Totalitarismo democrático. El testamento político de Mario Tronti

El último libro «deliberadamente póstumo» de Mario Tronti, Il proprio tempo appreso col pensiero (2024), presentado en este texto publicado aquí como homenaje a su vida y su obra, cuando se cumplen dos años de su muerte, es una destilación de su pensamiento político militante, del operaismo a la crítica de la democracia, construido al hilo de una lectura a contracorriente de la época política transcurrida desde 1989-1991 y concebido para relanzar la política de clase en términos constituyentes y antisitémicos en tiempos de celebración de la antipolítica

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Homenaje de diversos colectivos políticos romanos a la vida y el trabajo de Mario Tronti tras su muerte el 7 de agosto de 2023 -Lorenzo Teodonio.

Se vive de muchas maneras, se muere de otras tantas. Dar forma al propio final es un modo de recomponer la forma de la propia vida y de permitir que los que quedan la hereden sin desfigurarla. No es algo que todo el mundo sea capaz de hacer: se necesita talento y el don del tiempo para poder hacerlo. Mario Tronti, uno de los intelectuales comunistas más originales e influyentes del siglo XX en Italia y en Europa, murió el 7 de agosto de 2023 a la edad de 92 años tras una enfermedad lo bastante rápida como para arrebatárnoslo sin que nosotras, sus «amistades políticas», como le gustaba llamarnos, nos diéramos cuenta, pero lo suficientemente larga como para permitirle concluir el libro en el que estaba trabajando. «Esto está listo», le había dicho a su hija Antonia unos días antes de partir, entregándole el manuscrito. El libro, editado por Giulia Dettori, está ahora en las librerías publicado por Il Saggiatore con el título (hegeliano) Il proprio tempo appreso col pensiero, [El propio tiempo aferrado con el pensamiento] y el subtítulo (parco) «Scritto politico postumo» (de próxima publicación por Verso Libros). La portada blanca con el tronco de un árbol rojo situado en el lado izquierdo de la misma reproduce la retama seca, que Tronti había pintado en el jardín de su casa de Ferentillo, en la Umbria, donde se refugiaba para escribir, pero también funciona como una cita cromática del cuadro de El Lisitskiy de 1920 sobre la revolución bolchevique, Destruye a los blancos con la cuña roja, del que Tronti siempre tenía una copia a la vista en su escritorio y que recorre también este último escrito.

1. El recurso de la memoria

Se trata de un texto intencionada, no accidentalmente, póstumo, como prueba una nota fechada en agosto de 2021, fecha muy anterior a su enfermedad, encontrada por casualidad en uno de los muchos cuadernos en los que Tronti anotaba innumerables cosas y ahora colocada como exergo del texto: «Un libro deliberadamente póstumo, dejado tal vez inacabado. No escribo unas páginas, sino unas líneas al día, y no todos los días [...] un destilado de pensamiento». Un legado, pues, confiado performativamente a un texto que (también) gira en torno al tema de la herencia. La herencia del siglo XX en el siglo siguiente, que es su reverso, la herencia de la política moderna en la época de la antipolítica posmoderna, la herencia del movimiento obrero en la época de su derrota certificada. La postura es la del ángel de Benjamin, que contempla un panorama de ruinas y el futuro a sus espaldas: «El pasado en general, y el pasado del siglo XX en particular, yace ante nosotros como una ciudad muerta que el tiempo ha devastado. Pero las ruinas están a cielo abierto. Bajo los escombros viven tesoros olvidados de civilización», afirma Tronti.

De la crítica de todo lo que existe», porque en el conformismo omnipresente característico del espíritu de nuestro tiempo lo que ante todo se ha perdido es la actitud crítica: «Estamos en una condición premarxiana», en un contexto dominado por un dispositivo acelerado de innovación reaccionaria. Por ello, «es necesario contraatacar

Frente a este depósito arqueológico y contra el «vacío de memoria querido y cultivado» por los «malos herederos» del movimiento obrero, que han disipado su legado, la memoria se convierte en un «recurso antagonista» estratégico, el conflicto sobre la interpretación del pasado en un conflicto sobre el presente, y la decisión sobre la herencia, sobre qué aspectos de la tradición merecen ser revividos, en una decisión política. A la relevancia para el presente de esta triangulación entre historia, memoria y tradición ya nos había acostumbrado Tronti con el «pensamiento del fin» –el fin del siglo XX, finis Europae, el fin de la política moderna, el fin del conflicto de clase–, que ha caracterizado los últimos treinta años de su producción. Pero en el libro testamento aquí analizado se verifica un salto de tono y de humor. Si antes la escritura trontiana tenía el timbre de una elaboración del duelo, ahora la labor de duelo ha terminado. «Las ilusiones están todas consumadas, las dilucidaciones todas agotadas, las voluntades todas demolidas, las veleidades todas ridiculizadas»: se puede y se debe volver a empezar. «De la crítica de todo lo que existe», porque en el conformismo omnipresente característico del espíritu de nuestro tiempo lo que ante todo se ha perdido es la actitud crítica: «Estamos en una condición premarxiana», en un contexto dominado por un dispositivo acelerado de innovación reaccionaria. Por ello, «es necesario contraatacar. Con procesos de cambio inéditos, con instrumentos sorprendentes, con desgarros en la tradición teórica y con reencuentros con la tradición histórica».

