¡Sí, podemos! ¿O acaso no? Sobre el catastrófico curso diseñado para Europa por sus clases dominantes

Las clases dirigentes europeas son congénita e intelectualmente incapaces de imaginar escenarios alternativos de futuro susceptibles de contrarrestar la senda catastrófica diseñada por las clases dominantes globales, tanto más reaccionarias, brutales e irracionales, cuanto incapaces de pensar al margen de las constricciones sistémicas del capitalismo histórico y sus tendencias endógenas hacia su propia destrucción. Wolfgang Streeck vivisecciona en este artículo cómo funciona el cerebro estratégico averiado de estas nulidades políticas, tan inútiles como inmorales en la cúspide de su dominio, analizando las opciones que las clases dominantes europeas barajan para guiar a Europa, cuyo liderazgo hacen recaer finalmente sobre Alemania en un ejercicio tan falaz políticamente como privado de fundamento geopolítico

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Concentración con motivo de la huelga estudiantil en Hannover contra la Ley del servicio militar obligatorio propuesta por el gobierno del canciller Merz, en cuya pancarta se lee «Luchad contra el servicio militar obligatorio. Jóvenes contra la guerra», 5 de diciembre de 2025 - C. Suthorn / CC Attribution-Share Alike 4.0 International License.

Can Europe Survive? The Story of a Continent in a Fractured World, David Marsh, New Haven (CT), Yale University Press, 515 pp.

Este es un libro que viene armado hasta los dientes. Su autor, un antiguo editor para Europa del Financial Times, ha reunido treinta y seis recomendaciones para una introducción de cinco páginas: una retahíla en la que se cuentan diez banqueros y exbanqueros centrales, embajadores y antiguos embajadores, «dirigentes mundiales» de los más variados ámbitos, además de profesionales, académicos y asesores de alto nivel, todos ellos encabezados por Gordon Brown («Un privilegio leerlo»), seguido, según manda el protocolo, por Lord David Owen, secretario de Relaciones Exteriores del Reino Unido entre 1977 y 1979 en el gabinete de James Callaghan. Por si fuera poco, el prólogo corre a cargo de Joachim Nagel, presidente del Deutsche Bundesbank y, quizá pronto, de algo más.

La gente de Marsh es la que se supone que está al tanto de todo, lo cual, en el lenguaje de la metodología de las ciencias sociales, los convierte en informantes más que en encuestados, hecho que otorga a los investigadores carta blanca para dar por hecho que lo que les cuentan es la mismísima realidad, lo que haría prescindible cualquier esfuerzo especial por dotar de sentido a la información. De hecho, el libro parece, en algunas partes, una vasta recopilación de citas de los ricos y poderosos, de las celebridades de las finanzas y de su política, citas que Marsh, obviamente, considera dignas de tomarse al pie de la letra, ya que la fuente garantiza la verdad

David Marsh ha entrevistado a la asombrosa cifra de ciento sesenta y siete personas, cuya lista figura al final del libro con sus credenciales descritas con gran detalle, a lo largo de dos años, desde mediados de 2023 hasta mediados de 2025. La mayoría de ellas, uno se siente tentado a decir, proceden del mundo anglosajón, pero, al fin y al cabo, es ahí donde suceden las cosas. Aún mayor es la proporción de quienes provienen del «mundo de las finanzas»: finanzas privadas, semipúblicas, públicas, semipúblicas, nacionales e internacionales. Treinta de los y las entrevistados proceden de Alemania, ninguno de Rusia; volveré sobre esto más adelante. A algunos se les entrevistó más de una vez, principalmente en su lugar de residencia, pero a veces, si era inevitable, por videoconferencia. Los sociólogos y politólogos, que en sus humildes «proyectos» intentan dar sentido y extraer algo parecido a una «teoría» a partir de un máximo de cincuenta «entrevistas a expertos», solo pueden expresar su admiración o abstenerse de hacerlo por pura envidia.

