¿Construyendo la paz en el Cáucaso? Rusia, Irán, Turquía, Estados Unidos
La Trump Route for International Peace and Prosperity (TRIPP), acordada en principio el 8 de agosto de 2025 en una minicumbre celebrada en Washington con la participación de Trump, el presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, y el primer ministro de Armenia, Nikol Pashinyan, consiste en un proyecto conjunto armenio-estadounidense concebido para construir y administrar un conjunto de conexiones por carretera y ferrocarril, además de otras infraestructuras energéticas, entre Azerbaiyán y su enclave de Najicheván, situado al oeste del país, que atravesarán la región armenia de Syunik (véase el mapa). Situado a lo largo de la frontera meridional de Armenia, el corredor, de poco más de 43 kilómetros, constituye un elemento fundamental del nuevo plan propuesto para la resolución diplomática del conflicto, que enfrenta desde hace décadas a ambos países.
Mapa
Si finalmente estas infraestructuras son construidas, el TRIPP crearía las condiciones para el establecimiento de una conexión dotada de continuidad entre Azerbaiyán y Turquía, su afín étnico y socio cercano. También establecería una segunda ruta para el comercio y la energía, junto a la ya existente que atraviesa septentrionalmente Georgia, que correría desde Europa hasta Asia Central y China sin pasar por Rusia. La energía del Caspio ha cobrado mayor importancia para Estados Unidos y Europa como consecuencia de la fuerte reducción de los suministros rusos desde el estallido de la guerra en Ucrania. La viabilidad comercial de la construcción de otro oleoducto este-oeste sigue siendo una incógnita, al igual que gran parte del proyecto TRIPP considerado en su conjunto. Aún no se han elaborado planes concretos para esta ruta, que solo puede construirse como parte de un acuerdo de paz definitivo e integral ante el cual todavía se alzan obstáculos importantes. Además, no está claro en absoluto, que el gobierno de Trump tenga la coherencia, la experiencia y la resistencia necesarias para llevar a buen término el TRIPP y el proceso de paz.
Dicho esto, las ventajas para ambos países del corredor propuesto son evidentes. Para Azerbaiyán, la existencia de una conexión terrestre con su enclave de Najicheván y con Turquía. Para Armenia, la perspectiva de poner fin, al menos durante un tiempo considerable, a las amenazas de Bakú de apoderarse y establecer por la fuerza un corredor controlado en exclusiva por Azerbaiyán, lo cual implicaría forzosamente la anexión de territorio armenio e infligiría una aplastante derrota estratégica a Armenia e Irán. El TRIPP, tal y como se prevé actualmente, no implica la presencia de tropas estadounidenses en la zona, pero una infraestructura y una presencia comercial a gran escala de Estados Unidos en la misma constituirían un enorme factor disuasorio para las veleidades agresivas de Azerbaiyán. El TRIPP y el correspondiente acuerdo de paz conducirían a la normalización de las relaciones entre Armenia y Turquía, que tienen una historia tensa y centenaria, salpicada de episodios violentos, que alcanzaron su apogeo monstruoso con la masacre de aproximadamente 1,5 millones de armenios otomanos en 1915. Turquía cerró la frontera con su vecino oriental en 1993 en solidaridad con Azerbaiyán, que entonces se enfrentaba a importantes pérdidas frente a las fuerzas armenias. El nuevo corredor reabriría esta, permitiendo el comercio armenio hacia Europa y Oriente Próximo a través de Turquía.
Por su parte, el apoyo de Ankara a una ruta hacia Azerbaiyán y más allá hacia el este puede considerarse como el fruto tardío de una antigua aspiración: establecer una esfera de influencia turca, que se extendiera atravesando el sur del Cáucaso y a través del mar Caspio hasta los pueblos turcos de Asia Central. Aunque esta concepción ha tenido tan solo una resonancia limitada en Asia Central, en Turquía el etnonacionalismo panturco es un asunto central para el Partido del Movimiento Nacionalista (MHP), de extrema derecha, socio de coalición de facto de Erdoğan desde 2015. En la prosecución evidente de esta ambición en el período postsoviético, Turquía se ha convertido en el principal aliado de Azerbaiyán, lo cual ha derivado en el importante respaldo diplomático, político y, sobre todo, militar prestado a Bakú, consolidado mediante el correspondiente acuerdo firmado en 2010 de asociación estratégica y apoyo mutuo, así como en el suministro de armas y la provisión de formación. Bakú, a su vez, se ha convertido en un importante proveedor de petróleo y gas para Turquía.
