El sistema financiero chino, la lucha de clases en China y la hegemonía del dólar
El sistema financiero chino y la potencia global del renminbi se hallan constreñidos por el delicado equilibrio, que el Partido Comunista Chino debe mantener entre la dirección pública de la economía, las estrategias de crecimiento necesarias para construir su estatuto de gran potencia, el poder estructural que ello concede al capital privado y a las clases propietarias chinas, el control de capitales necesario para disciplinar a estas y el potencial siempre explosivo que la clase trabajadora china puede desencadenar, si el pacto social se resquebraja
Cada vez que la economía mundial se sumerge en la turbulencia, resurgen los rumores sobre el inminente fin de la hegemonía del dólar. En marzo de 1978, tras el colapso del sistema de Bretton Woods y en medio de la estanflación imperante en Estados Unidos, The New York Times publicó un artículo de opinión del economista soviético Stanislav M. Menshikov titulado «A Marxist Look at the Dollar Crisis». Acompañado de una caricatura de un oso pertrechado con uniforme del Ejército Rojo examinando un billete de dólar con una lupa, el artículo proclamaba que las contradicciones y crisis del capitalismo monopolista estadounidense estaban poniendo fin al dominio mundial del dólar y que las principales economías habían comenzado a orientarse hacia el oro y hacia divisas más seguras como reservas de valor.
La crisis financiera de 2008, la invasión de Ucrania por parte de Rusia, los aranceles de Trump y sus amenazas de invadir a los aliados de Estados Unidos, así como la guerra en curso librada contra Irán, han inspirado predicciones similares de que la paciencia del mundo con el orden monetario de la posguerra se está agotando. Parece lógico que ningún actor importante de la economía mundial quiera seguir dependiendo para gestionar sus relaciones comerciales y su ahorro de la moneda de una potencia errática. El estatus del dólar estadounidense como moneda fiduciaria, que no ha estado respaldada por ningún metal precioso desde que Nixon puso fin a la convertibilidad del dólar en oro en 1971, se ha considerado durante mucho tiempo frágil, dado el deterioro de los déficits por cuenta corriente y fiscal de Estados Unidos. Sin embargo, el dólar sigue siendo la moneda más utilizada en el comercio y las finanzas mundiales con el euro situado en un distante segundo lugar. Aunque China se ha convertido en la segunda mayor economía mundial y en el «taller del mundo», el uso internacional del renminbi sigue siendo minúsculo en comparación, quedando muy por detrás incluso de la libra esterlina y del yen japonés, hecho que causa consternación entre quienes sostienen, que el renminbi está a punto de convertirse en la próxima moneda hegemónica.
Sin embargo, a pesar de los estallidos periódicos de descontento, el dólar ha sido hegemónico como moneda fiduciaria (1971-2026) durante un periodo que duplica holgadamente el período en el que su hegemonía estaba respaldada por el oro (1945-1971)
El dominio mundial del dólar ha otorgado a Estados Unidos el «privilegio exorbitante» de endeudarse en su propia moneda con el mundo. En teoría, Estados Unidos no puede incurrir en impago alguno de sus deudas, ya que Washington siempre puede imprimir más dinero para pagar los intereses devengados y saldar estas. Puede adquirir productos y servicios de todo el mundo con dólares que genera de la nada, sin necesidad de ofrecer a cambio una cantidad equivalente de productos y servicios. Ningún otro país podría mantener déficits fiscales y comerciales a esta escala sin enfrentarse a la quiebra. Al mismo tiempo, todos los países que dependen del dólar están a merced de las fluctuaciones de los tipos de interés estadounidenses, en particular los países en vías de desarrollo. La crisis provocada por la política decretada por la Reserva Federal en 1979 bajo la dirección de Paul Volcker, que elevó los tipos a más del 20 por 100 y desencadenó la consabida crisis de deuda internacional, ofreció una dolorosa ilustración de los peligros de la dependencia del dólar. Sin embargo, a pesar de los estallidos periódicos de descontento, el dólar ha sido hegemónico como moneda fiduciaria (1971-2026) durante un periodo que duplica holgadamente el período en el que su hegemonía estaba respaldada por el oro (1945-1971).
¿Qué sustenta esta hegemonía, en qué circunstancias podría terminar y qué podría venir después del ocaso de la misma? Los economistas convencionales tienden a concentrarse en las «externalidades de red» o en los efectos de arrastre para explicar la persistencia del sistema del dólar. Dado que la mayoría de las naciones y empresas dependen del dólar, es difícil que un solo actor se separe y comience a utilizar otra moneda. La literatura económica también destaca la profundidad sin parangón, la sofisticación institucional y la estabilidad de los mercados de activos cotizados en dólares. Sin embargo, si estos factores bastaran para mantener la hegemonía de una moneda, la era de la hegemonía de la libra esterlina no habría concluido todavía. Al término de la Segunda Guerra Mundial la libra esterlina seguía siendo la moneda líder, a pesar de que la Conferencia de Bretton Woods de 1944 ya había establecido un sistema monetario internacional anclado en el dólar, caracterizado por la convertibilidad fija de 35 dólares por onza de oro. El Imperio británico conservaba el control sobre vastos territorios, muchos de los cuales estaban vinculados a su moneda. En 1947 casi el 90 por 100 de los activos de divisas del mundo seguía estando cotizado en libras esterlinas. Sin embargo, a medida que el Imperio británico se desintegraba, la hegemonía de la libra esterlina se desmoronaba igualmente con enorme rapidez, ya que las empresas y los países, incluidas las antiguas colonias y protectorados británicos recién independizados, optaban por operar con el dólar. Londres siguió siendo un centro financiero primordial, pero los bancos de la City convirtieron sus operaciones en libras esterlinas en operaciones en dólares y de hecho el auge de Londres como centro offshore del dólar contribuyó a impulsar el dominio global de esta moneda.
