¿A la espera del crac?

La actual concentración de riqueza en manos de los propietarios de las grandes tecnológicas y entre los empresarios de la inteligencia artificial, sostenidos por un entorno desregulado cada vez más agresivo y un sistema financiero únicamente capaz de asignar recursos desde un limitadísimo punto de vista de clase, está produciendo paradójicamente procesos cada vez más macroscópicos de mala asignación de recursos entre los cuales la burbuja de la IA está jugando un papel preponderante. Si de nuevo los mercados bursátiles hiperprivatizados, la desregulación cuasi total del sistema financiero global y los procesos cada vez más autoritarios y antidemocráticos de organización de la actividad y la planificación económica, desencadenan una nueva crisis financiera sistémica, el cúmulo de crisis resultantes hará recaer un enorme peso diferencialmente repartido sobre el conjunto de la población mundial y endurecerá todavía más el carácter insostenible del capitalismo histórico, multiplicando el uso de la guerra como expediente privilegiado de resolución de semejante barbarie

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El presidente Donald J. Trump se reúne en la Casa Blanca con los líderes del sector tecnológico, que le rinden pleitesía en el curso del debate sobre los usos de la inteligencia artificial con el fin de situar a Estados Unidos a la vanguardia de la innovación mundial en el marco de la política exterior impulsada durante su segundo mandato presidencial, 24 de septiembre de 2025 – White House Official Photo.

¿Qué es una burbuja? Es una creencia colectiva. ¿Qué es un crac? Es el colapso de esa creencia. La IA ha dado lugar a dos burbujas. Existe una burbuja bursátil como queda demostrado por el hecho de que se espera que las dos empresas más destacadas del sector, OpenAI y Anthropic, salgan a bolsa con unas capitalizaciones bursátiles astronómicas de alrededor de 1 billón de dólares cada una. Pero esto se produce en un entorno dominado por una burbuja crediticia, que es todavía más preocupante. Los desplomes bursátiles suelen ser más espectaculares que destructivos, porque provocan pérdidas en el valor de los activos, mientras que las burbujas crediticias, cuando estallan, desencadenan una cascada de suspensiones de pagos en el conjunto del sistema financiero.

Dos burbujas generadas por una creencia colectiva lo suficientemente poderosa como para sostener una movilización de capital sin precedentes en la historia del capitalismo. Admitamos que los capitalistas estadounidenses saben un par de cosas sobre cómo tejer una historia, es decir, generar una creencia. Esta vez no han escatimado esfuerzos, deleitándonos con las visiones más grandiosas. Pero estas han adoptado una forma inusual y paradójica: convencer a la humanidad de los terribles riesgos, casi existenciales, del producto que estos mismos capitalistas están vendiendo. El director de Anthropic, Dario Amodei, ha dominado este estilo retórico, que bajo la apariencia de contrición transmite un mensaje totalmente interesado:

1) La IA supone un peligro enorme, lo cual significa que es una herramienta de un poder sin precedentes, algo que debería interesarnos enormemente;

2) He creado un monstruo, cosa que no obstante admito, lo cual me permite tener la conciencia tranquila (así que comprádmelo para llevaros una dosis de virtud junto con vuestra arma letal);

3) El gobierno del Mundo Libre ya ha sido advertido de que esta arma no debe caer en manos de nadie más –¿los chinos, por ejemplo? ¡Qué horror!–, mientras que mis propias manos, como ya he mencionado, están limpias;

4) Dada la importancia trascendental de todo esto para el mundo entero, si las cosas se tuercen financieramente, bajo ninguna circunstancia se nos debería permitir fracasar como un simple Lehman Brothers.