Los dos imperativos programáticos colocados en el centro del libro –«liberar a la revolución del socialismo» y «liberar a la libertad de la democracia»– bastarían para hacer estremecer a todos aquellos hombres y mujeres «capturados por el lustre de palacio y los méritos de la academia», además de por las luces del escenario mediático

Este libro, de hecho, contraataca a fondo, golpeando en el corazón del discurso público dominante, de derecha y de izquierda, ofreciendo una contrainterpretación de la fase histórica y política transcurrida desde 1989 hasta nuestros días, una interpretación que, a su vez, repercute en la lectura integral del siglo XX, desembocando en una aguda crítica de la «democracia real», que tras la Guerra Fría se impuso como el régimen político vencedor y como el único deseable. Los dos imperativos programáticos colocados en el centro del libro –«liberar a la revolución del socialismo» y «liberar a la libertad de la democracia»– bastarían para hacer estremecer a todos aquellos hombres y mujeres «capturados por el lustre de palacio y los méritos de la academia», además de por las luces del escenario mediático, en los cuales Tronti localiza los principales culpables del «lento y gradual proceso de aburguesamiento de los estratos políticos e intelectuales» de nuestro país. Pero antes de ahondar en el contenido del libro merece la pena detenerse un momento en el significado que este legado testamentario «deliberadamente póstumo» asume como conclusión de la trayectoria teórica y política del autor.

2. La trayectoria de un «político pensante»

Mario Tronti se halla consagrado desde hace décadas como el padre del operaismo italiano en Italia y en el mundo y así ha sido recordado por los grandes medios de comunicación en el momento de su muerte. Esta consagración, inextricablemente ligada a su obra más célebre, Operai e capitale (1966, 2024), a la conmoción antihistoricista y antidogmática que este texto provocó en el marxismo italiano de la época y a la resonancia provocada por haberse convertido en libro de culto en el contexto de las luchas obreras de la década de 1960 y del movimiento de 1968, es incontrovertible. Y, sin embargo, no debe considerarse exhaustiva de la totalidad de la trayectoria de Tronti, sobre todo si acaba oscureciendo su última época, centrada en la crítica de la democracia política, a la que atribuyó la misma intencionalidad subversiva que a la primera, centrada en la crítica de la economía política. El propio Tronti, por lo demás, en una concisa y autocrítica autobiografía filosófica escrita en 2008 para Bompiani y luego incluida en Dall'estremo possibile, editado por Pasquale Serra (2011), advertía del riesgo de permanecer «cuasi preso» en el icono del líder teórico del operaismo («Un consejo: nunca escribas un libro de éxito cuando eres joven. Te quedas ahí toda la vida», escribió en otra ocasión).

Que quede claro: no se trata de minusvalorar la matriz operaista de la trayectoria de Tronti, ni de desvirtuar su importancia. Basta leer uno de sus textos más intensos, Noi operaisti, publicado como introducción al volumen L'operaismo degli anni Sessanta (2008) para comprender hasta qué punto la experiencia de los Quaderni Rossi y de Classe operaia, las dos revistas-laboratorio del operaismo en las cuales también maduró la redacción de Operai e capitale, ha marcado para siempre su postura existencial e intelectual, cristalizando en un «estilo» inconfundible: «del modo de escribir, latiendo como el ritmo de la fábrica, a la manera de pensar, fuera de la norma, en una especie de estado permanente de excepción intelectual» («Fuori norma. Lo stile operaista», il manifesto, 20/6/2006). Tampoco se trata, como se ha hecho en todo caso insistentemente, de contraponer las distintas estaciones de la trayectoria de Tronti, especialmente la segunda, la centrada en la autonomía de lo político, a la primera, la operaista. Tronti ha reivindicado repetidamente la íntima coherencia de un itinerario, que se mantiene firme en determinados puntos de método y de mérito –el punto de vista partidista, la crítica radical de lo existente, el entrelazamiento primordial de marxismo antidogmático, tradición política moderna, cultura de la crisis y teología política–, pero cuyo campo de análisis y objeto de crítica ha modificado en determinadas ocasiones en estrecha relación con las cuestiones planteadas por el contexto histórico-político.

