El proyecto cortoplacista de las derechas latinoamericanas

Álvaro García Linera sostiene que Latinoamérica enfrenta una ola de extrema derecha autoritaria que, a diferencia del neoliberalismo de la década de 1980, no promete bienestar ni paz de mercado, sino una «guerra santa» apocalíptica contra el igualitarismo y los derechos sociales. Económicamente, estos gobiernos aplican un neoliberalismo anacrónico basado en recortes e ilusión de inversión extranjera, mientras el mundo avanza hacia el proteccionismo. Sin embargo, pese al estancamiento económico, conservan apoyo político (20-40 por 100) mediante la crueldad, el revanchismo y el resentimiento social como canal de expiación. Linera concluye que la izquierda debe responder con un proyecto audaz de producción y justicia social, más allá de la simple administración de la crisis

Nayib Bukele durante el evento El Salvador Renace. Por Casa Presidencial El Salvador. Agosto de 2026. 
Nayib Bukele durante el evento El Salvador Renace. Por Casa Presidencial El Salvador. Agosto de 2026. 

Una ola reaccionaria avanza por todo el continente latinoamericano. Con excepción de México, Brasil -las dos potencias de la región-, Uruguay y Guatemala, el resto de los países (Argentina, Chile, Colombia, Bolivia, Perú, Chile, Ecuador, Paraguay, El Salvador, Honduras, Panamá, etcétera) han elegido gobiernos de extrema derecha autoritaria. Lo han hecho en segunda vuelta electoral y por una estrecha mayoría, pero son gobierno y expresan un estado de ánimo de resentimiento y agresividad política antiigualitaria de una parte de la población.  

No estamos ante la tradicional derecha liberal o “republicana” que caracterizó al neoliberalismo triunfante en la década de 1980. Entonces, se sentía abanderada de un destino universal y final de la humanidad en torno al libre mercado, la globalización, el multiculturalismo y el Estado mínimo.

La extrema derecha actual no promete un destino de paz mundial basada en los mercados, sino una apocalíptica depuración de los impíos que se oponen a las jerarquías “naturales” del patrón sobre el asalariado, del hombre sobre la mujer, de la piel “blanca” sobre el resto, y de los ricos sobre los pobres. Más que una utopía, lo que enarbola es una “guerra santa” contra el comunismo, contra los migrantes, contra los derechos y los bienes públicos. Para la extrema derecha no hay un paraíso al cual alcanzar, sino las brasas de un Armagedón en el cual purificar las desviaciones de una humanidad corrompida por las aspiraciones de igualdad

Si antes, las derechas confiaban en la superioridad de sus creencias y establecían un camino mediante el cual toda la humanidad habría de alcanzar la meta compartida -el llamado “fin de la historia”- las actuales derechas consideran que ya no hay conversión posible de los apóstatas. Por eso hay que levantar muros para que los migrantes no “invadan” sus países -como en la frontera México-Estados Unidos-; hay que “exterminar civilizaciones” como en Gaza o Irán; y los que puedan solventar el gasto, convertirse en “especie multiplanetaria” colonizando Marte, como propone Elon Musk. Están convencidos de que en el mundo ya no hay suficiente espacio, ni suficiente agua, ni suficiente combustible, ni suficiente riqueza, ni suficiente medio ambiente como para compartir entre todos los seres humanos y, que, por tanto, todos esos bienes deben ser concentrados y preservados para usufructo de unos pocos, los “ganadores”; arrojando al resto de los perdedores a los fuegos infernales. 

Esta extrema derecha fanática creció a inicios del siglo XXI a medida que el neoliberalismo regional entró en crisis y la sociedad abrazó un malestar generalizado. Se fortaleció entre las clases medias resentidas allí donde las izquierdas alcanzaron el gobierno e impulsaron procesos de igualación y movilidad social ascendente de las clases populares. Y se convirtió en gobierno allí donde las gestiones progresistas defraudaron las expectativas de bienestar de las clases menesterosas.
Sin embargo, a diferencia de lo que sucedió en ciclos anteriores del ascenso de las extremas derechas en Latinoamérica, los cuales duraron treinta años, las actuales cabalgan un proyecto societal mutilado y cortoplacista que, en lo económico, va a contracorriente de las tendencias emergentes en el mundo. 

