El abismo de las ilusiones especulares de la guerra de Ucrania
Las esperanzas bélicas de Ucrania/OTAN y de Rusia de cumplir sus objetivos de destrucción o debilitamiento de su adversario hunden sus raíces en cálculos de guerra poco realistas únicamente posibles por el carácter profundamente autoritario de sus respectivos sistemas políticos, que hacen pagar a sus ciudadanías un precio inmenso en vidas, destrucción y bloqueo del desarrollo social producto de su incompetencia, corrupción y pura brutalidad
Los partidarios de la línea dura de ambos bandos involucrados en la guerra de Ucrania persiguen una quimera con la esperanza de que se produzca un milagro. Moscú parece creer que, en un futuro próximo, las defensas ucranianas, que durante años han frenado el avance ruso hasta convertirlo en un avance sangriento y lento, se derrumbarán milagrosamente, o que el dinero y las armas europeas que las han hecho posible desaparecerán de repente. Por otro lado, gran parte de los comentaristas occidentales (y algunos, aunque no la totalidad, ni mucho menos, de los expertos en seguridad ucranianos) parecen aferrados a una fantasía simétrica. Los drones y la inteligencia por satélite han hecho imposible la acumulación de potencia de combate suficiente para que las fuerzas rusas obtengan una victoria decisiva, lo cual ha permitido al ejército ucraniano llevar a Rusia a un punto cercano al estancamiento. Sin embargo, los observadores occidentales parecen creer que, milagrosamente, estas tecnologías no permitirán a Rusia hacer exactamente lo mismo con el ejército ucraniano.
Los expertos militares occidentales que hablan de que Ucrania ha «cambiado el rumbo de la guerra» muestran una total incapacidad (y tal vez deseo) para comprender las lecciones de la guerra, lo cual pone seriamente en duda tanto su capacidad técnica como su honestidad. El tan alabado éxito ucraniano al dañar las refinerías de petróleo rusas, aunque ese daño tan solo haya eliminado alrededor del 13 por 100 de la producción, ha quedado ampliamente superado por el cierre por parte de Rusia del puerto de Odesa y los daños causados al transporte y a la generación de electricidad ucranianos. La capacidad de Rusia para destruir la infraestructura ucraniana también se ha visto considerablemente aumentada por el cese del suministro de misiles de defensa aérea estadounidenses a Ucrania como consecuencia de la guerra con Irán.
Los ultranacionalistas rusos con los que he hablado siguen afirmando que Rusia puede tomar Odesa, operación que requeriría que las fuerzas armadas rusas se abrieran paso a la fuerza por el curso inferior del Dniéper o lanzaran un ataque anfibio a gran escala. Esto implicaría reconstruir la Flota del Mar Negro, que ha quedado diezmada y ha sido expulsada de su base en Sebastopol por los misiles y drones ucranianos. Algunos medios de comunicación occidentales han intentado fomentar una ilusión especular: que el éxito de Ucrania a la hora de dañar la Armada rusa y las rutas de suministro a Crimea significa que puede reconquistar la península. Al igual que con la supuesta conquista de Odesa por parte de Rusia, esto requeriría que el ejército ucraniano se abriera paso a través del Dniéper o lanzara una invasión por mar con una Armada de la que no dispone.
La situación en el campo de batalla del este de Ucrania se asemeja en estos momentos al estancamiento del Frente Occidental en 1916, pero con una diferencia clave. A finales de 1916 ya habían aparecido las nuevas armas y tácticas, aunque solo de forma embrionaria, que dos años más tarde pondrían fin a la guerra. Hoy en día no hay perspectivas de que se produzca una transformación militar de ese tipo que cambie drásticamente en curso actual de la guerra
Es difícil saber qué escenario sería peor: si es que estos oficiales retirados y «expertos» en seguridad, que anuncian una victoria inminente para Ucrania, nos están mintiendo deliberadamente o realmente se creen semejantes tonterías. Lo más probable es que el consenso político, burocrático, mediático, y académico, además del impuesto por los think tanks, imperante en Europa se haya vuelto tan monolítico y absoluto que sí se lo crean, ya que nadie dice nada diferente. Para encontrar voces alternativas y más realistas, con demasiada frecuencia hay que recurrir, lamentablemente, a la derecha populista.