Es una tesis conocida y discutida de Tronti, aquilatada desde La politica al tramonto, que el fin del orden mundial bipolar, por un lado, cierra la era de la «gran política» basada en el criterio amigo/enemigo, de la que la Guerra Fría y el conflicto de clase habrían sido la última y civilizada forma, y, por otro, abre una era de despolitización de masas bajo la bandera de la democracia. Sin embargo, la novedad de Il proprio tempo appreso col pensiero es el análisis de las variaciones, que experimenta el criterio amigo/enemigo entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, con efectos que se prolongan a lo largo de la Guerra Fría y que llegan hasta nuestros días

Repasándolo en extrema síntesis, el análisis trontiano se concentra sucesivamente en la relación existente entre el capital y la clase en la fase operaista, la cual se halla inserta en las luchas fabriles de la década de 1960, para desplazarse después, a principios de la de 1970, a la esfera política, cuando Tronti advierte que el conflicto anticapitalista debe superar los confines de la fábrica y asumir lo político como campo de iniciativa autónomo de lo económico y de lo social (Sull'autonomia del politico, 1972), para, consecutivamente, entablar, durante sus veinte años de docencia en la Universidad de Siena, un combate cuerpo a cuerpo con los clásicos del pensamiento político moderno, de Maquiavelo a Nietzsche, pasando por una yuxtaposición blasfema de Marx y Schmitt (Hegel político, 1975; Il tempo della politica, 1980; Il politico, 1979-1982). Tronti se asoma, además, más allá de los confines de la tradición política moderna, al pensamiento teológico y místico, cuando el cambio de época anunciado por las transformaciones del capitalismo durante la década de 1980 exige la elaboración de un nuevo paradigma antropológico-político (Con le spalle al futuro, 1992), concentrándose durante su último periodo, al hilo del ya mencionado «pensamiento del fin», en la crítica de la democracia, en el estatuto de la libertad y en el resurgimiento del criterio de lo político en tiempos de antipolítica (La politica al tramonto, 1998; Dello spirito libero, 2015; Il popolo perduto, con Andrea Bianchi, 2019, publicado por Traficantes de Sueños). Entre un pasaje y otro, la problemática y duradera relación de Tronti con el PCI (y más tarde con el PdS-DS) permanece constante, así como su incesante frecuentación de las diversas redes de elaboración colectiva como la revista Laboratorio politico en la década de 1980, el monasterio camaldulense de Montegiove y la revista Bailamme, rivista di spiritualità e politica entre las décadas de 1980 y 1990, y el Centro per la Riforma dello Stato, del que fue presidente entre 2004 y 2015, durante los primeros años del presente siglo.

Quienes deseen acercarse por primera vez y en su totalidad a esta trayectoria tienen hoy a su disposición, además de la monografía de Franco Milanesi sobre Tronti (Nel Novecento: Storia, teoria, politica nel pensiero di Mario Tronti, 2014), la excelente antología de los principales textos de Tronti publicada en 2017 por il Mulino bajo el título Il demone della política, editada por Matteo Cavalleri, Michele Filippini y Jamila Mascat, tres de los jóvenes estudiosos de los que Tronti gustaba rodearse en los últimos veinte años, capaces de heredar su legado también «por cesura» generacional, como ellos mismos escriben y como es justo que así sea. Y quien quiera ahondar en el viejo pero siempre vivo debate sobre la relación entre el Tronti operista y el Tronti pensador político, tiene también a su disposición la pequeña y preciosa Anatomia del político (2022, editada también por Jamila Mascat), que recoge el debate parisino de 2019 entre Tronti, Étienne Balibar y Toni Negri precisamente sobre la «tensión entre la continuidad del punto de vista y la discontinuidad de los puntos de inflexión», como escribe Mascat, del itinerario de Tronti. Entre otras cosas, en este volumen pueden rastrearse, actualizadas, todas las razones de la divergencia de las trayectorias de Tronti y Negri con respecto a su matriz operaista común, así como algunas de las objeciones, planteadas por Balibar, que desde la perspectiva de los teóricos de la democracia radical pueden dirigirse a la perspectiva trontiana de crítica radical de la democracia.

Pero volviendo al libro póstumo aquí reseñado, he aquí cómo el propio Tronti cierra la cuestión de la coherencia de su trayectoria: «Y en todo caso, debe saberse que todo este accidentado recorrido de búsqueda enloquecida y desesperada –operaismo, autonomía de lo político, teología política, espiritualidad y política, gran pensamiento conservador, grito de profecía, concreción de la utopía e incluso monacato combatiente– posee en sí mismo un hilo conductor que une los pasajes, los cruces, todos encaminados a un más allá con respecto a este tipo de mundo, a este tipo de vida. Detrás, como fundamento, el punto de vista sesgado, conquistado de una vez por todas, a una edad temprana». Y es cierto que el tono pugnaz de este último texto y su objetivo polémico contra «el sentido común intelectual de masas» retrotraen, como en un cierre mágico del círculo de la vida, al «primer» Tronti. Sin embargo, no resulta casual que el círculo se cierre con este texto, que sintetiza y corona el «último» Tronti, y no con otro. Como si en el momento del fin «el pensador político, o más bien el político pensante», como solía llamarse Tronti para subrayar la vocación militante de su obra filosófica, nos invitara a no encerrarlo en la galería de los clásicos, donde a nadie se le niega un lugar post mortem, ni siquiera al padre fundador de una tradición subversiva como el operaismo, sino a confrontarnos con su mensaje más urticante para el presente, y hasta ahora no suficientemente recibido, con el «concepto más difícil, duro, repulsivo, improponible» de su investigación: la crítica, «urgente e incomunicable», por no decir blasfema, de la religión democrática en la época en que se exige cada día a todos, y a todas, un juramento de fe, cuando no un alistamiento armado.

