¡Liberales nostálgicos de todos los países, uníos!

El liberalismo como gramática primigenia de la modernidad política pasa en estos momentos por una severa cura de impostura y alucinación, por no decir de realismo y descuartizamiento epistémico, cuando los valores liberales europeos celebran que los ucranianos mueran felices por ellos en el campo de batalla y las clases dirigentes liberales europeas coparticipan orgullosas en la perpetración de un genocidio y en la comisión de crímenes contra la humanidad en Palestina, Líbano e Irán sin que los inconmovibles fundamentos liberales y la soberbia postulación del fin de la historia experimenten escalofrío alguno ante tanta imbecilidad, inmoralidad, brutalidad y crueldad genuinamente liberales

El 26 de abril de 2016 las tropas israelíes escoltan a colonos judíos durante una visita a la ciudad cisjordana de Hebrón con motivo de la festividad de la Pascua judía para que estos puedan disfrutar de sus derechos individuales garantizados por el Estado liberal de Israel - Wisam Hashlamoun / APA Images.
El 26 de abril de 2016 las tropas israelíes escoltan a colonos judíos durante una visita a la ciudad cisjordana de Hebrón con motivo de la festividad de la Pascua judía para que estos puedan disfrutar de sus derechos individuales garantizados por el Estado liberal de Israel - Wisam Hashlamoun / APA Images.

La reciente obra de Adrian Wooldridge, Centrists of the World Unite!: The Lost Genius of Liberalism (2026), no solo se hace eco del Manifiesto comunista en su lenguaje, sino que también refleja su arquitectura en su estructura básica. La exhortación de Marx y Engels a los trabajadores de todo el mundo no era una simple advertencia normativa aislada, sino que apelaba a un argumento histórico, dotado de fundamento teórico, en lo relativo al papel que ha desempeñado el conflicto de clases en la creación de la sociedad moderna (es decir, la sociedad de la Europa occidental de mediados del siglo XIX), en lo referido a la forma que adopta dicho conflicto (capitalistas contra proletariado) en esos momentos y en lo que atañe a la posibilidad de hacer que la sociedad sea más libre y productiva mediante la socialización total de la producción. Gran parte del libro de Wooldridge se dedica igualmente a tejer un análisis histórico destinado a respaldar su tesis de que el liberalismo creó el mundo moderno, el cual se encuentra ahora amenazado. En lugar de hacer un llamamiento a los trabajadores («¡Proletarios de todos los países, uníos!») para crear algo nuevo, abierto e impredecible, como hace el Manifiesto comunista, Wooldridge lanza una apelación nostálgica a los «centristas» para que se unan en torno al liberalismo, que hizo del mundo moderno un lugar tan maravilloso para vivir.

El 9 de abril de 2026 la familia de Mohammed Wishah llora ante el cadáver del corresponsal de Al Jazeera en su domicilio del campo de refugiados de Al-Bureij, en el centro de la Franja de Gaza, tras su muerte como consecuencia del ataque perpetrado por drones israelíes contra su coche con la connivencia de las potencias liberales occidentales - Doaa Albaz / ActiveStills.
El 9 de abril de 2026 la familia de Mohammed Wishah llora ante el cadáver del corresponsal de Al Jazeera en su domicilio del campo de refugiados de Al-Bureij, en el centro de la Franja de Gaza, tras su muerte como consecuencia del ataque perpetrado por drones israelíes contra su coche con la connivencia de las potencias liberales occidentales - Doaa Albaz / ActiveStills.

Wooldridge, durante muchos años redactor de The Economist, es muy consciente de que el «liberalismo» es una constelación de puntos de vista, que ha cambiado a lo largo de la historia y que, en diversos momentos, ha sido una corriente dotada de una gran amplitud. No obstante, cree que es posible discernir un núcleo de «valores liberales eternos»; la histórica, en su opinión, es una cuestión de adiciones cambiantes a este acervo central de creencias. Wooldridge utiliza dos formas ligeramente diferentes de especificar en qué consiste este núcleo. A veces se afirma que este se encuentra concentrado en el postulado siguiente: «Debe valorarse al individuo: deben protegerse sus derechos y preservar su autonomía». Esta afirmación general, por supuesto, carece casi por completo de sentido hasta que se especifiquen qué derechos concretos deben defenderse, no existiendo nada parecido a un consenso universal al respecto. ¿Tiene el individuo derecho a un empleo satisfactorio (en qué sentido «debe comprenderse esa satisfacción» y en qué condiciones debe realizarse la prestación laboral)? ¿Tiene el individuo derecho a la asistencia sanitaria? ¿Tiene el individuo derecho a vivir en un entorno sin contaminación?

