“La transformación de la antigua RDA no fue un destino inevitable”. Entrevista con Detlev Brunner

A raíz de los recientes éxitos electorales de la formación ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) en distintas elecciones regionales y de su primer puesto en la mayoría de los sondeos electorales, es preciso preguntarse por los motivos profundos de ese comportamiento electoral, que incluye a muchas personas y familias pertenecientes a las clases populares. La violencia sistémica de la privatización neoliberal y la supresión de alternativas políticas socialistas que tuvo lugar entre la caída del Muro y la disolución de la RDA en noviembre y la Reunificación en octubre de 1990 tienen mucho que ver con ello. Por tal motivo queremos publicar la siguiente entrevista con el sociólogo Detlev Brunner publicada en la edición alemana de la revista Jacobin
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Manifestación del Neues Forum en 1989. Foto de Volker Jennerjahn.

Para explicar la fuerza de AfD en el Este, se ha impuesto la narrativa de los perdedores de lo que se conoce como Die Wende [el cambio]. El historiador Detlev Brunner explica en una entrevista por qué no podemos recordar a los alemanes orientales como una masa pasiva de víctimas y cómo la transformación de 1989 ha marcado realmente la mentalidad de los alemanes orientales.

Aunque el ascenso de la derecha radical se puede observar en toda Europa, este se presenta particularmente acentuado en el este de la República Federal. Esta evolución se asocia a menudo con los años de cambios radicales en la economía y la sociedad posteriores a 1989/90. La política de privatización de la agencia Treuhandanstalt fue un error, que hizo que las y los alemanes orientales quedaran reducidos a ciudadanos de segunda clase.

¿Habría sido posible una evolución distinta en los nuevos estados federados si el “cambio” se hubiera organizado de otra manera? El historiador de Leipzig, Detlev Brunner, comparte en parte esta crítica, pero sostiene que los alemanes orientales no deben ser vistos como víctimas pasivas, sino como sujetos activos de un desarrollo complejo. Jacobin conversó con él sobre la historia de los sindicatos en la RDA, los movimientos de protesta en la transformación de Alemania del Este y las posibles lecciones para el presente.

Queremos hablar sobre la dinámica de la revolución y la transformación en las empresas y sindicatos de Alemania del Este después de 1989. Esto presupone una idea del mundo del trabajo en la RDA. Una parte importante de la infraestructura social se organizó en torno a las empresas. La empresa era al mismo tiempo el entorno de trabajo y de vida de una gran parte de la población de Alemania del Este y un lugar importante de ejercicio del dominio por parte del SED [Partido Socialista Unificado]. ¿Qué conflictos había en las empresas de la RDA y cómo se trataban? ¿Qué papel jugaron los sindicatos en ello?

La Federación Alemana de Sindicatos Libres (FDGB) y sus sindicatos, a diferencia de sus equivalentes en los Estados capitalistas occidentales como la República Federal, no eran grupos de interés libres. Sin embargo, hubo conflictos de intereses y procesos de negociación en las empresas. En el ámbito de la empresa, se negociaron muchas cosas entre la dirección del sindicato de empresa (BGL) y la dirección de la empresa. Por ejemplo, que los planes se hicieran más “suaves” para aliviar la presión para aumentar el rendimiento.

Los incentivos otorgados a los empleados también jugaron un papel importante. Esto significa que a este nivel la BGL y también los delegados sindicales desempeñaron un papel que, dentro de ciertos límites, correspondía a una forma de representación sindical en las condiciones del socialismo de Estado. Es importante señalar ambas cosas: hubo conflictos de intereses en el autoproclamado "estado de trabajadores y agricultores". Al mismo tiempo, se llevaron a cabo procesos de negociación que contradecían la idea de que todo en la RDA estaba completamente organizado y jerarquizado de arriba a abajo.

¿Qué formas adoptaron estos procesos de negociación más allá de las negociaciones? Existía la llamada “petición”, una especie de solicitud informal que los trabajadores utilizaban para llamar la atención de sus superiores sobre sus quejas en el tono más amable posible. ¿Pero qué sucedía cuando se trataba de huelgas, por ejemplo?

