El peligroso punto muerto de la izquierda francesa

En Francia la izquierda es incapaz de trazar un curso de acción solvente ante la posibilidad de que la extrema derecha de Jordan Bardella y Marine Le Pen se haga con la presidencia de la República, dado el nefasto curso de acción seguido por el Partido Socialista francés de Olivier Faure y Raphaël Glucksmann y el extravío de los medios progresistas (Le Monde, Liberation, Mediapart) respecto al proyecto de La France Insoumise y de Jean-Luc Mélenchon.

Manifestación en París contra la regresiva reforma de las pensiones dispuesta por Emmanuel Macron en 2023, 23 de marzo de 2023 – Roland Godefroy / CC BY-SA 4.0.
Manifestación en París contra la regresiva reforma de las pensiones dispuesta por Emmanuel Macron en 2023, 23 de marzo de 2023 – Roland Godefroy / CC BY-SA 4.0.

En el conjunto de la Unión Europea, en Francia como en España, en Alemania como en el Reino Unido o Italia, la mutación espectacular de las condiciones sistémicas de reproducción de las relaciones sociales capitalistas, que está creando una situación de crisis no vista durante el último medio siglo, no logra producir mutaciones conmensurables de la misma intensidad y profundidad en el campo político de la izquierda capaces de colocar a sus fuerzas políticas en una senda  de poder desbordante producto de la innovación y la refundación políticas, que inaugure un proyecto de irrupción segura en las relaciones de poder social e institucional, así como vía electoral en las lógicas del poder legislativo y del poder ejecutivo imperantes en las respectivas formaciones sociales europeas, y que redunde, en el mejor de los casos, en  su capacidad de incidir netamente en los resortes de poder de la Unión Europea ante la patética incapacidad y la involución reaccionaria de las actuales clases dirigentes europeas y la decrépita gestión de su  institucionalidad.

Tras las elecciones municipales francesas celebradas el 15 y el 22 de marzo del presente año, solo un partido de izquierda ha mostrado su preocupación por los malos resultados: Les Écologistes, asediados y combativos, que han perdido seis de las ocho grandes ciudades conquistadas en la «ola verde» de 2020, incluida Burdeos. No es la primera vez que La France Insoumise (LFI) ofrece una lectura triunfalista –«resultados notables», un «desborde»– de unos resultados que no han cumplido la mayoría de las expectativas. El Parti Socialiste (PS), tras señalar que, junto con sus aliados, todavía conservaba siete de las diez mayores ciudades de Francia, entre ellas París, Lyon y Marsella, reanudó sus eternas disputas internas sobre la responsabilidad de haber perdido Brest, Clermont-Ferrand y Aviñón. El Partido Comunista Francés (PCF) se hizo con Nîmes, pero ha visto erosionado su apoyo en bastiones obreros como Vénissieux. La elección de su secretario nacional, Fabien Roussel, como alcalde de Saint-Amand-les-Eaux (16.000 habitantes) le sirve principalmente para consolidar su candidatura en la carrera presidencial del año que viene.

Hay que decir que las elecciones locales no son un indicador fiable de los resultados nacionales. Tres años después de su llegada al Elíseo en 2017, Emmanuel Macron no logró afianzarse en municipios ni grandes ni pequeños; sin embargo, fue reelegido dos años más tarde como presidente de la República. El fundador de LFI, Jean-Luc Mélenchon, obtuvo el 22 por 100 de los votos en las elecciones presidenciales de 2022 en un momento en que su partido solo controlaba dos pequeños municipios. Por el contrario, la fuerza municipal de los socialistas no sirvió para impulsar a su candidata presidencial de ese año, Anne Hidalgo, que solo obtuvo el 1,75 por 100 de los votos. La participación suele ser baja en las elecciones municipales (el 57 por 100 este año, frente al 72 por 100 en las elecciones presidenciales de 2022); en más de dos tercios de los municipios franceses, que a menudo son muy pequeños, las elecciones no enfrentan a partidos con programas opuestos y muchos candidatos no se presentan bajo las siglas de un partido. La atención de los medios, por su parte, se centra en los grandes centros metropolitanos, lo que exagera la fuerza de la izquierda, incluida La France Insoumise, y resta importancia a la de la extrema derecha de Rassemblement National (RN), que sigue estando mucho más arraigada en la Francia rural. A pesar de estas salvedades, estas elecciones municipales han arrojado algunas indicaciones, que no son precisamente alentadoras.