Sin embargo, hay otros dos actores regionales con capacidad para socavar o (literalmente) sabotear el TRIPP y el acuerdo más amplio que lo acompaña: Rusia e Irán. Aunque ambos países han expresado públicamente un optimismo cauteloso, ambos, especialmente Irán, albergan profundas preocupaciones respecto al mismo. Los halcones de Washington han aclamado este proyecto estadounidense como un paso importante para reducir la influencia rusa e iraní en el sur del Cáucaso. La amenaza para Irán es más directa. El TRIPP atravesaría y potencialmente bloquearía la importante ruta terrestre, que corre desde el Golfo Pérsico hasta Rusia y Europa, pasando por Irán, Armenia y Georgia; además, establecería la presencia estadounidense a pocos kilómetros de Irán. Los temores iraníes a este respecto han aumentado considerablemente, como es natural, a raíz de los ataques israelíes y estadounidenses de este año, y en medio de los debates suscitados en Israel y entre los neoconservadores estadounidenses y algunos liberales europeos sobre la necesidad de dividir Irán según criterios étnicos, incluyendo la separación de Azerbaiyán y el Kurdistán iraníes. Es poco probable que esta iniciativa funcione, dado que los azeríes iraníes, que constituyen el grupo no persa más numeroso del país, están muy integrados y ocupan muchos de los puestos más altos del Estado, pero no obstante es comprensible que ello preocupe a Teherán.
Estados Unidos e Israel son nuevos actores regionales; Irán, Turquía y Rusia son actores de larga data. En la mayoría de los círculos políticos y mediáticos de Washington, Bruselas, París y Londres, los argumentos referidos a la historia han perdido toda vigencia. Sus interlocutores simplemente no entienden de qué se está hablando cuando se esgrime esta y carecen tanto de los conocimientos básicos como de la vitalidad intelectual para intentar comprender la complejidad de este marco y de su historia. Las personas que no saben que la relación entre Rusia y Ucrania (a veces muy conflictiva, a veces muy consensuada) ha durado más de 400 años, por ejemplo, probablemente sean incapaces de comprender que, si comprometen a sus países en la conversión de Ucrania en una barrera militar contra Rusia, están asumiendo un compromiso no para generaciones, sino para los siglos venideros, un «compromiso» que carece, por consiguiente, de todo sentido y es pura vacuidad.
Al igual que las relaciones entre Rusia y Ucrania, las esperanzas de los azeríes y los turcos tienen raíces profundas, al igual que los temores de los iraníes, de los rusos y de muchos armenios. El nuevo acuerdo TRIPP implica cuestiones complejas de identidad y seguridad nacionales, así como intereses locales y rivalidades internacionales. A continuación, intentaremos desentrañar algunas de estas complejidades, que resultan esenciales para efectuar análisis que pretendan ir más allá de los clichés de los medios de comunicación occidentales y de las instituciones que implementan la política exterior de sus respectivos países.
El quid de la rivalidad contemporánea entre Azerbaiyán y Armenia ha sido el territorio en disputa de Nagorno-Karabaj, reconocido internacionalmente como parte de Azerbaiyán, pero con un historial de autogobierno por parte de su mayoría armenia. Una respuesta, o más bien una no respuesta, a la pregunta de a quién pertenece «realmente» Nagorno-Karabaj (en armenio, Artsaj) la da una encuesta (quizá apócrifa) del siglo XIX, que afirmaba que Karabaj tenía una mayoría armenia en invierno y una mayoría azerbaiyana en verano, cuando las tribus azeríes llevaban sus ovejas a los pastos de montaña del enclave. Sin embargo, es incuestionable que, bajo el dominio soviético, la región tenía una mayoría armenia de casi el 80 por 100 en 1989, pero también incluía la antigua ciudad azerí de Shusha.
