Palestina vista a través de las lentes sudafricanas
El destino de las fuerzas de trabajo y por ende de las poblaciones palestinas y sudafricanas ha sido divergente, porque la composición de clase y su funcionamiento en las respectivas economías políticas sudafricana e israelí había generado regímenes de acumulación diferentes, que han permitido funcionamientos radicalmente distintos de los procesos de explotación, de lucha de clases y de organización de sus respectivas clases obreras como sujetos antagonistas en los procesos de trabajo y como sujetos políticos en ambos sistemas políticos capaces de disputar la forma Estado y la dirección de la reproducción jurídico-constitucional de la misma, desembocando el modelo sudafricano en la democratización de su sistema político y acabando el modelo palestino-israelí en las actuales políticas de exterminio y genocidio
El 7 de octubre de 2023 estaba sentado en un Airbnb de Johannesburgo, escuchando con horror las primeras noticias sobre el ataque de Hamás. Mi horror no solo se debía a la pérdida inmediata de vidas humanas; como todo el mundo, me preguntaba qué atrocidades indescriptibles sufrirían ahora los palestinos de Gaza y en el resto de los Territorios Ocupados, ya devastados por años de bombardeos y ataques militares israelíes. ¿Era esta la oportunidad que el Estado israelí había estado esperando? Nunca imaginé que el conflicto seguiría en pleno apogeo a estas alturas de la historia y mucho menos que se convertiría en una guerra regional más amplia. Los enfrentamientos anteriores habían terminado en cuestión de semanas, debido a la superioridad militar de Israel. Esta vez fue diferente. El terreno urbano, la resistencia de Hamás y del pueblo de Gaza, el equilibrio de fuerzas en la región y las nuevas tecnologías bélicas planteaban retos distintos para las Fuerzas de Defensa de Israel, que ahora luchaban en múltiples frentes con objetivos más ambiciosos que la simple recuperación de los rehenes: destruir a Hamás y luego a Hezbolá, controlar el sur del Líbano, además de hacer insoportable la vida de los palestinos en los Territorios Ocupados. Era la continuación de la Nakba, una guerra incivil de expropiación de la tierra.
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En aquellos primeros días, mientras observaba con creciente ansiedad el bombardeo indiscriminado de una población indefensa, me pregunté por qué no se había producido una explosión de violencia similar en la Sudáfrica del apartheid. Muchos habían anticipado un Armagedón similar. El estado de emergencia vigente entre 1984 y 1994 trajo consigo la militarización de los barrios segregados, los escuadrones de la muerte, la guerra química, los asesinatos, la tortura y las detenciones sin juicio. Durante este periodo, se estima que 20.000 personas fueron asesinadas en Sudáfrica, la gran mayoría de ellas negras; otros 1,5 millones de personas murieron en la «desestabilización» de los países vecinos efectuada por el Estado sudafricano. ¿Cómo, tras diez años de guerra civil, se llegó a un acuerdo negociado, al desmantelamiento de los principales pilares del régimen del apartheid y a las primeras elecciones basadas en el principio de la mayoría? ¿Por qué ese resultado, con todos sus problemas, parece tan lejano cuando nos fijamos en la difícil situación del pueblo palestino y en la espiral de violencia, interna y externa, desplegada por el Estado israelí? ¿Cómo es posible que los Acuerdos de Oslo de 1993 y 1995 intensificaran los enfrentamientos en lugar de avanzar hacia la solución de los dos Estados? ¿Por qué Israel abandonó los Acuerdos de Abraham, que esbozaban la colaboración con los Estados árabes, y prefirió la masacre desproporcionada de palestinos tras la incursión de Hamás?
Existen muchas respuestas posibles a estas preguntas, pero permítanme anticipar la mía. Aquí situaré las múltiples dimensiones de estos dos conflictos en el marco del «colonialismo de asentamiento», distinguiendo entre un tipo basado en la expropiación de la tierra y otro basado en la explotación del trabajo. Estos dos tipos de colonialismo están íntimamente relacionados con la historia de ambos países, pero en Sudáfrica se produjo un desplazamiento de la primacía de la expropiación de la tierra a la primacía de la explotación del trabajo, mientras que en el caso palestino el movimiento fue el inverso. Mi argumento es que la expropiación de la tierra tiende a generar un conflicto irreconciliable, mientras que la explotación del trabajo puede conducir a un compromiso de clase, lo cual permite la posibilidad de reforma.
