Los costes de la guerra: reflexiones sobre la cumbre de la OTAN celebrada en Ankara

Lily Lynch, analista especializada en los Balcanes y en Europa del Este, analiza la última cumbre de la OTAN al calor de la crisis que ha provocado en Ucrania que Zelensky haya destituido a Mykhailo Fedorov como ministro de defensa. Lynch analiza el auge y caída de Fedorov, un “carismático individuo de 35 años” que se ganó a muchos atlantistas de Occidente por haber contribuido a promocionar a Ucrania como una especie de «nación start-up»: una potencia industrial de defensa de alta tecnología forjada en la guerra

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Una mujer camina frente a una maternidad dañada por los bombardeos efectuados por las tropas rusas en Mariúpol, Ucrania, 9 de marzo de 2022 - AP/ Evgeniy Maloletka.

El discurso de Volodymyr Zelenskyy pronunciado en el Foro de la Industria de Defensa de la OTAN, celebrado en Ankara a principios de este mes, ha sido un himno a la guerra librada con drones. Los drones, proclamó el presidente ucraniano, habían anunciado «cambios revolucionarios en la propia naturaleza de la guerra», tan significativos como lo fueron la ametralladora en la Primera Guerra Mundial o el tanque moderno en la Segunda. La «revolucionaria» tecnología de los drones había permitido a Ucrania aumentar drásticamente el número de bajas rusas, interceptar las naves no tripuladas enemigas y alcanzar objetivos tan lejanos como Siberia. Los recientes ataques habían logrado oscurecer los cielos de Moscú y golpear refinerías de petróleo situadas a 2700 km de distancia en Omsk. El país se había transformado en una «superpotencia en el sector de la producción de drones», hecho constatado por el Atlantic Council. Antes de 2022 solo había siete fabricantes nacionales de drones en Ucrania, hoy en día hay más de quinientos. Y ahora, a medida que se levantan las restricciones a la exportación de drones, Ucrania pronto los venderá al resto del mundo.                          

El principal artífice de que los drones ocupen un lugar central en el esfuerzo bélico de Ucrania ha sido Mykhailo Fedorov, un carismático individuo de 35 años, ahora exministro de Defensa. Este prodigioso sujeto tecnológico, objeto de gran expectación, se ha ganado un gran número de seguidores tanto entre los liberales patriotas de su país como entre los atlantistas de Occidente. Fedorov ha contribuido a promocionar a Ucrania como una especie de «nación start-up»: una potencia industrial de defensa de alta tecnología forjada en la guerra. Con apenas treinta y pocos años, fue nombrado ministro de Transformación Digital, cargo en el que fue responsable de la iniciativa «el Estado en un smartphone», que trasladó los servicios públicos a una aplicación financiada por la USAID llamada Diiya. Aunque es muy querido por el círculo de las ONG liberales, Fedorov, respaldado por Palantir, también ha aprendido a hablar el lenguaje de MAGA; en enero, anunció el objetivo de su Ministerio de matar a 50.000 rusos al mes, explicando que ello «haría que el coste de la guerra para Rusia fuera insostenible, forzando así la paz mediante la fuerza».

En Ankara, el último giro de los acontecimientos se atribuyó a las capacidades tecnológicas de Ucrania en materia de drones, a su próspera industria de defensa y a su joven e innovador liderazgo, que, al parecer, dirigía el país menos como un Estado postsoviético y más como una start-up de Silicon Valley

En las semanas previas a la última cumbre de la OTAN, los medios occidentales han afirmado, que Ucrania había cambiado el rumbo de la guerra a su favor. Rusia estaba en apuros. La narrativa recordaba a la «contraofensiva de primavera» de 2023, tan publicitada en los medios occidentales: una supuesta ofensiva ucraniana en el campo de batalla, que nunca llegó a materializarse del todo y que costó decenas de miles de vidas. En Ankara, el último giro de los acontecimientos se atribuyó a las capacidades tecnológicas de Ucrania en materia de drones, a su próspera industria de defensa y a su joven e innovador liderazgo, que, al parecer, dirigía el país menos como un Estado postsoviético y más como una start-up de Silicon Valley.

