«Las palabras son importantes, sí, pero pierden su valor si no van seguidas de hechos», entrevista a Raúl Sánchez Cedillo.

Ante la normalización del «régimen de guerra»: ¿qué alternativas reales hay? Hablamos con el pensador que puso este concepto sobre la mesa desde el comienzo de la invasión de Ucrania. Raúl Sánchez Cedillo es filósofo, traductor y colaborador de Canal Red. Su trayectoria atraviesa movimientos sociales europeos como la insumisión antimilitarista, los centros sociales okupados y las experiencias de autogestión. Ha sido fundador y miembro de la Universidad Nómada y la Fundación de los Comunes

 

Cartel de la campaña del PSOE por el referéndum, 1981. 
Cartel de la campaña del PSOE por el referéndum, 1981.

¿Cómo ves el momento actual de la guerra de Ucrania, con los ataques a Moscú, las advertencias de Rusia a Europa y la implicación de España tras el acuerdo de cooperación firmado por Pedro Sánchez con Ucrania? ¿Es un momento especialmente peligroso?

La guerra de Ucrania, la coyuntura y el ciclo que comenzó en 2014 con las protestas y termina ahora nos lleva a una fase especialmente delicada en la que confluyen varios factores: el desgaste acumulado de Ucrania, las crecientes divisiones dentro del bloque europeo y una implicación cada vez más directa de los países occidentales en el conflicto. Estamos ante un posible punto de inflexión cuyo desenlace todavía es incierto. Por un lado, podría producirse una escalada militar de mayor alcance, con una participación más explícita de la OTAN. Por otro, los últimos movimientos también podrían interpretarse como una forma de presión destinada a abrir la puerta a negociaciones o a algún tipo de tregua. Hay una división dentro del frente occidental desde que llegó Trump que llega incluso a las articulaciones del hasta ahora muy eficaz frente de la propaganda de guerra que consideraba a todo el que esté a favor de la paz como una quinta columna.

Eso sí, vamos a un punto de inflexión y la participación española no se limita al plano diplomático. España forma parte de las estructuras militares de la OTAN desplegadas en Europa del Este, mantiene acuerdos de cooperación con Ucrania y participa en el apoyo militar al país. Todo ello aumenta su grado de implicación en el conflicto.

Ahora bien, no creo que España sea actualmente un objetivo prioritario para Rusia. Moscú concentra principalmente su atención en actores como Alemania, Polonia o el Reino Unido. La acumulación de tensiones sí incrementa el riesgo general y acerca la posibilidad de una transformación de escala del conflicto. En ese sentido, estamos probablemente en uno de los momentos más peligrosos desde el inicio de la guerra.

Pedro Sánchez se presenta en el extranjero muy crítico con la OTAN y la guerra. Pero hace unos días, los diputados del PSOE votaron, junto con el PP y los fascistas de Vox, en contra de la moción para celebrar un referéndum sobre la salida de la OTAN. Entonces, ¿qué doble juego es éste?

Existe un oportunismo flexible por parte de Sánchez y de la intelectualidad que le respalda, entre ellos Berna León, uno de sus asesores, ahora aupado a la Fundación Avanza, que tiene la capacidad de adoptar patrones de argumentación críticos y adaptarlos a una especie de nueva agenda socialdemócrata. Ha sabido reconocer muy bien la crisis de orientación en la que se encuentran muchas personas que antes apostaban por una política de cambio. En el contexto de la polarización promovida por el propio PSOE, se ha producido una reducción del espacio político a la izquierda del PSOE. Esta constelación se benefició de una reorganización del debate que se produjo a partir de 2010, impulsada por fuerzas como Syriza, la izquierda francesa en torno a Mélenchon y, más tarde, Podemos. Estos han provocado un desplazamiento de temas, retóricas y posiciones políticas, en parte también de la socialdemocracia clásica, mientras que todo el espectro político en Europa y casi en todo el mundo se ha desplazado hacia la derecha. Esto permite una especie de legitimación desde la izquierda o una diferenciación frente al trumpismo. En España, el PSOE se sitúa así, en cierto modo, a la izquierda del centro político, lo que a menudo resulta difícil de entender desde fuera. Hay políticos del PSOE que se sitúan claramente a la izquierda de los políticos de otros partidos socialdemócratas. Sin embargo, Sánchez no cuestiona de forma fundamental la guerra en Ucrania. La defensa de Cuba, la Revolución Bolivariana, la monarquía o la política fronteriza de la Unión Europea no son temas que le preocupen.