La gente de Marsh es la que se supone que está al tanto de todo, lo cual, en el lenguaje de la metodología de las ciencias sociales, los convierte en informantes más que en encuestados, hecho que otorga a los investigadores carta blanca para dar por hecho que lo que les cuentan es la mismísima realidad, lo que haría prescindible cualquier esfuerzo especial por dotar de sentido a la información. De hecho, el libro parece, en algunas partes, una vasta recopilación de citas de los ricos y poderosos, de las celebridades de las finanzas y de su política, citas que Marsh, obviamente, considera dignas de tomarse al pie de la letra, ya que la fuente garantiza la verdad. El hecho de que todos sus informantes estén básicamente de acuerdo entre sí en que «Europa» se va al garete a menos que se haga algo y que se haga inmediatamente; en que «tenemos» que volver a una senda de crecimiento económico «sano» al tiempo que salvamos el medio ambiente, y en que «tenemos» que resolver los problemas existentes en materia de competitividad en general y de inteligencia artificial en particular no le preocupa a Marsh, porque lo considera la confirmación de que, a la hora de conocer la enfermedad de Europa y el remedio que esta necesita para sobrevivir, no hay alternativa a lo que le dicen sus amigos.

Al leer a Marsh, uno vuelve a aprender que un «establishment» es, ante todo, una comunidad de premisas, de verdades compartidas, que quienes pertenecen a ella comprenden de modo natural e inmediato. «Nosotros» son aquellos que pueden leer a Marsh sin plantear preguntas innecesarias, que no encuentran en documentos como el último «informe Draghi» nada que requiera una explicación más detallada o que justifique la reflexión sobre sus posibles alternativas. Esa supervivencia, en opinión de Marsh y de sus informantes, está ahora en peligro y solo puede garantizarse, en tiempos críticos trufados de resultados inciertos, bajo la dirección probada del sector financiero y sus aliados políticos cohesionados en torno a su eterno lema, TINA: «There Is No Alternative» [No hay alternativa]. Podemos fracasar al intentar llegar hasta los territorios indicados por TINA, pero no hay nada más por lo que luchar.

Entonces, ¿por qué es este un mal libro? Al igual que Marsh se basa en la «prueba por preeminencia», dando por sentado con gratitud lo que sus entrevistados le confían como hechos, nunca cuestiona las premisas que subyacen a su visión del mundo real, ni las acciones y proyectos que derivan de ella. Dilucidar las premisas ocultas y examinar su validez y las funciones que desempeñan para quienes las suscriben es, por supuesto, la esencia no solo de la investigación académica crítica, sino también del periodismo crítico. Marsh opta por una especie de diplomacia periodística, libre de cualquier intención subversiva, precio que paga por el acceso a las elites, no solo adoptando su concepción del mundo, sino asumiendo la responsabilidad de convertirla en la del público lector.

Al profundizar en el voluminoso libro de Marsh sobre lo que «nosotros» debemos hacer para que «Europa» «sobreviva», quienes se encuentran fuera del círculo se quedan perplejos preguntándose quién es ese «nosotros» (¿solo la comunidad bancaria o también la comunidad de los bancos de alimentos, mucho más numerosa, pero minúscula en términos de poder de compra económico y político?); si «Europa» es más amplia que Europa Occidental, ¿no debería estar incluida Rusia si, por ejemplo, lo está Ucrania, o Rumanía y Bulgaria, o el Reino Unido tras el Brexit?; qué significaría la «supervivencia» y la «no supervivencia», es decir, la muerte para un conjunto de sociedades y Estados tan diversos como los que se encuentran en «Europa», incluso excluyendo a Rusia y a sus aliados; y qué es lo que «Europa» «necesitará» para prosperar en un mundo que avanza hacia un nuevo orden. Al leer a Marsh, uno vuelve a aprender que un «establishment» es, ante todo, una comunidad de premisas, de verdades compartidas, que quienes pertenecen a ella comprenden de modo natural e inmediato. «Nosotros» son aquellos que pueden leer a Marsh sin plantear preguntas innecesarias, que no encuentran en documentos como el último «informe Draghi» nada que requiera una explicación más detallada o que justifique la reflexión sobre sus posibles alternativas. «Europa» es lo que no es Rusia, todo lo que se encuentra al oeste de la frontera occidental rusa, que «sobrevivirá» si, y solo si, se convierte en una superpotencia económica, tecnológica y militar, que rivalice con Estados Unidos y China y se halla pertrechada de una dirección centralizada y de un ejército curtido en mil batallas. Para todo ello «Europa» necesita, por encima de todo, crecimiento económico, una productividad en constante aumento, liderazgo tecnológico, un gran ejército y unidad política.

