Noruega: futuros del petróleo y transición ecosistémica de clase
La transición ecosistémica actual implica una colosal redistribución de la riqueza global, la rearticulación de los procesos productivos, logísticos, financieros y fiscales y la construcción de una nueva institucionalidad posnacional y suprancional, que tiene infinitos ganadores y un residuo insignificante de perdedores
A principios de este año Noruega parecía dispuesta a elegir el gobierno más derechista de su historia. El Partido del Progreso, adscrito a la derecha populista, estaba subiendo en las encuestas, mientras que el gobierno de centroizquierda se encontraba en plena confusión tras la retirada del Partido del Centro de la coalición liderada por el Partido Laborista por una disputa sobre la mayor integración de Noruega en los mercados energéticos europeos. Sin embargo, en en las elecciones generales celebradas el pasado 8 de septiembre, el Partido Laborista gobernante se recuperó y se aferró al poder con un ligero aumento de la cuota de votos obtenida, haciéndose con el 28 por 100 de los sufragios. Jonas Gahr Støre lidera ahora un segundo gobierno, esta vez apoyado fundamentalmente por el Partido Rojo (Rødt), Izquierda Socialista y los Verdes, que han obtenido conjuntamente el 16 por 100 de los sufragios, mientras su antiguo socio de coalición se ha desplomado hasta el 6 por 100. En la derecha, el poder pasó al Partido del Progreso, más radical, liderado por Sylvi Listhaug, que casi duplicó su porcentaje hasta hacerse con el 24 por 100 de los votos, superando así a los conservadores de Erna Solberg, que cayeron al 15 por 100. Según su propia evaluación poselectoral, los conservadores, que habían gobernado entre 2013 y 2021, fueron castigados en parte por no contar con un programa lo suficientemente diferenciado del presentado por el Partido del Progreso, partido con quien contemplaban la posibilidad, realmente muy impopular, de gobernar en coalición.
De hecho, el Partido Laborista, cuyo ministro de Finanzas es el exsecretario general de la OTAN Jens Stoltenberg, ha convertido la pertenencia a esta en la línea roja para cualquier coalición presente o futura con los partidos de izquierda
Tanto el Partido Laborista como el Partido Conservador se presentaron con el mismo programa: políticas de bienestar, coste de la vida, seguridad nacional. En los debates televisados, la división entre las zonas urbanas y rurales ocupó un lugar destacado en la agenda, tema recurrente en un país con la densidad de población más baja de Europa continental. Los conservadores hicieron campaña a favor de una mayor privatización de la sanidad para reducir las listas de espera y en pro de la introducción de rebajas fiscales, incluso para los ricos; las promesas principales del Partido Laborista fueron limitar las listas de espera en los hospitales, reducir el coste de las escuelas infantiles y establecer un plan de electricidad a un precio fijo. En cuanto a la seguridad nacional, ambos partidos coincidieron en predicar la lealtad a la OTAN, el apoyo incondicional a Ucrania y el aumento a gran escala del gasto militar. De hecho, el Partido Laborista, cuyo ministro de Finanzas es el exsecretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha convertido la pertenencia a esta en la línea roja para cualquier coalición presente o futura con los partidos de izquierda, mientras que el gobierno de Støre se comprometió el año pasado a duplicar el presupuesto de defensa, promocionando la propuesta como un «impulso histórico».
Las tensiones con Rusia aumentaron tras el importante incremento de la presencia de las tropas estadounidenses en territorio noruego a partir de 2018 y del estacionamiento de bombarderos en 2021. Noruega se dispone ahora a convertirse en un bastión marítimo de la OTAN
El militarismo fue la «causa por encima de todas las causas» en estas últimas elecciones generales, según Aftenposten, el periódico de referencia de Noruega. Limitando con Rusia en el Ártico, el espectro de la Guerra Fría se cierne sobre un país que en su día rechazó la presencia de bases extranjeras permanentes o el estacionamiento de armas nucleares en su territorio para no enemistarse con la URSS. Las tensiones con Rusia aumentaron tras un importante incremento de la presencia de las tropas estadounidenses en territorio noruego a partir de 2018 y del estacionamiento de bombarderos en 2021. Noruega se dispone ahora a convertirse en un bastión marítimo de la OTAN en el estratégico espacio delimitado por Groenlandia, Islandia y el Reino Unido, así como en la amplia zona delimitada por los mares del Norte, de Noruega y de Barents.