Es la leyenda perfecta, que presenta todos los ingredientes necesarios: el futuro de la humanidad está en juego y los villanos no deben hacerse con el trofeo. Por supuesto, una leyenda no es un modelo de negocio. Hasta ahora, bastaba con lanzar un hechizo y este conjuraba una magia desmesurada: desde 2020s las «Big Five» –Microsoft, Google, Oracle, Meta y Amazon– han vertido 1,9 billones de dólares en el caldero. Ahora, sin embargo, el caldero tiene que generar beneficios, si no pronto, lo cual no parece probable, o al menos en un plazo razonable y a una escala acorde con la inversión efectuada hasta la fecha. A quienes expresaban escepticismo al respecto se les tachó inicialmente de quejicas, de aguafiestas incapaces de experimentar la emoción de lo milagroso y de imaginar el gran avance civilizatorio de nuestro tiempo. ¿Cuánto tiempo podrá resistir la fe colectiva en la IA ante las pruebas que la desmienten? La respuesta: durante mucho tiempo, pero no siempre, especialmente cuando las señales de alarma empiezan a multiplicarse, como ocurre ahora. Es muy posible que estemos presenciando el inicio de la erosión de esa fe; una vez que se supere el umbral crítico, se producirá una corrección financiera tan brutal como maníaco ha sido el frenesí que ha producido esta burbuja.

¿Pueden las previsiones de ingresos justificar de algún modo el gasto de capital? El destino de todos los actores pende de ello: el de los hiperescaladores, esto es, los proveedores de servicios en la nube que construyen enormes centros de datos para recopilarlos, alojarlos y procesarlos: AWS, Google, Microsoft, Oracle, Meta, y el de los laboratorios de IA, que se han comprometido a consumir chips y potencia de cálculo a una escala similar. Anthropic se ha comprometido a invertir 330 millardos de dólares en Google, AWS y Microsoft de aquí a 2029, mientras que OpenAI ha prometido 852 millardos de dólares a AWS, CoreWeave, Cerebras, Oracle, Microsoft y otras empresas similares para finales de 2030. Estas sumas astronómicas están pensadas para acaparar titulares, alimentando la creencia colectiva en el carácter trascendental de la IA. Sin embargo, la naturaleza jurídica y la contabilización de estos «compromisos» son realidades muy ambiguas, porque oscilan entre los contratos legalmente vinculantes hasta las meras sugerencias, las fantasías extravagantes y los discursos sobre horizontes interestelares.

En algún momento todo esto tendrá que volver a poner los pies sobre la tierra. Y sea cual fuere la cruda realidad, habrá víctimas. Si los laboratorios de IA tienen que rascarse el bolsillo sin que la demanda siga el ritmo de la oferta, ello supondrá su ruina; si los hiperescaladores se quedan en la estacada, la cosa tampoco acabará bien, porque ya han comprometido 2 billones de dólares en gastos de capital y tienen previsto invertir muchos más recursos durante los próximos años (el objetivo apunta a los 5,3 billones de dólares para el periodo 2025-2030, según Goldman Sachs). Nadie conoce la proporción exacta de compromisos firmes, porque ni Anthropic ni OpenAI cotizan en bolsa. Lo que sí sabemos son las cifras de sus recientes rondas de financiación: 95 millardos de dólares para Anthropic este año y 122 millardos de dólares para OpenAI, lo que sigue dejando un enorme déficit de financiación, que no cabe enjugar mediante la consabida autofinanciación, ya que actualmente ambas registran enormes pérdidas masivas. Por si fuera poco, Jensen Huang, el director de Nvidia –y no olvidemos que es él quien suministra los chips que impulsan la totalidad de este sector–, señaló que, basándose en un coste estimado de entre 80 y 100 millardos de dólares por gigavatio de potencia, los centros de datos previstos acabarían costando no los 5,3 billones de dólares previstos por Goldman Sachs, sino entre 9,5 y 15 billones de dólares. Al fin y al cabo, él también tiene que recuperar su propio capital.

