Starmer, contra las cuerdas
Las elecciones locales y autonómicas celebradas el pasado jueves en el Reino Unido han servido de barómetro de las presiones políticas en juego en una Gran Bretaña descontenta. Se trata de los peores resultados obtenidos en unas elecciones intermedias por el partido en el poder que se recuerdan. Han estrechado el cerco en torno al atribulado primer ministro laborista menos de dos años después de que el partido volviera a dirigir el gobierno británico con un vacuo programa desprovisto de todo contenido presentado bajo el eslogan de «Change». Starmer ha enfilado el camino de salida de modo más o menos inmediato, ya sea en los próximos días, semanas o meses. En todo caso, conviene recordar que, salvo contratiempos imprevistos, el Partido Laborista, aun con su enorme mayoría en la Cámara de los Comunes, «no va a ninguna parte», en ambos sentidos de la expresión, tanto porque carece de una verdadera capacidad de gestión política en estos momentos, como por que es incapaz de tomar un rumbo político genuinamente nuevo, hasta al menos las elecciones generales de 2029.
El Partido Conservador ahora en la oposición también ha registrado contundentes pérdidas. En estas elecciones municipales los dos partidos de gobierno del sistema político británico empataron en tercer lugar, habiendo obtenido el 17 por 100 de la cuota de voto nacional proyectada por la BBC, porque los votantes descontentos han optado por los partidos rivales emergentes. Aparentemente, se trata de otro hito en el camino hacia una política de cinco (o seis, o siete) partidos, encajada a la fuerza en el vigente sistema de Westminster diseñado para solo dos. Hasta ahora, la actual derecha reconstituida está sacando el máximo partido de la inestabilidad política, tanto en Gran Bretaña como en otros lugares, pero la incertidumbre ofrece a cualquiera una oportunidad de dar la sorpresa. Sobre el terreno y en las intenciones de voto, Reform UK, de Nigel Farage, está en auge (26 por 100); también, en un peldaño inferior, lo están los Verdes populistas de izquierda de Zach Polanski (18 por 100), eclipsando al Your Party de Corbyn, que atraviesa dificultades; mientras, en Escocia y Gales los nacionalistas cívicos han asestado el golpe de gracia al laborismo celta.
Se disputaban en torno a cinco mil actas de concejal en ciento treinta y seis de los trescientos diecisiete ayuntamientos de Inglaterra. La mayoría de las grandes áreas urbanas se renovaban —todo Londres, las West Midlands, el área entre entre Merseyside y West Yorkshire, así como Tyneside y Wearside en el noreste—, además de los consejos de condado en la zona rural de East Anglia y en la costa sur. En total, el Partido Laborista ha perdido mil quinientos de las dos mil quinientas actas, que defendía y el control de treinta ocho ayuntamientos, incluida la ciudad en bancarrota de Birmingham, que es el municipio más poblado de Europa, donde Reform es ahora el partido mayoritario, aunque también se han producido victorias para los Verdes y los independientes partidarios de Gaza. El hecho de que en muchas zonas solo se disputara un tercio de la representación municipal ha evitado al Partido Laborista un revés aún mayor. En el Gran Mánchester, feudo municipal del aspirante a la dirección laborista Andy Burnham, Reform ganó veinticuatro de las veinticinco actas de concejal en juego en la ciudad Wigan, y los Verdes dieciocho de las treinta y dos disputadas en la ciudad de Mánchester, pero el Partido Laborista sigue teniendo mayorías (reducidas) en ambos municipios.