3. En las raíces de la democracia

El proyecto titulado «Per la critica della democracia politica», paráfrasis y complemento de la crítica marxiana de la economía política, fue lanzado por Tronti, soy testigo directa, en un seminario celebrado en la Certosa di Pontignano en 1988, cuando los acontecimientos de 1989-1991 no estaban ni previstos ni eran previsibles, pero el XVÏII Congreso del PCI ya había desencadenado en la cultura de la sustitución del «horizonte del comunismo», como lo llamaba Cesare Luporini, por el horizonte liberaldemocrático, la cual se haría explícita y programática con el punto de inflexión de la disolución del PCI y su transformación en el Partito Democratico della Sinistra, anunciada el 12 de noviembre de 1989 por su secretario general Achille Occhetto, tras la caída del Muro de Berlín. Desde entonces, la crítica de la democracia real no ha dejado de marcar la producción trontiana: ya aparece en Con le spalle al futuro, se aborda en dos ensayos en 2001 y 2005, ambos titulados precisamente «Per la critica della democrazia politica», se agudiza en las «Tesis sobre Benjamin», que concluían La politica al tramonto, reaparece en Dello spirito libero, y llega al corazón de la crisis de la izquierda y la emergencia populista en Il popolo perduto. Desde el principio, la crítica de la democracia real se entrelaza con la reinterpretación histórica del siglo XX, poniendo en tensión filosóficamente la tradición del pensamiento liberal con la tradición del pensamiento democrático y, con el paso del tiempo, se enfrenta a la crónica de la crisis agotadora y extenuada de las democracias contemporáneas. Sobre todo, y a diferencia de muchos otros discursos sobre el estado de las democracias occidentales, no se fija solo, ni siquiera tanto, en la disfuncionalidad de los sistemas políticos e institucionales, sino que, por el contrario, parte a la búsqueda de las causas y la raíz del paradigma democrático, analizando sus aporías constitutivas, e insiste, buceando en sus consecuencias, en la crisis antropológica que ataca el estado de salud del demos incluso más de cuanto pueda estar comprometido el componente del kratos. Este mismo marco analítico vuelve en este libro-testamento, Il proprio tempo appreso col pensiero, pero en esta ocasión la conceptualización se apoya en un diagnóstico más riguroso de los procesos históricos, lo cual radicaliza la prognosis política.

4. El bienio blanco

El punto de partida es la fecha decisiva de 1989-1991, el «bienio blanco» como lo llama Tronti, retomando el título de su discurso pronunciado en el congreso organizado por el Centro per la Riforma dello Stato en el trigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín. El nombre, en evidente contraste con el «bienio rojo» obrero de 1919-1920, lo dice todo. Celebrados por la narrativa neoliberal dominante, de derecha y de izquierda, como el comienzo de una era de libertad, progreso económico y orden mundial, la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética –este último para Tronti más importante que el primero en cuanto a sus implicaciones y consecuencias históricas y geopolíticas– fueron en realidad el sello de una era de restauración. Más precisamente, la coronación definitiva de la «vuelta al orden» decretada por la Trilateral ya en 1973 contra el «desorden» social de las décadas de 1960 y 1970, operación implementada ya durante la década de 1980 por mor de la reestructuración posindustrial del capitalismo y la racionalidad neoliberal, unidas ambas para proceder a la demolición de las condiciones de existencia del conflicto de clase.

Ningún análisis de por qué y cómo «un milagro que empezó con el «¿qué hacer?” de Lenin haya llegado a su fin con las borracheras de Yeltsin» sin conseguir traer al mundo «el hombre nuevo», es decir, una antropología política alternativa a la imperante en la sociedad capitalista. Y, por lo tanto, ningún intento de salvar el asalto al cielo de 1917 de las fechorías del estalinismo y del resultado fallido del socialismo real («¿Merecían caer esos regímenes? Sí. ¿Merecía morir aquel experimento? No»)

1989-1991 completa la tarea de la mano de una ambivalencia trágica, que la versión de los vencedores traduce en marcha triunfal. El derrumbamiento del Muro de Berlín sanciona, sí, la liberación de la opresión totalitaria de los regímenes del Este, pero con la libertad de los individuos se desata también la libertad de los «espíritus animales» del capitalismo, que esos regímenes «habían mal contenido». El colapso de la Unión Soviética pone fin a un experimento fallido, pero con el fin de ese experimento se decreta también el fin tout court del conflicto entre capitalismo y socialismo. Habiendo demolido la carga simbólica de su Otro, escribe Tronti, únicamente queda en el campo el poder indiscutible del capitalismo real –pero aquí podríamos decir, con Lacan, lo Real del capitalismo, o con Mark Fisher, el «realismo capitalista»– sin que exista siquiera la posibilidad de pensar una alternativa sistémica.

