La sobreposición de crisis sistémicas: globalismo, hegemonía y deuda.
En este artículo Álvaro García Linera analiza las dimensiones de la crisis sistémica del capitalismo, poniendo en relación el estancamiento permanente de las tasas de crecimiento en los países capitalistas occidentales, el aumento insostenible de las tasas de endeudamiento público y privado, así como la pérdida creciente de hegemonía de Estados Unidos, recordando la previsión de Giovanni Arrighi sobre el caos sistémico que se instauraría en la batalla por la hegemonía mundial. La resolución de la crisis de endeudamiento solo ofrece una certidumbre: caerá sobre los hombros de quienes no tienen propiedad y sobre los derechos económicos y sociales de la mayoría
Cuando un ordenamiento social, económico o político, abandona la regularidad previsible de su comportamiento, estamos ante la presencia de una crisis de ese orden social.
Pero no todas las crisis expresan un agotamiento del referido régimen. Puede haber también crisis de crecimiento cuando la disfuncionalidad que emerge de manera temporal ayuda a corregir o enderezar determinados aspectos del orden social que comenzaban a trabar su regularidad, lo que permite que esta pueda ampliarse en el tiempo. Es el caso de las crisis periódicas de los sistemas políticos que dan lugar a nuevas coaliciones y liderazgos, los cuales permiten consolidar un sistema de partidos y unos mecanismos de legitimación duraderos.
Lo mismo ocurre en la economía. La crisis financiera provocada por las empresas puntocom en los años 2000 y 2001, debido a su sobrevaloración especulativa, generó pérdidas por billones de dólares, cierres de empresas, despidos y fusiones que, finalmente, dieron paso a las nuevas empresas tecnológicas y a un nuevo ciclo de crecimiento económico.
Hasta la gran recesión del 2008-2009.
Esta ya no fue una crisis de expansión, sino de declive estructural, ya que a partir de entonces el globalismo comenzó a retrotraerse y fracturarse de una manera irreversible. La tasa de crecimiento de la economía mundial comenzó a declinar hasta hoy; los flujos comerciales perdieron su vitalidad ascendente para crecer a tasas cada vez menores. Lo mismo pasó con la circulación de los capitales transfronterizos y la expansión de las cadenas de valor, lo que dio lugar a lo que The Economist denominó “slowbalization” (24/I/2019) y el FMI, “fragmentación geoeconómica” (I/2023).
Si a ello sumamos la explosión de guerras arancelarias de Estados Unidos contra el mundo, de Europa contra China, o la proliferación de políticas industriales dirigidas a fomentar la soberanía en determinadas ramas de la actividad productiva de más de 100 países, está claro que el crepúsculo del globalismo liberal no es pasajero, sino estructural. Estamos presenciando la lenta agonía del orden mundial basado en el libre mercado, sin que sepamos con claridad cuál será el nuevo régimen de acumulación que lo sustituirá.
Estas épocas de transición de un régimen de acumulación a otro se han repetido cíclicamente en el mundo con una periodicidad de 40 a 60 años, pero lo que complejiza aún más este tiempo histórico de transición es la superposición de la fase de agotamiento de otros ciclos socioeconómicos que han tenido una duración más larga.
Es el caso del declive del liderazgo económico y político mundial del Estado norteamericano. Su ascenso como gran hegemonía mundial se inició a fines del siglo XIX, se consolidó entre la Primera y Segunda Guerra Mundial, y consagró su unipolaridad tras el colapso de la URSS. En el camino habían quedado, primero, el imperio alemán, el hegemón decimonónico de Gran Bretaña y, finalmente, Rusia.
Pero la conquista de la supremacía absoluta, dio paso gradualmente a un lento ocaso. Como ya lo describieron magistralmente Wallerstein y Arrighi, las distintas potencias hegemónicas que en los últimos cinco siglos lideraron la expansión mundial del capitalismo y que los demás estados toman como modelo a imitar o apoyar (Génova, luego Países Bajos, después Reino Unido, hoy Estados Unidos) atravesaron una fase inicial agrícola-comercial, luego una industrial con importantes avances tecnológicos u un crecimiento de su poderío militar, después una fase financiera seguida de desindustrialización, hasta iniciar una inevitable decadencia que, en medio de un “caos sistémico” de décadas, dará lugar al ascenso de otro hegemón comercial-industrial.
El ciclo de la hegemonía de los Países Bajos arrancó a mediados del siglo XVI hasta agotarse a inicios del siglo XVIII. El Reino Unido despuntó en el siglo XVII y entro en su fase decadente a inicios del siglo XX. Estados Unidos comenzó a erigirse como potencia a mediados del siglo XIX, se consolidó en la segunda década del siglo XX y ha emprendido su caída al comenzar el siglo XXI. China, que fue una potencia económica entre el siglo XV hasta el XVIII, cayó en las garras del colonialismo que la abatió hasta 1945 y, desde 1990, ha emprendido un ascenso meteórico que la puede colocar en el siguiente medio siglo como un nuevo hegemón global.
