La formación de la clase obrera en China

La clase obrera y el campesinado chinos actuales son el producto de un proceso complejo de inserción de la formación social china en la economía-mundo capitalista tras haber protagonizad ambos una de las revoluciones cruciales del largo siglo XX y procesos de movilización social y política de una enorme intensidad, cuyos resultados políticos, consecuencia de la lucha de clases en curso en China, todavía están por ver

Un empleado trabaja en una empresa de nuevos materiales en la Zona de Desarrollo Económico y Tecnológico del Canal Hongqi, en la ciudad de Linzhou, provincia de Henan, en el centro de China, 19 de marzo de 2025 – Xinhua / Li Jianan.
Un empleado trabaja en una empresa de nuevos materiales en la Zona de Desarrollo Económico y Tecnológico del Canal Hongqi, en la ciudad de Linzhou, provincia de Henan, en el centro de China, 19 de marzo de 2025 – Xinhua / Li Jianan.

 

Una forma de comprender las notables transformaciones políticas y económicas experimentadas por la República Popular China desde 1949 hasta la actualidad es tomar como punto de partida la obra de Edward P. Thompson, The Making of the English Working Class (1963). El clásico estudio de Thompson captura vívidamente el surgimiento de una conciencia de clase obrera en Inglaterra durante los años cruciales transcurridos entre 1780 y 1832, aunque él sitúa su narrativa en un contexto histórico mucho más amplio. Como proletariado paradigmático de las etapas iniciales del capitalismo industrial en Occidente, la clase obrera inglesa ofrece una lente ideal para examinar el surgimiento de otro proletariado de importancia global situado en el extremo opuesto de la masa terrestre euroasiática, que en muchos aspectos es emblemático de la última etapa del capitalismo: la clase obrera china[1].

Si bien Thompson se centra en la evolución de la conciencia de clase de la clase obrera inglesa, enmarca su análisis en el proceso de cercamiento, que data de finales del siglo XV, el cual despojó a la población campesina de sus tierras y la dejó sin otra opción que vender su fuerza de trabajo. En China también se está produciendo una desposesión del campesinado, que a menudo se denomina nuevo proceso de cercamiento (xin quandi yundong). Sin embargo, ambos difieren notablemente en su alcance temporal y espacial. Los procesos que tuvieron lugar durante varios siglos en Inglaterra se están comprimiendo en tan solo tres décadas en China. Además, se están produciendo en orden inverso: la mercantilización inicial del trabajo industrial verificado durante la década de 1990, que dio lugar a las deslumbrantes líneas de rascacielos de China, fue acompañada por un flujo aparentemente inagotable de trabajadores migrantes hacia las ciudades, sin que se produjera no obstante la mercantilización a gran escala del suelo rural. ¿Por qué, entonces, desposeer a un campesinado que ya se ha sometido voluntariamente al capital por la pura compulsión económica, lo cual ha obviado la necesidad de recurrir al desplazamiento forzoso?

Cuando China emprendió su proceso multidimensional de reformas económicas en 1978, era uno de los países más igualitarios del mundo. Hoy en día es uno de los más desiguales según el índice de Gini[2]. Los cambios en la suerte de la clase obrera china son una parte crucial de esta revolución o, mejor, contrarrevolución, ya que el Partido Comunista Chino (PCCh) ha elegido el desarrollo económico por encima de la igualdad como su objetivo primordial. Es importante señalar que tanto la formación como la desintegración de la clase trabajadora china se han desarrollado en paralelo a la formación y desintegración del campesinado chino. Marx creía que el comunismo conduciría a la abolición de la distinción entre la ciudad y el campo[3]. Sin embargo, tanto la base industrial socialista construida bajo la dirección de Mao como las florecientes megalópolis chinas de hoy en día se han construido sobre los cimientos de las enormes zonas empobrecidas del interior del país. La relación diferenciada de los campesinos y los trabajadores urbanos con la tierra y el trabajo ha permitido al Estado dirigir un flujo continuo de recursos rurales hacia las ciudades, primero para apoyar la fuerza de trabajo industrial bajo el socialismo de Estado y luego para subvencionar al capital global tras el giro de China hacia el capitalismo de Estado en la década de 1990. La naturaleza cambiante de esa relación es fundamental para comprender la asombrosa y sorprendentemente rápida transformación de China.

Aunque existen numerosos estudios que han investigado los diferentes aspectos de la transformación del país, la mayoría se centra en la China urbana o en la rural; o peor aún, tratan las instituciones urbanas como si representaran al país en su conjunto. Para comprender los cambios las distintas modalidades de existencia de la clase obrera china, es imprescindible considerar la ciudad y el campo en la recíproca relación dinámica, que han establecido entre sí. Del mismo modo, y especialmente en el contexto socialista de China, la reorganización del capital y la reestructuración del trabajo no pueden comprenderse, si no se consideran parte de una única transformación, cuyas implicaciones no solo impactan en la economía, sino también en la organización de la sociedad y de la familia en general. Además, las definiciones disciplinarias convencionales de lo que se considera un fenómeno económico, político o social suelen ser inadecuadas para comprender el contexto chino. También es necesario situar el desarrollo de China después de 1949 en el marco global. El nacionalismo y el socialismo chinos han sido respuestas a la expansión mundial del imperialismo y del capitalismo desde sus mismísimos inicios.

Por último, una síntesis verdaderamente exhaustiva requiere una perspectiva comparativa. Este ensayo presta especial atención a la experiencia inglesa y, en menor medida, a la soviética. En la medida en que la concepción marxista de la historia supone la sucesión de etapas –el capitalismo sucede al feudalismo, al que sigue el socialismo–, el proceso de cercamiento en Inglaterra representa el ejemplo clásico de la transición del feudalismo al capitalismo. Si bien la Revolución bolchevique evidentemente no se ajustó a este esquema, al saltar del feudalismo al socialismo, el desmantelamiento de la Unión Soviética en la década de 1990 ha llegado a considerarse el ejemplo paradigmático de una transición socialista al capitalismo. Mucho de lo que encontramos en China nos parecerá similar tanto a la transición del feudalismo al capitalismo verificada en Inglaterra como a la transición postsocialista de la Unión Soviética, pero la experiencia china también difiere de ambas transiciones en aspectos significativos, como veremos.

El valor de elaborar contrapuntos comparativos no es dotar a China de un estatuto excepcional, ni ofrecer otra versión más del «capitalismo con características chinas»; en todo caso, lo que está ocurriendo en China se describe mejor como capitalismo con características globales. En realidad, la importancia de las comparaciones históricas es heurística, ya que nos ayudan a reconsiderar algunas de las categorías clave con las que hemos narrado la historia del desarrollo de China. De hecho, la República Popular China muestra características que pueden clasificarse como socialistas, capitalistas y feudales al mismo tiempo. A diferencia de Inglaterra, China no necesitó el capitalismo agrario ni la consiguiente desposesión del campesinado como trampolín para su desarrollo industrial inicial bajo la dirección de Mao. Paradójicamente, el capitalismo ha prosperado en China en gran parte, porque se ha construido sobre determinados fundamentos socialistas. Hasta el día de hoy, sigue estando subvencionado por un conjunto de legados socialistas que han sobrevivido, muchos de los cuales están a su vez arraigados en instituciones de parentesco, que se remontan al pasado imperial de China. En realidad, debido a la posición de China en la economía industrial mundial, las subvenciones socialistas benefician a los agentes del mercado de todo el mundo.

Como veremos, la comparación con Inglaterra ayuda a esclarecer el papel fundamental que desempeñan las formas específicas de propiedad del suelo rural y urbano en la República Popular China, distinción jurídica que no tiene precedentes en la historia china, ni en el pensamiento marxista o en la praxis soviética. Una premisa clave de este ensayo es que nunca ha existido una única República Popular China. Siempre ha habido (al menos) dos pueblos, si no dos repúblicas. Desde que se colectivizó la agricultura tras la reforma agraria de principios de la década de 1950, cada parcela de tierra y cada ser humano en China ha sido clasificado jurídica y administrativamente como urbano o rural. A diferencia de sus homólogos socialistas, China nunca expropió a sus campesinos nacionalizando la propiedad de la totalidad de la tierra. Incluso hoy en día China distingue entre dos formas diferentes de propiedad pública: el suelo urbano, propiedad del Estado, y el suelo rural, propiedad de los colectivos que cultivan la tierra[4]. En primer lugar, examinaré por qué el análisis de la tierra y el trabajo es una forma especialmente útil de comprender la transformación de China y exploraré algunos de los límites del análisis marxista de la relación existente entre ambos. A continuación, pasaré a trazar las primeras etapas de la épica creación y eventual desintegración de la clase obrera china y su contrapunto rural, el campesinado.

Trabajo y tierra

La ambición de Thompson era capturar el surgimiento de una nueva conciencia entre los trabajadores y trabajadoras ingleses. Con respecto a China, tal análisis sería prematuro. Aunque no hay duda de que hoy existe una clase obrera china en sentido objetivo, esta todavía no ha adquirido una autoconciencia política del tipo descrito por Thompson. Sin duda, existe una conciencia de sí misma que lucha por emerger. Si lo hace, y cuando lo haga, tendrá consecuencias trascendentales. Por ahora, sin embargo, los trabajadores siguen estando demasiado aislados entre sí para que se consolide una conciencia colectiva y esta encuentre una expresión pública, quizá de forma análoga a la situación del campesinado francés descrita en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Mi objetivo primordial no es, pues, trazar un mapa de la experiencia subjetiva de los trabajadores y trabajadoras chinos, sino describir analíticamente las fuerzas históricas, sociales, políticas y económicas, que han convergido para formar la clase obrera china actual, para lo cual me centro en la mercantilización del trabajo y la tierra.

La importancia de la tierra y del trabajo queda patente en su extraordinaria sensibilidad política, a menudo presentada como «la cuestión de la tierra» y «la cuestión campesina». Desde las protestas de la plaza de Tiananmén, pocas cosas teme más el PCCh que los indicios de inestabilidad social. La mayor parte de los disturbios registrados desde 1989 no han sido provocados por disidentes que reclamaban una mayor participación política, sino por trabajadores y trabajadoras, que se oponían a las condiciones laborales y por campesinos y campesinas, que protestaban por la expropiación de sus tierras. La tierra y el trabajo son importantes tanto desde el punto de vista conceptual como político y se hallan profundamente interrelacionados en las reformas ahora en curso en China.

La poderosa crítica de Marx al trabajo alienado, una denuncia de la explotación de los trabajadores y trabajadoras bajo el capitalismo, contiene una limitación importante: su principal preocupación es la explotación del ser humano por el ser humano. Da por sentada, e incluso considera natural, la explotación de la naturaleza por el ser humano. Para Marx el problema del capitalismo no es la necesidad de trabajar como tal –el trabajo es «la condición universal para la interacción metabólica entre el ser humano y la naturaleza» y, por lo tanto, «común a todas las formas de sociedad en las que viven los seres humanos»–, sino por el contrario la forma específica en que este se halla organizado. Al igual que los economistas políticos clásicos, y Aristóteles antes que ellos, Marx distingue entre valor de uso y valor de cambio: el primero se produce para la subsistencia o se intercambia por otras cosas útiles, mientras que el segundo se intercambia para obtener ganancias. Al ofrecer una definición universal del trabajo, Marx lo caracteriza como una actividad humana intencionada, que produce un valor de uso.

Bajo el capitalismo, estamos condicionados a pensar en el trabajo como una relación eminentemente social: una persona que trabaja para otra. Sin embargo, en el sentido universal en que lo define Marx –y no en la forma explotadora que adopta bajo el capitalismo–, el trabajo es la expresión de la relación del ser humano con la naturaleza:

El trabajo es, ante todo, un proceso entre el ser humano y la naturaleza, un proceso mediante el cual el ser humano, a través de sus propias acciones, media, regula y controla el metabolismo entre él mismo y la naturaleza. Se enfrenta a los materiales de la naturaleza como una fuerza de la naturaleza. Pone en movimiento las fuerzas naturales, que pertenecen a su propio cuerpo, sus brazos, sus piernas, su cabeza y sus manos con el fin de apropiarse de los materiales de la naturaleza en una forma adecuada a sus propias necesidades[5].

