El mes del Orgullo y la bandera arcoíris del colonialismo

Durante el mes del Orgullo las personas queer palestinas ven cómo las banderas arcoíris israelíes ondean sobre ciudades construidas sobre las ruinas de los pueblos y ciudades del pueblo palestino, mientras las autoridades israelíes afirman de modo alucinado que esto es progreso y modernidad, prueba inequívoca que el Estado terrorista israelí es la única democracia de Oriente Próximo. Pero este pinkwashing solo pretende blanquear la imagen de Israel mientras el genocidio sigue en pleno apogeo y la violencia contra los cuerpos palestinos alcanza cotas de terror y bestialidad racista, occidental y colonial inenarrables

ghadirshafie_.03.07.2026
Pancarta contra el pinkwashing exhibida en la marcha alternativa del Orgullo de Madrid, celebrada el 28 de junio de 2017 - Ghadir Shafie.

Cada junio el Mes del Orgullo llega cargado con el peso de Stonewall, la rebelión iniciada por mujeres trans negras y de piel morena, que habían comprendido que la supervivencia y la resistencia eran inseparables. Llega como una declaración de que las vidas queer merecen ser celebradas, de que nuestros amores merecen ser protegidos, de que se nos debe la plena dignidad de la existencia. Para muchas personas en todo el mundo, el Mes del Orgullo sigue siendo precisamente eso: un acto de rebeldía disfrazado de alegría, un recordatorio de que el derecho a ser visibles nunca se concedió, sino que se conquistó. Para las personas queer palestinas, el Mes del Orgullo llega con una pregunta que al resto del mundo nunca se le plantea: ¿de quién estamos celebrando la libertad y a costa de quién? Vemos cómo se izan las banderas arcoíris sobre una ciudad cualquiera construida sobre las ruinas de nuestro pueblo y nos dicen que esto es progreso. Se nos ofrece la liberación, pero viene con una condición: olvida quién eres o no serás bienvenido o bienvenida. Se nos entrega un orgullo que nunca estuvo destinado a sostenernos.

Los gais que conocí en Tel Aviv, haciéndose eco de la sabiduría de Occidente, me dijeron que el precio de la pertenencia queer era el silencio político: que la liberación estaba a mi alcance, pero solo si dejaba mi identidad palestina en la puerta. Que podía ser queer o podía ser palestina o palestino, pero querer ser ambas cosas, plenamente y sin disculparme, era pedir demasiado

Esto es el pinkwashing: el arte de ondear una bandera arcoíris para ocultar un puño: utilizar la visibilidad queer como escudo contra la rendición de cuentas, disfrazar la conquista con los colores de la liberación. Aprendí cómo se ve esto desde dentro: la cálida oferta, la condición oculta, el borrado disfrazado de rescate. Lo que no podría haber imaginado es que el pinkwashing se llevaría a cabo con la magnitud y la audacia que tiene hoy, cuando se está perpetrando un genocidio. Me refiero a Pride Land, celebrado entre el 1 y el 4 de junio de 2026 en el Mar Muerto yanunciado por sus organizadores como el mayor festival LGBTQ+ jamás celebrado en Oriente Próximo: cuatro días, quince hoteles, una «Pride City» temporal con escenarios, locales en la playa y entretenimiento las 24 horas del día, promovido directamente por el Ministerio de Asuntos Exteriores israelí. El grupo de producción privado que lo produce lo describe como algo «creado desde dentro de la comunidad». El hecho de que el Ministerio de Asuntos Exteriores lo promueva pone de manifiesto una vez más la arquitectura de la «Marca Israel»: un espectáculo cultural que blanquea una imagen internacional, mientras las bombas siguen cayendo. Los promotores esperan que tu presencia convierta esto en libertad. No les permitas que saquen tal conclusion.