La atmósfera en la izquierda ya era tóxica antes de la votación. Los socialistas habían salido gravemente debilitados de las elecciones presidenciales de 2022; sus diputados debían sus escaños a un acuerdo en primera vuelta con el partido de Mélenchon. Ese acuerdo se renovó en las elecciones legislativas de junio de 2024, pero el PS ha roto desde entonces de manera decisiva con la coalición del Nouveau Front Populaire. A diferencia de sus socios, durante el último año el PS ha presado su apoyo parlamentario a los gobiernos de derecha nombrados por Macron. LFI, por su parte, reclama el monopolio de la «ruptura», el «radicalismo» y el antifascismo, tratando a sus antiguos aliados con una mezcla de desprecio e invectivas («estupidez», «imposturas nocivas», «traición»). Las coaliciones improvisadas que se formaron entre las dos vueltas de estas elecciones municipales, celebradas como hemos indicado el 15 y el 22 de marzo, solo empeoraron las cosas. Variaron mucho de una ciudad a otra, ya que el PS se negó a imponer línea alguna a sus candidatos. Allí donde creían que podían ganar por sí solos –París, Marsella, Montpellier–, los socialistas rechazaron las propuestas de LFI con la esperanza de atraer a los votantes de centro. Los candidatos que salieron debilitados de la primera vuelta, por el contrario, aceptaron alianzas con la LFI para salvar sus municipios en la segunda vuelta, ya que de lo contrario la derrota estaba asegurada (Brest, Nantes, Clermont-Ferrand, Aviñón).

Por si esto no fuera suficiente para generar confusión, la derecha socialista, junto al favorito de los medios Raphaël Glucksmann, figura emblemática de un pequeño partido centrista aliado con el PS, Place Publique, denunció cualquier colaboración con LFI, alegando que Mélenchon era una amenaza antisemita para la República francesa. El propio Mélenchon socavó a sus compañeros en las listas conjuntas cuando, en un mitin unos días antes de la votación, declaró: «Los socialistas son unos manipuladores empedernidos. No nos costará mucho comprarlos para la segunda vuelta». Como era de esperar, esa broma se repitió una y otra vez en los medios de comunicación durante la semana decisiva previa a las elecciones. Los anatemas intercambiados por los líderes del PS y de La France Insoumise hicieron prácticamente imposible que la izquierda uniera fuerzas y arrebatara las ciudades a la derecha. En Toulouse, ahora la tercera mayor ciudad de Francia después de Marsella, la lista conjunta de la izquierda no solo no alcanzó la suma de sus partes, sino que también movilizó a los abstencionistas en su contra.

Los socialistas atribuyeron naturalmente sus pérdidas municipales a las alianzas con LFI, que en su opinión alienaron a los votantes. Para el líder del PS, Olivier Faure, el partido de Mélenchon resultó ser un «lastre». LFI respondió que, sin esas alianzas, que preservaron algunos bastiones socialistas, como Nantes, la derrota del PS habría sido aún más severa, indicando que el factor principal para explicar estos pobres resultados había sido el cansancio del electorado ante los cargos socialistas en el poder (LFI no controlaba ningún municipio importante antes de las elecciones). Entretanto, los comunistas han tratado de mantenerse al margen de la refriega, mientras que los Verdes piden un alto el fuego.

Los partidos de izquierda, especialmente el PS y LFI, se preparan ahora para competir entre sí en las elecciones presidenciales de 2027. Los socialistas, aún sin un programa propio, apuestan unilateral y exclusivamente por la demonización de LFI. Hasta ahora han avanzado considerablemente en el impulso de esta agenda, sumándose a las campañas orquestadas contra LFI lanzadas por los medios de comunicación, el centro-derecha y el RN. Estos ataques han sabido aprovechar los tropiezos de Mélenchon, a quien nunca se le perdona ningún error, ningún desliz, aunque en realidad la hostilidad que su partido suscita entre los editorialistas de los principales medios de comunicación ha alcanzado tal intensidad que apenas se necesita pretexto alguno para mantenerla convenientemente encendida. Las portadas de revistas que muestran a un Mélenchon desaliñado y amenazador se suceden una tras otra. En un solo día, la página web de Le Figaro, el principal diario de la burguesía conservadora, en teoría distinto de la propaganda de extrema derecha, dedicó este par de titulares a los municipios ganados por su partido: «Mujeres con velo sermonean a un cliente cristiano: en Creil, la deriva comunitarista que ha llevado al poder a LFI»; «“Se apoyó tanto en las redes de LFI como en los Hermanos Musulmanes”: en Sarcelles, el nuevo alcalde alarma a la comunidad judía».

