De la revuelta antirracista a la irrupción municipal en Francia. El desafío de los contrapoderes
Las últimas elecciones municipales francesas mostraron el surgimiento de formas de contrapoder territorial construidas en los barrios populares, entre los segmentos más jóvenes y racializados de la sociedad. A partir de estos resultados, el grupo dinamizador de Progetto Commoning (Andrea di Gesù, Davide Gallo Lassere, Francesco Brancaccio, Matteo Polleri) reflexiona sobre la trayectoria de La France Insoumise, que se ha tornado cada vez más en un partido paraguas de las luchas sociales.
Saint-Denis, Ile-de-France, marzo de 2026. Al anunciarse la victoria en la primera vuelta de Bally Bagayoko, candidato a la alcaldía del movimiento La France Insoumise, apoyado también por el Partido Comunista, una numerosa multitud, reunida en el vestíbulo del ayuntamiento, estalla en gritos de alegría. Resuenan los coros más populares de las manifestaciones de los últimos años: Siamo tutti antifascisti (en italiano) y, sobre todo, Nous sommes tous des enfants de Gaza ("Somos todxs niñxs de Gaza"). No muy lejos de allí, en el municipio de La Courneuve, el recién elegido Ali Diouara y sus compañeros hacen lo mismo. Escenas similares acompañan la victoria de candidatos insoumis en otros municipios populares de la periferia metropolitana y en algunas ciudades marcadas por la desindustrialización: en Roubaix, en la frontera con Bélgica; en Creil, al norte de París; en Vénissieux, Vaulx-en-Velin y Saint-Fons, en el cinturón urbano y periurbano de Lyon.
Al día siguiente
La reacción no se hace esperar: al día siguiente, durante una entrevista en televisión, un periodista, escandalizado, presiona a Bagayoko: "¿No le parece curioso corear cánticos de este tipo después de una victoria en las elecciones municipales?". El nuevo alcalde se muestra sorprendido: "¿Curioso? Eso significa no entender nada de la situación actual. Con el genocidio en curso en Gaza, hay un termómetro diferente en territorios como Saint-Denis". Porque "se trata de hombres y mujeres descendientes de la inmigración, que se identifican con la situación de Palestina; pero no solo con ella, sino también con la del Congo y de muchos otros países". "Saint-Denis -concluye- ha sido siempre un territorio de resistencia contra el imperialismo y el neocolonialismo".
Las tendencias más recientes del largo ciclo de luchas de clases francesas de los últimos años están recogidas en esta secuencia de imágenes. En primer lugar, la extensión del enfrentamiento político al ámbito institucional. De hecho, sería simplista interpretar la conquista por parte de La France Insoumise de sus primeros ayuntamientos como un mero éxito electoral.
Fruto de una amplia movilización de las clases populares, capaz de involucrar a los franceses de segunda y tercera generación, estas victorias son el síntoma de la tensión, potencialmente explosiva, entre la "constitución material" y la "constitución formal" de la Quinta República, entre la composición social que vive y produce sus territorios y las formas político-institucionales que supuestamente la representan.
No es secundario, en este sentido, que el epicentro de este proceso político se encuentre en Seine-Saint Denis: el departamento más joven de la Francia metropolitana, en el que alrededor del 35 por cien de la población tiene menos de veinticinco años. Pero también el departamento con el mayor porcentaje de población inmigrante. En sus municipios se concentran algunas de las genealogías poscoloniales más importantes de la Francia contemporánea, pero también altas tasas de pobreza y desempleo y una parte importante de la mano de obra del sector terciario -de los transportes, el comercio, la logística, pero también de los servicios asistenciales- que garantiza a diario el funcionamiento del trabajo esencial de la metrópolis parisina.
Si la participación en las elecciones municipales de sectores de la población en los que la afluencia es tradicionalmente baja constituye en sí misma una tendencia contraria al sesgo autoritario de la república presidencialista, por encima de todo esboza una nueva y más avanzada forma de lucha.
Desde el levantamiento de los Chalecos Amarillos hasta el movimiento de la Palestina Global, pasando por la insurrección de las banlieues tras el asesinato policial de Nahel Marzouk en el municipio de Nanterre, vemos afirmarse una nueva configuración territorial del contrapoder que, ahora, se expresa en las urnas. Lejos de constituir acontecimientos aislados, estas oleadas deben leerse como etapas sucesivas de un proceso de subjetivación política que ha afectado sobre todo a toda una generación de franceses racializados, racisés, de los que los alcaldes insoumis constituyen una primera sedimentación.
En consonancia con esta configuración territorial de las luchas, las elecciones de marzo trazan la silueta de una nueva estrategia municipalista -o "comunalista", para utilizar la fórmula preferida en Francia, que se hace eco de la Comuna de París - que podríamos definir provisionalmente como la construcción de puestos de avanzada tanto defensivos como ofensivos contra el avance fascista, el giro autoritario del Estado y el racismo estructural de la République. Muchas afinidades, al margen de las diferencias, parecen vincular estas experiencias con la victoria de Zohran Mamdani -candidato del DSA (Democratic Socialists of America), apoyado por los sindicatos autónomos de inquilinos y por el movimiento por Palestina- en la ciudad de Nueva York. Analogías que quizás trazan la silueta de una nueva ola internacional de neomunicipalismos en la que la composición social inmigrante y la lucha contra la violencia neocolonial cobran un papel central.