Así pues, nos enfrentamos a una ecuación con una variable y un parámetro. La variable: la demanda. El parámetro: la financiación, que nos concederá tiempo hasta que la variable se digne a materializarse. La demanda comenzó sin duda a un ritmo vertiginoso, impulsada por la consabida exuberancia irracional; uno simplemente no puede permitirse perderse una revolución, especialmente si se trata de una revolución capitalista. En esa etapa, el bombo publicitario era el único factor que impulsaba tal ímpetu. Luego llegó la primera ola de adopción de la IA, acompañada de un éxtasis de asombro arrebatado ante el poder de la misma. Sin embargo, el problema era que en ese momento era posible efectuar una reflexión de carácter más prosaico, sobre todo entre los departamentos financieros, que tienen poca paciencia con las maravillas y los prodigios, si las cuentas no cuadran. Tras haber enganchado a sus clientes con el acceso gratuito, los laboratorios de IA comenzaron a cobrar a las empresas mediante planes de tarifa plana. En ese momento, el gasto aún era predecible. Sin embargo, una vez que se instaló la siguiente fase de adicción, el modelo de precios cambió repentinamente para basarse en el uso, es decir, en los tokens, la unidad fundamental que alimenta a los grandes modelos de lenguaje (LLM). Este cambio sin previo aviso provocó que los costes en concepto de IA se dispararan, pillando a los departamentos financieros completamente desprevenidos.

Uber, por ejemplo, descubrió que su presupuesto anual previsto para IA se había esfumado en un solo trimestre. Esto no fue ninguna sorpresa: el bombo publicitario había convencido con éxito a los empleados de que para formar parte de la nueva y gloriosa era e hiperpotenciar al máximo su productividad personal, más les valía subirse al carro. Para animarlos todavía más, se inventó un nuevo concepto, el «tokenmaxxing», a tenor del cual los empleados intentar maximizar el consumo de tokens, competición que genera clasificaciones y listas de honor en las que se incluyen quienes lograran «los mejores resultados de forma más eficaz: una muestra de verdadera fe. Como resultado, los empleados se lanzaron a ello con tal entusiasmo que las mismas empresas que los habían llevado al frenesí tuvieron que pisar el freno de emergencia. Entre ellas se encontraban gigantes como Amazon y Meta. Se decidió limitar el uso hasta que el panorama se aclarara. Sin embargo, la situación sigue sin estar nada clara. El gasto solo puede evaluarse a posteriori y las ganancias en productividad son inconsistentes y opacas. Las empresas están dispuestas a invertir en IA, pero exigen al menos cierta visibilidad sobre la rentabilidad de su inversión, que, por el momento, es tan clara como la visión de un charco de gasóleo.

Es poco probable que la claridad llegue pronto, sobre todo en lo que respecta a los precios, que han sido notablemente volátiles. En junio, The Wall Street Journal informó de que OpenAI tiene la intención de recortar drásticamente los precios de los tokens, una medida claramente destinada a arrebatar cuota de mercado a Anthropic. Sin embargo, al igual que su rival, OpenAI tiene una necesidad apremiante de ingresos. En igualdad de condiciones, bajar los precios no ayuda en ese sentido: por muy elástica que sea la demanda global, ella se halla determinada en última instancia por las empresas que consumen IA. Y dada la incertidumbre actual, la actitud predominante es de cautela o incluso de recorte de gastos.

 Independientemente de si podemos ver con claridad dentro de la caja negra de la IA china, una cosa es segura: DeepSeek ha sido capaz de ofrecer una IA casi a la altura de la ofrecida por las empresas occidentales, pero a precios que desafían toda competencia. La diferencia de precio se corresponde con la diferencia entre el gasto de capital chino y el estadounidense