Esa supervivencia, en opinión de Marsh y de sus informantes, está ahora en peligro y solo puede garantizarse, en tiempos críticos trufados de resultados inciertos, bajo la dirección probada del sector financiero y sus aliados políticos cohesionados en torno a su eterno lema, TINA: «There Is No Alternative» [No hay alternativa]. Podemos fracasar al intentar llegar hasta los territorios indicados por TINA, pero no hay nada más por lo que luchar. Un amigo francés, que no desconoce este sentido de la «europeidad» ligada al poder del Estado postulado por Marsh, invocó una vez en una conversación el sombrío destino de Venecia tras el desplazamiento del eje del comercio mundial hacia el Atlántico, que convirtió a la Serenísima en un «rincón perdido de la historia». ¿Y qué hay, le pregunté, de Tiziano, Giorgione, Tintoretto, Veronese, y sobre todo Vivaldi, sin olvidar a Casanova: ¡Venus, no Marte!, mientras los chinos acuden en masa a la ciudad de Venecia a gastar sus dólares ganados con esfuerzo, ¡qué lugar tan maravilloso puede ser un rincón perdido!

Leer Can Europe Survive? The Story of a Continent in a Fractured World, es toda una aventura. En 351 páginas encontramos aproximadamente mil ochocientos pasajes citados y declaraciones atribuidas, más de cinco por página, sin contar las notas al pie, la mayoría de las cuales citan a la elite de las finanzas y la política internacionales, relatando a los lectores los pequeños detalles de grandes momentos, como la cara que puso Helmut Kohl cuando George Bush permitió la reunificación alemana, o lo que Winston Churchill le dijo a Harry Truman o Mao Zedong a Helmut Schmidt. Hay capítulos muy animados sobre cómo Vladímir Putin enrareció el ambiente entre Rusia y «Occidente», sobre la reunificación alemana, el declive y la caída de la Unión Soviética y «el problema con Gran Bretaña» y sus políticos enloquecidos. Bastante divertido en ocasiones, pero siempre ceñido a la actualidad, el libro está ricamente adornado por los juicios siempre acertados de Marsh, basados en su convicción de que, con la ayuda de sus entrevistados, casi era como si hubierse estado presente en la sala, cuando sucedieron las cosas, fueran estas las que fueren. También aprendemos sobre esa extraña bestia que es «Putin» y sus «múltiples personalidades oscilantes». En ocasiones seductor, severo o quejumbroso, este deliberado camaleón político, tocado con ojos de asesino, capaz de pasar de ser un alma sensible a un hueso duro de roer en un abrir y cerrar de ojos», presenta una «personalidad mixta entre tecnocracia, tenacidad y matonería». El renombrado psicólogo John McCain leyó su semblante en 2008: «Miré a los ojos del señor Putin y vi tres letras: una K, una G y una B». «Ojos muy fríos, pequeños y de cerdito», según un embajador británico, que mostraban «homofobia hasta cierto punto, aunque no antisemitismo […] una inteligencia astuta, llena de sospecha y rencor […]» Y así sucesivamente.

El candidato de Marsh, mientras Estados Unidos se encamina hacia nuevos escenarios, no es Francia y, desde luego, tampoco el venerable «tándem» franco-alemán, sino Alemania. No es lo ideal, lo sabe Marsh, pero es mejor que nada, parece decir, si lo que necesitamos es una Europa constituida como tercera potencia «estratégicamente soberana» capaz de competir exitosamente con Estados Unidos y China. ¿«Europa» sobreviviendo como una Europa alemana desprovista de amarras transatlánticas, abandonada a su suerte por su eterno patrón, Estados Unidos? ¿Hasta qué punto puede llegar la desesperación?