Tras la caída del Imperio zarista, la Revolución bolchevique, tras el colapso de la efímera República Federativa Democrática Transcaucásica, Armenia, Azerbaiyán y Georgia proclamaron su independencia en mayo de 1918. El resultado fue el estallido de guerras étnicas en gran parte de la región. Armenios y azeríes lucharon por las regiones étnicamente mixtas de Karabaj, Najicheván (punto final previsto del TRIPP de Trump) y Zangezur. La invasión y conquista de Transcaucasia por las fuerzas bolcheviques en 1920-1921 y el establecimiento del poder soviético en la región suspendieron estos enfrentamientos. Nakhchivan se convirtió en una república autónoma dentro de la República Socialista Soviética de Azerbaiyán y la mayor parte de Zangezur pasó a formar parte de la provincia meridional de Syunik integrada en la República Socialista Soviética de Armenia. Sin embargo, la creación en 1923 de la región autónoma de Nagorno-Karabaj (NKAO), de mayoría armenia, dentro de Azerbaiyán, no satisfizo ni a los armenios ni a los azerbaiyanos. Además, una gran minoría armenia permaneció en las ciudades de Azerbaiyán y una gran minoría azerí en Armenia.
Durante el periodo soviético posterior, se rechazaron varias peticiones a Moscú para transferir Nagorno-Karabaj a Armenia. En la década de 1980, las reformas de Mijaíl Gorbachov allanaron el camino para un nuevo desafío armenio al statu quo prevaleciente desde hacía mucho tiempo. En febrero de 1988, la asamblea legislativa local aprobó una resolución pública para transferir la región de Nagorno-Karabaj de la Azerbaiyán soviética a la Armenia soviética. El comité central del PCUS volvió a rechazar la resolución, pero la situación se le estaba escapando de las manos. En Ereván, la capital de Armenia, estallaron manifestaciones masivas en apoyo de los armenios de Nagorno-Karabaj, mientras que la situación en la Azerbaiyán soviética dio un giro violento. Los pogromos antiarmenios comenzaron en la ciudad costera oriental de Sumgait. La escalada de violencia local en ambas repúblicas contribuyó al creciente éxodo de armenios y azerbaiyanos desde sus respectivos territorios de residencia a los territorios del país correspondiente en busca de seguridad en su propia república soviética nominal.
Tanto en Armenia como en Azerbaiyán, la presión nacionalista de masas hizo imposible que las autoridades comunistas locales se hallaran en condiciones de intentar una solución negociada, incluso si hubiera habido alguna disponible. A finales de la década de 1980, el restablecimiento de la paz habría requerido dos cosas que habrían contradicho frontalmente el programa general de Gorbachov (y, quizá, su propio carácter humanitario): la imposición del control directo de Moscú tanto sobre Armenia como sobre Azerbaiyán y la predisposición a utilizar la fuerza militar contra los manifestantes.
Cuando el poder soviético se derrumbó por completo en el otoño de 1991 y Armenia, Azerbaiyán y Nagorno-Karabaj declararon su independencia, el conflicto ya había entrado en una fase de guerra total en la que Armenia combatió al lado de las fuerzas de Nagorno-Karabaj. Aunque bloqueada por Azerbaiyán y Turquía, Armenia se mantuvo a flote económicamente gracias al suministro de energía del vecino Irán, cuyos gobernantes temían el resurgimiento del nacionalismo azerí y la expansión de la influencia turca. Los tres años siguientes fueron testigos de una sucesión de victorias de Armenia, que le permitieron controlar prácticamente la totalidad de la antigua región autónoma de Nagorno-Karabaj, así como la mayor parte de las siete regiones azerbaiyanas circundantes de las que la población azerí había huido. En mayo de 1994 se firmó un alto el fuego mediado por los rusos, pero no se introdujeron fuerzas de paz rusas.