Así pues, la capacidad de resistencia del dólar no puede basarse únicamente en su ventaja actual y en la profundidad de los mercados financieros de esta moneda activos en Nueva York. Los factores institucionales y las preferencias vigentes en el sistema financiero privado sí importan en tiempos normales, pero en momentos de crisis el poder militar de Estados Unidos ha entrado a menudo en juego. Mi trabajo de investigación recogido en Greenback Empire: Global Dollar Dominance and the New Cold War, de inminente publicación el próximo mes de octubre, demuestra cómo los mecanismos del paraguas de seguridad de Estados Unidos concedido a la mayoría de las economías capitalistas ricas (Europa y Japón) y a los productores de materias primas (en particular, a los exportadores de petróleo de Oriente Próximo) han constituido un pilar clave del sistema mundial del dólar desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Dada el control ejercido sobre el mayor aparato de exportación de armas del mundo y sobre la más extensa red de bases militares, Estados Unidos se asegura de que sus aliados mantengan enormes reservas de activos en dólares y realicen su comercio en la dividas estadounidense a cambio de la efectividad y la continuidad de esta protección. La dependencia de estos países de Estados Unidos en materia de defensa, basada en la compra de armas estadounidenses por parte de un determinado Estado y en la presencia de tropas estadounidenses en su territorio, está estrechamente relacionada con la tenencia de bonos del Tesoro estadounidense, así como de otros activos cotizados en dólares. En lo que denomino el nexo dólar-seguridad, los países capitalistas más ricos y los principales exportadores de petróleo se han mantenido estrechamente vinculados al sistema del dólar. Este acuerdo implica que otros países, que deseen acceder a esos mercados o a esos suministros energéticos también deben utilizar el dólar.
Desde el apogeo de la Guerra Fría, los principales actores económicos han intentado ocasionalmente diversificar sus reservas de divisas y realizar el comercio en otras monedas. Alemania Occidental, por ejemplo, comenzó a cambiar sus reservas de dólares por oro dado el deterioro de la balanza de pagos de Estados Unidos a finales de la década de 1950. Los productores de petróleo árabes consideraron facturar sus exportaciones de petróleo en una cesta de monedas en la década de 1970. A principios de la década de 2000, el Iraq de Sadam Husein comenzó a denominar las ventas del programa «Petróleo por Alimentos» de la ONU en euros en lugar de dólares. En cada uno de estos casos, Washington recurrió a la influencia militar, ya fuera mediante el uso de incentivos, la coacción o la invasión directa, para volver a incorporar a estos países al redil. Por supuesto, la resiliencia de la hegemonía del dólar no garantiza su permanencia. Desde 2000, aunque la mayoría de los bonos del Tesoro estadounidense en manos de inversores globales siguen estando en países que dependen militarmente de Estados Unidos, una parte cada vez mayor ha migrado a los balances de situación de centros financieros extraterritoriales como las Islas Caimán, así como a los de China, que es la primera gran potencia, que no solo es independiente del paraguas de seguridad de Washington, sino también un rival geopolítico. Esta erosión del nexo existente entre el dólar y la seguridad, agravada por los crecientes déficits fiscales y por cuenta corriente estadounidenses, podría haber desencadenado una transición global, que alejara a diferentes países de esta moneda. Sin embargo, hasta ahora este escenario no se ha materializado. Hemos sido testigos, por el contrario, de una consolidación del dominio del dólar sobre la economía mundial a raíz de las sucesivas crisis, incluidas las originadas en el seno de Estados Unidos.