Las huelgas tal como las conocemos hoy no existían en la RDA. Pero sí que había paros laborales ocasionales o la mera negativa a aplicar las directrices, sobre todo en los años posteriores a la construcción del Muro. En aquel entonces, la idea de la dirección del Estado era desde luego que había que rendir más, pero sin aumentos salariales. Por ejemplo, una confederación sindical que ocupaba un lugar central para la economía de la RDA, el IG Bergbau und Energie, afirmó al respecto: no vamos a aceptar esas medidas. De resultas de ello, [Walter] Ulbricht tuvo que conformarse y retirar parcialmente los planes. Ejemplos como este muestran que la imagen de unos sindicatos completamente impotentes en la RDA no es del todo exacta.

Sin embargo, su ámbito de eficacia era muy limitado.  Apenas eran posibles experiencias de autoempoderamiento colectivo entre los empleados; la protesta fue más bien individual. 

Hay que adoptar una mirada atenta. Las negociaciones tenían elementos completamente colectivos. Al mismo tiempo, su objetivo era mantener la paz en la empresa y no provocar acciones de mayor envergadura. En este sentido, es cierto que las formas de protesta colectiva eran sumamente raras. Desde el levantamiento de 1953, prácticamente no vemos acciones masivas de las y los trabajadores en la RDA. Lo que resulta aún más interesante es la rapidez con la que los empleados y los sindicatos de la RDA se adaptaron a las nuevas condiciones de 1989, cuando justamente las peticiones individuales dejaron de usarse como forma de protesta, reemplazadas en el repertorio por huelgas, ocupaciones y otras formas de acción. Parece como si hubiera algo así como un ADN de la masa obrera del cual se hubieran recuperado ese tipo de acciones.

Sin embargo, en el otoño de 1989 no vemos a las y los trabajadores en primera línea. Antes bien, la revolución aparece asociada al trabajo de los intelectuales. Los principales encuentros de la oposición tuvieron lugar en las iglesias. Por eso se habla a veces de una "revolución de después de salir del trabajo". No obstante, Renate Hürtgen y Bernd Gehrke, ambos activos en grupos de oposición en aquel entonces, han sostenido que la revolución vino sin duda acompañada de un despertar en las empresas. ¿Cuál es tu consideración sobre la evolución en el ámbito de las empresas en 1989/90? ¿Y qué significado tuvieron por su parte los procesos dentro de las empresas en la revolución?

Es cierto que, a diferencia de 1953, el impulso para la revolución democrática de 1989 no provino de las empresas. No obstante, los resultados y las tesis expuestas por Renate Hürtgen y Bernd Gehrke han quedado más que confirmadas por las investigaciones actuales: No es cierto que 1989 fuera solo —por simplificar— una revolución de las y los teólogos, por más que la Iglesia desempeñara seguramente en ella un papel central. Y tampoco es cierto que las personas que trabajan en las empresas se limitaran a ser espectadoras o a acudir a alguna manifestación.

Tiempo atrás realizamos una serie de entrevistas con personas que participaron activamente en los sindicatos durante la revolución. De ellas se desprende claramente hasta qué punto estuvieron vinculados los procesos en las empresas y las protestas de calle. En las empresas las y los compañeros de trabajo quedaban para ir a manifestaciones y discutían los últimos folletos durante la pausa del almuerzo, a sabiendas de las advertencias de la dirección de la empresa: no se manifiesten, está prohibido y es peligroso. Mi colega Jakob Warnecke ha investigado no hace mucho en el caso de la acería de Hennigsdorf y de su trabajo se desprende hasta qué punto estuvieron estrechamente vinculados el despertar obrero en la fábrica y el movimiento ciudadano en la ciudad. En algunos casos se da incluso una coincidencia de personas en uno y otro plano. Una compañera con la que hablamos era miembro del sindicato BGL y al mismo tiempo participaba activamente en el Neues Forum, la plataforma de oposición más amplia. Por más que estos afirmaran siempre que no sabían nada de los sindicatos. Y no les faltaba razón. Sin embargo, muestra que no debemos pensar ambos procesos como separados entre sí.