La situación en el campo de batalla del este de Ucrania se asemeja en estos momentos al estancamiento del Frente Occidental en 1916, pero con una diferencia clave. A finales de 1916 ya habían aparecido las nuevas armas y tácticas, aunque solo de forma embrionaria, que dos años más tarde pondrían fin a la guerra. Los tanques, los aviones y las tácticas de infiltración acabaron por imponerse a las ametralladoras y al alambre de espino. Hoy en día no hay perspectivas de que se produzca una transformación militar de ese tipo. Las monstruosas bajas infligidas por los drones podrían conducir, con el tiempo, a la creación de tanques y soldados robóticos, que, a diferencia de los soldados humanos, seguirán avanzando incluso si sus compañeros son destruidos). Pero parece muy improbable, que esto ocurra con la suficiente rapidez como para transformar la guerra en Ucrania.
El contraste entre el tamaño del territorio en disputa, aproximadamente 5180 kilómetros cuadradas, y la magnitud del sufrimiento que conlleva la batalla para hacerse con el mismo se asemeja a la lucha por Bapaume o Passchendaele. Quizá hayan muerto 100.000 hombres de ambos bandos solo por el control de la insignificante localidad de Pokrovsk (en la época soviética, Krasnoarmeisk), un lugar por el que solía pasar en coche sin fijarme en él en mi trayecto entre Dnipropetrovsk y Donetsk
La única cosa concreta por lo que están luchando en estos momentos es la cuestión de quién controla el 11 por 100 aproximadamente de la región del Donbas, que todavía está en manos ucranianas, y que Rusia exige como parte del precio de la paz. El contraste entre el tamaño del territorio en disputa, aproximadamente 5180 kilómetros cuadradas, y la magnitud del sufrimiento que conlleva la batalla para hacerse con el mismo se asemeja a la lucha por Bapaume o Passchendaele. Quizá hayan muerto 100.000 hombres de ambos bandos solo por el control de la insignificante localidad de Pokrovsk (en la época soviética, Krasnoarmeisk), un lugar por el que solía pasar en coche sin fijarme en él en mi trayecto entre Dnipropetrovsk y Donetsk.
Ambas partes afirman que esta zona es estratégicamente vital, ya que alberga una serie de localidades ucranianas fuertemente fortificadas. Los ucranianos sostienen que son indispensables para su defensa; los rusos, que podrían servir de trampolín para un futuro intento ucraniano de reconquistar el resto del Donbas. Ninguno de los dos argumentos me convence del todo. Los rusos han avanzado muy lentamente contra las localidades controladas por Ucrania en el Donbas, pero tampoco han logrado ningún avance al intentar avanzar en terreno abierto en otras zonas. Suponiendo, tal y como ha propuesto el gobierno de Trump, que un acuerdo de paz implicara la desmilitarización de esta parte del Donbas, Ucrania podría, con ayuda europea, construir una nueva línea de defensa unos pocos kilómetros más al oeste. Para Kiev se trata de una cuestión moral, no meramente estratégica. Todos los ucranianos con los que he hablado, incluidos aquellos desesperados por alcanzar una paz de compromiso, me han dicho que, si bien Ucrania podría aceptar reconocer la realidad de que el territorio controlado por Rusia permaneciera en manos rusas como parte de un hipotético acuerdo de paz en Ucrania, es moral y políticamente imposible que ningún gobierno ucraniano ceda el territorio que Ucrania aún controla.