Concretamente, el trabajo se refiere a la interacción metabólica entre el ser humano y la tierra mediante la cual este transforma esta última para su uso o, como dice Marx, la tierra es «el material universal del trabajo humano». Si bien toda forma de vida existe en la naturaleza, el modo en que el animal humano extrae valor de uso de ella es único. Sin duda, Marx se esfuerza por reconocer los extraordinarios modos en que las arañas tejen sus telas y las abejas construyen sus colmenas, pero se niega categóricamente a calificar de «trabajo» su actividad, excluyendo de su consideración «las formas instintivas de trabajo que permanecen en el ámbito animal». Lo que hace que el trabajo sea específicamente humano es su naturaleza intencional. Mientras que «una abeja avergonzaría a muchos arquitectos humanos con la construcción de sus celdas de panal», el arquitecto, a diferencia de la abeja, «construye la celda en su mente antes de construirla en cera»[6]. Más que meramente «instintivo», el trabajo es en última instancia creativo, lo cual distingue al ser humano de la naturaleza: «A través de este movimiento, actúa sobre la naturaleza externa y la cambia, y de esta manera cambia simultáneamente su propia naturaleza»[7].

En efecto, el trabajo no solo distingue al ser humano de la naturaleza, sino que lo sitúa por encima de ella. Marx caracteriza la explotación de la tierra por parte de este en términos relativamente benignos, como el «uso» de la naturaleza por parte del mismo –«un proceso en el que participan tanto el ser humano como la naturaleza»–, pero también afirma que el trabajador «controla las reacciones materiales entre él y la naturaleza», es más, «se opone a la naturaleza» con el fin de «apropiarse» de sus productos. En última instancia, afirma, se trata de un proceso mediante el cual el ser humano «somete el juego de las fuerzas [de la naturaleza] a su propio poder soberano»[8]. Engels es aún más directo sobre la relación jerárquica entre el ser humano y la naturaleza: «El animal se limita a utilizar su entorno y provoca cambios en él simplemente con su presencia; el ser humano, mediante sus cambios, lo pone al servicio de sus fines, lo domina»[9]. En última instancia, se trata de una relación de subordinación más que de mero uso.

En resumen, es la subyugación de la naturaleza lo que nos hace humanos, lo que constituye una parte vital de nuestro ser como especie (Gattungswesen). En este sentido, Marx es un humanista clásico. Es significativo que Adam Smith sitúe la humanidad del ser humano, no en cómo hace uso del entorno natural, sino en su propensión al intercambio, una propensión al «tráfico y al trueque» que, según él, no comparten otros animales[10]. Dado que Smith privilegia el valor de cambio sobre el valor de uso, para él el trabajo es trabajo, ya sea realizado por el ser humano o por los animales: «No solo los sirvientes que trabajan [para el agricultor], sino también su ganado puesto a trabajar, son trabajadores productivos»[11]. El trabajo es, más que el lugar donde reside la humanidad del trabajador, la expresión de su animalidad. En consecuencia, para Smith, el capitalista que busca la obtención de beneficios es la apoteosis del ser humano, a diferencia de Marx, para quien lo es el trabajador.

Al estudiar las consecuencias del proceso de cercamiento, Polanyi se centra específicamente en el papel desempeñado por la mercantilización de la tierra y del trabajo en lo que él denomina la transformación de Europa en una «sociedad de mercado» durante los siglos XVIII y XIX. Para Polanyi se trataba de acontecimientos que superaban con creces la importancia de los mercados de mercancías, que no considera un fenómeno especialmente distintivo, ya que han estado presentes en muchos tipos de sociedades diferentes. Lo significativo de los mercados de trabajo y de la tierra es que no son productos en sí mismos, sino factores de producción, es decir, medios mediante los que se producen los bienes[12].

Más concretamente, Polanyi denomina «mercancías ficticias» a la tierra y al trabajo, reconociendo que no se producen para los mercados. Evidentemente, la tierra no se produce en absoluto: existe antes que los mercados. No podemos producir más de lo que ya existe e incluso la reclamación de tierras tiene límites finitos. Sin duda, incluso bajo el capitalismo, los trabajadores y trabajadoras son y deben ser continuamente producidos y reproducidos, pero no con el propósito puramente instrumental de satisfacer los mercados laborales (a diferencia de lo que sucede básicamente en las sociedades esclavistas). En efecto, argumenta Polanyi, la mercantilización del trabajo equivale a una mercantilización de los seres humanos, mientras que la mercantilización de la tierra no es otra cosa que una mercantilización de la naturaleza. El problema de la mercantilización de la tierra no es, por lo tanto, tan solo que históricamente implica la expropiación del campesinado, sino en que altera nuestra relación con el entorno mismo en el que existimos. No debería sorprendernos, pues, que también en China la mercantilización de los seres humanos y la mercantilización de la naturaleza hayan sido procesos especialmente controvertidos. En este contexto, el proceso de cercamiento de la tierra proporciona un marco histórico y analítico adecuado para considerar las transformaciones de la clase obrera china.

Tipos de cercamiento

Hasta finales del siglo XV y principios del XVI, la agricultura inglesa se efectúa principalmente en fincas señoriales organizadas como campos comunales. Se trataba de un sistema de agricultura de subsistencia con elementos individuales y colectivos superpuestos. Arrendatarios de diversos tipos poseían parcelas de tierra que mantenían individualmente, pero los campos se trabajaban tanto de forma individual como colectiva. También existían tierras comunales adicionales sujetas a uso colectivo, que abarcaban una amplia gama de derechos consuetudinarios, muchos de los cuales también estaban a disposición de los plebeyos sin tierras: pastoreo de animales domésticos, recolección de leña, corte de turba, etcétera.

Los mercados de productos agrícolas crecieron con el tiempo y, con el aceleramiento de la urbanización, sus precios aumentaron en consecuencia, primero los de la lana y pronto los de los cereales. Para producir con fines comerciales, los señores comenzaron a expulsar a sus arrendatarios y a cercar los bienes comunales, lo cual se artículo con un patrón desigual que marcó la fragmentación de las tierras agrícolas en toda Europa. El cercamiento se llevó a cabo mediante medidas legales y mediante violencia extralegal, lo cual transformó las tierras sobre las que pesaban derechos consuetudinarios y tenencias superpuestas en formas exclusivas de propiedad moderna, que podían ser compradas y vendidas a voluntad por un único propietario. Para Marx, estos actos iniciales de violencia y desposesión constituyeron el ejemplo paradigmático de la «acumulación primitiva», esto es, de una acumulación que «no es el resultado del modo de producción capitalista, sino su punto de partida»[13].

Con el paso de la agricultura de subsistencia feudal al capitalismo agrario, el creciente capital rural sentó a su vez las bases para nuevas formas de industria, empezando por las fábricas textiles y la manufactura rural, que culminaron finalmente en las industrias urbanas. Una vez que se cercaron los bienes comunes y se expropió a sus ocupantes, los antiguos campesinos no tuvieron nada que vender salvo su fuerza de trabajo. Fue, pues, su alienación de la tierra lo que les dejó sin otra opción que aceptar el trabajo alienado y, en consecuencia, convertirse en la clase obrera original, cuya toma de conciencia narra Thompson. La mercantilización de la tierra y del trabajo fueron, por lo tanto, procesos históricos solapados en los que la primera sentó las bases de la segunda. Sin embargo, como había «pícaros empedernidos» y otros sujetos que preferían la vida vagabunda y que optaban por vivir de la mendicidad o la caza, por ejemplo, el Parlamento inglés promulgó un conjunto de leyes que Marx denomina «legislación sanguinaria contra los expropiados», que prohibían el vagabundeo y el pordioseo. La privatización de los bienes comunes también vino acompañada del cercamiento de los bosques reales de Inglaterra –una fuente vital de subsistencia para muchos– y de la criminalización simultánea de la pesca y la caza, de modo que vivir de la naturaleza se convirtió en un acto de «furtivismo»[14].

Si bien Marx concede un papel central al proceso de cercamiento como motor del desarrollo del capitalismo en Inglaterra, también reconoce el alcance global de la acumulación primitiva, a tenor de la cual los dominios imperiales proporcionaron recursos, mano de obra esclava y mercados cautivos. Dado que el proceso de cercamiento coincidió con el auge del colonialismo, el nuevo régimen de propiedad de la tierra se exportó a todos los lugares donde los colonos decidieron establecerse. Podemos considerar el posterior auge del Estado-nación como una especie de proceso de cercamiento global, que ha convertido todo el planeta en una formación jurídica dividida en Estados, que reclaman el control exclusivo de sus territorios. De hecho, con la reclamación de los fondos marinos por parte de los Estados costeros y lo que históricamente se ha reconocido como «la libertad de los mares», muchos hablan también de «cercamiento de los océanos».

En Inglaterra, las opiniones sobre la importancia del proceso de cercamiento dependen en gran medida de si se ponen de relieve sus consecuencias económicas o políticas. Aunque reconoce su violencia, la obra de Barrington Moore Jr., Social Origins of Dictatorship and Democracy: Lord and Peasant in the Making of the Modern World (1966), se centra principalmente en su legado político. Moore celebra la expropiación de los campesinos como su emancipación: liberados de la sujeción feudal, se vuelven políticamente independientes y sientan las bases de la ciudadanía democrática moderna. Marx no lamenta la desaparición de las jerarquías feudales, pero se centra abrumadoramente en las nuevas formas de sometimiento económico, más que en la liberación política, que considera ilusoria. En China, también, la desposesión del campesinado que se está produciendo actualmente conlleva la mercantilización de la tierra y del trabajo, lo cual acarrea importantes consecuencias tanto políticas como económicas.

A veces se olvida que la transformación económica de China acaecida tras la desaparición de Mao comenzó en el campo de la mano de reformas agrarias seguidas de la industrialización rural. El asombroso crecimiento de las empresas rurales durante la década de 1980 y la primera mitad de la siguiente fue en realidad lo que sacó de la pobreza a millones de campesinos e impulsó la expansión sin precedentes de China durante este periodo. Durante los años siguientes y por mor de un proceso de reorientación radical se ha verificado el estancamiento de las zonas rurales y su holgada superación por las ciudades, lo cual ha propiciado que la imagen de estas metrópolis resplandecientes se haya convertido en el horizonte del nuevo milenio. Sin embargo, durante las dos primeras décadas de la era de las reformas, cuando los observadores extranjeros se referían al milagro económico chino, lo que realmente estaban describiendo era una revolución industrial rural.

Cuando comenzaron las reformas económicas en 1978, su objetivo principal fue aliviar la pobreza rural. A cada hogar se le asignó un derecho de uso temporal de una pequeña parcela, junto con el derecho a vender todo lo que produjera por encima de la cuota asignada. Aunque el suelo rural seguía siendo de propiedad colectiva, esta reforma relativamente limitada dio lugar a un mercado restringido para los productos agrícolas. Una vez que los campesinos comenzaron a ganar dinero con la venta de sus excedentes, algunos invirtieron sus ganancias en la industria rural. Esa industria se organizó en forma de colectivos rurales, conocidos como empresas municipales rurales (township and village entreprises), que asumió diversas formas de propiedad públicas, privadas, semiprivadas y comunales. En cierto modo, ello era similar a la experiencia inglesa: allí también la industria surgió temprano en el campo, complementando la agricultura sin desplazarla. En el caso chino, sin embargo, los campesinos eran propietarios de la tierra y del capital y evidentemente no necesitaban despojarse de ellos para gestionar sus propias empresas. Las empresas municipales rurales tuvieron un éxito asombroso y a menudo se consideran una encarnación espontánea del espíritu capitalista que emanaba del suelo chino. Sin embargo, las primeras reformas rurales deben considerarse un ejemplo de desarrollo socialista: una forma autóctona de empresa pública local, las empresas municipales rurales representaron la transformación de lo que había sido un bien común agrícola en uno industrial.