Los estrategas laboristas estarán más preocupados por Londres, el verdadero bastión del partido en la actualidad. Antes de las elecciones el mapa electoral de la capital estaba teñido de rojo laborista, con un enclave conservador aislado en Kensington y Chelsea, salpicaduras de azul tory y naranja liberal-demócrata en las áreas suburbanas y la molestia de un partido disidente en Tower Hamlets, el municipio más pobre de Londres. Pero el jueves, más de la mitad de los ayuntamientos laboristas quedaron en gris, desprovistos de «control mayoritario», en gran parte debido a los avances de los Verdes. Con una campaña centrada en la crisis de la vivienda, los Verdes se hicieron con Hackney, Waltham Forest y Lewisham por mayoría absoluta y también ganaron dos alcaldías por elección directa. La solidaridad de Polanski con Gaza atrajo una avalancha mediática de acusaciones de antisemitismo, a pesar de que es el único líder judío de un partido político británico importante y de que él mismo ha sufrido abusos antisemitas. Tras la votación, Polanski declaró «muerto» el sistema bipartidista y afirmó que «la nueva política es el Partido Verde contra Reform».
Reform obtuvo algo menos de mil quinientas concejalías y catorce ayuntamientos. Antes de la votación, el portavoz de Interior, Zia Yusuf, afirmó que un gobierno de Reform construiría nuevos centros de detención, situados en zonas de voto verde, para albergar hasta veinticuatro mil migrantes indocumentados. Al igual que los conservadores de Johnson con su lema «Get Brexit Done» en 2019, obtuvieron buenos resultados en zonas que habían votado a favor de abandonar la Unión Europea hace una década, esto es, los antiguos bastiones regionales de clase trabajadora en otro tiempo leales al Partido Laborista, el llamado «Muro Rojo», así como los condados conservadores del este de Inglaterra.
¿Un voto de protesta a mitad de legislatura? Sí, pero las encuestas de opinión para las próximas elecciones generales apuntan en la misma dirección. La última encuesta MRP a realizada a escala de circunscripción por Electoral Calculus sitúa a Reform en 188 escaños (frente a los 5 de 2024), al Partido Conservador en 159 (+38), al Partido Laborista en 86 (-326), a los Verdes en 71 (+67) y a los liberal-demócratas centristas en 61 (-11). De confirmarse esta prognosis, ello constituiría un revés extraordinario para el Partido Laborista, que pasaría de una apabullante victoria en 2024 (412 de los 650 escaños de la Cámara de los Comunes) a obtener su peor resultado desde la Gran Depresión (86 escaños). Los escaños londinenses de Starmer y del viceprimer ministro David Lammy, así como el de Shabana Mahmood en Birmingham, pasarían a manos de los Verdes. Varios otros ministros del actual gobierno, incluida la ministra de Asuntos Exteriores Yvette Cooper en West Yorkshire, caerían en manos de Reform.
Si estos resultados se confirmaran, también representarían obviamente una sacudida sísmica en la derecha británica. Reform se quedaría a 138 escaños de la mayoría en la Cámara de los Comunes, por lo que tendría que formar una coalición con los conservadores. Los Verdes se unirían a los liberal-demócratas y a los nacionalistas escoceses para constituir una «tercera fuerza» en el Parlamento salido de las urnas, pero parece que este pertenecerá a una derecha reconstituida. Aun así, Reform ha retrocedido en las encuestas desde el otoño pasado, cuando parecía que iba a conseguir la mayoría en la Cámara de los Comunes, reduciendo a los conservadores a apenas dos docenas de escaños. La previsión de votos de Reform ha bajado de alrededor del 35 al 24 por 100, frente al 21 por 100 asignado por las encuestas a los conservadores, el 17 por 100 a los laboristas, el 15 por 100 a los Verdes, el 13 por 100 a los liberales, el 3 por 100 al SNP y el 1 por 100 al Plaid Cymru. Ello supone el 45 por 100 para la derecha de Reform y los conservadores y el 49 por 100 para el resto de partidos, lo cual arroja unos márgenes realmente ajustados a tres años de las elecciones generales, sobre todo teniendo en cuenta los caprichos del voto táctico en un sistema de mayoría simple en el que el ganador se lo lleva todo.
