El campo de batalla de la infosfera contra los regímenes de guerra

Entrevista a Raúl Sánchez Cedillo para el segundo número de la nueva revista militante italiana Teiko (“resistencia” en japonés)
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Desde el conflicto ruso-ucraniano hasta el genocidio en Palestina, en los últimos años ha quedado claro que la guerra no solo se libra con las armas convencionales y que los lugares afectados no son exclusivamente los frentes militares o las zonas bombardeadas. La infosfera, hoy más que nunca, es un campo de continuación y ampliación de la escalada militar. ¿Cómo interpretas la centralidad de este campo de batalla? ¿Qué elementos nuevos surgen con respecto al pasado?

En primer lugar, me gustaría distinguir entre información, entendida como el conjunto de redes digitales y sus transmisiones, y comunicación. Esta distinción es hoy más necesaria que nunca, porque no existe guerra, maniobra o capacidad de organizar un conflicto sin la dimensión digital. Por un lado, se refiere a lo que los militares denominan interoperabilidad de los sistemas y las diferentes máquinas de guerra, los planes y las dimensiones operativas; por otro, se refiere a la dimensión narrativa de lo que ocurre en el campo de batalla, que ha cobrado una importancia absolutamente central. En la Segunda Guerra Mundial, e incluso en Vietnam, la dimensión narrativa aún no tenía un papel tan decisivo en las operaciones militares, aunque los vietnamitas la consideraron, acertadamente, un elemento estratégico. Pensemos en la ofensiva del Têt: un desastre militar en términos de pérdidas y resultados, pero al mismo tiempo un éxito estratégico porque demostró que esa guerra no se podía ganar y reveló una capacidad de resistencia que superaba la voluntad de confinar el conflicto. La propaganda en la Segunda Guerra Mundial, en particular la nazi, fue importante, pero en cierto sentido permaneció separada de otras dimensiones del conflicto: la capacidad de poder de mando total establecida en los años treinta en algunos regímenes —con el monopolio de los medios de comunicación— fue suficiente para llevar a esos países al desastre. Hoy, en cambio, la dimensión informativa es fundamental precisamente porque está integrada en la red y en las infraestructuras digitales globales.

Podemos decir, por lo tanto, que ya vivimos en un régimen de guerra permanente: una guerra global e infinita. Existen puntos de condensación y devastación extrema, como Palestina y Ucrania, pero la posibilidad de conflicto está en todas partes