Como era de esperar, el Partido del Progreso se sumó a las peticiones de fortalecimiento de las fuerzas armadas noruegas. El partido logró en septiembre sus mejores resultados históricos, atrayendo con éxito a votantes insatisfechos con los partidos tradicionales y a votantes jóvenes descontentos, especialmente hombres. El Partido del Progreso ha tardado más de una década en recuperarse por completo del atentado terrorista de Utøya de 2011, en el que Anders Breivik, un antiguo miembro del mismo, mató a setenta y siete miembros de la sección juvenil del Partido Laborista, AUF. Su impacto ha comenzado ahora a desvanecerse en la política noruega, aunque el recuerdo resurgió semanas antes de las elecciones, cuando un simpatizante de extrema derecha asesinó a la enfermera etíope-noruega Tamima Nibras Juhar. Aunque el Partido del Progreso se postula netamente contra la migración, la cuestión tuvo menos protagonismo en su campaña que en elecciones anteriores. A medida que la opinión pública se vuelve más favorable a los inmigrantes, el Partido del Progreso ha adoptado una posición más antiestatalista: impuestos bajos, gasto público reducido y débil interferencia gubernamental. Este paquete de medidas incluye la abolición del impuesto sobre el patrimonio vigente en Noruega, que es uno de los tres únicos países europeos que gravan con el 1 por 100 a todo contribuyente, cuyo patrimonio supere los 148.000 euros. Un sector significativo de la ciudadanía quiere reducirlo o abolirlo, en parte gracias a las amplias campañas mediáticas.
El impuesto sobre el patrimonio ha sido en general uno de los temas predilectos de la derecha, mientras la izquierda lo ha defendido y abogado por su ampliación para abordar la desigualdad existente en el país. Los dos mil quinientos hogares más ricos poseen ahora tanta riqueza como los 1,5 millones de hogares más pobres y ello incluso cuando un pequeño número de multimillonarios ha huido a paraísos fiscales situados en el extranjero. El día de las elecciones, las encuestas identificaron la desigualdad, de modo muy preponderante, como el tema nacional más importante. En el recuento final, en el campo de la izquierda los votantes se desplazaron ligeramente de Izquierda Socialista al Partido Rojo, más radical, y al Partido Verde. El Partido Rojo, fundado en 2007, presenta un programa de clase intransigente y se mantiene firme en su crítica a la pertenencia a la OTAN. Incrementó su representación el 0,6 por 100 hasta alcanzar el 4,6 por 100 de los sufragios, mientras que Izquierda Socialista, formación más pragmática, que en el pasado votó a favor de aumentar la edad de jubilación y reducir el impuesto de sociedades, perdió el 2 por 100 de sus votos. Los Verdes, otro partido relativamente nuevo, lograron el resultado récord del 5 por 100, lo cual que les posicionó por primera vez como parte informal del bloque gobernante. Sin haberse alineado nunca antes con el bloque de izquierda o de derecha, los Verdes giraron con éxito hacia la izquierda en estas elecciones, avanzando en las cuestiones del petróleo y de Palestina.
En estas elecciones se ha verificado una politización más amplia y exitosa del asunto del petróleo por parte de la izquierda noruega, tema que durante mucho tiempo ha sido tabú en la política nacional. La importancia del sector petrolero del país no puede ser subestimada. Cuando Noruega, el Reino Unido y Dinamarca descubrieron petróleo y gas en el Mar del Norte durante las décadas de 1960 y 1970, optaron por vías de desarrollo muy diferentes. Dinamarca cedió la propiedad a una única empresa privada, A. P. Møller-Mærsk. Al ser un país eminentemente agrícola, caracterizado por poseer escasa industria intensiva en capital o de alto riesgo, la ausencia de empresas públicas en otros sectores de la economía se tradujo en la carencia de precedentes susceptibles de ser importados al nuevo sector petrolífero y en la ausencia de presión popular para optar por la propiedad pública de los recursos petroleros. En el Reino Unido, los conservadores, temiendo una Gran Bretaña socialista impulsada por el petróleo, también permitieron rápidamente que la empresa privada se hiciera con el control de los recursos petrolíferos y British Petroleum pronto tomó las riendas de su explotación.