En Escocia y Gales las dificultades del Partido Laborista han supuesto una bendición para los partidos nacionalistas cívicos. El Partido Nacional Escocés, independentista, ganó un quinto mandato en el Parlamento escocés, mientras que el Plaid Cymru rompió la larga hegemonía laborista en Gales tras vencer las elecciones obteniendo 43 escaños en el Parlamento galés, mientras y Reform se ha hecho con el segundo lugar ganando 34, bajo el nuevo sistema de representación proporcional. El Partido Laborista se ha quedado con menos de diez escaños. La primera ministra Eluned Morgan, derrocada en la circunscripción de Ceredigion Penfro, en el extremo oeste de Gales, afirmó que el partido debía «volver a ser el partido de la clase trabajadora». En Escocia el SNP obtuvo 58 escaños y el Partido Laborista y Reform, 17 cada uno. Al ver cómo iban las cosas, el líder del Partido Laborista escocés, Anas Sarwar, pidió la cabeza de Starmer semanas antes de las elecciones, cuando se reavivó la polémica sobre Mandelson.
El nombramiento de Mandelson, antiguo «hombre de confianza» de Blair en el Nuevo Laborismo, como embajador del Reino Unido en Washington se desmoronó a principios de este año tras nuevas revelaciones sobre sus vínculos con Jeffrey Epstein. Mandelson está siendo investigado por la policía por las acusaciones de que filtró información gubernamental sensible para los mercados a Epstein, mientras ocupaba el cargo de secretario de Comercio bajo el mandato de Gordon Brown. El estrecho aliado de Mandelson, Morgan McSweeney, fue obligado a dimitir como jefe de gabinete de Starmer el 8 de febrero. Posteriormente, el 16 de abril The Guardian informó de que Mandelson no había superado la investigación para verificar el correcto tratamiento por su parte de información reservada, pero había sido exonerado por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Starmer, un exfiscal del Estado con un sentido exagerado de su propia rectitud, había insistido anteriormente en que se había seguido el debido proceso. Respondió a las pruebas que indicaban lo contrario despidiendo al alto funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores que las había presentado, el cual arremetió inmediatamente en una comparecencia televisada ante una comisión parlamentaria, alegando presiones del gobierno. Las acciones de Starmer han enfurecido a los altos cargos de la administración, que son las mismas personas que pusieron en marcha la salida de Johnson en 2022.
Malhadado y mojigato, Starmer tiene los peores índices de aprobación de cualquier primer ministro británico desde que estos se empezaron a registrarse en la década de 1970. El Partido Laborista va a la deriva en un país donde la economía se estanca bajo la ortodoxia adusta de la ministra de Hacienda, Rachel Reeves, los salarios están crónicamente deprimidos, la vivienda es vertiginosamente cara y la inflación vuelve a subir debido al ataque estadounidense-israelí contra Irán. (El Partido Laborista autorizó a los bombarderos pesados estadounidenses a utilizar la base de la RAF situada en Fairford, Gloucestershire, así como la base conjunta de Estados Unidos y el Reino Unido ubicada en Diego García, en el océano Índico, para efectuar una operación militar dotada, en palabras de Starmer, de un «propósito defensivo específico y limitado»). Los precios han subido considerablemente en las gasolineras y en los supermercados y las aerolíneas han cancelado cientos de vuelos para racionar el combustible de aviación. La empresa de sondeos Ipsos afirma que los votantes se muestran más pesimistas sobre la economía que durante la crisis financiera de 2008 o el repunte de la inflación de 2022-2023.