Resulta en realidad inesperado que Wooldridge considere la «autonomía» como un valor eterno del liberalismo, ya que una corriente del pensamiento liberal, particularmente influyente en Gran Bretaña, niega específicamente este postulado, afirmando en cambio que a los liberales les interesa la «libertad negativa», es decir, la no obstrucción de la acción, y no la autonomía. La distinción radica en que una reclusa sufre una restricción de su libertad negativa, porque se le impide salir de la prisión, pero su autonomía –su capacidad para decidir cómo actuar– podría permanecer intacta. Puede decidir hacer lo que quiera, incluso caminar hasta Land’s End (Cornualles), pero sencillamente no puede llevar a cabo esa decisión. Más de cien años de debates sobre estos dos conceptos –la autonomía y la libertad negativa– han dado lugar a algo parecido a un consenso en el sentido de que ninguno de ellos, por sí solo, no es ni remotamente adecuado para servir de guía a la acción humana en un mundo complejo.

Si Wooldridge desea permanecer dentro de los límites del pensamiento liberal y no convertirse en marxista, no puede recurrir a la estrategia obvia, esto es, afirmar que el valor básico del liberalismo es la autonomía más el poder de ejecutar lo que uno ha decidido, que es exactamente la posición que Marx expone y defiende en la Parte III de La ideología alemana, así como en escritos posteriores. Cuando el análisis de Wooldridge se vuelve más concreto, parece especificar los «valores eternos» del liberalismo de una segunda manera ligeramente diferente de la primera, sugiriendo que la esencia del liberalismo son los mercados libres y el gobierno limitado, es decir, la existencia de sólidas restricciones a la intervención política, pero la ausencia de límites respecto la actividad económica, especialmente en lo referido a cuánto pueden acumular los individuos y a cómo estos deben invertir sus recursos.

El 4 de abril de 2016 diversas personas palestinas inspeccionan los escombros de una vivienda demolida por las fuerzas liberales israelíes en la localidad de Qabatiya, cerca de la ciudad cisjordana de Jenin. Las tropas terroristas  y genocidas israelíes arrasaron las viviendas pertenecientes a las familias de tres jóvenes, que habían abatidos a tiros en febrero de ese mismo año durante un ataque armado en Jerusalén en el que también murió un agente de la Policía de Fronteras israelí - Nedal Eshtayah, APA Images.
El 4 de abril de 2016 diversas personas palestinas inspeccionan los escombros de una vivienda demolida por las fuerzas liberales israelíes en la localidad de Qabatiya, cerca de la ciudad cisjordana de Jenin. Las tropas terroristas y genocidas israelíes arrasaron las viviendas pertenecientes a las familias de tres jóvenes, que habían abatidos a tiros en febrero de ese mismo año durante un ataque armado en Jerusalén en el que también murió un agente de la Policía de Fronteras israelí - Nedal Eshtayah, APA Images.

El libro parece, a primera vista, proponer una tesis interesante, es decir, una tesis que, aunque no sea completamente cierta, es al menos lo suficientemente sustanciosa como para ser esclarecedoramente falsa. «El liberalismo creó el mundo moderno» no significa, por supuesto, que el liberalismo sea responsable de artefactos tan innegables del mundo «moderno» (es decir, posterior a 1800) como los imperios coloniales de los siglos XIX y XX o el éxito económico del país más poblado del mundo (China), ni sea el artífice del sistema político del país geográficamente más extenso (Rusia), ni del hecho de que la República Islámica de Irán resulte ser un adversario militar resiliente para Estados Unidos e Israel, ni el causante de la enorme y creciente desigualdad económica, que es una característica tan llamativa de nuestra situación actual en las sociedades occidentales.