El gran defecto a largo plazo del razonamiento bismarckiano es, por supuesto, que los equilibrios militares no suelen permanecer inalterados durante generaciones, como tampoco suelen hacerlo las alianzas internacionales
La denominada dinámica de «ni guerra, ni paz», presente en otros conflictos posimperiales como por ejemplo Cachemira, se mantuvo prácticamente ininterrumpida durante más de dos décadas, salpicada por algunos enfrentamientos armados aislados, entre los que destaca el estallido de cuatro días de enfrentamientos acaecidos en 2016. Los repetidos intentos de mediación internacional, sobre todo por parte del Grupo de Minsk de la OSCE, copresidido por Rusia, Francia y Estados Unidos, fracasaron por completo. La cuestión parecía haberse decidido a favor de Armenia según los términos de «sangre y acero» de Bismarck; y esta habría seguido siendo la situación, si el equilibrio militar entre Armenia y Azerbaiyán se hubiera mantenido igual que en 1994.
El gran defecto a largo plazo del razonamiento bismarckiano es, por supuesto, que los equilibrios militares no suelen permanecer inalterados durante generaciones, como tampoco suelen hacerlo las alianzas internacionales. En el caso de Azerbaiyán, su población mucho más numerosa, la lucrativa producción y exportación de energía (incluido el oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan, patrocinado por Estados Unidos, que atraviesa Georgia hasta Turquía) y los suministros militares de Turquía e Israel (efectuados con fines lucrativos, pero también para cultivar a Azerbaiyán como un posible aliado futuro contra Irán), infundieron la creencia de que el momento estaba del lado de Bakú y que, con el paso del tiempo, Azerbaiyán sería capaz de crear unas fuerzas armadas capaces de derrotar a los armenios sin necesidad de buscar un compromiso.
Y eso es precisamente lo que ocurrió. En septiembre de 2020 Azerbaiyán lanzó una ofensiva a gran escala que en cuarenta y cuatro días infligió una derrota aplastante a las fuerzas armenias. Rusia negoció entonces un alto el fuego, respaldado esta vez por 2000 soldados de paz rusos, que preservó el resto de Nagorno-Karabaj armenio y el «corredor de Lachin» hacia Armenia. A cambio, Armenia tuvo que aceptar una futura ruta entre Azerbaiyán y Najicheván, que sería supervisada por guardias fronterizos rusos.
Esta situación inestable solo podría haberse mantenido, si Moscú hubiera estado dispuesta a enviar a Nagorno-Karabaj una fuerza militar lo suficientemente fuerte como para derrotar cualquier nueva ofensiva de Azerbaiyán o, alternativamente, si Occidente hubiera estado dispuesto a imponer una prohibición total de la compra de energía azerbaiyana, si Bakú reanudaba la guerra. Cabe señalar, especialmente por el caso de Ucrania, que, a pesar de la gran diáspora armenia residente en Francia y de todo lo que se ha hablado en la UE sobre la responsabilidad de Europa en la seguridad del Cáucaso, jamás se ha sugerido el envío de tropas a Nagorno-Karabaj por parte de los países occidentales, los cuales, por otro lado, tampoco se han mostrado dispuestos a prescindir de la energía azerbaiyana, como lo demuestra el acuerdo firmado en 2022 por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, con Aliyev para duplicar el suministro de gas azerbaiyano a la UE. También cabe señalar que, aunque Armenia es una democracia imperfecta y Azerbaiyán una autocracia dinástica, las repetidas invocaciones del gobierno de Biden de la necesidad de sentar una alianza de democracias contra el autoritarismo nunca mencionaron este último caso.