En las décadas de 1940 y 1950,los progresismos continentales impulsaron procesos de industrialización, nacionalización de recursos naturales y ampliación de derechos, en correspondencia con la expansión del Estado de bienestar y el protagonismo estatal en la economía de los países más influyentes de la economía global. La etapa militar autoritaria que se vivió en la fase tardía de este ciclo, se apoyó en el resentimiento de las clases medias igualadas por el ascenso plebeyo, pero no modificó en lo sustancial el modelo de crecimiento asentado en el mercado interno y el desarrollismo. 

El ascenso de las derechas neoliberales continentales a fines de los las décadas de 1970 y 1980, vino de la mano de la ola expansiva del globalismo neoliberal que se extendía por todo el mundo, acaudillados por Reagan y Thatcher. Con poca creatividad y abundante mediocridad, las derechas regionales hicieron “copy paste” del manual de neoliberalismo que emanaba del Banco Mundial y el FMI

En cambio, hoy, la situación es muy distinta.

Mientras las grandes potencias que jalan la economía mundial, como Estados Unidos, China y la Unión Europea, levantan aranceles en contra del libre comercio, impulsan políticas industriales para crear mercados desde el Estado, se vuelven proteccionistas, convierten a sus Estados en accionistas de empresas estratégicas y se trazan metas de soberanía energética o tecnológica, en lugar del arrodillarse ante las “ventajas comparativas”; en el continente, las extremas derechas gubernamentales se aferran anacrónicamente a las añoranzas de un extinto globalismo de libre mercado.

Paradójicamente, la única defensora acérrima del “libre mercado” es la “comunista” China, cuyo Estado controla entre el 20 y el 40 por 100 del PIB. En cambio, las extremas derechas vociferan “abrirse al mundo”, cuando el mundo está levantando barreras arancelarias para proteger lo poco que les queda de industrias ante la apabullante productividad de las empresas chinas. Han impuesto una brutal austeridad fiscal a la espera de que la inversión extranjera directa (IED) llegue a raudales y sea el gran motor del crecimiento económico expansivo a todas las actividades. 

Pero el mundo del 2026 no es el de 1995 cuando la IED tuvo un ascenso mundial espectacular y los países en desarrollo ofrecían una tasa de ganancia elevada gracias a la privatización de empresas públicas y sus mercados cautivos. 

Hoy, ya no hay grandes empresas que privatizar y, lo peor, la IED como el gran dinamizador de las economías del mundo se ha retraído. De alcanzar niveles de entre el 4 y 5 por 100 respecto al PIB mundial en la década de 1990 e inicios de la de 2000, desde la crisis del 2008, ha ido reduciendo su importancia y hoy, apenas bordea el 1 por 100 del PIB. Por supuesto que sigue circulando inversión extranjera en el mundo y, en el continente -principalmente hacia México y Brasil, actuales baluartes progresistas-; pero ahora, en porcentajes del PIB, apenas llega a la cuarta parte de lo de antes. Y, encima, es más selectiva: manufactura en aquellos países que tienen grandes mercados asegurados (Brasil, México) y, para el resto fundamentalmente materias primas y energía. En tiempos de crisis, el capital prefiere refugiarse en los bonos del Tesoro de Estados Unidos que ofrecen tasas del 4,8 por 100 de interés a diez años, o en las megainversiones en Inteligencia Artificial del mismo país.     

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     Fuente: Banco Mundial, 2026, IDE_Linera

En Argentina, la IED llego a representar hasta el 8,5 por 100 del PIB en 1999. Entre 2005 y 2015 se movió en las bandas del 2 al 3 por 100 del PIB. Con el gobierno “libertario” ha caído al 1,8 por 100 en 2024 y al 0,5 en 2025. El Banco Mundial calcula que en 2026 se acercara al 1 por 100.  Los sectores a los que se dirige esta inversión son hidrocarburos, minería y, en menor medida en finanzas. Ecuador va por el mismo camino: a fines del siglo XX, la IED llegó al 3 por 100 del PIB; en 2023 y 2024, cayó al 0,5; y en 2025, apenas se acercó al 1 por 100. En Perú, en la década de1990 y entre 2005 y 2015, la IED fluctuó entre el 4 y el 7 por 100 del PIB. En los últimos años se mueve entre el 1y el 3 por 100. 