El auge económico de las empresas municipales rurales durante la década de 1980 y principios de la siguiente comenzó rápidamente a reducir la diferencia de bienestar existente entre los campesinos y sus compatriotas urbanos. Al mismo tiempo, su éxito también aumentó la presión sobre el sector público urbano, que adolecía de serios problemas. A mediados de la década de 1990, el Estado dio un giro decisivo de la reforma rural a la urbana, favoreciendo el capitalismo de Estado frente a la industria rural colectivizada. Este capitalismo de Estado y las ciudades resplandecientes que ha construido son los que representan a China hoy en día en los medios de comunicación mundiales. El Estado inició el proceso reestructurando su relación jurídica tanto con el capital como con el trabajo. Con la ayuda de una nueva Ley de Sociedades, que entró en vigor en 1994, las empresas públicas (state-owned entreprises) se transformaron en sociedades anónimas. Aunque el Estado siguió siendo el accionista mayoritario, comenzó a invitar al capital mundial a que contribuyera a convertir sus empresas públicas en empresas orientadas a la obtención de beneficios. En lo que respecta al trabajo, los trabajadores de las empresas públicas no poseían tierras y fueron, por el contrario, despojados de su principal derecho socialista: la seguridad del empleo de por vida. Esta mercantilización del trabajo, conocida coloquialmente como «la rotura del cuenco de arroz blindado», fue la que constituyó la descomposición de la clase obrera china como estrato socialista privilegiado, inaugurando su transformación en un proletariado industrial corriente del tipo descrito por Thompson.

Sin embargo, especialmente después de que China se uniera a la OMC en 2001, sus ciudades se inundaron de capital global y la fuerza de trabajo urbana existente ya no era suficiente para atender a su demanda. Al mismo tiempo, las zonas rurales de China rebosaban de campesinos desempleados y subempleados, lo cual propició una creciente oleada de mano de obra migrante que fluía del campo a la ciudad. El desmantelamiento de las empresas públicas se vio acompañado de la mercantilización del suelo urbano destinado a la vivienda y la promoción privada, un proceso que ha culminado en una enorme burbuja inmobiliaria que amenaza hoy la economía china. Es importante señalar que, desde que el alojamiento y otras necesidades básicas pueden obtenerse en los mercados, los campesinos han podido trasladarse a las ciudades incluso sin estar registrados como residentes urbanos. Sin embargo, siguen siendo ciudadanos de segunda clase desprovistos del acceso a la totalidad de las prestaciones de las que disfrutan estos, desplazándose diariamente entre sus lugares de trabajo y sus pueblos y dependiendo de la tierra que sus familias siguen cultivando para subsistir cuando pierden su empleo, no cobran o sufren accidentes laborales.

La clave del proverbial «bajo coste» de la mano de obra china reside en el carácter híbrido de sus trabajadores migrantes. Durante el periodo socialista, el Estado extraía el producto del trabajo de los campesinos, mientras que hoy en día el capital urbano extrae a los campesinos más capaces, aunque solo de forma temporal y rotatoria, mientras siguen recibiendo el apoyo de sus pueblos. Los trabajadores migrantes son, en efecto, un ejército de reserva de trabajo mercantilizado, que soporta los costes de su propia reproducción, de forma similar a los inmigrantes indocumentados en Estados Unidos, por ejemplo. La dependencia continua de estos trabajadores del apoyo de sus familiares residentes en el campo permite a los empleadores urbanos pagarles salarios por debajo del nivel de subsistencia. Así pues, la cuestión no es cómo estos migrantes han podido evitar la expropiación, a diferencia del proletariado industrial inglés de principios del siglo XIX, sino, por el contrario, cómo su continua propiedad de la tierra permite al capitalismo de Estado chino explotarlos.

Tras la mercantilización inicial del suelo urbano efectuada durante la década de 1990, el cercamiento del suelo rural consistió principalmente en la absorción de los pueblos periurbanos por las ciudades colindantes. En cambio, la actual ola de cercamientos tiene como objetivo transformar la propia China rural. El objetivo del Estado es consolidar las tierras agrícolas en grandes explotaciones industriales y reubicar a los campesinos desplazados en ciudades, incluidas las «ciudades nuevas» (xincheng) construidas específicamente para este fin. Para lograrlo, el suelo rural finalmente también está siendo mercantilizado: los miembros de las colectividades rurales ahora pueden vender el derecho de uso de sus tierras a terceras personas, incluidos los representantes de la agroindustria. (Formalmente, los hogares solo pueden vender el derecho de uso de sus parcelas, sujeto a ciertas aprobaciones y restricciones de uso del suelo, pero no las parcelas en sí mismas, lo que permite al Estado mantener la ficción jurídica de la propiedad pública de la tierra). En consecuencia, la consolidación de las tierras familiares en explotaciones industriales agrícolas adopta la forma de transacciones mercantiles voluntarias, que en la práctica, sin embargo, son a menudo coercitivas, «facilitadas» por la intermediación de funcionarios. Con la llegada de la agroindustria, el campo también se está integrando en el capitalismo de Estado chino y está dejando de ser su contraparte rural.

En la coyuntura actual, China no tiene escasez ni de capital ni de trabajo: el primero fluye desde los mercados globales y el segundo desde las zonas rurales. Para sostener el crecimiento económico, lo que más necesita China en este momento son mercados, incluidos los mercados para sus productos en el país. El problema del trabajo migrante es que su proletarización sigue siendo parcial. Depende del capital para obtener salarios, pero mientras pueda recurrir a la agricultura de subsistencia, no depende exclusivamente de ellos. Además, debido a su precaria situación y al acceso limitado a la seguridad social, los campesinos ahorran todo lo que pueden, consumiendo aún menos de lo que consumirían en otras circunstancias y convirtiéndose, pues, en trabajadores de primera y en consumidores de segunda. La mercantilización del trabajo industrial ya los ha convertido en un ejército de reserva de mano de obra. La actual mercantilización de la tierra rural los está convirtiendo finalmente también en un ejército de reserva de consumidores: totalmente dependientes del capital para sobrevivir, no les queda más remedio que comprar todo lo que necesitan. En efecto, el cercamiento del campo chino completará la proletarización del campesinado.

Marx caracterizó la acumulación primitiva como el equivalente económico del «pecado original»[15]. Por el contrario, Rosa Luxemburg insistió en que ni siquiera el capitalismo maduro puede producir plusvalor de la nada; al fin y al cabo, no es un sistema de alquimia. Para poder reproducirse como sistema, el capitalismo debe participar en un proceso continuo de acumulación primitiva y siempre necesita un exterior desigual del que extraer recursos[16]. A medida que avanza el nuevo proceso de cercamiento, llama la atención que el capital chino, tanto público como privado, busque cada vez más salidas en otros lugares, como sucede con los proyectos de extracción de recursos radicados en África. Con la Iniciativa de la Franja y la Ruta, China está ampliando todavía más sus inversiones. Al quedarse sin tierras que cercar y sin gente a la que desposeer en su país, el capital chino se está globalizando, estableciendo cadenas de producción sinocéntricas, que se extienden desde el océano Índico hasta América Latina. Ello nos plantea la consabida pregunta: ¿cuáles son los límites planetarios del capitalismo?, lo cual nos lleva de vuelta a la conflictiva relación del homo sapiens con la naturaleza.

Hacia el Estado socialista

El 1 de octubre de 1949, cuando Mao proclamó la creación de la República Popular China desde lo alto de la Puerta de Tiananmén en Pekín, el Partido Comunista se enfrentaba a la construcción de un proyecto clásico de soberanía. En primer lugar, tenía que erigir un nuevo Estado para gobernar el territorio que controlaba. En segundo lugar, tenía que organizar a los sujetos de la nueva entidad política. En palabras de James Scott, el Partido tenía que crear una maquinaria para «ver como un Estado», es decir, hacer que la población súbdita fuera legible para las burocracias que la administrarían[17]. En tercer lugar, para ser reconocido como Estado soberano, también tenía que ajustarse a ciertas normas globales o, en términos de Scott, tenía que ser contemplado como un Estado por los demás Estados. En 1949 la Unión Soviética ya había establecido el guion para que un Estado fuese considerado un Estado socialista y, en términos generales, la República Popular China siguió ese guion. Sin embargo, en lo que respecta a los detalles de cómo organizar al pueblo de la República Popular, China se apartó del precedente soviético y creó su propio régimen específico para regular la productividad de sus ciudadanos y controlar su movilidad.

La noción de un Estado socialista es un oxímoron, a pesar de que, como institución, llegara a dominar gran parte del siglo XX. De acuerdo con la conceptualización marxista, el Estado es, en última instancia, el comité ejecutivo de la clase dominante. En teoría, con la llegada del socialismo, se convertirá en un anacronismo y desaparecerá o, como dijo Engels lapidariamente, «terminará donde le corresponde», es decir, «en el museo de antigüedades, junto a la rueca y el hacha de bronce»[18]. Sin embargo, históricamente, los regímenes socialistas han sido Estados hipertrofiados, caracterizados por una centralización extrema del poder coercitivo.

La razón por la que la historia se apartó tan drásticamente de la teoría es tan simple como profunda. Marx anticipó una revolución comunista a escala mundial. De acuerdo con el Manifiesto comunista, «los trabajadores no tienen patria». El llamamiento revolucionario de Marx no se dirigía a la clase obrera francesa, ni a la inglesa o la alemana. Como explicó en otra ocasión, «la nacionalidad del obrero no es francesa, ni inglesa, ni alemana, es el trabajo [...]. Su gobierno no es francés, ni inglés, ni alemán, es el capital»[19]. Precisamente porque el capital persigue el beneficio sin respetar las fronteras nacionales, la revolución socialista también debe ser mundial. De ahí el grito de guerra del Manifiesto comunista: «¡Proletarios de todos los países, uníos!»[20].

Como intelectual del siglo XIX, Marx estaba influenciado tanto por el cientificismo como por el evolucionismo. Las supuestas leyes científicas del materialismo histórico propuestas por él predecían no solo una revolución mundial, sino también que esta solo tendría lugar después de que el mundo hubiera pasado por el capitalismo, la penúltima etapa histórica. Sin embargo, cuando se produjo la Revolución bolchevique en Rusia en octubre de 1917, esta desafió ambas predicciones. El primer levantamiento comunista exitoso no tuvo lugar en Inglaterra, cuna de los últimos avances del capitalismo industrial, sino en uno de los rincones más atrasados económicamente de Europa, un vasto imperio agrario, cuya población estaba compuesta en su mayoría por siervos recientemente emancipados[21]. Tampoco el asalto al Palacio de Invierno desencadenó la revolución mundial. Por el contrario, el simple hecho de llevar la revolución desde San Petersburgo y las principales ciudades de Rusia al resto del país requirió varios años de guerra civil y la represión de numerosas revueltas campesinas.

En ausencia de la revolución mundial, habría sido un suicidio político para los bolcheviques desmantelar las instituciones del Estado mientras estaban rodeados de adversarios internos y externos. Anticipándose a este escenario, Lenin publicó en 1917 El Estado y la revolución, donde desarrolló la idea de Marx de la «dictadura del proletariado» como forma política transitoria. Como nueva clase dominante, los trabajadores debían ser propietarios de los medios de producción y estar al frente del aparato estatal. En tanto que el proletariado subdesarrollado de Rusia todavía no hubiese alcanzado la plena conciencia de sí mismo ni un nivel de organización suficiente, sus intereses serían representados por el Partido Comunista como su vanguardia.