En cuanto a Rusia, aunque tiene profundos lazos históricos con Armenia y una enorme diáspora armenia vive en Rusia y algunos de sus miembros ocupan altos cargos en el establishment ruso e incluso si Moscú hubiera estado dispuesta a luchar contra Azerbaiyán, tanto sus cálculos militares como diplomáticos se vieron completamente trastrocados por el sangriento fiasco de su invasión de Ucrania en febrero de 2022 y la larga, amarga y terriblemente costosa guerra que ha provocado. El ejército ruso no solo no podía permitirse emprender otra guerra, sino que Rusia se había vuelto muy dependiente de la semineutralidad de Turquía en el conflicto de Ucrania, situación que sin duda habría terminado, si Rusia hubiera respaldado abiertamente a Armenia con su fuerza militar. Turquía ha rechazado las sanciones occidentales contra Rusia y proporcionado una ruta crucial para las importaciones europeas a través de Georgia, para las exportaciones rusas a través del Bósforo y para los vuelos internacionales rusos.
Así, cuando en septiembre de 2023 Azerbaiyán lanzó una nueva campaña para liquidar lo que quedaba de la República de Nagorno-Karabaj, las fuerzas de paz rusas se mantuvieron al margen, al igual que (desde una mayor distancia) Estados Unidos, la Unión Europea y las Naciones Unidas. Las débiles protestas occidentales, que no pasaban de ser una toma de postura nominal, fueron ignoradas por Azerbaiyán. El ejército armenio, muy debilitado, no pudo hacer nada (y de hecho no hizo nada), en parte por temor a que una nueva derrota pudiera dar lugar a una invasión azerbaiyana de la provincia de Syunik situada en territorio de la propia Armenia. El resultado fue la destrucción del Nagorno-Karabaj armenio y la huida a Armenia de toda su población armenia, cifrada en torno a las 100.000 personas. La sangre y el acero han triunfado de nuevo; y esta vez, a diferencia de lo que ocurrió en la década de 1990, parece probable que el triunfo se mantenga en el futuro previsible. Como ha reconocido con franqueza el gobierno de Pashinyan, Armenia por sí sola no puede iniciar una nueva guerra contra un Azerbaiyán mucho mayor y mejor armado, respaldado por Turquía y abastecido por Israel.
En Armenia la pérdida de la guerra por Nagorno-Karabaj ha dado lugar a tres resultados interrelacionados: (1) el agravamiento de los temores, incrementados por las incursiones azeríes en el país, de pequeña escala pero amenazadoras, de que Azerbaiyán acometa en el futuro inmediato la conquista de la provincia meridional de Syunik, que abarca una superficie de 4500 kilómetros cuadrados y tiene una población de poco mas de 140.000 habitantes; (2) la creencia del gobierno de Nikol Pashinyan de que los armenios deben concentrarse ahora en fortalecer y desarrollar el Estado armenio realmente existente delimitado por sus fronteras actuales, abandonando los sueños de recuperar algún día Nagorno-Karabaj, por no hablar de las antiguas tierras armenias situadas al este de Turquía; y (3) una tremenda ola de resentimiento masivo contra la antigua aliada de Armenia, Rusia, a la que se considera que ha «traicionado» al país al no acudir en su defensa.
Esta última acusación no es del todo justa. Dejando de lado el atolladero en el que se ha metido ejército ruso invadiendo Ucrania, Rusia nunca ha reconocido la independencia de Nagorno-Karaba. El tratado de seguridad ruso-armenio solo cubre el territorio de Armenia propiamente dicho y la pequeña fuerza militar rusa de unos 3000 soldados destacada en el país solo está obligada a defender estrictamente este, siendo además las fuerzas de paz rusas destacadas en Nagorno-Karabaj demasiado débiles como para resistir al ejército azerbaiyano sin recibir un refuerzo considerable. Muchos armenios siguen considerando esa fuerza, respaldada por el arsenal nuclear ruso, como un elemento disuasorio clave contra Turquía y la pesadilla fantasmal, desvanecida, pero nunca del todo ausente de la mente de la población armenia, de un nuevo genocidio. Porque si hay ira contra Rusia, también hay conciencia de que, en palabras de un amigo armenio, «los países occidentales tampoco lucharon por nosotros, y nunca lo han hecho».