Cuando Sánchez critica a la OTAN o a Israel, fuera de España a menudo no se tienen en cuenta las relaciones de poder políticas y la evolución que hay detrás. En este sentido, ha sido decisiva la capacidad de Podemos, a pesar de su menguante importancia parlamentaria, para representar, gracias a su solidez analítica y su valentía política, una amenaza política permanente a la que otros actores deben reaccionar adoptando o reinterpretando posiciones. Son actores políticos que se aferran a cualquier clavo ardiendo para construir, en la percepción pública, un polo de legitimación y resistencia. Pero ese no es un polo estable.

¿Se trata entonces sobre todo de gestos y palabras?

Siempre existe la tendencia a idealizar y a imaginar o esperar que haya una alternativa: Sánchez es el Quijote solitario y lidera el único gobierno crítico de todo Occidente. Pero si luego no se libra ninguna lucha, por ejemplo, contra la política de austeridad, y si no se pone fin al capitalismo de guerra, ¿qué queda entonces? En España no ocurre precisamente eso. Si me preguntaran si eso es una alternativa real, la respuesta sería: no.

Tampoco hay una alternativa clara en lo que respecta al genocidio. La UE lo apoya, y tampoco Pedro Sánchez representa una alternativa real en este sentido. Es cierto que se trata del único "gobierno progresista" de la UE, pero tampoco es más que eso.

En cuanto a las relaciones con Israel, España no las ha roto hasta ahora ni ha puesto fin al comercio de armas. Al mismo tiempo, sigue apostando por el rearme militar en el contexto del conflicto con Rusia. Aquí se pone de manifiesto un elemento central de lo que hace cuatro años Adam Tooze propuso ambiguamente como "socialdemocracia de guerra". Se cree que hay que librar una supuesta "guerra de civilización" contra el mal, por ejemplo, en nombre de la lucha contra Putin.

Las palabras son importantes, sí, pero pierden su valor si no van seguidas de hechos. Ese es precisamente el punto decisivo. Sánchez suele decir lo que le conviene políticamente, lo que le sirve para mantenerse en el poder. Comenzó como un socialdemócrata más bien de derechas y estaba dispuesto a aliarse con el partido liberal Ciudadanos para llegar al poder y debilitar a Podemos. Pero, como es un político hábil, en 2020 decidió arriesgarse y gobernar junto con Podemos. Sin embargo, lo hizo a su manera: difuminando las fronteras políticas. La reacción más fuerte a ello provino tanto de la derecha española -especialmente en su vertiente en parte fascista- como de las dinámicas dentro del sistema capitalista existente, en el que, en última instancia, tienen lugar estos enfrentamientos.

Sánchez ha reducido esencialmente a la izquierda a aquellos que se han adaptado a su forma de gobernar y no oponen resistencia. Podemos no ha aceptado esto, ya que surgió originalmente para cuestionar de raíz el sistema oligárquico bipartidista. Sin embargo, Sánchez lo tiene fácil, ya que se ha apropiado de toda la retórica progresista, mientras que, al mismo tiempo, la llamada Ley Mordaza ha seguido en vigor -un obstáculo fundamental para el surgimiento de protestas.

Todavía hay sindicalistas en la cárcel, y se puede ser detenido por ir a la huelga. En España no se ha tocado la estructura económica. Tenemos una clase trabajadora que se ve obligada a doblegarse ante un sistema en el que las ciudades españolas se han convertido en atracciones turísticas donde ya no se puede pagar el alquiler. Bajo el mandato de Pedro Sánchez, la desigualdad ha aumentado. No ha llevado a cabo reformas reales en el cuerpo policial; sigue siendo una policía con continuidades de la etapa posfranquista, que también ha criminalizado a Podemos. Tampoco se ha intentado seriamente una reforma de la justicia, mientras que el debate político se ha centrado en gran medida en su persona.