En estos y otros casos, la IED ha perdido la importancia que desempeñó para el crecimiento y la estabilidad económicas. Además, es una inversión de enclave, dirigida a la extracción de materias primas y cuyas ganancias son externalizadas a los países de origen, lo que impide una irradiación dinamizadora en el resto de la economía. Es una situación muy parecida a la economía de enclave colonial del siglo XVI: por un lado, núcleos de alta inversión, alta rentabilidad, baja contratación de mano de obra y baja retención nacional del excedente, y por otro, un mar de actividades manufactureras y de servicios de baja productividad, bajos salarios y alta contratación de fuerza laboral. 

Este panorama deprimente se repite también con la inversión pública y privada nacional en aquellos países gobernados por la extrema derecha. En los años del neoliberalismo globalista (entre 1990 y 2000), la inversión total en esos países se movió entre el 21 y el 24 por 1oo en relación al PIB. Desde 2015 hasta 2025, la inversión fluctuó entre el 18 y el 19 por 100. (CEPAL, 2026). Argentina, en los últimos tres años, tiene una tasa de inversión del 15 al 16 por 100 del PIB (INDEC, 2026). Ecuador, del 18 por 100 del PIB, etcétera. 

Comparativamente, los países de reciente industrialización y elevado crecimiento económico, como los que conforman la ASEAN, tienen tasas de inversión que bordean el 30 por 100 del PIB. 

En conjunto, con los gobiernos de derecha extrema, la inversión pública y privada -en porcentaje del PIB- que es el gran dinamizador del crecimiento y la generación de riqueza, se ha retraído en comparación con los dos momentos de expansión económica (1990-2000 y 2005-2015). 

Los “ajustes” al gasto público, la reducción de impuestos a los ricos y la privatización de áreas periféricas que aún estaban en manos estatales, no representan ninguna inyección fresca de capital a la economía. Son solo modos de extractivismo depredador de recursos públicos para depositarlos en manos privadas acostumbradas al rentismo. El resultado es una economía estructuralmente estancada, de elevada precariedad que no genera un proceso estratégico de bienestar nacional expansivo y que, por tanto, es proclive a incubar continuamente intensos ciclos de malestar social

A diferencia de lo que la extrema derecha estadounidense o europea busca impulsar con ese neoestatismo productivista de largo aliento, las extremas derechas latinoamericanas se han empantanado en un enmohecido neoliberalismo globalista de porvenir decapitado que tiende a convertir a los países en protectorados coloniales de las grandes potencias poseedoras de proyectos históricos.

Ahora, si es que la extrema derecha no enarbola un proyecto económico con el cual capturar de manera verosímil la esperanza social, ¿por qué es que pese a su prematuro fracaso económico mantiene una base social de apoyo político considerable que varía entre el 20 y el 40 por 100 del electorado? 

Ciertamente las decepciones previas que las izquierdas y el progresismo han engendrado al no poder remontar la crisis económica (inflación, desabastecimiento, recesión), contribuyen a la vigencia de las derechas. Pero no es suficiente. Para explicar sus índices de apoyo hay que entender que las extremas derechas han surgido blandiendo dos espadas: por un lado, la de poner fin a alguno de los aspectos más relevantes de la crisis económica; y, por otro, la de resarcir moralmente a los agraviados por la crisis. 

La primera espada se está desmoronando rápida e irreversiblemente; pero la segunda es agitada con flamígera destreza. El odio revanchista convertido en política de Estado contra los derechos, los migrantes, los “zurdos”, los comunistas, los kirchneristas, los indios, las feministas o cualquier atisbo de igualitarismo social, desempeña el papel de una expiación colectiva que diluye el extravío de un futuro de bienestar. Si no hay porvenir venturoso, por lo menos que haya el placer de la crueldad ejercitada en contra de los que se consideran irreductiblemente diferentes.

Esta perversión moral de la esperanza rasga el tejido social y, aunque tenga también una duración efímera, sus consecuencias en la cohesión colectiva serán duraderas. La forma de combatirla no es solo mediante una furia invertida. Aunque en tiempos de crisis sea necesaria una personificación de los culpables de las ofensas sociales- solo que en este caso focalizada en una diminuta minoría de poderosos-, lo que se requiere, ante todo, es una audaz restitución de una esperanza plausible en torno a un proyecto productivista y de justicia social capaz de remover los cimientos de las viejas estructuras económicas y mentales envilecidas. Porque, para que la izquierda pueda volver a tener una oportunidad de conducción de la nación, no deberá hacerlo pretendiendo simplemente administrar las condiciones del estancamiento y el desastre.