Tras la conclusión de la sangrienta guerra civil y el establecimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1921, Stalin transformó lo que Lenin había concebido como una concesión temporal a la necesidad en una concentración permanente de poder estatal carente de restricciones, o lo que él denominó «socialismo en un solo país»: un Estado socialista independiente dotado de un ejército fuerte y una potente base industrial capaz de resistir a sus enemigos capitalistas. Fue esta coyuntura histórica y geopolítica la que dio origen al fenómeno específico del siglo XX del Estado-partido comunista.

El «pueblo» de la República Popular

Además de establecer órganos estatales, la República Popular China tuvo que organizar a su población en categorías políticas adecuadas. Es fundamental señalar que la revolución no se limitó a reconocer a los campesinos y a los trabajadores como las clases dirigentes del nuevo Estado socialista, sino que también los convirtió en tales y les asignó coordenadas espaciales. En última instancia, los campesinos quedaron vinculados a la tierra que cultivaban, mientras que los trabajadores, en el sentido técnico socialista, quedaron vinculados a sus unidades de trabajo urbanas. Llegar a este acuerdo binario no fue sencillo. Comenzó con la construcción y clasificación de una amplia gama de sujetos políticos según criterios socialistas.

Incluso las decisiones más básicas resultaron difíciles. ¿Qué era la «China» de la República Popular China y quién era el «pueblo» que la componía? ¿Cuánto territorio y qué pueblo(s) reclamaría el nuevo Estado? Estas preguntas se remontaban a la creación de la República de China (RCh) en 1912. La dinastía Qing había sido un imperio multiétnico gobernado por una dinastía manchú. Sun Yat-sen y sus seguidores revolucionarios activos en el sur abogaron inicialmente por sustituir el gigante imperial por una república moderna, que ocupara y se limitara al corazón han del territorio chino. Yuan Shikai y los señores de la guerra del norte promovieron una nueva monarquía constitucional, que mantendría las vastas conquistas manchúes, las cuales habían ampliado el alcance del imperio durante el periodo medio de la dinastía Qing. La nueva República de China se concretó en un compromiso inestable, que pretendía contentar a todos. Adoptó la forma política de una república, pero conservó la huella imperial de su predecesora: era mitad república, mitad imperio.

En un principio pareció que la República Popular China rechazaría la extralimitación imperial de la República de China. Cuando se fundó el Partido Comunista Chino en 1921, este siguió la línea del partido soviético, que había concedido, al menos en principio, a los pueblos étnicamente no rusos del imperio zarista el derecho a la autodeterminación nacional. El nuevo Estado no era, pues, en absoluto la «República Popular de Rusia», sino que se organizó como una Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Sin embargo, en 1949, Mao y el PCCh cambiaron de opinión y degradaron a las poblaciones no han del Imperio Qing a «nacionalidades minoritarias» en lugar de naciones con derecho a la autodeterminación. En consecuencia, la República Popular China sigue siendo hoy en día heredera del legado imperial de los Qing. Lo único en lo que siguieron estando de acuerdo, incluso después de 1949, la República Popular China y el parlamento residual de los nacionalistas instalado en Taiwán, fue que China significaba toda China en su máxima extensión imperial.

Una vez resuelta ideológicamente la cuestión del alcance territorial de la nación (aunque sigue siendo objeto de controversia política hasta el día de hoy), se plantearon ulteriores preguntas sobre el pueblo que constituía la nueva China. En sentido político, el término «pueblo» no se refería al conjunto de la población china, sino solo a aquellos que compartían la clase y los intereses nacionales de la revolución comunista china. Quienes no los compartían no formaban parte categóricamente del pueblo en sentido político y, en la medida en que se oponían a esos intereses, eran enemigos del mismo. Sin embargo, a diferencia de sus homólogos rusos, los comunistas chinos libraron su guerra civil antes de la toma revolucionaria del poder. Cuando se estableció formalmente la República Popular China, los principales enemigos del pueblo ya habían sido derrotados y desplazado a Taiwán, la nueva sede «temporal» del gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek.

En cuanto a su estructura política interna, el nuevo Estado adoptó el modelo leninista de dictadura del proletariado o, en la interpretación algo más inclusiva de Mao, «dictadura democrática popular». El principio básico era el mismo: democracia para el pueblo y dictadura para sus enemigos. Sin embargo, el término «proletariado» se refiere a una sola clase, mientras que «el pueblo», en el sentido maoísta, es una categoría política que comprende múltiples clases, cuya composición varía en cada momento según las circunstancias políticas. En el momento de su creación, la República Popular China se basaba en la alianza fundamental entre los trabajadores y los campesinos, las dos clases privilegiadas que habían encabezado la revolución. Además, el Partido reconocía el papel patriótico desempeñado por la pequeña burguesía y la burguesía nacional (en contraposición a sus homólogos vendidos, los capitalistas compradores). En reconocimiento de este hecho, las cuatro pequeñas estrellas de la bandera de la República Popular China representan a estas cuatro clases.

La promoción de Mao de los campesinos a un papel revolucionario vital representó un nuevo avance en la teoría y la práctica socialistas. La Revolución Rusa había seguido el manual marxista en la medida en que fue efectivamente una revuelta obrera originada en las ciudades entre el proletariado incipiente del país. Lenin y la mayoría de sus compañeros sentían un desprecio absoluto por el campesinado ruso, al que consideraban ignorante y un obstáculo para la revolución, aunque reconocían que necesitaban su apoyo. En ello, reprodujeron en gran medida el sesgo anticampesino y antirural del propio Marx, quien denunció de forma notoria «la idiotez de la vida rural» y comparó al campesinado francés con un saco de patatas[22].

El Partido Comunista Chino surgió de un entorno elitista. Fundado en Shanghái en 1921, sus miembros eran principalmente intelectuales y activistas urbanos. Bajo la guía bolchevique, el PCCh dejó de lado sus diferencias ideológicas y cooperó con el gobierno nacionalista de Nankín, pero fue expulsado de las zonas controladas por los nacionalistas, cuando Chiang Kai-shek desató su campaña de terror blanco en 1927. Cuando el Partido emprendió la legendaria Larga Marcha, la experiencia transformó a Mao Zedong, un carismático dirigente bien dotado para la estrategia, oriundo del área rural de Hunan, en el líder supremo del Partido. Tras desplazar a la facción bolchevique, Mao nacionalizó la revolución y convirtió al PCCh de una rama de un movimiento internacional liderado por la Unión Soviética en una formación auténticamente china. Por otro lado, los años siguientes de clandestinidad en las zonas rurales reorientaron la revolución china hacia el campo.

Mientras que la revolución de Lenin comenzó en las ciudades y luego se exportó al campo, donde se enfrentó a una gran resistencia, Mao siguió la estrategia opuesta de utilizar «el campo para rodear las ciudades».  La Revolución China no comenzó con él subiendo a lo alto de la Puerta de Tiananmén –el equivalente chino a la toma del Palacio de Invierno–, sino que culminó allí, lo cual no significó el inicio, sino el final de la lucha militar. Desde el principio, la República Popular China fue una unión de trabajadores y campesinos. Sin embargo, esta alianza siempre fue asimétrica. Aunque los campesinos eran mucho más numerosos y habían llevado el peso de la lucha, su unión con los trabajadores estaba liderada por estos últimos en virtud de la conciencia de clase más avanzada que se les atribuía. A pesar de que los campesinos habían sido indispensables para establecer la China revolucionaria, ahora tenían que ser remodelados para ajustarse a los estándares de la modernidad socialista. Su supuesto atraso feudal sirvió para justificar la creación de un conjunto de estructuras económicas desiguales, que sentaron las bases para el establecimiento de una fuerza de trabajo industrial capaz de ayudar a China a competir en la Guerra Fría, que se aceleraba rápidamente. Pasemos ahora a analizar estos trabajadores y trabajadoras, la clase dirigente de la nueva China.

La formación de la clase obrera

La transformación del socialismo en estatismo fue solo una de las consecuencias del fracaso de la Revolución Rusa a la hora de provocar el colapso mundial del capitalismo. A fin de garantizar su competitividad frente a sus enemigos capitalistas, Stalin desarrolló una maquinaria industrial que alteró los propios objetivos del socialismo, o al menos los pospuso indefinidamente. Una teoría que surgió como un proyecto de emancipación universal del ser humano se convirtió en un programa de desarrollo económico. El establecimiento del socialismo de Estado no condujo a la abolición de la propiedad. Por el contrario, la amplió convirtiendo todo en propiedad del Estado, una forma de superpropiedad. Desde esta perspectiva, el compromiso del socialismo de Estado con el desarrollo industrial puede describirse como una especie de capitalismo de Estado. El joven Marx lo sugirió, indicando (críticamente) que la propiedad estatal del capital –o lo que él llamaba «capital comunal»– convertiría a la comunidad en «un capitalista universal» en el que la comunidad ocuparía la posición del propietario y pagaría salarios a quienes trabajaran para ella[23]. La Unión Soviética organizó su industria pesada precisamente de esta manera mediante empresas públicas en las que el Estado era propietario del capital y remuneraba a los trabajadores por su trabajo.

En este sentido, la República Popular China también siguió el modelo soviético. Comenzó por crear nuevas divisiones industriales de elite estructuradas como empresas públicas. A cada residente urbano se le asignaba una unidad de trabajo (danwei), que era mucho más que una división de producción. Una empresa pública clásica constituía un Estado del bienestar en miniatura, que no solo garantizaba el empleo de por vida –el tan cacareado «cuenco de arroz blindado»–, sino también un sistema de atención y control vitalicio, que incluía prestaciones como vivienda, guardería, educación, asistencia médica, instalaciones deportivas y culturales, y prestaciones para la jubilación. Como se ha señalado, esta reorganización de la fuerza de trabajo urbana constituyó la formación original de la clase obrera china, no en el sentido de un proletariado industrial subordinado, sino en el sentido de un estrato privilegiado de la ciudadanía socialista, una especie de aristocracia socialista.

Aunque las instalaciones y el capital de las empresas públicas eran propiedad del Estado y los trabajadores eran empleados a los que este remuneraba por su trabajo, oficialmente se les consideraba «los dueños de la empresa» (gongchang de zhuren). En términos materiales, el Estado era su propietario y su empleador, pero formalmente las empresas eran propiedad de los propios trabajadores y trabajadoras. El término «empresa pública» era una abreviatura de la designación legal «empresa industrial propiedad de todo el pueblo» (quanmin suoyouzhi gongye qiye). Esta terminología interpretaba el empleo de los ciudadanos por parte del Estado como un empleo por cuenta propia: dado que la empresa era propiedad del pueblo y los trabajadores formaban parte del pueblo, en teoría trabajaban para sí mismos y no realizaban un trabajo alienado para un empleador.

Es importante reconocer la naturaleza radical de las empresas públicas como institución, incluso en comparación con sus homólogas soviéticas. La unidad de trabajo en una empresa pública china era nada menos que una institución total. Arquitectónicamente, una empresa pública típica estaba estructurada en forma de un recinto clásico de cuatro muros, la misma configuración que la casa, el templo y el palacio tradicionales chinos. Funcionalmente, combinaba las operaciones del mercado, del Estado y de la familia en una sola entidad. En consecuencia, tenía aspectos benignos y totalitarios. En términos materiales, los trabajadores disfrutaban de un trato notablemente igualitario, no solo entre ellos, sino incluso con sus directivos. Aunque todas las decisiones importantes las tomaba Estado-partido, en los niveles inferiores de la jerarquía los trabajadores también disfrutaban de una auténtica democracia en el lugar de trabajo, por ejemplo, seleccionando a sus propios jefes de equipo en la fábrica. Al mismo tiempo, la unidad de trabajo era un brazo del Estado y el principal lugar de gobernanza, vigilancia e instrucción política de la ciudadanía urbana. Desde un punto de vista positivo, el sistema era de un paternalismo participativo, mientras que desde uno negativo sometía a los miembros de las unidades de trabajo a un sistema de dependencia organizada del Estado[24].