En este contexto, el PSOE aparece como conservador y, al mismo tiempo, compatible con la corrupción. De hecho, actualmente hay casos de corrupción en el entorno más cercano al Gobierno. Se trata de una personalización del poder sin un proyecto político coherente, en la que Sánchez se arroga todo un ciclo político, algo que no ha existido de esta forma en ningún otro país europeo.

En 2023 publicaste Esta guerra no termina en Ucrania y hemos asistido al genocidio en Gaza y el ataque a Irán? ¿Por qué no hay una oposición como la que hubo con las guerras de Irak?

La guerra de Irak de 1991 tuvo lugar, en lo que respecta a España, en el contexto de un Gobierno conservador, y el PSOE también participó en las protestas. Irak había afirmado entonces que Kuwait se estaba apropiando de su petróleo. Irak reclamó lo que, desde su punto de vista, era un derecho legítimo a la anexión de Kuwait. Se podría argumentar que también la expansión de la OTAN hacia el este, así como los contraargumentos rusos, deben considerarse en un contexto geopolítico comparable. Sin embargo, apenas se habla de ello, ya que el «régimen de guerra» impone la lógica de que hay que estar en un bando o en el otro. Esto supone una erosión fundamental de los principios democráticos.

En 1991 hubo protestas, pero ¿por qué? En Alemania, el movimiento pacifista era muy fuerte desde los años 80, al igual que en España, donde se produjeron manifestaciones masivas, y de ese contexto surgió Izquierda Unida. El problema es que esa cultura política ha desaparecido en gran medida hoy en día. A ello contribuyó también la legitimación de un «imperialismo de los derechos humanos» por parte de la sociedad civil internacional, numerosas ONG y partidos políticos, que justificaron las llamadas intervenciones humanitarias -por ejemplo, en la antigua Yugoslavia. Más tarde, esta lógica se repitió en Libia en el marco de una aventura neocolonial.

En España se fue abandonando cada vez más tanto el pacifismo clásico como las perspectivas políticas europeas. El hecho de que Podemos abandonara el Gobierno en el contexto de la guerra en Ucrania -ante la percepción de que con ello se perfilaba un orden bélico global y la formación gradual de lo que llamo "sociedades guerra"- apunta a esta evolución: la guerra se organiza cada vez más como una forma de vida social y un modo de producción capitalista específico.

Me asusta que Ucrania siga funcionando como una economía de mercado en la que la guerra se ha convertido en una forma de vida: la gente trabaja en fábricas de drones, la financiación es en parte privada, ya que el Estado no dispone de recursos suficientes e impone una austeridad extrema. Se está creando una auténtica sociedad de guerra. El desarrollo del capitalismo y la lógica de la guerra van de la mano. La idea de que el rearme es posible sin repercusiones sociales es una ilusión.

¿Crees que Alemania juega un papel determinante en Europa, en especial porque parece haber olvidado su historia y quiere el mayor ejército convencional?

Un problema fundamental de Alemania radica en que su política de memoria es, en parte, revisionista y errónea. No falta la memoria, sino más bien que esta forma de memoria a menudo impide comprender correctamente el presente. Con frecuencia sirve para legitimar una política que hoy en día posiblemente repita errores similares, pero que al mismo tiempo se siente moralmente amparada, por ejemplo, mediante el especial énfasis en el apoyo a Israel. Sin embargo, no se ve a Israel como lo que es o en lo que se ha convertido.

Pedro Sánchez, Joe Biden y Jens Stoltenberg en la cumbre de la OTAN de junio de 2022 en Madrid. 
Pedro Sánchez, Joe Biden y Jens Stoltenberg en la cumbre de la OTAN de junio de 2022 en Madrid. 