Pinkwashing

He sido queer toda mi vida. También he sido palestina toda mi vida. El mundo se ha encargado de que me resulte difícil ser ambas cosas. Las potencias occidentales, en ciertos contextos, han celebrado mi identidad queer, pero al mismo tiempo financian continuamente el genocidio de mi pueblo y no ven ninguna contradicción en ello. Esa misma mirada occidental presenta algunos rincones de Tel Aviv como prueba del progreso de Oriente Próximo –«mira, un bar gay, por lo tanto, civilización»–, mientras mantiene un silencio calculado sobre los puestos de control militares, los permisos de circulación y el muro del apartheid, que decide quién puede salir libremente, o incluso quien puede existir, y quién no. Los gais que conocí en Tel Aviv, haciéndose eco de la sabiduría de Occidente, me dijeron que el precio de la pertenencia queer era el silencio político: que la liberación estaba a mi alcance, pero solo si dejaba mi identidad palestina en la puerta. Que podía ser queer o podía ser palestina o palestino, pero querer ser ambas cosas, plenamente y sin disculparme, era pedir demasiado.

Nunca he podido permitirme olvidar que soy ambas cosas. Tel Aviv tiene fama de ser el refugio gay de Oriente Próximo. Banderas arcoíris ondeando con la brisa marina, drag queens resplandecientes bajo guirnaldas de luces, toda esa cálida retórica de la pertenencia queer representada con tal convicción que casi te la crees. Una ciudad que te ama siendo quién eres, siempre y cuando vengas del país adecuado, tengas la nacionalidad adecuada y no recuerdes lo que había aquí antes. Lo que ahora sé es que esa reputación no fue casual. Fue planificada. En 2005 el Ministerio de Asuntos Exteriores israelí, la Oficina del primer ministro y el Ministerio de Hacienda, en colaboración con ejecutivos de marketing estadounidenses, lanzaron Brand Israel: una campaña respaldada por el gobierno israelí diseñada para transformar la imagen de Israel, que debía pasar de ser percibido como un Estado militarista y etnoreligioso a convertirse en algo moderno, cosmopolita y progresista. En 2010 promocionar Tel Aviv como destino turístico gay a escala mundial se había convertido en un pilar fundamental de esa estrategia, respaldada por una inversión específica de aproximadamente 88 millones de dólares. La bandera arcoíris no ondeaba por sí sola. La habían colocado allí.

No hay ninguna puerta rosa en el muro del apartheid, ninguna puerta que se abra de par en par para la identidad queer, para la solidaridad, para el conocimiento compartido de pertenecer a la tribu marginada de las personas queer. El rosa se detiene en el puesto de control. Más allá de él, ya no eres una persona queer merecedora de la liberación. Simplemente eres palestino o palestina y, según su lógica, eso basta para borrar todo lo demás

Como adolescente sin acceso a la rica literatura árabe que da voz a mi deseo, mi único salvavidas era una línea de apoyo telefónico gestionada por una organización israelí. Cuando llamé, la voz al otro lado del teléfono tenía una única respuesta: que me mudara a Tel Aviv, lo cual se me ofrecía como si se tratara de un regalo. Ahora sé que fue el primer acto de borrado. Lo que encontré allí fueron amigos y amigas queer israelíes, que solo aceptarían mi identidad queer, si dejaba mi identidad palestina en la puerta. Cuando insistí en que mi nombre por sí solo dejaba claro quién era, se ofrecieron a cambiarme el nombre. Tel Aviv nunca fue un refugio para mí. Era un proyecto colonial con una pista de baile: un espejo deformante que se les ponía delante a los palestinos y palestinas para mostrarles en qué podrían convertirse, únicamente si estaban dispuestos a dejar de ser palestinos. No hay ninguna puerta rosa en el muro del apartheid, ninguna puerta que se abra de par en par para la identidad queer, para la solidaridad, para el conocimiento compartido de pertenecer a la tribu marginada de las personas queer. El rosa se detiene en el puesto de control. Más allá de él, ya no eres una persona queer merecedora de la liberación. Simplemente eres palestino o palestina y, según su lógica, eso basta para borrar todo lo demás. La identidad queer, en su forma más honesta, consiste en rechazar las condiciones que el mundo impone a tu existencia. Ese rechazo es el corazón palpitante de cada marcha del Orgullo, de cada acto de amor en desafío a un mundo que dijo «no» a nuestra existencia, a nuestras vidas, a nuestros amores. He vivido ese rechazo por partida doble: una vez por amar como amo y otra por ser palestina. Me he pasado la vida dejando claro que no estoy aquí para que me «arreglen».