No haber mantenido abierta esta posibilidad de pensar es la falta imperdonable que Tronti atribuye a la izquierda italiana y europea posterior a 1989. El «bienio blanco» marca una ruptura realmente catastrófica en el curso de la historia, que debía ser pensada como tal y contrarrestada mediante un vigoroso contraataque y que, en cambio, los malos herederos del movimiento obrero interpretaron como una etapa evolutiva hacia lo mejor, alineándose con la narrativa dominante y aferrándose a la tara historicista y progresista de su propia cultura. Ninguna lectura crítica del final de la Guerra Fría por parte de los vencidos, ningún laboratorio comparable a la Viena de posguerra o a Weimar después de la Primera Guerra Mundial. Ningún análisis de por qué y cómo «un milagro que empezó con el «¿qué hacer?” de Lenin haya llegado a su fin con las borracheras de Yeltsin» sin conseguir traer al mundo «el hombre nuevo», es decir, una antropología política alternativa a la imperante en la sociedad capitalista. Y, por lo tanto, ningún intento de salvar el asalto al cielo de 1917 de las fechorías del estalinismo y del resultado fallido del socialismo real («¿Merecían caer esos regímenes? Sí. ¿Merecía morir aquel experimento? No»). En el «escalofriante silencio de los perdedores», la narrativa mesiánica de los vencedores –la modernización, la globalización y la democracia como único régimen político legítimo y deseable, que debe ser exportado por las buenas o por las malas– se convierte en el único paradigma en juego. «Los poscomunistas quedaron deslumbrados, como el gato paralizado de noche ante los faros de un coche que circula a toda velocidad».

De ese deslumbramiento, las izquierdas europeas nunca se han recuperado; y basta pensar en su sustancial indistinguibilidad del frente de centro-derecha en la gestión europea de la guerra de Ucrania para comprender cuánto pesa todavía en su cultura política el defecto de análisis de 1989-1991 y sus efectos a largo plazo. Pero es la historia del principal partido de la izquierda italiana, con ese progresivo paso del adjetivo «comunista» al adjetivo «democrático» sin ni siquiera incluir el sustantivo «izquierda», la que sigue siendo la historia más emblemática a escala continental de lo que después de 1989-1991 no fue en absoluto el «nuevo comienzo» entonces predicado, sino de hecho «un cupio dissolvi [deseo de desaparecer]» y «una rendición incondicional». Para alguien como Tronti, miembro fiel, aunque heterodoxo, del PCI-PDS durante cuarenta años y senador independiente adscrito al PD entre 2013 y 2018, se trata de un juicio quizá tardío, pero definitivo e inapelable.

5. El fantasma del capitalismo

Pero es preciso indicar que, tras los acontecimientos de 1989-1991, «las cuentas quedan por saldar» no solo respecto al destino de la izquierda, porque el «bienio blanco» reverbera hacia atrás, en torno a la lectura integral del siglo XX, y hacia adelante, en lo referido a la lectura omnicomprensiva del presente. Es una tesis conocida y discutida de Tronti, aquilatada desde La politica al tramonto, que el fin del orden mundial bipolar, por un lado, cierra la era de la «gran política» basada en el criterio amigo/enemigo, de la que la Guerra Fría y el conflicto de clase habrían sido la última y civilizada forma, y, por otro, abre una era de despolitización de masas bajo la bandera de la democracia. Sin embargo, la novedad de Il proprio tempo appreso col pensiero es el análisis de las variaciones, que experimenta el criterio amigo/enemigo entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, con efectos que se prolongan a lo largo de la Guerra Fría y que llegan hasta nuestros días.

A lo largo de las décadas, el conflicto democracia/totalitarismo ha terminado por oscurecer, incluso eclipsar, el conflicto de clase. «Obsérvese lo fácil que resulta hoy ser antifascistas y lo difícil que es ser anticapitalistas», afirma Tronti