Así, pues, no fue una revolución sin trabajadores y trabajadoras. Al contrario: las personas de referencia con las que hablamos recuerdan incluso hoy con mucho orgullo el período comprendido entre el otoño de 1989 y la primavera de 1990. Un ex liberado del sindicato IG Bau-Holz afirmó: “Nosotros, los sindicatos, fuimos realmente una fuerza en la empresa durante estos meses. ¡Nada podía funcionar sin nosotros!”. Esta ventana de oportunidad de un poder sindical no tuvo mucha continuidad, pero da cuenta del papel que desempeñaron las empresas durante y después de la revolución.

Si hubo ese despertar en las empresas y, en muchos lugares, procesos colectivos de autoempoderamiento y autodemocratización, ¿cómo te explicas entonces que las primeras elecciones libres en la RDA en marzo de 1990 se tradujeran en una victoria abrumadora para los conservadores y en una derrota aplastante para el Neues Forum y otros grupos de oposición? ¿Fue el despertar en las empresas un despertar conservador?

En efecto, se trata de un tema complejo porque desde luego uno se pregunta: ¿Cómo es posible que precisamente la conservadora Alianz für Deutschland cosechara tanto éxito? Como quiera que sea, la Alianza no tuvo mucho que ver con la revolución democrática, a excepción de Demokratischer Aufbruch, que solo obtuvo el 0,9 por cien de los votos. Aquí hay dos puntos que me parecen importantes: en primer lugar, no podemos olvidar que todo el desarrollo revolucionario, tanto en las calles como en las empresas, fue cosa de una minoría de la población. La oposición contó con una afluencia realmente considerable, pero no eran una mayoría. Ahora bien, esto no es nada particularmente distinto de otras revoluciones. La mayoría se limitó a un papel de espectadores, pendientes de ver cómo se resolvía todo.

En segundo lugar, las y los compañeros que advirtieron de los peligros de un proceso de reunificación demasiado rápido durante la campaña electoral no fueron muy apreciados. Hasta el SPD, que venía con grandes expectativas, terminó con un decepcionante 21,9 por cien en aquel momento. En el trasfondo de esto estaba la aspiración de muchos de participar rápidamente en el nivel de consumo de la República Federal. Esto es algo que no habría que apresurarse en condenar, sino que deberíamos verlo como una especie de reivindicación social.

[Helmut] Kohl continuó con el tema durante la campaña electoral y prometió la unión monetaria. Rápidamente se hizo saber que el tipo de cambio de ambas monedas sería de 1:1, algo que hasta el PDS anunció en sus carteles. La rápida unificación y la rápida llegada de los Deutschemark de la República federal convencieron a muchos. No pesó el hecho de que no solo las y los economistas de los sindicatos, sino también el Consejo del Banco Central y los “expertos” en economía alzaran la voz contra un tipo de cambio de 1:1. El gobierno federal no quiso prestar atención a esas dudas. El argumento fue que si la conversión no se llevaba a cabo rápidamente, era de temer que estallara el malestar social.

La unión monetaria llevó a la quiebra a muchas empresas de la RDA. Con la victoria electoral de la Allianz für Deutschland en marzo de 1990, ¿se cerró la ventana oportunidad de la que hablabas?

Sí, la decisión fue que las cosas tenían que ser como en la República Federal. Sin embargo, en los círculos de la oposición la decepción fue mayúscula y en mi caso, como partícipe de los acontecimientos, he de decir que en aquel momento no me esperaba semejante resultado.

Imagino que tampoco se lo esperaban los sindicatos de Alemania Occidental. Al igual que toda la izquierda política, se vieron sorprendidos por la revolución. El entonces presidente de la confederación sindical DGB, Heinz-Werner Meyer, dijo que los sindicatos se habían visto “superados por el futuro”. Has investigado qué conceptos y estrategias desarrollaron posteriormente los sindicatos. ¿A qué resultados condujo esa investigación?