Parafraseando a Marx, estas formas económicas constituyen los fundamentos reales de los que surgen superestructuras históricamente específicas a través de las cuales los colonos y los nativos toman conciencia de su conflicto y lo libran. En consecuencia, este artículo se ordena en cuatro partes: la primera es una introducción metodológica-teórica, que prepara la segunda consistente en una breve historia comparativa de los dos países, lo cual proporciona el contexto para la tercera parte en la que examino el equilibrio actual de fuerzas, a escala nacional, regional e internacional. Termino refiriéndome a Estados Unidos antes de ofrecer algunas observaciones especulativas sobre el futuro.
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Las preguntas anteriores señalan la necesidad de una historia comparativa, que rastree determinados procesos paralelos verificados en los dos países y sus resultados divergentes. La comparación ayuda a delinear las cuestiones más destacadas que impulsan cada caso y, por lo tanto, los potenciales caminos alternativos susceptibles de ser seguidos en el futuro. Para comparar necesitamos en todo caso un marco común. Cuántas veces he oído a diversos colegas rechazar las comparaciones que involucran a Israel o Sudáfrica, por no hablar de los contrastes explícitos existentes entre ellos, alegando que no pueden compararse peras con manzanas. ¡Sí se puede! De hecho, ese es el arte de la sociología: realizar el truco de magia de convertir manzanas y peras en piñas.
Un término utilizado habitualmente cuando se considera a ambos países conjuntamente es el de «apartheid». Sin embargo, en este caso, el término suele perder su especificidad. Se reduce a una definición amplia, que postula «un régimen institucionalizado de opresión y dominación sistemáticas de un grupo racial sobre otro»[1]. Calificar a Israel de «Estado de apartheid» es una forma de condenarlo como sociedad racista. Pero el concepto también ha influido en la estrategia de la clase dominante israelí, que lo ha utilizado para racionalizar su dominación; por su parte, la derecha afrikáner envidiaba las políticas represivas del Estado israelí. En ambos casos, el término se emplea para demostrar o imaginar convergencias. Prefiero restringir el «apartheid» a Sudáfrica y adoptar en su lugar la categoría compartida de «colonialismo de asentamiento», estableciendo las similitudes existentes entre Sudáfrica e Israel para comprender sus diferencias. En otras palabras, busco diferencias dentro de las similitudes en lugar de similitudes dentro de las diferencias.
Por «colonialismo de asentamiento» me refiero a la invasión de un territorio extranjero, respaldada por un centro imperial, por parte de colonos, que someten de forma permanente a un pueblo indígena. En Sudáfrica, esto comenzó con la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales a mediados del siglo XVII; en Palestina, con la inmigración de judíos a finales del siglo XIX. En ambos casos, los colonos libraron guerras en dos frentes –contra la población indígena y contra el imperialismo británico– antes de lograr establecer sus Estados racialmente excluyentes. A diferencia de las colonias «franquiciadas» dedicadas a la extracción de recursos, los colonos estaban firmemente arraigados y no tenían ningún otro lugar adónde ir. Los judíos europeos huían de la persecución de los pogromos y luego del Holocausto; los afrikáners habían perdido el contacto con sus ancestros europeos.
Aquí se trata de casos prima facie de colonialismo de asentamiento. Sin embargo, desde el punto de vista del colono, el concepto suele rechazarse como un anatema, ya que implica una forma injustificable de dominación. El sionismo, por ejemplo, afirma que Palestina es la patria ancestral de los judíos, tal y como se define en las escrituras bíblicas. La tierra de Palestina esperaba el regreso del pueblo elegido: «Una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra». No se trataba de colonialismo, porque no había colonizados: los palestinos no existían o, si existían, no pertenecían a ese lugar. El pueblo judío es el pueblo originario, no los colonos. Esta perspectiva pasa por alto la presencia de casi medio millón de palestinos antes de la inmigración judía a finales del siglo XIX, que vivían pacíficamente junto a 25.000 judíos árabes, que constituían aproximadamente el 5 por 100 de la población. También se afirma que el concepto de colonización no es aplicable, porque no había ningún país metropolitano que apoyara la presencia judía. Sin embargo, esto deja de lado el papel de la Organización Sionista Mundial, que a través del Fondo Nacional Judío, solicitó el apoyo de varios países occidentales para comprar tierras. Por último, se argumenta que la experiencia genocida del pueblo judío lo hace único; no puede ser contenido por ninguna clasificación comparativa.