La abolición de la propiedad no fue el único objetivo socialista en el que cedió el socialismo de Estado. Con respecto al futuro de los lazos familiares burgueses, el Manifiesto comunista fue igualmente inequívoco: «¡La abolición de la familia!»[25]. Las justificaciones para la abolición de la propiedad y la familia estaban estrechamente relacionadas. En la medida en que esta última era una institución burguesa, que pretendía acumular propiedad y transmitirla de una generación a otra, se esperaba que su razón de ser desapareciera tras la revolución, al igual que la del Estado, que ante todo protegía aquella. Pero, al igual que la RPCh eliminó solo la propiedad privada, elevando en su lugar la propiedad pública, también optó por transformar la familia si no en una «familia pública», al menos en algo que idealmente se aproximara a ella, en lugar de abolirla.

En la ideología confuciana del Estado imperial tardío, el parentesco ritual había sido la esencia social y política de una entidad política bien gobernada. El gobierno nacionalista había intentado sustituir la concepción patriarcal confuciana por la familia nuclear moderna, basada en un vínculo consensuado e igualitario entre marido y mujer, pero sus esfuerzos tuvieron un éxito desigual. Por el contrario, los nuevos ideales del Partido Comunista chino preveían la sublimación de la libido de todos los camaradas en una pasión por el socialismo, la patria y el propio Gran Timonel. Por puro realismo, la República Popular China reconoció el continuo atractivo de los lazos conyugales. En 1950 se aprobó una Ley del Matrimonio, que reconocía la familia al tiempo que trataba de remodelar las estructuras de parentesco «feudales» (en el lenguaje marxista) que la sustentaban.

Aunque la República Popular China no logró en el matrimonio y en la sociedad la plena igualdad de género que promovía, mejoró la condición social y económica de las mujeres hasta un grado sin precedentes. A diferencia de la Unión Soviética, con sus políticas fuertemente pronatalistas, China no privilegió el papel reproductivo de las mujeres por encima de su participación en la fuerza de trabajo. El cuidado de los niños, por ejemplo, se socializó en las empresas de propiedad pública, lo que liberó, además de obligar, a las mujeres para trabajar. Sin duda, estas siguieron asumiendo la responsabilidad principal de las tareas domésticas. Además, aunque se les pagaba lo mismo por los puntos de trabajo (el sistema informal de retribución del trabajo durante este periodo), normalmente obtenían menos puntos, en virtud de la teoría de que, al ser el sexo débil, las mujeres eran menos productivas. No obstante, su entrada en la esfera pública y su mayor capacidad económica elevaron considerablemente la posición social de las mujeres chinas. En resumen, la unidad de trabajo china no abolió la familia, sino que la sometió a la planificación estatal, al igual que otros aspectos de la sociedad. Incluso las decisiones íntimas, como con quién casarse, requerían la aprobación de los cuadros. En pocas palabras, las empresas públicas eran instituciones totales, que combinaban elementos económicos, políticos y familiares en una sola entidad, todo ello bajo el paraguas de la propiedad estatal.

Inventar el campesinado

Si bien la clase obrera era la clase dirigente de la revolución, los campesinos fueron su principal aliado. Pero mientras que el trabajador industrial era un héroe socialista irreprochable, que ayudó a introducir a la República Popular China en la modernidad industrial, el campesino era una figura ambigua, políticamente un aliado vital, pero ideológicamente sospechoso. En la historiografía marxista, los campesinos, por muy patriotas que fueran, eran vestigios del modo de producción feudal. Así pues, una de las principales responsabilidades de la Revolución China era remodelarlos, pero antes de proceder a ello, había que inventar al campesino[26].

Esta invención satisfacía las exigencias de la teoría socialista, pero también servía a los fines políticos del Partido, ayudando a justificar su estrategia de transferir recursos del campo a las empresas públicas. El campesino chino era la condición material previa para la existencia del trabajador socialista. Cuando la República Popular China se propuso crear las empresas públicas, la nacionalización de las industrias existentes fue relativamente fácil, ya que el gobierno nacionalista ya se había hecho con el control de las más importantes. La República de China también era un Estado-partido y durante la guerra civil contra los comunistas, así como durante la guerra chino-japonesa, ya había asumido el control de las industrias fundamentales del país para financiar el esfuerzo bélico. Así, la República Popular China no tuvo más que seguir los pasos de su predecesora.

Pero las empresas públicas realmente existentes distaban mucho de ser suficientes para que la República Popular China alcanzara el nivel de productividad industrial que deseaba. Sin acceso a financiación externa, salvo la limitada ayuda soviética, se encontró en la misma situación en la que había estado la Unión Soviética, esto es, con abundancia de mano de obra y escasez de capital. También en este aspecto, la República Popular China siguió los pasos de su hermano mayor soviético. Deliberadamente desvinculada de la economía mundial, recurrió a lo que era, en efecto, una versión socialista de una estrategia originalmente capitalista: la acumulación primitiva. Como esperaba que el socialismo siguiera los pasos del capitalismo, Marx no previó que la acumulación primitiva pudiera producirse también bajo un régimen socialista, suponiendo, en cambio, que una sólida base industrial sería el regalo de despedida del capitalismo al comunismo. Sin embargo, la Rusia prerrevolucionaria, al igual que la China presocialista, era una nación esencialmente agraria. Reconociendo este hecho, el economista bolchevique Evgeny Preobrazhensky teorizó en la década de 1920 la acumulación primitiva socialista como el medio para financiar su programa de desarrollo industrial. Para Preobrazhensky, la acumulación primitiva socialista era ante todo un concepto analítico. En cuanto a la posibilidad de ponerla en práctica, no preveía el uso de la violencia estatal, ni apoyaba la colectivización involuntaria, ya que creía que cualquier acumulación primitiva en la Unión Soviética debía tener lugar de forma gradual y aplicarse mediante los medios burocráticos habituales. La noción de acumulación primitiva socialista fue, y sigue siendo, controvertida (Preobrazhensky fue ejecutado bajo el régimen de Stalin), pero la URSS acabó siguiendo esencialmente el modelo inglés: reorganizó su campesinado y transformó el campo en una fuente de capital industrial.

Una dificultad clave en el uso de esta estrategia por parte de la República Popular China fue que no existía un referente claro para el término «campesino» en la China prerrevolucionaria. Se trataba de una proyección de categorías del desarrollo europeo, que a su vez constituían la base de la explicación por etapas del materialismo histórico de Marx. La palabra empleada por los comunistas chinos –nongmin– fue inventada por los modernizadores japoneses en la era Meiji: para traducir los conceptos occidentales, acuñaron neologismos utilizando ideogramas chinos cambiándoles radicalmente el significado. Una vez que la palabra «campesino» se exportó de Japón a China, sustituyó a los términos anteriormente utilizados (nongfu, nongjia, nongren, etcétera) y trajo consigo connotaciones modernas de atraso rural[27].

De hecho, clasificar a la mayor parte de la población rural china como campesina supuso una aplicación doctrinaria de la teoría marxista. Para encajar a China en estas categorías eurocéntricas, se calificó al campo chino de «feudal». Sigue siendo cuestionable, si el término «feudalismo» es adecuado incluso cuando se aplica a Europa –el término en sí fue popularizado por Montesquieu en el siglo XVIII, mucho después de la desaparición de su supuesto referente–, pero China no había conocido nada parecido al feudalismo desde la dinastía Han (202 a. C.-220 d. C.). La tierra se había comprado y vendido durante casi dos milenios e, históricamente, los campos eran cultivados en su mayoría por pequeños arrendatarios. Una fuente de confusión fue una forma muy extendida de propiedad tradicional de la tierra en dos niveles, que permitía al terrateniente conservar los derechos sobre el «subsuelo», mientras que el arrendatario era propietario de la «superficie», o derechos de uso, un acuerdo conocido como «un campo, dos amos» (yitian liang-zhu). En el siglo XVI este sistema había evolucionado hasta convertirse en una forma de propiedad bien establecida, caracterizada con frecuencia como arrendamiento permanente.

Los historiadores marxistas interpretaron el arrendamiento permanente como una forma de servidumbre feudal. Sin embargo, a pesar de su siniestra denominación, este no vinculaba a los cultivadores ni a la tierra ni al terrateniente de forma perpetua, ni de ninguna otra manera. En realidad, permitía a los arrendatarios permanecer en sus tierras indefinidamente si así lo deseaban, lo cual les protegía en la práctica de ser desposeídos como lo habían sido los campesinos europeos. De hecho, los arrendatarios permanentes podían a su vez comprar, vender o hipotecar a su antojo sus derechos sobre la tierra. En pocas palabras, eran agricultores arrendatarios legalmente libres en una economía agraria mercantilizada. No hay duda de que podían sufrir –y a menudo sufrían– dificultades económicas extremas, pero esas dificultades se debían a su sometimiento a los mercados, no a la servidumbre feudal.

Dada la generalizada mercantilización de la tierra y la intensa comercialización de la agricultura, podríamos preguntarnos por qué la China imperial tardía no fue testigo de una consolidación de los campos de cultivo similar al proceso de cercamiento verificado en Inglaterra. Para responder a esta pregunta, debemos distinguir analíticamente al menos dos procesos independientes constitutivos del proceso de cercamiento, aunque en la práctica tendieron a desarrollarse de forma paralela. En primer lugar, la tierra de los bienes comunales feudales se mercantilizó y se dividió en parcelas enajenables de propiedad individual. En segundo, dado que muchas de las parcelas resultantes eran demasiado pequeñas para ser viables incluso para la agricultura de subsistencia, se consolidaron en unidades mayores adecuadas para la agricultura comercial. Como resultado de estos dos procesos, los nuevos comuneros sin tierra se transformaron en trabajadores, primero en la agricultura capitalista y, finalmente, en el capitalismo industrial.

En China, el primer paso –la mercantilización– ya se había verificado mil quinientos años antes que en Europa. Con el tiempo, la naturaleza cada vez más alienable de la tierra condujo, de hecho, a la aparición de grandes propiedades, aunque con notables variaciones regionales. En respuesta a ello, muchas dinastías iniciaron sus reinados dividiendo, lo que impidió la aparición del equivalente chino de los vastos latifundios romanos. La dinastía Tang, quizá la más notable, promovió el llamado sistema de campos iguales (juntian zhidu), esto es, la nacionalización de las tierras agrícolas y su reasignación por parte del Estado a los cultivadores que pagaban impuestos, a lo que se añadían redistribuciones periódicas para garantizar que las asignaciones siguieran siendo equitativas a lo largo del tiempo. Después del siglo XII, las familias arrendatarias siguieron siendo la principal unidad de producción, mientras que las grandes explotaciones agrícolas basadas en el trabajo asalariado habían desaparecido en gran medida a finales del siglo XVII.

Además de las políticas dinásticas que favorecían a los arrendatarios frente a los terratenientes, también el sistema legal chino contribuyó a este resultado. Una característica clave del sistema de arrendamiento permanente era que los arrendatarios no podían ser expulsados simplemente por no pagar su renta. Incluso si se atrasaban en los pagos o habían hipotecado sus derechos como arrendatarios, solo podían ser expulsados de sus tierras cuando el dinero que debían equivalía al precio total de compra de la tierra. Incluso cuando la tierra se vendía voluntariamente, durante el período imperial tardío las transferencias de tierras solían adoptar la forma de una «venta en vida» (huomai). Esto suponía una especie de arrendamiento condicional en el que los vendedores conservaban el derecho a rescatar la tierra que habían vendido, un derecho que se ejercía con frecuencia. Todo ello contrastaba radicalmente con Inglaterra, donde la evolución de las normas sobre préstamos con garantía real permitía a los acreedores hipotecarios embargar los bienes de los deudores en caso de impago. De hecho, los agricultores en dificultades, que no habían sido despojados directamente de sus tierras mediante el cercamiento, en la mayoría de los casos las perdían por endeudamiento[28].