En todos los casos, los ciclos de las potencias hegemónicas, desde que inician su carrera de disputa de la dominación global hasta que son sustituidas, pueden durar entre 150 a 180 años.
Estas fases de ascenso-auge-caída de los hegemones no son leyes naturales determinísticas, pero es lo que tiende a suceder históricamente con mayor probabilidad. Y ahora no tendría porqué ser distinto. Ciertamente, también es plausible imaginar que el hegemón dominante logre revertir la decadencia y anular la competencia sistémica que le ofrece el hegemón emergente. La contingencia siempre está presente en los grandes procesos sociales. Pero, por lo que viene sucediendo hasta ahora con el neo-proteccionismo estadounidense, está claro que lo más probable es que continúe su decadencia.
Dado que los ciclos de los regímenes de acumulación son más cortos que los ciclos de las potencias hegemónicas, es probable que un hegemón atraviese y mantenga su liderazgo durante dos o tres cambios en los regímenes de acumulación. Pasó con Reino Unido y también con Estados Unidos La hegemonía norteamericana se consolido con el tránsito del liberalismo decimonónico al industrialismo semiabierto de los años 1930 a 1960. Llegó a su máxima irradiación con el tránsito al globalismo neoliberal y, hoy, el declive del globalismo viene montado sobre el declive de la propia hegemonía estadounidense. Se trata de una clásica superposición de las fases finales de dos ciclos sistémicos, el de la acumulación-de mediano plazo-, y el del hegemón global -de una mayor duración temporal-.
Se podría decir que a estos dos fines de ciclos históricos hay que añadir otro declive referido a la estabilidad medioambiental y la aceleración del calentamiento global. Pero, en este caso, tendríamos que hablar de un ciclo cuya duración ya no se mide ni en décadas ni en siglos sino en cientos de miles o millones de años (los llamados ciclos de Milankovitch).
Sin embargo, hay otro ciclo cuya fase final está coincidiendo con las fases terminales de los anteriores ciclos (del régimen de acumulación y del hegemón global), lo que da lugar a una superposición de tres ciclos sistémicos que intensifican la desorganización y la incertidumbre globales. Es el ciclo de la deuda.
Los llamados ciclos cortos de deuda de los países se inician en momentos de bajo crecimiento económico e inflación, y son apalancados para ayudar a reactivar la actividad laboral. La emisión de dinero y el crédito barato estimulan el gasto y la inversión, además de ayudar a mejorar la prosperidad en tanto las tasas de interés sean más bajas, -o iguales- que las tasas de interés y las tasas de rendimiento de otras inversiones. Pero, después de un tiempo, la inflación tiende a aumentar, lo que lleva al encarecimiento del crédito, la restricción en el acceso al dinero y el consiguiente debilitamiento del crecimiento. Si llegado a este punto, la tasa de crecimiento del servicio de la deuda (intereses más capitales) comienza a ser mayor que la tasa de crecimiento de los ingresos que el gobierno tiene para pagar los servicios de la deuda, se asistirá a una espiral de endeudamiento. La capacidad de gasto público comenzará a mostrar asfixia, lo que obligará al Estado a tener que reestructurar la deuda y aplicar políticas de ajuste que, dependiendo el tipo de gobierno y de las alianzas políticas que los sostengan, afectarán a los prestamistas, a los grandes contribuyentes de impuestos o a los sectores populares. Permitiendo así un nuevo ciclo de deuda para reactivar la economía.
Sin embargo, lo más probable es que ese nuevo ciclo de deuda no parta del mismo nivel de endeudamiento -respecto a los ingresos públicos- que el anterior. Lo hará a partir de un piso de endeudamiento superior, y así sucesivamente, a varios ciclos cortos de deuda que, con las décadas darán lugar a lo que R. Dalio llama un “ciclo de deuda largo” cuyo final puede tener consecuencias catastróficas.
Ray Dalio es un millonario inversionista de grandes fondos de cobertura que en los últimos años viene publicando libros sobre el curso de la economía mundial desde una mirada de ciclos históricos. Claramente no tiene la cultura intelectual para rastrear el origen de esa teoría desde Kondrátiev o Schumpeter, ni tampoco posee la sofisticación para precisar las categorías de los grandes ciclos históricos de hegemonía global, como lo hicieron Wallerstein o Giovanni Arrighi. Claramente es un empresario. Pero ha podido desplegar un sorprendente aparato de investigadores que le proporcionan una base de datos macroeconómicos de los últimos siglos que no puede ser despreciada a la hora de tener una mirada histórica de las grandes transformaciones contemporáneas.