Pensemos en la guerra en Ucrania: los ucranianos han utilizado durante mucho tiempo Starlink para coordinar ataques con drones, recibir señales de posicionamiento de los rusos y garantizar la interoperabilidad y la cartografía del territorio. Se trata de un aspecto crucial. El papel de los drones marca una ruptura con guerras anteriores: la clásica batalla de infantería contra infantería (como la de Verdún) es hoy prácticamente imposible, a pesar de las vastas llanuras ucranianas, precisamente debido al ojo omnipresente del dron. Con los drones, la forma misma de la guerra ha cambiado. Esta dimensión técnico-militar es decisiva, pero su ambivalencia no es nueva. En el caso de los drones, sin embargo, es evidente: pueden utilizarse tanto para intensificar la guerra como de forma subversiva, para sabotear la maquinaria bélica, contrarrestar otros drones o generar caos en la infosfera con el fin de obstaculizar los conflictos. Y desde esta perspectiva surge con fuerza la dimensión biopolítica: la coextensividad entre la vida y la guerra. Por ejemplo, el hecho de que la guerra en Ucrania no se haya convertido en algo plenamente coextensivo con la vida cotidiana depende de factores políticos de la gestión del conflicto, no solo de la maquinaria abstracta de la guerra; por el contrario, en la Franja de Gaza la guerra es la verdadera dimensión de la vida. En Palestina, los elementos militares están subordinados a una operación colonial que asume características genocidas, pero sigue siendo una guerra, marcada por una enorme asimetría de fuerzas. En la Franja de Gaza hemos visto cómo todo el territorio ha sido parcialmente reconstruido desde cero en forma de máquina de guerra: pensemos en los túneles subterráneos, el llamado «metro de Gaza», que durante años —tras los acuerdos de Oslo y, sobre todo, el bloqueo iniciado en 2006— ha garantizado la supervivencia y la comunicación. Por otra parte, el uso de tecnologías como buscas o beepers por parte de los militantes y cuadros de Hamás ha sido aprovechado para localizarlos e introducir  artefactos explosivos a distancia, lo que demuestra cómo incluso instrumentos aparentemente sencillos pueden tener un impacto decisivo en el ámbito militar y digital. En la forma que Clausewitz, si imaginamos que hubiera leído Mil Mesetas de Deleuze y Guattari, habría denominado el diagrama de la máquina abstracta de la guerra, el conflicto se vuelve coextensivo a la vida misma: la vida social, la vida conectada, la vida en red. Hoy en día, esto puede ocurrir en cualquier lugar: en un pueblo del Sáhara Occidental o en el corazón de una metrópolis. La red de satélites —estadounidenses, chinos o de otros países— convierte a cada individuo en un potencial soldado y, por lo tanto, en un objetivo militar potencial; al mismo tiempo, cada uno puede convertirse en un agente operativo, capaz de localizar, triangular o actuar como repetidor en operaciones de geolocalización. Todo ello confirma intuiciones ya presentes en muchas reflexiones filosóficas sobre la dimensión planetaria de la guerra: una guerra que involucra el tiempo y el espacio en su totalidad, acompañada de una resistencia biopolítica en la que las personas transforman el espacio y el tiempo en instrumentos de supervivencia y oposición. Pensemos en la película La huelga, de Sergei Eisenstein, o en las galerías excavadas por los vietnamitas para escapar del «agente naranja»: son ejemplos históricos de cómo la población construye dispositivos de supervivencia contra tecnologías devastadoras. En este sentido, lo que vemos hoy en Ucrania y Gaza es la materialización de una tendencia histórica que se remonta a la invención del ordenador —o más bien, a los proyectos militares que dieron origen a la propia red, como ARPANET, encargada por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos a la RAND Corporation. Esto muestra la intercambiabilidad intrínseca de las máquinas de guerra: no solo su uso por parte de opresores u oprimidos, sino también su función como máquinas sociales productoras de valor y organización. Las máquinas de Turing, como abstracciones técnicas, y la red, como malla de conexiones, se manifiestan hoy en día en su doble naturaleza: instrumentos de guerra y de sociedad.

Podemos decir, por lo tanto, que ya vivimos en un régimen de guerra permanente: una guerra global e infinita. Existen puntos de condensación y devastación extrema, como Palestina y Ucrania, pero la posibilidad de conflicto está en todas partes. Es una cuestión de decisión política y de relaciones de poder: la capacidad de convertir el planeta en un campo de batalla potencial. Aún no se ha desarrollado plenamente la capacidad de destruir infraestructuras civiles mediante ciberataques a gran escala, pero si la situación no cambia, es solo cuestión de tiempo que se vean afectados los backbones de Internet o las redes eléctricas. La conmoción que esto provocaría sería enorme, y no se puede descartar la posibilidad de ataques contra satélites, con consecuencias catastróficas. Los astrofísicos señalan los riesgos relacionados con la proliferación de satélites: los fragmentos orbitales, que se mueven a velocidades muy elevadas, podrían provocar colisiones en cadena. Sin embargo, la tentación de destruirlos no deja de ser algo concreto: sería más barato y menos letal que lanzar misiles. En cierto sentido, nos encontramos en el campo de pruebas total de esta nueva dimensión.

Desde el punto de vista comunicativo, como recordabas, es importante distinguir entre comunicación e información. Históricamente, la propaganda siempre ha tenido un papel decisivo en la guerra, tanto para consolidar el consenso interno como para crear la figura del enemigo. Hoy en día, el tema de las noticias falsas está en el centro de la posibilidad misma de reproducir el caos bélico: ¿qué piensas al respecto?