La Segunda Guerra Mundial transforma las motivaciones militaristas tradicionales de los conflictos armados e introduce en consecuencia el paradigma, de ascendencia medieval, de la guerra justa y moralmente justificada contra un enemigo identificado como el mal absoluto. No podía dejar de ser así y era justo que así fuera, subraya Tronti, porque se combatía contra el nazismo, que a su vez luchaba en nombre de la superioridad de la raza aria: «La contraposición ideal entre democracia y totalitarismo, que marcará la segunda mitad del siglo XX, nació en los sangrientos campos de batalla». Y «el movimiento obrero de la década de 1930 tomó la decisión correcta e irreversible de ponerse del lado de las democracias», poniendo entre paréntesis el conflicto de clases para dar prioridad a los frentes populares antifascistas, habiendo sido la Guerra Civil española y la Resistencia italiana, por su dramatismo, escuelas inigualables de educación para toda una generación. Sin embargo, «¿cuál es el problema? El problema es que ese paréntesis no se ha cerrado jamás». El esquema de juego de la oposición entre democracia y totalitarismo pasó intacto de la Segunda Guerra Mundial a la Guerra Fría, con la nefasta consecuencia de equiparar el totalitarismo nazi al totalitarismo comunista, que eran radicalmente diferentes, incluso opuestos, en sus orígenes y en sus fines. Y este esquema sigue siendo operativo incluso después del final de la Guerra Fría, cuando se reactiva periódicamente en la secuencia de guerras «justas» emprendidas en nombre de la democracia contra enemigos de diversa índole, de terroristas a dictadores y autócratas, representados una y otra vez como el mal absoluto y cada vez comparados, no por casualidad, con Hitler. La respuesta del frente atlantista a la invasión rusa de Ucrania (sobre la que Tronti habla más extensamente en la excelente entrevista con Andrea Ampollini, que cierra la reciente reedición DeriveApprodi de La politica al tramonto) es el último ejemplo de esta secuencia.

Pero hay más. A lo largo de las décadas, el conflicto democracia/totalitarismo ha terminado por oscurecer, incluso eclipsar, el conflicto de clase. «Obsérvese lo fácil que resulta hoy ser antifascistas y lo difícil que es ser anticapitalistas», afirma Tronti. Se podría objetar, y seguramente muchos objetarán, que hoy, frente a la nueva «internacional negra», que se cierra como una tenaza desde ambos lados del Atlántico, ser antifascista se convierte una vez más en un ejercicio que es cualquier cosa menos fácil, además de necesario. Pero precisamente la dificultad de asignar automáticamente la categoría histórica de fascismo a las nuevas derechas, hijas de la era neoliberal y contradictoriamente cuajadas de reacción tradicionalista e innovación capitalista, de jerarquización y de libertarianismo, de proteccionismo antiglobal y de liberalismo desenfrenado, demuestra que hoy, al igual que hace más de un siglo, el antifascismo, desprovisto del análisis y de la crítica del capitalismo, corre el riesgo de convertirse en una posición tan noble como insuficiente. Otra llamada de atención que retumba, o debería retumbar, entre la izquierda para la cual el capitalismo se ha convertido, como denunció Slavoj Žižek hace varios años, en el «fantasma fundamental», reprimido e innombrable.

6. El individuo sin atributos

Entonces, ¿qué queda, un siglo después, de la oposición frontal entre democracia y totalitarismo, que ha configurado el discurso teórico y orientado la política y la geopolítica del siglo XX, y que aún reaparece en el debate público bajo la forma de la oposición entre democracia y autocracia? La categoría aparentemente contradictoria de «totalitarismo democrático», a la que Tronti llega en este libro-testamento que es Il proprio tempo appreso col pensiero, pero que ya aparece en el primero de los dos ensayos citados titulados «Per la critica della democrazia politica» y que reaparece en su producción posterior, afirma que esa contraposición ya no funciona o que ya no es tan frontal como lo era en un tiempo, mientras sugiere repensar los dos términos que la componen dilucidando las diferencias que los distinguen, pero también las secretas afinidades que los vinculan, así como la porosidad que hace posible el deslizamiento de uno a otro.

Tronti define el totalitarismo como «un sistema cerrado, internamente totalizante, que pretende introyectar la función del poder en las subjetividades individuales», normalizando y masificando la conciencia individual mediante un fuerte aparato ideológico y la utilización desde arriba de medios para formar un consenso fideísta. Totalitario, ojo, no es sinónimo de autoritario: el hecho de que los dos totalitarismos del siglo XX hicieran uso de métodos y formas de gobierno autoritarias no excluye que la vocación o la deriva totalitaria de un sistema político pueda presentarse sin apoyo autoritario o represivo, o que pueda hacerlo con un débil apoyo autoritario infiltrado en la centralización y verticalización de las formas de ejercicio del poder, que es precisamente lo que está ocurriendo en las democracias contemporáneas. Allí donde la masificación procede gracias al «modelo cuantitativo del individuo sin cualidades» y a la homologación de las formas de vida, «la dictadura no se impone con la violencia, sino que se introduce con el mensaje», mientras «la servidumbre voluntaria ocupa el lugar de la prohibición impuesta».

Para Tronti no se trata, entiéndase bien, únicamente del efecto contingente de las conocidas tendencias degenerativas de los sistemas democráticos contemporáneos (torsión mayoritaria, presidencialismo, uso manipulador de los medios de comunicación de masas), sino en realidad de una deriva inherente al estatuto del modelo democrático, marcado ab origine por una matriz identitaria, que vincula demos y kratos y no tolera el corte conflictivo de la diferencia (la cual, de hecho, absorbe constantemente en un diferencialismo inclusivo, que siempre revierte en pluralismo identitario). A esta deriva totalitaria originaria, que explica, entre otras cosas, el efecto especular entre pueblo y líder típico de los populismos contemporáneos, se añade otra vinculada al cumplimiento de la parábola democrática, que es el correlato del triunfo planetario alcanzado por la democracia después de 1989-1991, triunfo que, al consagrarla como destino universal carente de alternativas, alimenta por ello mismo su pretensión totalizante.