De hecho, aunque ha logrado algunos avances, el balance general del ejército ruso hasta la fecha ha sido paupérrimo, no solo en comparación con los objetivos del Kremlin declarados en febrero de 2022, sino también con los últimos cuatro siglos de su dominio sobre la mayor parte de Ucrania
La insistencia rusa en la importancia práctica del noroeste del Donbas resulta todavía menos convincente. Además de su supuesto potencial como plataforma de lanzamiento para un futuro ataque contra territorio controlado por Rusia, se argumenta que este territorio del noroeste del Donbas es esencial para el suministro de agua a las ciudades de Donetsk y Lugansk. Pero una futura ofensiva ucraniana podría producirse en cualquier punto de la línea del frente y no sería difícil establecer suministros alternativos de agua al Donbas desde Rusia. En privado, muchos analistas rusos admiten que estos argumentos son aparentes y que la verdadera razón por la que Moscú insiste en hacerse con esta minúscula porción de tierra es que sin ella resultará mucho más difícil afirmar que esta guerra ha concluido con una victoria, que emprenderla fue una buena idea y que las inmensas pérdidas causadas por la misma han merecido la pena.
De hecho, aunque ha logrado algunos avances, el balance general del ejército ruso hasta la fecha ha sido paupérrimo, no solo en comparación con los objetivos del Kremlin declarados en febrero de 2022, sino también con los últimos cuatro siglos de su dominio sobre la mayor parte de Ucrania. Es cierto que Rusia ha conquistado un corredor terrestre hacia Crimea que ha aumentado enormemente la seguridad (y el suministro de agua) de la península, y que, ha alejado a las fuerzas ucranianas de las ciudades de Donetsk y Lugansk, colocándolas más allá del alcance de la artillería ucraniana, que las bombardeó de forma intermitente entre 2014 y 2022. Pero dudo mucho que Putin hubiera iniciado la guerra, si hubiera podido prever que, tras cuatro años y medio, esto sería todo lo que Rusia habría conseguido.
Por un lado, las elites políticas ucranianas pueden sentirse satisfechos de que la guerra haya consolidado de forma espectacular la identidad nacional ucraniana, haya puesto a la gran mayoría de la población ucraniana en contra de Rusia, haya convertido a Zelenski en un líder nacional histórico y haya permitido a los ultranacionalistas hacerse con el control de gran parte de las fuerzas armadas. Pero, por otro lado, han muerto cientos de miles de jóvenes ucranianos, la economía ha quedado devastada, millones de personas han huido a Occidente, probablemente para no volver jamás, y la tasa de natalidad se ha desplomado
En cuanto a las elites políticas ucranianas cabe preguntarse igualmente si, retrospectivamente, habrían seguido saboteando el acuerdo de Minsk, que concedía autonomía al Donbas dentro de Ucrania, contribuyendo así a desencadenar este conflicto. Por un lado, pueden sentirse satisfechos de que la guerra haya consolidado de forma espectacular la identidad nacional ucraniana, haya puesto a la gran mayoría de la población ucraniana en contra de Rusia, haya convertido a Zelenski en un líder nacional histórico y haya permitido a los ultranacionalistas hacerse con el control de gran parte de las fuerzas armadas. Pero, por otro lado, han muerto cientos de miles de jóvenes ucranianos, la economía ha quedado devastada, millones de personas han huido a Occidente, probablemente para no volver jamás, y la tasa de natalidad se ha desplomado. En lo que respecta a los propios ucranianos, recientes encuestas de opinión sugieren que la mayoría define ahora la victoria como finalizar la guerra sin efectuar más concesiones y restablecer la «vida normal». Las esperanzas de expulsar a Rusia de los territorios que ha ocupado en gran medida se han desvanecido.