Se podría aprender y decir mucho más sobre el libro de Marsh, y otros ya lo han hecho extensamente. Pero para este crítico, todo depende de lo que los sociólogos llamarían el problema de agencia de Marsh, y de la Europa de Marsh. ¿Quién es el Moisés que guiará a Europa, un variopinto grupo de Estados-nación «occidentales» y no tan occidentales, que se encuentran al borde del abismo, que se enfrentan a Rusia como un «enemigo existencial», comprendido en la horma de Carl Schmitt, hacia el glorioso futuro que Marsh, a pesar de todo, desea para ella y para «nosotros»? Europa, para estar a la altura de la lista de tareas impuestas por Draghi, necesita liderazgo, pero Marsh y sus informantes han visto lo suficiente como para saber que la UE no puede proporcionarlo y nunca lo hará. No hay esperanza de que el gran super Estado supranacional capaz de competir en pie de igualdad con Estados Unidos y China surja del tipo de «integración europea» para la que la UE pudo haber sido creada en su día, que se ha saldado, sin embargo, con un rotundo fracaso. Marsh analiza quién querría y podría fijarse como objetivo garantizar lo que Europa necesita, pero en ese forcejeo intelectual acaba conformándose con la segunda mejor opción: una alianza de Estados-nación agrupados en torno a uno de su mismo tipo. Técnicamente un imperio, pero para el consumo público un super Estado democrático emergente, mantenido unido por un Estado-nación hegemónico situado en su centro, que haría que Europa se alineara tras un interés colectivo, definido en su nombre y, si fuera necesario, impuesto por su Estado-jefe.

Quizá tampoco Marsh es consciente de que una retórica de este tipo dará lugar a llamamientos para que Alemania demuestre que no solo será una potencia hegemónica, sino también benevolente. Mantener unido y a raya a un imperio es exigente en términos morales, económicos y militares: hay que mantener contentos a los países más débiles con todo tipo de subvenciones; hay que impedir que los países de la periferia den bandazos políticos, como el protagonizado por Orbán, si es necesario, instalando bases militares en su territorio; y hay que ganarse a las clases políticas locales, si no a las mayorías electorales, e integrarlas en los «valores» político-culturales que, supuestamente, defienden el imperio y su centro

¿Quién va a ser, por consiguiente, ese Estado, dotado, como debe ser, de medios ideológicos, económicos y, tal vez, coercitivos superiores, que va a actuar en ocasiones a través de la burocracia supranacional, dotada también de las atribuciones del poder judicial de la UE, que ha funcionado como la hoja de parra de la «integración europea», y en otras sin recurrir a ella? El candidato de Marsh, mientras Estados Unidos se encamina hacia nuevos escenarios, no es Francia y, desde luego, tampoco el venerable «tándem» franco-alemán, sino Alemania. No es lo ideal, lo sabe Marsh, pero es mejor que nada, parece decir, si lo que necesitamos es una Europa constituida como tercera potencia «estratégicamente soberana» capaz de competir exitosamente con Estados Unidos y China. ¿«Europa» sobreviviendo como una Europa alemana desprovista de amarras transatlánticas, abandonada a su suerte por su eterno patrón, Estados Unidos? ¿Hasta qué punto puede llegar la desesperación?