El gobierno de Nikol Pashinyan, aunque ha retirado algunos guardias fronterizos rusos de Armenia y ha suspendido su participación activa en la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), dominada por Rusia, aún no se ha retirado formalmente de la alianza ni ha intentado expulsar a Rusia de Armenia por completo. Sin embargo, ha aprovechado el distanciamiento de Rusia como una oportunidad para involucrar a Estados Unidos en el proceso de paz. Así, aunque el propio Trump no se ha expresado en estos términos, los análisis estadounidenses y europeos están llenos de celebraciones por el hecho de que el acuerdo TRIPP esté «eclipsando» a Putin y represente una «derrota estratégica para Rusia».
Esta participación de Estados Unidos también es necesaria para Pashinyan desde el punto de vista político, porque muchos armenios, tanto en Armenia como entre la poderosa diáspora armenia afincada en Estados Unidos, están profundamente descontentos con las políticas de su gobierno, su modo de gobernar cada vez menos democrático y la campaña patrocinada oficialmente para centrar la identidad armenia de forma abrumadora en la República de Armenia. Al fin y al cabo, este país es solo una pequeña fracción de las antiguas tierras históricas de Armenia. De hecho, la Armenia soviética se originó como una especie de último reducto del pueblo armenio, repleto de refugiados hambrientos y traumatizados procedentes del Imperio Otomano, de los que desciende gran parte de la diáspora armenia. El deseo de Pashinyan de reconciliarse con Turquía, aunque desde una posición negociadora extremadamente débil, puede tener todo el sentido desde un punto de vista práctico, pero no suscita automáticamente la simpatía de los descendientes de los supervivientes del genocidio de 1915.
Los soldados, los diplomáticos y los trabajadores humanitarios no han logrado traer la paz. Los ingenieros, al menos, merecen una oportunidad para intentarlo
¿Cómo evaluar, entonces, la importancia del acuerdo TRIPP? ¿Qué posibilidades tiene de traer la paz a Armenia y Azerbaiyán y de ayudar a estabilizar la región? El TRIPP es mucho más que un corredor de transporte y que un camino hacia un acuerdo diplomático entre Armenia y Azerbaiyán, dado que representa un avance significativo en la reconfiguración del Cáucaso, cuyas implicaciones estratégicas van mucho más allá de esta región. Mientras mantenga su forma actual, es decir, no militar, la ruta de tránsito es, en principio, una iniciativa prometedora, que también podría influir positivamente en la reflexión sobre cómo resolver conflictos en otros lugares. Traducido a un principio al estilo chino, podría decirse que representa una versión local de la gran paz capitalista: no es una solución ideal, pero es potencialmente mejor que los planteamientos liberal-imperialistas occidentales de las dos últimas generaciones, ya sea en su forma dura de intervención militar o en su forma blanda de «resolución de conflictos», «consolidación de la paz» y su gemelo siamés académico, la organización de conferencias. Los soldados, los diplomáticos y los trabajadores humanitarios no han logrado traer la paz. Los ingenieros, al menos, merecen una oportunidad para intentarlo.
Tal y como se concibe actualmente, la nueva ruta de transporte ofrece beneficios tangibles a Azerbaiyán, Armenia y Turquía; y, dado que no implica la presencia militar de Estados Unidos, no supone una amenaza inmediata para los intereses vitales de Rusia e Irán. El TRIPP ofrece garantías de seguridad reales, aunque moderadas, a Armenia (suponiendo que ningún gobierno de Bakú desee matar, ni siquiera accidentalmente, a contratistas e ingenieros estadounidenses), pero sin emprender una acción de suma cero contra Rusia e Irán. En este aspecto, por supuesto, es muy diferente de los planteamientos occidentales respecto a Ucrania y Georgia implementados desde 2008, que han tenido consecuencias tan calamitosas para esos países. Mientras el corredor no implique la presencia de tropas estadounidenses sobre el terreno y no se utilice para interceptar las comunicaciones entre Irán y Rusia o para apoyar una mayor presencia israelí en Azerbaiyán, el acuerdo no será del agrado de Irán ni de Rusia, pero probablemente podrán aceptarlo. Rusia ha aceptado provisionalmente de buen grado el acuerdo, pero ha advertido contra la repetición de la «desafortunada experiencia» de la «resolución de conflictos» de corte occidental aplicada en Oriente Próximo.