Al mismo tiempo, la base económica de Alemania también ha cambiado mucho. La industria ha perdido fuerza en muchos sectores. Hoy en día, Alemania dispone sobre todo de poder financiero, de un papel central dentro de la Unión Europea y del euro, que en parte también sirve para asegurar su hegemonía económica. Por eso, esta nueva Alemania, que quiere volver a ser una gran potencia militar, podría contribuir más bien a la división de la Unión Europea.

En este contexto, Alemania tiene un problema de autorreferencialidad y autoaislamiento. Al mismo tiempo, es uno de los países en los que se está desarrollando cada vez más lo que Ernst Fraenkel denominó el "doble Estado": es decir, la coexistencia de un Estado de derecho que promulga leyes y un Estado autoritario de medidas que opera mediante intervenciones concretas y medidas excepcionales.

El consenso parlamentario conduce cada vez más a una restricción de las libertades. Eso es lo que entiendo por "régimen de guerra": una evolución que conduce a la neutralización de la oposición, al consenso forzado, a la polarización y a estados de excepción permanentes -legitimados mediante la referencia a amenazas externas e internas-. Medidas excepcionales extraordinarias que se justifican alegando que supuestamente estamos en guerra y expuestos a amenazas permanentes.

Aquí se manifiesta el "Estado de las medidas": un Estado que restringe las libertades, normaliza el estado de excepción y criminaliza a grupos enteros de la población —por ejemplo, debido a su pertenencia cultural o religiosa—. El racismo antimusulmán es un elemento central en este contexto, al igual que en Francia, donde desde principios de la década de 2000 ha tenido una influencia determinante en el panorama político. Alemania funciona en muchos aspectos como un Estado de consenso: un amplio consenso parlamentario que rara vez se cuestiona de forma fundamental y en cuyo nombre se justifican las restricciones a las libertades.

El partido Die Linke no parece reconocer del todo, en estos momentos, el peligro que, en última instancia, podría llevar a su desaparición. ¿Es capaz siquiera de construir un frente por la paz que, al mismo tiempo, no respalde los objetivos neocoloniales de la UE? Este deseo de ser un partido «tranquilo» y acomodado, que respalde el consenso de la militarización -respaldado por una retórica contra Putin y a favor de la defensa de Israel-, significa de hecho que acepta la distribución de poder existente: entre el capital financiero, las grandes empresas, los sindicatos de colaboración social y una parte de la población cada vez más precaria. Algunas partes del partido son incluso susceptibles de adoptar un discurso antimusulmán.

En Alemania se habla de posibles acuerdos entre Die Linke y la CDU para frenar el ascenso de la extrema derecha, que ronda el 40 por cien en algunos estados regionales antes de las elecciones de septiembre. ¿Qué consecuencias podría tener una alianza así para Alemania y para Europa, especialmente en el contexto del llamado “régimen de guerra”?

Alemania sigue siendo uno de los centros políticos, económicos y estratégicos fundamentales de la Unión Europea. Por eso, cualquier cambio importante en su sistema de alianzas tiene consecuencias mucho más allá de sus fronteras.

Una aproximación entre la CDU y Die Linke supondría una transformación histórica para la izquierda alemana. Significaría la integración de una fuerza que nació como crítica del consenso dominante dentro de un bloque político cada vez más amplio que comparte posiciones fundamentales sobre el apoyo a Ucrania, el aumento del gasto militar y la estrategia europea frente a Rusia.

Desde el punto de vista del llamado régimen de guerra, esta evolución consolidaría una tendencia que ya observamos en varios países europeos: la formación de grandes bloques centristas que reúnen a conservadores, socialdemócratas, verdes e incluso sectores de la izquierda con el objetivo de contener a la extrema derecha, pero también de garantizar la continuidad de determinadas políticas de seguridad y militarización.

El riesgo es que esa estrategia termine debilitando todavía más a la izquierda tradicional, provocando nuevas fracturas internas y favoreciendo la aparición de fuerzas alternativas que intenten ocupar el espacio abandonado. En términos europeos, una coalición de este tipo reforzaría el liderazgo alemán en la actual orientación política de la Unión y consolidaría el apoyo al rearme y a la política de confrontación con Rusia.