Un ejemplo reciente es el de la denominada Global Sumud Flotilla, en la que el gobierno tunecino intentó hacer pasar un ataque incendiario por un accidente. Episodios como este muestran cómo opera la desinformación en la infosfera. Pero hoy en día, la principal diferencia con respecto al pasado es que la propaganda se ha convertido en una «infostimulación» total: un flujo continuo de alarmas, amenazas, mentiras y miedos. La red permite movilizar verdaderos ejércitos de «infointoxicadores» —lo que alguien ha llamado irónicamente la NAFO (“North Atlantic Fellas Organization”, una división apenas velada de la guerra cognitiva de la OTAN)— compuestos por voluntarios y no solo, que difunden mensajes, vídeos y contenidos falsos para apoyar posiciones políticas o militares. En los primeros meses de la guerra en Ucrania, por ejemplo, se difundió la narrativa del inminente colapso de Rusia.  No es un fenómeno nuevo, pero hoy en día su intensidad y multilateralidad son incomparables: todas las redes —televisión, redes sociales, X, Instagram, Discord, Telegram, WhatsApp, radio— resuenan en el mismo plano propagandístico. Esta situación produce una subjetividad bélica: una forma de implicación profunda en el régimen de guerra, construida a partir de una hiperestimulación constante que no deja tiempo para reflexionar. Solo quienes están organizados y preparados pueden contraatacar eficazmente en este plano. Para las sociedades capitalistas individualizadas y escasamente organizadas en planes alternativos, todo esto es devastador: confirma la eficacia de la movilización total implícita en las guerras contemporáneas. Sin embargo, sigue siendo una cuestión de relaciones de fuerza y de reapropiación antagonista de las tecnologías. Tras la Segunda Guerra del Golfo y el ciclo de luchas de 2011, hemos visto usos alternativos y antagónicos de las redes: prácticas de contrainformación y organización autónoma. Pero las plataformas se han vuelto cada vez más vulnerables al control y a la colonización política y económica. La toma del poder total de las plataformas es un factor crucial: la propaganda de las nuevas derechas fascistas no sería tan omnipresente sin su consentimiento estructural. Esta relación de subordinación —que en ocasiones se ha manifestado de forma ostensible, como en la sumisión de las plataformas a la lógica del poder durante acontecimientos políticos clave— ha permitido a estas empresas consolidar su poder económico y político, eludiendo en ocasiones responsabilidades fiscales y normativas. Hoy en día, las plataformas forman parte integrante de la nueva industria bélica.

Surge la necesidad de replantearse radicalmente la resistencia: reensamblar el hardware y el software de la vida colectiva. Reapropiarse de los medios digitales, sabotear su función militar y construir espacios autónomos de comunicación se convierten en condiciones imprescindibles para una práctica antagonista

Podemos decir que se ha creado un complejo militar-industrial ontológico, que incluye plataformas digitales, redes sociales y drones. La logística integra robots y drones en los procesos de entrega y distribución: no es un hecho coyuntural, sino estructural. Esto muestra la profundidad de la subsunción de la guerra en el capital: la producción, la logística y la circulación se traducen inmediatamente en infraestructuras militares. Los grandes centros de distribución, las cadenas robotizadas de empresas como Amazon y las redes de comunicación global pueden reconvertirse en dispositivos de mando y ataque. En consecuencia, cada elemento del aparato productivo contemporáneo participa, directa o indirectamente, en la construcción de una economía de guerra. De ahí surge la necesidad de replantearse radicalmente la resistencia: reensamblar el hardware y el software de la vida colectiva. Reapropiarse de los medios digitales, sabotear su función militar y construir espacios autónomos de comunicación se convierten en condiciones imprescindibles para una práctica antagonista. Sería ingenuo, con una fe liberal-democrática, pensar que la red sigue siendo un terreno viable para la oposición sin intervención técnica y política. En un contexto de guerra permanente, la capacidad de sabotear, defenderse y no ser neutralizado será decisiva. No se puede ser políticamente eficaz con un teléfono en el bolsillo, constantemente rastreado y vulnerable. Es necesario protegerse y generalizar una nueva forma de derechos civiles adecuada a la era digital y militar en la que vivimos: la validez de un derecho depende ahora del grado de garantía efectiva que lo respalda. Los hackers de los años setenta y ochenta intuyeron la importancia de saber mantenerse off the grid: saber construir «jaulas de Faraday», aislarse de cualquier interacción electromagnética. Este conocimiento, elemental pero fundamental, debería formar parte de la conciencia democrática. Es una práctica que requiere autoformación, competencia técnica y acción colectiva: al igual que antes se construían barricadas materiales, hoy hay que saber levantar barricadas electromagnéticas. A un nivel más amplio, se trata de recuperar la capacidad de crear nuestro propio Internet: redes autónomas basadas en protocolos libres, ondas cifradas, infraestructuras independientes, capaces de conectar a las personas sin pasar por los centros de mando de las grandes plataformas. No se trata de militantismo abstracto: es una condición practicable y necesaria para garantizar la alternativa política y la libertad de acción. También hay que reconocer que estos problemas no son solo europeos: en China, por ejemplo, los altísimos niveles de control social —sistemas de crédito social y plataformas como WeChat— limitan en gran medida la autonomía de los colectivos y los movimientos.  También en Estados Unidos, donde el régimen de guerra y los movimientos neofascistas suelen atacar a las personas migrantes, la reflexión es crucial. La migración es hoy una de las formas más radicales de movimiento social y, por ello, objeto de ataques en la propaganda y en las operaciones materiales. Ya existe una ciencia antagonista de la migración —basada en el intercambio de información, el cifrado y las redes de apoyo—, pero la vulnerabilidad sigue siendo extrema.