El colonialismo de asentamiento nunca tuvo el mismo significado cargado de connotaciones en Sudáfrica. Los afrikáners se consideraban sin duda un pueblo elegido, pero en el siglo XX se definían a sí mismos como sudafricanos «nativos» para contraponerse así a los colonos británicos. El Partido Comunista Sudafricano fue el que más se acercó a definir el apartheid en términos coloniales, cuando hablaba de un «colonialismo de tipo especial» en el cual el poder colonizador ya no era una metrópoli lejana, sino que se encontraba dentro de la propia colonia. También ha habido debates sobre la importancia de la clase, en contraposición a la raza, y sobre si la «función» del apartheid era la producción de fuerza de trabajo barata o la externalización del conflicto.
Aunque los académicos palestinos han utilizado el término para analizar su propia situación desde la década de 1960, el estudio comparativo del colonialismo de asentamiento es relativamente reciente, ya que se ha desarrollado solo en los últimos veinte años. Uno de los pioneros, Patrick Wolfe, ha argumentado que «la territorialidad es el elemento específico e irreducible del colonialismo de asentamiento», llegando a la conclusión de que este tiene una tendencia inherente a «eliminar» a la población indígena, ya sea mediante el genocidio, la asimilación, la socialización, la destribalización u otros medios[2]. Ello puede encajar con los casos preferidos por Wolfe de Australia, Canadá y Estados Unidos y, de hecho, Palestina. Pero resulta más problemático en el caso de una colonia de pobladores como Argelia, de donde los colonos se marcharon. Del mismo modo, no nos ayuda a comprender la historia de Sudáfrica, donde los colonos, en lugar de eliminar a los «nativos», dependían de ellos en tanto que mano de obra barata. Una teoría más completa del colonialismo de asentamiento nos obliga a tener en cuenta las diferentes dinámicas derivadas de la expropiación de la tierra y de la explotación del trabajo, lo cual nos obliga a examinar tanto la territorialidad exclusiva como el trabajo proletarizado.
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El colonialismo de asentamiento en Sudáfrica comenzó en la década de 1650, cuando la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales estableció un puesto avanzado del Imperio neerlandés en el extremo sur de África, una base para dar servicio y repostar a los barcos que se dirigían a Asia. El asentamiento echó raíces gracias al sometimiento del pueblo khoisan, el exterminio del pueblo aborigen san, la captura de esclavos y la expansión hacia el interior. Los británicos comenzaron a colonizar el Cabo a partir de 1806, con el objetivo de asegurar la ruta hacia la India. Los colonos afrikáners fueron expulsados por los británicos y se desplazaron hacia el norte, luchando contra diferentes grupos étnicos y creando sus propias repúblicas. Esta expropiación de tierras continuó hasta el descubrimiento de diamantes y luego de oro a finales del siglo XIX.
El crecimiento de la escala de la minería la hizo dependiente de la mano de obra africana barata y de la mano de obra blanca importada, que era cara. La transición de la expropiación de la tierra a la explotación del trabajo se aseguró mediante las feroces Guerras de los Bóeres (1899-1902) en las que los colonos afrikáners perdieron frente a las fuerzas británicas, mejor armadas y más numerosas. A esto le siguió la creación de un territorio unificado, la Unión Sudafricana, en 1910. A partir de entonces, la expropiación de la tierra se diseñó para obligar a los africanos a trabajar en las minas como mano de obra migrante. La Native Lands Act aprobada en 1913 concentró a los africanos en el 8 por 100 de la tierra. La trayectoria de la Sudáfrica del siglo XX estuvo marcada por la expansión de la minería y posteriormente del sector industrial, jalonada por la revuelta del Rand de 1922, durante la cual los trabajadores blancos llamaron a los «trabajadores del mundo» a «unirse y luchar por una Sudáfrica blanca», y por la huelga de los mineros negros de 1946, que reflejó la creciente fuerza del proletariado negro.