Sin embargo, tal y como están las cosas en estos momentos, todas las partes implicadas en el conflicto parecen ancladas en sus posiciones actuales y dispuestas a que la guerra continúe. A todas, al parecer, les resulta políticamente preferible su continuación antes que hacer las concesiones necesarias para poner fin a la misma. Quizá también, aunque solo sea de forma inconsciente, tanto Zelenski como Putin anticipan con profunda ansiedad los dilemas políticos, sociales y económicos a los que deberán enfrentarse tan pronto como termine la guerra, incluido el problema de volver a una economía en tiempos de paz. Putin también podría verse obligado a responder a preguntas sobre la espantosa incompetencia con la que su gobierno inició la guerra. Y tanto Ucrania como Rusia se enfrentarán al gran reto de cómo reintegrar en la vida civil a una multitud de soldados amargados y traumatizados.
En su reunión celebrada en Londres el pasado 7 de junio, el «E3» (Reino Unido, Francia y Alemania) y Ucrania establecieron las condiciones para un acuerdo de paz, que incluían un alto el fuego inmediato antes de que comiencen las negociaciones, el despliegue de «una fuerza multinacional para Ucrania» y el derecho de Ucrania a adherirse a la OTAN. Dado que el gobierno ruso ha declarado en repetidas ocasiones que estas exigencias están fuera de discusión, esto equivale a un veto colectivo a cualquier acuerdo de paz. Un ejemplo emblemático de este conformismo irreflexivo ha sido la inmediata declaración de lealtad a la línea actual por parte del nuevo primer ministro británico, Andy Burnham
En cuanto a los aliados occidentales de Ucrania, el gobierno de Trump está distraída por la guerra con Irán y, al parecer, se conforma con que Europa siga pagando las armas estadounidenses destinadas a Ucrania. Será todavía menos probable que surja cualquier nuevo planteamiento radical para poner fin a la guerra, si el Partido Demócrata obtiene el control del Congreso en las elecciones de mitad de mandato de noviembre, tanto porque la gran mayoría de los representantes demócratas del Congreso se han comprometido plenamente con la «victoria» ucraniana y se han opuesto a una paz de compromiso, como porque se mostrarán automáticamente hostiles a cualquier iniciativa del gobierno de Trump en ese sentido. Mientras tanto, los gobiernos europeos se han comprometido a lo que equivale a un apoyo incondicional a Ucrania y ello hasta tal punto que parece imposible que puedan aspirar seriamente a una paz de compromiso. En su reunión celebrada en Londres el pasado 7 de junio, el «E3» (Reino Unido, Francia y Alemania) y Ucrania establecieron las condiciones para un acuerdo de paz, que incluían un alto el fuego inmediato antes de que comiencen las negociaciones, el despliegue de «una fuerza multinacional para Ucrania» y el derecho de Ucrania a adherirse a la OTAN. Dado que el gobierno ruso ha declarado en repetidas ocasiones que estas exigencias están fuera de discusión, esto equivale a un veto colectivo a cualquier acuerdo de paz. Un ejemplo emblemático de este conformismo irreflexivo ha sido la inmediata declaración de lealtad a la línea actual por parte del nuevo primer ministro británico, Andy Burnham.
En el mejor de los casos, lo único que pueden esperar los líderes implicados en el conflicto es que la guerra acabe provocando un agotamiento mutuo, circunstancia que no daría lugar a una paz estable, sino a un tipo de alto el fuego precario y susceptible de ser violado repetidamente similar al que ha existido en Cachemira desde 1948 o en el este de Ucrania entre 2015 y 2022. Es difícil entender cómo cualquier persona sensata podría creer que tal resultado redundaría en beneficio de Europa o de Ucrania. Entre otras cosas, tal situación haría imposible la futura adhesión de Ucrania a la Unión Europea, la cual podría mostrarse inviable en todo caso, dadas las dificultades que su incorporación causaría a varios miembros clave de la misma. Polonia y otros Estados de Europa del Este tendrían que renunciar a las subvenciones que aún reciben de Bruselas y de Europa Occidental para que estas pudieran reasignarse al desarrollo de Ucrania, mientras que los agricultores de toda Europa (sobre todo en Francia) se enfrentarían a una reestructuración radical de la Política Agrícola Común, lo que llevaría a muchos de ellos a la ruina.