En los años noventa y dos mil, algunas libertades (movimiento, comunicación abierta, acceso a la red) parecían casi un hecho natural: basta recordar la gran reunión europea de Ámsterdam de 1997 y las movilizaciones posteriores (movimientos de los chômeurs, Tute Bianche, Génova 2001). Hoy en día, ese horizonte ya no es viable tal y como era: sería suicida defender pasivamente estas libertades sin construir un programa antagonista que implique la propiedad, el capital y los bienes comunes, incluida la comunicación.

La cuarta ola feminista es un fenómeno de solidaridad creciente, que está cobrando fuerza y no se agotará rápidamente. En Estados Unidos, por ejemplo, el impulso es profundo; en Europa hay contextos más débiles, pero el impulso desde abajo es real y significativo

Debemos asumir que la libertad de comunicarnos y movernos es una condición contingente, frágil y reversible. Sin embargo, ya existen experiencias en curso que apuntan en nuevas direcciones: proyectos como Arduino, hardware de bajo coste y código abierto, muestran la posibilidad de construir dispositivos libres y autónomos nacidos de necesidades locales con potencial global. Estas prácticas, desarrolladas en contextos con infraestructuras débiles (incluso en algunos países africanos), deberían formar parte de una estrategia política compartida: construir organización y fuerza colectiva en torno a la tecnología libre. Una consecuencia peligrosa de la captura de las redes por parte de las plataformas es la casi desaparición de los hackers antagonistas. Hoy en día, el término «hacker» se asocia a menudo con sujetos vinculados a potencias estatales (rusas, chinas, occidentales) o a grupos de extrema derecha que practican el doxing, la manipulación y las acciones de odio. Muchos son sujetos aislados y fascistizados, incapaces de construir comunidades políticas: esto es, en el fondo, una derrota política, como resultado de la represión y como señal del debilitamiento de la capacidad colectiva para producir subjetividades antagonistas.

Mencionabas la Primera Guerra del Golfo, también conocida como la «primera guerra retransmitida en directo por televisión». Treinta y cinco años después, la inmediatez comunicativa es enorme, pero a menudo parece que la sobreabundancia de testimonios directos produce efectos modestos en términos de movilización social. ¿Cabe suponer una especie de «anestesia» ante las imágenes de la guerra?

No se trata solo de adicción: la cuestión es más compleja y requiere una investigación sobre los comportamientos y las formas de recepción. Las guerras del Golfo fueron, en cierto sentido, las primeras guerras virtuales: retransmitidas en directo, pero construidas a través de simulaciones y manipulaciones. Baudrillard lo expresó con dureza en La guerra del Golfo no ha tenido lugar: lo que se veía en la televisión era a menudo representación, imágenes de archivo y simulaciones. Fue el comienzo del periodismo integrado, con corresponsales cada vez más incorporados a las narrativas del régimen. Cuando periodistas independientes como José Couso intentaron ofrecer una versión alternativa, lo pagaron con la vida: Couso fue asesinado mientras filmaba desde el hotel Palestina en Bagdad. Con Internet y las redes sociales, la dinámica ha cambiado profundamente, en muchos aspectos para mejor. Contrariamente a la idea de que el exceso de información solo produce anestesia, el caso de Palestina demuestra que la infosfera global, aunque saturada de imágenes, todavía puede generar conciencia, solidaridad y movilización. Las imágenes pueden despertar la conciencia global. Sin embargo, la competencia por la atención, la fragmentación y la censura algorítmica complican el panorama.

El problema consiste en que la infraestructura comunicativa que en el pasado permitía la conexión y la organización hoy está integrada en los dispositivos de poder: el control, la vigilancia y la desinformación son herramientas del sistema. Para reactivar los movimientos globales contra la guerra, es necesario recuperar la autonomía tecnológica, los espacios comunicativos independientes y los lenguajes compartidos que no transitan exclusivamente por las plataformas. El reto no es solo informar, sino recuperar las condiciones materiales de la comunicación: ahí es donde se juega la posibilidad de construir una nueva internacionalidad y una solidaridad real.