Podríamos preguntarnos por qué el gobierno imperial chino se inclinó más por los arrendatarios, mientras que el Parlamento inglés defendió los intereses de la nobleza rural. De hecho, la última parte del movimiento de cercamiento consistió principalmente en cercamientos parlamentarios promulgados mediante proyectos de ley inspirados por determinados intereses privados. Desde el punto de vista marxista, esto no debería sorprendernos. Tras la Revolución Gloriosa, el Parlamento se transformó en una oligarquía terrateniente, que funcionaba como el comité legislativo de la clase dominante, si no como su rama ejecutiva. Los gobernantes Qing, por el contrario, dieron prioridad a la estabilidad social y, a diferencia de los monarcas Estuardo, lograron impedir la aparición de grandes concentraciones de riqueza terrateniente, reduciendo así el riesgo de antagonismos populares a gran escala, lo cual les permitió controlar el posible desafío derivado de ello a su propio poder.

Además de estas diferencias políticas, los dos países tenían ratios de población y superficie muy diferentes. A finales de la era imperial, no quedaba tierra cultivable de la que apoderarse, a pesar de que la población china seguía aumentando. De la mano de un fenómeno que se ha denominado la «revolución industriosa» de China, este país emprendió una vía de desarrollo intensiva en trabajo. Su dependencia del cultivo del arroz es un ejemplo claro: el arroz es uno de los cultivos más eficientes en cuanto al uso del suelo, ya que produce más calorías por hectárea, pero también es uno de los que requieren más mano de obra. Inglaterra, por su parte, tenía una población más reducida en relación con su superficie y la emigración a las colonias alivió en parte su presión demográfica. En consecuencia, el desarrollo en Inglaterra tomó una ruta relativamente más intensiva en capital, que en parte fue aportado por los cercamientos rurales, que en un primer momento se destinó al capitalismo agrario y luego a las tecnologías economizadoras de trabajo de la Revolución Industrial. En opinión de Jan Luiten van Zanden, «China no se “perdió” la Revolución industrial, simplemente no la necesitaba» y en consecuencia tampoco necesitó despojar a su campesinado[29].

Reforma agraria

En 1949 la República Popular China estaba decidida, sin embargo, a unir la revolución industrial a la revolución comunista, tal y como había hecho la Unión Soviética. Para proporcionar al trabajador socialista urbano el apoyo que necesitaba, el campo chino tendría que convertirse en una fuente de recursos para el desarrollo industrial. La República Popular China adoptó un modelo en dos fases para transformar a los campesinos y su relación con la tierra. El primer paso fue la reforma agraria, o la redistribución de casi la mitad de las tierras agrícolas existentes, junto con los animales de tiro y los aperos agrícolas correspondientes, lo cual sirvió tanto para quebrar el poder de los terratenientes, que se habían resistido al régimen, como para recompensar al campesinado por su lealtad en tanto que aliado revolucionario. El siguiente paso fue la colectivización de la producción agrícola, lo cual contribuiría a superar el apego «feudal» de los campesinos a sus parcelas individuales y, al mismo tiempo, permitiría al Estado extraer los recursos rurales de forma más eficaz.

Los denominados campesinos de China no eran siervos feudales, como hemos visto, y ateniéndonos a los estándares históricos las propiedades de muchos de los terratenientes afectados por la reforma agraria fueron de tamaño mediano o pequeño. No obstante, el patrón general de distribución de la tierra era indudablemente muy desigual. Incluso el gobierno nacionalista lo había reconocido y había intentado solucionarlo, al igual que muchos otros fundadores de las diversas dinastías, pero con poco éxito. El PCCh, sin embargo, contaba con una gran experiencia en la que basarse, ya que había comenzado a redistribuir la tierra en las bases guerrilleras, que había establecido durante la Larga Marcha en las zonas bajo su control, conocidas colectivamente como la República Soviética China.

Tras su constitución oficial, la República Popular China se gobernó principalmente mediante decretos y reglamentos administrativos, siendo, pues, significativo que abordara la redistribución de la tierra como un proyecto legal. A principios de 1950 el gobierno chino promulgó dos leyes importantes, la Ley de Reforma Agraria y la Ley de Matrimonio. (Aparte de las leyes orgánicas que establecían las estructuras del Estado, no se aprobaron otras leyes importantes hasta el comienzo de la era de las reformas en 1978). Como hemos visto, la Ley de Matrimonio pretendía transformar las estructuras sociales «feudales» de China. En consecuencia, la Ley de Reforma Agraria se centró en sus fundamentos económicos «feudales». En comparación con la violencia abrupta y explosiva que acompañó a la colectivización de la tierra en la Unión Soviética, la reforma agraria china fue considerablemente menos despiadada, aunque también dejó mucho margen a los campesinos para vengarse de sus antiguos terratenientes, especialmente en sus primeras fases acaecidas antes de 1949.

Por un lado, la República Popular China siguió un esquema único de redención de tierras, a diferencia de la práctica soviética de simple confiscación. Para saber qué distribuir, de quién y a quién, era necesario distinguir entre las distintas clases sociales presentes en el campo. Identificar a los jornaleros sin tierras era sencillo. A su vez, los campesinos se dividían en ricos, medios y pobres, en función del grado en que dependían de la explotación del trabajo asalariado para cultivar sus tierras. Los métodos políticos y administrativos utilizados para determinar estas categorías distaban mucho de ser exactos y fueron objeto de controversia desde que se emplearon por primera vez en las bases revolucionarias. Sin embargo, en su conjunto, el proceso se dirigía principalmente contra los terratenientes, a diferencia de la política explícita de la Unión Soviética de deskulakización, que eliminaba no solo a los terratenientes, sino también a los campesinos prósperos (kulaks).

Al final del proceso, cada hogar recibió su asignación individual de tierra, lo que dio lugar a un sector agrícola privado en el país, separado y distinto de la economía urbana estatal. Desde una perspectiva histórica, la reforma agraria no fue tanto una transformación revolucionaria como un retorno a un modelo tradicional de pequeñas explotaciones. Pero ello solo fue el primer paso. Recaudar impuestos de más de cien millones de hogares simplemente superaba la capacidad administrativa del Estado. Por lo tanto, el siguiente paso fue colectivizar las propiedades privadas de los campesinos y someterlas a un control más directo. Sin embargo, someterse a tal plan no era lo que tenían en mente los campesinos recién empoderados. Preferían cultivar sus tierras para satisfacer las necesidades de sus familias, no las del Estado, y desde luego no deseaban subvencionar la existencia privilegiada de los trabajadores industriales.

Para no enemistarse con su base rural, el Partido avanzó lentamente al principio, fomentando la formación de cooperativas campesinas de bajo nivel. En opinión de Marx, las cooperativas eran una forma jurídica potencialmente útil en la transición al socialismo. En la medida en que están gestionadas por los propios trabajadores, eliminan la oposición entre el trabajo y el capital, aunque los trabajadores se conviertan durante un tiempo en «sus propios capitalistas», como decía Marx[30]. Al mismo tiempo, servían al objetivo ideológico de evitar la polarización de los ingresos entre los hogares campesinos. En la siguiente etapa, la República Popular China comenzó a combinar contractualmente pequeñas cooperativas en colectivos de mayores dimensiones en los que se abolía por completo la propiedad privada, pasando tanto la tierra como los implementos agrícolas a ser propiedad colectiva.

Propiedad campesina

Es importante destacar que la República Popular China nunca nacionalizó las tierras rurales, que siguieron siendo legalmente propiedad de los campesinos, lo cual representó una concesión ideológica a estos y convirtió a China en un caso atípico entre los Estados socialistas no siendo nunca objeto de la misma hostilidad abierta que sus homólogos rusos. Scott Newton caracteriza el proceso extraordinariamente coercitivo de la colectivización soviética como «la conversión del campesinado en siervos del Estado»[31]. Pero, aunque la colectivización china fue más indulgente, se llevó a cabo con el mismo objetivo: la acumulación primitiva socialista. El Estado fue capaz de extraer una parte cada vez mayor del excedente agrícola, principalmente a través de «compras» obligatorias de todo el grano que superara el nivel de subsistencia a precios fijados por el Estado. A pesar de la concesión ideológica de la propiedad colectiva, dado que los campesinos trabajaban su propia tierra para sí mismos, en China el Estado se convirtió también, en la práctica, en el nuevo terrateniente de estos. Con el tiempo, las cuotas de grano se hicieron cada vez más draconianas, hasta alcanzar niveles letales durante el Gran Salto Adelante.

Lo que hacía aún más injusto este régimen era que los privilegios de la fuerza de trabajo urbana no solo se financiaban con recursos rurales, sino que además eran exclusivos de los ciudadanos urbanos. El Estado chino nunca estableció un sistema de bienestar universal basado en la ciudadanía. Solo los ciudadanos urbanos que trabajaban en empresas públicas disfrutaban del pleno acceso a los privilegios proporcionados por el Estado. Una vez completada la colectivización de la agricultura, cada comuna rural era responsable del bienestar de sus miembros. En circunstancias extremas, como las malas cosechas, esto podía significar la hambruna, a menos que interviniera el gobierno central. (Hasta un tercio de los cereales adquiridos por el Estado se revendían en el campo a precios subvencionados para aliviar el riesgo de hambruna)[32]. En última instancia, esta desigualdad se justificaba por la distinción jurídica única que hacía la República Popular China entre la suelo rural y suelo urbano. Una colectividad agrícola no solo vivía de la tierra que cultivaba, sino que también era propietaria legal de esa tierra. Aunque el campo subvencionaba la economía urbana mediante exacciones coercitivas, nunca pasó a formar parte oficial de la economía planificada, que se limitaba a las entidades públicas. Más allá de la lógica oficial de las estructuras corporativas del Estado, los campesinos eran responsables de sí mismos, mientras que se reconocía que los trabajadores urbanos dependían totalmente del Estado y, por lo tanto, necesitaban y tenían derecho a recibir su apoyo.

Si bien la reforma agraria había supuesto un retorno a la norma histórica de la pequeña propiedad, la colectivización de la agricultura fue revolucionaria. Para encontrar un precedente histórico, tenemos que remontarnos a la dinastía Zhou (1046-256 a. C.), en las brumas del período feudal anterior al establecimiento de un imperio centralizado, «feudal» no en el sentido ideológico socialista, sino en uno más arraigado en la historia. El llamado «sistema de campo de fuentes» promovido a finales de la dinastía Zhou por el pensador confuciano Mencio, cuyo prestigio queda solo por detrás solo del propio Maestro, preveía un sistema de propiedad comunal de la tierra en el que cada campo se dividía en ocho parcelas cuadradas entre ocho familias y se disponía alrededor de una novena en el centro. (El sistema se llamaba «campo de fuentes», porque el carácter chino para fuente 井 se parece mucho a la división en nueve partes de la tierra que prevé el sistema). Aunque cada familia cultivaba su propia parcela, todas ellas eran responsables colectivamente de la parcela central en beneficio del señor.

El hecho de que tengamos que remontarnos a la dinastía Zhou para encontrar un precedente es instructivo, ya que sugiere que la colectivización de China fue, en cierto modo, más parecida a una refeudalización del campo que a una desfeudalización. En la medida en que una colectividad rural se basaba en el cultivo comunal, era una especie de comuna socialista, no muy diferente de una feudal, formada por numerosos agricultores que actuaban en colaboración. Es cierto que se trataba de un feudalismo invertido. Al igual que sus homólogos feudales, los agricultores socialistas estaban clasificados según diversas categorías de estatus, pero en este caso los antiguos terratenientes ocupaban los últimos puestos y los campesinos más pobres los primeros. Lo verdaderamente feudal era el hecho de que las etiquetas de clase se asignaban a los hogares, no a los individuos, y se heredaban por vía patrilineal, convirtiéndose así en «algo más parecido a los estamentos del ancien régime francés», según la caracterización de Lucien Bianco[33]. En efecto, las categorías del análisis económico estructural se transformaron en marcadores de estatus cuasi feudales asignados a individuos concretos.