Es aquí donde nos acercamos al núcleo duro de la concepción del mundo de Marsh y sus amigos. Aunque Alemania es más grande que Francia, difícilmente es lo suficientemente grande como para convertir a «Europa» en lo que antes de 1945 los imperialistas alemanes llamaban una «zona de influencia» alemana (Einflusszone). Uno se pregunta por qué Marsh, antiguo corresponsal del Financial Times en Berlín, no debería saber esto. Es cierto que Friedrich Merz, a diferencia de sus predecesores, a veces reivindica un «papel de liderazgo» para Alemania en la UE y, tal vez, más allá. Pero Merz reivindica muchas cosas a lo largo del día. Quizá tampoco Marsh es consciente de que una retórica de este tipo dará lugar a llamamientos para que Alemania demuestre que no solo será una potencia hegemónica, sino también benevolente. Mantener unido y a raya a un imperio es exigente en términos morales, económicos y militares: hay que mantener contentos a los países más débiles con todo tipo de subvenciones; hay que impedir que los países de la periferia den bandazos políticos, como el protagonizado por Orbán, si es necesario, instalando bases militares en su territorio; y hay que ganarse a las clases políticas locales, si no a las mayorías electorales, e integrarlas en los «valores» político-culturales que, supuestamente, defienden el imperio y su centro. Todo esto resulta mucho más costoso que antes de la unificación de 1990, cuando Alemania, que ya era el mayor Estado miembro de la UE, actuaba, a ojos de un sector cada vez mayor de la opinión pública alemana, como el tesorero más o menos voluntario de Europa.

Entre las costosas expectativas que Alemania, como potencia hegemónica de un sistema de Estados europeo-occidentales Occidental, tendría que cumplir, se contaría la aplicación ejemplar del presupuesto de defensa situado entre el 3,5 y el 5 por 100 del PIB europeo. «Europa» se lo ha prometido no solo a Estados Unidos, sino también a sí misma, de modo que Alemania pueda desplegar más divisiones de infantería en Europa del Este, como la brigada de cinco mil efectivos que ya tiene estacionada en Lituania, cuyo coste, una vez completada, se estima en mil millones de euros al año. Además, una potencia hegemónica alemana en Europa tendrá que estabilizar las economías de los Estados periféricos para evitar que caigan en manos de fuerzas «antieuropeas». También tendrá que garantizar, sea cual fuere la forma, la deuda pública galopante de países como Francia e Italia. La hegemonía imperial, sin embargo, no puede ser por razones endógenas una empresa eternamente deficitaria; en algún momento, la potencia hegemónica tendrá que, al igual que Estados Unidos hace hoy en día, reclamar los gastos devengados para que los beneficios equilibren los costes –y tal vez incluso los superen– a fin de que la hegemonía resulte aceptable para su propia ciudadanía. ¿Podrá alguna vez una Alemania hegemónica aumentar las cuotas que cobra a sus protegidos –su renta imperial, sea cual fuere la forma que esta asuma– de modo que estas igualen o superen los consabidos gastos?

A esto hay que añadir que Alemania no es una potencia nuclear. En la Europa de Marsh hay dos potencias de este tipo: Francia y el Reino Unido. Francia lleva desde la década de 1960, intentando que Alemania le reembolse una parte de los costes de su arsenal nuclea tras alegar que este protege no solo a Francia, sino también a Alemania. Pero Francia nunca ha estado dispuesta a permitir que Alemania tuviera voz y voto sobre cuándo, dónde y con qué fin se utilizarían las armas nucleares francesas, razón por la cual Alemania nunca accedió a compartir esos costes. La fuerza nuclear del Reino Unido está profundamente entrelazada con la de Estados Unidos. De acuerdo con la información disponible, también consta que la misma adolece de una grave falta de financiación y que necesita urgentemente la correspondiente modernización tecnológica para lo cual el Reino Unido depende, una vez más, de Estados Unidos. Recientemente, Francia y el Reino Unido, en una especie de espíritu marshiano, sugirieron proporcionar conjuntamente un paraguas nuclear a Alemania y al conjunto de «Europa», al margen de la UE y la OTAN. Ello significaría que Alemania, cuyo ejército convencional estaría en primera línea de fuego en una guerra con Rusia, muy probablemente librada en los países bálticos, dependería de la protección de otros dos países en el tipo de guerra terrestre para la que «Europa», con independencia de su configuración, afirma hoy tener que estar preparada en menos de cinco años.

