El amargo cáliz: notas sobre inteligencia artificial y la estupidez natural

El capitalismo y sus clases dominantes, incapaces de comprender racionalmente los límites sistémicos del modo de producción que garantiza su miserable dominio y las tendencias altamente destructivas y a la postre insostenibles de su modelo de reproducción, no solo pretenden destruir la naturaleza y sus circuitos y flujos energéticos, biológicos y ecosistémicos y arrasar las infraestructuras sociales creadas por la inteligencia del trabajo obrero vivo para garantizar la vida mediante otro ciclo de guerras devastadoras (Libia, Ucrania, Palestina, Irán, etcétera), sino que también persiguen, en su delirio fascista evidenciado por el actual modelo de inteligencia artificial y sus empresarios reaccionarios, provocar el colapso de las funciones cognitivas sociales y neutralizar la enorme riqueza del general intellect proletario mediante la aplicación de las consabidas armas de destrucción masiva de la capacidad intelectual, de raciocinio, de escritura y de invención creativa materializadas en la IA. Solo el antagonismo antisistémico de masas del sujeto proletario hiperinteligente podrá detener el actual deslizamiento hacia estas nuevas formas de barbarie fascista 3.0

riley_11.09.2026
En la guerra genocida perpetrada por las potencias occidentales y por el Estado paria y genocida de Israel en Palestina se ha utilizado profusamente «Lavender», el sistema de inteligencia artificial, que ha dirigido la oleada indiscriminada de asesinatos contra la población palestina mediante un sistema de señalamiento automatizado de su supuesta vinculación con Hamas y la Yihad Islámica, así como los bombardeos efectuados durante los últimos tres años por el Estado genocida de Israel en Gaza. En la foto, la gente llora la muerte de los periodistas fallecidos en un ataque israelí contra el Hospital Nasser, en Jan Yunis, al sur de Gaza, en el que fueron asesinadas más de 20 personas, 25 de agosto de 2025 - Abed Rahim Khatib / DPA vía ZUMA Press.

Getsemaní y la Magnifica Humanitas del papa León

El humanismo encuentra su espacio de reflexión en la esfera cultural cristiana, lo cual no significa, por supuesto, que el cristianismo, en la complejidad contradictoria de su historia, sea un movimiento humanista, sino que en esa historia se encuentra el espacio para concebir la autonomía ética y ontológica de la acción humana. No soy creyente y, sin embargo, hay un momento en el que me siento tan cerca de Jesús que llego a pensar que no puedo dejar de considerarme cristiano. Ese momento es cuando, en el huerto de Getsemaní, a pocas horas del suplicio, Jesús se dirige al Padre con las palabras: «Si es posible, aparta de mí este cáliz». Está claro que sería posible, dado que el Padre es todopoderoso, pero Jesús, de algún modo intimidado por su propia petición, añade inmediatamente después: «No obstante, no se haga mi voluntad, sino la tuya». Como un hijo enviado a morir por una patria, Cristo inclina la cabeza ante la necesidad histórica, pero su naturaleza humana (en deserción de la historia) pide que ese cáliz sea apartado de sus labios. En aquel huerto, la humanidad de Cristo prevalece, por un instante, sobre su divinidad. La humanidad de Cristo es autonomía frente a la necesidad histórica o, en su caso, frente a la voluntad divina del Padre, que es el arquetipo de la mima, la cual luego prevalece y este asiste al martirio de su hijo, porque del mismo nacerá la Iglesia dedicada a ilustrar la gloria del Padre. La Iglesia cristiana lleva inscrito en su seno este doble origen: está del lado del Padre, pero también del lado del Hijo.

La Iglesia de Pedro está dedicada a la gloria del Padre, no a la debilidad del Hijo, hasta tal punto que persiguió a quienes reivindicaban la independencia del conocimiento humano respecto a la necesidad del saber divino y de su realización histórica. No obstante, es en el ámbito del cristianismo donde el humanismo se hace posible, porque el cristianismo es estas dos cosas irreconciliables: la necesidad del Padre y la aspiración a la autonomía del hijo. La novedad es que hoy la Iglesia cristiana está del lado de quienes imploran: «Aleja de mí este cáliz». Desde esta perspectiva he leído la encíclica de León XIV, Magnifica Humanitas (2026). En la deshumanización provocada por el absolutismo capitalista, la Iglesia de Francisco y de León se presenta ahora como el último baluarte de lo humano. La necesidad histórica adopta las formas de la IA y dado que la necesidad histórica es indisociable de la guerra, la tecnología de la automatización está sometida a la guerra: los recursos necesarios para la investigación y las infraestructuras, que hacen posible el desarrollo de la IA, proceden casi exclusivamente del sistema militar y las aplicaciones esenciales de la misma son militares. Esta es la realidad económica e histórica de la Inteligencia Artificial, que está sustituyendo rápidamente a la natural.