Dada la primacía de la propiedad estatal garantizada constitucionalmente, los titulares chinos de riqueza privada desconfían de la seguridad de sus activos y están ansiosos por trasladarlos a jurisdicciones con mayores protecciones para la propiedad privada
Una razón importante de esta transición estancada es la falta de una alternativa viable. Los defectos de diseño del euro, en particular la ausencia de una autoridad fiscal y política centralizada, han limitado su uso fuera de Europa. El renminbi parece un candidato más plausible. Siendo la mayor economía situada fuera del paraguas de seguridad de Estados Unidos, China se encuentra sin duda en la posición global más sólida para desafiar la hegemonía del dólar. Promover el uso internacional del renminbi ha sido un objetivo declarado de las autoridades chinas desde la crisis financiera mundial de 2008. Sin embargo, el Partido Comunista Chino se ha mantenido cauteloso ante la apertura financiera, manteniendo un estricto régimen de control de capitales para evitar la fuga de estos, lo cual ha impedido que el renminbi sea libremente convertible y por ende frenado la demanda global de la moneda. Debido a la inconvertibilidad del renminbi, sus poseedores, incluida Rusia, que ha realizado gran parte de su comercio con China en renminbis desde que fue expulsada del sistema del dólar por las sanciones estadounidenses, deben encontrar formas costosas y a menudo opacas de convertir el renminbi en lo que los informes del banco central ruso denominan «monedas de Estados hostiles» (es decir, el dólar estadounidense y otras monedas occidentales). Muchos economistas ortodoxos y funcionarios del FMI asumieron que el sistema financiero chino se abriría progresivamente tras su adhesión a la OMC. No comprendieron que su clausura no es simplemente una condición económica, sino un rasgo político estructural arraigado en la naturaleza del régimen del PCCh.
Contrariamente a tales expectativas, el sistema financiero de China ha avanzado en realidad en la dirección opuesta. Dada la primacía de la propiedad estatal garantizada constitucionalmente, los titulares chinos de riqueza privada desconfían de la seguridad de sus activos y están ansiosos por trasladarlos a jurisdicciones con mayores protecciones para la propiedad privada. Estos destinos son en su mayoría antiguos o actuales territorios británicos con tradiciones arraigadas de derecho consuetudinario, como Hong Kong, Singapur, las Islas Caimán y Estados Unidos. La presión de la fuga de capitales creció a medida que la economía china entraba en un período de crisis cada vez más profunda durante la última década, que no tiene un final claro a la vista, lo cual, a su vez, ha intensificado la urgencia del PCCh por endurecer los controles de capital. Se suponía que los mercados offshore del renminbi, siendo Hong Kong el mayor de ellos, servirían de plataforma de lanzamiento para su internacionalización, proporcionando una reserva de renminbis libremente convertibles. Pero la ansiedad de Pekín ante la creciente diferencia de los tipos de interés y las cotizaciones del renminbi offshore y onshore, así como los riesgos de inestabilidad financiera resultantes, ha frenado su expansión. Los depósitos offshore ascienden actualmente a menos del 0,5 por 100 de los depósitos onshore. A modo de comparación, indiquemos que hay más depósitos en dólares fuera de Estados Unidos que dentro del país.
Si China hubiera optado por una mayor apertura financiera y hubiera hecho que el renminbi fuera totalmente convertible, probablemente ya habríamos sido testigos de una erosión significativa de la primacía del dólar
Una parte cada vez mayor del comercio chino se realiza ahora en renminbis en lugar de en dólares estadounidenses, tendencia impulsada por el crecimiento del comercio con Rusia. Sin embargo, dado que China registra grandes superávits con la mayoría de sus socios comerciales, ello no ha dado lugar a una acumulación sustancial de renminbis offshore. Si dos países distintos de China –Arabia Saudí y Brasil, por ejemplo– desearan comerciar entre sí en renminbis a gran escala, se enfrentarían inmediatamente al problema de la escasez de la moneda china en los mercados extraterritoriales. Si liquidaran las transacciones en el territorio continental de China, se encontrarían con oportunidades de inversión limitadas y restricciones significativas para sacar su dinero del país. Si China hubiera optado por una mayor apertura financiera y hubiera hecho que el renminbi fuera totalmente convertible, probablemente ya habríamos sido testigos de una erosión significativa de la primacía del dólar. Muchas economías de Asia, incluidas aquellas dependientes de China por su vinculación con la Iniciativa de la Franja y la Ruta, podrían haber iniciado un proceso de desdolarización al endeudarse en renminbis con China y aumentar su uso en sus propias transacciones comerciales, lo cual habría marcado, como mínimo, el fin de la hegemonía del dólar dentro de la esfera de influencia de China, la cual se ha expandido rápidamente durante los últimos años a medida que ha disminuido la influencia geopolítica estadounidense en Asia.
Así pues, justo cuando el paraguas militar global estadounidense, que constituye la base tradicional de la hegemonía del dólar, muestra signos de debilitamiento, el Estado-partido del PCCh está prolongando inadvertidamente el dominio del dólar. A falta de una profunda reforma financiera en China, es probable que persista el actual estancamiento en el que el mundo permanece atrapado a regañadientes en el sistema del dólar. Resulta paradójico que, a medida que se intensifica la rivalidad entre Estados Unidos y China, el control de la potencia asiática sobre su economía se haya convertido en un factor clave para la perdurabilidad del imperio estadounidense.
Recomendamos leer Costas Lapavitsas, «A Topography of the New Dollar Hegemony», NLR 157, Joel Andreas, «Sendas no seguidas», NLR 130, Victor Shih, «El dilema del crédito chino: Entrevista con Robert Brenner», NLR 115. Teemu Ruskola, «La formación de la clase obrera en China», Ant/agón/New Left Review 151.
Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista bimestral publicada en Madrid por Traficantes de Sueños.