Sin embargo, apenas una semana después, esta historia optimista comenzó a desmoronarse. Zelenskyy destituyó de forma abrupta a Fedorov, una decisión que enfureció a muchos y fue recibida como un acto de traición. Los partidarios de Fedorov respondieron arremetiendo contra Zelenskyy en las redes sociales y concentrándose en Kiev, Leópolis y Odesa enarbolando pancartas en las que se leían mensajes como «No toquéis a Fedorov» y «Dejad de sabotear la victoria». Los partidarios de Ucrania en Occidente tampoco ocultaron su malestar ante la decisión. «Despedir a Fedorov, uno de los ministros más inteligentes, competentes e innovadores de toda Europa, es una de las cosas más estúpidas que ha hecho Zelenskyy», escribió en X el expresidente de Estonia, Toomas Hendrik Ilves. Entre los comentaristas atlantistas se sedimentó rápidamente un consenso: Zelenskyy se había puesto del lado de sus escleróticos generales «soviéticos», en particular del comandante en jefe de origen ruso Oleksandr Syrskyi, en contra de un enérgico joven reformista. Tras varios días de virulentas reacciones, Zelenskyy respondió destituyendo también a Syrskyi.

La decisión de destituir a Fedorov sacó a la luz pública una crisis política ucraniana, que se estaba gestando subrepticiamente. En Ankara, los responsables de la OTAN se empeñaban en presentar a Rusia y solo a Rusia como el país que se encontraba en una situación política y económica desesperada. En una sesión informativa, escuché a un alto funcionario de la OTAN hablar de posibles tensiones dentro de la elite política rusa. En estos días, dijo, los miembros del establishment ruso miran por la ventana y ven refinerías de petróleo en llamas a causa de los ataques perpetrados con drones ucranianos. Esta imagen, afirmó, debe de estar teniendo el consabido efecto psicológico y es probable que ello esté alimentando el resentimiento hacia Putin. Podría producirse una fractura en cualquier momento. La economía rusa, por su parte, se encontraba «en el peor estado en el que ha estado en décadas». El funcionario de la OTAN enumeró una letanía de estadísticas sombrías: el déficit federal era ahora 2,3 veces mayor que en el mismo periodo del año anterior; el 70 por 100 del gasto económico se destina a la seguridad, lo cual se hace a expensas de la economía civil, sentando una senda «muy difícil de revertir». Y, a pesar del aumento de los precios del petróleo debido a la guerra contra Irán, Rusia aún tendría que recortar el gasto no militar el 10 por 100 este año.

De acuerdo con la información disponible, Rusia también estaba obteniendo malos resultados en el campo de batalla y cualquier avance logrado conllevaba un coste enorme. Según las estimaciones del funcionario de la OTAN, entre 1,3 y 1,5 millones de rusos habían perdido la vida en la guerra y entre 30.000 y 35.000 rusos morían ahora cada mes. El ejército «recurría cada vez más a presos, ciudadanos endeudados y extranjeros» para completar sus filas. Las ganancias territoriales de Rusia también habían sido «mucho menos constantes» en los últimos meses: al parecer, sus fuerzas avanzaban ahora a un ritmo de tan solo 3,79 km² al día, frente a los 16 km² registrados el año pasado. Otra estadística macabra que se destacó en la cumbre de la OTAN fue la supuesta esperanza de vida media de un soldado ruso: gracias a los drones de Ucrania, me dijeron, el recluta ruso medio solo sobrevivía entre 20 y 30 minutos en el frente.

Según una encuesta del Levada Center, institución de carácter independiente, la popularidad de Putin está efectivamente en declive, pero en mayo hasta el 79 por 100 de los rusos encuestados seguía afirmando que aprobaba su gestión. Solo el 15 por 100 dijo que la desaprobaba. En la misma encuesta, el 74 por 100 de los rusos afirmaba que apoyaba las acciones de su país en Ucrania. (Aun así, alrededor del 60 por 100 de los rusos manifestaron que estaban a favor de las negociaciones de paz para poner fin a la guerra y solo el 30 por 100 dijo que prefería, que prosiguiesen los combates)

Al escuchar todo esto, pensé en lo que había oído sobre la vida en Rusia. Sin duda, era consciente del creciente sufrimiento provocado por la guerra. Sabía que ahora había escasez de gasolina en algunas partes del país, aunque en parte ello se debe a factores estacionales, y que ello había supuesto largas colas de espera frente a las gasolineras. Mientras que antes la mayoría de los rusos vivían la guerra como un conflicto lejano del que solo tenían noticia a través de las redes sociales o la televisión, ahora los ataques con drones contra las refinerías de petróleo rusas habían llevado la guerra a sus hogares. Pero la idea de que ello provocaría inevitablemente una fuerte reacción contra el gobierno no acababa de cuajar. Incluso han aparecido vídeos en las redes sociales rusas en los que se ve a gente bebiendo y bailando mientras esperaban en largas colas para repostar. Como dijo un comentarista: «El coronavirus nos dividió, pero la escasez de gasolina nos ha unido». Los problemas internos eran muy reales y estaban empeorando, pero los rusos parecían estar capeándolos, al menos por ahora. Desde hacía años se vaticinaba el colapso inminente de la economía rusa, pero todas esas predicciones habían quedado en nada.