Me temo que Prevost es demasiado optimista al calificar de «magnífica» a la humanidad. La humanidad no existe en abstracto: el homo sapiens evoluciona, cuando cambian las relaciones sociales y las formas técnicas, que el sapiens produce y de las que es producto. El homo sapiens que sale de cuatro décadas de competencia liberal y de mutación tecnológica digital no tiene nada de magnífico. Si la humanitas contemporánea es el pueblo israelí y la mayoría de los pueblos occidentales (por no hablar del resto), diría que una buena definición es horribilis, no magnifica. Partiendo de aquí, podemos reflexionar sobre el futuro de la Inteligencia Artificial, que no es más que el espejo de la actual humanidad inhumana

Por eso interpreto la encíclica como la máxima manifestación del humanismo contemporáneo, después de que la historia haya derrotado al humanismo materialista basado en la igualdad. Al igual que las palabras susurradas por Jesús en el huerto de Getsemaní, temo, sin embargo, que también las palabras de papa León estén destinadas a no ser escuchadas por el autómata inteligente, que depende de los sistemas militares de las potencias, que se preparan para la guerra definitiva. Me temo que Prevost es demasiado optimista al calificar de «magnífica» a la humanidad. La humanidad no existe en abstracto: el homo sapiens evoluciona, cuando cambian las relaciones sociales y las formas técnicas, que el sapiens produce y de las que es producto. El homo sapiens que sale de cuatro décadas de competencia liberal y de mutación tecnológica digital no tiene nada de magnífico. Si la humanitas contemporánea es el pueblo israelí y la mayoría de los pueblos occidentales (por no hablar del resto), diría que una buena definición es horribilis, no magnifica. Partiendo de aquí, podemos reflexionar sobre el futuro de la Inteligencia Artificial, que no es más que el espejo de la actual humanidad inhumana.

¿Qué quedará tras la burbuja?

En su libro The Reverse Centaur’s Guide To Life After AI: How to Think Abut Artificail Intelligence Before It’s Too Late (2026), Cory Doctorow sostiene que las grandes promesas de esta tecnología son engañosas, porque el desarrollo de la Inteligencia Artificial está abocado a no ser viable ni desde el punto de vista económico ni del financiero. «Todas las empresas de IA están perdiendo dinero en estos momentos y cuanto mayor es la empresa, mayores son las pérdidas. Las empresas de IA más importantes pierden miles de millones de dólares cada trimestre. La financiación para los nuevos modelos proviene de los inversores, que apuestan por que la IA que están financiando permitirá a los empresarios despedir a la mitad de sus plantillas y sustituirlas por los propios sistemas de inteligencia artificial, repartiéndose los correspondientes beneficios entre ambos grupos de empresas» (p. 201). Ello, en opinión de Doctorow, es una falsa promesa y, en consecuencia, «[...] la burbuja estallará, como siempre ocurre con todas las burbujas». Sin embargo, añade Doctorow, no hay mucho de qué alegrarse:

Por mucho que podamos detestar la IA, cuando esto ocurra, no será un buen día. Las siete empresas más importantes del sector de la inteligencia artificial representan el 35 por 100 del mercado bursátil estadounidense [...]. Estamos hablando de un colapso que hará palidecer al registrado en 2008 y que igualará o superará la caída de los mercados registrada durante la pandemia (p. 202).

A los daños económicos que podría provocar el pinchazo de la burbuja hay que sumar los daños que las infraestructuras de esta tecnología causan al medio ambiente físico, que ya se encuentra al borde del colapso. O como afirma Katte Crawford en Atlas of AI: Power, Politics, and the Planetary Costs of Artificial Intelligence (2021): «La cadena de suministro completa de la IA abarca el capital, la mano de obra y los recursos del planeta, y de cada uno de estos factores requiere una cantidad enorme. La nube es la columna vertebral de la industria de la IA y está compuesta de rocas, salmuera de litio y petróleo».