Una nueva etapa "comunalista"
Estos nuevos experimentos parecen marcar una desviación con respecto al último gran periodo municipalista, representado por las experiencias españolas e italianas de principios de la década de 2010. Si, en efecto, ese municipalismo designaba ante todo el intento de "ocupar las instituciones locales" -para retomar la fórmula que hizo famosa Barcelona en Comú- de utilizarlas como palanca para iniciar un proceso de reformas radicales, el comunalismo introduce una exigencia adicional: mantener abierto el campo de tensión entre el gobierno municipal y su "exterior", es decir, las asambleas, las asociaciones, los colectivos y los contrapoderes territoriales capaces de controlar su trabajo, criticarlo, impulsarlo y radicalizarlo.
Esto no solo se materializa en la conquista de los ayuntamientos, sino también en la construcción de instituciones permeables a los conflictos sociales y en hacer de las ciudades puntos de apoyo para una dinámica política que vaya más allá de ellas. Será la reflexión sobre estas diferencias, y sobre las virtudes y los límites del autogobierno de ciudades como Nápoles y Barcelona, lo que permitirá identificar los ejes programáticos en torno a los cuales construir luchas capaces de extender el proceso y radicalizar el bloqueo de los desalojos de viviendas, el acceso a la vivienda y a los servicios públicos, la desmilitarización de los territorios (empezando por el desarme de la policía municipal, como se anunció en Saint-Denis), la ecología social y popular, el antirracismo político y el internacionalismo.
Esta experiencia en ciernes añade un capítulo sustancialmente nuevo al largo ciclo de luchas francesas de los últimos diez años, constituyendo más concretamente una evolución de la forma en que se ha articulado en ellas la relación entre movimientos y partido.
No se trata solo de reconocer una dialéctica virtuosa entre La France Insoumise y las diversas almas del movimiento francés, sino de entender esta relación como una articulación expansiva entre las luchas y la plataforma electoral. Articulación, antes que dialéctica, porque LFI no se ha relacionado con los movimientos con una lógica hegemónica; no ha actuado según el principio de cooptación de sus portavoces; ni se ha contentado con asegurar una traducción del movimiento en consenso. Se trata más bien de un mecanismo circular de resonancia, en el que la referencia política amplifica la fuerza de las luchas, sin menoscabar por ello su autonomía.
El elemento novedoso del incipiente municipalismo insoumis radica en el hecho de que constituye una primera materialización de un ecosistema transformador -compuesto por movimientos, colectivos, asociaciones, bases sindicales, pero también por instituciones culturales, seminarios de investigación militante, cursos de educación popular y grupos de lectura- en el que el partido ejerce una función de "liderazgo provisional" (cf. Rodrigo Nunes, Ni vertical ni horizontal: una teoría de la organización política, Alegre, Roma, 2025). Por otra parte, muchos de los nuevos alcaldes insoumis proceden de un rico tejido de asociaciones y colectivos de democracia participativa, como On s'en mêle [Nos metemos]. Las victorias insoumises en las elecciones municipales dan fe de su arraigo y constituyen, al mismo tiempo, un salto cualitativo que impone nuevos equilibrios de (contra)poder territorial, en parte herederos de las ocupaciones de las rotondas por parte de los movimientos de los Chalecos Amarillos y de su densa red de asambleas locales. Equilibrios cuyo potencial habrá que explorar en su totalidad.
Desde este punto de vista, la trayectoria insumisa tiende a distinguirse cada vez más de la que conoció Podemos en España. La comparación requiere cautela, ya que las coyunturas nacionales, las estructuras institucionales y las temporalidades no son superponibles. Sin embargo, hay una diferencia que parece relevante. En el marco abierto de las luchas de los indignados de 2011, Podemos intentó construir un partido-movimiento: una forma organizativa capaz de trasladar la fuerza de las plazas ocupadas del 15M al terreno institucional, manteniendo abierta una relación con los movimientos de los que había surgido. Sin embargo, la progresiva integración en la lógica de la competición electoral y del gobierno, acompañada de una creciente centralización y de conflictos internos particularmente destructivos, han debilitado esa ambición inicial.
La France insoumise parece moverse según una trayectoria en parte diferente. Más que configurarse como un partido-movimiento, tiende a delinear la forma anfibia -y ciertamente contradictoria, pero ¿quizás por eso dinámica y eficaz?- de un movimiento-partido.
No se trata sin más de una organización que representa las movilizaciones sociales, sino de una forma política híbrida que intenta proteger bajo su paraguas -"parti-parapluie" (partido paraguas) es uno de los conceptos utilizados para describir su estructura- y combinar una pluralidad de campañas, luchas territoriales, colectivos, asociaciones y sujetos políticos dentro de un dispositivo común, capaz también de intervenir en el terreno electoral e institucional.
Esta hipótesis no elimina las evidentes contradicciones de la forma insoumise, entre las cuales la más importante sigue siendo la ambivalencia entre una estructura de partido descentralizada y una plataforma para las luchas y demandas que provienen de los territorios, y una clase dirigente fuertemente centralizada en torno a la figura carismática de Jean-Luc Mélenchon. Tampoco puede suplir por completo la necesidad de un movimiento social amplio y constituyente que apoye, acompañe y contribuya a radicalizar la campaña presidencial insumisa, por ejemplo, sobre los efectos de la guerra en términos de encarecimiento de la vida y empobrecimiento, precisamente en los meses centrales de la campaña electoral. Sin embargo, permite afrontar el reto que las recientes elecciones municipales han hecho más visible: la posibilidad de que el partido no se limite a captar electoralmente la fuerza de las luchas territoriales, sino que sea utilizado por estas como instrumento táctico para construir nuevas formas de contrapoder institucional. Un reto decisivo para impedir la llegada de la extrema derecha al Elíseo y activar el proceso constituyente -mestizo y popular- de la "Nueva Francia".
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Este artículo se publicó originalmente en Dinamo Press.