En 1948 el Herenigde Nasionale Party (Partido Nacional Reunificado) llegó al gobierno, apoyado por un sufragio casi exclusivamente blanco, y sentó las bases del sistema de apartheid, que limitaba la movilidad social y geográfica de la población negra para servir así a los intereses de los colonos, tanto de los granjeros afrikáners como del capital británico, en la reproducción de una mano de obra negra barata. Durante la década de 1950, el Congreso Nacional Africano y el Partido Comunista Sudafricano organizaron boicots, huelgas, ausencias del trabajo y protestas contra la ley de pases, lo que a su vez provocó una mayor represión. La masacre de Sharpeville de 1960, en la que murieron al menos 69 manifestantes, fue seguida por la prohibición de las organizaciones políticas africanas, lo que las obligó a pasar a la clandestinidad o a emprender el camino del exilio. El Estado de apartheid parecía haber racionalizado con éxito la dominación racial hasta que se produjo el estallido inesperado de las huelgas de Durban en 1973 y la protesta de Soweto contra la educación bantú en 1976. Estos desafíos al apartheid condujeron a la expansión de las luchas y a una situación de guerra civil durante la década de 1980. El régimen blanco comenzó a levantar algunas de las restricciones impuestas sobre los patrones de residencia urbana y a reconocer a los sindicatos negros, pero estas reformas solo avivaron la lucha. Sin embargo, la guerra civil también condujo a avances tentativos hacia las conversaciones de paz entre el CNA y el gobierno afrikáner, y finalmente a una transición negociada.
¿Por qué fue posible esto en Sudáfrica y no en Israel? La dependencia del capital respecto al trabajo implica que este goza de influencia o poder estructural, pero solo si también dispone de poder asociativo u organizativo. El colonialismo de asentamiento basado en la explotación del trabajo tiende a generar poder asociativo en la clase trabajadora como reacción a la indignidad de la subyugación racial. En términos más generales, el capitalismo es un modo de producción único, que no solo otorga poder estructural a la clase subordinada, sino que también crea el potencial para concesiones, siempre y cuando estas no afecten a las relaciones de propiedad ni a los beneficios. Que este potencial de compromiso de clase se materialice realmente depende de las superestructuras específicas que configuran la historia de la lucha.
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Entonces, ¿por qué no hay un compromiso negociado en Israel? El colonialismo de asentamiento comenzó en este caso a finales del siglo XIX, cuando los judíos huyeron de los pogromos imperiales en Rusia, la mayoría hacia Europa occidental y Estados Unidos, pero unos pocos hacia Palestina. La Organización Sionista Mundial creó el Fondo Nacional Judío para comprar tierras, a menudo a terratenientes árabes absentistas. Pero, como ha demostrado Gershon Shafir, la cuestión clave era la división del trabajo[3]. Al principio, los propietarios de plantaciones judíos se inclinaron por emplear mano de obra palestina barata, pero esto no resolvía el problema de dar empleo a los inmigrantes judíos. Entonces crearon un mercado de trabajo estratificado, similar al de Sudáfrica, que comprendía mano de obra judía bien pagada y mano de obra palestina mal pagada. Pero la mano de obra judía no podía competir con los palestinos, que eran expertos en trabajos agrícolas y tenían un modo de vida independiente de subsistencia. El resultado fue la expulsión de los palestinos y el empleo exclusivo de mano de obra judía a menudo en formas cooperativas, como los kibutzim, y la fundación de la Histadrut, la organización judía del trabajo, que constituiría la base institucional del Estado israelí.
Este proceso de solución de la división del mercado de trabajo comenzó bajo el Imperio otomano y fue permitida por los británicos bajo el Mandato de la Sociedad de Naciones asignado al Reino Unido en 1920. Las autoridades de ocupación británicas se enfrentaron a sucesivas rebeliones anticolonialistas palestinas, que culminaron en la Gran Revuelta de 1936-1939. Estimulada por la avalancha de refugiados procedentes de la Europa fascista, esta revuelta fue sofocada por los británicos con la ayuda de milicias judías. En 1948 los británicos traspasaron el problema de Palestina a la recién creada Organización de las Naciones Unidas, que respaldó una partición favorable a los colonos judíos. Los judíos constituían el 28 por 100 de la población de Palestina y poseían el 7 por 100 de la tierra; la partición de la ONU les concedió el 56 por 100 de la tierra. Los palestinos rechazaron la idea misma de la partición, ya que, en su opinión, se trataba de su tierra y se desencadenó una guerra a tres bandas. Los sionistas proclamaron una lucha de liberación contra los británicos, pero también llevaron a cabo una guerra encubierta contra los palestinos –la Nakba– en la que el futuro ejército israelí llevó a cabo una despiadada «limpieza étnica», tomando el control del 77 por 100 de la tierra y expulsando a 750.000 palestinos, que representaban el 60 por 100 de la población. El recién creado Estado de Israel era el 80 por 100 judío y el 20 por 100 palestino. Al igual que la guerra de los bóeres marcó el dominio del Imperio británico y la explotación laboral, la guerra civil en Palestina supuso la retirada de los británicos y la creación de un Estado basado en la expropiación de la tierra.