En su ultimo libro, (Cómo quiebran los países, 2025), Dalio estudia los “ciclos largos de la deuda global” y afirma que, desde que se inician hasta que entran en un momento de colapso económico, puede durar hasta unos 80 años. En medio, pueden darse varios ciclos cortos de deuda.
Para el caso de Estados Unidos, ve que el primer ciclo largo de la deuda pública se inició en los años veinte del siglo XX, llegó a su máximo en los años cuarenta y, después, tuvo una fase descendente hasta los años ochenta. Luego, desde un piso de deuda equivalente al 40 por cien del PIB, comenzó un nuevo ciclo de ascenso gradual que, a partir del 2008, se disparó hasta cerca del 100 por cien respecto al PIB en el 2025. Se prevé que pueda llegar al 150 por cien en la siguiente década. Lo más preocupante es que los servicios de la deuda llegan al 583 por cien del total de los ingresos públicos anuales. Eso significa que, si el Estado norteamericano si quiere gastar en actividades nuevas -militares, sociales, etc.- necesita o bien emitir dinero, buscar nuevos prestamistas o reprogramar deudas, pateando para adelante nuevos y más graves problemas.
La deuda privada no tiene mejor suerte. Su ciclo se inicio en los años cuarenta del siglo XX. El 2010 llego al 160 por cien del PIB y, desde entonces, ha bajado ligeramente, pero no por su ingenio emprendedor, sino por el generoso apalancamiento que le ha otorgado la Reserva Federal (Fed), con subvenciones, transferencias directas, créditos con tasas de interés cero y reducciones impositivas (2009, 2020-2022). Esto ha atenuado ligeramente la deuda privada, pero a costa de disparar la deuda pública, con lo que la explosividad de la deuda ha seguido en aumento.
El mundo va por caminos parecidos. La deuda pública mundial que en los años noventa llegaba al 60 por cien del PIB, en el 2025 ya está en el 90 por cien. El Reino Unido ha llegado al 100 por cien; Francia al 110 por cien; Japón al 200 por cien. Y, lo más dramático: el endeudamiento público llega al 321 por cien de los ingresos públicos anuales en Francia, al 340 por cien en Alemania, al 256 por cien en Reino Unido y al 1376 por cien en Japón (p. 94).
La situación de muchos países en desarrollo es similar.
A corto y mediano plazo, esto va a ser insostenible y va a desencadenar la fase final del gran ciclo de la deuda, la cual podría abarcar desde un colapso financiero, una declaratoria de insolvencia, la afectación a otras ramas de la economía y recesión. Debido a ello, tendrán que implementarse drásticamente distintas variantes de “desapalancamiento”, con las consecuencias dramáticas que eso acarrea en el resto de la economía y la sociedad.
Las herramientas para remontar el estallido del ciclo de la duda son varias y, en ocasiones, complementarias. Van desde la venta de activos de deuda pública, reestructuración de deuda mediante la ampliación del plazo de los pagos de vencimiento, la devaluación de la moneda, la contracción del gasto público que afecte los servicios y derechos sociales, hasta la privatización de empresas estatales. Pero también es posible otro camino, como aplicar impuestos extraordinarios a las grandes fortunas, presionar a otros Estados para que compren deuda, confiscar activos de países “enemigos” -Japón en 1941 o Rusia en el 2022-, estatizar empresas estratégicas que tienen elevadas ganancias, declarar la moratoria temporal del pago de la deuda o establecer un control de la salida de capitales. Esto último lo aplicaron el Reino Unido, Estados Unidos, Alemania y Francia en la década de 1960, etc.
En todos los casos, tarde o temprano, la “reestructuración” de la gigantesca deuda que hoy vemos en el mundo va a cargarse sobre los hombros de la sociedad. Pero que lo haga prioritariamente sobre la espalda de quienes usufructuaron los anteriores beneficios de la deuda -los empresarios- o sobre los que solo recibieron migajas, dependerá de la fuerza social o política que cada uno de esos dos grandes bloques sociales pueda movilizar para direccionar la “corrección” de deuda.
Lo complejo del momento histórico que hoy atravesamos es que este explosivo fin de ciclo de la deuda larga de los países, va acoplado al fin del régimen de acumulación globalista y al fin de la unipolaridad hegemónica estadounidense, lo que configura un autentico caos sistémico global. Y no cabe duda de que el mundo que emergerá de esa turbulencia será distinto de aquel del que hoy nos despedimos en cámara lenta. Aunque nadie sepa aún con certeza cómo será el nuevo mundo que surgirá del caos.