Me atrevería incluso a decir que el valor de uso inhumano es el más rentable, ya que tiene que ver con la vida y la muerte. ¿Cuál es el valor de uso de las actuales aplicaciones de la IA? ¿Cuál es la rentabilidad económica de las enormes inversiones que esta requiere? La respuesta es sencilla: el valor de uso de la IA, en su estado actual, es esencialmente la guerra. Son las aplicaciones militares de la IA las que rentabilizan en parte el capital invertido en el desarrollo de esta tecnología: drones inteligentes, sistemas de defensa inteligentes, guerra inteligente. Destrucción inteligente de la civilización

Así pues, el desastre económico que se avecina promete ser gigantesco, dado que las inversiones en esta tecnología ascenderán a 600 millardos de dólares solo en 2026 (estimación de Goldman Sachs). Dado que no se vislumbra una rentabilidad económica y dadas a las enormes inversiones de recursos financieros efectuadas mediante el consabido endeudamiento, la previsión de Doctorow es totalmente legítima. Sin embargo, en mi opinión, los efectos económicos no constituyen la cuestión principal del asunto, porque por muy dramáticas que puedan ser las consecuencias de un posible colapso financiero, Doctorow parece no tener en cuenta los efectos concretos, que la tecnología de automatización de la mente tiene en el ámbito militar y en el cognitivo. Doctorow escribe, además:

Cualquiera que se sienta seducido por la IA sueña con satisfacer una necesidad humana sin tener que reconocer ninguna consideración moral. Esto vale tanto para el tipo que busca una novia virtual como para los empresarios, que esperan utilizar la IA para sustituir a la mitad de su plantilla y aterrorizar a la otra mitad […] incluso la novia virtual no te pregunta nada sobre ti, salvo lo que tú mismo le quieras decir (p. 74).

La IA no posee, por consiguiente, ningún valor humano, pero esto no significa que no posea un valor económico, un valor de uso, por emplear el concepto marxista que define la utilidad concreta de los productos del trabajo abstracto. ¿Puede un producto tener valor de uso a pesar de carecer de valor humano? Sí, sin duda. Un producto puede ser rentable, aunque sea destructivo, como bien saben los fabricantes de armas. Me atrevería incluso a decir que el valor de uso inhumano es el más rentable, ya que tiene que ver con la vida y la muerte. ¿Cuál es el valor de uso de las actuales aplicaciones de la IA?

Pero hay otro efecto que Doctorow pasa por alto: el cognitivo. El sistema militar no es el único usuario de la IA. El otro usuario es la mente del homo sapiens, que queda parcialmente desactivada: desde hace mucho tiempo, la tecnología digital y sus aplicaciones en red se han encargado de devastar la atención y de desactivar facultades como la capacidad de orientación en el espacio o la capacidad de socialización en presencia del cuerpo del otro. Pero la nueva rama tecnológica sustituye y desactiva la escritura que, al menos por lo que sabemos, es indisociable del pensamiento

¿Cuál es la rentabilidad económica de las enormes inversiones que esta requiere? La respuesta es sencilla: el valor de uso de la IA, en su estado actual, es esencialmente la guerra. Son las aplicaciones militares de la IA las que rentabilizan en parte el capital invertido en el desarrollo de esta tecnología: drones inteligentes, sistemas de defensa inteligentes, guerra inteligente. Destrucción inteligente de la civilización. Pero si esto es cierto y no puede negarse que los sea, esto es, que el uso de la inteligencia artificial es hoy en día sobre todo militar, entonces nos enfrentamos a una alternativa inquietante: o bien la guerra se extiende por todas partes para posibilitar la rentabilidad económica de estas inversiones gigantescas, o bien la burbuja se desinfla con consecuencias inimaginables para el equilibrio económico y social del planeta.

Desactivación de la mente humana

Sea cual fuere el destino de las inversiones económicas en la tecnología de automatización de la inteligencia, esta no está destinada a no dejar huella: la destrucción es el principal ámbito de aplicación de la IA. La destrucción del medio ambiente para alimentar las infraestructuras técnicas y la destrucción militar de territorios enteros, de poblaciones enteras: estas son las huellas que la Inteligencia Artificial deja en la historia humana actual. Pero hay otro efecto que Doctorow pasa por alto: el cognitivo. El sistema militar no es el único usuario de la IA. El otro usuario es la mente del homo sapiens, que queda parcialmente desactivada: desde hace mucho tiempo, la tecnología digital y sus aplicaciones en red se han encargado de devastar la atención y de desactivar facultades como la capacidad de orientación en el espacio o la capacidad de socialización en presencia del cuerpo del otro. Pero la nueva rama tecnológica sustituye y desactiva la escritura que, al menos por lo que sabemos, es indisociable del pensamiento. El pensamiento es la víctima más ilustre de la incipiente mutación cognitiva, que sigue a la aplicación de los dispositivos de IA en los procesos de aprendizaje y comunicación. La capacidad lógico-crítica se delega en el autómata cognitivo y el homo sapiens queda progresivamente reducido a un mero apéndice del mismo: incapaz de concentrar la atención en un objeto durante más de unos pocos segundos, incapaz de escribir, incapaz de orientarse espacialmente, incapaz de pensar.