Dominado por la Histadrut y el Partido Laborista, el Estado israelí desarrolló una socialdemocracia de colonos basada en una política laboral excluyente. Los palestinos dentro de Israel estaban sujetos al régimen militar. Los palestinos de Gaza se hallaban bajo la administración egipcia, mientras que los palestinos de Jerusalén Este y lo que hoy llamamos Cisjordania estaban sometidos a la administración jordana. Las crecientes tensiones entre los Estados árabes e Israel estallaron en la crisis de Suez de 1956 y luego en la Guerra de los Seis Días árabe-israelí de 1967, al final de la cual Israel controlaba Cisjordania, Gaza, Jerusalén Este, los Altos del Golán y todo el Sinaí egipcio, los llamados Territorios Ocupados. Esta continuación de la conquista territorial israelí también creó la correspondiente mano de obra barata para la economía israelí. Los Territorios Ocupados desempeñaban una función similar a la de los bantustanes de Sudáfrica con la diferencia de que los primeros se incorporaron de facto a Israel, mientras que a los segundos se les concedió una especie de pseudoautonomía en el seno de Sudáfrica.
Al igual que el CNA fue prohibido y pasó a la clandestinidad tras la masacre de Sharpeville, también los líderes de la OLP se vieron obligados a exiliarse, perseguidos desde Jordania hasta Líbano y Túnez. Las rebeliones espontáneas registradas en Sudáfrica durante las décadas de 1970 y 1980 tuvieron su equivalente en Israel con la Primera Intifada, que comenzó en 1987 y duró hasta 1993, cuando se firmaron los Acuerdos de Oslo. El resultado fue una parodia de autogobierno en la que la Autoridad Palestina fue subcontratada por el Estado israelí para reprimir a la resistencia palestina. Las crecientes frustraciones dieron lugar a la Segunda Intifada (2000-2005), que tuvo como objetivo a la población civil israelí. El Estado israelí respondió con restricciones a la circulación desde los Territorios Ocupados, cortando así el flujo de mano de obra palestina. Cisjordania se dividió en zonas para facilitar la expansión ilegal de las comunidades de colonos (asentamientos), mientras que Gaza se convirtió en una prisión a cielo abierto, patrullada y bloqueada por las Fuerzas de Defensa de Israel. Esto nos lleva al 7 de octubre.
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Este contexto nos permite ofrecer explicaciones provisionales para la divergencia constatable entre los dos colonialismos: el asentamiento negociado en un caso, el expansionismo implacable en el otro. En primer lugar, las bases económicas. La dependencia del capital sudafricano de la clase trabajadora negra otorgó a esta última poder estructural, mientras que las luchas racializadas contra el apartheid promovieron su poder asociativo. Las reformas de la década de 1980, diseñadas para crear una clase de privilegiados urbanos e institucionalizar el conflicto mediante el reconocimiento de los sindicatos negros, solo intensificaron exponencialmente las protestas y la represión estatal. A medida que la situación se descontrolaba, los intereses empresariales instigaron negociaciones secretas con el líder del CNA, Nelson Mandela, mientras aún estaba encarcelado en Robben Island. Por el contrario, la disminución de la dependencia del Estado israelí de la mano de obra palestina minó el poder estructural de esta última, mientras que su fragmentación, resultado de la expulsión, limitó su poder asociativo. Entretanto, Arafat estaba desesperado por llegar a algún acuerdo con Israel para legitimar su liderazgo. El resultado fueron los Acuerdos de Oslo, que constituyeron más una capitulación que una negociación.