Además, cabría preguntarse hasta qué punto es grave la guerra de precios entre OpenAI y Anthropic y, en caso de que se intensifique, cuáles podrían ser las consecuencias. Sin duda se producirían daños, no para los hiperescaladores (a quienes les importa poco de dónde provenga la demanda, siempre que sea sólida), sino para los acreedores y accionistas que hayan respaldado al perdedor. Pero el enfrentamiento se asemeja más a una escaramuza de patio de colegio que a la batalla de Guadalcanal. Las verdaderas hostilidades se están librando en otro frente: la competencia china. A pesar de enfrentarse a un doble embargo (tanto interno como externo) y a un acceso limitado a los chips de Nvidia, los chinos, sacando el máximo partido a la «restricción creativa», han desarrollado modelos de lenguaje grande (LLM) que quizá sean menos sofisticados (aunque eso es discutible), pero que se adaptan mejor a las necesidades reales de los consumidores. Al fin y al cabo, no todo el mundo necesita una IA para escribir una tesis sobre Lacan o para demostrar la hipótesis de Riemann. Independientemente de si podemos ver con claridad dentro de la caja negra de la IA china, una cosa es segura: DeepSeek ha sido capaz de ofrecer una IA casi a la altura de la ofrecida por las empresas occidentales, pero a precios que desafían toda competencia. La diferencia de precio se corresponde con la diferencia entre el gasto de capital chino y el estadounidense. La proporción es de 1 a 10: 57 millardos de dólares para China en 2025, frente a 443 millardos de dólares para Estados Unidos; las estimaciones para 2027 se sitúan en 157 millardos de dólares frente a 1 billón de dólares respectivamente. Parece que en China, a falta de billones de dólares, se están dedicando a pensar de verdad.

La presentación de DeepSeek fue aclamada como un «trueno», pero el hecho de que hubiera caído un rayo se olvidó de inmediato. Todo el mundo volvió a profesar la creencia predominante: la supremacía de la IA fabricada en Estados Unidos. Este estado de negación no podía durar mucho; tras un repunte inicial seguido de una pausa (el periodo de negación), la demanda semanal de tokens chinos pronto se disparó de 5 a 20 billones en un solo mes, dejando muy atrás a los modelos estadounidenses, que se situaban en torno a los 5 billones. El precio de los tokens, que ha tocado fondo, debería sacar a los fieles de su complacencia, porque lo que está en juego no es otra cosa que el posible colapso de un modelo de negocio de 5 billones de dólares. Goldman Sachs, actuando de forma muy similar a la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe, bien podría avivar las llamas del entusiasmo al predecir un cambio de la IA meramente «de chat» a la IA «agente» y pronosticar una explosión de la demanda mensual de tokens hasta casi 120 cuatrillones para 2030. Sin embargo, curiosamente, han omitido la pregunta crucial que surge a continuación: ¿quién se hará con ese mercado?

A diferencia de su homóloga vaticana, sin embargo, la Congregación de Goldman Sachs no está formada por personas cortadas por el mismo patrón. Allí se tolera la diversidad de puntos de vista, aunque no nos engañemos, se trata menos de una señal de integridad que de una variedad de las fuentes de beneficio. Cabe recordar que, durante el apogeo de las hipotecas subprime, la división de ventas del banco se deshacía de activos tóxicos descargándolos sobre las espaldas de los clientes particulares, mientras que su mesa de operaciones por cuenta propia apostaba audazmente por la caída del mercado. No resulta contradictorio, pues, saber ahora que Goldman Sachs vende seductoramente la perspectiva de cuatrillones  de dólares girando en torno a los tokens, justo cuando uno de sus estrategas internos predice que una gran parte esa demanda se dirigirá a China y Japón. Como para reafirmar que tiene razón –y sin tener apenas en cuenta sus actuales alianzas en Estados Unidos–, Microsoft anunció alegremente la sustitución de los productos de OpenAI y Anthropic por DeepSeek. El analista de Goldman insiste en que «los principales proveedores de capital están sobreexpuestos al riesgo» y sostiene que «la creación de valor para los accionistas obtendría mejores resultados, si se destinara menos capital a la IA». El problema, sin embargo, es que «menos» no es una opción para el modelo económico de la IA estadounidense.