Gran parte de los ingresos procedentes de algunas de las mayores reservas per cápita de petróleo y gas del mundo han sido captados por el Estado y depositados en el Fondo Petrolero, el mayor fondo soberano del mundo
Noruega eligió un camino diferente. El control estatal del petróleo y el gas encajaba en una economía política encabezada por un fuerte sector industrial –minería, metales, fertilizantes, madera– caracterizado por una importante participación del Estado y por la presencia de poderosos sindicatos. Gran parte de los ingresos procedentes de algunas de las mayores reservas per cápita de petróleo y gas del mundo han sido captados por el Estado y depositados en el Fondo Petrolero, el mayor fondo soberano del mundo. El Fondo se creó en 1990 no solo para socializar los beneficios del sector petrolero, sino también para evitar la temida «enfermedad holandesa» a tenor de la cual la creciente demanda de gas holandés aumentó la demanda del florín holandés, cuya apreciación fue enormemente perjudicial para la economía holandesa. Al invertir los ingresos del petróleo en el mercado de valores, Noruega evitó la apreciación de la corona noruega y los problemas que ello acarreaba tanto para los sectores orientados a la exportación como para el consumo interno. Tras superar con éxito la maldición de los recursos, el imperio petrolero de Noruega se consolidó como conditio sine qua non de la economía del país, llegando a representar casi la cuarta parte del PIB noruego y más de la mitad de las exportaciones totales.
El petróleo es clave no solo para financiar el Estado del bienestar de Noruega, sino también para mantener el pacto social entre el Estado, el capital y el trabajo. El sector da empleo, directa o indirectamente, a 210.000 trabajadores en un país de tan solo 5,6 millones de habitantes. El interés de los sindicatos ligados al sector de los combustibles fósiles por garantizar condiciones de trabajo dignas en una industria que destruye el planeta y genera enormes beneficios estatales y privados ha entrado a menudo en conflicto con el movimiento ecologista urbano, que exige una acción rápida contra el cambio climático, pero tiende a restar prioridad a las cuestiones redistributivas. El líder sindical Frode Alfheim, por ejemplo, declaró en 2023 que «Noruega tiene que ser el último país del mundo en reducir la producción de petróleo». El petróleo también desempeña un papel desmesurado en la cultura nacional. La gigantesca empresa petrolera Equinor, en su mayor parte de propiedad pública, es uno de los principales patrocinadores del deporte, la cultura, la educación y la investigación en Noruega. Los graduados noruegos la consideran su empleador preferido. El activista climático Erland Eggen ha criticado lo que él denomina «Equinorsk»: la idea profundamente arraigada de que el petróleo noruego es limpio, democrático y necesario.
Durante los últimos años, sin embargo, se ha producido un activismo sostenido y una presión política en varios frentes. Tomemos como ejemplo la cuestión de la desinversión. Los partidos de izquierda, los sindicatos y los movimientos sociales han presionado al Partido Laborista para que desinvierta los activos del Fondo Petrolero, que sean cómplices con la ocupación israelí, lo cual ha cosechado diversos éxitos: el Fondo ha reevaluado sus inversiones en la empresa israelí de motores a reacción Bet Shemesh, ha vendido su participación de 24 millardos de coronas noruegas (2 millardos de euros) en Caterpillar, cómplice de la demolición de viviendas en Palestina (Trump respondió con amenazas de aranceles y sanciones) y se ha deshecho de sus participaciones en cinco bancos israelíes, que financian la construcción de asentamientos en Cisjordania. A principios de este verano, el Fondo rompió sus vínculos con gestores de fondos israelíes externos y se desprendió de once empresas israelíes. Sin embargo, tras las elecciones, el Partido Laborista ha dado marcha atrás en su compromiso de que el Fondo Petrolero desinvirtiera sus inversiones en Israel. Además, el Partido Laborista ha dejado de lado a la izquierda al asegurarse una mayoría parlamentaria, que le otorga el derecho a reducir el poder del Consejo de Ética para el Fondo de Pensiones Global del Gobierno por temor a que las grandes empresas tecnológicas noruegas que mantienen vínculos empresariales en Israel puedan ser los próximos objetivos de la campaña de desinversión.