En segundo lugar, la política. Los dos nacionalismos coloniales, el afrikáner y el sionista, se forjaron contra el imperialismo británico, pero tomaron direcciones opuestas. Cuando los afrikáners llegaron al poder en 1948, implementaron la política de bantustanes para externalizar la resistencia africana, pero también para asegurar mano de obra barata para la agricultura y la minería. Sin embargo, el sector «liberal» del nacionalismo afrikáner –los llamados verligtes–, cuyo peso no dejaba de aumentar, comenzó a utilizar el Estado para promover sus propios proyectos capitalistas y llegó a interesarse por una transición negociada. Por el contrario, el sionismo avanzó en la dirección opuesta a medida que el partido conservador y religioso Likud ganaba fuerza. Contaba con el apoyo de los judíos mizrahi (árabes), una subcasta en proceso de crecimiento, que había sufrido la dominación opresiva de los judíos ashkenazis o europeos. En resumen, a medida que los afrikáners se volvían más liberales y abiertos, los sionistas se volvían más reaccionarios e intransigentes. Además, mientras que en Sudáfrica la alianza tripartita entre el CNA, el Partido Comunista y la Federación Sindical formó un frente unificado contra el apartheid, la oposición palestina al Estado israelí se vio dividida por las condiciones muy diferentes a las que se enfrentaba y por su implicación en la política de sus respectivos países de acogida.
A escala regional, Sudáfrica se encontraba rodeada de países hostiles, especialmente después de 1974, cuando Mozambique y Angola lograron la independencia. Junto con Rodesia del Sur, Sudáfrica era la última colonia del subcontinente. Promovió sus intereses mediante una «política de apertura al exterior» basada en su fortaleza económica. Esta política tuvo una vida efímera, ya que los Estados fronterizos apoyaron el movimiento contra el apartheid y acogieron campos de entrenamiento para la lucha armada. En respuesta a ello, el Estado de apartheid fomentó la guerra civil en Angola y Mozambique. Del mismo modo, Israel atacó a los Estados árabes que apoyaban a la OLP o a Hamás, especialmente al Líbano, participando en su guerra civil (1975-1990) y más tarde invadiéndolo en 2006. Después del 7 de octubre, Israel no tardó en renunciar a la colaboración con los Estados árabes, optando por los bombardeos indiscriminados para aplastar a Hamás y a Hezbolá, pero también por la expansión de su territorio hacia el Líbano, Siria y Jordania.
El contraste en la esfera internacional era igual de marcado. Las crecientes protestas organizadas fuera de Sudáfrica reflejaban las que se producían dentro del país. Los países de la Commonwealth patrocinaron un comité para fomentar las negociaciones, mientras que en muchos países se celebraron manifestaciones para exigir el levantamiento de la prohibición del CNA y la liberación de Mandela. Ni el movimiento palestino ni los llamamientos internacionales al boicot, la desinversión y las sanciones contaron con el mismo apoyo que el movimiento contra el apartheid, mientras que el nacionalismo afrikáner nunca tuvo la influencia global del sionismo. El nacionalismo afrikáner parecía provinciano y anticuado en comparación con la orientación occidental del sionismo secular, ya que carecía de la autoridad moral de representar a las víctimas del Holocausto y nunca desarrolló equivalente alguno al lobby israelí y al American Israel Public Affairs Committee (AIPAC).
El equilibrio de las fuerzas internacionales también cambió con la caída de la Unión Soviética, que ya no podía utilizarse para desacreditar al CNA. De hecho, el CNA ya se había alejado de las interpretaciones más radicales de su Carta de la Libertad. El colapso del comunismo también hizo que el conflicto armado fuera menos viable para el CNA, ya que el apoyo militar soviético se evaporó. En cuanto al movimiento palestino, también perdió el apoyo moral y militar de la Unión Soviética, lo cual intensificó aún más su aislamiento internacional y sus divisiones internas.
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Por último, llegamos al vínculo de Israel con Estados Unidos. Sin duda, Estados Unidos ha sido el eje central de la agresión israelí, pero la Casa Blanca no ha actuado sola en su apoyo a la expansión de Israel en Oriente Próximo. La diferencia con las relaciones existentes entre Estados Unidos y Sudáfrica es evidente. En 1986 el Congreso estadounidense aprobó la Comprehensive Anti-Apartheid Act, invalidando el veto del presidente Reagan, e impuso sanciones a Sudáfrica. El Congreso no actuó en el vacío, sino que respondía al creciente impulso de la campaña contra el apartheid desencadenada en todo el mundo. A los ojos del Congreso, de un día para otro, el CNA pasó de ser una organización terrorista a convertirse en un movimiento de liberación. Los palestinos nunca han recibido tal reconocimiento; el Congreso nunca recibió a Arafat como sí hizo con Netanyahu y Mandela.