7. La libertad burlada

Pero si estas derivas totalitarias son ciertas y si el totalitarismo es enemigo de la libertad, es necesario romper el vínculo automático y asumido que, tanto en la teoría como en el sentido común, une democracia y libertad. No se trata solo, en el plano político, de constatar que, en las democracias contemporáneas, atravesadas todas ellas por los citados procesos de masificación de la sociedad y de verticalización y personalización del poder, «la libertad no se niega, sino que se burla», haciéndose su ejercicio «cada vez más formal». También se trata de constatar en el plano teórico, que la democracia puede apartarse del liberalismo y resultar compatible con el totalitarismo. Ocurre en el desenlace de un proceso histórico y conceptual que, por un lado, ha ligado la libertad política y la libertad económica hasta superponerlas y, por otro, ha creído proteger la libertad política vinculándola a un sistema de derechos y garantías jurídicas, que acaba siendo cómplice de un individualismo exasperado y despolitizado. Y ello ocurre en el desenlace de un gigantesco malentendido, en este caso también teórico y político, que al equiparar autoridad y autoritarismo ha contrapuesto libertad y autoridad.

Pero también es cierto que el problema de la capacidad efectiva de ruptura antisistémica de estas insurgencias es un punto no resuelto en toda la teoría política crítica contemporánea, de la teoría marxista y multitudinaria de Toni Negri y Michael Hardt a la teoría posmarxista y populista de Ernesto Laclau

Entre libertad y autoridad, y aquí la deuda de Tronti con el laboratorio teórico-político del feminismo de la diferencia es explícita, debe reactivar, por el contrario, un círculo positivo, porque la libertad es correlativa al reconocimiento espontáneo del valor simbólico de la autoridad y se fortalece con ella. Y viceversa, el autoritarismo surge precisamente en sistemas políticos caracterizados por un poder carente de autoridad: una condición, esta última, común tanto a la parábola fallida del socialismo real, cuyo experimento revolucionario no generó una clase dirigente a su altura, como a la crisis terminal de las democracias reales, en cuyo seno el déficit de autoridad de la política se halla en la raíz de la antipolítica y el populismo, todo lo cual conduce a una doble tarea, conceptual y práctica. Por un lado, la autoridad debe reformularse positivamente frente a su actual identificación con el autoritarismo, mientras «la distinción entre poder y autoridad adquiere un significado estratégico». Por otro, la libertad debe reformularse como autonomía de pensamiento frente al conformismo rampante y como libertad afirmativa, política y relacional, frente a su actual concepción individualista e impolítica. La libertad, reprimida por los totalitarismos, no pensada o subordinada a la igualdad por el marxismo, reducida a libertad negativa por el liberalismo, circunscrita a libertad de mercado por el neoliberalismo y restringida a catálogo de derechos por el constitucionalismo, es el problema que nos ha dejado abierto el siglo XX, que hoy más que nunca exige, como decía Hannah Arendt, ser puesta de nuevo en el mundo.

8. Democracias sin política

En el fondo, lo que mueve la crítica trontiana a la democracia no es únicamente la constatación de que las democracias contemporáneas muestran una creciente incapacidad para gobernar las crisis sistémicas recurrentes (económicas, ecológicas, pandémicas, bélicas), sino sobre todo la doble convicción de que la base cuantitativa y contable del paradigma democrático es estructuralmente convergente con la lógica capitalista de la mercancía y de que la democracia real ha demostrado ser «la forma política de neutralización y despolitización del conflicto social más exitosa hasta el momento». Esta última tesis está relacionada con el punto quizá más discutido, también por mí, del último Tronti, es decir, su devaluación de 1968 como una época tan solo ilusoriamente revolucionaria, pero en realidad reabsorbida por los procesos de modernización capitalista y de inclusión democrática. Es cierto que, en el razonamiento trontiano, la denuncia de la deriva despolitizadora de la democracia vela la comprensión de los procesos de politización no solo de la esfera productiva, sino también de la reproductiva y de la vida en su conjunto, que, desde la revolución de 1968 y del feminismo, los movimientos sociales no han dejado de desencadenar, sacudiendo el teatro democrático e invadiéndolo con formas de subjetivación irreductibles a su contabilidad individualista, a su gramática de derechos y a su sintaxis representativa. Pero también es cierto que el problema de la capacidad efectiva de ruptura antisistémica de estas insurgencias es un punto no resuelto en toda la teoría política crítica contemporánea, de la teoría marxista y multitudinaria de Toni Negri y Michael Hardt a la teoría posmarxista y populista de Ernesto Laclau.