La respuesta de Starmer a la derrota electoral ha consistido en una breve declaración ante las cámaras en la que afirmó que «días como este no debilitan mi determinación de llevar a cabo el cambio que prometí» y en una entrevista concedida a The Observer en la que ha declarado que tiene intenciones de liderar el país durante los próximos diez años. El sábado su equipo organizó sesiones fotográficas con dos veteranos del Nuevo Laborismo, ahora contratados para desempeñar funciones de asesoramiento. Gordon Brown, artífice de la regulación «suave» del Partido Laborista sobre la City, llevó al partido a la derrota en el humillante periodo posterior a la crisis financiera de 2008. La veterana Harriet Harman obligó a los diputados laboristas a no oponerse a los recortes aplicados a las políticas de bienestar social propuestos por los conservadores y los liberal-demócratas en 2015 para demostrar a los votantes que el partido estaba «escuchando». Starmer ha insistido en que sus nombramientos se hallaban en realidad «realmente orientados al futuro». En un discurso pronunciado este lunes, lanzó el señuelo de unos lazos más estrechos con la Unión Europea a su eurófilo partido, prometiendo «un gran salto adelante» en las relaciones con esta, aunque descartando una nueva adhesión al mercado único o a la unión aduanera. El martes informó con acritud a su gobierno de que no se había iniciado ningún procedimiento formal para apearle de la dirección del Partido Laborista, por lo que seguiría en el cargo.
Los obstáculos reglamentarios, por no hablar de la escasez de ideas, han disuadido hasta ahora a los descontentos con Starmer de lanzar un desafío en toda regla a su liderazgo, pero durante el fin de semana ha surgido una hipotética candidata y más de 80 diputados laboristas, incluido un ministro sin cartera, han pedido a Starmer que dimita. ¿Y ahora qué? A diferencia de los conservadores, cuyos diputados de a pie suelen actuar como un club de caballeros y pueden iniciar un voto de censura y apear a un titular de la papeleta que se envía a los miembros del partido, las barreras burocráticas del Partido Laborista están diseñadas para mantener a raya a los posibles rivales del quien se halla al frente del mismo. En 2021 Starmer y la derecha laborista impusieron un cambio en el reglamento de partido, que duplicaba el umbral de nominaciones de diputados que un aspirante debe reunir, del 10 al 20 por 100 del grupo parlamentario, una de las medidas incluidas en un paquete destinado a impedir cualquier rebrote del corbynismo. Aliados de la exsecretaria del partido Angela Rayner y del secretario de Salud blairista Wes Streeting han estado informando de forma anónima a los medios de que su candidato cuenta con los 81 diputados necesarios para lanzar una candidatura, pero no se ha producido todavía ningún movimiento coherente en este sentido. Rayner todavía tiene que saldar una deuda fiscal pendiente con las autoridades tributarias y podría acabar apoyando a Burnham, un exministro del Nuevo Laborismo que perdió frente a Corbyn en 2015. Burnham necesita que los diputados ganen tiempo después de que el Comité Ejecutivo Nacional (NEC) del partido le impidiera intentar volver al Parlamento a través de unas recientes elecciones parciales en Manchester. Mientras tanto, Streeting sale perjudicado por su asociación con Mandelson.
The Sunday Times de Murdoch, portavoz del centrismo neoliberal, ha advertido contra una contienda por el liderazgo laborista. Starmer ha sido una «decepción desesperante», admite, pero las alternativas serían peores. No obstante, parece que no hay futuro para el «incorruptible» Starmer y su inconmensurable grisura, mientras el gobierno laborista y los diputados de a pie esperan a que la otra parte dé el primer paso. El Partido Laborista nunca ha destituido a un líder contra su voluntad estando en al frente del gobierno y nadie quiere ensuciarse las manos. Pero los laboristas encontrarán alguna forma de deshacerse de Starmer.
Recomendamos leer Tom Hazeldine, «El Nuevo Laborismo al timón», Diario Red/New Left Review 148. Perry Anderson, ¿Ukania Perpetua?, NLR 125, Daniel Finn, «Contracorrientes: Corbyn, el Partido Laborista y la crisis del Brexit», NLR 118, y «El mismo filo de la navaja: Starmer contra la izquierda», «Torturar la evidencia, lawfare y mediafare en Reino Unido», y «Starmer vs. Corbyn: de los usos políticos del antisemitismo», todos ellos publicados en El Salto.
Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista bimenstral publicada en Madrid por el Instituto Republica & Democracia de Podemos y por Traficantes de Sueños.