Contemplada desde la perspectiva opuesta, sin embargo, la colectivización también puede considerarse como el logro de lo que los terratenientes chinos, a diferencia de sus homólogos ingleses, nunca pudieron hacer: consolidar propiedades fragmentadas en unidades de mayores dimensiones, lo que permitió cultivarlas de manera más eficiente bajo un único propietario, en este caso, el Estado chino. La analogía que prefiramos depende en parte de a quién consideremos el «verdadero» propietario. Si consideramos que el colectivo es el verdadero propietario de sus activos, como lo era desde el punto de vista jurídico, entonces nos encontramos ante un patrimonio común socialista con un conjunto de jerarquías cuasi feudales. Por otro lado, si optamos por considerar al Estado como el verdadero propietario, prescindiendo de las sutilezas jurídicas, podríamos compararlo con un terrateniente capitalista posterior al proceso de cercamiento, que ha logrado consolidar propiedades fragmentadas en otras mayores, con la importante salvedad de que en este caso la consolidación sirve para impulsar la acumulación primitiva socialista.

No obstante, incluso si consideramos al Estado como el verdadero propietario, su propiedad conserva también un carácter feudal. Al igual que el terrateniente capitalista inglés, el Estado ha creado efectivamente un cercamiento consolidado, pero a diferencia de su homólogo capitalista, lo ha hecho sin despojar a los campesinos. De hecho, el Estado no paga a los campesinos por su trabajo, como haría un terrateniente capitalista. En cambio, los campesinos entregan al Estado todo lo que producen por encima de sus propias necesidades de subsistencia. En este sentido, el Estado se asemeja más a un señor que exige tributos que a un terrateniente que cobra una renta fija.

El hecho de que podamos comparar la colectividad agrícola tanto con los bienes comunes feudales europeos como con los cercamientos que los sustituyeron sugiere el carácter parcial de la analogía. Del mismo modo, la imposibilidad de determinar quién era el «verdadero» propietario del colectivo indica su naturaleza ambigua. En cierto modo, sin duda se asemejaba a un bien común socialista, basado en las normas comunales, aunque no necesariamente igualitarias, de la vida rural china, pero en la medida en que el Estado intervenía sin cesar en la autonomía del colectivo y le exigía lo que consideraba debido a su antojo, sus miembros se asemejaban a siervos del Estado.

Guerra contra la naturaleza

En 1958 la colectivización rural había concluido. Mao anunció que China superaría a Gran Bretaña en la producción de acero en quince años y alcanzaría a Estados Unidos en veinte, lo cual sentó las bases para el Gran Salto Adelante, la desastrosa campaña que produjo montañas altísimas de chatarra inútil y condujo a una de las peores hambrunas de la historia. Como parte de la campaña, el presidente Mao reorganizó el sector público, que inicialmente se basaba en el modelo soviético altamente centralizado. El control de un número cada vez mayor de empresas públicas se transfirió de los ministerios centrales a los gobiernos provinciales con el fin de que respondieran mejor a las condiciones locales. Pero mientras se descentralizaba la economía urbana, la economía agraria se consolidaba aún más. Al mismo tiempo, se declaró que la producción de acero era tarea de todos y se llamó a los campesinos a realizar trabajos industriales.

En el campo esto significó convertir las cooperativas en comunas populares todavía de mayor tamaño. Las comunas, a su vez, asumieron las funciones de los comités populares a escala municipal, fusionando las funciones económicas del colectivo agrícola con las instituciones locales del Estado-partido. Los pueblos situados por debajo del nivel municipal se convirtieron en nuevas subunidades conocidas como brigadas, que se subdividieron a su vez en equipos. Estas medidas representaron un salto revolucionario en el alcance del gobierno en la sociedad. Durante aproximadamente dos milenios, el magistrado rural había sido el funcionario imperial de menor rango, supervisando hasta 300.000 personas a finales del periodo Qing. En el periodo republicano, era bien sabido que el poder del gobierno nacionalista no se extendía más allá de las ciudades bajo su control. Ahora, por primera vez, el brazo del Estado se extendía hasta los pueblos y núcleos menores, transformando sus fundamentos sociales y económicos.

Aunque por lo general eran objeto de exacciones económicas por parte del Estado en lugar de beneficiarios de subsidios, las comunas eran, en aspectos importantes, estructuralmente similares a las empresas públicas. También llegaron a asumir muchas de las funciones del Estado, el mercado y la familia. Además de ampliar la agricultura y fusionarla con el gobierno local, las comunas, al igual que las empresas públicas, socializaron diversas tareas domésticas. La expresión coloquial «todos comen de la misma olla» (chi daguo fan) proporcionó la constitución metafórica de la colectivización en la que todos compartían el trabajo y sus frutos. Las comunas aplicaron literalmente la metáfora y construyeron grandes comedores donde todos podían comer en cualquier momento, lo que liberó a las mujeres para que pudieran dedicarse a otras tareas, como construir hornos para fundir hierro en sus patios traseros.

Además de reclutar a los campesinos para realizar trabajos industriales, el Gran Salto Adelante representó una nueva etapa en su relación con la tierra. Hemos visto que para Marx la relación del ser humano con la naturaleza era antagónica: el trabajo es un proceso mediante el cual el ser humano «somete las fuerzas [de la naturaleza] a su propio poder soberano». Aunque la naturaleza es claramente una fuerza activa, puede ser domesticada mediante el trabajo. En consecuencia, el trabajo es el medio adecuado para adquirir «soberanía» sobre ella. Mao, sin embargo, ya no se contentaba con trabajar la tierra para apropiarse de los frutos de la naturaleza. Le declaró la guerra abiertamente. Al hacerlo, extendió una metáfora militar que había llegado a impregnar la vida civil –de ahí, por ejemplo, que designara las unidades de producción agrícola como «brigadas»– a un ámbito completamente nuevo.

Aunque revolucionar la capacidad productiva de China fue la máxima prioridad durante el Gran Salto Adelante, la preocupación por la lucha de clases no desapareció por completo. En realidad, los enemigos del pueblo adoptaron nuevas formas. En 1958 llegaron a incluir a los animales. La retórica socialista china, como la de la mayoría, si no todas, las ideologías humanistas, solía comparar a sus enemigos con animales, considerándolos subhumanos e indignos de formar parte del pueblo. La analogía se invirtió, convirtiendo a los animales en enemigos. Las llamadas «cuatro plagas» (sihai): ratas, gorriones, moscas y mosquitos, se convirtieron en objeto de una gran campaña, al igual que las clases contrarrevolucionarias antes que ellas. Una vez declarada, la guerra contra la naturaleza se libró con todas las armas disponibles, incluidas las ollas y sartenes, que los campesinos debían golpear con la mayor fuerza posible en los campos para evitar que los gorriones «robaran» el grano del pueblo. Trágicamente, la guerra contra los gorriones en particular tuvo demasiado éxito. Solo en Hebei, se informó de que los escolares habían matado 234.856 gorriones, una cifra improbablemente precisa que ejemplifica la práctica, en última instancia desastrosa, de elaborar informes engañosos y a menudo ficticios para satisfacer las órdenes administrativas dictadas desde arriba[34]. El pueblo acabó aprendiendo que las aves eran en realidad sus aliadas, no enemigos, gracias a su función natural de control de plagas. Esta miopía provocó pérdidas agrícolas aún mayores y contribuyó a la Gran Hambruna, junto con el desvío de la mano de obra agrícola hacia planes quijotescos para fabricar acero de la nada.

El fracaso estrepitoso del Gran Salto Adelante condujo a un retorno a colectivos más pequeños y a una relativa normalidad hasta la siguiente convulsión política, el inicio de la Gran Revolución Cultural Proletaria en 1966. No se trataba de una guerra contra la naturaleza, sino contra los cuadros revisionistas y los «defensores del capitalismo». Renunciando al sueño de una alquimia socialista que convirtiera la pura fuerza de voluntad en grano y acero, Mao pretendió entonces una transformación igualmente trascendental, la de la propia cultura socialista, lo cual supuso un retorno total a la lucha de clases, librada por jóvenes militarizados convertidos en Guardias Rojos. La Revolución Cultural implicó un renovado énfasis en los antecedentes de clase y familiares (chushen) prerrevolucionarios, así como un compromiso renovado con la revolución mundial, pero ya no liderada por la Unión Soviética con China como su «hermano menor». Tras romper definitivamente con Moscú, Mao se ofreció como líder del Tercer Mundo, unido contra el imperialismo de las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética.

Aunque los esfuerzos del Gran Timonel no lograron revolucionar el mundo, la fuerza ideológica del maoísmo fue contagiosa. A lo largo de la «década global de 1960», dio lugar al establecimiento de facciones maoístas en movimientos socialistas de todo el mundo, incluso entre los Panteras Negras en las lejanas costas de América del Norte[35]. Se trató, sin duda, de una extensión global de la Revolución Cultural, un despliegue de la cultura como arma diplomática y política. Mientras Estados Unidos y la Unión Soviética competían por exportar armas al Tercer Mundo, Mao tachó sus armas atómicas de «tigres de papel» incapaces de hacer frente a la insurgencia global liderada por China, que constituía al el Tercer Mundo en el «campo» planetario que rodeaba las «ciudades» del Primer Mundo.

El retorno del feudalismo

En resumen, la formación de la clase obrera china fue al mismo tiempo la formación del campesinado chino. Ambos fueron moldeados por el Estado, que los segregó espacialmente: los campesinos estaban atados a sus colectivos rurales, mientras que los trabajadores, en el sentido técnico, estaban vinculados a sus unidades de trabajo urbanas. Los trabajadores eran lo contrario de los campesinos y no podrían haber existido sin ellos: fue la relación diferenciada de ambas clases con la tierra y el trabajo lo que permitió al Estado dirigir un flujo continuo de recursos rurales hacia las ciudades. Este desequilibrio estructural solo podía mantenerse restringiendo la movilidad de la población campesina, lo que se logró con la ayuda del llamado sistema de registro hukou («hogar»). Esta práctica tenía raíces milenarias como base de los impuestos agrícolas, que habían sido la principal fuente de ingresos del Imperio. Sin embargo, la República Popular China dio a este sistema un uso radicalmente nuevo, vinculando una serie de prestaciones vitales a la residencia de las personas, de la vivienda a la educación, la asistencia médica y las raciones de alimentos. Ser clasificado como «campesino» (nongmin), en contraposición al «trabajador» urbano (gongren), no era solo una etiqueta ideológica o una identidad social, sino también un estatus administrativo impuesto por la ley.

Además, una vez establecida, la residencia era prácticamente intransferible y se transmitía a los descendientes por vía materna. Se convirtió en un mecanismo de clasificación, que dividía a toda la población esencialmente en dos grupos: un conjunto privilegiado de residentes urbanos y otro subordinado rural. El hecho de nacer en una u otra de las dos Chinas tenía una importancia decisiva para la trayectoria de la vida de una persona. Aunque la reforma agraria había establecido inicialmente una serie de distinciones de clase muy precisas, estas acabaron siendo superadas por este sistema binario de segregación residencial. Con el tiempo, incluso los terratenientes y los «campesinos ricos» se asimilaron a la categoría genérica de campesinos, ya que el término pasó a referirse simplemente a la población rural de China. Así, el sistema de registro se transformó gradualmente en una especie de sistema de castas, convirtiendo la pobreza rural en una condición hereditaria.