Si, como hemos dicho, la comunicación digital alimenta hoy en día la escalada bélica, ¿podemos apostar que su “contrauso” podría tener la capacidad de consolidarse como una práctica eficaz para combatirla desde dentro? ¿Para fomentar geografías de liberación?

Por supuesto que sí. Creo que la cuarta ola feminista y el movimiento de solidaridad con Palestina, que se extiende desde Asia hasta América, desde el norte hasta el sur, ya están demostrando esta posibilidad. El problema no es la falta de solidaridad: la cuarta ola feminista es un fenómeno de solidaridad creciente, que está cobrando fuerza y no se agotará rápidamente. En Estados Unidos, por ejemplo, el impulso es profundo; en Europa hay contextos más débiles, pero el impulso desde abajo es real y significativo. Un elemento decisivo es la pérdida del chantaje moral que el sionismo ha representado durante mucho tiempo sobre la izquierda anticolonial: esa forma de autoridad está en crisis, sobre todo entre las jóvenes generaciones judías de la diáspora, y esto tiene una importancia estratégica. Interpretado en sentido amplio, este cambio puede constituir una victoria estratégica a largo plazo para las fuerzas de la solidaridad. Para Europa, todo esto tiene implicaciones prácticas: debemos superar la idea de la distancia entre los pueblos. China no es un lugar desconocido, al igual que tampoco lo son las comunidades migrantes en nuestras ciudades. El movimiento migratorio global ya ha creado infraestructuras materiales —redes financieras, de apoyo y de comunicación— que pueden politizarse y transformarse. Lo que a menudo falta es un signo antagonista: la integración militante de estas infraestructuras en proyectos políticos más amplios, anticolonialistas y transfeministas. Para ello se necesitan espacios colectivos organizados: centros sociales, colectivos de comunicación, sindicatos capaces de representar las nuevas composiciones de clase. Pensemos en la logística: es un sector global y racionalizado; si se construyeran marcos sindicales adecuados, muchas condiciones de impotencia podrían disolverse. El obstáculo no es el límite natural de las posibilidades, sino la falta de organización que haga efectivas las potencialidades de intervención.

No se trata de adoptar posturas puristas ni de abandonar Facebook u otras redes sociales de forma idealista para reconstruir todo desde cero. Es estratégico estar dentro y contra: utilizar las plataformas cuando sea útil y, al mismo tiempo, construir y mantener infraestructuras autónomas que hagan posible la acción política real

La cuestión es, por tanto, cómo vincular un uso antagonista de la comunicación y las máquinas infocomunicativas a los procesos de transformación política: traducir las prácticas de solidaridad en fuerzas organizadas operativas dentro y fuera de Europa, contra el genocidio, el poder de las plataformas y los circuitos financieros que lo sostienen. Internet ofrece herramientas que ya pueden utilizarse para un uso contrario: tecnologías peer-to-peer (BitTorrent), redes distribuidas, sistemas de pago alternativos; las arquitecturas descentralizadas (blockchain y más allá) pueden emplearse para construir ramificaciones políticas y comunicativas que no estén sujetas a los centros de mando. Las fuerzas del cálculo y la distribución de datos son recursos estratégicos: el uso político de las tecnologías es fundamental. Debemos adoptar una estrategia doble: por un lado, conservar y explotar los espacios públicos y visibles; por otro, construir formas de clandestinidad infraestructural, no como un rechazo total, sino como una autonomía material que garantice la continuidad operativa cuando la superficie se vea comprometida. En definitiva, una doble vía que permita una ósmosis efectiva y de masas entre las dos dimensiones. La clandestinidad ontológica significa tener infraestructuras propias, nodos independientes y capacidad para actuar fuera de los grandes circuitos comerciales y militares.

No se trata de adoptar posturas puristas ni de abandonar Facebook u otras redes sociales de forma idealista para reconstruir todo desde cero. Es estratégico estar dentro y contra: utilizar las plataformas cuando sea útil y, al mismo tiempo, construir y mantener infraestructuras autónomas que hagan posible la acción política real, incluida la capacidad de poner en dificultades al régimen de guerra cuando sea necesario. Esta doble estrategia es, en mi opinión, la única salida política plausible; sin ella, se corre el riesgo de ser aplastado por la lógica de la guerra tecnológica y la captura de las redes.