Desde los años 1980 empezó en los sindicatos un debate sobre reformas fundamentales. Hay que tener esto presente al estudiar la reacción de los sindicatos occidentales. Las nuevas tecnologías en el mundo del trabajo, la reestructuración socioecológica, una era aparentemente postindustrial: los temas que aún hoy seguimos discutiendo ya eran de plena actualidad en aquel entonces. Pero con el hundimiento de la RDA y el proceso de unificación, todos estos debates quedaron silenciados porque había otras cuestiones sobre la mesa. Los sindicatos del Este tampoco estaban preparados para la revolución y sus consecuencias. Como decía antes, hubo numerosas iniciativas de base. Pero la FDGB no sabía qué hacer y rápidamente se convirtió en un coloso con pies de barro.

Algunos han llegado a la conclusión de que los sindicatos no desempeñaron un papel importante en el proceso de unificación y se limitaron a correr detrás de los acontecimientos. Eso no es cierto. En primer lugar, los sindicatos formularon reivindicaciones de sostén financiero a la RDA en sus últimos meses. Algo más tarde desarrollaron toda una serie de propuestas destinadas a hacer que el proceso de transformación fuera lo más social posible. Las propuestas no trataban de cambiar estructuras políticas fundamentales, sino realmente de tener un peso sobre las orientaciones de, por ejemplo, la política energética. Lo que tenían en común aquellas ideas fue precisamente que apenas tuvieron resonancia bajo tales relaciones de fuerza políticas.

Esto cambió en 1991, cuando el gobierno federal se dio cuenta de que la transformación no tendría éxito sin la intervención del gobierno. Creó la “Gesellschaft Aufschwung Ost” [Compañía de reactivación del Este] y esto comprendía en parte oportunidades de participación de los sindicatos en el ámbito regional que así lo hubieran solicitado. Así que ese fue un primer pequeño éxito. Otra medida cuya aplicación afirman haber conseguido los sindicatos fue el llamado “Pacto de Solidaridad”, que garantizaba a los estados federados de Alemania del Este recursos financieros adicionales.

Hubo una idea interesante, que puso fundamentalmente en tela de juicio toda la política de privatización de los años siguientes y quiso organizarla de otra manera, hoy ha caído completamente en el olvido: la idea de crear un holding industrial del sindicato IG Metall. La idea consistía en reunir bajo un mismo techo financiado por el Estado a todas las empresas incluidas en la Treuhandanstalt susceptibles de saneamiento. Posteriormente, tras un proceso de tres a cinco años, se comprobaría el estado de su saneamiento para poder decidir sobre el futuro de la empresa. Como fusión de varias sociedades anónimas, el holding habría estado sujeto a la Ley de Cogestión de 1976, de tal suerte que se habría garantizado la cogestión sindical. Ésta es la diferencia central respecto a la arquitectura de la Treuhandanstalt. En esta había un cierto remedo de participación sindical. Sin embargo, no se puede hablar de cogestión en sentido estricto.

¿Se discutió también la idea de un holding industrial más allá de la junta del sector del metal?

La propuesta tuvo buena acogida tanto por parte del sindicato IG Chemie como de IG Bergbau und Energie y fue considerada por no pocos como un camino posible, no solo para los astilleros o las fábricas de automóviles de IG Metall, sino también para la gran industria química alrededor de Leuna o la industria minera en Lusacia. Hasta Kurt Biedenkopf, primer ministro de la CDU en Sajonia, se mostró abierto a la propuesta. Así que el holding industrial ya era una alternativa realista a la práctica de la Treuhandanstalt y, en cuanto tal, fue objeto de bastante discusión durante algún tiempo. Podría haber aportado perfectamente una solución y una democratización de los procesos, sobre todo en aquellos lugares en los que se habían atascado, donde las empresas fueron troceadas y finalmente abandonadas. 