El Festival Pride Land 2026

El eslogan del Festival Pride Land celebrado este año en la costa del Mar Muerto ha sido «El orgullo se eleva en el lugar más bajo de la Tierra». Hay que reconocer que es una buena frase. Pero hay una enseñanza que recorre muchas tradiciones de sabiduría, entre ellas la budista: no confundas la belleza del recipiente con la verdad de lo que contiene. El recipiente aquí es reluciente. Lo que contiene es un genocidio. Si lees la página web del Pride Land, el lenguaje resulta casi insoportable por su audacia. Los organizadores lo describen como una iniciativa basada en «los valores de la libertad, la aceptación y el derecho fundamental de toda persona a la autorrealización». Prometen «redefinir el discurso del orgullo en Israel y en todo el mundo». La denominan la primera «Ciudad del Orgullo» de Oriente Próximo. Y luego, con una franqueza que debería disipar cualquier duda que pudiera quedar sobre lo que esto es, califican su proyecto de «sionismo activo», que busca «fortalecer el estatus de Israel como un centro liberal y dinámico a través de la industria turística y el alcance positivo». Sionismo activo. Dicen lo que normalmente se calla en el lenguaje de un comunicado de prensa. Libertad, autorrealización, el derecho fundamental a existir tal y como uno o una es: estos son precisamente los derechos, que se están aniquilando en Gaza, que se niegan en cada puesto de control, de los que se despoja a toda persona palestina a la que alguna vez se le ha dicho que su identidad es un problema que hay que gestionar. Utilizar esas palabras, en ese lugar, en este momento, no es paradójico. Es la lógica del borrado expresada sin rodeos: nuestra libertad requiere tu desaparición.

Hay una imagen que ha circulado durante el actual genocidio: un soldado sostiene entre los escombros de Gaza una bandera arcoíris. En la bandera las palabras: «In the name of love». Bombardeamos con una mano y ondeamos una bandera de amor con la otra. El pinkwashing es magia, el velo de la ilusión, que te pide que mires la bandera y no el puño que hay debajo, que veas el festival y no las fosas comunes sobre las que flota

El Mar Muerto se encuentra en Cisjordania, territorio palestino ocupado reconocido como tal por el derecho internacional. La infraestructura turística ofrecida como recinto del festival se ha construido a lo largo de décadas de invasión, borrado y colonización israelíes de tierras, que fueron arrebatadas y que no corresponde a los israelíes ofrecer al mundo. Desplegar un arcoíris sobre esa geografía no es liberación. Es una bandera de conquista, que luce los colores de la libertad. En el momento de escribir estas líneas, la guerra en Gaza continúa, con víctimas y desplazamientos a una escala masiva sin haber ha alcanzado todavía su punto álgido. El Mar Muerto pierde más de un metro de costa cada año, vaciado por los consabidos desvíos del agua del río Jordán, que alimentan los asentamientos ilegales israelíes. Las vidas palestinas están desapareciendo de forma violenta, deliberada, en directo, en tiempo real. Organizar un festival en esa costa es un acto de borrado disfrazado de celebración. Hay una imagen que ha circulado durante el actual genocidio: un soldado sostiene entre los escombros de Gaza una bandera arcoíris. En la bandera las palabras: «In the name of love». Bombardeamos con una mano y ondeamos una bandera de amor con la otra. El pinkwashing es magia, el velo de la ilusión, que te pide que mires la bandera y no el puño que hay debajo, que veas el festival y no las fosas comunes sobre las que flota