A pesar de que los campesinos se convirtieron de facto en ciudadanos de segunda clase en la república revolucionaria por la que habían luchado, es fundamental destacar que su condición era de desigualdad relativa, aunque significativa. A pesar de que el Estado siguió transfiriendo recursos materiales del campo a la ciudad, no abandonó por completo a la población rural. Realizó importantes inversiones en capital humano en al menos dos ámbitos: la educación y la sanidad. Incluso en épocas de escasez, la calidad de vida en el campo mejoró considerablemente. Las vacunaciones masivas contribuyeron a eliminar muchas enfermedades contagiosas, mientras que los «médicos descalzos» libraron una batalla contra la mortalidad infantil. Entre 1949 y 1978 la esperanza de vida se duplicó y la educación primaria se hizo cada vez más accesible, especialmente para las niñas.

También es importante reconocer que la división jerárquica entre la ciudad y el campo, que ha llegado a dominar el socialismo chino, ejemplificada por la diferenciación legal entre suelo urbano y suelo rural, no es un prejuicio tradicional que de alguna manera persistió en el socialismo. Por el contrario, en la precedente ideología estatal confuciana se glorificaba a los agricultores, que se clasificaban por encima de los comerciantes y otros habitantes de las ciudades no dedicados al cultivo de la tierra, que era considerado la principal actividad productiva. Además, aunque la China imperial tardía estaba mucho más urbanizada que Europa, los habitantes de las ciudades chinas no gozaban de privilegios legales especiales, como sucedía en Europa, donde las «ciudades libres» estaban exentas de obligaciones feudales, prometiendo célebremente que «Stadtluft macht frei» (el aire de la ciudad te hace libre). De hecho, fue precisamente la libertad de las ciudades respecto a las lealtades feudales lo que les permitió emerger como centros de producción no agrícola, lo cual dio lugar a una nueva y rebelde clase de sujetos burgueses desprovistos de vínculos territoriales.                 

Por el contrario, muchas ciudades de la China imperial tardía se parecían más a las ciudades clásicas de Roma: unidades administrativas que funcionaban como centros elitistas de cultura y consumo, que no estaban definidas ni por estatutos corporativos ni por libertades asociadas y que dependían del territorio circundante para satisfacer sus necesidades y del comercio de larga distancia para el aprovisionamiento de productos de lujo. Incluso las grandes ciudades chinas, que eran principalmente centros económicos más que administrativos, no se diferenciaban claramente del campo. Muchos residentes urbanos, incluidos los comerciantes ricos y los miembros de los gremios, se consideraban meros residentes temporales en la ciudad y regresaban regularmente a sus pueblos natales, que seguían definiendo su identidad social. La burocracia imperial tampoco diferenciaba administrativamente entre la ciudad y el campo, sino que los trataba como partes de un único imperio unificado. Ideológicamente, el campo se situaba de hecho por encima de las zonas urbanas.

En resumen, la distinción jurídica categórica entre lo rural y lo urbano es una innovación socialista china, la cual proporcionó la base fundamental para la formación de la clase obrera urbana china, proceso que al mismo tiempo desencadenó la formación de un campesinado rural. En teoría, la revolución liberó al campesino chino de su servidumbre y le dio tierras, primero como propiedad privada y luego como propiedad colectiva, pero paradójicamente, los cultivadores, que sin duda habían sido a menudo pobres, pero nunca habían estado atados al suelo que pisaban, se vieron por primera vez ligados de forma permanente a la tierra que cultivaban.

La comparación con Europa vuelve a poner de relieve la paradoja. Dicho con la famosa frase de Eugen Weber, la Revolución Francesa acabó convirtiendo a los «campesinos de la nación en franceses», es decir, en lugar de desposeer al campesinado, transformó a sus miembros en agricultores propietarios de los campos que cultivaban[36]. Sin duda, el nuevo régimen de propiedad privada no ofrecía ninguna garantía de propiedad permanente. Cuando muchos de los nuevos propietarios se endeudaron, Marx observó con agudeza, «la obligación feudal ligada a la tierra fue sustituida por la hipoteca», sometiendo así al agricultor francés, al igual que a su homólogo inglés, a la expropiación definitiva de su tierra[37]. La revolución socialista china llevó a cabo el procedimiento inverso, transformando una nación de agricultores en campesinos.

Este artículo ha aparecido en la New Left Review 151, revista bimestral publicada en Madrid por Traficantes de Sueños, y se publica con permiso expreso de su editor.


[1] Este ensayo está extraído de Teemu Ruskola, The Unmaking of the Chinese Working Class: The Global Limits of Capitalism, de próxima publicación en Verso.

[2] Lin Chun, Revolution and Counterrevolution in China, Londres y Nueva York, 2021, p. 205.

[3] Karl Marx y Friedrich Engels, The Communist Manifesto, Nueva York, 2006, p. 33; ed. cast.: Manifiesto comunista, Madrid, 2011.

[4] Si bien la distinción entre las formas rurales y urbanas de propiedad pública de la tierra es mutable, existen evidentemente otras numerosas divisiones, que fragmentan la República Popular China. En particular, hay ciudadanos masculinos y femeninos, otra categorización importante que es a la vez jurídica y social. También existen múltiples grupos étnicos con distinciones jurídicas y sociales asociadas. Del mismo modo, hay ciudadanos políticamente privilegiados. Véase, en general, Yu Xingzhong, «Citizenship, Ideology and the PRC Constitution», en Merle Goldman y Elizabeth Perry (eds.), Changing Meanings of Citizenship in Modern China, Cambridge (MA), 20

[5] Karl Marx, Capital, Nueva York, 1977, vol. 1, pp. 290, 283; ed. cast.: El capital, Madrid, 2000.

[6] Ibid., p. 284 (cursivas añadidas).

[7] Ibid., p. 283.

[8] Ibid., p. 283.

[9] Friedrich Engels, «The Part Played by Labour in the Transition from Ape to Man», en The Origin of the Family, Private Property and State, Nueva York, 1972, p. 260; ed. cast.: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Madrid, 2017.

[10] Adam Smith, The Wealth of Nations: An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations–A Selected Edition, Oxford, 1993, vol. I, cap. 2, p. 21; ed. cast.: La riqueza de las naciones, Madrid, 2011.

[11] Ibid., vol. II, cap. 5, p. 217.

[12] Karl Polanyi, The Great Transformation: The Political and Economic Origins of Our Time, Boston (MA), 1957; ed. cast.: La gran transformación, Barcelona, 2016.

[13] K. Marx, Capital, cit., p. 873.

[14] Ibid., cap. 28: «Bloody Legislation Against the Expropriated», pp. 896-904; Charles Young, The Royal Forests of Medieval England, Philadelphia (PA), 1979; pp. 896-904; Edward P. Thompson, Whigs and Hunters: The Origin of the Black Act, Londres, 1975; ed. cast.: Los orígenes de la ley negra: Un episodio de la historia criminal inglesa, Buenos Aires, 2010.

[15] K. Marx, Capital, cit., p. 873.

[16] Véase Rosa Luxemburg, The Accumulation of Capital, New Haven (CT), 1951; ed. cast.: La acumulación del capital, Ciudad de México, 1967.

[17]James Scott, Seeing Like a State: How Certain Schemes to Improve the Human Condition Have Failed, New Haven, 1999; ed. cast.: Lo que ve el Estado. Cómo ciertos esquemas para mejorar la condición humana han fracasado, Ciudad de México, 2022.

[18] F. Engels, The Origin of the Family, Private Property and State, cit., p. 232.

[19] Karl Marx, «Draft of an Article on Friedrich List’s Book: Das Nationale System der Politischen Ökonomie», en Karl Marx y Friedrich Engels, Collected Works, Londres, 2010, vol. 4, p. 280 (cursiva en el original).

[20] K. Marx y F. Engels, Communist Manifesto, cit., p. 52.

[21] En las últimas etapas de su carrera, Marx dejó de concentrarse en el corazón de Europa y comenzó a investigar formaciones no capitalistas en otros lugares. En sus Cuadernos etnológicos, publicados póstumamente, reconsidera su marco original de estadios y la posibilidad de que Rusia, por ejemplo, pudiera simplemente saltarse el capitalismo, con la aldea rural tradicional, el mir, como base para la transición al comunismo. En cualquier caso, el estallido de la Gran Guerra en 1914 acabó con el sueño de una revolución mundial, demostrando que los trabajadores estaban más dispuestos a derramar su sangre en una guerra entre ellos que a renunciar a sus identidades nacionales.

[22] Véase K. Marx y F. Engels, The Communist Manifesto, cit., p. 9; Karl Marx, The Eighteenth Brumaire of Louis Bonaparte, Nueva York, 1994, p. 124; ed.: El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Madrid, 2023. 

[23] Karl Marx, «Private Property and Communism», en Economic and Philosophic Manuscripts of 1844, Mineola, 2004, p. 100; ed. cast.: Manuscritos: economía y filosofía, Madrid, 1968.

[24] Para análisis sociológicos centrados en los aspectos negativos de la dependencia, así como en los elementos participativos del paternalismo de la unidad de trabajo, véase Andrew Walder, Communist Neo-Traditionalism: Work and Authority in Chinese Industry, Oakland (CA), 1988; y Joel Andreas, Disenfranchised: The Rise and Fall of Industrial Citizenship in China, Nueva York, 2019. Para un análisis histórico matizado de la unidad de trabajo y su relación con el sistema hukou, véase Michael Dutton, Policing and Punishment in China: From Patriarchy to “the People”, Cambridge, 1992, pp. 189-245.

[25] K. Marx y F. Engels, Communist Manifesto, cit., p. 27.

[26] Véase, en general, Myron Cohen, «Cultural and Political Inventions in Modern China: The Case of the Chinese “Peasant”», Dædalus, vol. 122, núm. 2, 1993.

[27] Myron Cohen resume este proceso de forma sucinta, «Cultural and Political Inventions in Modern China: The Case of the Chinese «Peasant»», Daedalus, vol. 122, núm. 2, primavera de 1993, p. 155. Formaba parte de un proyecto de modernización translingüística más amplio descrito por Lydia Liu, Translingual Practice: Literature, National Culture and ModernityChina, 1900-1937, Stanford (CA), 1995.

[28] Estas diferencias jurídicas se describen y evalúan con mayor detalle histórico y comparativo en Taisu Zhang, The Laws and Economics of Confucianism: Kinship and Property in Preindustrial China and England, Cambridge, 201

[29] Jan Luiten van Zanden, «Before the Great Divergence: The Modernity of China at the Onset of the Industrial Revolution», voxeu, 26 de enero de 2011, citado en Shaohua Zhan, The Land Question in China: Agrarian Capitalism, Industrious Revolution and East Asian Development, Abingdon, 2019.

[30] Karl Marx, Capital, Londres, 1981, vol. 3, p. 571.

[31] Scott Newton, Law and the Making of the Soviet World: The Red Demiurge, Abingdon, 2015, p. 135.

[32] Tim Oakes, «China’s Market Reforms: Whose Human Rights Problem?», en Timothy Weston y Lionel Jensen (eds.), China Beyond the Headlines, Nueva York, 2000, pp. 295-326.

[33] Lucien Bianco, Stalin and Mao: A Comparison of the Russian and Chinese Revolutions, Hong Kong, 2018, p. 59.

[34] Stevan Harrell, An Ecological History of Modern China, Seattle (WA), 2023, p. 133.

[35] Véase Robin Kelley y Betsy Esch, «Black Like Mao: Red China and Black Revolution», Souls, vol. 1, núm. 4, 1999

[36] Eugen Weber, Peasants into Frenchmen: The Modernization of Rural France, 1870-1914, Stanford (CA), 1976; ed. cast.: De campesinos a franceses: La modernización del mundo rural (1870-1914), Barcelona, 2023.

[37] K. Marx, Eighteenth Brumaire of Louis Bonaparte, cit., pp. 126-127.