Resulta que existe una diferencia entre «el mundo moderno» y la «modernidad» y no todas las características de uno son características de la otra. China, por lo tanto, es presumiblemente una característica fundamental del mundo moderno, pero no un ejemplo de la «modernidad» (en el sentido apropiado). En realidad, la «modernidad» designa aquellos aspectos del mundo moderno que los liberales aprueban. Así pues, «el liberalismo creó el mundo moderno» acaba significando que «el liberalismo creó aquellas características del mundo moderno que los liberales aprueban». Se podría pensar que esta afirmación es cierta en determinado sentido, pero que a la postre no resulta realmente muy interesante. Sin embargo, ni siquiera esto es así, porque se dice que el liberalismo creó el mundo (propiamente) moderno al derrotar al fascismo en Europa en las décadas de 1930 y 1940 (véase la segunda parte del libro de Wooldridge, titulada «Cómo el liberalismo salvó el mundo»). Esto da a entender que los Two Treatises of Government de Locke fue un factor más importante en la derrota de las potencias del Eje que el Ejército Rojo.

En opinión de Wooldridge, el mundo de la modernidad feliz se ve hoy amenazado desde diversas direcciones. Cita a algunos de los sospechosos habituales: el auge de los «hombres fuertes», los movimientos populistas, el fanatismo religioso, la política identitaria de izquierda, pero en cierto momento parece perder el control de su propio argumento y acaba incluyendo la resistencia a la opresión extranjera como una amenaza para el liberalismo. Así pues, parece pensar que es antiliberal que un político chino diga: «Cualquier potencia extranjera que intente intimidarnos, oprimirnos y esclavizarnos [será] golpeada y pagará sangrientamente, cuando choque contra la gran muralla de acero forjada por 1400 millones de chinos con su propia carne y su propia sangre». Considerar esto una amenaza para el liberalismo es extraordinario. ¿Se da a entender que un régimen genuinamente liberal no se resistiría a una potencia extranjera, que intentara intimidar, oprimir y esclavizar a su población? ¿Qué tipo de régimen no se resistiría? ¿O se trata simplemente de un prejuicio contra China? ¿Afirma el liberalismo que las deficiencias del sistema político chino otorgan a las potencias extranjeras el derecho a intimidar a los chinos y que el pueblo chino no debería resistirse a ello? Desafortunadamente, este tipo de errores en la disciplina argumentativa es una característica recurrente del libro.

Wooldridge cree que los liberales tienen «un mundo que ganar» (tomando de nuevo una frase del Manifiesto comunista), pero solo si son capaces de responder a las amenazas a las que se enfrentan «deshaciéndose del reciente gusto del liberalismo por el extremismo» (ejemplos de lo cual son «la legalización de las drogas independientemente de la lógica de la adicción» y «los derechos de los hombres biológicos, que se identifican como mujeres a entrar en los vestuarios y las prisiones de mujeres»). Los centristas deberían aglutinarse en torno a un liberalismo regenerado, adaptado a la situación mundial actual, y perseguir la moderación en la política y el camino intermedio, tal y como la defendía Erasmo. El liberalismo regenerado que defiende Wooldridge parece reducirse a poco más que una exigencia de que reconozcamos la importancia y el valor de la excelencia, de la autoridad («correctamente concebida») y del carácter y de que intentemos «remoralizar a las clases dominantes», al tiempo que, por lo demás, dejamos evidentemente nuestras instituciones políticas, sociales y económicas tal y como están.

Es difícil ver cómo el liberalismo puede ofrecer una solución a los problemas más acuciantes a los que nos enfrentamos. ¿Vamos a acabar con el racismo y el neocolonialismo simplemente haciendo que los mercados sean «más libres» y limitando la intervención gubernamental (aunque sea con «moderación»)? Buena suerte con la tarea. En el caso de la mayoría de los problemas a los que se enfrenta la humanidad, las propuestas políticas «liberales» no solo son irrelevantes, sino peligrosas, porque es prácticamente seguro que agravarán el respectivo problema en cuestión. Cabe esperar con toda seguridad que las políticas basadas en el libre mercado y en un gobierno limitado aumentarán la concentración de la riqueza y del poder mundiales en manos de unos pocos individuos y corporaciones, incrementarán la pobreza masiva y agravarán las crisis ecológicas articuladas, que amenazan con hacer inhabitable nuestro planeta.