La historia de la tecnología siempre ha provocado mutaciones más o menos profundas en las formas de vida y también en las formas cognitivas del usuario humano. Pero ahora la mutación borra la autonomía cognitiva del ser humano, que en el Discorso sulla dignità dell’uomo (1496), Pico de Mirandola considera el rasgo distintivo de la dignidad humana. En el momento de la creación de Adán, Dios le concede una libertad, que implica la renuncia a la perfección: Adán renuncia a la perfección de la identidad entre el nombre y la cosa a cambio de la libertad de dar nombres a las cosas. Ahora Dios reclama lo que nos había concedido: la libertad del lenguaje humano. A cambio nos ofrece la (dudosa) perfección de la Inteligencia Artificial. La organización simbólica es ahora una posibilidad, que surge de la materia del litio y del silicio; por primera vez en la historia estamos construyendo una infraestructura en la que surge la capacidad de enunciación simbólica y de interpretación de símbolos. Surge la capacidad de construir y proyectar mundos simbólicos y esta capacidad ya no depende de la materia biológica. La computación y la materia física en la que esta se incorpora se convierten en agentes de simbolización y proyección del mundo. El organismo sensible ya no es el único emisor de mundos.

El androide (lo construido, lo artificial) y el humano (el nacido, lo orgánico) compiten ahora en el proceso de emanación de mundos. Pero el organismo tiene una doble desventaja frente al androide: es sensible, por lo cual sufre. Es consciente, por lo cual duda. El androide no sufre, no duda, no se cansa y no pierde el tiempo reflexionando. Es fácil imaginar quién vence.

La profecía de Marx, trastrocada

Es bien sabido que Marx formuló, en uno de sus escritos más visionarios, una profecía que, de manera perversa, se está cumpliendo a través de la automatización de la actividad cognitiva. En el «Fragmento sobre las máquinas», Marx observa que el conocimiento es un factor de aumento de la productividad y, al mismo tiempo, un factor de automatización y sustitución del trabajo humano. «El capital –decía Marx– trabaja en su propia disolución en cuanto forma dominante de la producción […]. Mediante este proceso [de automatización del trabajo por parte del conocimiento científico] la cantidad de trabajo necesario para la producción de un cierto objeto es reducida en realidad a un mínimo […] porque el capital aquí –de forma no intencionada– reduce a un mínimo el trabajo humano, el gasto de energía. Esto redundará en beneficio del trabajo emancipado y es una condición de su emancipación», (Líneas fundamentales de la crítica de la economía política (Grundrisse) [1857-1858], OME 22, Barcelona, 1978, pp. 85-87). Gracias a la aplicación de la inteligencia como factor de automatización, los seres humanos ya no tendrán que someter su tiempo a la producción para satisfacer las necesidades sociales, porque las máquinas inteligentes se encargarán de ello, mientras que los hombres y las mujeres serán por fin libres para cultivar sus placeres. Por desgracia, las cosas no han ido así.

Lo que Marx imaginaba (y nos permitía imaginar) es el comunismo: un gobierno colectivo sobre los poderes del saber y la técnica, el autogobierno de los trabajadores del conocimiento, orientado a su propio bien y al bien de todos. ¿Una utopía? No. Un proyecto totalmente razonable, que, sin embargo, ha fracasado

El curso de la historia ha trastrocado la perspectiva imaginada por Marx: el trabajo cognitivo (el general intellect) no ha sabido constituirse como potencia autónoma de modo que la historia de los últimos cincuenta años, a partir de la derrota de los movimientos igualitarios, ha acabado siendo la historia de la sumisión del trabajo cognitivo a la lógica automática del capital. Sometida a una lógica destructiva, la potencia de la inteligencia ha generado un mundo espectral: los seres humanos no se han emancipado del trabajo asalariado para dedicarse a sus placeres, sino que el trabajo asalariado ha subsumido la actividad cognitiva, mientras que cada vez hay menos necesidad de este, porque en algunos casos lo sustituye la máquina inteligente y, en la mayoría de los mismos, lo sustituye el trabajo esclavizado. Lo que Marx imaginaba (y nos permitía imaginar) es el comunismo: un gobierno colectivo sobre los poderes del saber y la técnica, el autogobierno de los trabajadores del conocimiento, orientado a su propio bien y al bien de todos. ¿Una utopía? No. Un proyecto totalmente razonable, que, sin embargo, ha fracasado.