Sin embargo, ni el discernimiento ni la racionalidad lúcida se encuentran entre los rasgos definitorios de la forma neoliberal de actividad financiera. Ya lo vimos con la «Nueva Economía» (una etiqueta grotesca que ya hemos olvidado) de la burbuja puntocom. Y aquí vamos otra vez… Estamos entrando en terreno peligroso. Y sabemos qué contribución podemos esperar de los principales actores: ninguna

Debemos considerar la cuestión no solo desde el punto de vista de la demanda, sino también desde el punto de vista de los proveedores de capital, que apuestan por esta empresa de 5 billones de dólares. El sector financiero debería estar en condiciones de evaluar la validez de las afirmaciones que postulan que una innovación es «revolucionaria», para determinar sus horizontes temporales y la sostenibilidad del respaldo financiero necesario. Sin embargo, ni el discernimiento ni la racionalidad lúcida se encuentran entre los rasgos definitorios de la forma neoliberal de actividad financiera. Ya lo vimos con la «Nueva Economía» (una etiqueta grotesca que ya hemos olvidado) de la burbuja puntocom. Y aquí vamos otra vez… Estamos entrando en terreno peligroso. Y sabemos qué contribución podemos esperar de los principales actores: ninguna. OpenAI y Anthropic, que están perdiendo dinero a raudales, aún no han generado ni un solo kopek de beneficio. En cuanto a los hiperescaladores, tampoco están en muy buena forma. El Financial Times estima, bajo las hipótesis más optimistas», que, con la excepción de Amazon, todos los hiperescaladores cosecharán resultados negativos de su inversión durante el periodo 2025-2030. La cifra de Oracle es de un asombroso -35 por 100. De hecho, para mantener el ritmo financiero, los hiperescaladores están recurriendo ahora a medidas inesperadas como suspender la compra de acciones propias en la que antes gastaban sumas colosales para apaciguar a los accionistas, mientras empiezan a acumular deuda.

Así, cada rincón del mundo financiero, ya sea opaco o transparente, está implicado en la financiación de la IA, lo que prepara el terreno para el desastre

La mayor parte del respaldo financiero para la IA procede de fuentes externas. Y ese apoyo está a punto de agotarse. Los bancos están empezando a tirar la toalla: a finales de 2025 ya habían comprometido 450 millardos dólares en el complejo de la IA según una estimación de la Reserva Federal de Chicago. Goldman Sachs Research señala que se espera que la financiación a través de los «mercados privados» cobre cada vez más importancia, lo cual constituye  un retorno al lenguaje velado y en clave de la Santa Sede. Así es como se presenta el «plan de financiación» de la IA: teniendo que buscar recursos en las sombras. Sin duda, la gente está deseando ofrecerse voluntaria; al fin y al cabo, la falta de regulación es la mejor aliada de un verdadero creyente. Goldman Sachs se deshace en elogios hacia los diversos segmentos y clases de activos dispuestos a comprometerse bajo la audaz bandera de las «inversiones alternativas». Todo el mundo, sin excepción, está involucrado: crédito privado, capital riesgo, fondos de infraestructuras e inmobiliarios (el sector inmobiliario es clave, dada la enorme superficie que requieren los centros de datos). Los límites entre estas alternativas son cada vez más difusos, al igual que las líneas que las separan de los actores del sistema financiero regulado. Los bancos proporcionan apalancamiento a estas entidades; los fondos de pensiones y las aseguradoras invierten en ellas una parte de los ahorros para la jubilación de sus clientes, mientras que algunas aseguradoras incluso les conceden préstamos: es un «sálvese quien pueda». Así, cada rincón del mundo financiero, ya sea opaco o transparente, está implicado en la financiación de la IA, lo que prepara el terreno para el desastre.

Si el edificio se derrumba, los efectos serán, sin duda, catastróficos. ¿Y cómo no iban a serlo? La ecuación del modelo de negocio es fundamentalmente insostenible: toda la inversión se basa en las hipótesis más descabelladas sobre la demanda. El mundo financiero está empezando a darse cuenta poco a poco de ello, como lo ilustran algunas abstenciones cautelosas por parte de los bancos y la carrera desenfrenada hacia territorios turbios donde las finanzas neoliberales no escatiman en entusiasmo ni imaginación. El acuerdo propuesto a Anthropic por dos fondos de crédito privados, Apollo y Blackstone, para ocultar su deuda pasará a la historia como un clásico del género. «Big Sky», como se conoce el proyecto (hay que reconocer que estos tipos tienen una vena poética), ofrece a Anthropic acceso a los chips de Broadcom a través de un contrato de arrendamiento de 35 millardos de dólares, que mantiene la deuda fuera de su balance. Hemos llegado a un punto en el que debemos evitar dar la impresión de sobrecalentamiento para no asustar al mercado. Estos son los intrincados mecanismos:

1) Apollo y Blackstone crean desde cero una entidad ad hoc, un special purpose vehicle (SPV), por decirlo en inglés;

2) La entidad se financia con 35 millardos de dólares: 800 millones de capital riesgo y 34 millardos de crédito privado;

3) La deuda de 34 millardos de dólares se desglosa a su vez en dos tramos denominados «senior» (los más seguros), uno de 6 millardos de dólares con calificación A1 (Moody’s) y otro de 24 millardos de dólares con calificación A2, además de un tramo «junior» de 4 millardos de dólares;

4) La operación da un giro verdaderamente insólito, cuando se descubre que los dos tramos senior (que suman 30 millardos de dólares) están garantizados por… Broadcom, precisamente la empresa a la que se alquilarán los chips. Esto significa que, si Anthropic, que paga intereses a la SPV, suspendiera pagos, Broadcom cubriría la pérdida;

5) Por si fuera poco, Morgan Stanley, que asesora a Broadcom en esta operación, también ofreció generosamente sus servicios, concediendo préstamos a los inversores que desearan adquirir estos valores.

¿Qué podría salir mal? Adentrarse en este territorio es la señal más clara de que un «ciclo crediticio» está descarrilando. El recurso a esquemas tan rebuscados como esos préstamos respaldados por chips –y Big Sky dista mucho de ser un caso aislado– indica que hay demasiado que ocultar. Morgan Stanley ha publicado estimaciones de las obligaciones fuera de balance de los hiperescaladores, que son verdaderamente espeluznantes: si se combinan las obligaciones de resultados restantes, es decir, los compromisos futuros de proporcionar potencia de cálculo basados en capacidad aún por construir, con otras obligaciones, como las de adquirir terrenos, edificios y chips, se obtiene un total de 1,8 billones de dólares. Todo ello fuera de balance, por supuesto.

Podríamos preguntarnos: ¿adónde va realmente todo ese dinero? Una pregunta cada vez más retórica, al parecer. El complejo económico-financiero de la IA se ha convertido en una maraña enredada e impenetrable; comprender cada una de sus ramificaciones es un reto abrumador. Sin embargo, mires donde mires, ves callejones sin salida y variables impredecibles que, sea cual fuere el desenlace, tendrán consecuencias nefastas para algunos, si no para todos los actores implicados. Y en medio de todo ello, el sector financiero está metido hasta las cejas, tras haber traspasado con indiferencia todos los límites de la razón; ahora, profundamente inquieto en privado, sigue promoviendo esa creencia en público, creencia que está empezando a tambalearse. Están saliendo a la luz comportamientos extraños, impulsados por agendas que a veces son retorcidas y otras veces ocultas. Amodei declara sin rodeos que, si Anthropic no logra alcanzar el billón de dólares en ingresos, no ve nada que pueda evitar la quiebra. Sam Altman, su homólogo en OpenAI, que había estado desesperado por una salida a bolsa inmediata para evitar quedarse rezagado en un mercado agotado por SpaceX y Anthropic, ahora cree que es hora de reconsiderarlo y de tomarse un poco de tiempo para aclarar la fijación de precios, la competencia y la demanda.