Las sanciones impuestas por Estados Unidos contra Sudáfrica se diferencian netamente del apoyo incondicional prestado por el Congreso al Estado israelí. En el último año, Estados Unidos ha transferido 18 millardos de dólares en concepto de material militar a Israel y desde su fundación ha recibido más de 300 millardos de dólares en concepto de ayuda económica y militar, mucho más que cualquier otro país. ¿Por qué? Una de las razones son los intereses económicos y políticos estadounidenses en el petróleo y el gas de Oriente Próximo, incluidas las reservas sin explorar de la costa de Gaza. Además, la economía israelí es una extensión del complejo militar-industrial estadounidense y un laboratorio para su nuevo armamento. Pero, ¿representa Israel para los líderes estadounidenses también un proyecto racializado, un puesto avanzado occidental en un mar de «infieles orientales»? ¿Identifica el Estado estadounidense a Israel con su propio proyecto de colonialismo de asentamiento? ¿Constituye la existencia de Israel una forma de reparación por el Holocausto? ¿O es, por el contrario, una resolución conveniente de la cuestión judía, esto es, un antisemitismo latente perpetuado a costa de los palestinos?
El lobby israelí en Estados Unidos es, sin duda, crucial en la creación del imperialismo cultural. La AIPAC, que afirma representar a cinco millones de estadounidenses proisraelíes y cuenta con el apoyo de multimillonarios sionistas, financia las elecciones de los representantes del Congreso que la apoyan, lleva a cabo campañas contra los candidatos propalestinos y ejerce presión sobre cualquier institución o individuo, que fomente opiniones a favor de Palestina. Además, hay decenas de millones de sionistas cristianos, que creen que el regreso de los judíos a Israel es el presagio del regreso de Cristo y que a menudo mantienen convicciones sionistas más radicales que los propios judíos estadounidenses.
Durante el último año, el gobierno israelí ha puesto a prueba este férreo apoyo estadounidense y Estados Unidos ha superado la prueba sobradamente. Hemos visto a Trump y Harris competir en sus afirmaciones de ser los mejores amigos de Israel. No se sabe qué derroteros tomará Trump, pero su trayectoria sugiere que hará todo lo posible por promover los intereses de Israel. En su primer mandato, reconoció oficialmente a Jerusalén como capital de Israel, declaró legales los asentamientos en Cisjordania, cerró la misión diplomática palestina en Washington, protegió a Israel del Tribunal Penal Internacional y, desde entonces, ha pedido a Israel que «termine el trabajo en curso» en Gaza. Dado el auge del Likud y del sionismo bíblico, arraigado en la creciente preponderancia de los judíos mizrahi y los nuevos inmigrantes, y el éxodo de los judíos europeos liberales y profesionales, el mesianismo se ha apoderado del gobierno israelí, que está tratando de arrastrar a Estados Unidos a una guerra contra Irán, guerra en la cual la potencia estadounidense tiene poco interés. No obstante, un segundo gobierno de Trump podría suspender eventualmente su apoyo a la guerra mesiánica de Israel. No debemos olvidar que Estados Unidos ha puesto fin a intervenciones precedentes (Vietnam, Iraq, Afganistán), cuando ha percibido que la situación se tornaba insostenible.
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Volviendo a la pregunta original: ¿por qué se ha verificado esta divergencia entre estos dos tipos de colonialismo de asentamiento? He argumentado que la diferencia subyacente radica entre un colonialismo de asentamiento basado en la explotación del trabajo, que genera una relación de inclusión basada en la interdependencia y propicia al compromiso, y un colonialismo de asentamiento basado en la expropiación de la tierra, que genera una relación de exclusión basada en un conflicto irreconciliable. Pero estas son solo posibilidades que, combinadas con el equilibrio de fuerzas militares, preparan el terreno para luchas políticas e ideológicas, las cuales a se hallan determinadas por factores nacionales e internacionales y tienen repercusiones igualmente en estos ámbitos.