Dado que el nuevo gobierno depende de los votos de la izquierda en el Parlamento, existe la oportunidad de seguir abriendo el debate sobre el futuro del petróleo. No será fácil
En el período previo a las elecciones, los partidos de izquierda noruegos han adoptado posiciones audaces sobre el futuro del sector petrolero. Los Verdes proponen eliminar gradualmente la producción de petróleo y gas para 2040 y realizar la transición para convertirse en una potencia de tecnología verde. Izquierda Socialista ha pedido que se prohíba la exploración de nuevos yacimientos de petróleo y gas tras su exitosa demanda presentada en 2022 de cancelar la vigésimo sexta ronda de concesión de licencias. La cancelación provocó un conflicto abierto entre los sindicatos y los partidos de centroizquierda. Posteriormente, el Partido Laborista acordó reabrir esta vigésimo sexta ronda de concesión de licencias, abogando por la ampliación de la exploración y la extracción de petróleo. Sin embargo, un litigio estratégico iniciado por activistas climáticos ha sentenciado recientemente el cierre de tres yacimientos petrolíferos, a menos que el Estado pueda proporcionar rápidamente evaluaciones mejoradas de su impacto medioambiental. Dado que el nuevo gobierno depende de los votos de la izquierda en el Parlamento, existe la oportunidad de seguir abriendo el debate sobre el futuro del petróleo. No será fácil. Pero para la izquierda, conseguir avances políticos en esta cuestión en un panorama tan profundamente adverso a la acción climática y dada la profusa financiación del debate por los ingresos procedentes del petróleo y el gas es un logro significativo.
Las últimas encuestas muestran que la población noruega considera el clima como el problema global más importante en estos momentos. Sin embargo, cuando se pregunta a los ciudadanos y ciudadanas noruegas cual debería ser el asunto prioritario para el país, las cifras cambian drásticamente del clima a la seguridad y la defensa. En otras palabras, la ciudanía noruega sabe que hay que hacer algo, pero no quieren ser ella quien lo haga. De hecho, en la COP30 Noruega apoyó la eliminación gradual de los combustibles fósiles a escala mundial. Sin embargo, a escala nacional, el asunto es otra canción. Será difícil cambiar la negación colectiva sobre la desmesurada contribución de Noruega a la crisis climática. Las prioridades del establishment y de los partidos dominantes corren contra esta percepción y contra la asunción de sus consecuencias, dado que optan por el militarismo en vez de por el bienestar social y por los combustibles fósiles en vez de por la acción climática. El principal problema al que se enfrenta Noruega no es Rusia, sino el futuro después del petróleo. Quien controle el Fondo Petrolero tendrá un papel central en la configuración de ese futuro. ¿Responderá el futuro al laissez-faire característico del Partido del Progreso, que obstaculiza la lucha contra el cambio climático, estará definido, por el contrario, por la opción de un Estado verde ecosocialista pospetrolero o Noruega se topará a la postre con la continuidad inalterada de las políticas habituales bajo la férula del Partido Laborista? Hay mucho en juego y no solo para el pueblo noruego.
Recomendamos leer Nancy Fraser, «Los climas del capital», NLR 127, Lola Seaton, «Pintando el nacionalismo de verde», NLR 124, Sharachchandra Lele; «Medioambiente y bienestar. Una perspectiva desde el Sur global», NLR 123; Kenta Tsuda, «Preguntas ingenuas sobre el decrecimiento», NLR 128, y Robert Pollin et al., Decrecimiento vs Green New Deal (2019).
Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, publicada en Madrid por el Instituto Republica & Democracia de Podemos y por Traficantes de Sueños.