En cambio, la Treuhandanstalt se convirtió en una autoridad sobre la cual los sindicatos y los empleados podían ejercer a lo sumo una influencia limitada. Además, fue puesta en marcha por un gobierno que había cosechado una rotunda victoria electoral¿Fue la Treuhandanstalt parte de una “democratización frustrada”, que es como Steffen Mau ha calificado recientemente la transición de la Revolución a la Reunificación?

La Treuhandanstalt en su forma final fue creada en junio de 1990 sobre la base de una ley acordada democráticamente que también contemplaba oportunidades de cogestión. En la práctica, sin embargo, ya desde el principio se produjo un desequilibrio central: la parte de los trabajadores no estaba incluida en los consejos de la administración fiduciaria. Por el contrario, los directivos y los representantes gubernamentales debían tomar el mando. Se trataba de una decisión deliberada contra la cogestión y la influencia sindical, como argumentó el entonces director de la administración fiduciaria, Detlev Rohwedder, en comparecencia en la Volkskammer [parlamento de la RDA] en 1990.

Ya esa decisión resulta algo arbitraria. La primera Volkskammer democráticamente elegida de la RDA tuvo que ver cómo un directivo empresarial de Alemania Occidental les explicaba que las normas fundamentales de cogestión quedaban derogadas. En su momento, este acto a mi juicio antidemocrático fue criticado, incluso dentro de las filas de la CDU. Pero catorce días después, la RDA era historia. ¿Qué valor tenía a esas alturas una discusión en la Volkskammer?

Sin embargo, los sindicatos consiguieron tener representantes en la junta directiva de la administración fiduciaria.

A los sindicatos les concedieron 4 puestos de 23, para sentarse frente a una mayoría de directivos y de funcionarios gubernamentales de credo económico liberal de Alemania Occidental. Realmente no cabe hablar de un control equilibrado de una institución tan enorme.

Hasta ahora hemos hablado más sobre las direcciones de los sindicatos. Sin embargo, en tu investigación insistes en que esto no es suficiente para una comprensión integral de la transformación. La Treuhandanstalt y el gobierno federal tuvieron que vérselas rápidamente con una ola de protestas en las empresas, de las que hoy casi nadie se acuerda. Seguramente algunos hayan oído hablar de la ocupación de empresas y la huelga de hambre en Bischofferode en el verano de 1993. Pero también hubo algunos otros intentos de influir en la reestructuración. ¿Cómo valoras aquellas protestas?

Muchas esperanzas puestas en la Reunificación se desplomaron ya en 1991. Aunque al principio Kohl se presentó como un salvador, luego fue puesto cada vez más en la picota. “Treuhandanstalt: la mafia de Kohl”, se coreaba en las manifestaciones. Las protestas fueron enormes: se ocuparon o bloquearon carreteras, autopistas y, más tarde, incluso un aeropuerto, y en muchos lugares hubo huelgas. En Leipzig, IG Metall, junto con las iglesias, retomó las “manifestaciones de los lunes” y a ellas acudieron decenas de miles de personas. Un punto álgido de esta escalada fue el asesinato de Rohwedder [presidente de la Treuhandanstalt, por parte de la RAF], que a menudo se asocia con el fin de las protestas de los sindicatos contra la administración fiduciaria. Yo no lo veo así. IG Metall se retiró un poco y la enorme movilización de la primavera de 1991 disminuyó. Pero ya en verano, los sindicatos intentaron volver a sacar adelante sus propuestas, a la luz de la dramática situación económica.

Veamos el caso de los astilleros en la costa del Mar Báltico. Allí había una especie de holding industrial a pequeña escala y los empleados exigían que se mantuviera. Organizaron grandes manifestaciones, ocuparon un astillero en Wismar y literalmente construyeron un muro frente a la sucursal de la administración fiduciaria en Rostock. Se pudo observar una interacción interesante entre el liderazgo y la base. Porque cuando los empleados de la ocupación en Wismar comenzaron a realizar su propio trabajo de relaciones públicas, los dirigentes se vieron presionados. Por otra parte, los empleados hicieron referencia directa al concepto de holding industrial desarrollado por la junta directiva de IG Metall.