El proyecto comunista –redistribución de la riqueza, reducción de la jornada laboral y primacía del interés social sobre el de la empresa– representaba la única posibilidad de evitar que se desataran las tendencias destructivas del capitalismo. La primacía del beneficio ha acelerado la devastación del medio ambiente y de la mente. A estas alturas, nadie puede evitar la eliminación de la raza humana. Pero, ¿realmente es algo de lo que debemos lamentarnos?

Continúa Marx en los Grundrisse: «El robo de tiempo de trabajo ajeno, sobre el que descansa la riqueza actual, se presenta como una base miserable frente a esta base recién desarrollada, creada por la misma gran industria. Tan pronto como el trabajo en forma inmediata ha dejado de ser la gran fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo deja y tiene que dejar de ser su medida y, en consecuencia, el valor de cambio tiene que dejar de ser la medida del valor de uso. […] El capital es la contradicción en movimiento, porque tiende a reducir el tiempo de trabajo a un mínimo, mientras que por otra parte pone al tiempo de trabajo como la única medida y fuente de la riqueza. […] La naturaleza no construye ninguna máquina, ni ninguna locomotora, ni ferrocarril, ni telégrafos eléctricos, ni hiladoras automáticas, etcétera. Son productos de la industria humana, materia natural transformada en órganos de la voluntad humana sobre la naturaleza o de su acción sobre la naturaleza. Son órganos del cerebro humano creados por la mano humana; son fuerza científica objetivada. El desarrollo del capital fijo indica hasta que grado el saber social general, el conocimiento, se ha convertido en fuerza productiva inmediata y, en consecuencia, las condiciones del proceso de vida social han pasado a estar bajo el control del intelecto general, y son remodeladas de acuerdo con este» (ibid., pp. 91-92). Esto ha ocurrido, pero a la inversa: el intelecto general, el general intellect, está sometido a la valorización del capital e impregnado del principio de la competencia y la guerra. Sin embargo, esto no significa que hayamos entrado por fin en el reino de la armonía computacional gestionada por un diseño maléfico coherente, porque no existe un diseño maléfico coherente, sino muchos, y además están en conflicto entre sí. El autómata computacional múltiple es función de la guerra.

El proyecto comunista –redistribución de la riqueza, reducción de la jornada laboral y primacía del interés social sobre el de la empresa– representaba la única posibilidad de evitar que se desataran las tendencias destructivas del capitalismo. La primacía del beneficio ha acelerado la devastación del medio ambiente y de la mente. A estas alturas, nadie puede evitar la eliminación de la raza humana. Pero, ¿realmente es algo de lo que debemos lamentarnos?

El amargo cáliz, apartado

«El pensamiento clásico distinguía el alma de la materia y la esencia del sujeto de los engranajes de la corporeidad. Por su parte, los marxistas oponían las superestructuras subjetivas a las relaciones de producción infraestructurales. ¿Cómo podemos hablar hoy de subjetividad sin reconocer que los contenidos de la subjetividad dependen cada vez más de una multitud de sistemas maquínicos?» (Félix Guattari, Cartographies schizoanalytiques, 1989, p. 9). Una subjetividad híbrida va surgiendo en el horizonte del siglo XXI: a mediados de este siglo, los seres humanos estarán en vías de desaparición, diezmados por las guerras, los cataclismos climáticos y, sobre todo, por la baja natalidad. El planeta estará habitado por una población híbrida compuesta por androides y modificados: los androides, conectados al autómata, serán capaces de reproducirse, de perfeccionar el cerebro sintético y de aumentar su eficiencia orientada a tareas específicas. Los modificados, que ya hoy constituyen la mayoría entre los nacidos en el nuevo siglo, son organismos carnales de origen humano formateados a  desde el punto de vista cognitivo de acuerdo con las reglas de funcionamiento del autómata: a mediados de siglo, dada la progresiva desaparición de la natalidad, predominarán los ancianos supervivientes gracias a prótesis destinadas a sustituir casi todo lo que en su día fue carne y una minoría cada vez más reducida de jóvenes, que se comunican en silencio gracias a las correspondientes prótesis cerebrales, lo cuales se liberarán progresivamente de la imperfección de la sensibilidad, que afligió a los humanos durante cien mil años. Este exiguo número de jóvenes modificados habrán cerrado el paso al sufrimiento físico y, sobre todo, al dolor psíquico generado por la empatía. Una vez sustituido el cuerpo sensible por la función matemática habremos, las correspondientes, alejado el amargo cáliz, que debíamos beber cuando éramos humanos.


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Artículo aparecido originalmente en Il disertore y publicado con permiso expreso del autor.