En Sudáfrica, el fin del apartheid y el paso al gobierno de la mayoría, la descolonización, si se quiere, no fue la panacea. La explotación laboral no desapareció con el apartheid, sino que, de hecho, se intensificó. Como escribió Marx en Sobre la cuestión judía, la emancipación política puede ser importante en sí misma, pero no tiene una conexión necesaria con la emancipación humana. La transición en Sudáfrica ha sido liderada por el CNA e impulsada por socios internacionales en la dirección del neoliberalismo, lo cual ha dado lugar a una nueva burguesía nacional y ha arrastrado en su estela a la Federación Sindical y al Partido Comunista. Las negociaciones ofrecieron concesiones políticas y económicas, pero estas no afectaron a los beneficios ni a las relaciones de producción. No ha habido muchos desafíos a la explotación laboral en Sudáfrica, ni una reestructuración de la expropiación de la tierra. La posibilidad de una transición al socialismo está más o menos descartada en estos momentos.
Si bien una transición negociada tiene sus límites, ofrece en todo caso más esperanzas que la intensificación de la dominación por parte del Estado israelí, impulsada por el expansionismo sionista en pro del Gran Israel. Bombardeados hasta el punto del exterminio, divididos en todo menos en su persistente identidad, el pueblo palestino se ha negado a aceptar la derrota, lo que es un milagro en sí mismo. Mientras Estados Unidos siga proporcionando apoyo militar, la situación seguirá siendo de equilibrio catastrófico. La expansión del Estado colonial solo podría ser frenada por el propio ejército, un golpe político que podría contener la extensión mesiánica de la guerra. Aunque la expropiación de la tierra no conduce a una política de compromiso, ¿hay alguna posibilidad de que la guerra actual dé paso a una trayectoria similar a la de Sudáfrica? ¿Pueden los palestinos hacerse indispensables para la sociedad israelí?
Las formas de dominación varían en los diferentes territorios ocupados por Israel. Los palestinos radicados dentro de la Línea Verde, aunque solo representan el 20 por 100 de la población, se concentran en determinados sectores, como la construcción y los servicios sanitarios. Durante la Intifada de la Unidad de 2021, la huelga general convocada reveló la solidaridad entre la población palestina inmersa e implicada en relaciones políticas muy diferentes. La devastadora opresión sionista ha dado lugar a un poder asociativo, que desarrolla su propia influencia a través de la disrupción, especialmente cuando los oprimidos sienten que no tienen nada que perder.
Si hay algún rayo de esperanza en la situación actual, es que las voces del pueblo palestino finalmente están resonando en todo el mundo. Dondequiera que estemos, a través de nuestros teléfonos podemos ver imágenes de la brutalidad inhumana de las Fuerzas de Defensa de Israel y las declaraciones racistas de la clase dirigente israelí. Se ha registrado una avalancha de solidaridad, de indignación y de dolor por el pueblo palestino. Si en la década de 1980 y principios de la de 1990 el movimiento de liberación sudafricano representaba la lucha mundial contra el colonialismo, hoy en día los palestinos representan y concentran la lucha global contra el dominio imperial. No es casualidad que fuera Sudáfrica quien presentara la acusación de genocidio contra Israel ante el Tribunal lnternacional de Justicia, pasando así el testigo simbólico de la resistencia global a los palestinos. En su lucha por la libertad, por la que paga un coste inimaginable, el pueblo palestino no solo puede salvarse a sí mismos, sino que en el proceso puede inspirar a otros en sus luchas. Como dijo W. E. B. Du Bois en relación con el intento desesperado y frustrado de John Brown de derrocar la esclavitud en Estados Unidos, el alto coste de la liberación es menor que el precio de la continua represión.
13 de noviembre de 2024
Recomendamos leer Kevin Cox, «South Africa In History’s Shadow», NLR 156. Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, Informes de la Relatora Especial sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados desde 1967, Francesca Albanese, «El genocidio como supresión colonial» (2024), «Anatomía de un genocidio» (2024) y «De la economía de la ocupación a la economía del genocidio» (2025) y «Gaza Genocide: a Collective Crime» (2025) y «Torture and Genocide» (2026). Nora Barrows-Friedman, «La degradación fascista y supremacista del Estado terrorista de Israel prosigue imperturbable», Diario Red.
Este artículo se ha publicado originalmente en New Left Review 153 y se publica aquí con consentimiento expreso de su editor.
[1] Estatuto de Roma del Tribunal Penal Internacional, 17 de julio de 1998. Accesible en línea a través de la International Humanitarian Law Database.
[2] Véase Patrick Wolfe, «Settler Colonialism and the Elimination of the Native», Journal of Genocide Research, vol. 4, núm. 8, 2006, p. 388.
[3] Gershon Shafir, Land, Labour and the Origins of the Israeli-Palestinian Conflict, 1882-1914, Cambridge, 1989.