Pero, ¿no ha anunciado Estados Unidos en más de una ocasión que se retirará de la OTAN y de Europa para «Make America Great Again» en su propio territorio? He aquí el otro elefante en la habitación, que Marsh pasa por alto: el poder limitado del gobierno de Estados Unidos sobre su «Estado profundo», sobre su «complejo militar-industrial»

Por un lado, aunque Alemania no es una potencia nuclear, no carece por completo de armas nucleares, con la salvedad de que estas no son alemanas ni europeas, sino estadounidenses. Como legado de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos tiene aproximadamente 40.000 soldados estacionados en Alemania, acompañados por 25.000 familiares y 17.000 empleados civiles, básicamente alemanes, lo cual supone un contingente superior a estacionado en cualquier otro lugar del mundo excepto Okinawa (Japón). Repartidas por toda Alemania, Estados Unidos mantiene ciento ochenta y una bases militares en el país, siendo Ramstein (Renania-Palatinado) y Grafenwöhr (Baviera) las más importantes. Ramstein fue el cuartel general operativo de Estados Unidos en la «Guerra contra el terrorismo», desde donde se coordinaban, entre otros operativos, los vuelos de traslado de prisioneros a Guantánamo («entregas extraordinarias»). Ramstein sigue siendo el puesto de mando de las intervenciones estadounidenses en Oriente Próximo, incluido el bombardeo de Irán. Y, por si fuera poco, las bases estadounidenses en Alemania albergan un número desconocido de ojivas nucleares, algunas de ellas reservadas para que la Fuerza Aérea alemana las lance sobre objetivos especificados por Estados Unidos en Rusia, utilizando cazabombarderos certificados por la potencia estadounidense, bajo los auspicios de lo que se denomina «participación nuclear» establecida como compensación, al parecer, por el hecho de que Alemania, junto con Japón, firmara el Tratado de No Proliferación Nuclear de 1968.

Pero, ¿no ha anunciado Estados Unidos en más de una ocasión que se retirará de la OTAN y de Europa para «Make America Great Again» en su propio territorio? He aquí el otro elefante en la habitación, que Marsh pasa por alto: el poder limitado del gobierno de Estados Unidos sobre su «Estado profundo», sobre su «complejo militar-industrial». Si Trump, o cualquier otro presidente, ordenara al ejército estadounidense que regresara a casa, en particular de Alemania o de Japón, los jefes de Estado Mayor, como mínimo, se mantendrían al margen y esperarían a las próximas elecciones presidenciales. Pero, de hecho, no habrá necesidad de insubordinación. ¿Por qué, si la intención fuera no intervencionista, Trump y su «Departamento de Guerra» habrían solicitado recientemente al Congreso, que aumente el denominado presupuesto de defensa, ya gigantesco, de la increíble cifra de 1 billón de dólares en 2026 a 1,5 billones de dólares en 2027?

Como plataforma militar fuertemente armada de Estados Unidos, Alemania seguirá dependiendo de la protección estadounidense. En consecuencia, no podrá buscar un acercamiento con Rusia, ni por sí misma ni en nombre del conjunto de Europa Occidental. En lugar de abandonar Europa, Estados Unidos seguirá dominando su sistema estatal, si bien de forma menos directa que en el pasado, utilizando el cauce indirecto de hacerlo a través de Alemania, mientras el Reino Unido seguirá actuando como guardián regional de los intereses geopolíticos más amplios de la potencia estadounidense

Un sistema de Estados europeo-occidental liderado por Alemania como potencia regional seguiría estando dominado por Estados Unidos a través de su dominio sobre este país. En lugar de apostar por la «soberanía estratégica» retirándose del Tratado de no Proliferación, Alemania, bajo el mandato de Scholz, ha acordado comprar treinta y cinco cazabombarderos estadounidenses F-35 a un precio que determinará unilateralmente el gobierno estadounidense en el momento de su entrega. Su finalidad es sustituir al Eurofighter, supuestamente «obsoleto», pero autorizado por Estados Unidos para transportar ojivas nucleares estadounidenses. Por otro lado, Estados Unidos anunció en 2024, que a partir de 2026 comenzaría a desplegar en Alemania misiles Tomahawk tierra-aire de largo alcance de forma bilateral, esto es, eludiendo a la OTAN. Entre ellos se incluirían misiles hipersónicos capaces de alcanzar Moscú en cuestión de minutos, equipados con ojivas convencionales, aunque, cabe suponer, susceptibles de ser reacondicionados para transportar ojivas nucleares. Se trata casi como si fuera un secreto de Estado, si el despliegue fue solicitado por los alemanes o si Biden se lo presentó a Scholz como un hecho consumado no negociable, del que solo se le informaba. En cualquier caso, el asunto habla profusamente por sí solo sobre las perspectivas de «autonomía estratégica» de Alemania. Al igual que lo hace el hecho de que la cancelación sin previo aviso por Trump del despliegue de los misiles Tomahawk propiciara que el ministro de Defensa alemán suplicara a Estados Unidos, que le fuera concedida a Alemania la posibilidad de comprarlos e instalarlos en el suelo alemán con cargo a los presupuestos generales alemanes.