En general, resulta obvio que aquellas protestas masivas han caído en un profundo olvido. Apenas aparecen en la literatura académica sobre los movimientos de protesta en Alemania. Solo en 1991 hubo más de 150 huelgas y entre 200 y 250 en los años siguientes. Por supuesto, no había decenas de miles en las calles todo el tiempo. Pero hubo enfrentamientos violentos contra la política de privatización, que pueden describirse como un movimiento de protesta. Y esto es parte de la historia de la democracia en la República Federal, porque al pueblo no le interesaba simplemente el beneficio personal, sino más bien el futuro de un país y el miedo a profundas divisiones sociales.

Lo que casi no se recuerda es que el movimiento de protesta fue capaz de conseguir éxitos menores. En Turingia, por ejemplo, las empresas se unieron en 1993 en una alianza de acción denominada “5 a 12 – ¡Turingia arde!”, con el apoyo de la DGB. Su presión fue decisiva para la creación de un fondo de inversión en Turingia, que aseguró localizaciones de empresas y, con ello, puestos de trabajo. Sin duda valió la pena que defendieran juntos sus propios intereses.

Por supuesto, en 1993 ya se habían completado algunos procesos. Desde una perspectiva sindical, esto lleva a pensar que tales iniciativas hubieran sido necesarias antes.

No falta razón en lo que dices. Pero también hay que tener en cuenta que tanto los comités de empresa como muchos empleados en un principio estaban dispuestos a aceptar pérdidas para, en última instancia, tener un futuro como empresa. Cuando quedó claro que esta voluntad no era suficiente, muchos dijeron: “Ya está bien. Ahora tenemos que hacer las cosas de otra manera”.

Tengo la impresión de que tanto en los estallidos dentro de las empresas como en las protestas contra la administración fiduciaria encontramos una combinación de cierta moderación o frugalidad en las demandas con formas de nuevo muy radicales en la acción concreta. En el invierno de 1989/1990, los trabajadores de Plauen quisieron declararse en huelga general por una economía social de mercado. Posteriormente, se ocuparon empresas para que se mantuvieran en el marco de una “meritocracia  justa”.

Algunas alianzas también fracasaron debido a esas posiciones, como por ejemplo la Iniciativa de los comités de empresa de Alemania del Este. Fue fundada en 1992 por los comités de empresa de Alemania del Este para trabajar juntos para preservar sus propias plantas industriales y sus puestos de trabajo. Para lograr este objetivo, estaban preparados para luchar duro. Nada más, pero tampoco menos. Y eso es todo menos poco. Pero para algunos miembros de la izquierda radical que se unieron a la iniciativa, eso no fue suficiente. Querían ampliar las huelgas y vieron más acontecimientos revolucionarios en el horizonte. Su creciente influencia fue finalmente el factor decisivo para que algunos miembros fundadores importantes abandonaran la iniciativa después de un año y medio. 

¿Hubo otros conflictos Este-Oeste similares dentro de las protestas o de los sindicatos?

Ya lo creo. Hubo ocasiones en las que IG Metall se comportó de una manera que no gustó a los trabajadores de Alemania del Este. Los alemanes occidentales se quejaron, por ejemplo, de que sus colegas del Este no eran muy combativos y no tenían experiencia en la organización de huelgas. Habida cuenta de las protestas de las que hemos estado hablando, lo cierto es que resulta algo irónico. Al principio, los sindicatos de Alemania Occidental tenían poca idea de cómo era la vida de sus colegas del Este y eso explica esas actitudes.

Al menos en lo que respecta a las protestas de aquellos años, este fenómeno todavía se repite hoy. ¿Por qué crees que es un problema que estas historias de la Transformación de Alemania del Este sean tan poco recordadas?

