas con los israelíes
Tal y como están las cosas, se mantiene la unidad de frentes y, con ella, una frágil disuasión mutua entre Israel, por un lado, e Irán y Hezbolá, por otro. Sin embargo, ello no constituye una base para un equilibrio a largo plazo. El resultado del conflicto en el Líbano solo podrá apreciarse una vez que empiecen a perfilarse los contornos de un nuevo orden de seguridad regional. Mientras tanto, cualquier tregua en los combates podría resultar efímera
El gobierno libanés ha sido ampliamente criticado por entablar conversaciones con Israel sin una estrategia clara. Pero esta iniciativa nunca tuvo que ver con lo que Beirut pudiera ofrecer o exigir a su vecino. Representaba un acto de alineamiento político con Estados Unidos, basado en el cálculo de que Irán sería derrotado de forma contundente o, al menos, de que su capacidad para influir en los acontecimientos regionales se vería drásticamente reducida. No obstante, las conversaciones aún podrían resultar beneficiosas para el Líbano en el sentido limitado de permitir que Israel haga concesiones que puedan presentarse como el resultado de negociaciones entre dos «Estados soberanos», en lugar de ser consideradas órdenes transmitidas de Trump a Netanyahu o las consecuencias de una guerra fallida. A su vez, los negociadores libaneses podrían intentar aprovechar la posición central del Estado libanés en el acuerdo entre Irán y Estados Unidos para insistir en el fin de la ocupación israelí del sur del Líbano, al tiempo que se restablecen las relaciones diplomáticas con Teherán en el marco de un reajuste regional más amplio.
Tal y como están las cosas, se mantiene la unidad de frentes y, con ella, una frágil disuasión mutua entre Israel, por un lado, e Irán y Hezbolá, por otro. Sin embargo, ello no constituye una base para un equilibrio a largo plazo. El resultado del conflicto en el Líbano solo podrá apreciarse una vez que empiecen a perfilarse los contornos de un nuevo orden de seguridad regional. Mientras tanto, cualquier tregua en los combates podría resultar efímera.
Recomendamos leer Eli Gerzon, «El sur del Líbano resiste frente al asalto genocida del Estado terrorista israelí», Ant/agón, e «Israel se enfrenta a los drones de alta tecnología de Hezbolá» y «Hezbolá protege el Líbano», Diario Red. Jeremy Scahill, «Exclusiva: Entrevista al diputado de Hezbolá Ibrahim Al-Moussawi: “Nosotros respetaremos el alto el fuego”», Farsi Giacaman, «Israel está aplicando la “doctrina de Gaza” en el Líbano e Irán», Suleiman Mourad, «Hezbolá embridado», y Tariq Ali, «Las consecuencias del asesinato de Nasralllah», todos ellos publicados en Diario Red. Ervand Abrahamian, «Iran Under Fire», NLR 157.
Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de New Left Review, revista publicada en Madrid por Traficantes de Sueños.