Que este intento concreto de presentar una estructura intelectual coherente para comprender y actuar en el mundo moderno fracase por completo no es muy importante. Pero sí es significativo que sigan escribiéndose y debatiéndose en serio esas «defensas» del liberalismo condenadas al fracaso. Marx y Engels denominaron el comunismo un «fantasma que acecha a Europa», expresión que siempre me ha parecido una metáfora mal elegida, porque un fantasma (Gespenst) se considera generalmente el alma del difunto que regresa, mientras que el comunismo es una esperanza para el futuro, no un ejercicio de nostalgia. El liberalismo, por su parte, es un vampiro que chupa la sangre intelectual de las elites occidentales, haciéndolas perceptiva y teóricamente asténicas, pero que tiene el extraño poder de volver a la vida una y otra vez tras haber sido declarado muerto.

El 16 de abril de 2026 diversas personas palestinas de la ciudad cisjordana de Hebrón se manifiestan contra la nueva ley israelí, que establece la pena de muerte como castigo por defecto para los palestinos condenados por atentados mortales contra individuos israelíes ante la tibia condena de los Estados liberales europeos - Mosab Shawer / ActiveStills.
El 16 de abril de 2026 diversas personas palestinas de la ciudad cisjordana de Hebrón se manifiestan contra la nueva ley israelí, que establece la pena de muerte como castigo por defecto para los palestinos condenados por atentados mortales contra individuos israelíes ante la tibia condena de los Estados liberales europeos - Mosab Shawer / ActiveStills.

¿Qué explica este poder del liberalismo para sobrevivir a repetidas refutaciones y resurgir de sus propias cenizas? Marx pensaba que no se podía acabar con la religión simplemente refutando su contenido dogmático, porque esta respondía a una necesidad humana y en consecuencia no se podía terminar con ella hasta que se hubiera satisfecho esa necesidad. Del mismo modo, al tratar ideologías políticas como el liberalismo es crucial tener en cuenta este aspecto motivacional y no solo su carácter ideológico. Entonces, ¿qué necesidades, deseos, anhelos e intereses percibidos satisface el liberalismo? Para responder a esta pregunta con claridad hay que considerar el panorama motivacional de dos grupos distintos. En primer lugar, el pequeño grupo de actores pertrechado de un gran poder económico tiene un interés claro y directo en impedir que se impongan limitaciones sobre los modos en que pueden invertir su capital, sobre cuánto pueden acumular y sobre cómo pueden utilizar ese poder para influir en la política. Obviamente, el liberalismo, con su fuerte énfasis en la necesidad de proteger los derechos de los individuos a poseer propiedades y a utilizarlas como mejor les parezca, es un vehículo prácticamente ideal para promover los intereses de los miembros de este grupo.

La abrumadora mayoría de la población humana, sin embargo, no posee grandes activos económicos. Lleva vidas que, en muchos aspectos, incluso en el mejor de los casos, son limitadas, a veces dolorosas y decepcionantes, o incluso profundamente insatisfactorias. Cabe afirmar que parte de esta situación podría ser existencial, simplemente arraigada en la condición humana e imposible de eliminar por ningún medio a disposición de los seres humanos. La muerte podría ser un ejemplo pertinente. Gran parte de esa situación penosa, sin embargo, tiene su origen en condiciones sociales, económicas y políticas concretas. El truco de quienes tienen un gran poder económico consiste en movilizar el descontento existente entre quienes carecen de poder económico y utilizarlo para alimentar una identificación imaginaria entre los desposeídos con algunas de las actitudes básicas asociadas al liberalismo. La maniobra funciona encauzando el descontento con la propia vida hacia un canal concreto e imponiendo a este un formato específico: la satisfacción y la insatisfacción tienen que ver, básicamente, con la propiedad de bienes y activos y con el comportamiento como consumidores. La vida sería más satisfactoria, si los individuos pudieran elegir entre una mayor variedad de bienes. La libertad significa libertad de elección del consumidor.