Ahora que LFI ha conquistado varias ciudades, incluidas dos de más de 100.000 habitantes –Saint-Denis y Roubaix– que cuentan con grandes poblaciones migrantes, a menudo musulmanes, podemos estar seguros de que cada incidente menor acaecido en estos lugares será tratado como una catástrofe nuclear por los medios de comunicación y la derecha radicalizada. Esta histeria racista ya ha comenzado en Saint-Denis en respuesta al anuncio del recién elegido alcalde Bally Bagayoko, de origen maliense, de que cumpliría su promesa electoral de despojar a la policía municipal de parte de su armamento. Desde el estallido de la guerra de Gaza, la acusación de antisemitismo es la que se lanza con mayor frecuencia contra LFI. Prácticamente todos los medios de comunicación –incluidos los supuestamente de izquierda o de centroizquierda, como Le Monde, Libération y Mediapart– han participado de forma activa, casi obsesiva, en la promoción de esta campaña de desprestigio. El pasado 26 de febrero un breve comentario de Mélenchon en el que bromeaba sobre la pronunciación rusa del apellido de Epstein en Francia, con la intención, según sugirió, de insinuar que Epstein era un enlace de Moscú y no del Mossad, fue aprovechado como prueba de intolerancia o algo peor en un eco de acusaciones similares que en su día se lanzaron contra Jeremy Corbyn. No importa que, en el mismo discurso de una hora y cuarenta minutos, Mélenchon también hubiera protestado por la presencia continuada en el Senado de una estatua de Luis IX («San Luis»), promulgador de decretos antisemitas. Esta supuesta infracción bastó para que el PS, que había asumido inicialmente con poco interés las acusaciones, cruzara el Rubicón unos días después, bajo la presión de su ala derecha y del propio Glucksmann. El 3 de marzo, en un comunicado de su oficina nacional, los socialistas condenaron «sin reservas» las «caricaturas conspirativas y los intolerables comentarios antisemitas» de Mélenchon y reafirmaron su rechazo a cualquier acuerdo nacional con LFI «dada la preocupante deriva de su dirección».

Tal y como están las cosas, una izquierda dividida tiene pocas perspectivas de victoria y no muchas más, si concurriera unida. Elección tras elección –presidenciales, legislativas, europeas– la izquierda francesa se ha estancado entre el 30 y el 35 por 100 de los votos, lo cual sitúa su resultado colectivo más o menos al mismo nivel que el de Rassemblement National (RN) por sí solo, sin tener en cuenta el apoyo prestado por formaciones auxiliares de la extrema derecha como Reconquête y Debout la France. ¿Qué se propone, entonces, hacer la izquierda en su conjunto durante el próximo año para impedir que la extrema derecha, esto es, Jordan Bardella o Marine Le Pen, llegue al poder? La respuesta es: muy poco. Parece que prevalecen otras prioridades.

En Francia, solo los dos candidatos más votados pasan a la segunda vuelta; en la actualidad, ello significa el RN y un rival. Si un partido de izquierda logra llegar a la segunda vuelta, lo cual no es imposible, si el bloque centrista se fractura, ¿cuáles son sus perspectivas? Mélenchon cuenta con lo que él mismo llama la «magia»: «Somos la fuerza líder de la izquierda, y punto. Por lo tanto, la candidatura presidencial será de La France Insoumise […]. Ante la disyuntiva, en la segunda vuelta, entre el Rassemblement National y un candidato de La France Insoumise, creemos que este país demostrará ser lo suficientemente antirracista y lo suficientemente republicano como para no votar al RN. Esa es nuestra apuesta. Y creemos que ganaremos». La estrategia de la «Nueva Francia» de LFI se basa en la hipótesis de que una minoría de izquierda comprometida puede imponerse movilizando a una reserva de abstencionistas, el denominado «cuarto bloque», desilusionados con la política electoral, desproporcionadamente jóvenes y de origen migrante. En una coyuntura marcada por la crisis internacional, las predicciones son arriesgadas, pero dado que esta apuesta no salió bien en las elecciones locales, la fe de la izquierda en que tal «magia» despliegue sus efectos en las elecciones presidenciales de abril de 2027 se halla menos generalizada que el temor a una derrota aplastante.