Como efecto secundario positivo para Estados Unidos, la conversión de la frontera occidental de Rusia en un Telón de Acero 2.0 acabará con la vieja pesadilla anglo-estadounidense de un posible orden regional euroasiático fundado en la coexistencia pacífica entre sus dos grandes potencias, Rusia y Alemania, lo que podría dar lugar a la «casa europea común» de Gorbachov o a la «Europa de Lisboa a Vladivostok» de Yeltsin y Putin

¿Qué significa todo esto para la «supervivencia» de una «Europa» autónoma de la que habla Marsh? Como plataforma militar fuertemente armada de Estados Unidos, Alemania seguirá dependiendo de la protección estadounidense. En consecuencia, no podrá buscar un acercamiento con Rusia, ni por sí misma ni en nombre del conjunto de Europa Occidental. En lugar de abandonar Europa, Estados Unidos seguirá dominando su sistema estatal, si bien de forma menos directa que en el pasado, utilizando el cauce indirecto de hacerlo a través de Alemania, mientras el Reino Unido seguirá actuando como guardián regional de los intereses geopolíticos más amplios de la potencia estadounidense. Tampoco es probable que Estados Unidos se oponga a que el Reino Unido, siguiendo la tradición de Boris Johnson, haga lo que buenamente pueda para persuadir a la oligarquía gobernante ucraniana de que no se rinda en la guerra con Rusia, con Alemania como principal proveedor de dinero al principio y luego, quizá, de soldados. Como efecto secundario positivo para Estados Unidos, la conversión de la frontera occidental de Rusia en un Telón de Acero 2.0 acabará con la vieja pesadilla anglo-estadounidense de un posible orden regional euroasiático fundado en la coexistencia pacífica entre sus dos grandes potencias, Rusia y Alemania, lo que podría dar lugar a la «casa europea común» de Gorbachov o a la «Europa de Lisboa a Vladivostok» de Yeltsin y Putin.

Siendo realistas, el escenario de Marsh de una supervivencia europea bajo el liderazgo alemán es, en realidad, un liderazgo alemán bajo el liderazgo estadounidense, con la Casa Blanca como comandante en jefe, el Reino Unido como primer adjunto y Alemania como sargento local donde se derrama la sangre

Además, a medida que la guerra se prolongue, la industria armamentística estadounidense disfrutará de un mercado prácticamente cautivo en Europa, superando a los franceses, en cooperación con los fabricantes de armas alemanes, que invierten en Ucrania y están creando una industria armamentística con los correspondientes multimillonarios locales. Al obligar a Alemania a mantener la presión sobre Rusia, prometiendo a los nacionalistas ucranianos una victoria, además de la adhesión a la UE y una indemnización por los daños sufridos al luchar por los «valores» occidentales, Estados Unidos obligará a China a desviar recursos militares y de otro tipo hacia sus fronteras euroasiáticas para proteger a Rusia de una derrota que ni siquiera ella puede evitar. ¿Por qué iba Estados Unidos a marcharse de un lugar tan paradisíaco como este?