Si tiene éxito, la ruta de transporte aquí analizada también ofrecería lecciones constructivas para la competencia global protagonizada por Estados Unidos respecto a China. En la vecina Georgia, China está construyendo dos inmensos proyectos de infraestructura consistentes en una nueva carretera, que incluye un túnel de nueve kilómetros a través de las montañas que desemboca en Rusia y conecta con las conexiones de transporte norte-sur que llegan a Turquía e Irán, y en un nuevo puerto en el Mar Negro. El TRIPP puede considerarse un competidor pacífico y legítimo de estas iniciativas chinas. Si Estados Unidos está preocupado por la expansión de las iniciativas de construcción de infraestructura en África y Sudamérica por parte de China, la respuesta estadounidense obvia y justa sería construir más infraestructura en esas regiones, suponiendo, por supuesto, que todavía sea capaz de hacerlo, en lugar de entregarse a una histeria paranoica sobre la supuesta búsqueda de la dominación mundial por la potencia asiática y de optar por la intimidación de los países para que rechacen las inversiones chinas.
¿Cómo podría fracasar o salir mal el proyecto de este corredor entre Azerbaiyán y Armenia? El obstáculo inmediato, quizá insuperable, para un acuerdo de paz global puede ser la exigencia de Azerbaiyán de que Armenia elimine de su constitución la referencia a la unificación con Nagorno-Karabaj. Un cambio en la Constitución requiere un referéndum, que el gobierno de Ereván podría muy bien perder, dada la percepción pública en Armenia de que se les está obligando a hacer concesiones significativas a punta de pistola. La otra gran amenaza para el TRIPP y el acuerdo de paz en general es que alguno de los actores implicados, o todos ellos, se excedan o traten de socavar el proyecto para perseguir sus propios fines. Azerbaiyán puede hacerlo, obviamente, planteando exigencias a Armenia, como la mencionada enmienda constitucional, que son principalmente simbólicas, pero que este país no puede cumplir (no hay posibilidades realistas de que los armenios recuperen Nagorno-Karabaj y, si las hubiera, ninguna enmienda constitucional lo impediría). Rusia e Irán pueden hacer descarrilar el tratado intentando subvertir y derrocar al gobierno de Pashinyan o, en última instancia, simplemente haciendo saltar por los aires el TRIPP. Después de lo ocurrido con el Nord Stream 2, los rusos sentirían, después de todo, que tienen un amplio precedente occidental y/o ucraniano para imitar tal comportamiento.
Sin embargo, es poco probable que Rusia o Irán den un paso tan peligroso y potencialmente desastroso y contraproducente, a menos que el TRIPP y el acuerdo que lo acompaña se conviertan en una amenaza más inmediata para sus intereses. En lo que respecta a Rusia, eso ocurriría si Washington animara al gobierno armenio a expulsar al ejército ruso, una medida completamente innecesaria desde el punto de vista de un acuerdo de paz, pero muy bienvenida tanto por los halcones imperiales estadounidenses como por los partidarios del gobierno armenio, que temen un golpe de Estado respaldado por Rusia o disturbios masivos contra Pashinyan. En lo que respecta a Irán, ese intento de dinamitar el TRIPP se desencadenaría si este se convirtiera en un instrumento para introducir tropas estadounidenses u organizar operaciones estadounidenses e israelíes destinadas a desestabilizar o destruir el Estado iraní; y en lo que respecta tanto a Rusia como a Irán, el ataque contra el TRIPP se desencadenaría, si este bloqueara la ruta entre ambos países. Ambos temen también el aumento de la influencia turca en la región, que promovería el TRIPP.