Se me compensa por la pérdida de bienes sociales –la destrucción de comunidades, infraestructuras, servicios públicos y del medio ambiente, la neutralización de la acción política, la falta de trabajo dotado de sentido y de control colectivo en el lugar de trabajo– ofreciéndome una variedad cada vez más deslumbrante de nuevas oportunidades de consumo, hoy en día principalmente aparatos electrónicos relucientes de un tipo u otro. En esta construcción imaginaria, cualquier amenaza que penda sobre el control de la política de inversión de un individuo o de una corporación económicamente poderosa se interpreta también como una amenaza directa a mi libertad para controlar lo que se me ha hecho sentir como la parte más importante de mi vida, esto es, mi consumo y, por lo tanto, también mi identidad. A cualquiera que señale que algunos tienen mucha más libertad (es decir, elección del consumidor) que otros se le despacha con una discusión sobre la «oportunidad». Todos tuvimos «oportunidades» para aumentar nuestro poder de consumo, lo cual implica que quienes no las aprovecharon solo pueden culparse a sí mismos. Wooldridge admite que lo que él llama la «escalera de la oportunidad» puede estar rota, pero tiene un remedio: la introducción de una dosis aún mayor de liberalismo.

Wooldridge comienza su libro con un análisis de la novela de Thomas Mann La montaña mágica (1924) en la que un joven ingenuo y maleable, Hans Castorp, viaja a un sanatorio en Suiza y acaba pasando allí siete años, a pesar de que en realidad no le pasa nada. Wooldridge interpreta acertadamente el sanatorio como una especie de enciclopedia viviente de las diversas formas de decadencia humana, que podían encontrarse en las sociedades europeas antes de la Primera Guerra Mundial. La parte principal de la trama gira en torno a la tensión entre dos figuras que representan visiones del mundo opuestas y que luchan por el control del alma de Castorp: Lodovico Settembrini, un humanista italiano y liberal comprometido, y el jesuita comunista Leo Naphta. Al final de la historia, Naphta se suicida y Settembrini sufre lo que parece ser un colapso nervioso. Wooldridge se identifica de manera tan completa y acrítica con el liberalismo tradicional representado por Settembrini que parece no reconocer que en opinión de Mann este y Naphta son dos monstruos estrictamente paralelos, siendo sus ideologías, cada una a su manera, ridículas, perniciosas y decadentes.

Settembrini consideraba que «el liberalismo era responsable de todo lo glorioso que existía en el cómodo mundo en el que vivía», lo cual es un buen resumen del libro que ha escrito Wooldridge. La última vez que aparece Settembrini en la novela le está diciendo a Castorp que va a intentar poner su talento como escritor al servicio de Italia con la esperanza de animar a su país a unirse a cualquiera de los bandos de la inminente guerra, que recomiende el cálculo del propio interés sagrado de este (heiliger Eigennutz). Si esto es en lo que consiste el liberalismo, cuando llega la hora de la verdad, y este libro no nos da motivos para pensar lo contrario, entonces esta se antoja una concepción del mundo particularmente empobrecida cognitivamente y moralmente repulsiva. ¿Quién desearía «unirse» en torno a tal doctrina?


Recomendamos leer Raymond Geuss, «La política de la impunidad de Israel», «La historia de los vencedores» y «Galia y Gaza», «Una nueva patria para el Estado israelí en Evansville, Indiana, Estados Unidos», Diario Red. Alexander Zevin, «Ecos del liberalismo», NLR 150. Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, Informes de la Relatora Especial sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados desde 1967, Francesca Albanese, «El genocidio como supresión colonial» (2024), «Anatomía de un genocidio» (2024) y «De la economía de la ocupación a la economía del genocidio» (2025) y «Gaza Genocide: a Collective Crime» (2025) y «Torture and Genocide» (2026).

Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista bimestral publicada en Madrid por el Instituto República & Democracia de Podemos y por Traficantes de Sueños.