Este es un momento de la verdad. Los cadáveres son visibles. Los escombros son visibles. El genocidio es visible, documentado, retransmitido en directo, innegable. No podemos permitir que se le aplique el pinkwashing. Y el mundo está empezando a negarse a ello. La International Lesbian, Gay, Bisexual, Trans and Intersex Association  ha retirado la candidatura de The Aguda, la organización paraguas de la comunidad LGBTQ de Israel, para acoger su próximo Congreso Mundial en Tel Aviv, y ha suspendido a la organización de su condición de miembro. Miles de artistas queer se han comprometido a no actuar en Israel. Las organizaciones del Orgullo de toda Europa y de Norteamérica están excluyendo a los patrocinadores cómplices de las acciones en Gaza. El coordinador de la Campaña Palestina para el Boicot Académico y Cultural a Israel (BDS/PACBI) ha declarado que «No Pride in Genocide» se ha convertido en el eslogan queer global. No se trata de posiciones marginales. Es la voz del movimiento queer global, que reconoce con claridad lo que el pinkwashing siempre ha sido: no una celebración de la libertad, sino una tapadera para su destrucción.

Este mes de junio, mientras el Pride Land surgía en el Mar Muerto, se celebraba en todo el mundo el Queer Cinema for Palestine: No Pride in Genocide. El año pasado se realizaron cien diez proyecciones en treinta y cuatro países y este año, en su cuarta edición, se realizan trescientas en sesenta países de los cinco continentes. Las personas queer, que se habían negado a separar el orgullo de la justicia, dieron un paso al frente. Cineastas y trabajadores culturales retiraron sus obras del TLVFest, el Festival Internacional de Cine LGBTQ+ de Tel Aviv, anteponiendo la solidaridad a la comodidad. Dijeron: «No en nuestro nombre». Y el mundo respondió. Se trata de un movimiento global de solidaridad queer: ingobernable, descentralizado. El Queer Cinema for Palestine es un acto de testimonio colectivo: un mundo de personas queer que dicen: «Te vemos, Palestina. No apartaremos la mirada». Eso es lo que te pido ahora: mírame.

No me veas como un símbolo, ni como una víctima, ni como una complicación. Mírame tal y como soy: queer, palestina, íntegra, aquí, negándome a ser borrada. Y luego haz algo con lo que ves. Únete a la negativa a celebrar fiestas en territorio ocupado. No se puede permitir que un arcoíris tendido sobre las ruinas oculte el genocidio. El orgullo queer es para un pueblo paria, consciente, tierno, furioso, íntegro, que sigue eligiéndose mutuamente. Ese es el acto de fe. Así es el orgullo cuando da cabida a todo el mundo.


Recomendamos leer Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, Informes de la Relatora Especial sobre la Situación de los Derechos Humanos en los Territorios Palestinos Ocupados desde 1967, Francesca Albanese, «El genocidio como supresión colonial» (2024), «Anatomía de un genocidio» (2024) y «De la economía de la ocupación a la economía del genocidio» (2025) y «Gaza Genocide: a Collective Crime» (2025) y «Torture and Genocide» (2026). Euro-Med Human Rights Watch, Another genocide behind walls: Sexual violence in Israeli prisons and detention centers and engineered impunity, October 2023-October 2025. The Independent International Commission of Inquiry on the Occupied Palestinian Territory including East Jerusalem, and Israel (OHCHR), «The essence of childhood has been destroyed”: Israel’s deliberate targeting of Palestinian children in the Occupied Palestinian Territory since 7 October 2023 (2026).

Este artículo se ha publicado originalmente en Mondoweiss y se publica aquí con consentimiento expreso de su editor.