Todo ello deja abiertas dos posibilidades alternativas. La primera es si, en el próximo año o en los próximos años, una combinación de crisis económicas y agitaciones políticas abrumará tanto a Europa que resulte imposible mantener unos niveles adecuados de apoyo a Ucrania. Un momento clave será si Rassemblement National gana las elecciones presidenciales francesas la próxima primavera. Aunque Jordan Bardella ha tratado de ajustarse a las posiciones de la OTAN y de la UE sobre Ucrania, es bien sabido que Marine Le Pen se considera en realidad la heredera de la postura de De Gaulle sobre la seguridad común europea, incluida Rusia. También es cierto que, aunque no sienten ninguna simpatía por Rusia, los seguidores de Bardella consideran que la migración, la delincuencia y la desintegración social son, con diferencia, las amenazas más importantes para Francia.
La segunda posibilidad es que la guerra se prolongue sin victorias importantes para ninguna de las partes, hasta que, finalmente, tras más años y más muertes, Rusia se haga con la última porción del Donbas, circunstancia que permitiría a Putin declarar victoria. Sin embargo, no sería prudente dar por hecho que la guerra continúe por estos derroteros sin una escalada radical. Hasta ahora, la relativa moderación tanto de Rusia como de la OTAN ha evitado un enfrentamiento directo, a pesar de los deseos de algunos partidarios de la línea dura activos en ambos bandos. Pero siempre existe la posibilidad de un accidente desastroso, como el ataque con misiles estadounidenses mal dirigido que destruyó una escuela primaria en Irán.
Los analistas rusos me han expresado su convicción de que, si un misil o un dron ucraniano, aunque fuera de forma accidental, impactara en una escuela de Moscú o San Petersburgo, Putin no tendría más remedio que intensificar la escalada contra los miembros europeos de la OTAN, quienes, según creen los rusos y con razón, han estado ayudando a Ucrania a seleccionar sus objetivos. Esta sería precisamente la oportunidad que esperan los partidarios de la línea dura rusa, ya que creen que solo aterrorizando a los europeos para que retiren su apoyo a Ucrania podrán aspirar a la victoria total con la que todavía sueñan. El gobierno ucraniano también ha estado trabajando con ahínco para provocar un enfrentamiento directo entre Rusia y la OTAN, alimentando a los medios de comunicación occidentales con «información» sobre las ambiciones agresivas y universales de Rusia.
Durante las últimas décadas de la Guerra Fría, a pesar de los temores occidentales ante la agresión soviética, el riesgo de una escalada que condujera a una catástrofe nuclear generó una firme voluntad de distensión entre las clases dirigentes occidentales. Tras el colapso de la Unión Soviética, quedó claro que la agresividad soviética se había exagerado enormemente en Occidente. Hoy en día, el riesgo de escalada es mucho mayor, pero esa lección no se ha aprendido y la voluntad de distensión parece haber desaparecido. Es necesario recuperarla, antes de que sea demasiado tarde.
Recomendamos leer Tony Wood, «La matriz de la guerra», NLR 133/134. Susan Watkins, «¿Una guerra evitable?», NLR 133/134, «Cinco guerras en una», NLR 137 y «Cambios de paradigma», NLR 128. Wolfgang Streeck, «La Unión Europea en guerra: dos años después», Diario Red. «El retorno del rey», «El belicismo suicida de las democracias autoritarias occidentales», «Los peligros de la lealtad inquebrantable a Estados Unidos» y «La Unión Europea, la OTAN y el próximo orden mundial», todos ellos publicados en El Salto. Robert Skidelsky, «Rusia y Ucrania cuatro años después», Diario Red.
Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista bimestral de política y teoría publicada en Madrid por Traficantes de Sueños.