Aunque es técnicamente posible que la presencia estadounidense en el Cáucaso pueda ser explotada potencialmente con fines imperiales nefastos, es importante señalar que los intereses estadounidenses en la región, si bien reales, son limitados. El propio Trump, así como sectores clave de sus partidarios, se oponen a nuevos despliegues militares estadounidenses en Eurasia, mientras que el Pentágono está ansioso por concentrar sus fuerzas en China. Y como se ha ilustrado una y otra vez en el Cáucaso, sin fuerzas militares consistentes sobre el terreno, la capacidad de los actores externos para influir en los acontecimientos de la región siempre será limitada. El objetivo personal de Trump parece ser, sobre todo, lograr una «victoria» diplomática para compensar el vacilante proceso de paz en Ucrania.
Estados Unidos también está muy lejos del teatro de operaciones, por supuesto, mientras que Irán, Rusia y Turquía están cerca; y una iniciativa estadounidense-israelí para instrumentalizar el corredor con el fin de atacar o balcanizar Irán se encontraría con una fuerte oposición, no solo de Rusia e Irán, sino también de Turquía, que constituye el sostén indispensable de Azerbaiyán. Turquía se mostraría profundamente hostil a la presencia de fuerzas de seguridad israelíes en su frontera oriental, y los esfuerzos por fomentar la secesión kurda de Irán despertarían los profundos temores de Turquía ante el separatismo kurdo presente dentro de sus propias fronteras, cuestión que ha sido el factor determinante de la política de seguridad turca durante las dos últimas generaciones. Una estrategia estadounidense en el Cáucaso que enfureciera a las tres grandes potencias regionales sería imprudente incluso para los estándares estadounidenses y estaría casi condenada al fracaso. Dada la dependencia de Azerbaiyán de Turquía, también parece poco probable que Bakú enfadara a Ankara de esta manera; y, de hecho, hasta ahora, a pesar de sus enormes compras de armamento israelí, Azerbaiyán ha actuado con mucha cautela a la hora de permitir la presencia de fuerzas de seguridad israelíes en su territorio.
Es de esperar que ni Trump ni ningún futuro gobierno estadounidense adopten una estrategia de este tipo; y, sin duda, tanto para Armenia como para Azerbaiyán, aceptar una presencia militarizada de Estados Unidos sería una locura. Un mantra común en toda Asia Central, en Georgia y en Bielorrusia hoy en día es la necesidad de desplegar una política exterior «multivectorial», que mantenga buenas relaciones y vínculos económicos con Rusia, China, Estados Unidos y la Unión Europea, evitando al mismo tiempo la subordinación a cualquiera de ellos. De hecho, tanto el gobierno armenio como el azerbaiyano han tratado de disipar las preocupaciones de Rusia e Irán, haciendo hincapié en los beneficios económicos que pueden obtener del TRIPP.
Los Estados del Cáucaso meridional harían bien en seguir este planteamiento «multivectorial». Para los armenios, poner su seguridad totalmente en manos de Estados Unidos y enfurecer a dos de sus tres vecinos más poderosos significaría, que no han aprendido absolutamente nada de su propia historia ni de la de los compromisos internacionales de Estados Unidos. Para Azerbaiyán, convertirse en una base no solo para posibilitar la presión de Israel y Estados Unidos sobre Irán, al sur, sino también para permitir la presión de Estados Unidos sobre Rusia, al norte, equivaldría a la posición de una nuez que se coloca deliberadamente entre las pinzas de un cascanueces.
En el terrible invierno de 1992 en Ereván, un funcionario armenio, al ser preguntado sobre cómo iba a soportar su país los efectos económicos del colapso soviético y los bloqueos turco y azerbaiyano (de facto la respuesta fue: en gran medida con la ayuda de Rusia e Irán), comenzó respondiendo: «Bueno, hay que recordar que en el 782 a. C. [...]». Es de esperar que sus sucesores en Armenia y Azerbaiyán sigan recordando que la historia es un asunto que se prolonga enormemente en el tiempo y que, aunque puedan elegir amigos estadounidenses en esta generación, no pueden elegir a sus vecinos pasados y por venir en el interminable futuro.
Recomendamos leer Georgi Derluguian, «Una pequeña guerra mundial», NLR 128.