Las encuestas realizadas en el interior de Rusia también apuntan a una situación más estable que la descrita en la cumbre de la OTAN. Los expertos sobre asuntos rusos siempre advierten a los lectores que se muestren escépticos ante las encuestas realizadas en el país, pero, aun así, los resultados sugieren que al menos algunos de los pronósticos más graves efectuados sobre Rusia podrían ser exagerados. Según una encuesta del Levada Center, institución de carácter independiente, la popularidad de Putin está efectivamente en declive, pero en mayo hasta el 79 por 100 de los rusos encuestados seguía afirmando que aprobaba su gestión. Solo el 15 por 100 dijo que la desaprobaba. En la misma encuesta, el 74 por 100 de los rusos afirmaba que apoyaba las acciones de su país en Ucrania. (Aun así, alrededor del 60 por 100 de los rusos manifestaron que estaban a favor de las negociaciones de paz para poner fin a la guerra y solo el 30 por 100 dijo que prefería, que prosiguiesen los combates). Incluso teniendo en cuenta un cierto grado de autocensura, siempre presente en tiempos de guerra, estas cifras no apuntan precisamente a un cataclismo inminente.

Mientras los responsables de la OTAN buscan grietas en la matriz del Kremlin, existen innumerables motivos de preocupación en cuanto a Ucrania. Además de la ruptura entre Fedorov y la cúpula militar, un «espectacular» escándalo de corrupción ha salpicado a miembros del círculo más cercano a Zelenskyy en parte relacionado con la adquisición de drones. Mientras tanto, el «estancamiento estable» de la economía ucraniana también se asienta sobre cimientos relativamente frágiles: el apoyo continuado de los socios occidentales

Pero la pregunta que más me rondó la cabeza durante toda la cumbre de la OTA era esta: ¿qué pasa con Ucrania? La evaluación de la posición de Rusia en la guerra incluyó una serie de criterios: un análisis de la situación en el frente interno, las fracturas entre la élite política, la economía y la demografía de sus soldados. Sin embargo, la posición de Ucrania se describió basándose en un único indicador esperanzador: su éxito en la guerra con drones. De acuerdo con una reciente encuesta de Gallup, que ha pasado prácticamente desapercibida en la prensa occidental, los ucranianos se muestran incluso menos entusiastas que los rusos respecto a librar esta guerra. Menos de uno de cada cuatro adultos (el 24 por 100) afirma que Ucrania debería seguir luchando hasta ganar la guerra, mientras que el 66 por 100 opina que Ucrania debería intentar negociar el fin de la guerra lo antes posible. Y aunque los responsables de la OTAN se mostraron ansiosos por hacer alarde en Ankara de las asombrosas cifras de bajas de Rusia, naturalmente se habló mucho menos de los muertos de Ucrania a menos que pudieran presentarse en términos de una «proporción de bajas» favorable respecto a Rusia. Según el Center for Strategic and International Studies, con sede en Washington, que recibe financiación del gobierno estadounidense, de Lockheed Martin y de la OTAN, entre otros contribuyentes, el ejército ucraniano ha sufrido entre 125.000 y 150.000 bajas mortales. Sin embargo, hay quien cree que la cifra real es mayor.

La edad media de un soldado ucraniano es ahora de 45 años. La movilización sigue siendo un problema persistente. Una de las razones aducidas para la destitución de Fedorov fue su incapacidad para solucionar este problema (siempre partidario de las soluciones tecnológicas, Fedorov habría presionado, de acuerdo con la información disponible, a favor de una «digitalización» de la movilización). La brutal práctica de la «busificación», consistente en secuestrar en la calle a hombres en edad de alistamiento, sigue despertando repulsa. Surgen con regularidad informes de hombres reclutados a la fuerza, que sufren palizas o son asesinados. Como era de esperar, Ucrania está sufriendo una crisis de deserciones

Mientras los responsables de la OTAN buscan grietas en la matriz del Kremlin, existen innumerables motivos de preocupación en cuanto a Ucrania. Además de la ruptura entre Fedorov y la cúpula militar, un «espectacular» escándalo de corrupción ha salpicado a miembros del círculo más cercano a Zelenskyy en parte relacionado con la adquisición de drones. Mientras tanto, el «estancamiento estable» de la economía ucraniana también se asienta sobre cimientos relativamente frágiles: el apoyo continuado de los socios occidentales. A menudo, en la cobertura occidental sobre la guerra se omite la brutal realidad económica de la vida cotidiana en Ucrania: el número de ucranianos que viven por debajo del umbral de subsistencia ha aumentado drásticamente durante la guerra; aunque los rusos han sufrido inconvenientes en este conflicto, la mayoría no se ha enfrentado a la misma devastación material.