Un polvorín a rebosar: solo hace falta una cerilla. Y ahora ha aparecido la caja de cerillas. En primer lugar, la subida de los tipos de interés. Tomemos como ejemplo los bonos del Tesoro estadounidenses, cuyos precios se ven impulsados al alza por una política monetaria destinada a contrarrestar la inflación prevista a raíz del conflicto bélico desencadenado en el Golfo. Junto con el tipo de interés de los fondos de la Reserva Federal en torno al cual giran las rentabilidades de estos bonos, la rentabilidad de estos bonos actúa como referencia para los costes de financiación en todo el sistema. Cuando se trata de subidas de los tipos de interés, a veces basta muy poco para sacudir un edificio construido sobre el diferencial entre la rentabilidad de las inversiones y el coste de los fondos prestados; no puede permitirse que ese diferencial se reduzca y mucho menos que pase a ser negativo. Una subida de tipos de más y estas apuestas pasan de repente a números rojos, lo que lleva a los especuladores a precipitarse hacia la salida.

Deberíamos revisar aquí nuestra tesis inicial: las burbujas bursátiles no son especialmente peligrosas mientras permanezcan desconectadas del sistema crediticio. Se vuelven peligrosas cuando crean el riesgo de impagos y de una búsqueda frenética de liquidez

Luego debemos levantar acta de lo que se está sucediendo en los mercados bursátiles. Existe una creciente preocupación por la deuda utilizada para financiar la compra de acciones, que los gestores del mercado a través de los cuales los inversores realizan sus operaciones, conceden con facilidad. La denominada «deuda apalancada», esto es, concedida por sus propios gestores del mercado, no es en absoluto marginal: ha alcanzado ya un máximo histórico de 1,4 billones de dólares. ¿Qué ocurrirá si los mercados de valores cambian de rumbo? Los inversores se enfrentarán a las despiadadas margin calls, es decir, a la solicitud de un gestor de que un cliente aporte garantías adicionales para asegurar un préstamo, cuando los activos que respaldan dicho préstamo están perdiendo valor. Deberíamos revisar aquí nuestra tesis inicial: las burbujas bursátiles no son especialmente peligrosas mientras permanezcan desconectadas del sistema crediticio. Se vuelven peligrosas cuando crean el riesgo de impagos y de una búsqueda frenética de liquidez. Para satisfacer las necesidades de financiación en un segmento del mercado, los inversores venden activos en otro. Ese mercado, a su vez, sufre tensiones de liquidez, lo cual desencadena nuevas ventas en otros puntos del mercado y así sucesivamente. Si el sistema financiero ya se encuentra al borde de un punto crítico de inestabilidad estructural, esta reacción en cadena puede empujarlo hacia el colapso.

El colapso de Oracle sería el tipo de acontecimiento que se observa en todas las grandes crisis financieras: el momento en que el hechizo se rompe de repente y una creencia, socavada desde dentro y ahora demasiado frágil, se derrumba. Y entonces la debacle es generalizada

Por último, existe la posibilidad de que se produzca un incidente grave. La salida a bolsa fallida de un laboratorio de IA. Un colapso bursátil simbólicamente significativo: SpaceX, por ejemplo, cuyo debut no impidió que el precio de sus acciones, tras un repunte inicial, comenzara su descenso a tierra. Y luego está Oracle, ocupada en labrarse una reputación legendaria en materia de quiebras, que podría desencadenar una reacción en cadena: una rentabilidad de la inversión del -35 por 100, una deuda cinco veces superior a su capital social y planes para despedir a diez mil empleados por partes, aparentemente en nombre de un salto masivo de productividad impulsado por la IA, pero que en realidad es una medida desesperada para restablecer el flujo de caja y evitar la suspensión de pagos. El colapso de Oracle sería el tipo de acontecimiento que se observa en todas las grandes crisis financieras: el momento en que el hechizo se rompe de repente y una creencia, socavada desde dentro y ahora demasiado frágil, se derrumba. Y entonces la debacle es generalizada.


Recomendamos leer Robert Brenner, «La expansión económica y la burbuja bursátil», NLR 6. Dylan Riley y Robert Brenner, «Siete tesis sobre la política estadounidense» NLR 138, y «La lógica política de los horizontes bloqueados del capitalismo», NLR 155.

Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista bimestral de teoría y política publicada en Madrid por Traficantes de Sueños.