Los socialistas tienen una enorme responsabilidad a la hora de explicar esta situación de desorden y confusión. Una década después de la debacle de la presidencia de Hollande, parecen haber olvidado el daño que esta causó a la izquierda y el papel desempeñado por LFI para enjugarlo y remediarlo. El riesgo de que se repita la historia es evidente. Sin un programa, sin ideas claras, el PS va a la deriva de unas elecciones a otras, empeñado sobre todo en preservar su aparato y sus feudos locales. Marcar su distancia con respecto a LFI mediante acusaciones de antisemitismo, comunitarismo y extremismo puede ser el preludio de una estrategia de repliegue consistente en aliarse con el centro y sectores de la derecha «respetable». Thierry Pech, director del think tank socioliberal Terra Nova, ha respaldado recientemente esta opción: «Muchos votantes que habían abandonado la izquierda y optado por el macronismo están regresando a ella ahora que el bloque de centro se desintegra. Lo hacen con mayor facilidad, cuando se les asegura que no es concebible ningún acuerdo con Jean-Luc Mélenchon. En otras palabras, la tendencia actual implica una clara ruptura con LFI».

Esta «tendencia» resultaría atractiva a las élites económicas y a los medios de comunicación. Reuniría a partidos unidos por el apoyo al rearme, la alineación con el bloque occidental, el federalismo europeo, el respaldo a Ucrania, la hostilidad hacia el «populismo» y el rechazo de los «extremos», conglomerado de propuestas, que no resulta endeble y que no deja de tener coherencia sociológica. Sin embargo, en un entorno europeo en el que los programas del SPD y del Partido Laborista están siendo rechazados en Alemania y Gran Bretaña y en un contexto francés, que ni añora el liberalismo social cortado por el patrón de Hollande ni espera la continuación del macronismo sin el inmensamente impopular Macron, la «tendencia» prevista por Pech tiene un atractivo limitado. Es dudoso que una coalición burguesa de este tipo, que recuerda a la «Tercera Fuerza» de los primeros años de la Guerra Fría (1947-1958), cuando la clase política francesa se unió para impedir que los comunistas y los gaullistas llegaran al poder, pueda contener la demanda de cambio, ahora canalizada con mayor eficacia por la extrema derecha que por la izquierda.

Por el momento, no está claro qué alternativa queda sobre la mesa. Aun teniendo en cuenta la larga costumbre de la izquierda francesa de hablar con doblez según lo dicten las circunstancias, es difícil prever un acercamiento táctico entre el PS y LFI cuajado a tiempo para afrontar con solvencia las elecciones presidenciales de la primavera de 2027. El resultado más probable es que ambos partidos queden eliminados en la primera vuelta o que uno de ellos pase a la segunda en una posición tan debilitada que la victoria sea inalcanzable. La exclusión simplemente de las fuerzas de izquierda de la segunda vuelta no sería en sí misma algo sin precedentes, ya que esta estuvo ausente en 2017 y en 2022, pero tal resultado vez se produciría en un contexto en el que la extrema derecha, que se ha fortalecido constantemente durante los dos mandatos de Macron, tiene posibilidades reales de llegar al poder.


Recomendamos leer Serge Halimi, «La situación de Francia», NLR 144, Natahm Sperber, «La crisis francesa: ¿orgánica o coyuntural?», Diario Red/New Left Review 148, y Perry Anderson, «El centro puede aguantar», NLR 105. Wolfgang Streeck, «La Unión Europea en guerra: dos años después» y Maurizio Lazzarato, «La “guerra civil” en Francia», ambos publicados en Diario Red. Daniel Finn, «Starmer vs. Corbyn: de los usos políticos del antisemitismo» y «El mismo filo de la navaja: Starmer contra la izquierda», y Fréderic Lordon, «El levantamiento francés», todos ellos publicados en El Salto.

Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista bimestral publicada en Madrid por el Instituto Republica & Democracia de Podemos y por Traficantes de Sueños.