Las fuerzas armadas ucranianas podrían encontrarse en una situación todavía peor que la de sus adversarios rusos. La transición el año pasado a una estructura de mando basada en cuerpos de ejército puede haber alineado a Ucrania con los estándares de la OTAN, pero ninguna reestructuración, por profunda que sea, puede cambiar los datos estructurales. La edad media de un soldado ucraniano es ahora de 45 años. La movilización sigue siendo un problema persistente. Una de las razones aducidas para la destitución de Fedorov fue su incapacidad para solucionar este problema (siempre partidario de las soluciones tecnológicas, Fedorov habría presionado, de acuerdo con la información disponible, a favor de una «digitalización» de la movilización). La brutal práctica de la «busificación», consistente en secuestrar en la calle a hombres en edad de alistamiento, sigue despertando repulsa. Surgen con regularidad informes de hombres reclutados a la fuerza, que sufren palizas o son asesinados. Como era de esperar, Ucrania está sufriendo una crisis de deserciones. Aunque las cifras exactas se clasificaron como secretas el año pasado, en enero Fedorov afirmó que 200.000 soldados ucranianos se habían ausentado sin permiso.

Eliminada la propaganda de la existencia de una revolución tecnológica propulsada por los drones e impulsada por la juventud que combate la guerra, Ucrania se encuentra en una situación notablemente similar a la de Rusia: dos países que se precipitan hacia el invierno demográfico en medio de un conflicto dirigido por elites políticas especuladoras y librado en buena parte por personas renuentes, coaccionadas, extranjeras y de edad avanzada

Puede que las fuerzas armadas rusas estén repletas de convictos y deudores, pero todavía no han tenido que recurrir al reclutamiento obligatorio, mientras que el bando ucraniano está compuesto en parte por hombres de mediana edad que no quieren luchar. Ucrania también depende cada vez más de combatientes extranjeros; mientras que Rusia ha reclutado a africanos desamparados para que sirvan de carne de cañón, Ucrania emplea ahora a miles de reclutas procedentes de Colombia, Brasil y diversos países europeos, designados como «voluntarios» para eludir las leyes contra los mercenarios. Y sigue existiendo el problema fundamental de la enorme asimetría: Rusia sigue superando a Ucrania en número de efectivos. Ucrania ha intentado compensar esta diferencia con drones, pero esto solo ha logrado ralentizar el ritmo de los avances rusos.

La imagen de una Ucrania llena de liberales patriotas ansiosos por librar una guerra de alta tecnología hasta el colapso total de Rusia es una ficción. En realidad, la mayoría tanto de rusos como de ucranianos quiere negociaciones para poner fin a la guerra ya. Solo una minoría quiere seguir luchando hasta que se alcancen los objetivos maximalistas trazados por su respectivo bando. Eliminada la propaganda de la existencia de una revolución tecnológica propulsada por los drones e impulsada por la juventud que combate la guerra, Ucrania se encuentra en una situación notablemente similar a la de Rusia: dos países que se precipitan hacia el invierno demográfico en medio de un conflicto dirigido por elites políticas especuladoras y librado en buena parte por personas renuentes, coaccionadas, extranjeras y de edad avanzada. En la cumbre de la OTAN de Ankara, sin embargo, la Alianza siguió promoviendo una imagen de Ucrania fabricada por sus departamentos de relaciones públicas y construida mediante estadísticas selectivas y una refinada confusión de conceptos.

Este ensayo ha contado con el apoyo del Instituto Alameda.


Recomendamos leer Lily Lynch, «Una nueva Serbia», NLR 140/141. Susan Watkins, «Cinco guerras en una», NLR 137,  Volodymyr Ishchenko, «Hacia el abismo», NLR 133/134, y «¿Voces ucranianas?», NLR 138. Wolfgang Streeck, «La Unión Europea en guerra: dos años después», Diario Red, y «Notas sobre la actual economía política de guerra», El Salto.

Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista bimestral de teoría y política publicada en Madrid por Traficantes de Sueños.