Este desafío debe partir de la constatación de que el paradigma democrático está ya realizado y consumado, que su crisis no depende de sus promesas fallidas, como sostenía Norberto Bobbio hace medio siglo, sino de sus premisas realizadas y que, por lo tanto, «el plazo para un uso diferente del concepto ha expirado» (Dello spirito libero, 2015) y los márgenes para reformar sus resultados históricos se han estrechado

Dejo este punto abierto, en mi opinión indecidible únicamente en el ámbito de la teoría, para hacer una observación final. Tronti siempre ha presentado su crítica de la democracia como una postura teórica carente de implicaciones prácticas contra la democracia. «Se puede hacer hoy una crítica de la democracia política aceptando, defendiendo, desarrollando y reformando los sistemas políticos democráticos», escribía hace unos años en Dello spirito libero (p. 183), reivindicando, como en otras ocasiones, la distancia entre teoría y práctica, que a menudo le ha sido imputada. El desafío trontiano es, pues, ante todo un desafío para la capacidad de pensar y la imaginación de otra forma de vida y de otro régimen político, contra las pretensiones universales y totalizadoras de la religión democrática. Este desafío debe partir de la constatación de que el paradigma democrático está ya realizado y consumado, que su crisis no depende de sus promesas fallidas, como sostenía Norberto Bobbio hace medio siglo, sino de sus premisas realizadas y que, por lo tanto, «el plazo para un uso diferente del concepto ha expirado» (ibid.) y los márgenes para reformar sus resultados históricos se han estrechado.

9. Creer en lo posible

La historia se ha acelerado desde que Mario Tronti escribió Il proprio tempo appreso col pensiero hace año y medio, lo cual hace aún más difícil «aferrar el tiempo con el pensamiento». Y ello ha imprimido una aceleración vertiginosa a la crisis de la democracia, que hoy aparece no tanto, o no solo, asediada por regímenes autocráticos hostiles, como recita la vulgata dominante, como devorada por sus contradicciones internas, como demuestran la parábola de Estados Unidos bajo la presidencia de Trump, así como el movimiento retrógrado de las democracias europeas hacia horizontes neofascistas y posfascistas, que parecían relegados a los archivos de la historia. Entretanto, la alianza entre democracia y liberalismo parece encaminada a un divorcio en absoluto consensuado; el autoritarismo avanza impetuoso bien anclado en el consenso popular; el optimismo progresista de la izquierda posterior a 1989 salta en mil pedazos ante el futurismo tradicionalista de la pareja Trump-Musk; el capitalismo tecnocrático y oligárquico tiene la clara intención de emanciparse definitivamente de las correcciones redistributivas del siglo XX mientras ordena a la política seguir la senda del rearme; y la libertad individualista, basada en el rendimiento y competitividad de la era neoliberal, evoluciona hacia el libertarianismo soberanista de los que pueden basado en la esclavitud y la deportación de los que no pueden.

No hacía falta la agresión de Putin contra Ucrania para darse cuenta de que el orden mundial establecido tras el fin de la Guerra Fría estaba a punto de implosionar. Y tampoco hacía falta la segunda coronación de Donald Trump para darse cuenta de que la democracia corría el riesgo de convertirse en parte del paisaje repleto de escombros del siglo XX del que se suponía que debía salvarse al tiempo que debía salvarnos

Pero mientras la crisis de la democracia galopa, la crítica, además de la autocrítica,­ calla, balbucea, se demora en aplicar parches ineficaces y enunciar retóricas poco creíbles, refugiándose en trincheras defensivas friables. No hacía falta la agresión de Putin contra Ucrania para darse cuenta de que el orden mundial establecido tras el fin de la Guerra Fría estaba a punto de implosionar. Y tampoco hacía falta la segunda coronación de Donald Trump para darse cuenta de que la democracia corría el riesgo de convertirse en parte del paisaje repleto de escombros del siglo XX del que se suponía que debía salvarse al tiempo que debía salvarnos. Ante este riesgo, que impone en última instancia la necesidad de pensar en otra forma de vida antes que en otro régimen político, el desafío lanzado por Tronti suena aún más urgente y su invitación a «buscar todavía» y a «creer en lo posible, a pesar de que todas las pruebas empíricas demuestran lo imposible» es aún más acertada. Intentaremos estar a la altura.


Recomendamos leer Mario Tronti, Obreros y capital (2024); La política contra la historia (2016). Giovanni Arrighi, El largo siglo XX: Dinero y poder en los orígenes de nuestra época (1999) y «Siglo XX: siglo marxista, siglo americano: la formación y la transformación del movimiento obrero mundial», NLR 0. Antonio Negri, Los libros de la autonomía obrera (2004), El poder constituyente: Ensayos sobre las alternativas de la modernidad (2015) y La fábrica de la estrategia: 33 lecciones sobre Lenin

Artículo publicado originalmente en la página web de la  Enciclopedia Treccani en la revista Il Tascabile y publicado aquí con el permiso expreso de su editor.