Muestran que la transformación no es un mero destino que te toca, al que tienes que resignarte y del que no puedes defenderte. Personas como Dirk Oschmann se apoyan en ese relato victimista sobre los “perdedores del Wende [cambio]”. Eso es falso. Las personas no son víctimas. Muchos de ellos estuvieron muy activos en aquel entonces. Debemos recordarlos como sujetos activos y no como una masa pasiva y victimizada.

Pero lo cierto es que los asalariados de Alemania del Este perdieron mucho. 

Materialmente, sí. Pero se trata de más que eso. Uno se siente mucho mejor cuando ha luchado con otros por algo y ha experimentado la solidaridad en vez de quedarse apoltronado. Esto se aplica incluso si esos esfuerzos no tienen éxito. La dimensión psicológica es importante: muchos no estaban dispuestos a aceptar simplemente las circunstancias y experimentaron que eran capaces de actuar colectivamente.

Aquí nos encontramos nuevamente ante los procesos de democratización que comenzaron en 1989 y que en cierto modo duraron hasta principios de los años 1990, aunque en condiciones fundamentalmente diferentes.

Así es. Las distintas movilizaciones terminaron a mediados de la década de 1990, cuando se encontraron soluciones o las empresas desaparecieron. Luego comenzó una nueva fase a principios de la década de 2000 con las protestas contra Hartz IV y la Agenda 2010. Creo que gran parte del rencor actual también proviene de esta época.

Te refieres ahí a una secuencia de grandes oleadas de protestas que al final nunca consiguieron aquello por lo que luchaban: ¿Es la frustración resultante algo de lo que AfD saca su fuerza hoy en el Este?

No existe una explicación monocausal para la situación actual. Pero llama la atención que aquellos procesos históricos desempeñen un papel importante en los debates actuales, a pesar de que se conduzcan de manera desordenada.

Bueno, para terminar volvamos nuestro presente. A primera vista, poco queda de aquel despertar democrático. En cambio, AfD consigue incluso convencer a muchas personas que se consideran trabajadoras. ¿Qué sentido tiene un examen de la historia de Alemania del Este y de los sindicatos en estos debates políticos actuales? ¿Qué podemos aprender sobre el Este?

Estoy completamente de acuerdo en que el actual debate Este-Oeste es inútil. Reaviva viejos estereotipos en lugar de generar nuevos conocimientos. El Este todavía tiene estructuras sociales diferentes. El logro más reciente de Steffen Mau es haber demostrado con una sólida base empírica. Y el hecho de que estas diferencias sigan existiendo está, por supuesto, estrechamente relacionado con la historia de Alemania Oriental. Pensar que todo se puede arreglar no es una perspectiva sensata. Por eso la idea de una "unidad interior" me parece ahora obsoleta. 

Esto no significa que deban dejarse intactas las desigualdades sociales que existen en todo el país, pero también entre Oriente y Occidente. Al contrario: crear condiciones sociales que correspondan a la riqueza disponible en este país (sin pobreza infantil o de vejez, suficientes viviendas asequibles y cosas por el estilo) es un punto muy central cuando hablamos del ascenso de la derecha. 

¿Y pueden los sindicatos y la izquierda política aprender algo más allá de eso, tal vez incluso para las transformaciones del presente?

Los sindicatos deberían recordar más las protestas y tratar de aprovechar estas experiencias de manera positiva. Esto también significa sacar conclusiones para los procesos de transformación actuales. Una lección de la transformación de Alemania del Este en los años 1990 es, sin duda, la siguiente: no tomar decisiones de arriba hacia abajo, sino crear la mayor transparencia posible y garantizar la mayor participación posible de aquellos afectados por cualquier cambio, y no solo en el sentido de pasar sobre la información, pero con posibilidades reales y amplias de influencia, de participación verdaderamente democrática. De esta manera también se puede organizar un cambio estructural potencialmente doloroso.

Esto puede parecer simple, pero requiere mucho trabajo. Si las fuerzas liberales del mercado no van a determinar nuevamente las transformaciones ecológicas y digitales del presente, entonces los sindicatos y sus aliados políticos tienen mucho que hacer.