Siendo realistas, el escenario de Marsh de una supervivencia europea bajo el liderazgo alemán es, en realidad, un liderazgo alemán bajo el liderazgo estadounidense, con la Casa Blanca como comandante en jefe, el Reino Unido como primer adjunto y Alemania como sargento local donde se derrama la sangre. Esto no parece del todo nuevo y, de hecho, Marsh no acaba de apostar a fondo por que «Europa» vaya a mejorar pronto, ni siquiera con el competente asesoramiento de las figuras destacadas de las finanzas internacionales que han leído o, en cualquier caso, respaldado su libro: «Los últimos años han sido difíciles para Europa», escribe Marsh, «[pero] antes de que las cosas mejoren, los europeos deberían prepararse para lo peor».

Como no podía ser de otra manera, entre los temas centrales del libro se encuentra el de la «resiliencia», un concepto que apenas se conocía hace unos años, pero que ahora es de uso común, habiéndose convertido en el principal eufemismo de la era de la policrisis. Google Ngram nos indica que su popularidad en los libros en lengua inglesa, tras décadas de discreta existencia en la periferia lingüística, se disparó entre 2005 y 2020. En Alemania, donde la palabra tuvo que importarse del inglés, apareció por primera vez, casi imperceptible, a principios de siglo; tras un breve pico a raíz de la crisis financiera, inició una fuerte subida en 2013, incluso más pronunciada que en la anglosfera, subida que parece destinada a continuar. Gracias a ChatGPT sabemos que «resiliencia» significa «la capacidad de recuperarse, adaptarse o reponerse tras una dificultad, estrés, conmoción o cambio». Tras haber migrado de la ciencia de los materiales a la ciencia de las personas, su significado fundamental se resume en «no evitar los problemas, sino recuperarse bien de ellos» en un mundo, uno se siente tentado a añadir, en el que el problema no son los problemas, sino recuperarse de ellos. Los políticos y otros «fabricantes de consenso» solían prometer crecimiento, prosperidad, estabilidad y paz, pero ahora, en la era de la crisis perpetua, se limitan sabiamente a exigir resiliencia como la virtud más elevada de los individuos y las sociedades: una revolución de expectativas reducidas iniciada desde arriba por aquellos que se han quedado sin mejores propuestas que ofrecer. Y una revolución que puede funcionar, al menos por el momento. Recientemente, en la televisión alemana, un hombre mostró a un reportero su sótano, repleto de botellas de aceite de oliva y paquetes de espaguetis. Era suficiente, dijo, para cocinar durante semanas la pasta en aceite sin necesidad de utilizar agua potencialmente contaminada: una contribución, dijo el hombre con orgullo, a la Resilienz en los tiempos adversos que veía venir. Votar para expulsar a Merz –o, si fuera posible, lo cual no lo es, a von der Leyen– no le parecía una alternativa y, de hecho, ¿cómo podría serlo? «¿Podrá sobrevivir Europa?». Con ciudadanos como él, al menos caerá con estilo.


Recomendamos leer Wolfgang Streeck, Gewaltbereit: Essays zur Zeitenwende (2026), Taking Back Control? States and State Systems After Globalism (2024), «La guerra de Irán y sus consecuencias: entrevista a Wolfgang Streeck», «No se vislumbra un final: reflexiones sobre la literatura reciente en torno a la destrucción de Gaza», «Violencia estadounidense: entrevista a Wolfgang Streeck», «Progreso tecnológico y cambio histórico: Engels, la guerra y la hipertrofia del Estado en el siglo XX», NLR 123, «¿Cómo terminará el capitalismo?», NLR 87, ¿Cómo terminará el capitalismo?, (2017),  Comprando tiempo: La crisis pospuesta del capitalismo democrático (2016), «La coyuntura leída por Wolfgang Streeck» y «La Unión Europea en guerra: dos años después», Diario Red; «El retorno del rey», «El belicismo suicida de las democracias autoritarias occidentales», «Los peligros de la lealtad inquebrantable a Estados Unidos» y «La Unión Europea, la OTAN y el próximo orden mundial», todos ellos publicados en El Salto.

Este texto se ha publicado originalmente en la Dublin Review of Books y se publica aquí con permiso expreso de su autor.